La Historia de Elsa Morante

A comienzos de los setenta, a la pregunta de un amigo acerca de lo que estaba escribiendo -algo sobre lo que no le gustaba hablar-, Elsa Morante respondió: Escribo un libro para analfabetos, La Historia lleva como epígrafe una cita de César Vallejo que reza: Por el analfabeto a quien escribo, y, además, consiguió que la primera edición fuese en rústica y, por lo tanto, económica, llegando al mayor número de lectores. Posteriormente, en una tirada limitada, añadió: Ergo, debo advertirles que este libro, antes de una obra poética, debe ser una acusación y una oración.

     Cuando Morante publica esta novela, en 1974, ya tiene tiene 62 años. Doce años antes había muerto su compañero, amigo, amante o lo quiera que fuese, Bill Morrow, mientras ella estaba escribiendo Sin el consuelo de la religión y, con su muerte, cesó temporalmente su actividad literaria. Durante un tiempo se dedicó a ir de un sitio a otro: Viajo sin rumbo, de isla en isla, sin un plan concreto… En la suspendida obra, entre sus apuntes, figuran la existencia de dos hermanos opuestos -como Nino y Useppe, uno rubio y el otro moreno, uno tímido y otro temerario…-, y la religión y la poesía como necesidades básicas de la persona. Todo ello es incorporado, años después, a la narración de esta ambiciosa novela que, capítulo a capítulo, va levantando cadáveres que el continuo peso de la Historia – que no es sino una historia de fascismos más o menos larvados– va enterrando.

    Morante abre esta novela con una cronología que resume los acontecimientos que tuvieron lugar desde el año 1900 hasta el 1941. La Historia, los hechos que determinaron el futuro de las naciones, establece, desde el primer momento, el macrocontexto en el de se va a desarrollar la novela y, para que nadie olvide cuáles son las circunstancias que arrastrarán a los personajes, a cada uno de los siete capítulos que desgranan el relato, 1941, 1942… 1947, antecede un resumen de las circunstancias nacionales e internacionales que determinaron la vida de las personas durante la Segunda Guerra Mundial y algo más. Como colofón La Historia finaliza con otra cronología que no llega, significativamente, a 1968, pero queda rubricada por una escéptica cita de Gramsci: Todas las semillas han fallado exceptuando una, que no sé qué será, aunque probablemente sea una flor y no una mala hierba. Tal vez haya quien la encuentre esperanzadora.

     La voz del relato, omnisciente, deja entrever su conocimiento directo de algunos de los protagonistas, pero permanece ajena, recogiendo realidades, sueños, deseos, sensaciones… para desembocar en un final que fue el origen de la novela: una noticia de la sección de sucesos del periódico. Como en La isla de Arturo y en Mentira y sortilegio, intercala poemas y canciones aparentemente anónimas, pero tomadas de las cartas de la prisión de Gramsci, sin embargo, aquí, los derroteros de la imaginación no funcionan igual. En La Historia, son los sueños de los protagonistas -cuando no sus pesadillas-, las fugas de lo real, las que asisten a las víctimas, incluyendo entre estas huidas, ataques epilépticos, alucinaciones febriles o impensables realidades como el vagón apartado, henchido de mujeres y hombres judíos al que quiere incorporarse, como sea, una madre de familia que se ha quedado sola. Para Elsa Morante, las desconexiones de la realidad son perfectas vías de comunicación y de entendimiento, tan palpables y auténticas como la prosaica y moldeable existencia objetiva..

