El plantador de tabaco de John Barth

El plantador de tabaco

 

El placer del relato. La narración como una forma de supervivencia. La antítesis de Sherezade articulando una relato de aventuras guiado por el quijotesco afán de un poema épico anterior a la batalla. Si la hija del gran visir para mantener la vida cada día ha de inventar o continuar una historia, nuestro protagonista, poeta laureado Ebenezer Cooke -nombre real de un real poeta que como nuestro antihéroe emprendió viaje a Maryland y versificó una acre parodia intitulada El Plantador de tabaco-, para vivir, ha de sobrevivir a un sinnúmero de desgracias y avatares, frutos algunos de su apatía, su inocencia, su impericia, etc. y rastrear otras tantas. Hay ecos del XVII en su planteamiento formal, pero sin ningún fondo, transfondo ni pretexto pedagógico, está próxima a la novela picaresca -si bien aquí los pícaros son todos a excepción del principal-, pero también a la de aprendizaje; hay armónicos argumentales de Tom Jones –el huérfano y poliédrico profesor Burlingame en busca de sus orígenes y un Ebenezer de una fidelidad francamente tenaz, pero no tanto- y humorísticos en Tristram Shandy -sin páginas en negros y otras audacias formales-; un espigado e hidalgo Ebenezer con su particular escudero Bernard que a punto está de encontrar su peculiar Barataria; una musa cervantina, una hermana gemela, piratas, indios, misioneros…, una trama retorcida, enrevesada, en la que finalmente más o menos todo acaba milagrosamente encajando, aventuras y desventuras que se entretejen aparentemente al albur -aquí llamado John Barth- algunas hilarantes, otras épicas o patéticas, o hilarantes y épicas, o ilustradas, enigmáticas… No faltan adjetivos -claro que hay que decir que son casi 1200 páginas-. Un juego a través del cual se forma y se transforma la identidad -tan cambiante y tan traicionera a lo largo de toda la obra, ¿quién es quién y cuándo? ¿y por qué?-, el comercio es más comercio de drogas y de carne humana -mujeres, indios, esclavos africanos…,  aunque algún temor a la antropofagia pasea también por esta travesía que va desde Londres hasta América-, la traición y el doble juego político, el triple y si cabe, que sí que cabe, el cuádruple. Un festín literario, prolijo y aburrido de exponer y digno de ser disfrutado. Un inteligente pastiche -a fin de cuentas toma de donde y quien le parece oportuno lo que considera menester- que arrampla con todo lo necesario conjugándolo a su antojo y para nuestra diversión -y seguro que la del autor-.

      Dice en algún momento de esta novela su protagonista, el laureado Cooke, que la vida es un dramaturgo desvergonzado y como tal se comporta el autor. Y se mete en lo que Zambrano llamaría las entrañas de la vida, pero con poca lírica no obstante la profesión del principal. Todos cuentan, filosofan, buscan, cambian, mienten, por las aguas estancadas de Maryland, en las móviles fronteras alzadas y caídas a espaldas y a costa del Gran Imperio Británico con sus guerras de sucesión y religión, corre la historia con mayúsculas en sus vaivenes y Barth responde a una pasión por contar historias que siempre ha de abrazarse a la pasión por escucharlas: Enmarañad y enredad hasta que la luz de Sirio se refleje en la bahía; un cuento bien urdido es chismorreo de dioses, a quienes les es dado ver el corazón y la médula de la vida que hay en la Tierra; es la telaraña del mundo; la urdidumbre y trama… ¡Vive Dios, lo que me gustan las historias, señores!

Y la traducción de Eduardo Lago: Chapeau.

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Vida de una mujer amorosa de Ihara Saikaku

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Este es de esos libros comprados por impulso. Como siempre una estupenda edición de El Sexto Piso, preciosas guardas rojas, dibujos sencillos en blanco y negro en el interior, una bonita portada y una contraportada acertada con la mención de que junto a La historia de Genji -que espera impaciente en algún estante que me haga con ella- es uno de los relatos mas bellos de la literatura japonesa antigua. Son un buen puñado de motivos para desembolsar rápidamente los euros correspondientes y salir huyendo de la librería a riesgo de seguir aumentando mis gastos, algo que no conviene en absoluto.

