Desoriental de Négar Djavadi

En Desoriental, una mujer, Kimia -de Alquimia, cuyo significado no es baladí-, reconstruye su historia familiar remontándose a los tiempos de su bisabuelo paterno, hacia finales del XIX, hasta llegar a la actualidad. Al igual que Négar Djavadi, ha nacido en Irán, pero ha tenido que crecer en Francia desde los 10 años a causa del necesario exilio de sus padres. Négar Djavadi publicó esta novela con éxito en 2016. El título ya dice mucho con el juego semántico que el prefijo privativo aporta, ausencia, carencia o renuncia a Oriente, pero si jugamos también con el sufijo, anticipa la desorientación de quien de repente, en medio de un café de París, mira a su alrededor y se dice : Soy la nieta de un mujer nacida en un harem. Y ese “desorienta” ronda también entorno a la orientación sexual. Sin embargo no hay ni rastro de desorientación en el pulso narrativo de esta escritora que, ligando secretos, leyendas, intrigas y dramas familiares, recrea un contexto político y social, claramente coprotagonista y motor de la peripecia vital expuesta, cuestionada y, al tiempo, atesorada. En este collage, aparentemente deshilvanados fragmentos persas de resonancias míticas y vívidas instantáneas occidentales se entrecruzan, dos mundos donde Kimia no se reconoce, aunque se podría concluir, igualmente, lo contrario, que aprehende las esencias y se libra de prejuicios. A una explicación racional se le puede sobreponer, sin necesidad de elección, una interpretación extraordinaria, insólita y coherente.

Esa tendencia a chismorrear sin parar, a lanzar frases al aire como lazos al encuentro del otro, a contar historias que cual matrioskas se abren a otras historias es, sin duda, una manera de acomodarse a un destino que sólo ha conocido invasiones y totalitarismo*. Dentro de esta frase referida a sus antiguos compatriotas, se encuentra parte del sortilegio de Négar Djavadi cuando recoge el testimonio de esta joven de nombre claramente extranjero que aguarda sola en una sala de espera francesa. Desde allí, la memoria retrocede hacia lo que podría ser el principio y para ello toma prestada la voz de su tío número 2 que se remonta a un tiempo de resonancias míticas sabiamente punteadas de ironía, pero esa voz también se desarrolla ligada a la niña que Kimia fue entonces y la mujer que es. No es el relato emprendido por la protagonista charla banal, sino necesidad de hacerse entender. … algunos me pondrían frente al paredón si supiesen, me escupirían a la cara, me tirarían a la calle. Nadie se tomaría la molestia de comprender, de preguntar, de mirarme a mí también como a una incongruente suma de circunstancias, de fatalidad, de herencias, de desgracias y de dramas. Por eso escribo.*** Unas historias abren a otras que se resolverán -o no-, incógnitas que se despiertan en el pasado anterior, en el reciente o en el presente. Entre tantos relatos, la trama se va urdiendo con la tradición representaba por el abuelo paterno y recogida, a su manera, por el tío segundo, personaje que se articulará con Kimia no solo recogiendo el pasado para los demás, sino que representarán la cara y y la cruz de la sexualidad silenciada. Se urde también con el odio del padre a esa tradición y, por lo tanto, a la religión, ciega, cruel, despiadada, basada únicamente en el miedo; igualmente, se hila esta obra con la fuerza de las mujeres que luchan como pueden, que aprenden, reflexionan, avanzan, actúan, que pueden callar pero no claudican. A la Cara A -así titulada la primera parte-, le sigue la Cara B, ambas, significativa y simbólicamente antecedidas por un breve preámbulo titulado L’escalator (Las escaleras mecánicas). La cara A necesita de la B y viceversa. La segunda parte resuelve los principales sucesos que la primera anuncia, mas no únicamente. A Oriente le sigue Occidente pero siempre se cruzan. Traducirse del persa al francés y en la traducción perder. Si en la cara A Kimia solo se vale de sí misma y de la voz de su tío iraní para remontarse a los comienzos, la B comienza con la traducción que Sara hace de su propio libro acerca de la huida de Irán, libro que ninguna de sus hijas quiere traducir y que Kimia ni tan siquiera quiere leer. También recoge una carta escrita por Emma, la abuela materna -armenia huida a Irán para, a su vez, ver exiliarse a su hija de Irán a Francia, mitificado país que no resulta tan acogedor-, la carta de alguien que sabe aunque parta desde otro punto. Y, más actual, un correo electrónico de su hermana Mina -interesante personaje salvador y, con la otra hermana, aglutinador-. El relato de Djavadi se abre o se cierra con un final perfecto tras destrenzar crecimiento y desarraigo, esencia y tradición, maternidad y sexualidad, familia e ideología…