     Todo comienza con un soldado alemán perdido por la ciudad de Roma, los orígenes de Ida, de Nino, los de Useppe -fruto de una relación que tanto de tiene de violación como de inmaculada concepción- y los de sus perros. Como siempre los animales tienen papel y entendimiento en las obras de Morante. Van malviviendo y perdiendo lo poco que tienen al tiempo que el barrio judío se vacía y Hitler se hace con las riendas en el Norte de Italia. Los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial condicionan la vida de la gente corriente, tanto si se entera de lo que pasa, como si no. Con estos personajes se cruzan muchos desheredados, entre ellos Carlo Vivaldi, estudiante anarquista huido de los nazis que se convierte en el partisano Piotr y sobre el que, en línea inversa al devenir de la familia de Ida, vamos descubriendo su pasado a medida que la narración progresa, resultando ser otro, Davide. El manejo del tiempo es brillante, en el se inscriben los sueños y alucinaciones tan reales o más que los hechos, sus intencionadas prolepsis resuelven hilos que no se van a seguir o anticipan hechos que serán vividos más adelante, su forma de narrar mezcla de ensueño -Ida y Useppe son la luz y la inocencia, la epilepsia un paso hacia la muerte, pero también hacia el descanso, la paz-, panfleto contra el poder -Davide lo huye, se siente arrebatado por él, los desprecia, lo teme… No nos dejes caer en la tentación significa: ¡ayúdanos a eliminar el fascista que llevamos dentro! -, cuadro neorrealista, duro, de personajes que se pierden en las calles de guerra y de posguerra – Giuseppe Segundo, la señora Di Segni, Mariulina, Sandina y su chulo, Scimo…-, todos tocados por el dolor, la pérdida y algunos, como Nino, en plena adolescencia cuando el conflicto avanza, títeres peligrosos que aprenden en plena selva (lo mismo la selva es menos nociva). Su prosa es rica -menos mal que escribía para analfabetos, probablemente se refería a aquellos que no saben u olvidan o no quieren recordar la Historia-, sabe jugar con el lenguaje y con los dobles sentidos, sigue siendo traviesa en su forma de narrar, pero más sobria, ella -tan amante de la infancia-, sigue contándonos un cuento ...Pero invariablemente el cuento avanzaba y terminaba siempre de la misma manera.

     Fue una obra reconocida y vilipendiada en su tiempo. Parece que Useppe tiene mucho de su amado Bill (la frescura, los ojos, la epilepsia…). Hay quien dice que Davide, que hacia el final padece una catarsis política, religiosa y lírica, es portavoz de las ideas de Elsa Morante. Ella tenía un particular sentimiento hacia la religión, considerándola necesaria como forma de reconocer y comprender al prójimo, pero sublimándola con un sentido poético. Esto la llevó a Simone Weill con cuya cita abandono la reseña de este magnífico libro de inolvidable lectura y profuso contenido: El verdadero objeto de la guerra es el alma misma de los combatientes.

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La isla de Arturo de Elsa Morante

Decía Elsa Morante en una entrevista emulando a Flaubert: Arture, c’est moi, y es Arturo porque Rimbaud era su poeta del alma cuyo retrato la contemplaba desde una pared de su estudio y porque ella, quizá en otra vida, había sido un chico -la cita de Umberto Saba que abre el libro reza: Yo, si en él me recuerdo, bien me parece. También quiso ser poeta y, como en Mentira y sortilegio, arranca con un poema y éste concluye con el verso fuera del limbo no hay felicidad. En Prócida, isla volcánica al igual que volcánica era Morante, halló la felicidad durante la infancia Arturo, quizá porque la infancia es una isla y es también un limbo, el de la inocencia, un particular limbo del cual no se es consciente como no se es consciente de la felicidad. Si la hubo.

    De su capacidad para fabular, mezclar leyenda, historia y biografía dio Elsa Morante cumplida muestra y explosión en su primera gran novela. Aquí el deseo y la necesidad de una mitología, como en su obra anterior, aparece desde las primeras líneas y no sólo en las reminiscencias del nombre del protagonista, sino en las figuras paterna y materna. No suplió la autora la ausencia de verdaderos caracteres fabulosos femeninos -tan y con razón reivindicados en estos momentos-, sencillamente, cambió su sexo como muchas autoras a lo largo de la historia de la literatura, desde Christine de Pizan a Virginia Woolf, y asumió al navegante aventurero que surca mares, acumula tesoros y subyuga incautas damas -o caballeros…-. Henos aquí en la piel de un muchacho que reconoce su infancia como un periodo feliz a pesar de los pesares y retoma su adolescencia como el periodo crucial que de facto resulta ser. Ella vivió un tiempo en Prócida y se sirve de la naturaleza de la isla con su castillo y penal, así como de su imaginación, para jugar con una serie de metáforas que encajan a la perfección con la tormenta interior que a esas edades se vive, sobre todo, cuando el padre y la madre son figuras bien lejanas y esquivas -como el padre- bien ausentes y reinventadas -como la madre-. Para redundar el ambiente masculino, su nodriza fue un hombre -el amable y gentil Silvestro-, él crece en absoluta libertad sin necesidad de ir a la escuela y formándose con la gran biblioteca que en su depauperada villa hay -en realidad un antiguo convento de monjes-, vive en una casa donde las mujeres están directamente malditas -es la llegada de una joven madrastra lo que parece romper el hechizo- y no encuentra belleza alguna en el sexo opuesto -el paradigma de la belleza lo representa su padre, Wilhem Gerace, con sangre alemana y rasgos opuestos a quienes allí habitan-. El tránsito a la madurez no se presenta fácil y el despertar de la sexualidad será necesariamente confuso, como confusa es la sexualidad de Wilhem -inspirado, plausiblemente, en Visconti, gran amor y amigo de Elsa-.

