Oculto sendero de Elena Fortún.

Encarnación Aragoneses Urquijo adoptó para escribir el nombre de la heroína de la novela que su marido, Eusebio de Gorbea Lemmi, había escrito: Los mil años de Elena Fortún, donde Elena, a la manera de Orlando, cambiaba de sexo a lo largo de diferentes épocas. Encarnación/Elena, siempre escindida, firmó Oculto sendero con el nombre de Rosa María Cañas y en él se trasunta como Maria Luisa Arroyo, pintora tardía, de la misma manera que ella fue escritora tardía. Años después de su muerte, a través de su nuera, se recuperó una maleta que contenía el borrador -y único ejemplar escrito a mano, con lápiz- de Celia en la revolución, esta novela de tintes profundamente autobiográficos y otra, El pensionado de Santa Casilda, ambas con temática homosexual. A una gran amiga le pidió que estas dos últimas fueran destruidas. No fue capaz. Celia en la revolución, escrita en 1943, cubre la laguna existente en la saga de Celia y sigue la vida en la retaguardia de una adolescente cuyo periplo coincide con el seguido por una Encarnación adulta durante la guerra civil. Trae la voz de una jovencita de quince años en el 36 que no entiende las causas del conflicto, perplejidad y desilusión frente crueldad y miseria. En Oculto sendero la perplejidad y la desilusión también acompañan a la narradora, pero el telón de fondo tiene un color más íntimo centrado en la trayectoria emocional de una mujer obligada a crecer en contra de su propio ser.

     Las dos primeras partes, Primavera y Verano, ocupan más de los dos tercios de la novela, abarcan niñez, adolescencia, matrimonio…, llegando hasta el momento en el que Maria Luisa se queda sola. El último tercio, que corresponde al Otoño -sin duda, de la vida-, es un comenzar de nuevo y, tal vez, más de una vez. La niña que de mayor quería vestir(se) de hombre y montar a caballo, crece con la clara percepción de que que hay algo en ella diferente al resto de las niñas y chicas que conoce, no obstante lo que se da en llamar sexto sentido, que en este caso como en tantos otros no es sino la tendencia natural de cada cual, le hace identificar con firmeza el -la- modelo que su naturaleza requiere el cual no se adecua en absoluto al paradigma postulado en aquellos prolongados tiempos. Si bien, parece ser que todo tiene una explicación. Durante su niñez está la de su madre: Como yo estuve tan malita al dar a luz, pasó más de media hora después de nacer sin que pudieran atenderla y todos decían : ¡es un niño! ¡Tales berridos daba…! Y luego eso mismo me he tenido yo que repetir muchísimas veces. En el otoño de su historia, la interpretación del cuadro por un médico es diferente y Maria Luisa, recién llegada a su nueva, pecaminosa, indigna y silenciada identidad, como persona honrada con la suficiente inteligencia para no dejarse manipular por un psiquiatra, pero decidida a pelear contra su instinto, concibe vanas perspectivas …me compraría una blusa de seda, me pondría pendientes… sería ¡una mujer! Pero ¡si estaba contenta de serlo! Tenía mi casa tan ordenada, tan bonita… Todo aquel tinglado de hogar giraba en torno mío… Bastaba una orden mía para que todo en él se modificara… Era un pequeño Estado del que yo era la reina…

      Todo está narrado por la protagonista en primera persona, como narraba Celia, y algo de Celia hay en esta pintora -como algo de Luisa, Elena y Encarnación hay en Celia-, capítulos cortos con momentos representativos, diálogos que transmiten la esencia de lo que se esperaba de una mujer y el enorme control ejercido sobre las niñas, todo desde unos ojos inocentes que, sin embargo, son considerados socialmente culpables. La Primavera termina con varias muertes, a partir de ahí Maria Luisa abandona su adolescencia y acaba asumiendo la necesidad de algo a lo que siempre se resistió: El camino de la mujer es el matrimonio y todo lo que aprenda y estudie debe ser con miras al día de mañana, para hacer feliz al hombre que la escoja por compañera, y ser una buena madre de familia... El Verano recorre el periodo de desaparición de la identidad y la voluntad, el sometimiento a la autoridad masculina firmemente apuntalada por la propia madre y la falta de reconocimiento de su entorno … pero era una mujer como todas, aún más mujer que ninguna, porque los atributos femeninos de resignación, afectación, falsedad, dulzura y mansedumbre superaban en mí a los de otras mujeres… También el verano finaliza con varias muertes. Como hicieron Encarnación y su marido, Luisa y Jorge abandonan Madird y se van a vivir a Canarias. Allí Elena Fortún publica su primer artículo y la protagonista, aun sin saber que lo busca, comienza a caminar por el aún oculto sendero que conducirá al final de la novela. Una novela de aprendizaje escondida que ve la luz muchos años después. Una de tantas voces secretas que, por fortuna, sí ha sido desvelada.