Una estupenda novela con muchos matices maravillosamente engarzados, sin respuestas tajantes, hecha de rupturas y abierta a interpretaciones. Hay una preciosísima edición en castellano de la editorial Malpaso. De la traducción, no sé, pero su francés es esmerado, preciso, con un vago aliento poético festoneado de un fino sentido del humor y, para quienes no sepan o hayan olvidado cuanto en Irán acaeció en el siglo XX, Négar Djavadi, consciente de la gran ignorancia sobre Persia que en Occidente pesa, anota sintéticamente a pie de página cuanto es necesario saber al respecto. Léanla.

Silas Marner de George Eliot

 

Comienza George Eliot a escribir novela tarde, con casi cuarenta años, puesto que la consideraba algo menor respecto a la poesía, la filosofía y tantos otros saberes sobre los que se versó esta mujer, de nombre de pila Mary Ann Evans, quien se enfrentó a los prejuicios de la sociedad de su tiempo y de sus hermanos, viviendo primero con un hombre casado y casándose, tras la muerte de este, con otro bastante más joven que ella. Como Silas Marner, el hilandero solitario que da nombre a su tercera novela, conoció una forma de aislamiento social que, no obstante, no le impidió recibir y conocer a principales figuras intelectuales de su tiempo que supieron valorarla -además del público-.

     La obra, publicada en 1861, alude a un pasado remoto -finales del XVIII- en un tono entre legendario y reflexivo, salpicado de una suave ironía, no siempre alejada del escepticismo, a la que, de una manera u otra se verán sometidos todos los participantes de esta particular fábula sin moraleja, pero con conclusión. La autora maneja tres tiempos y, sin ser en absoluto novela de intriga, consigue alentar el interés con su hábil y sutil forma de manejar la información, retrotrayéndose primero hacia atrás para situarnos, a continuación, en la vía de lo que sabemos será un día decisivo y, una vez alcanzado el acontecimiento, anticipándonos un pequeño detalle relativo al futuro. Que Silas sea un tejedor en tiempos en los que la industria textil británica comenzaba a despuntar, no creo que sea una elección banal, como tampoco lo es que su llegada al rural inglés se deba a una huida motivada por un concepto puritano de la religión, tema muy presente tanto en la novela, como en la vida de George Eliot y qué decir del Reino Unido. En su arranque nos describe el miedo del campesino a lo diferente, al intruso que pasa o que llega –para su mentalidad estacionaria, el vagar era un concepto tan inexplicable como la vida invernal de las golondrinas que vuelven con la primavera- y después nos introduce a la nobleza del lugar a la que Eliot presenta como una clase caduca e inútil, centrándose, principalmente, en los hermanos Cass, los hijos del principal hacendado del lugar, Raveloe, a uno de los cuales, a Godfrey, el menos malvado, el más escurridizo, las impresiones que había recogido acerca del sentir de la clase obrera le inclinaban a creer que el cariño es incompatible con las manos toscas y la falta de medios. Ellos, con Silas, conforman un triángulo unido por una cadena de hechos y sus diferentes reacciones ante la adversidad, todas ellas equivocadas en su momento, y es en este devenir tras la propia decisión donde giran prosa y pensamiento de esta novela. La historia sirve de escenario de fondo a la aceptación del propio destino desde una perspectiva religiosa o, por lo menos, moral. Las conversaciones de Silas con Dolly, ilustre mujer piadosa, buena y aparentemente simple, son francamente regocijantes en su deseo de profundidad, mezclado con ignorancia y una forma de expresarse sumamente peculiar. Los personajes femeninos afrontan los hechos dentro de sus posibilidades que son, en buena lógica, muy limitadas, y no se saben víctimas de nada, sin embargo voces de reconocimiento de las limitaciones en la realidad de la mujer afloran en Priscilla. la soltera oficial, hermana de la guapa. Porque limpiando muebles, una vez que puedes mirarte la cara en una mesa, ya no puedes hacer nada más. Y las reflexiones de la voz omnisciente que dirige la historia nos informan, respecto a la rígida moral de Nancy -la hermana paradigmática en belleza y saber estar-, de que su autocrítica excesiva es inevitable en personas de mucha sensibilidad moral, cuya vida no se desarrolla en un ambiente de actividad ni se entrega a los goces de los afectos naturales.