          Ihara Saikaku vivió en la segunda mitad del siglo XVII, en pleno periodo Edo. Mientras en Europa se siguen cazando brujas, y misioneros y comerciantes amplían horizontes allende sus fronteras, en Japón están prohibidos los libros extranjeros y, desde 1641, portugueses, españoles y holandeses y, posteriormente, todos los cristianos dejan de tener acceso al país. Esta situación, sakoku, establecida por el shogunato Tokugawa o Edo (ahora Tokio), se mantuvo hasta mediado el siglo XIX cuando se interrumpe por la tenacidad de un estadounidense (quien dice uno, seguro que dice unos cuantos…). Y es en el periodo más virulento del sakoku, en sus comienzos, cuando escribe Saikaku -vive entre 1642 y 1693-. Fue un gran versificador, no sé yo en calidad, mas en cantidad parece ser que no tuvo rival, e inició lo que aquí se traduce como las novelas del “mundo flotante”, ukiyo. Estas estaban escritas en kana -silabario fonético japonés- más asequible y por tanto popular que el kanji -logogramas- y por ukiyo se refiere a un estilo de vida urbano entregado al placer, la vanidad, la pereza…, como muy bien define el traductor “… a lo efímero y fortuito de la existencia (…), un mundo sin asidero moral ni certezas.”. Vida de una mujer amorosa pertenece a este género de ficción y se estructura en seis libros, que a su vez constan de una introducción y un inventario donde se adelantan los acontecimientos narrados en los cuatro capítulos que conforman cada una de las seis partes. Saikaku es el primer escritor de una nueva clase, la burguesía japonesa, los chönin, y refleja su nuevo entorno: la protagonista de esta historia procede de esa nueva clase ya que es hija de un caballero venido a menos y vive en la ciudad.

          La voz que conduce el relato sigue a dos jóvenes hasta el refugio de una anciana quien les hablará sobre el amor como experta en este arte. Autotildándose frívola a los 10 años por sus caprichos y aspiraciones, su vida como dama de honor en la corte hace que ya a los 13 años un hombre sea ejecutado por su causa y ella sea desterrada. A partir de ahí la seguimos en su pendiente pasando de los jerarquizados y selectos burdeles -donde hay distintos rangos de prostitutas y pasa por ellos-, a concubina, monja, sirvienta, etc. e incluso esposa, siguiendo siempre tanto la protagonista como los distintos relatos una corriente suave, que se desliza con un lenguaje sencillo y plástico, una especial atención al vestido y todo lo superfluo punteada de lacónicas y amargas pinceladas, una mezcla de sexo y lírica –se puede hacer el amor hasta extinguirse-, áspera y suave –A una chica de los baños no se la debe juzgar de la misma manera que a una cortesana. El entretenimiento con ella no consiste en limpiarse la roña del cuerpo, sino en hacer que nos rasque las pasiones que nos atormentan, permitiendo que la corriente del agua las arrastre-, terrenal, muy terrenal, nada hipócrita -no así monjes o aristócratas que caminan por el lecho-, detallista -hasta el precio por intercambio, lugar, y otras menudencias tal ropa-. Y entre las vivencias de la mujer, los cuentos procaces se van desgranando. Una estupenda pintura, precisa, de los intercambios amorosos a los que la mujer estaba abocada allí y entonces desde su naturaleza. Naturaleza femenina, indigna y vil, si bien en algún momento “lo arregla”: No hay dolor comparable al de ser mujer. Más de lo mismo en Japón que en Occidente. No obstante, una delicatessen, no etérea, delicada como un haiku, pero interesante, amena, curiosa, muy ilustrativa. Y una estupenda traducción suficientemente anotada.

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