       Muy recomendable. De esas novelas en voz baja, sin estridencias, precisa, de ligeros toques de ironía resignada, con una suave amargura.

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La isla de Arturo de Elsa Morante

Decía Elsa Morante en una entrevista emulando a Flaubert: Arture, c’est moi, y es Arturo porque Rimbaud era su poeta del alma cuyo retrato la contemplaba desde una pared de su estudio y porque ella, quizá en otra vida, había sido un chico -la cita de Umberto Saba que abre el libro reza: Yo, si en él me recuerdo, bien me parece. También quiso ser poeta y, como en Mentira y sortilegio, arranca con un poema y éste concluye con el verso fuera del limbo no hay felicidad. En Prócida, isla volcánica al igual que volcánica era Morante, halló la felicidad durante la infancia Arturo, quizá porque la infancia es una isla y es también un limbo, el de la inocencia, un particular limbo del cual no se es consciente como no se es consciente de la felicidad. Si la hubo.

    De su capacidad para fabular, mezclar leyenda, historia y biografía dio Elsa Morante cumplida muestra y explosión en su primera gran novela. Aquí el deseo y la necesidad de una mitología, como en su obra anterior, aparece desde las primeras líneas y no sólo en las reminiscencias del nombre del protagonista, sino en las figuras paterna y materna. No suplió la autora la ausencia de verdaderos caracteres fabulosos femeninos -tan y con razón reivindicados en estos momentos-, sencillamente, cambió su sexo como muchas autoras a lo largo de la historia de la literatura, desde Christine de Pizan a Virginia Woolf, y asumió al navegante aventurero que surca mares, acumula tesoros y subyuga incautas damas -o caballeros…-. Henos aquí en la piel de un muchacho que reconoce su infancia como un periodo feliz a pesar de los pesares y retoma su adolescencia como el periodo crucial que de facto resulta ser. Ella vivió un tiempo en Prócida y se sirve de la naturaleza de la isla con su castillo y penal, así como de su imaginación, para jugar con una serie de metáforas que encajan a la perfección con la tormenta interior que a esas edades se vive, sobre todo, cuando el padre y la madre son figuras bien lejanas y esquivas -como el padre- bien ausentes y reinventadas -como la madre-. Para redundar el ambiente masculino, su nodriza fue un hombre -el amable y gentil Silvestro-, él crece en absoluta libertad sin necesidad de ir a la escuela y formándose con la gran biblioteca que en su depauperada villa hay -en realidad un antiguo convento de monjes-, vive en una casa donde las mujeres están directamente malditas -es la llegada de una joven madrastra lo que parece romper el hechizo- y no encuentra belleza alguna en el sexo opuesto -el paradigma de la belleza lo representa su padre, Wilhem Gerace, con sangre alemana y rasgos opuestos a quienes allí habitan-. El tránsito a la madurez no se presenta fácil y el despertar de la sexualidad será necesariamente confuso, como confusa es la sexualidad de Wilhem -inspirado, plausiblemente, en Visconti, gran amor y amigo de Elsa-.

