Oculto sendero de Elena Fortún.

Encarnación Aragoneses Urquijo adoptó para escribir el nombre de la heroína de la novela que su marido, Eusebio de Gorbea Lemmi, había escrito: Los mil años de Elena Fortún, donde Elena, a la manera de Orlando, cambiaba de sexo a lo largo de diferentes épocas. Encarnación/Elena, siempre escindida, firmó Oculto sendero con el nombre de Rosa María Cañas y en él se trasunta como Maria Luisa Arroyo, pintora tardía, de la misma manera que ella fue escritora tardía. Años después de su muerte, a través de su nuera, se recuperó una maleta que contenía el borrador -y único ejemplar escrito a mano, con lápiz- de Celia en la revolución, esta novela de tintes profundamente autobiográficos y otra, El pensionado de Santa Casilda, ambas con temática homosexual. A una gran amiga le pidió que estas dos últimas fueran destruidas. No fue capaz. Celia en la revolución, escrita en 1943, cubre la laguna existente en la saga de Celia y sigue la vida en la retaguardia de una adolescente cuyo periplo coincide con el seguido por una Encarnación adulta durante la guerra civil. Trae la voz de una jovencita de quince años en el 36 que no entiende las causas del conflicto, perplejidad y desilusión frente crueldad y miseria. En Oculto sendero la perplejidad y la desilusión también acompañan a la narradora, pero el telón de fondo tiene un color más íntimo centrado en la trayectoria emocional de una mujer obligada a crecer en contra de su propio ser.

     Las dos primeras partes, Primavera y Verano, ocupan más de los dos tercios de la novela, abarcan niñez, adolescencia, matrimonio…, llegando hasta el momento en el que Maria Luisa se queda sola. El último tercio, que corresponde al Otoño -sin duda, de la vida-, es un comenzar de nuevo y, tal vez, más de una vez. La niña que de mayor quería vestir(se) de hombre y montar a caballo, crece con la clara percepción de que que hay algo en ella diferente al resto de las niñas y chicas que conoce, no obstante lo que se da en llamar sexto sentido, que en este caso como en tantos otros no es sino la tendencia natural de cada cual, le hace identificar con firmeza el -la- modelo que su naturaleza requiere el cual no se adecua en absoluto al paradigma postulado en aquellos prolongados tiempos. Si bien, parece ser que todo tiene una explicación. Durante su niñez está la de su madre: Como yo estuve tan malita al dar a luz, pasó más de media hora después de nacer sin que pudieran atenderla y todos decían : ¡es un niño! ¡Tales berridos daba…! Y luego eso mismo me he tenido yo que repetir muchísimas veces. En el otoño de su historia, la interpretación del cuadro por un médico es diferente y Maria Luisa, recién llegada a su nueva, pecaminosa, indigna y silenciada identidad, como persona honrada con la suficiente inteligencia para no dejarse manipular por un psiquiatra, pero decidida a pelear contra su instinto, concibe vanas perspectivas …me compraría una blusa de seda, me pondría pendientes… sería ¡una mujer! Pero ¡si estaba contenta de serlo! Tenía mi casa tan ordenada, tan bonita… Todo aquel tinglado de hogar giraba en torno mío… Bastaba una orden mía para que todo en él se modificara… Era un pequeño Estado del que yo era la reina…

