Submundo de Don DeLillo

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Don DeLillo comienza Submundo con un prólogo, El triunfo de la muerte, que se desarrolla en una fecha precisa, el 3 de octubre de 1951, y con un histórico home run -un tanto del copón en béisbol- que tuvo lugar en esa fecha -es el mismo que retransmiten en la radio del coche de Sonny Corleone (James Caan) cuando lo acribillan en El Padrino I-. Este tanto es descrito con precisión en un presente trepidante que mezcla la descripción del partido, espectadores de renombre aún ahora o en aquel entonces -como el locutor que lo radió y que por ello se hizo famoso- con la significativa historia del joven de color Cotter que se cuela en el estadio y consigue hacerse con la pelota que dio la victoria al equipo en el célebre home run. Ese mismo día Rusia prueba su bomba nuclear y en el estadio está John Edgar Hoover. Mientras, cantidades constantes de basura caen al campo, caen en las gradas, incluso dos hombres caen -las emociones: infartos-, papeles de todos los tipos descritos como una misma música con distinta letra, y entre ellos revistas donde anuncios de electrodomésticos, detergentes, perfumes, etc. se mezclan con el cuadro de Brueguel El triunfo de la muerte. Acaba el relato Todo va depositándose indeleblemente en el pasado, pero el capítulo siguiente, escrito en pasado, transcurre en 1992 y la novela se convierte en un camino de vuelta con una pelota de béisbol como pretexto, como fetiche, como asidero, como símbolo.

     A partir de ahí la narración sigue a Nick Shay -en el 92 mando intermedio en el mundo de la recogida y eliminación de residuos- hasta llegar al origen de quién es y quién fue y, por el camino, su hermano, su fugaz amante, Klara, su madre, profesores, compañeros de trabajo y demás personajes próximos a él, no tan próximos o sencillamente coetáneos -reales o no-. Sin embargo, aunque sin aparecer en el índice, la historia de Cotter, sin él, continúa, siempre inmediata, siempre en presente. Este submundo dentro de la obra no es el único. Underworld se titula la supuesta película desparecida de Eisenstein que a su vez comparte protagonismo en el capítulo El verano de las azoteas con la auténtica Cocksucker sobre los Rolling Stones y el breve y contundente documental involuntario de la muerte de Kennedy rodado por Zapruder. En un marco que va desde la Guerra fría -para volver a ella- hasta mediados de los noventa, la exploración hacia atrás de la vida y el contexto de Nick es de una riqueza abrumadora donde cualquier cosa puede encajar: la búsqueda del artista y los caminos que se abren o se encierran en el arte, el arte como vía para encauzar esa inmundicia omnipresente, voluminosa, agresiva, regular, invasiva que, como un bajo continuo, atraviesa todo Submundo convirtiéndose a su vez en un territorio (nuestro territorio, nuestros desperdicios modelados como espacios habitables, grandes vertederos diseñados por expertos o nacidos involuntariamente del abandono de las instituciones). Las relaciones familiares, padre-hija, madre-hija, entre hermanos, dentro de la pareja; la educación y la infancia, capaz de adaptarse a los nuevos no paisajes construidos sin tenerla en cuenta, materia moldeable en manos de la hermana Edgar (alma gemela de Hoover, atormentada mujer que memoriza El cuervo de Poe para infundir miedo, la profecía, la soledad y la muerte) o el padre Paul en busca de una formación diferente. La ubicuidad de los medios de comunicación a través de la imagen -el video de un asesinato tan azarosamente grabado como el de Kennedy, pero más contumaz, relatada en presente y capaz de fijarse en la voluntad hasta perder su significado y asegurar el entretenimiento-. La Guerra fría, la caída del Muro (y el muro que separa el barrio lumpen, el muro al que mira el creador, el muro en el que se inscriben historias de fracaso), el apartheid, la bomba nuclear, Todas las tecnologías tienen que ver con la bomba, los residuos nucleares, la separación y el tratamiento de los desechos, crema protectora para el sol, Lenny Bruce -sí, el de Bob Fosse- y su ¡Vamos a morir todos!, la gran paranoia (pero ¿quién contagia a quién, el Estado al individuo o el individuo al Estado), la gran fiesta de Truman Capote, prodigio de la vanagloria y Hoover invitado (gran recreación de este tipo), la carne de cañón…