     Una obra falsamente sencilla, repleta de humor, con mucha punta para sacar. Siempre es una alegría que exista la novela del XIX cuando satura tanto siglo XXI con sus cuarenta caracteres -o los que sean-. Y da un gusto enorme saber que queda más George Eliot por leer o por releer. No dejen pasar a esta autora ni olviden ponerla en su contexto.

El año del pensamiento mágico de Joan Didion

 

Fueron, sin duda, la belleza de la edición, turbadora y sensiblemente ilustrada por Paula Bonet, el hecho de tener pendiente de leer algo de Joan Didion y la cercana irrupción de la muerte, los motivos que me decidieron a comprar este libro en cuestión de segundos, en cuanto cayó en mis manos pululando por los pasillos de una librería.

     Este conjuro contra el pensamiento mágico -el que habita en una realidad paralela, propia, casi secreta e irracional, donde comienzan a instalarse objetos, imágenes, frases, voluntades…,  íntimos fetiches tangibles o intangibles, que pasan a formar parte de una nueva vida interior-, este anuario de salvífica voluntad lo comienza a escribir Joan Didion nueve meses y cinco días después de que su marido muriera, probablemente, frente a ella. Muchas preguntas la abordan sin remedio transcurridos los momentos de estupor, preguntas recurrentes, independientes, obsesivas. ¿En qué momento exacto? es una de ellas. Hacía ya casi siete meses que le habían hecho un implante y ya en 1987, dieciséis años antes, le habían intervenido la arteria descendiente anterior izquierda, conocida por la clase médica -y por ellos- como la “hacedora de viudas”, pero ella, Joan Didion no estaba preparada, tal vez no me había fijado lo suficiente -otro de los ritornelos que la acompañaran-. Los supervivientes miran hacia atrás y ven presagios, mensajes que se perdieron. Recuerdan el árbol que se murió y la gaviota que se estrelló contra el capó del coche. Viven por medio de símbolos. Símbolos y puntos de referencia, fechas, marcas en el tiempo, volátil, anclas para tomar tierra cuando navegas sin rumbo, perdida. El reloj parado de la funeraria, la hora exacta de la muerte, los versos compartidos, los que resurgen, los que reaparecen o nacen –más que un solo día más-, los libros como aliados en busca de no se sabe muy bien qué, si conocimientos, reconocimiento, comprensión, razones, la razón…, libros de consulta -que no de autoayuda- de Freud, de Klein, de medicina, incluso un libro de etiqueta de 1922 de la señorita Post que escribía en un mundo en el que el duelo seguía siendo algo reconocido y permitido y no se escondía. La diferencia entre el dolor y el duelo, los asaltos del pasado en cualquier sitio, por los motivos más inesperados, el tiempo, siempre el tiempo, como aliado o como enemigo, el tiempo que pasa y que se puede contar, el tiempo que un año después te recordará que tal día del año anterior, ya estabas sola.

   Joan Didion afrontó la muerte de su esposo como pudo, como mejor supo. La mujer que cantaba lo de atravesar la tormenta daba por sentado que, si no lo hacía, la tormenta acabaría con ella. Lo cierto es que, poco después de acabar este libro, también murió su hija, presente en toda esta obra ya que ella ya estaba muy enferma cuando John, John Gregory Dunne, falleció. No es un libro alegre, sí es un libro hermoso, sincero, de límpida y sentida  profundidad.