      Todo está narrado por la protagonista en primera persona, como narraba Celia, y algo de Celia hay en esta pintora -como algo de Luisa, Elena y Encarnación hay en Celia-, capítulos cortos con momentos representativos, diálogos que transmiten la esencia de lo que se esperaba de una mujer y el enorme control ejercido sobre las niñas, todo desde unos ojos inocentes que, sin embargo, son considerados socialmente culpables. La Primavera termina con varias muertes, a partir de ahí Maria Luisa abandona su adolescencia y acaba asumiendo la necesidad de algo a lo que siempre se resistió: El camino de la mujer es el matrimonio y todo lo que aprenda y estudie debe ser con miras al día de mañana, para hacer feliz al hombre que la escoja por compañera, y ser una buena madre de familia... El Verano recorre el periodo de desaparición de la identidad y la voluntad, el sometimiento a la autoridad masculina firmemente apuntalada por la propia madre y la falta de reconocimiento de su entorno … pero era una mujer como todas, aún más mujer que ninguna, porque los atributos femeninos de resignación, afectación, falsedad, dulzura y mansedumbre superaban en mí a los de otras mujeres… También el verano finaliza con varias muertes. Como hicieron Encarnación y su marido, Luisa y Jorge abandonan Madird y se van a vivir a Canarias. Allí Elena Fortún publica su primer artículo y la protagonista, aun sin saber que lo busca, comienza a caminar por el aún oculto sendero que conducirá al final de la novela. Una novela de aprendizaje escondida que ve la luz muchos años después. Una de tantas voces secretas que, por fortuna, sí ha sido desvelada.

       Muy recomendable. De esas novelas en voz baja, sin estridencias, precisa, de ligeros toques de ironía resignada, con una suave amargura.

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Tuyo es el mañana de Pablo Martín Sánchez

Tuyo es el mañana

 

El día dividido en seis bloques de tiempo: Medianoche, madrugada, mañana, mediodía, tarde, noche. Cada bloque integrado por seis voces, cada voz ocupa un puesto diferente en las distintas partes conforme a una secuencia. Seis personajes narran cuanto les acontece a determinadas horas entre las 00.00 y las 23.15 del día 18 de marzo de 1977. Nada es aquí aleatorio, la arquitectura es un juego de números al que se suma una introducción a los distintos tiempos del día. En ella, una voz diferente se dirige a un niño describiéndole sus origines, su nacimiento y poniéndole en situación sobre dónde está. Es también quien despide el libro, sumando siete intervenciones, cerrando el círculo y alargando su trayectoria, abriendo otro lapso por vivir.

    Clara, una niña sensible e insomne que no quiere ir al colegio por temor a un compañero de clase, una niña con miedo a las reacciones de los mayores, pero pizpireta y audaz con la que es indudable que el autor se divierte hasta que avanza la trama y cumple su cometido en ella. Y que se formula un pregunta que no puedo por menos que consignar aquí: si yo soy la pluma, ¿quién es la azada? (ver respuesta en el libro). Gerardo, un profesor de Política con un duro pasado de tortura y de pérdida que va más allá de su deseo expreso de mantener la memoria como forma de resistencia. Solitario III, un galgo inmigrante irlandés de mucho pedigrí cansado de correr para la gente, animal sensible con atroces pesadillas y cuyo nombre cambiará a lo largo del relato. Carlota, una estudiante de Periodismo liberada, ambiciosa, pero precavida. Un Don José Maria Raich y Ros de Olano -con tanto apellido no podía sino proceder del difuminado régimen franquista- machista, prepotente, mirón, petulante y putero. Y por último Dª Maria Dolores Ros de Olano y Figueroa, madre del ínclito, sacrificada progenitora como dios manda cuya voz, como la del galgo, no es de este mundo, condenada ella, que fue la discreción personificada, la pureza misma, a ser una mirona -menos mal que está la televisión que la informa y entretiene-. La mayoría de los personajes tienen problemas para conciliar el sueño, el miedo es una constante en las vidas de Clara y Solitario, un recuerdo obsesivo en el profesor y en Dª Lola, algo nuevo para Carlota y D. José María. Los hechos se suceden por boca de los protagonistas, otros intervinientes acompasan los hechos, dan pie a las voces para desplegarse y a avanzar la trama que se precipita en la última parte encajando el rompecabezas que hemos ido componiendo con toda la literatura -e información- que, generosamente, nos ha proporcionado el autor.