     La riqueza temática, la inteligencia narrativa, la poesía ocasional, la adaptabilidad rítmica, la profusión temática de Submundo merecen, sin duda, un estudio. Ardua tarea para quien lo emprenda, aunque probablemente apasionante. A medida que el tiempo avanza hacia atrás, el ritmo es más veloz, el penúltimo capítulo es casi trepidante. Rematada la historia de la pelota de Cotter intercalada en el silencio de la numeración de páginas -pero entre dos páginas negras: se abre el telón, se cierra-, en esta marcha atrás, bajo el título de En gris y negro, DeLillo ata algunos cabos. Cabos argumentales. Klara, Nick, su esposa, sus primeros amores, la conexión definitiva, la casi definitiva genealogía del fetiche-pelota del 51, la procedencia y el objetivo del material artístico último de Klara, ¡nos vamos a morir todos!, la pelota de nuevo como un símbolo que ha cambiado de manos durante años y también de significado… Y por último, el epílogo. De nuevo en presente, ahora. Cruel, extraño, casi buñuelesco -le falta la ironía o es demasiado ácida- la realidad se traslada, ¿queda sólo la inmundicia, transitamos sobre ella, falta el milagro, el submundo está fuera o nosotros estamos dentro..?

     Quien no quiera retos, que ni se acerque. Quien se acerque encontrará un libro a releer o a coger en cualquier momento, por cualquier página y dejarse llevar por un universo complejo, interconectado, en su finitud, infinito.

     Y no puedo por menos que mencionar que la empresa que acumula y subsume la basura en el epílogo se llama “Tchaika”, que significa gaviota en ruso y citar que el individuo necesita ajustarse a un entorno en el que los chanchullos y los trapicheos han salido de las sombras del mercado negro especulativo para crear una economía completamente abierta de saqueo y corrupción. En esas andamos.

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Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin

Manual mujeres de la limpieza

 

Hacia el final del libro, miraba yo, inquieta, cuántos relatos me quedaban por leer. Solo cuatro, solo tres… Cuanto más avanzaba, más tiempo dejaba pasar entre uno y el siguiente. A pocas páginas del fin, decidí leer la introducción, acción religiosamente reservada -de hacerlo- para el final y absurda estrategia de autoengaño. Hay libros que no quieres terminar -más si sabes que ningún otro relato te deparará la caprichosa industria editorial, ni la reducida obra de la autora-.

      Los cuentos de Lucia Berlin se circunscriben a su vida. O no, pero lo parece. Transcurren en los sitios en los que ella vivió, sus protagonistas ejercen un oficio que ella ejerció o son objeto, mejor sería, en estos casos, decir sujetos de su observación, llena de perspicacia, sensibilidad, ironía, humor y, cómo no, amor -incluso cuando el personaje es tan deleznable como el abuelo-. Desde fuera o desde dentro, en primera persona, en tercera, en ambas, con una visión amplia y larga o de cerca, desde el interior, hacia o desde el pasado, desde o hacia el presente, la aguda mirada de esta escritora te atrapa, su capacidad de supervivencia, la implícita aceptación de las cartas que le tocan en el juego de la vida, su vitalidad observadora y reflexiva te arrastran de relato en relato. No sé hasta que punto el orden es cronológico -el antepenúltimo, B.F. y yo, fue el último que escribió-, pero el orden en el que están dispuestos es de lo más acertado. Su familia está presente: aparecen al principio el padre y el abuelo, con muchos tintes de realidad –Las historias y los recuerdos de nuestra familia se han ido modelando, adornando poco a poco, hasta el punto de que no siempre sé con certeza qué ocurrió en realidad, decía su hijo. Su hermana y su madre van surgiendo entre narraciones para ganar presencia, historia y verdad, con un trazo preciso y muy personal en el que el detalle te atrae y amplía la imagen. Mientras, otras vidas reclaman el foco y a veces, en un mismo relato, ridículas, terribles, risibles pequeñas o grandes tragedias urden un telón de fondo ante el que se presentas distintos puntos de vista –Mijito, una turbia anunciación con delicadas miniaturas ilustrando el fondo; A ver esa sonrisa, una visión cálida y compresiva, culpable y fatal, irónica y lúcida, a tres, a cuatro bandas con el lector o la lectora, de una relación inusual y judicialmente perseguida-. Incluso el gran telón de fondo puede ser el protagonista –Apuntes de la sala de urgencias– o puede partir de un ingenuo juego con las palabras que culmina por las subliminales vías de las asociaciones –Mi jockey, Macadán-. Lo cotidiano en su contexto más oscuro, expuesto con frescura, con una particular imaginería que nos conduce con suavidad, incluso entre fragmentos, hasta la última frase. Definitiva, lapidaria, rematando el cuadro. Buenos y malos.  Y el humor, negro y brillante, que alumbra desde sus propios alter ego, como una chispa para burlar la amargura -de nuevo Mijito, una maravilla con una perla negra en la frase final-.

