Las iniciales de la tierra de Jesús Díaz

Es hacia 1971 cuando termina la trama de la novela que nos ocupa. Fue en 1973 cuando su autor, el cubano Jesús Díaz, la presentó al premio de la Casa de las Américas con el título de Biografía política y, entonces, su estructura respondía al cuestionario que el protagonista, Carlos Pérez Cifredo, como aspirante a “trabajador ejemplar”, debía responder ante una Asamblea del Partido. No considerándola conveniente el jurado, tuvo que retirarla y no vería la luz hasta 15 años después, siendo su título distinto, Las Iniciales de la tierra, y respondiendo su estructura a un orden cronológico, a través de una larga analepsis. Entre una breve introducción en la que Carlos se cuestiona su vida y sus acciones hasta el momento, y un último capítulo, a modo de epílogo, en el que se haya finalmente ante la Asamblea, el autor va desgranando la vida de Carlos, desde un primer periodo consciente de la infancia donde se sientan las bases de un chaval de una gran imaginación alimentada por las películas, los cómics, las novelas juveniles…, un niño que sueña con ser un héroe, salvar -o en su defecto, enseñar- a su amiga analfabeta y que teme e ignora lo que de mágico y ancestral hay en aquellos que no son blancos cubanos. Una de sus primeras enseñanzas es que Los hombres no lloran. Son 21 capítulos que responden todos al mismo mecanismo, partiendo de un punto concreto en el tiempo, el autor vuelve hacia atrás enlazando con las circunstancias o los hechos de uno o varios capítulos anteriores, avanzando hacia el punto de partida del principio del capítulo y trascendiéndolo. Así tenemos una novela de formación en la que cada capítulo gira sobre sí mismo uniéndose a los adyacentes, que arranca poco antes del golpe de Estado de Batista de 1952 y finaliza después del fracaso de la zabra de los 10 millones (1970), recorriendo con ello, preliminares, triunfo y desarrollo de la revolución cubana.

      Nuestro aspirante a obrero ejemplar crece, lo hace del lado de la revolución hacia la que poco a poco no le ha quedado más remedio que decantarse profundizando, así, una brecha familiar con su hermano y con su padre, prestamista. Según va avanzando va aprendiendo y no siempre aprende como debe -eso es evidente durante su periodo maoísta-, más bien aprende como puede hacerlo alguien apegado al hogar materno que siempre quiso ser un héroe y que, a la postre, termina siendo … alguien que siempre quiso ser. Sin embargo estuvo presente o, de una manera u otra, participó en muchos de los hitos históricos de este proceso: la explosión del La Coubre, Girón, muerte del Che… y, en otros, de esa otra Cuba, de misteriosos sesgos como la incorporación de un muerto, la furnia, Alegre -el loco electricista-, o el Tren Fantasma cargado de caña podrida… La prosa de Jesús Dïaz es rica, rítmica, vigorosa, atrevida, juguetona. La música está presente -sobre todo y, significativamente- al principio, pero la melodía, la cadencia del verbo cubano llega hasta a la zafra. Precisamente en el capítulo de la primera zafra de Carlos, el autor cambia por única vez al destinatario de sus palabras: ya no es el lector, es Gisela, la mujer de Carlos, lo que por un lado suaviza la pesantez del trabajo y por otro acentúa la soledad y acompasa la marcha de las duras faenas. No le falta el calor a su protagonista, ni le faltan contradicciones, como a la mismita revolución, pero sigue avanzando, como trabajador, como persona y como hombre que consigue o intenta, por lo menos, reconocerle a la mujer los mismos derechos.

      Una novela bien construida a todos los niveles, escrita por un entonces Jesús Díaz revolucionario, que, no sé sí para su alegría o su pesar, cuenta mucho de las dificultades personales, pero también sociales y políticas de bregar a contracorriente.