    Estupenda novela ubicada en plena transición, con diversas líneas argumentales abiertas y sin cerrar, como en estos tiempos. Bien podría situarla en 2017, todo estaba y está sin resolver en nuestro figurado cambio de sistema -quizá el terrorismo no, este ha cambiado de piel-. Las mismas líneas argumentales siguen abiertas. Este Oulipo, Pedro Martín Sánchez, las despliega y, para nuestro divertimento, las adereza con variopintas cotidianeidades, algunas lúdicas, otras no tanto, todas significativas en el desarrollo de los portadores de esta urdimbre, algunas curiosas, otras.., otras se ve que le gustan, sencillamente, y hacen de esta obra un lectura enriquecedora y al mismo tiempo que inquietante, retozona. Un placer.

La habitación de Nona de Cristina Fernández Cubas

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Abre el libro de Cristina Fernández Cubas una cita de Einstein La realidad es simplemente una ilusión, aunque muy persistente. Podríamos cambiar los términos y decir que la ilusión es simplemente una realidad, aunque muy persistente, porque persistentes y tenaces son algunas de las ilusiones de estos relatos, otras son inconsistentes y funestas, mudas e incómodas, recurrentes y familiares, tramposas y esperanzadoras o vitales y antiguas. Si bien igualmente podríamos hablar de las realidades en los mismos términos. O casi. Pero también ambas son necesarias, terribles, inexplicables, íntimas o irreductibles. La habitación de Nona está atravesada por todas ellas en un desdoblamiento brillante que da voz a quien no puede y no suele tenerla, una voz cómplice, inocente, sensata y voluntariosa que solo espera que las aguas vuelvan a su cauce. Hablar con viejos, que con El final de Barbro es la que más tiene de juego perverso, convierte una quimera -que siempre tiene a un o una infeliz ilusa detrás- en la nueva ilusión de un ser de pesadilla. En Interno con figura, cuadro que ilustra la portada, la autora, en primera persona, busca e imagina la historia que podría haber detrás de un cuadro, el cuadro se abre a otros ojos, la voz escucha otro relato, tres realidades, tres ficciones y las tres nos las acerca imperiosamente quien no puede hacer sino eso, la narradora. En El final de Barbro, tres hermanas y una sola voz que miran sin ver, casi cuentan sin querer y aprovechan la oportunidad de una venganza más que poética (ridiculizó a quien más queríamos, invadió nuestro terreno, nos robó los mejores recuerdos, se burló de todo lo que respetábamos y nos resarció con el más absoluto desprecio -no se podía expresar mejor, son motivos más que suficientes-), una venganza que no existe puesto que nadie la ve ni la verá. Una variante del léxico familiar algo más transcendente y cuasitenebrosa. Una nueva vida está engarzada con una dulce ironía que comienza en el título y transcurre acompasada por la afirmación de Einstein de que como físico usted sabrá que para mí no existe pasado ni presente, algo que queda demostrado por el sentido roce de una mejilla, aunque a la postre… Y por último Días entre los Wasi-Wano, la más luminosa -que no alegre-, vindicación de un posible paraíso encontrado y del amor -adolescente- por los héroes, por muy cuestionados que queden por los hechos, las acciones u omisiones.

   Dónde termina lo real y comienza lo otro. O viceversa. Cristina Fernández Cubas difumina estos límites. La ilusión de la huida y diferentes formas de caer en la realidad a través de seis relatos de distintos tonos, de tres edades. Nona y los Wasi-Wano abren y cierran con sus ojos inocentes y sus esenciales realidades paralelas, Interno con figura y La nueva vida tienen un mirada más madura, mas no exenta de temor y consciente del ridículo. Hablar con viejas y Barbro son historias tenuemente maléficas y, especialmente Barbro, estupendamente narradas, con ojos jóvenes y atrevidos. Todos los ojos de todos los cuentos también asustados.  

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Hombres desnudos de Alicia Giménez Bartlet

Hombres desnudos

En principio me tiran para atrás los premios Planeta, pero esta vez, por motivos que no vienen al caso, he decidido leer Hombres desnudos. Y, por cierto, me ha gustado mucho la portada, muy acorde con la cáscara amarga que nos va envolviendo día a día, con el agrio interior de unos personajes que se entrecruzan, que se atraviesan en esta obra tan del presente.