Pararse en cualquiera de sus cuentos es un grato ejercicio de observación. Por ejemplo el que da título al libro,  Manual para mujeres de la limpieza. Ocho paradas de autobús estructuran el relato. La consejera, la autora, su sosias acude a limpiar a distintos hogares, una ligera angustia emocional la envuelve y va avanzando en breves y cada vez más intensos y concretos recuerdos que ella expresa en pocas frases mientras, entre esperas y trayectos viajamos con ella, la parada, los vaivenes de la gente, los saltos de su memoria, las familias a quienes sirve, los consejos a tener en cuenta en un trabajo así… Y la última frase. Tanta angustia de la mano de tanta ironía. Pero como este, casi cualquiera, cada uno desde un sitio diferente. Con una esencia propia, mas sin unas normas fijas. Con un ingenio perverso y dulce. Sin moral ni moralina  –Es lo asqueroso de las drogas. Funcionan.- Lucia Berlin también funciona. De maravilla. De endiablada maravilla. Imprescindible. Lo mejor, leerla, que se releerá.

Lucia Berlin

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado de Maya Angelou

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado

 

Maya Angelou era una mujer muy polifacética y deja constancia de ello en su autobiografía que transcurre a lo largo de siete volúmenes. Nació en 1928 y murió hace dos años, en 2014, así es que recorre una buena parte del calvario de la gente de color, especialmente de las mujeres, en su lucha por los derechos civiles y tiene contacto directo con descendientes de la esclavitud. El título recoge un verso del poema Sympathy de Paul Laurence Dunbar que más tarde la propia Maya desarrollará también en su libro Shaker. Why don’t you sing. La música jugará un papel muy importante en su vida. Curiosamente realizó una serie de documentales sobre la herencia de la música africana en el blues Blacks, Blues, Black! el mismo año en el que escribió esta obra, 1968, que fue también el año en el que mataron a su amigo Martin Luther King.

        En este primer volumen -no sé en los otros- conviven memoria, literatura, diálogos, poesía, música… y tiene también el aire de una novela de formación -nada alemana- que llega hasta los 17 años, 1945, aunque quizá sería más preciso decir novela de aprendizaje. Su arranque es brillante. Una escena de infancia con una conclusión rotunda que no creo que haya perdido vigencia y que no me resisto a citar: Si bien el proceso de desarrollo de una muchacha sureña negra es doloroso, la sensación de estar fuera de lugar es como el óxido de la navaja que amenaza con cortarte el cuello. Es un insulto innecesario. Tras esta introducción, entra en materia, no necesariamente por orden cronológico -sí en lo fundamental- y nos narra los motivos del pájaro, sea este la niña que fue, sea su hermano, su madre, su padre, sus abuelas, sean los trabajadores del algodón, los espectadores de un combate de boxeo…, y estos motivos se convierten en un relato, sui géneris, que desgrana su vida desde dentro y dentro de un entorno preciso, definido y definitivamente negro. Los blancos están en Blancolandia y su papel, cuando aparecen, no despierta empatía alguna, tampoco acentúa la animadversión.

        No va a hablar la voz sabia de una mujer revisitando e interpretando su infancia, nos va a hablar aquella niña que fue. La adulta dirige, la niña revive. La niña que sueña ser blanca y más adelante quiere ser chico llega con tres años, de la mano de Bailey, su hermano -un año mayor, solos ambos en el tren-, a un pueblecito de Arkansas y nos cuenta del vecindario, los clientes, su abuela paterna, su tío Willie y el KKK, los pelagatos blancos… Tras el regreso de su magnífico y apuesto padre, Maya y Bailey parten con él a California junto a Vivian, la madre, y la familia de esta. Hija de padres separados, Maya venera sobre todo a Bailey y, después, a su madre y es viviendo con ella cuando, víctima de abusos por parte del compañero, entra en un proceso de mudez. La sencillez y la frescura con la que narra los encuentros que desembocan en el atropello por parte del tal Freeman -me pregunto si el nombre real sería este-, la propia violación  así como los sentimientos que la impulsaron a dejar de hablar son de una autenticidad asombrosa, la vivencia de la culpa y el miedo a decepcionar a sus mayores no podrían ser relatados con mayor naturalidad: la mentira y el abuso se solapan, la culpa se instala en ella. La lógica de los niños nunca exige pruebas (todas las conclusiones son absolutas),