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El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura

El hombre que amaba a los perros es una novela perfectamente planificada y construida. La primera parte abre camino a tres líneas argumentales cuyo final conocemos desde el principio. El primer capítulo arranca en un cementerio y el narrador, Iván, se dirige a nosotros, lectores y lectoras, para contarnos una historia que no es la de su vida, aunque, de alguna manera, sí que lo es, y es, además, una historia que le ha marcado, tanto por lo que implica y plantea, como por el hecho de no haberse atrevido a contarla. En el segundo capítulo Liev Davidovich, Trotski, entra significativamente en escena cuestionándose el derecho de la Revolución a trastocar un orden ancestral como el de las piedras sagradas, para, a continuación, recibir la orden de Stalin de abandonar la Unión Soviética en veinticuatro horas, no satisfecho el Sepulturero, como el propio Trotski lo bautizó, con haberlo enviado a Alma Atá, en las lindes del imperio, mirando a China. En el tercer capítulo, Ramón Mercader, estando en el frente de Guadarrama, recibe la visita de su madre, Caridad del Río, con una propuesta que marcará su vida. Partiendo de tres momentos diferentes en el tiempo, Padura nos conduce hacia los puntos de confluencia, con efectividad, despertando la intriga: los quince primeros capítulos que conforman la primera parte, dejan a los tres protagonistas en suspenso en tres momentos alejados y cruciales de sus biografías. Iván busca información, Trotski emprende camino a México y Ramón Mercader ha abandonado definitivamente su identidad y es un número, el 13, susceptible de asumir cualquier personalidad y dispuesto a cualquier cosa por el triunfo y mantenimiento de la revolución proletaria soviética. En la segunda parte, todo camina hacia el encuentro entre victimario y víctima, mientras que Iván, aparentemente, parece ocupar un segundo plano, que recuperará en uno los dos últimos apartes que conforman el final bajo el elocuente título de Apocalipsis. La novela recorre un periodo histórico convulso y fundamental para el devenir de nuestra realidad -cubana, española, soviética, europea, mundial- y plantea claramente un debate sobre los movimientos de izquierdas desde entonces hasta ahora. Tanto Mercader como Trotski, así como las mujeres que con ellos se relacionan, viven la política y se sacrifican en sus aras, no así Iván y su compañera, contemporáneos y herederos de un devenir histórico de duras consecuencias en la isla caribeña. Los intereses de Stalin triunfaron en las filas del legítimo ejército español y se esparcieron por el Este de Europa, la idea de la revolución permanente así como la de un socialismo internacional de Trotski se difuminaron en el mapa ideológico comunista y las directrices estalinistas posicionaron a la Unión Soviética en una alianza temporal con Hitler difícil de entender para quienes no se subían al carro con anteojeras de la única revolución obrera triunfante. Padura hace un relato exhaustivo del exilio itinerante de Trotski, recapitulando hechos especialmente dolorosos para el ucraniano y judío -las muertes de sus hijas, hijos, amistades, compañeros, los procesos de Moscú, el abandono de los republicanos españoles a su suerte atroz- y le hace hablar largo y tendido, si bien, en ocasiones, más parece Padura que Leon Davidovich, mas así perfila claramente dos posiciones encontradas que pudieron conducir, como de hecho así fue, a borrar su figura del mapa y perfilar el presente -en el caso de Iván, por partida doble-. Sin embargo, como ya se puede deducir del título, estando el conflicto desmenuzado y servido, la mirada sobre ambos busca su humanidad y para ello, no se sirve únicamente de los perros, que dan un carácter sensible a los tres, puesto que los tres aman a los perros, se sirve, especialmente de otros sentimientos más universales y comunes, como son el miedo y la compasión que, por momentos, antes y después del homicidio, aproximan a los tres. Al lado, humanizándolos también, ellas, la edípica madre Caridad -y su joven espejo, África-, la compañera fiel, Natalia Sedova y Ana, otro cadáver silencioso y póstumo de esta historia y de la Historia.

     Una buena novela, para leer y para polemizar.

Dublineses de James Joyce

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Cuando Dublineses llega por fin al público en 1914, han transcurrido siete años desde que Joyce puso punto final al último relato. Una primera edición fue quemada por el propio editor antes de ponerla a la venta. Esto haría pensar en una obra de especial procacidad, políticamente muy militante, especialmente antirreligiosa o claramente amoral, etc, por lo que sorprende su lectura ya que nada de esto es, en absoluto, obvio. Ahora bien, el Dublín fotografiado, pues más parece una foto que una pintura: un estilo sobrio, objetivo, directo, distante -incluso en los tres primeros relatos, en primera persona y narrados desde la infancia y adolescencia-, este Dublín, atravesado por la religión, el nacionalismo, la hipocresía sexual, el alcoholismo, el sometimiento de la mujer, la prostitución, la ausencia de perspectivas, etc, queda claramente en primer plano, fijo cual panoplia en la que todas las historias pudieran desarrollarse sincrónicamente.