Apegos feroces y La mujer singular y la ciudad de Vivian Gornick.

 

Vivian Gornick acabó Apegos feroces en 1986, hace 32 años. Casi treinta después, en 2016, publicó La mujer singular y la ciudad. Ambas recogen la biografía emocional -y podríamos añadir que razonada- de una escritora, periodista y activista feminista estadounidense nacida en 1935, emigrante de ascendencia judía y militancia socialista, prematuramente huérfana de padre, crecida en Nueva York, ciudad cuya presencia en el segundo de los títulos, resulta fundamental como complemento de la personalidad que Gormick se ha ido labrando con esfuerzo y constancia. Llega tarde Apegos feroces, aunque es de agradecer, pero llega tarde. Tenía, cuando lo escribió, 51 años y el feminismo estadounidense estaba culminando lo que se ha dado en llamar la Segunda ola feminista anglosajona -la primera fue la que se centró en “superar” obstáculos legales: sufragio, propiedad…, en la segunda, comienzan a enfocarse otro tipo de discriminaciones en las que todavía seguimos-. Sin embargo ambas obras, de fondo claramente feminista, no son un escudo ni un ejercicio de militancia, sino una forma de ser o, más aproximadamente, la expresión, el reflejo de la forma de buscar otra forma de ser, otra manera de vivir.

  Arranca contundentemente y en el Bronx, en un edificio de apartamentos donde la presencia significativa es la de las mujeres … astutas, irascibles, iletradas, parecían sacadas de una novela de Dreiser. Desde el principio la figura de la madre se erige como contrapunto, motor y excusa de Vivian Gornick tanto en el pasado, como en el presente, y a través de una relación conflictiva, feroz -… Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia-. Su vínculo queda enquistado a partir de la viudez de una madre que se alimenta del ayer, para acabar siendo el ayer, paradójicamente, uno de los bálsamos que sosieguen la marejada en la que madre e hija recaen cíclicamente. Lo único que odia es el presente, en cuanto el presente se hace pasado, comienza a amarlo inmediatamente. Cada vez que cuenta la historia, es la misma y también es completamente distinta, porque cada vez que la oigo soy más mayor y se me ocurren preguntas que no la hice nunca. Y frente a su progenitora, en la puerta de al lado de su piso y en el extremo opuesto del paradigma moral materno, Nettie, … viuda, embarazada, pobre y abandonada. Una mujer sin habilidades ni voluntad para ser ama de casa, fantasiosa y sensual. Es a través de ella y de las visitas que recibe en su casa, de quien observa y recibe noticias sobre otra manera de vivir el sexo en la que el atractivo sexual es una forma de poder, la única al alcance. No obstante tanto la madre como Nettie, a su manera, coinciden. en el mensaje: … “Si no consigues un marido eres tonta”. “Si consigues uno y lo pierdes, eres inepta” … una verdad innegociable. El bagaje recibido básicamente de estas dos figuras femeninas, así como su posibilidad de acceder a los estudios universitarios que le permitirán abandonar el Bronx conforman, en un periodo de cambio fundamental para el feminismo, las diferentes presiones que condicionaran su vida y, sobre todo, sus relaciones con los hombres y consigo misma a la hora de asumir una posición diferente de la históricamente asignada al sexo femenino. Una mujer singular, escrita más allá de la madurez rompe -pero no olvida- con ese eterno conflicto entre madre e hija y nos presenta a una Vivian Gormick singular -impar, soltera, peculiar, rara…-,  racionalmente satisfecha, buena amiga, apasionada paseante – una flâneuse– de Nueva York –Al ver cómo la gente se esforzaba de mil maneras distintas por seguir siendo humana […] me sentía menos sola que cuando estaba sola en una calle abarrotada-, fantasiosa exromántica por convicción y con laceraciones –Yo había nacido para encontrar al hombre equivocado. […] … Fue entonces cuando comprendí el cuento de hadas de la princesa y el guisante. Ella no buscaba el príncipe, buscaba el guisante.- Una obra también singular, que en su propia existencia testimonia y apuntala una razón de ser de autora y obra, y se vale de la interpretación de un amigo actor en sus días crepusculares de Textos para nada de Beckett: No hace falta ninguna historia, una historia no es obligatoria, sólo una vida, ese ha sido mi error, uno de mis errores, haber querido una historia para mí, mientras que la vida por sí sola basta.

