La consagración de la primavera de Alejo Carpentier

Decía Alejo Carpentier en una entrevista de 1974 que trataría … en su obra inmediata, de reflejar un proceso histórico que me llevó a tomar conciencia de mí mismo y a saber que realizando mi labor no sólo trabajo para mí, sino que trabajo para los demás. Cuatro años más tarde publicaría La consagración de la primavera, en 1978, con 74 años. Alejo Carpentier cierra la novena y última parte que es también el último capítulo con una cita de Goethe: Solo merece la libertad y la vida aquel que cada día sabe conquistarlas. A la octava parte la antecede una de Melville en las antípodas del Preferiría no hacerlo, toda la novela va precedida por la respuesta del gato a Alicia … puede estar usted segura de llegar, con tal de que camine durante un tiempo bastante largo. Esta novela es el plausible camino de dos personas que se encuentran, partiendo desde posiciones opuestas, disonantes, con diferentes modos, líneas melódicas, en un pas de deux, que se encuentran y encuentran una forma de renacer en una nueva primavera. Y esa primavera es la Revolución cubana (que, porfiadamente, sigue, como puede, caminando).

      Los conocimientos de las bellas artes por Carpentier son vastos y profundos y a lo largo de los distintos capítulos son desplegados al compás de su propia biografía, ya que recoge cronológicamente sus diferentes estancias más o menos prolongadas en distintas partes del mundo -muchos años en París, varias y largas temporadas en México, España, NuevaYork… – y con ello, va recogiendo e inmiscuyendo a amigos y conocidos de entonces. Que la música fue una de sus pasiones da fe la recopilación de sus escritos en El músico que llevo dentro, donde Stravinsky cuenta con un lugar de honor en numerosos artículos. Abre la primera parte con la reproducción de la partitura del comienzo de La consagración de la primavera, ballet que revolucionó las mentes acomodaticias y bien pensantes de la época, dando origen a un gran escándalo el día de su estreno –solo con escuchar el solo de fagot seguido de corno inglés que abre la pieza y que es el fragmento recogido por Carpentier, Saint Saëns se levantó y se fue (no le hizo falta ver a Nijinski)-. Y con un solo comienza la novela en la voz de una bailarina que sabremos procedente de Bakú (como la madre del autor). A excepción de un par de capítulos en los que las dos voces narrativas, Vera y Enrique, simultanean sus pensamientos y sus recuerdos, y el final, donde de nuevo sus voces caminan en paralelo, en los demás únicamente una de las dos líneas dirigirá el relato. La historia comienza llegando a España durante la guerra civil y, en una analepsis de varios capítulos, recupera el pasado de Enrique, brigadista en nuestro país, desarrollando el contexto histórico, social y cultural cubano desde la dictadura de Machado de la cual tuvo que huir -como Carpentier-, así como la situación presegunda guerra mundial europea. Tras la expulsión de España de las Brigadas Internacionales y la situación prebélica en Francia, Enrique retorna de su exilio y Vera, en su compañía, procede al siguiente (no será hasta la séptima parte y tras un proceso de crisis profunda -personal, pero también social, en pleno proceso de avance Fidel y sus guerrilleros-, que Vera retroceda hasta la Revolución rusa para entenderse y afrontar un proceso que la llevará a ella, fugitiva de guerras y revueltas, mujer de continuos exilios, a cambiar profundamente su posición frente a la política, frente al mundo). El relato y sus motivos son de una riqueza abrumadora, de apariencia caótica, sin una estructura precisa -como el ballet del ruso- se fragmenta en 42 capítulos repartidos en 9 partes. Su verbo es ágil, profuso, preciso, práctico, nítido, contradictorio, avanzado, antiguo… Música y músicas, danza, pintura, arquitectura –la construcción en La Habana, de México-, poesía… Todo cabe, se entrelaza, evoluciona, dialoga, avanza… Dialéctica a lo largo y ancho de novela, vidas, pensamientos, artes, ciudades, naciones … La confrontación, el análisis y la literatura, la música, las esencias, la pulsión de la naturaleza, las contradicciones, su superación…

     Con esta obra, de alguna manera memorialista, que traza el círculo desde la guerra civil española para abarcar desde la revolución bolchevique de 1917 hasta la cubana de 1959, Carpentier, dos años antes de dejarnos, da una lección de escritura, coherencia y honestidad. La riqueza del texto es de una generosidad abrumadora, abierta a infinidad de vías y supone un gran placer seguirlas. A dos años de morir Alejo Carpentier era una fuente tenaz de energía literaria, pero también de compromiso, lucidez y vitalidad. A veces los caminos se pierden, los exilios se suceden, pero … Mientras nos quede algo por hacer, nada hemos hecho. Herman Melville.