    El abandono de la infancia, consciente o inconscientemente, en el marco de unos mínimos afectos y atenciones, supone un proceso de ruptura que puede ser o no traumático y al que voluntaria o involuntariamente se le oponen diversas resistencias. Quizá por eso cuando, navegando en mi barca, me alejaba un poco de la costa, enseguida me invadía una amargura nacida de la soledad que me obligaba a volver. Era ella [la isla/infancia], que me llamaba como las sirenas. La ausencia y el deseo de la madre junto a la nefanda visión que recibe Arturo de su padre suponen un escollo difícil de salvar para un joven inexperto, solitario, apasionado, orgulloso y especialmente vulnerable. La joven madrastra supone un contrapunto necesario y, en buena lógica, resulta un personaje condenado a perder, pero de una fortaleza e integridad propia de la gente sencilla y consecuente, aunque también resignada e ignorante. Me parecía increíble que un ser como ella, tan inerme, vulnerable, ignorante y estúpido, pudiera ir por el mundo sin herirse.

    En resumen, una novela magnífica, intensa, con una narración próspera, mítica -como míticas son las concepciones con las que el alma joven se enfrenta- y realista -el realismo de la incertidumbre y el sentimiento que desborda-, de personajes rotundos, extremos, como extrema es la urgencia adolescente, donde la sexualidad ha de explotar y no es necesario definirla, sino vivirla, desplegarla, en contra y favor de los demás y de uno mismo. Como Morante: extraordinaria, total.

Érase una vez de Margaret Atwood

Érase una vez

Tradicionalmente los cuentos empiezan Érase una vez, mas cada vez resulta más complicado entrar en el relato respetando todas las cortapisas que va esparciendo la (pretendida) bondad de lo políticamente correcto. También terminan con parejas felizmente casadas comiendo perdices. Pero no es así y Atwood, que pretende no conseguir arrancar en su primera pieza del libro, la que da título al conjunto -6 cuentos y dos breves escritos que abren y cierran la obra-, nos expone seis relaciones de parejas para las que las perdices no resultaron tan sabrosas.

      Seis desencuentros y un colofón que lleva por título A favor de las mujeres tontas y en los seis desencuentros hay mujeres tontas y no tanto –porque sin ellas no habría historias, (…) porque la mujer tonta es lo bastante imbécil para creer que la Esperanza será una especie de alivio, (…) porque ¿de dónde proceden quinientos años de versos de amor…?-. Betty, la que da nombre al primer relato, parece el paradigma y Atwood recuerda su historia además de la imagen que de ella se hizo durante su infancia y adolescencia, y se excusa desde la madurez. En Translúcida, como su nombre indica, la mujer tonta deja pasar la luz siendo sus contornos, su realidad, difusos, así como el propio discurso que la protagonista intenta llevar adelante. Piensa en las plantas que han aprendido solas a parecer piedras. En las otras cuatro narraciones ellas se enfrentan directamente al desencanto y no saben como trascenderlo. En En la tumba del famoso poeta, el desamor es el tercer protagonista que acompaña a la pareja en su peregrinaje al castillo del poeta muerto, como si este fuera su unión desmoronándose: no me fío del castillo, me da la sensación de que se nos va a caer encima en cuanto nos de por reír o dar un paso en falso. Joyería capilar es una incursión en el pasado dentro de un viaje al pasado -la narradora huyó a Salem so pretexto de la obra de Hawthorne- y una recapitulación de los amores enquistados herencia de la afición por la melancolía propia de las jóvenes. Y no tan jóvenes. Odio los recuerdos que no pueden desecharse. En El resplandeciente quetzal, también siguiendo sutilmente una línea en paralelo frente al pozo de sacrificios rituales de un país centroamericano, una mujer racional y hastiada de su relación conjura instintivamente sus demonios en medio de un sofocante e indeseado tour turístico, mientras su marido, única voz masculina en este libro, no sabe como abordar una relación sin sentido que continúa por inercia. Por último en Vidas de poetas, Julia, poeta y conferenciante, funciona por hábito y por necesidad dentro de una dinámica que la agrede, contemporizando con quien ya no la necesita, no la quiere, no la respeta.

   Seis relatos desoladores, de triste belleza, serena inteligencia y delicada sororidad, enmarcados entre dos textos lúdicos, irónicos, pacífica y audazmente provocadores.