   

Corazón que ríe, corazón que llora de Maryse Condé

Maryse Conté nació en 1937 en la isla de Guadalupe y el año pasado recibió el Premio Nobel alternativo, cuya relevancia desconozco, pero que algo, sin duda, ha de significar. Este libro, publicado en 1999, no es quizás el más acertado para empezar a leerla -no obstante en el prólogo lo consideran la mar de oportuno-, ya que se trata de sus recuerdos de la infancia y, junto a otros 3 o 4, recorre su biografía, la cual, sin lugar a dudas, una vez echada una ojeada a su periplo vital, ha de ser sumamente substanciosa. De un autor o autora, prefiero empezar por sus obras de creación -tomando el relato de su vida por una recreación, aunque se podría discutir largo y tendido al respecto-, no necesito conocer su historia antes ni, salvo contadas excepciones, después, pero este pequeño volumen, que, sin grandes intensidades, nos sitúa en una zona del mundo poco conocida por nosotros, rostros pálidos europeos, e ignorada también por su continente madre, África, este sencillo libro de memorias retenidas, atesoradas, consigue despertar mi interés en la obra de Conté por unas cuantas razones.

     Mujer, mulata, hija de la primera profesora de color de la isla y de un padre veinte años mayor que su madre fundador del que llegaría a ser el Banco Antillano, nieta y bisnieta de mujeres violadas y abandonadas, Maryse Condé crece de espaldas a lo que significa ser negro fuera de su isla, pero no porque no salga de Guadalupe -salvo durante los años de la Segunda Guerra Mundial la familia va con regularidad a París-, sino porque su … familia iba por ahí como si su mierda no oliera, una familia de negros que se las daba de blancos. La conciencia social tampoco era un aspecto tenido en consideración y, uno de los mayores aciertos en la narración, es la capacidad de Condé para transmitir sus perplejidades infantiles sin interferencias de la Maryse Condé adulta. El clasismo familiar, la negación del pasado y el carácter contradictorio materno se perfilan como algunas de las premisas fundamentales que marcarán la trayectoria de la persona que devendrá nuestra autora una vez se enfrente, sola y muy joven, primero a Francia, posteriormente a África y, por último, a su isla -… regresar al vientre de mi madre y reencontrar así la felicidad que, al nacer, bien lo sabía, había perdido para siempre-. A estas circunstancias, minoritaria dentro de las minorías -mujer dentro de la literatura antillana-, se suman, a la hora de despertar algo más que curiosidad por su obra, unas cualidades que se encuentran ya en la niña antillana: una pluma nada condescendiente, abrumadoramente sincera que, ya en sus primeros escritos, le trae consecuencias desastrosas de cara a su mejor amiga y a su propia madre. Como lectora, la literatura le abrió puertas y ha llegado lejos con su propia voz, muy personal, que, sin dudas, ha cambiado el color de la máscara. Tenía “piel negra, máscara blanca”, como escribió Frantz Fanon pensando en mí. 

La azotea de Fernanda Trías

 