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Las iniciales de la tierra de Jesús Díaz

Es hacia 1971 cuando termina la trama de la novela que nos ocupa. Fue en 1973 cuando su autor, el cubano Jesús Díaz, la presentó al premio de la Casa de las Américas con el título de Biografía política y, entonces, su estructura respondía al cuestionario que el protagonista, Carlos Pérez Cifredo, como aspirante a “trabajador ejemplar”, debía responder ante una Asamblea del Partido. No considerándola conveniente el jurado, tuvo que retirarla y no vería la luz hasta 15 años después, siendo su título distinto, Las Iniciales de la tierra, y respondiendo su estructura a un orden cronológico, a través de una larga analepsis. Entre una breve introducción en la que Carlos se cuestiona su vida y sus acciones hasta el momento, y un último capítulo, a modo de epílogo, en el que se haya finalmente ante la Asamblea, el autor va desgranando la vida de Carlos, desde un primer periodo consciente de la infancia donde se sientan las bases de un chaval de una gran imaginación alimentada por las películas, los cómics, las novelas juveniles…, un niño que sueña con ser un héroe, salvar -o en su defecto, enseñar- a su amiga analfabeta y que teme e ignora lo que de mágico y ancestral hay en aquellos que no son blancos cubanos. Una de sus primeras enseñanzas es que Los hombres no lloran. Son 21 capítulos que responden todos al mismo mecanismo, partiendo de un punto concreto en el tiempo, el autor vuelve hacia atrás enlazando con las circunstancias o los hechos de uno o varios capítulos anteriores, avanzando hacia el punto de partida del principio del capítulo y trascendiéndolo. Así tenemos una novela de formación en la que cada capítulo gira sobre sí mismo uniéndose a los adyacentes, que arranca poco antes del golpe de Estado de Batista de 1952 y finaliza después del fracaso de la zabra de los 10 millones (1970), recorriendo con ello, preliminares, triunfo y desarrollo de la revolución cubana.

      Nuestro aspirante a obrero ejemplar crece, lo hace del lado de la revolución hacia la que poco a poco no le ha quedado más remedio que decantarse profundizando, así, una brecha familiar con su hermano y con su padre, prestamista. Según va avanzando va aprendiendo y no siempre aprende como debe -eso es evidente durante su periodo maoísta-, más bien aprende como puede hacerlo alguien apegado al hogar materno que siempre quiso ser un héroe y que, a la postre, termina siendo … alguien que siempre quiso ser. Sin embargo estuvo presente o, de una manera u otra, participó en muchos de los hitos históricos de este proceso: la explosión del La Coubre, Girón, muerte del Che… y, en otros, de esa otra Cuba, de misteriosos sesgos como la incorporación de un muerto, la furnia, Alegre -el loco electricista-, o el Tren Fantasma cargado de caña podrida… La prosa de Jesús Dïaz es rica, rítmica, vigorosa, atrevida, juguetona. La música está presente -sobre todo y, significativamente- al principio, pero la melodía, la cadencia del verbo cubano llega hasta a la zafra. Precisamente en el capítulo de la primera zafra de Carlos, el autor cambia por única vez al destinatario de sus palabras: ya no es el lector, es Gisela, la mujer de Carlos, lo que por un lado suaviza la pesantez del trabajo y por otro acentúa la soledad y acompasa la marcha de las duras faenas. No le falta el calor a su protagonista, ni le faltan contradicciones, como a la mismita revolución, pero sigue avanzando, como trabajador, como persona y como hombre que consigue o intenta, por lo menos, reconocerle a la mujer los mismos derechos.

      Una novela bien construida a todos los niveles, escrita por un entonces Jesús Díaz revolucionario, que, no sé sí para su alegría o su pesar, cuenta mucho de las dificultades personales, pero también sociales y políticas de bregar a contracorriente.