    El abandono de la infancia, consciente o inconscientemente, en el marco de unos mínimos afectos y atenciones, supone un proceso de ruptura que puede ser o no traumático y al que voluntaria o involuntariamente se le oponen diversas resistencias. Quizá por eso cuando, navegando en mi barca, me alejaba un poco de la costa, enseguida me invadía una amargura nacida de la soledad que me obligaba a volver. Era ella [la isla/infancia], que me llamaba como las sirenas. La ausencia y el deseo de la madre junto a la nefanda visión que recibe Arturo de su padre suponen un escollo difícil de salvar para un joven inexperto, solitario, apasionado, orgulloso y especialmente vulnerable. La joven madrastra supone un contrapunto necesario y, en buena lógica, resulta un personaje condenado a perder, pero de una fortaleza e integridad propia de la gente sencilla y consecuente, aunque también resignada e ignorante. Me parecía increíble que un ser como ella, tan inerme, vulnerable, ignorante y estúpido, pudiera ir por el mundo sin herirse.

    En resumen, una novela magnífica, intensa, con una narración próspera, mítica -como míticas son las concepciones con las que el alma joven se enfrenta- y realista -el realismo de la incertidumbre y el sentimiento que desborda-, de personajes rotundos, extremos, como extrema es la urgencia adolescente, donde la sexualidad ha de explotar y no es necesario definirla, sino vivirla, desplegarla, en contra y favor de los demás y de uno mismo. Como Morante: extraordinaria, total.

Mentira y sortilegio de Elsa Morante

Morante publica Mentira y sortilegio en 1948. A los trece años escribe La extraordinaria aventura de Catalina, una obra para niñas y niños como otras tantas que crea desde entonces. Esta es su primera novela para adultos. Su protagonista es Elisa, con una “i” intercalada en el nombre de la autora, letra tal vez obtenida del nombre de su madre Inma, sustituida a su vez por una “a”, pues Anna es el nombre de la progenitora de Elisa. Con Elisa comparte Elsa el ser hijas ilegítima y al padre biológico de la novelista, Francisco Lo Monaco, lo reparte, Francisco para el padre real de Elisa –a quien le da también la misma profesión, empleado de correos- y Monaco para el padre secreto de Francisco, que vendría a ser el desconocido abuelo paterno de Elisa. Muchas más huellas de su biografía ha de haber en esta historia, pero no pasa de ser anecdótico y tan significativo como en cualquier escritor o escritora que se esparce en su obra. Elsa Morante fue reconocida por Augusto Moravia y creció en contacto con los y las internas del correccional donde este trabajaba. ¿Vendrá en parte de ahí su especial sensibilidad a los conflictos y la indefensión de la infancia?

   Adentrarse en esta ficción requiere abandonarse a su intensidad, a la profusión de fábulas y leyendas, a la magia y, con ello, a la maldad, la mentira, la crueldad de todas las historias y quimeras que desembocan en el aislamiento y la tristeza de su narradora. Al hilo de tan mal hado, la recapitulación se convierte en un desesperado conjuro contra los fantasmas que pueblan una estirpe, aunque sea una estirpe de baja alcurnia o, lo que es lo mismo, del vulgo, de los desclasados, pero estirpe al fin y al cabo. Una Elisa mayor, por segunda vez huérfana, comienza con la introducción a la historia de su familia pero, para ello, nos pone primero en situación. Aunque adulta, joven quijote encerrada en su mundo de lecturas fantásticas, no se resigna únicamente a despertar interés por un pasado construido a base de engaños, mitos y fatalidad que le conducirá a una situación claustrofóbica, abre también una puerta al juego con la adivinanza sobre la identidad de su único compañero, Álvaro, buscando no solo la intriga -de sobra despertada con su tono premonitorio e imperioso- sino convocando la infancia encerrada en toda persona, toda biografía y, ojalá, que en todo lector.