Fernanda Trías escribió La azotea –su primera novela publicada en 1999, con 23 años. Hay autores que inician su carrera literaria con obras sorprendentes y paradigmáticas. Terminado el libro que se desarrolla en un corto espacio de tiempo –Nunca hubo un principio sino un largo final que nos fue devorando poco a poco– y que se lee de un tirón, vienen -o me vienen- a la cabeza, inevitablemente, Kafka y el desván de las locas que, sin voluntad teórica feminista, asentó Charlotte Bronte, y me vienen, no porque encuentre imitación ni emulación, sino como contrapunto y complemento. La metamorfosis de Kafka es su primera -y última- novela publicada en vida; en ella Gregorio Samsa se despierta bocarriba e intenta incorporarse; aquí, Clara espera bocarriba desde medianoche y no intentará cambiar de posición. Samsa se ha convertido en un insecto monstruoso, Clara se sentirá acorralada por un mundo exterior acaudillado por una extranjera e insidiosa termita, pero, a la larga, no está claro quién es el monstruo. Samsa es atropellado por su padre, mas quiere salvar a su familia para la normalidad; Clara ha conseguido la familia que quiere y ansía salvarla, pero fuera de la normalidad. Tanto a Samsa como a Clara les agreden las miradas ajenas, pero tras la ventana de Samsa pasa la vida, vuelan los pájaros, y tras la de Clara se erige el enemigo y el único pájaro que vemos vive encerrado. Igualmente, Kafka, como Trías entonces, anhelaba viajar, pero acababa permaneciendo. El relato transita del pájaro que devora a los peces como Clara devora a su familia, al recuerdo de su madrastra de la que solo quedó indemne lo peor de su anatomía y a la que, lamentablemente, no sobrevolarán las moscas. Del anhelo de salir del padre, al pavor a salir de Clara, que solo se siente libre confinada (en su azotea). La amenaza está en el interior: uno o una misma, la familia, los frutos del vientre, el pasado -apenas aludido-, la imagen del futuro. La amenaza viene del exterior: la partera Carmen, el administrador, las vecinas, la policía… El desgarro entre quedarse o partir. La luz o la oscuridad. 

   La azotea frente al desván. A Clara no la encierran, Clara sube a la azotea, guarida y espacio de libertad –Desde arriba la gente se veía tan chica que ya no resultaba una amenaza: poder sentir sin miedo-, zona abierta y sin límites aunque limitada -no está cercada-. No se vuelve loca en un cuchitril, es el pájaro quien languidece en su jaula. Y el padre. Y Flor -… un nexo sin sentido, una cuerda que no ata a nadie-. Ellos no esperan, como Vladimir y Estragón, pero Clara sí. Emisarios le han dicho que alguien vendrá -y no será Godot, claro-.

      Siendo una novela aparentemente sencilla, su imaginería es abundante: si se amplia el contexto, crecen las claves. Hay mucho contenido en tan pocas páginas, figuras y palabras que se retroalimentan en este círculo cerrado. Excelente despegue de la uruguaya Fernanda Trías que, aunque años después, nos llega gracias a la nueva editorial Tránsito. Muy bienvenida sea.

Entre actos de Virginia Woolf

En 1938, tras acabar Tres guineas, Virginia Woolf comienza a darle forma a toda la información reunida para llevar adelante la biografía de su amigo Roger Fry, pero, entre medias, se le cruza el germen de esta novela que plasmó en su diario: … permitidme que apunte una idea: ¿por qué no Pointz Hall: algo deshilvanado y caprichoso, pero unificado en cierto modo -una vieja mansión de aspecto teatral y una terraza por la que pasean las niñeras? Y gente que pasa… y una perpetua variedad, pasando de la intensidad a la prosa; y hechos… y notas; y…, pero basta. Debo leer a Roger… Esto lo anotaba el 26 de abril y a finales de diciembre ya tenía 120 páginas escritas. El 1 de abril del 40 envía a la imprenta Roger Fry y en noviembre de ese mismo año da por terminada, felizmente, la obra que nos ocupa, con el título de The Pageant (El espectáculo); a principios del año siguiente introduce algunos cambios y, de nuevo, el 26 de febrero del 41, treinta días antes de adentrarse en las aguas del río Ouse con los bolsillos llenos de piedras, considera que ha llegado a la versión definitiva, ahora Between the acts. Mientras, Londres, su amada Londres, estaba siendo sistemáticamente bombardeada desde el mes de junio -incluida su antigua casa cuyas ruinas tienen que visitar para recoger restos, entre ellos sus diarios- y ella y Leonard viven en el campo padeciendo estrecheces, pendientes de las incursiones de los aviones alemanes y de los vecinos. No hay eco en Rodmell -solo aire estéril. No hay vida; en consecuencia [los habitantes del pueblo] se aferran a nosotros. De hecho Virginia colabora ayudando en la creación y en los ensayos de una obra teatral para el Instituto de Mujeres, siendo, incluso, la tesorera. Así pues el título no podría ser más oportuno ya que la escribe en espacios de tiempo robados a Roger Fry -y a la que sería, posteriormente, La Torre inclinada, conferencia que iba a dar en la Asociación para la Educación de los Trabajadores, de Brighton-, entre sirena y sirena -suelen sonar puntualmente a las seis y media del anochecer-, entre visitas, viajes a la capital, quehaceres -se vieron obligados a despedir a Mabel, su criada fija- y compromisos sociales. Muchas de estas vivencias se esparcen por Entre actos.