      El peso de la narración recae sobre dos voces principales: Irene, una hija de papá -radicalmente pues además de ser hija única también es huérfana de madre-, empresaria de pro y habituada a mandar y ganar, que es abandonada por su marido. Ella es orgullosa, práctica, antisentimental, desconfiada. Javier, un profesor de literatura, buen chaval, acomodaticio, sin grandes aspiraciones en la vida -un hogar tranquilo, algo de dinero y sus libros- que pierde su precario trabajo. Conforme a los cánones más extendidos, diríase que se han intercambiado los papeles. Gracias Alicia Giménez Bartlet. Cada uno de ellos tiene su contrapunto dentro de su propia esfera económica. Irene tiene a Genoveva -mujer adinerada que abandonó a su marido por aburrimiento y también por un joven musculoso- que le sirve para salir del círculo de parejas de alto standing al que ambas pertenecen y Javier tiene a Iván con quien comparte orfandad y unas difuntas abuelas que fueron amigas, y que intenta echarle una mano para que pueda ganarse la vida.

      No es una novela negra, pero es una novela oscura. La trama progresa con un telón de fondo actual perfectamente trazado a través de los diálogos y de los monólogos de los dos principales motores, Irene y Javier, pero también de sus adláteres. El macarra Iván y el “romántico” Javier, el vividor sin prejuicios, de asombrosa inteligencia natural, con una capacidad de adaptación envidiable y un machismo muy sui géneris, y el progre Javier, respetuoso de las formas, formado para un trabajo intelectual poco rentable, un trabajo integrador en una sociedad inexistente y, para su sorpresa, tanto él como su excompañera, cargado de prejuicios burgueses -como esta sociedad actual, ácidamente burguesa, pequeñoburguesa, cada vez más pequeña y menos burguesa-. La vivalavida Genoveva y la reprimida Irene. Ambas sin problemas económicos y, no sé si por lo tanto, pero sí a la postre, sin problemas morales, agresivas, decididas, cada una hipócrita a su manera y a sus muy diferentes maneras, cínicas. Una voluntariamente separada buscando lo que quiere, Irene aprendiendo a buscar, buscando lo que quiere, despertando a un mundo desconocido. Como Javier, pero desde otro lado.

      Alicia Giménez Bartlet juega con los roles, modifica los estándares, mal que nos pese, más comunes y aceptados de lo que quisiéramos sobre todo en el discurso general. Pero hay que llegar hasta el final, donde género y clase chocan, aunque no abiertamente, o ¿si? Una buena novela donde a la autora no se la ve, no se la oye, estando como lógicamente ha de estar, en cada decisión de la trama, en cada pliegue de los actuantes. Vale la pena acercarse a este premio Planeta y además comentarlo. alicia-gimenez-bartlett-premio-planeta-2015_460727

La niña gorda de Mercedes Abad

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Diez relatos componen la nueva obra de Mercedes Abad. En los cuatro primeros, la niña gorda, remisa, cede la palabra a una voz en off, la voz omnisciente de la autora, que va acompañando a Susana y nos hace partícipes de sus pensamientos al tiempo que nos pone al tanto de las circunstancias. La distancia que establece con lo que describe acentúa su comicidad. Parte del momento decisivo que supone la visita al endocrino donde la niña gorda descubrirá, gracias a la dignidad de su voluntad -o viceversa-, que el poder ocupa un espacio definido cuyo reparto se puede cambiar, que la culpa forma parte de las estrategias del poder. No es poca cosa. Una breve, tristemente irónica y precisa ojeada desde una niña socialmente defectuosa en “El castillo” y dos pinceladas más de ese mundo que la va a conformar, pero que va a quedar atrás. Una, rebelde en “Amiguitas”, la otra, empática y neuróticamente hilarante en “La excursión”. En “Las hermanas Bruch”, la niña gorda, Susana Mur atravesando la puerta de la adolescencia, es capaz de tomar la voz cantante y contarnos una buena historia en la que ella juega el papel de detonante de la tragedia, pero comparte protagonismo con un curioso gineceo de “mujeres difíciles”, “inteligentes, insatisfechas e indiscretas”. Y es ella a partir de ahora quien dirigirá la narración. La amistad y la mentira, el cambio de papeles, la proyección de la propia imagen…, hasta llegar a “El regalo”, relato culminante del libro. Todos lo anteriores conducían a él, mas no estábamos avisados. Mercedes Abad, juguetona, hábil atesoradora de historias, partidaria tenaz de la impostura, recoge todo lo que Susan Amur ha traído hasta aquí y le da un quiebro brillante al relato, al libro entero, pasando por situaciones escabrosas, misteriosas y al mismo tiempo cotidianas, jugando con el azar y la necesidad.y encendiendo una nueva luz cenital sobre la exgordita. Tras este apogeo, “La talla 36”, con la niña gorda siempre viva y en guardia, y la estupenda “Sacrificio”, feliz y divertido matrimonio de dos historias en una que es de otra más grande, que su vez es de otra…