Lady Susan de Jane Austen

Lady Susan fue publicada 77 años después de ser escrita y 54 después de la muerte de su autora, en 1871. Es una novela epistolar compuesta por 41 cartas y una conclusión que cierra los avatares que se desarrollan a lo largo de la correspondencia entre siete personajes que rodean a Lady Susan Vernon, a saber: como contrapunto están su cuñada, la Sra. Vernon, Catherine, que recoge la voz de la moral de su tiempo -y de este, a qué dudarlo-, Sr. de Councy -Reginald, hermano de su cuñada- y Sir Reginald De Councy y esposa, padres de los anteriores. Dividiendo la correspondencia en dos partes de veinte y veinte misivas, está la número XXI de la hija de Lady Susan, Frederica Susan Vernon, quien, a pesar de los continuos menosprecios que sobre ella expresa su madre, algo del tesón y la habilidad para salirse con la suya de su madre ha heredado. Y permitiendo expandirse acerca de los sentimientos e intenciones de la ínclita Susan, la señora Johnson.

La soltura y el gracejo con que Jane Austen da voz a la pizpireta, manipuladora, vivaz e interesada Lady, así como la gravedad y sensatez con que describe y relata su cuñada, dirigen el transcurrir de los hechos en los que es Lady Susan la auténtica actriz que hace y deshace ante la impotencia de su hermana política que adora ser la primera y el centro de conversación, la más ingeniosa y la más sensata –no obstante no puede dejar de reconocer la aparente impecabilidad de la conducta de Lady Susan que subyuga por donde va y especialmente a los hombres. La novela está aderezada con exactamente cinco intervenciones masculinas, una de ellas, de Sir Reginald de Councy a su hijo, con un ánimo bien distinto a las demás. Sin embargo no es solo Lady Susan quien conduce los acontecimientos, también Frederica es capaz de torcer los designios de su madre que, con un cinismo encantador y jocosamente perverso, se explaya con su amiga, la Sra. Johnson, quien no le anda a la zaga en su práctica visión de un mundo en el que, para una mujer, el matrimonio se presenta como la única salvación. Lady Susan puede con todo. O casi, pues su capacidad de adaptación a las circunstanciass corre pareja con el desapego que siente hacia quienes la rodean y no participan de sus necesidades o intereses.

En este delicioso relato que por momentos parece una obra de teatro de enredo, la ya madura Lady Susan, viuda de treinta y tantos años, pisa con fuerza allí donde sabe que puede pisar -no así su amiga, ya sometida a la voz del patrón o anciano esposo. Frente al dudo si no debería castigarle despidiéndole de inmediato después de esta reconciliación o casándome con él y burlándome eternamente de Susan, aún libre para elegir, se queja la Sra. Johnson de que cuando era yo la que tenía ganas de ir a Bath, nada pudo inducirle a tener un solo síntoma de gota. La conclusión, por boca de la autora o por la de la persona que registra los aconteceres, cierra el periplo de Lady Susan, pero deja abierto el de su sacrificada hija que pasa de una celestina a otra, pero no cuento más. Una primera obra que anticipa los temas centrales de la obra de Austen con frescura y un cierto toque díscolo atemperado por el núcleo familiar Vernon, que viene a ser Catherine Vernon.

La edición es un placer. Limpia y traviesamente ilustrada, estupendo papel, primorosas guardas. He de confesar que la compré por impulso en un ataque de consumismo libresco que es el único que me permito de tarde en tarde. Una divertida delicatessen para un día de calor agobiante, de recogimiento en el sofá frente a la chimenea o, en su defecto, con la calefacción funcionando.