     Una hermosa casa de tamaño medio en una hondonada, Pointz Hall, -… en el corazón de la casa había un jarrón de alabastro, suave y liso, frío, conteniendo la quieta y destilada esencia del vacío, del silencio-, una buena familia sin tanto abolengo como otras del lugar -… todas emparentadas unas con otras por matrimonio, y que en la muerte yacían entrelazadas, como las raíces de la hiedra, tras el muro del cementerio-, un atardecer de verano, visitas esperadas o inesperadas: es el preámbulo de la representación anual para la que los Oliver -el anciano Sr. Oliver, funcionario jubilado, el joven, corredor de Bolsa- prestan su jardín y su granero por si la lluvia. Apenas doscientas minuciosas páginas y tanto que considerar. Algunos apuntes. La trama, –¿Tenía importancia la trama? […] La trama solo servía para engendrar emociones. […] Amor. Odio. Paz. Tres emociones formaban la urdidumbre de la vida humana.-, la trama es un día de junio, un encuentro de los vecinos de la zona para ver a la gente del pueblo, reverendo incluido, recrear la ambiciosa obra pergeñada por la solitaria Srta. La Trobe que consta de tres entreactos. La Naturaleza también participa, en ocasiones parece enturbiar, pero, en general, mejora e incluso salva los posibles errores que durante el evento se producen: vacas, golondrinas -o serán vencejos-, burros, aguaceros, el tonto del pueblo… La representación recorre la historia de Inglaterra con algunos saltos en el tiempo, con teatro dentro del teatro, la novela está atravesada por esa fina ironía y perspicacia woolfiana que va recogiendo fragmentos de conversaciones, implicaciones políticas, diálogos mudos, gestos significativos, alianzas intangibles, deseos fugaces... Un pequeño universo atrapado y enjaulado; preso en sus obligaciones sociales y que reacciona con horror al verse reflejado en el espejo … Es una crueldad. Reflejarnos tal como somos, antes de haber tenido tiempo de adoptar… Y, para colmo, solo a trozos… Cuatro mujeres desenredan distintos hilos, qué duda cabe de que en todas ellas, en mayor o menor medida, hay fragmentos de Virginia (y de algunas de sus amigas, de la misma manera que en ellos, incluido el medio hombre, los hay de sus amigos, de su esposo…), pero es quizá en Lucy, la hermana viuda del Sr. Oliver senior, en quien ella avista el futuro y donde los lazos familiares se engarzan, y es a través de Isa, la mujer del agente de Bolsa, que despliega la tristeza, los anhelos, las esperanzas, las decepciones, siempre enredada y musitando: Que me cubran las aguas del pozo de los deseos. Y a Virginia las aguas la cubrieron. Sola bajo la copa del árbol, del árbol agostado que todo el día murmura como el mar y oye galopar al jinete. Bajo uno de los olmos de Monks House enterró Leonard sus cenizas. Este año, el año pasado, el año próximo, nunca. Y fue nunca.

     Una despedida espléndida, rica, suave, dulce, de la que, como cada vez que acababa una de sus novelas, no estaba satisfecha en esos momentos y ya no pudo o no quiso cambiar de opinión. De obligada lectura -excepción hecha de quienes quisieren acción trepidante, tan potenciada en estos tiempos-.