Las palmeras salvajes de William Faulkner por Jorge Luis Borges

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Faulkner publica Las palmeras salvajes en 1939. Su apuesta más arriesgada hasta el momento había sido El ruido y la furia, 1929, obra que siguió en su cabeza y a la que añadió un capítulo quince años después de publicada. Desde entonces Yoknopatawpha no había hecho sino crecer en historias y habitantes, sin embargo Las palmeras salvajes no transcurre allí, sino en lugares con sus nombres reales y un río, el Misisipi -o Misisipí, como gusta de traducir Borges- conocido como El viejo y que da nombre a una de las dos historias que constituyen esta obra. El título que Faulkner había elegido era un verso del Libro de los salmos, del salmo 137, Si me olvidare de ti, Jerusalén, pero el editor impuso el de uno de los dos relatos. Tremendo y bellísimo salmo que sigue  “pierda mi diestra su destreza / mi lengua se pegue a mi paladar…” Y tremendo es todo en estas dos narraciones que, a decir de Faulkner bastantes años después de haberla escrito, fueron alimentándose la una a la otra en función de la necesidad que requería la obra, sin llegar a cruzarse ni en el tiempo ni en el espacio, esas dos dimensiones y obsesiones de su literatura, si bien el destino de ambos protagonistas acaba siendo el mismo y en el mismo sitio, aunque por motivos muy distintos.

        La traducción que he leído es, sorprendentemente, la única que hay. Ciertamente no es de cualquiera, que la firma Borges, pero:

– En sus ensayos autobiográficos  hace referencia a haber trabajado en ella y también a que su madre había hecho algunas traducciones consideradas suyas entre ellas Faulkner.
– Está hecha sobre la edición inglesa en la que los editores Chatto y Windus pulieron expresiones malsonantes -incluida la frase final-.
– Ël mismo dice haber modificado algunos diálogos entre Harry y Carlota por encontrar a Carlota demasiado masculina y viceversa, así como haber jugado con el estilo directo en indirecto en la historia de El viejo para aclarar el caos faulkneriano.
– En la época de su traducción sentía un cada vez más profundo rechazo por la novela y otros pormenores que no vienen al caso, además de tener un personal concepto de la traducción..

        Vamos, que no estaría de más otra versión menos personal -reconociendo el valor de esta pues no en vano autores como Onetti y Márquez reconocen en ella una profunda influencia- y sin otro objetivo que transmitirnos a Faulkner.

      Apuntado lo anterior, este experimento no deja de ser Faulkner en un sui géneris contrapunto que aspira al equilibrio en medio de la desmesura. La voz de un autor que todo lo sabe arranca el relato primero, Las palmeras salvajes, presentando a un doctor profundamente convencional y su señora, una mujer gris, muy gris. A continuación aparecen sus inquilinos, la pareja protagonista, Harry y Carlota, pareja peculiar y a todas luces adúltera. El siguiente capítulo corresponde a El viejo, en él nos son presentados un penado alto, flaco, sin barriga…, otro bajo y rechoncho, el flaco, preso por creer a pies juntillas las novelas baratas de héroes poco ejemplares e intentar emular sus actos, el segundo encerrado por credulidad, ignorancia y mala suerte. Los quijote y sancho del Misisipí. Un total de diez capítulos, cinco y cinco, intercalados y enfrentados. Una fatalista historia de amour fou, cargadísima de tintas, profundamente obscena para la moral de la época, frente al absurdo periplo de un preso por volver a sus cadenas. Dos viajes, una huida frente a un regreso. Las fuerzas interiores y las fuerzas de la Naturaleza. El amor y el dolor, la libertad y el encierro. Dos hombre vírgenes frente a unas mujeres incognoscibles (¿para Faulkner también?). Carlota, “una inundación violenta y amarilla”, “un halcón“, “más caballero”, radical, probablemente madre doliente, no obstante al mirarla las reflexiones de Harry no son tan románticas cuando se admira de  “la habilidad de las mujeres para adaptar lo ilícito y aun lo criminal a un molde burgués de decencia“; la mujer que rescata el penado, en un momento, vista como “esto, de toda la carne de mujer que anda por el mundo, es lo que me toca en un bote huido”. Ambas madres, ambos inexpertos. Harry que llega a disfrutar escribiendo novelas baratas, el penado que caza cocodrilos a cuerpo. La narración va creciendo y en los capítulos 3 está en su esplendor. Hay párrafos magníficos y la lejanía de los paisajes sitúa las dos narraciones en su nivel más intenso y también más confrontado. Da para mucho, pero esto solo es una breve reseña. Resulta toda una diversión de lector ir ajustando la balanza entre capítulo y capítulo y llegar al final, enhebrando la ironía que flota por el libro como si una inundación de imposturas entre Faulkner y Borges nos llegara a la cintura.