Las madres negras de Patricia Esteban Erlés

Patricia Esteban Erlés es una estupenda cuentista que, entre cuento y cuento, nos engarza una novela. Desfilan por la laberíntica casa de la viuda Corven convertida en orfanato, niñas y mujeres que han perdido la razón, su nombre, su pelo, su dignidad, su voluntad, su razón de ser, bajo la férrea dictadura de una esclava del Señor. Una teocracia regida por una monja, hija del pecado profanada, alienada y criminal. Comienza con una fuga y se retrotrae, desentrañando historias como Sephine, la mujer del hacedor de muñecas, desenreda y lava la trenza verde de la amada de Dios -un dios caprichoso y aburrido a quien nada le gustaba más que descubrir las miserias de sus criaturas. Nos regala historias por devenir, porque Galia y Tábata, Moira y la propia casa, nos piden más líneas, al igual que otras criaturas desamparadas -o no tanto, como el Doctor Rubin-. Sin embargo esta es la novela de Mina y de Pola, de Priscia y de Dios -o el poder patriarcal-. A cada niña que llega se le corta el pelo al cero, se le pone un saco gris y se la nombra por aquello a lo que debe aspirar. La hija de la bruja será Obediencia frente a su independencia, Pola será Modestia para ocultar su perfección y belleza, otra será Verdad, otra Prudencia, Esperanza, Perfección y es la voz que las nombra la de la envidia de las madres negras, la de la ley, la de Priscia -con su glacial soledad y violencia-, la mano de Dios en la tortuosa mansión construida en base a los deseos de una mente desquiciada y aterrada, perseguida por los fantasmas de los soldados muertos. 

     Esta novela gótica está atravesada por unos cuantos relatos de infancias desoladas, si no ajenos al contexto de la casa –La casa estaba enferma. Y además era malvada-, sí fuera de la trama que rige la narración, si bien la apuntalan y sirven para disfrutar de la elegante prosa de su autora. Aquí el mal no procede de un ser monstruoso escapado del Averno, sino de un dios egoísta, resentido y eterno, envidioso de los mortales que pueden descansar en la muerte, ávido de sumisión y de placer, un omnipresente dictador que, como todo dictador, realmente no puede ser omnipresente ni vencer siempre. Es un gustazo pasear por las páginas de esta novela donde el uso que Esteban Erlés hace de la elipsis refuerza la atmósfera de misterio, pero también de soledad de cada uno de los personajes, salvedad hecha de Dios, que como buen prócer, sí sabe lo que busca. Las madres negras fue premio Dos Passos a la primera novela de un autor o autora. Patricia Esteban Erlés ya era conocida como buena creadora de relatos breves y su salto ha sido firme. Léanla, no la soltarán hasta llegado el final -por algo está dedicada a Shirley Jackson-.

El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura

El hombre que amaba a los perros es una novela perfectamente planificada y construida. La primera parte abre camino a tres líneas argumentales cuyo final conocemos desde el principio. El primer capítulo arranca en un cementerio y el narrador, Iván, se dirige a nosotros, lectores y lectoras, para contarnos una historia que no es la de su vida, aunque, de alguna manera, sí que lo es, y es, además, una historia que le ha marcado, tanto por lo que implica y plantea, como por el hecho de no haberse atrevido a contarla. En el segundo capítulo Liev Davidovich, Trotski, entra significativamente en escena cuestionándose el derecho de la Revolución a trastocar un orden ancestral como el de las piedras sagradas, para, a continuación, recibir la orden de Stalin de abandonar la Unión Soviética en veinticuatro horas, no satisfecho el Sepulturero, como el propio Trotski lo bautizó, con haberlo enviado a Alma Atá, en las lindes del imperio, mirando a China. En el tercer capítulo, Ramón Mercader, estando en el frente de Guadarrama, recibe la visita de su madre, Caridad del Río, con una propuesta que marcará su vida. Partiendo de tres momentos diferentes en el tiempo, Padura nos conduce hacia los puntos de confluencia, con efectividad, despertando la intriga: los quince primeros capítulos que conforman la primera parte, dejan a los tres protagonistas en suspenso en tres momentos alejados y cruciales de sus biografías. Iván busca información, Trotski emprende camino a México y Ramón Mercader ha abandonado definitivamente su identidad y es un número, el 13, susceptible de asumir cualquier personalidad y dispuesto a cualquier cosa por el triunfo y mantenimiento de la revolución proletaria soviética. En la segunda parte, todo camina hacia el encuentro entre victimario y víctima, mientras que Iván, aparentemente, parece ocupar un segundo plano, que recuperará en uno los dos últimos apartes que conforman el final bajo el elocuente título de Apocalipsis. La novela recorre un periodo histórico convulso y fundamental para el devenir de nuestra realidad -cubana, española, soviética, europea, mundial- y plantea claramente un debate sobre los movimientos de izquierdas desde entonces hasta ahora. Tanto Mercader como Trotski, así como las mujeres que con ellos se relacionan, viven la política y se sacrifican en sus aras, no así Iván y su compañera, contemporáneos y herederos de un devenir histórico de duras consecuencias en la isla caribeña. Los intereses de Stalin triunfaron en las filas del legítimo ejército español y se esparcieron por el Este de Europa, la idea de la revolución permanente así como la de un socialismo internacional de Trotski se difuminaron en el mapa ideológico comunista y las directrices estalinistas posicionaron a la Unión Soviética en una alianza temporal con Hitler difícil de entender para quienes no se subían al carro con anteojeras de la única revolución obrera triunfante. Padura hace un relato exhaustivo del exilio itinerante de Trotski, recapitulando hechos especialmente dolorosos para el ucraniano y judío -las muertes de sus hijas, hijos, amistades, compañeros, los procesos de Moscú, el abandono de los republicanos españoles a su suerte atroz- y le hace hablar largo y tendido, si bien, en ocasiones, más parece Padura que Leon Davidovich, mas así perfila claramente dos posiciones encontradas que pudieron conducir, como de hecho así fue, a borrar su figura del mapa y perfilar el presente -en el caso de Iván, por partida doble-. Sin embargo, como ya se puede deducir del título, estando el conflicto desmenuzado y servido, la mirada sobre ambos busca su humanidad y para ello, no se sirve únicamente de los perros, que dan un carácter sensible a los tres, puesto que los tres aman a los perros, se sirve, especialmente de otros sentimientos más universales y comunes, como son el miedo y la compasión que, por momentos, antes y después del homicidio, aproximan a los tres. Al lado, humanizándolos también, ellas, la edípica madre Caridad -y su joven espejo, África-, la compañera fiel, Natalia Sedova y Ana, otro cadáver silencioso y póstumo de esta historia y de la Historia.