        Tras esto regresa a Stamp con la Yaya y comienza el periodo de crecimiento en el que la lectura jugará un papel fundamental y, por último, graduada ya, marcha de nuevo con su madre a San Francisco, ciudad con la que se identifica. En cada capítulo, además de relatar y reproducir sus experiencias, amplía el universo que nos va dibujando, incorpora nuevas emociones y nuevos descubrimientos -como el profundo conflicto racial que por mucho que haya llovido, no parece que haya escampado, casi un siglo después-. Amor filial, fraternal, sexo, educación, trabajo, teatro, amistad, etc. El proceso de búsqueda de sí misma parece resolverse felizmente, pero sin duda no ha de ser más que el primer final de una prolífica vida.

        Muy interesante. Exquisitamente escrito, con un armónico aliento poético, un fino sentido del humor en ocasiones no exento de ironía, con dosis de rabia sabiamente encauzada y de gran inteligencia narrativa.

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El plantador de tabaco de John Barth

El plantador de tabaco

 

El placer del relato. La narración como una forma de supervivencia. La antítesis de Sherezade articulando una relato de aventuras guiado por el quijotesco afán de un poema épico anterior a la batalla. Si la hija del gran visir para mantener la vida cada día ha de inventar o continuar una historia, nuestro protagonista, poeta laureado Ebenezer Cooke -nombre real de un real poeta que como nuestro antihéroe emprendió viaje a Maryland y versificó una acre parodia intitulada El Plantador de tabaco-, para vivir, ha de sobrevivir a un sinnúmero de desgracias y avatares, frutos algunos de su apatía, su inocencia, su impericia, etc. y rastrear otras tantas. Hay ecos del XVII en su planteamiento formal, pero sin ningún fondo, transfondo ni pretexto pedagógico, está próxima a la novela picaresca -si bien aquí los pícaros son todos a excepción del principal-, pero también a la de aprendizaje; hay armónicos argumentales de Tom Jones –el huérfano y poliédrico profesor Burlingame en busca de sus orígenes y un Ebenezer de una fidelidad francamente tenaz, pero no tanto- y humorísticos en Tristram Shandy -sin páginas en negros y otras audacias formales-; un espigado e hidalgo Ebenezer con su particular escudero Bernard que a punto está de encontrar su peculiar Barataria; una musa cervantina, una hermana gemela, piratas, indios, misioneros…, una trama retorcida, enrevesada, en la que finalmente más o menos todo acaba milagrosamente encajando, aventuras y desventuras que se entretejen aparentemente al albur -aquí llamado John Barth- algunas hilarantes, otras épicas o patéticas, o hilarantes y épicas, o ilustradas, enigmáticas… No faltan adjetivos -claro que hay que decir que son casi 1200 páginas-. Un juego a través del cual se forma y se transforma la identidad -tan cambiante y tan traicionera a lo largo de toda la obra, ¿quién es quién y cuándo? ¿y por qué?-, el comercio es más comercio de drogas y de carne humana -mujeres, indios, esclavos africanos…,  aunque algún temor a la antropofagia pasea también por esta travesía que va desde Londres hasta América-, la traición y el doble juego político, el triple y si cabe, que sí que cabe, el cuádruple. Un festín literario, prolijo y aburrido de exponer y digno de ser disfrutado. Un inteligente pastiche -a fin de cuentas toma de donde y quien le parece oportuno lo que considera menester- que arrampla con todo lo necesario conjugándolo a su antojo y para nuestra diversión -y seguro que la del autor-.