     En resumen, un inteligente y divertido libro de historias, lleno de detalles y con una prosa vivaz, atrevida y mordaz, salpicada de sutiles detalles, en ocasiones, cómicos, en otras, significativos, acertados, dúplices… “Está bien que las cosas se caigan en momentos así. Es como si nos comprendieran, ¿sabes?”

Mercedes Abad

Delirio y destino de María Zambrano

Delirio y destino

Cuenta María Zambrano en su escueta presentación que escribió este libro en Cuba a comienzos de los años 50 llevada por un impulso que quizá respondiera “a una llamada misteriosa del viejo continente” al tener noticia de la convocatoria de un premio del Institut Européen Universitaire de la Culture para una novela o biografía . No lo ganó, si bien recibió “una Mención de Honor y se recomendó su publicación”. No se trata, en absoluto, de una autobiografía al uso, algo de esperar en esta gran filosofa poeta. En primer lugar, en su afán de objetivizar y “desentrañar” esos años, en todo momento se refiere a si misma en tercera persona y rara vez especifica los nombres de aquellos que estuvieron con ella codo a codo o enfrente. Únicamente llama por su nombre a sus mayores -o los que ella considera sus mayores-, tanto próximos en el tiempo (Ortega, Valle-Inclán, Unamuno…) como lejanos (aquí el abanico es muy amplio y va desde su reivindicado Galdós -tan denostado en aquellos tiempos- a Empédocles, San Juan de la Cruz, Zurbarán y un largo etcétera.)

     Delirio y destino. De hecho, los Delirios dan título a la segunda parte de la obra y la primera se titula Un destino soñado, pero no puedo evitar señalar lo mucho que de delirio hay en la explosión de alegría, de alucinada esperanza -esa esperanza zambraniana que esclaviza- que estalla en España ese olvidado 14 de abril de 1931 y que con tanto entusiasmo relata.

     Por supuesto no comienza dándonos noticia de su nacimiento, los datos no son importantes, comienza dejando constancia ya en el título, Adsum, de que está ahí, de que nace y es, mas ¿qué significa nacer?, “¿un sacrificio a la luz?”, y cuánto cuesta ser. Dice de “ella”, arrojada a la vida, lo difícil que le resultó incorporarse al mundo, su necesidad de la filosofía como herramienta para comprender, para comprenderse, de sus idas y venidas de la vida real. Y lo cuenta con esa mezcla de poesía, filosofía y humanidad que impregna todos sus escritos. Con su estilo, propio y único, entrevera su historia y la de aquella generación de jóvenes que creyeron poder cambiar el destino de nuestro país, y la Historia de España, esa España tan necesitada de un cambio. “Era el momento, el exacto momento de la unidad europea”. Su ser y el ser de España. Su incorporación a la política (lo real) y el alejamiento español de una evolución que a tantos les resultaba natural y lógica. Pero “… descubrió así que la ley es una decepción de la esperanza, (…), que la justicia no basta”. La enfermedad forma parte de su biografía y de la nuestra, mas, a nivel personal, llega a considerar que la enfermedad le concede un regalo: tiempo. No es así con España. El tiempo le permite pensar, estudiar, dedicarse a la lectura, profundizar en lo que tanto desea. Con la salud vuelve la vida de verdad: un Madrid efervescente, el cine, el Prado, los mítines por pueblos y ciudades… Es la hora de desencantar a Dulcinea “la esencia perdida, ofreciéndole su adecuada forma”.