     Una buena novela, para leer y para polemizar.

Oculto sendero de Elena Fortún.

Encarnación Aragoneses Urquijo adoptó para escribir el nombre de la heroína de la novela que su marido, Eusebio de Gorbea Lemmi, había escrito: Los mil años de Elena Fortún, donde Elena, a la manera de Orlando, cambiaba de sexo a lo largo de diferentes épocas. Encarnación/Elena, siempre escindida, firmó Oculto sendero con el nombre de Rosa María Cañas y en él se trasunta como Maria Luisa Arroyo, pintora tardía, de la misma manera que ella fue escritora tardía. Años después de su muerte, a través de su nuera, se recuperó una maleta que contenía el borrador -y único ejemplar escrito a mano, con lápiz- de Celia en la revolución, esta novela de tintes profundamente autobiográficos y otra, El pensionado de Santa Casilda, ambas con temática homosexual. A una gran amiga le pidió que estas dos últimas fueran destruidas. No fue capaz. Celia en la revolución, escrita en 1943, cubre la laguna existente en la saga de Celia y sigue la vida en la retaguardia de una adolescente cuyo periplo coincide con el seguido por una Encarnación adulta durante la guerra civil. Trae la voz de una jovencita de quince años en el 36 que no entiende las causas del conflicto, perplejidad y desilusión frente crueldad y miseria. En Oculto sendero la perplejidad y la desilusión también acompañan a la narradora, pero el telón de fondo tiene un color más íntimo centrado en la trayectoria emocional de una mujer obligada a crecer en contra de su propio ser.

     Las dos primeras partes, Primavera y Verano, ocupan más de los dos tercios de la novela, abarcan niñez, adolescencia, matrimonio…, llegando hasta el momento en el que Maria Luisa se queda sola. El último tercio, que corresponde al Otoño -sin duda, de la vida-, es un comenzar de nuevo y, tal vez, más de una vez. La niña que de mayor quería vestir(se) de hombre y montar a caballo, crece con la clara percepción de que que hay algo en ella diferente al resto de las niñas y chicas que conoce, no obstante lo que se da en llamar sexto sentido, que en este caso como en tantos otros no es sino la tendencia natural de cada cual, le hace identificar con firmeza el -la- modelo que su naturaleza requiere el cual no se adecua en absoluto al paradigma postulado en aquellos prolongados tiempos. Si bien, parece ser que todo tiene una explicación. Durante su niñez está la de su madre: Como yo estuve tan malita al dar a luz, pasó más de media hora después de nacer sin que pudieran atenderla y todos decían : ¡es un niño! ¡Tales berridos daba…! Y luego eso mismo me he tenido yo que repetir muchísimas veces. En el otoño de su historia, la interpretación del cuadro por un médico es diferente y Maria Luisa, recién llegada a su nueva, pecaminosa, indigna y silenciada identidad, como persona honrada con la suficiente inteligencia para no dejarse manipular por un psiquiatra, pero decidida a pelear contra su instinto, concibe vanas perspectivas …me compraría una blusa de seda, me pondría pendientes… sería ¡una mujer! Pero ¡si estaba contenta de serlo! Tenía mi casa tan ordenada, tan bonita… Todo aquel tinglado de hogar giraba en torno mío… Bastaba una orden mía para que todo en él se modificara… Era un pequeño Estado del que yo era la reina…