      Dice en algún momento de esta novela su protagonista, el laureado Cooke, que la vida es un dramaturgo desvergonzado y como tal se comporta el autor. Y se mete en lo que Zambrano llamaría las entrañas de la vida, pero con poca lírica no obstante la profesión del principal. Todos cuentan, filosofan, buscan, cambian, mienten, por las aguas estancadas de Maryland, en las móviles fronteras alzadas y caídas a espaldas y a costa del Gran Imperio Británico con sus guerras de sucesión y religión, corre la historia con mayúsculas en sus vaivenes y Barth responde a una pasión por contar historias que siempre ha de abrazarse a la pasión por escucharlas: Enmarañad y enredad hasta que la luz de Sirio se refleje en la bahía; un cuento bien urdido es chismorreo de dioses, a quienes les es dado ver el corazón y la médula de la vida que hay en la Tierra; es la telaraña del mundo; la urdidumbre y trama… ¡Vive Dios, lo que me gustan las historias, señores!

Y la traducción de Eduardo Lago: Chapeau.

Las palmeras salvajes de William Faulkner por Jorge Luis Borges

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Faulkner publica Las palmeras salvajes en 1939. Su apuesta más arriesgada hasta el momento había sido El ruido y la furia, 1929, obra que siguió en su cabeza y a la que añadió un capítulo quince años después de publicada. Desde entonces Yoknopatawpha no había hecho sino crecer en historias y habitantes, sin embargo Las palmeras salvajes no transcurre allí, sino en lugares con sus nombres reales y un río, el Misisipi -o Misisipí, como gusta de traducir Borges- conocido como El viejo y que da nombre a una de las dos historias que constituyen esta obra. El título que Faulkner había elegido era un verso del Libro de los salmos, del salmo 137, Si me olvidare de ti, Jerusalén, pero el editor impuso el de uno de los dos relatos. Tremendo y bellísimo salmo que sigue  “pierda mi diestra su destreza / mi lengua se pegue a mi paladar…” Y tremendo es todo en estas dos narraciones que, a decir de Faulkner bastantes años después de haberla escrito, fueron alimentándose la una a la otra en función de la necesidad que requería la obra, sin llegar a cruzarse ni en el tiempo ni en el espacio, esas dos dimensiones y obsesiones de su literatura, si bien el destino de ambos protagonistas acaba siendo el mismo y en el mismo sitio, aunque por motivos muy distintos.

        La traducción que he leído es, sorprendentemente, la única que hay. Ciertamente no es de cualquiera, que la firma Borges, pero:

– En sus ensayos autobiográficos  hace referencia a haber trabajado en ella y también a que su madre había hecho algunas traducciones consideradas suyas entre ellas Faulkner.
– Está hecha sobre la edición inglesa en la que los editores Chatto y Windus pulieron expresiones malsonantes -incluida la frase final-.
– Ël mismo dice haber modificado algunos diálogos entre Harry y Carlota por encontrar a Carlota demasiado masculina y viceversa, así como haber jugado con el estilo directo en indirecto en la historia de El viejo para aclarar el caos faulkneriano.
– En la época de su traducción sentía un cada vez más profundo rechazo por la novela y otros pormenores que no vienen al caso, además de tener un personal concepto de la traducción..

        Vamos, que no estaría de más otra versión menos personal -reconociendo el valor de esta pues no en vano autores como Onetti y Márquez reconocen en ella una profunda influencia- y sin otro objetivo que transmitirnos a Faulkner.

      Apuntado lo anterior, este experimento no deja de ser Faulkner en un sui géneris contrapunto que aspira al equilibrio en medio de la desmesura. La voz de un autor que todo lo sabe arranca el relato primero, Las palmeras salvajes, presentando a un doctor profundamente convencional y su señora, una mujer gris, muy gris. A continuación aparecen sus inquilinos, la pareja protagonista, Harry y Carlota, pareja peculiar y a todas luces adúltera. El siguiente capítulo corresponde a El viejo, en él nos son presentados un penado alto, flaco, sin barriga…, otro bajo y rechoncho, el flaco, preso por creer a pies juntillas las novelas baratas de héroes poco ejemplares e intentar emular sus actos, el segundo encerrado por credulidad, ignorancia y mala suerte. Los quijote y sancho del Misisipí. Un total de diez capítulos, cinco y cinco, intercalados y enfrentados. Una fatalista historia de amour fou, cargadísima de tintas, profundamente obscena para la moral de la época, frente al absurdo periplo de un preso por volver a sus cadenas. Dos viajes, una huida frente a un regreso. Las fuerzas interiores y las fuerzas de la Naturaleza. El amor y el dolor, la libertad y el encierro. Dos hombre vírgenes frente a unas mujeres incognoscibles (¿para Faulkner también?). Carlota, “una inundación violenta y amarilla”, “un halcón“, “más caballero”, radical, probablemente madre doliente, no obstante al mirarla las reflexiones de Harry no son tan románticas cuando se admira de  “la habilidad de las mujeres para adaptar lo ilícito y aun lo criminal a un molde burgués de decencia“; la mujer que rescata el penado, en un momento, vista como “esto, de toda la carne de mujer que anda por el mundo, es lo que me toca en un bote huido”. Ambas madres, ambos inexpertos. Harry que llega a disfrutar escribiendo novelas baratas, el penado que caza cocodrilos a cuerpo. La narración va creciendo y en los capítulos 3 está en su esplendor. Hay párrafos magníficos y la lejanía de los paisajes sitúa las dos narraciones en su nivel más intenso y también más confrontado. Da para mucho, pero esto solo es una breve reseña. Resulta toda una diversión de lector ir ajustando la balanza entre capítulo y capítulo y llegar al final, enhebrando la ironía que flota por el libro como si una inundación de imposturas entre Faulkner y Borges nos llegara a la cintura.