No, mamá, no de Verity Bargate

A Verity Bargate, su nacimiento como novelista y el diagnóstico de un cáncer le coincidieron en el mismo año, 1978. Ella siempre pensó que, como su madre, moriría a los cuarenta y no se equivocó, pues murió dos meses y veinte días antes de cumplir los cuarenta y uno. Cuando tenía cuatro años sus padres se divorciaron y su madre se marchó a Australia de donde retornó a los cuatro años, casada de nuevo con un doctor de la RAF y Verity pasó los siguientes años en internados y casas de vacaciones. Fue enfermera, pero no se sentía capacitada para ello, después trabajó para una empresa dedicada al análisis de los medios de comunicación y, finalmente, con su primer marido creó el Soho Teather y tuvo dos hijos varones -uno de ellos llamado Thomas Orlando, como el recién nacido de Jodie, la protagonista de esta breve e intensa novela-. Su matrimonio duró del 70 al 75. A continuación ella tomó las riendas del teatro con un espíritu libre y abierto que dio cabida a gente como Bob Hoskins, Hanif Kureishi o Caryl Churchill y, apoyada por el que sería su nuevo esposo dos meses antes de morir, Keeffe Bargate. comenzó a escribir. Dejó tres novelas, ésta fue la primera. A ver si tenemos suerte y Alba se anima con las otras: Children crossing y Tit for tat.

     Una mujer nos narra en primera persona la sensación de vacío vivida desde el momento en el que cogió en brazos a su segundo hijo. Otro varón. ¿La depresión postparto? Puede que sí, no necesariamente. Además de madre, es esposa, hija, amiga, sin hablar de ama de casa, compradora, etc. pero sobre todo es mujer y nos va a narrar un proceso de huida de la realidad, eso puede pasar en el puerperio, pero también tras una gran decepción, un desamor, el deseo muerto, un legado perdido, un tiempo de inercias… Siempre dentro de los límites de lo racional seguimos a Jodie que encuentra fuerzas en la reaparición de una gran amiga de la infancia, Joy. Hasta ese momento ha estado observando su matrimonio, a sus hijos, intentando mantener el equilibrio y ha recuperado un talismán de juventud guardado junto a otras pertenencias empaquetadas para la que quería su hija y es Orlando ¿cambiará de sexo con este nombre? Con suavidad y fluidez avanza la narradora, sin saberse tan vulnerable y trasmitiendo vulnerabilidad, olvidando la agresividad del entorno, la trampa en la que se ha ido encerrando, fiel a una nueva rutina que la hace sentirse feliz. Sabe ser práctica, muy práctica, aún puede sentirse a gusto con algunas personas. Por el camino transitan la identidad sexual y la moralidad imperante, la ceremonia matrimonial, el pasado como pérdida irrecuperable y dos hijos amados, temidos, cómplices, lastres… Una breve novela de tensión casi gótica en la que el peligro acecha en un apartamento, en el tren, en la estación y se dirige hacia un desenlace fatal. Un miedo al otro tan cercano -miedo que la protagonista percibe también en Joy- y que sabe que llegará a puerto de alguna manera, en algún momento, y que el puerto es ella. Dos mujeres atrapadas y un final de cualquier época. Paradigma de precisión y economía, sin aspavientos ni efectismos. No le sobra nada, ni le falta. Tremenda, estpenda.

La ciudad de las mujeres de Cristina de Pizán

damas

Cristina de Pizán escribe La ciudad de las mujeres en 1405, 523 años después, en 1928, Virginia Woolf sigue dándole vueltas al mismo tema en las charlas ante las estudiantes de la Universidad de Cambridge que constituirían Una habitación propia. Cristina sí la tenía, pero le costó años de litigios conservar su herencia, muertos su padre y su esposo, así pues, ella sí se retira a su “étude” y con este acto arranca esta alegoría y defensa de las mujeres que, ya en su tiempo, dio amplio lugar a polémicas entre los doctos varones de su tiempo. Recibe la ayuda de tres Damas: Razón, Justicia y Derechura (este término, tan francamente feo, ha sido seleccionado por la traductora, por un lado para recoger el sentido de la palabra Droitture que alude tanto a lo judicial como a lo geométrico y, por otro, para alejar cualquier connotación del rigor religioso que el término “rectitud” suele llevar anejo). Son ellas quienes invitan a Cristina a levantar una Ciudad desde donde las mujeres puedan defenderse de tan perversa y continuada agresión, mezclando con tinta la argamasa que las tres van a proporcionarle. Esta ciudad tomará los materiales de un enfoque y una lectura diferente acerca de los papeles que figuras femeninas, tanto históricas como legendarias y literarias, jugaron desde un tiempo que no figura en los escritos hasta aquel remoto y recién estrenado siglo XV. No deja de ser interesante el hecho de que Virginia Woolf, 5 siglos después, eligiera también apoyarse en tres personajes igualmente ficticios, Mary Benton, Mary Senton y Mary Carmichael, para defenderse de, si no tan contumaces ataques, por lo menos igualmente sectarios e interesados -lo de machistas o patriarcales, casi que sobra decirlo-, y concluir que lo que las mujeres necesitaban era poseer un espacio y una renta, haciéndolo, no desde una ciudad en femenino, pero sí desde una universidad para jóvenes del sexo “débil”.