     Su participación más activa comienza con el final de la dictadura de Primo de Rivera y desde entonces nos conduce, a través de su singular pensamiento político, hacia el sacrificio inútil de una generación que se queda sin tiempo y sin espacio. Apenas 4 breves capítulos tras la proclamación de la República. Nada acerca de la Guerra Civil. Cruza la frontera, primero a Francia -el miedo-, luego a Cuba… La agonía de Europa a través de la de su madre que está París los días del repliegue de las tropas francesas durante la Segunda Guerra Mundial. El regreso y la figura de su hermana, Antígona, arrastrando la tragedia.

     En alguna parte del libro dice de la meditación “que es adiestramiento”. Pues bien, la meditación ha terminado. Dice también de la poesía que “es un orden del delirio”. Nueve delirios componen la segunda parte. Primero el de la paloma, que quiere volver a España cuando no osó hacerlo. Sigue La loca,  La del Dulce nombre y otros seis preciosos cofres diversos, merecedores de comentarios y relectura. El último, De vuelta el Nuevo Mundo -optativas e igualmente válidas las minúsculas- y el anterior un precioso poema dialogado en prosa, El cáliz (¡ay, San Juan, San Juan, cuánto bien le hiciste a la literatura!).

     No es fácil, pero es imprescindible. Para mi, como tal queda.

María Zambrano

Calidoscopio de Ana Mª Arellano Salafranca

Calidoscopio

Calidoscopio es la segunda colección de cuentos que publica Ana M ª Arellano, la primera, Menú de degustación, escrita en gallego -segunda lengua de esta autora afincada en Galicia desde 1978- hacía honor a su nombre con entrantes, dos platos, sobremesa y licores. Calidoscopio también se ajusta al título, no solo por la multiplicidad de miradas que como un “calidoscopio” intenta darnos en cada cuento, se ajusta, incluso, etimológicamente por lo bello de muchas de las imágenes que crea. Por ejemplo el sereno y sugerente amanecer de “Sábados perezosos” y, mi favorito, “Cumpleaños”, donde, sutilmente, se condensan muchas de las cualidades de Ana : sensibilidad hacia el otro o la otra, delicadeza en el trato, empatía y versatilidad -fundamental para “calidoscopiar”- y un profundo respeto. De ahí que se mueva con soltura y, sobre todo, naturalidad en temas más bien espinosos y difíciles que soslayan las etiquetas por su buen hacer.

       El primer relato que da título al libro está encabezado por una afortunada definición del simbólico instrumento:

      Tubo que contiene varios espejos de historias en ángulo y cristales de palabras irregulares; al mirar por uno de sus extremos se ven combinaciones simétricas que varían cuando se gira el tubo.

      Ya nos avisa de que son cuentos, si no corales, sí plurales. También, como las imágenes que cada uno ve por el ojo del instrumento, se demuestran intransferibles y exponen la incomunicación entre los cuatro puntos de vista definidos en sus distintas entradas. En el siguiente “El Palmo. Romance a tres voces” las voces se funden para caminar juntas, pero en soledad. La soledad transita por cada uno de los relatos. Y la fatalidad -no tan inocente- determina “Semáforo” y “Juego de espejos”; el aislamiento, las tan dispares y duras posiciones de “En tiempos de Bonanza”, tres posiciones correosas de contar y resueltas sin ñoñerías ni lugares comunes; el desengaño respira en “Despertares asonantes”; el juego, un poco perverso, en “Anatomía figurativa”; la sensualidad y la sexualidad entre traviesa y culpable en “Cuando saltan los delfines”.

         Un libro sumamente grato, pero no por eso sencillo. La palabra fluida y nada impostada con que narra Ana Arellano suena a esas historias que se cuentan en voz baja para que se recuerden.

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