 

William-Faulkner-Hollywood-Odyssey-Meta-Carpenter-3_0Borges y su madre

 

 

El verano sin hombres de Siri Hustvedt

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La autora le da voz a una mujer de cincuenta y cinco años que nos cuenta la crisis que padeció tras saber que su esposo, Boris, después de treinta años de convivencia, necesitaba una pausa ( la Pausa tenía nombre, aunque nunca lo sabremos, y veinte años menos). Después de un breve internamiento por un “Trastorno Psicótico Transitorio”, se traslada a Minnesota, a una casa alquilada en la ciudad donde nació, próxima al apartamento para gente mayor donde vive su madre. Allí también consigue unas clases de poesía para niños, que resultan ser todas niñas. Nos informa de todo esto al principio, a continuación nos habla de su psiquiatra, que la sigue atiendo por teléfono; de su hija que vendrá a verla y está en contacto con Boris; de los cisnes -así es como llama a la madre y sus amigas, octogenarias las más jóvenes-; de la vecina y sus hijos Flora y Simón; de sus alumnas; de alguien con quien establece una correspondencia anónima y que firma como Don Nadie… Intercala sus estados emocionales, algunos recuerdos, .A medida que avanza, sus penas van estando menos presentes y van progresando las historias del entorno. Un mundo de mujeres: unas, adolescentes -brujas-, otras, en sus años finales y en el medio la narradora, su hija, y Lola la vecina con su pequeña Flora. Durante ese verano, pasa la vida, sin acritud, con los pequeños y trágicos acontecimientos que acompañan a edades tan extremas -adolescencia y vejez- de una clase acomodada.  Y así transcurre también la novela. A favor, la intuición de un mundo secreto y creativo tras un vida femenina cualquiera, la tenaz rebelión que bulle dentro de cada una de las mujeres. Y un ágil e interesante cambio de registro en el que, por momentos, apela al lector; hacia el final, se rebela contra algunas premisas establecidas -el tiempo-; otras, reflexiona partiendo de lo particular, su propia vulnerabilidad por ejemplo, y se explaya en disquisiciones, ágiles en general, pero que aumentan la información, diversifican aún más el relato; por un lado lo eximen de profundidad, y por otro le restan la naturalidad y la frescura de la que hace gala en algunas partes. Un tono monocorde a pesar de la diversidad de personajes. Lo cuenta bien, es todo correcto, a veces tiene cierta gracia -de ahí a tacharla de comedia…-, da noticias interesantes, aborda situaciones complejas y lo enfoca con una mirada inteligente (presión del grupo en las adolescentes, los distintos tipos de soledad femeninos, etc.), pero no termina de cuajar -por lo menos a mi no me lo parece-. Aunque se intuye un tono firme en algunas partes, da la sensación de que no es ese el que quiere potenciar la autora y el otro, el otro todavía lo tiene que desarrollar o aquí no llegó a afinarlo.