     Quien se acerque a este libro buscando información fidedigna sobre las acciones de las mujeres en la Antigüedad, encontrará una absoluta falta de rigor, falta de rigor igualmente achacable a aquellos a quienes rebatía. No se trata de una historia de las mujeres, sino de un recopilación de personajes femeninos desde una perspectiva prefeminista, lejos de los estereotipos aceptados y consensuados, y de la refutación de un argumentario francamente ofensivo y denigrante. Para ello la autora, resultándole difícil asumir como propia de su persona y de la de tantas otras la imagen recibida, primero cuestiona la autenticidad de los tópicos transmitidos por el saber masculino que se podrían resumir en filósofos, moralistas, todos parecen hablar con la misma voz para llegar a la conclusión de que la mujer, mala por esencia y naturaleza, siempre se inclina hacia el vicio. Y para empezar, desde esta alegoría, recurso tan en boga en aquellos tiempos, se dirige hacia el Campo de las Letras pertrechada con la azada de la inteligencia y dispuesta a cavar hondo -no era para menos- con la ayuda, en primer lugar de la dama Razón. Y cavar hondo en ocasiones requiere -metafóricamente hablando, claro está- una cierta exhaustividad por lo que esta parte, dedicada en profundidad a desmontar pretendidos razonamientos hoy denominados misóginos, es, sin duda, la más ardua y desarrolla las respuestas a preguntas que Cristina le va haciendo a Razón, preguntas que se originan en Ovidio, Catón, Aristóteles y un largo etcétera y cuya contestación permitirá asentar las primeras piedras en la base de los muros del nuevo baluarte: heroicas damas de la guerra como Semíramis o las Amazonas; de la política, como Nicaula, la reina de Saba, o Fredegunda y otras nobles; de las ciencias y las artes como Safo, Ceres, Minerva, –Te vuelvo a decir, y nadie podrá sostener lo contrario, que si la costumbre fuera mandar a las niñas a la escuela y enseñarles las ciencias con método, como se hace con los niños, aprenderían y entenderían las dificultades y sutilezas de todas las artes y ciencias tan bien como ellos.- y por último damas dotadas de buen juicio, entendiendo por juicio la capacidad de reflexionar sobre lo que se quiere emprender para llevarlo a buen término como Dido o la Gaya Cirila. En la segunda parte, Derechura le proporcionará el material que solidificará el muro y, dado que aún casi estamos en la Edad Media, son sibilas, profetisas, hijas y esposas devotas y entregadas, discretas, prudentes, honestas, etc. que rebaten zafias aseveraciones sobre el talante femenino: que si son cotillas, cónyuges furibundas y amargadas, coquetas, que si les gusta que las violen…, a qué seguir. La lista de menosprecios es larga, mas la cantidad de mujeres con las que refuta tamañas tropelías es profusa y en este caso mucho más amena, a fin de cuentas son las piedras preciosas que trabarán las murallas de palacios y mansiones en la nueva Ciudad. Reformula el enunciado haciéndose portadora del discurso oral y doméstico silenciado a otra luz, la que no pasó a los escritos y que por lo tanto es, era, inexistente. Por último llega el turno de Justicia y, con ella, de la religión y la Reina de los Cielos. Esta es la parte más corta en la que un breve martirologio de santas, beatas y mártires con María a la cabeza consagran la ciudad. El feudalismo está siendo transformado y la Iglesia dicta (siempre que puede, lo hizo, lo hace y lo hará), nadie es ajeno a su poder y la fe se da por sentada, así como los mandamientos y la servidumbre. No obstante muchas de las frases rebatidas no han desaparecido, han pasado más de seiscientos años y su desiderata final no podría ser más asumible: Huid, damas mías, huid del insensato amor con que os apremian. Huid de la enloquecida pasión cuyos juegos placenteros siempre terminan en perjuicio vuestro.  (…) Acordaos de cómo los hombres os tienen por frágiles, frívolas, fácilmente manejables y en la caza amorosa os tienden trampas para cogeros en sus redes como animales salvajes. Huid, queridas amigas, huid de los labios y sonrisas que esconden envenenados dardos que luego os han de doler. Alegraos apurando gustosamente el saber y cultivad vuestros méritos. Así crecerá gozosamente nuestra Ciudad.