   En esta pródiga saga familiar la narradora cuenta en la primera parte con la voz de los muertos que pueblan el cubículo donde ha elegido vivir al margen de la sociedad que rodea a su madre adoptiva, ellos y ellas le van transmitiendo aquello que la protagonista no pudo vivir, remontándose a sus abuelos. Con maestría y excelente verbo, cambia las voces intercalando sus propios recuerdos, las mentiras que recibió, el morbo de la imaginación que heredó, las certezas que en el momento de la narración intentan predominar sobre el legado que la ocupa. Ella sabe que allí donde buscaba misterio y malicia hay solo emociones enfermizas y decadencia. Bajo unos personajes que se quieren especiales en un entorno que ubica con detalle en una pequeña ciudad del Mediodía italiano, subyace una clase dirigente meapilas y orgullosa junto a una sociedad rural inculta y dependiente. En ambas se alinean hombres y mujeres, formando un entramado cuyas principales víctimas son siempre los y las hijas que a su vez, no recogen el testigo, sino que lo incendian, perpetuando un mundo de desigualdad y engendrando criaturas vulnerables que no encajan en un mundo que brinda pocas alternativas. Madres de adoran a sus hijos e ignoran a sus hijas, padres que malcrían a sus hijas o que las utilizan. Nos dice Elisa: Me creerán si les digo que son tres los mitos de los niños pobres: el Paraíso, el milagro y la riqueza, y estos tres grandes mitos se confunden y se explican uno con otro. Ella recibe este legado de las mujeres de su familia, una imaginación mórbida y caduca ligada a un amor y una admiración incondicional a la distante figura materna que a su vez tampoco recibió afecto alguno de su progenitora. En la segunda parte, los personajes de su pasado cuyos avatares y tristes miserias ha ido engarzando a una luz comprensiva, compasiva, pero no exenta de una ironía que convoca al lector dirigiéndose a él abiertamente en ocasiones, dichos personajes se rebelan y son sus propios recuerdos los que hablan y estos recuerdos comprenden la fugaz aparición de mis padres, que para mí duró lo mismo que mi infancia y cuya naturaleza fue tan perturbadora que luego mi memoria transformó un drama burgués en una leyenda. Leyenda que, como les sucede a los países sin historia, me apasiona (esa historia que corre paralela a cada existencia y que ella se empeña en marcar en su posterior y polémica La historia, estando aquí como un telón de fondo entre tanta fábula de supervivencia).  Figuras familiares y otras próximas desfilan en un texto de una exuberancia abrumadora. El mundo femenino limitado y constreñido no encuentra más vías de escape entre la plebe que la imaginación o ese mal llamado oficio más antiguo del mundo, y el fanatismo religioso entre la clase dirigente -las dos descripciones sobre lo que hacer el amor es para una familia opulenta y católica, y para una joven prostituta de provincias llena de contradicciones, pero también de amor, son impagables-, los obstáculos que han de afrontar aquellos que no cuentan con un buen caudal de dinero les reducen a vivir el día a día sin perspectivas de mejorar en el futuro. Mujeres que viven por despecho, orgullosas, supersticiosas, lánguidas, antipáticas, incomprendidas, incapaces de hacerse entender, hombres disolutos y autocomplacientes, apocados, dignos, manipuladores… la galería es amplia y nunca sencilla, cada cual destella luces, oculta sombras y estas sombras vienen de antes, de cuando eran seres pequeños, frágiles, dependientes. Por las líneas de Morante transita tanta literatura, como por la imaginación de Elisa mitos. Poe, Homero, Proust, Goethe, las Bronte, Wilde, Dostoievski…

   Ciertamente no es pequeña empresa emprender esta lectura, son mil páginas, ahora bien, vale la pena, ya lo creo y, necesariamente, piden más de Morante. Enhorabuena a la editorial Lumen a la que apenas se le ha pasado por alto alguna errata, y a la traductora -traducirla y corregirla no ha de ser empresa baladí, en parte porque, necesariamente, ha de haber momentos en que olvides la ortografía y te dejes llevar por esa voz de El(i)sa que se cuenta, que te cuenta, te interroga, te toma como testigo y como cómplice- y, cómo no, a la gran Natalia Ginsburg que tuvo la valentía de leerse tamaño libro -Cesare Pavese lo dejó en sus manos- de una casi novel escritora y aventurarse a publicarlo. Y a Elena Ferrante, cuyo nombre tanto eco encierra de Elsa Morante, por hablar de este libro como de un gran descubrimiento. Eso es es también.