      Todo está narrado por la protagonista en primera persona, como narraba Celia, y algo de Celia hay en esta pintora -como algo de Luisa, Elena y Encarnación hay en Celia-, capítulos cortos con momentos representativos, diálogos que transmiten la esencia de lo que se esperaba de una mujer y el enorme control ejercido sobre las niñas, todo desde unos ojos inocentes que, sin embargo, son considerados socialmente culpables. La Primavera termina con varias muertes, a partir de ahí Maria Luisa abandona su adolescencia y acaba asumiendo la necesidad de algo a lo que siempre se resistió: El camino de la mujer es el matrimonio y todo lo que aprenda y estudie debe ser con miras al día de mañana, para hacer feliz al hombre que la escoja por compañera, y ser una buena madre de familia... El Verano recorre el periodo de desaparición de la identidad y la voluntad, el sometimiento a la autoridad masculina firmemente apuntalada por la propia madre y la falta de reconocimiento de su entorno … pero era una mujer como todas, aún más mujer que ninguna, porque los atributos femeninos de resignación, afectación, falsedad, dulzura y mansedumbre superaban en mí a los de otras mujeres… También el verano finaliza con varias muertes. Como hicieron Encarnación y su marido, Luisa y Jorge abandonan Madird y se van a vivir a Canarias. Allí Elena Fortún publica su primer artículo y la protagonista, aun sin saber que lo busca, comienza a caminar por el aún oculto sendero que conducirá al final de la novela. Una novela de aprendizaje escondida que ve la luz muchos años después. Una de tantas voces secretas que, por fortuna, sí ha sido desvelada.

       Muy recomendable. De esas novelas en voz baja, sin estridencias, precisa, de ligeros toques de ironía resignada, con una suave amargura.

Tuyo es el mañana de Pablo Martín Sánchez

Tuyo es el mañana

 

El día dividido en seis bloques de tiempo: Medianoche, madrugada, mañana, mediodía, tarde, noche. Cada bloque integrado por seis voces, cada voz ocupa un puesto diferente en las distintas partes conforme a una secuencia. Seis personajes narran cuanto les acontece a determinadas horas entre las 00.00 y las 23.15 del día 18 de marzo de 1977. Nada es aquí aleatorio, la arquitectura es un juego de números al que se suma una introducción a los distintos tiempos del día. En ella, una voz diferente se dirige a un niño describiéndole sus origines, su nacimiento y poniéndole en situación sobre dónde está. Es también quien despide el libro, sumando siete intervenciones, cerrando el círculo y alargando su trayectoria, abriendo otro lapso por vivir.

    Clara, una niña sensible e insomne que no quiere ir al colegio por temor a un compañero de clase, una niña con miedo a las reacciones de los mayores, pero pizpireta y audaz con la que es indudable que el autor se divierte hasta que avanza la trama y cumple su cometido en ella. Y que se formula un pregunta que no puedo por menos que consignar aquí: si yo soy la pluma, ¿quién es la azada? (ver respuesta en el libro). Gerardo, un profesor de Política con un duro pasado de tortura y de pérdida que va más allá de su deseo expreso de mantener la memoria como forma de resistencia. Solitario III, un galgo inmigrante irlandés de mucho pedigrí cansado de correr para la gente, animal sensible con atroces pesadillas y cuyo nombre cambiará a lo largo del relato. Carlota, una estudiante de Periodismo liberada, ambiciosa, pero precavida. Un Don José Maria Raich y Ros de Olano -con tanto apellido no podía sino proceder del difuminado régimen franquista- machista, prepotente, mirón, petulante y putero. Y por último Dª Maria Dolores Ros de Olano y Figueroa, madre del ínclito, sacrificada progenitora como dios manda cuya voz, como la del galgo, no es de este mundo, condenada ella, que fue la discreción personificada, la pureza misma, a ser una mirona -menos mal que está la televisión que la informa y entretiene-. La mayoría de los personajes tienen problemas para conciliar el sueño, el miedo es una constante en las vidas de Clara y Solitario, un recuerdo obsesivo en el profesor y en Dª Lola, algo nuevo para Carlota y D. José María. Los hechos se suceden por boca de los protagonistas, otros intervinientes acompasan los hechos, dan pie a las voces para desplegarse y a avanzar la trama que se precipita en la última parte encajando el rompecabezas que hemos ido componiendo con toda la literatura -e información- que, generosamente, nos ha proporcionado el autor.