 

William-Faulkner-Hollywood-Odyssey-Meta-Carpenter-3_0Borges y su madre

 

 

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Santuario de William Faulkner

Santuario

 

Tras El ruido y la furia y Mientras agonizo, escribió Faulkner Santuario. A su decir en una segunda edición de 1932 -después de desechar una primera que, según el editor, les hubiera conducido a la cárcel, se publicó, retocada, en 1931-, la hizo por dinero. Seguro que es cierto, pero volvió sobre ella en el 58, corrigiendo errores de las anteriores. Existe, también, una posterior a su muerte en la que Random House recupera la original, la de 1929. Es indudable que esta obra quiere llegar a un público más amplio ya que los retos creativos, los juegos con el tiempo y los puntos de vista, la reconstrucción que el lector ha de hacer de la trama, etc. casi han desaparecido, en consecuencia el simbolismo, las implicaciones, la psicología de los personajes son, indudablemente, menos sutiles, resultando más escabrosa por lo truculento de los acontecimientos narrados.

     La novela consta de 32 capítulos y podría dividirse en 2 partes y un epílogo. La primera serían los 15 iniciales. Comienza con un hombre que llega caminando a la vera de un río y se encuentra con un individuo de aspecto amenazador, no tanto por su físico, peculiar, como por su actitud. Con él se dirige a un caserón que parece abandonado donde vamos conociendo a varios de los protagonistas. Todo transcurre ordenadamente: el caminante es Horace Bendbow y lo seguimos hasta que encuentra a Gowan Stevens. “Basta poner un escarabajo pelotero en alcohol para conseguir un escarabajo sagrado y si se pone en alcohol a un hombre del Mississipi se obtiene un caballero…”, opina sobre él Horace con la tía Jenny -ambos ya conocidos en Sartoris-. Gowan es el motor de arranque de todos los acontecimientos y el primero en poner pies en polvorosa en cuanto es consciente del peligro; es amigo y pretendiente de Narcissa Sartoris y acompaña a una jovencita universitaria, Temple, con quien nos reconduce a la casa del principio donde se desata la primera tragedia -doble-.

     Hasta aquí quedan expuestos los hechos -no tan asépticamente, claro, es Faulkner, pero sí con una eficiencia casi lacónica en ocasiones-. En todo momento se intuye la inminencia de algo terrible, pero más por las descripciones y los diálogos, que por lo que los actores piensan y el autor transcribe.

     Del XVI en adelante, son Horace, sobre todo, y Temple los principales hilos conductores. Él como abogado más bien ingenuo, sin duda escrupuloso -en sus reticencias, en lo desasosegado de su ánimo, en el cumplimiento de sus obligaciones- y siempre mediatizado por las mujeres de su vida -su esposa, su hermana, la compañera del acusado y el binomio Temple/Belle: la joven mancillada y su joven hijastra-. Ella como víctima y, demoledor, como manipulada testigo de cargo. Es posible que esto no le gustara éticamente a Faulkner, pero no lo cambió.

     El capítulo XXXI cuenta la historia del ejecutor del crimen que da lugar al inmisericorde drama.

     Indudablemente el título no puede ser sino una ironía. No hay ningún templo para albergar a ningún santo, aunque si que hay una culpa que se paga erróneamente. No hay nadie limpio, excepción hecha del primer muerto, un deficiente -otro más, Benjy, Vardaman…- y el niño enfermo y adormilado que la supuesta mujer del defendido lleva consigo a todas partes. La pretendida pureza de Bendbow pasea siempre por el filo de la narración con el ambiguo amor a su hijastra. La inconsistencia de Temple -es una adolescente apenas- está repleta de sombras. El mal está en cada uno de los personajes y no hay generosidad hacia ninguno de ellos. Ni siquiera en los nombres. El acusado Goodwin -buena victoria-, Temple es un cruel sarcasmo, Popeye, el propio abogado: Bendbow (inclinada reverencia). Nada ni nadie sale bien parado. La justicia, la política -aquí encontramos un senador Snopes, esa familia tan extensa y tan poco querida en Yoknopatawpa-. Todo es negro. Muy negro. De novela negra. Aquí la gente de color no juega ningún rol, el único es por referencia y como contrapunto: un preso al que van a ahorcar al día siguiente por asesinar a su cónyuge. Pobres mujeres las que recoge Faulkner. Merecen un capítulo aparte. Y un par de escenas dolorosamente cómicas -una protagonizada por otro Snopes en una casa de citas y un funeral mafioso-. Más que un santuario, asemeja un infierno, mas con algún claro oscuro.

     Dicho esto, es una novela estupenda. Menos experimental, literariamente menos arriesgada, pero no me creo que Faulkner abominase de ella, salvo en lo moral, pero ese es otro asunto y da para mucho. No deja títere con cabeza.