     Convengamos que Virginia dio un paso más sobre la forma de conseguirlo, aunque ambas estaban lejos de llegar a aquellas que no tenían -ni tienen- acceso a la educación. Ambas presentan más de un paralelismo, escritoras e impresoras que fueron de sus propios libros, iluminados los de Cristina por sus ayudantes y los de Virginia por su hermana, ambas, en algún momento, desearon ser hombres y en alguna de sus obras fabularon con ello. ¡Qué corra más la igualdad y no pasen otras tantas centurias para volver a leer otra defensa de las mujeres o peor, para que alguna -o alguno, que también los hay- tenga de volver a escribirla!

Mentira y sortilegio de Elsa Morante

Morante publica Mentira y sortilegio en 1948. A los trece años escribe La extraordinaria aventura de Catalina, una obra para niñas y niños como otras tantas que crea desde entonces. Esta es su primera novela para adultos. Su protagonista es Elisa, con una “i” intercalada en el nombre de la autora, letra tal vez obtenida del nombre de su madre Inma, sustituida a su vez por una “a”, pues Anna es el nombre de la progenitora de Elisa. Con Elisa comparte Elsa el ser hijas ilegítima y al padre biológico de la novelista, Francisco Lo Monaco, lo reparte, Francisco para el padre real de Elisa –a quien le da también la misma profesión, empleado de correos- y Monaco para el padre secreto de Francisco, que vendría a ser el desconocido abuelo paterno de Elisa. Muchas más huellas de su biografía ha de haber en esta historia, pero no pasa de ser anecdótico y tan significativo como en cualquier escritor o escritora que se esparce en su obra. Elsa Morante fue reconocida por Augusto Moravia y creció en contacto con los y las internas del correccional donde este trabajaba. ¿Vendrá en parte de ahí su especial sensibilidad a los conflictos y la indefensión de la infancia?

   Adentrarse en esta ficción requiere abandonarse a su intensidad, a la profusión de fábulas y leyendas, a la magia y, con ello, a la maldad, la mentira, la crueldad de todas las historias y quimeras que desembocan en el aislamiento y la tristeza de su narradora. Al hilo de tan mal hado, la recapitulación se convierte en un desesperado conjuro contra los fantasmas que pueblan una estirpe, aunque sea una estirpe de baja alcurnia o, lo que es lo mismo, del vulgo, de los desclasados, pero estirpe al fin y al cabo. Una Elisa mayor, por segunda vez huérfana, comienza con la introducción a la historia de su familia pero, para ello, nos pone primero en situación. Aunque adulta, joven quijote encerrada en su mundo de lecturas fantásticas, no se resigna únicamente a despertar interés por un pasado construido a base de engaños, mitos y fatalidad que le conducirá a una situación claustrofóbica, abre también una puerta al juego con la adivinanza sobre la identidad de su único compañero, Álvaro, buscando no solo la intriga -de sobra despertada con su tono premonitorio e imperioso- sino convocando la infancia encerrada en toda persona, toda biografía y, ojalá, que en todo lector.