    Estupenda novela ubicada en plena transición, con diversas líneas argumentales abiertas y sin cerrar, como en estos tiempos. Bien podría situarla en 2017, todo estaba y está sin resolver en nuestro figurado cambio de sistema -quizá el terrorismo no, este ha cambiado de piel-. Las mismas líneas argumentales siguen abiertas. Este Oulipo, Pedro Martín Sánchez, las despliega y, para nuestro divertimento, las adereza con variopintas cotidianeidades, algunas lúdicas, otras no tanto, todas significativas en el desarrollo de los portadores de esta urdimbre, algunas curiosas, otras.., otras se ve que le gustan, sencillamente, y hacen de esta obra un lectura enriquecedora y al mismo tiempo que inquietante, retozona. Un placer.

La habitación de Nona de Cristina Fernández Cubas

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Abre el libro de Cristina Fernández Cubas una cita de Einstein La realidad es simplemente una ilusión, aunque muy persistente. Podríamos cambiar los términos y decir que la ilusión es simplemente una realidad, aunque muy persistente, porque persistentes y tenaces son algunas de las ilusiones de estos relatos, otras son inconsistentes y funestas, mudas e incómodas, recurrentes y familiares, tramposas y esperanzadoras o vitales y antiguas. Si bien igualmente podríamos hablar de las realidades en los mismos términos. O casi. Pero también ambas son necesarias, terribles, inexplicables, íntimas o irreductibles. La habitación de Nona está atravesada por todas ellas en un desdoblamiento brillante que da voz a quien no puede y no suele tenerla, una voz cómplice, inocente, sensata y voluntariosa que solo espera que las aguas vuelvan a su cauce. Hablar con viejos, que con El final de Barbro es la que más tiene de juego perverso, convierte una quimera -que siempre tiene a un o una infeliz ilusa detrás- en la nueva ilusión de un ser de pesadilla. En Interno con figura, cuadro que ilustra la portada, la autora, en primera persona, busca e imagina la historia que podría haber detrás de un cuadro, el cuadro se abre a otros ojos, la voz escucha otro relato, tres realidades, tres ficciones y las tres nos las acerca imperiosamente quien no puede hacer sino eso, la narradora. En El final de Barbro, tres hermanas y una sola voz que miran sin ver, casi cuentan sin querer y aprovechan la oportunidad de una venganza más que poética (ridiculizó a quien más queríamos, invadió nuestro terreno, nos robó los mejores recuerdos, se burló de todo lo que respetábamos y nos resarció con el más absoluto desprecio -no se podía expresar mejor, son motivos más que suficientes-), una venganza que no existe puesto que nadie la ve ni la verá. Una variante del léxico familiar algo más transcendente y cuasitenebrosa. Una nueva vida está engarzada con una dulce ironía que comienza en el título y transcurre acompasada por la afirmación de Einstein de que como físico usted sabrá que para mí no existe pasado ni presente, algo que queda demostrado por el sentido roce de una mejilla, aunque a la postre… Y por último Días entre los Wasi-Wano, la más luminosa -que no alegre-, vindicación de un posible paraíso encontrado y del amor -adolescente- por los héroes, por muy cuestionados que queden por los hechos, las acciones u omisiones.

   Dónde termina lo real y comienza lo otro. O viceversa. Cristina Fernández Cubas difumina estos límites. La ilusión de la huida y diferentes formas de caer en la realidad a través de seis relatos de distintos tonos, de tres edades. Nona y los Wasi-Wano abren y cierran con sus ojos inocentes y sus esenciales realidades paralelas, Interno con figura y La nueva vida tienen un mirada más madura, mas no exenta de temor y consciente del ridículo. Hablar con viejas y Barbro son historias tenuemente maléficas y, especialmente Barbro, estupendamente narradas, con ojos jóvenes y atrevidos. Todos los ojos de todos los cuentos también asustados.  

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