       Si en el primero un chaval nos cuenta la muerte de un reverendo amigo suyo, relación sobre la que el Sr. Cotter, próximo a la familia manifiesta su desacuerdo, en el último, Los muertos, es un muerto quien alumbra una realidad oculta hasta el momento y en Polvo y ceniza es la muerte, a través de un juego tradicional irlandés, la que se avecina. La hipocresía sexual se cuela sutilmente en Un encuentro, así como la decepción del joven enamorado en su primera incursión en el mundo adulto de Arabia; el arraigo familiar y el miedo a lo desconocido paralizan a la joven Eveline, mientras el deseo de riqueza y de ver mundo frente a la falta de expectativas en Dublín, arrastran a un par de dublineses de juerga con tres extranjeros; Dos galanes de poca monta que intentan sacar lo que pueden a las mujeres; La casa de huéspedes donde ese modelo de mujer mandona, que se repetirá en La madre, con la aquiescencia de su hija, atrapa a un joven para el matrimonio. La sensación de enclaustramiento, de estarse perdiendo la vida cruza también por Una nubecilla. El alcohol también es casi omnipresente en este retablo urbano y, en Duplicados, frente a las diarias y paupérrimas vicisitudes y frustraciones se desquita sobre el hijo, mientras que en A mayor gracia de Dios se intenta reconducir a través de la Iglesia, igualmente cuasi omnipresente. Un triste caso -e irónico- de un hombre refugiado en su torre de marfil frente a un amor a lo Tolstoi y a un Dublín que encontraba mezquino, moderno y pretencioso. La inconsistencia del proceso político de Efemérides en el comité que culmina pomposamente en un poema a Parnell, el político irlandés al que el propio James Joyce dedicó un poema siendo un niño. Y por último Los muertos en el que esos momentos que él gustaba de llamar “epifanías”*, y que iba apuntando cuando los encontraba, crecen. Es el más largo de los relatos, como resultaría mucho más largo el que pensó en añadir y acabó convirtiéndose en Ulises. Mientras todos esperan por los que resultarán depositarios de las sombras que recorren estos cuadros, nada más apropiado que una cena de navidad en una tradicional casa de dos ancianas tías -muchos son los niños que recorren estas calles y están a cargo de tíos, hermanas…- como dios manda. Todo se prepara para el momento en que suena la música que paralizará a Gretta, para el camino al hotel…

      A Joyce le publicaron Dublineses viviendo en Trieste y únicamente volvió a Irlanda a la muerte de su madre y será para no volver. No era nacionalista, su pasión eran la literatura, las lenguas, la gramática… Parte de esta reluctancia, si bien no es explicita, se percibe en la cáustica sequedad con que se presenta en Los muertos, por ejemplo. Fija unos marcos para alcanzar una serie de “epifanías” recorridas por la parálisis, por el miedo a actuar: la que padece el reverendo Flynn al principio, en Dos hermanas, y que asusta, pero atrae al mismo tiempo al niño, la que atenaza al chico de Un encuentro ante el hombre y el sexo, la que impide al joven de Arabia comprar lo que fue a buscar, etc. La que padecía Irlanda, diezmada en su población y en sus aspiraciones. La que padecían los que allí se quedaban. Pero tampoco es Joyce un analista social, es más un lingüista que quiere separar significantes y significados. Que busca coger el tiempo y ordenarlo, a lo ancho más que lo largo. Eso ya está hecho. Eran tiempos nuevos en literatura, como lo eran en filosofía, tiempos de disciplinas jóvenes que ahora están más que maduras y al servicio de lo que está todo: el dinero.

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*Epifanía: “Una súbita manifestación espiritual, bien sea en la vulgaridad de lenguaje y gesto o en una fase memorable de la propia mente”. Stephen el héroe.