   En esta pródiga saga familiar la narradora cuenta en la primera parte con la voz de los muertos que pueblan el cubículo donde ha elegido vivir al margen de la sociedad que rodea a su madre adoptiva, ellos y ellas le van transmitiendo aquello que la protagonista no pudo vivir, remontándose a sus abuelos. Con maestría y excelente verbo, cambia las voces intercalando sus propios recuerdos, las mentiras que recibió, el morbo de la imaginación que heredó, las certezas que en el momento de la narración intentan predominar sobre el legado que la ocupa. Ella sabe que allí donde buscaba misterio y malicia hay solo emociones enfermizas y decadencia. Bajo unos personajes que se quieren especiales en un entorno que ubica con detalle en una pequeña ciudad del Mediodía italiano, subyace una clase dirigente meapilas y orgullosa junto a una sociedad rural inculta y dependiente. En ambas se alinean hombres y mujeres, formando un entramado cuyas principales víctimas son siempre los y las hijas que a su vez, no recogen el testigo, sino que lo incendian, perpetuando un mundo de desigualdad y engendrando criaturas vulnerables que no encajan en un mundo que brinda pocas alternativas. Madres de adoran a sus hijos e ignoran a sus hijas, padres que malcrían a sus hijas o que las utilizan. Nos dice Elisa: Me creerán si les digo que son tres los mitos de los niños pobres: el Paraíso, el milagro y la riqueza, y estos tres grandes mitos se confunden y se explican uno con otro. Ella recibe este legado de las mujeres de su familia, una imaginación mórbida y caduca ligada a un amor y una admiración incondicional a la distante figura materna que a su vez tampoco recibió afecto alguno de su progenitora. En la segunda parte, los personajes de su pasado cuyos avatares y tristes miserias ha ido engarzando a una luz comprensiva, compasiva, pero no exenta de una ironía que convoca al lector dirigiéndose a él abiertamente en ocasiones, dichos personajes se rebelan y son sus propios recuerdos los que hablan y estos recuerdos comprenden la fugaz aparición de mis padres, que para mí duró lo mismo que mi infancia y cuya naturaleza fue tan perturbadora que luego mi memoria transformó un drama burgués en una leyenda. Leyenda que, como les sucede a los países sin historia, me apasiona (esa historia que corre paralela a cada existencia y que ella se empeña en marcar en su posterior y polémica La historia, estando aquí como un telón de fondo entre tanta fábula de supervivencia).  Figuras familiares y otras próximas desfilan en un texto de una exuberancia abrumadora. El mundo femenino limitado y constreñido no encuentra más vías de escape entre la plebe que la imaginación o ese mal llamado oficio más antiguo del mundo, y el fanatismo religioso entre la clase dirigente -las dos descripciones sobre lo que hacer el amor es para una familia opulenta y católica, y para una joven prostituta de provincias llena de contradicciones, pero también de amor, son impagables-, los obstáculos que han de afrontar aquellos que no cuentan con un buen caudal de dinero les reducen a vivir el día a día sin perspectivas de mejorar en el futuro. Mujeres que viven por despecho, orgullosas, supersticiosas, lánguidas, antipáticas, incomprendidas, incapaces de hacerse entender, hombres disolutos y autocomplacientes, apocados, dignos, manipuladores… la galería es amplia y nunca sencilla, cada cual destella luces, oculta sombras y estas sombras vienen de antes, de cuando eran seres pequeños, frágiles, dependientes. Por las líneas de Morante transita tanta literatura, como por la imaginación de Elisa mitos. Poe, Homero, Proust, Goethe, las Bronte, Wilde, Dostoievski…

   Ciertamente no es pequeña empresa emprender esta lectura, son mil páginas, ahora bien, vale la pena, ya lo creo y, necesariamente, piden más de Morante. Enhorabuena a la editorial Lumen a la que apenas se le ha pasado por alto alguna errata, y a la traductora -traducirla y corregirla no ha de ser empresa baladí, en parte porque, necesariamente, ha de haber momentos en que olvides la ortografía y te dejes llevar por esa voz de El(i)sa que se cuenta, que te cuenta, te interroga, te toma como testigo y como cómplice- y, cómo no, a la gran Natalia Ginsburg que tuvo la valentía de leerse tamaño libro -Cesare Pavese lo dejó en sus manos- de una casi novel escritora y aventurarse a publicarlo. Y a Elena Ferrante, cuyo nombre tanto eco encierra de Elsa Morante, por hablar de este libro como de un gran descubrimiento. Eso es es también.