 S. Hustvedt

Santuario de William Faulkner

Santuario

 

Tras El ruido y la furia y Mientras agonizo, escribió Faulkner Santuario. A su decir en una segunda edición de 1932 -después de desechar una primera que, según el editor, les hubiera conducido a la cárcel, se publicó, retocada, en 1931-, la hizo por dinero. Seguro que es cierto, pero volvió sobre ella en el 58, corrigiendo errores de las anteriores. Existe, también, una posterior a su muerte en la que Random House recupera la original, la de 1929. Es indudable que esta obra quiere llegar a un público más amplio ya que los retos creativos, los juegos con el tiempo y los puntos de vista, la reconstrucción que el lector ha de hacer de la trama, etc. casi han desaparecido, en consecuencia el simbolismo, las implicaciones, la psicología de los personajes son, indudablemente, menos sutiles, resultando más escabrosa por lo truculento de los acontecimientos narrados.

     La novela consta de 32 capítulos y podría dividirse en 2 partes y un epílogo. La primera serían los 15 iniciales. Comienza con un hombre que llega caminando a la vera de un río y se encuentra con un individuo de aspecto amenazador, no tanto por su físico, peculiar, como por su actitud. Con él se dirige a un caserón que parece abandonado donde vamos conociendo a varios de los protagonistas. Todo transcurre ordenadamente: el caminante es Horace Bendbow y lo seguimos hasta que encuentra a Gowan Stevens. “Basta poner un escarabajo pelotero en alcohol para conseguir un escarabajo sagrado y si se pone en alcohol a un hombre del Mississipi se obtiene un caballero…”, opina sobre él Horace con la tía Jenny -ambos ya conocidos en Sartoris-. Gowan es el motor de arranque de todos los acontecimientos y el primero en poner pies en polvorosa en cuanto es consciente del peligro; es amigo y pretendiente de Narcissa Sartoris y acompaña a una jovencita universitaria, Temple, con quien nos reconduce a la casa del principio donde se desata la primera tragedia -doble-.

     Hasta aquí quedan expuestos los hechos -no tan asépticamente, claro, es Faulkner, pero sí con una eficiencia casi lacónica en ocasiones-. En todo momento se intuye la inminencia de algo terrible, pero más por las descripciones y los diálogos, que por lo que los actores piensan y el autor transcribe.

     Del XVI en adelante, son Horace, sobre todo, y Temple los principales hilos conductores. Él como abogado más bien ingenuo, sin duda escrupuloso -en sus reticencias, en lo desasosegado de su ánimo, en el cumplimiento de sus obligaciones- y siempre mediatizado por las mujeres de su vida -su esposa, su hermana, la compañera del acusado y el binomio Temple/Belle: la joven mancillada y su joven hijastra-. Ella como víctima y, demoledor, como manipulada testigo de cargo. Es posible que esto no le gustara éticamente a Faulkner, pero no lo cambió.

     El capítulo XXXI cuenta la historia del ejecutor del crimen que da lugar al inmisericorde drama.

     Indudablemente el título no puede ser sino una ironía. No hay ningún templo para albergar a ningún santo, aunque si que hay una culpa que se paga erróneamente. No hay nadie limpio, excepción hecha del primer muerto, un deficiente -otro más, Benjy, Vardaman…- y el niño enfermo y adormilado que la supuesta mujer del defendido lleva consigo a todas partes. La pretendida pureza de Bendbow pasea siempre por el filo de la narración con el ambiguo amor a su hijastra. La inconsistencia de Temple -es una adolescente apenas- está repleta de sombras. El mal está en cada uno de los personajes y no hay generosidad hacia ninguno de ellos. Ni siquiera en los nombres. El acusado Goodwin -buena victoria-, Temple es un cruel sarcasmo, Popeye, el propio abogado: Bendbow (inclinada reverencia). Nada ni nadie sale bien parado. La justicia, la política -aquí encontramos un senador Snopes, esa familia tan extensa y tan poco querida en Yoknopatawpa-. Todo es negro. Muy negro. De novela negra. Aquí la gente de color no juega ningún rol, el único es por referencia y como contrapunto: un preso al que van a ahorcar al día siguiente por asesinar a su cónyuge. Pobres mujeres las que recoge Faulkner. Merecen un capítulo aparte. Y un par de escenas dolorosamente cómicas -una protagonizada por otro Snopes en una casa de citas y un funeral mafioso-. Más que un santuario, asemeja un infierno, mas con algún claro oscuro.

     Dicho esto, es una novela estupenda. Menos experimental, literariamente menos arriesgada, pero no me creo que Faulkner abominase de ella, salvo en lo moral, pero ese es otro asunto y da para mucho. No deja títere con cabeza.

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