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Los invictos de William Faulkner

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Aparte de en Sartoris, son muchos los relatos de Yoknopatawpha donde aparece o se alude a esta gran saga. Son los fantasmas de Faulkner que pueblan esta, si no ciudad, este condado invisible. Tras la mutilación y publicación como Sartoris de Banderas sobre el polvo, sigue dándole vueltas a la historia de esta familia y la va desgranando en varios cuentos entre 1934 y 1936. En ellos el coronel Sartoris sigue omnipresente, si bien, visto más de cerca, su magnitud es menor, más prosaica. En el 37 compila y adecua los seis relatos y añade un último capítulo. Ya es Faulkner en su máxima dimensión. Muchas de sus obras mayores ya están escritas y publicadas, y aquí, en Los invictos, desarrolla aquellos acontecimientos protagonizados por el coronel a través de Bayard -el abuelo de Sartoris– e incorpora a Rosa Millard -trasunto de la querida abuela de WF-.

      La voz conductora y autobiográfica es la de Bayard y arranca con el final de su infancia, el regreso del coronel cuando la derrota del ejército del Sur es prácticamente un hecho. Su voz es antigua e ingenua, pero su visión parte de la experiencia y se va adaptando a sus distintas edades a lo largo de la novela. Así, nada más empezar, la percepción del padre es muy otra, su olor a pólvora y a gloria no era otra cosa que “la voluntad de aguantar una decadencia sardónica, jocosa incluso, del autoengaño…”. Su tamaño al bajarse del caballo -de nombre ni más ni menos que Júpiter- era pequeño, su sable golpeaba los escalones al subir a la casa. Y la obra es sardónica y, muchas veces, “jocosa”.

        El libro cubre el tránsito a la madurez de Bayard. Muchos de los hechos ya han sido relatados o aludidos; de algunos sabemos las consecuencias –Luz de agosto y la familia Burden, por ejemplo-, pero aquí asistimos a su desarrollo. Se incorpora Rosa Millard, la suegra de Sartoris, antecedente del prototipo de mujer sureña perpetuado en Yoknapatawpha y antecedente de la tía Jenny y de Narcissa en su fortaleza, su tenacidad, su generosidad, su sentido de la justicia, pero con una inteligencia primitiva. Es descrita con afecto, respeto y una cierta ironía -sus trasiegos con el baúl de la plata, sus triquiñuelas con las mulas, su práctica manera de expiar y hacer expiar a los demás los pecados, su heroica y absurda forma de morir-. Motor de un Sur que se aferra a la tierra, a la tradición y aprovecha lo que hay. Frente a ella la francamente poco ejemplarizante, eso sí efectiva, manera de huir del coronel, figura que aparece y desaparece tras un pátina de presunta épica, que se reduce a robar caballos o dejar en paños menores al enemigo. Y Drusilla, la prima Drusila, que no quiere dormir y quiere, lo hace, estar en primera línea de combate, negar el dolor de la pérdida. Su rebelón no es tenida en cuenta por los hombres y es malinterpretada por las mujeres. Ella también representa el amor para Bayard y, con el olor de las verbenas que gusta de llevar, la sensualidad incipiente, reprimida y rechazada. A través de ella y de la decisión final del joven narrador de no perpetuar una tradición aceptada por un concepto del honor, cuanto menos, cuestionable, este se convierte en un Sartoris. Otro tipo de Sartoris, aunque no tanto, por lo que leímos en Sartoris (valga la redundancia)

      De fondo, siempre, las grandes familias -los Compson: El sonido y la furia-; los blancos pobres; el conflicto Norte-Sur (“Esta Guerra no ha terminado. Acaba de empezar en serio”) en el que el ejército confederado y los esclavos liberados visten con andrajos, mezclando sus astrosas ropas con las afanadas a los yanquis, quienes imponen una fuerza que, por otro lado, les da igual, no creen en ella; un paisaje arruinado con gente que, más que viajar, vaga (“Antes había sido como pasar por una región donde no había vivido nadie nunca; ahora era como pasar por otra donde todos hubieran muerto a la vez.” -¡Ay, Rulfo, Rulfo!-). Y los negros…

       Ringo es el gran amigo y compañero de juegos de Bayard desde el primer capítulo,  hijo de Simon -sirviente del coronel y de Bayard hasta el final de sus días-, mas duerme en un jergón y en la peripatética escaramuza contra los yanquis en la que participan con el coronel, este le presta un caballo tuerto que no es capaz de manejar. Llegado el momento de las votaciones -que, mira tú, coincide con la obligada boda del coronel, lo cual no le impide matar a los Burden- le dice a Bayard

-¿Sabes lo que ya no soy?

-¿Qué?

-Ya no soy negro. Me han abolido.

       Faulkner en estado puro. Un simbolismo pertinaz. Riadas de negros caminando  y cantando juntos hacia el río Jordan, acabando en las aguas de otro río junto a la carreta y los caballos de la abuela Millard auxiliada por Drusilla. Lo ridículo, lo trágico, lo bíblico, lo patriótico, lo maniqueo (Mann, también Mann).

       Otro capítulo más de esta búsqueda del tiempo pasado de William Faulkner. Casi una droga (si se usan bien, son estupendas…), al menos para una servidora.

      Una última mención. Buena traducción y estupendo prólogo -mejor leerlo al final, aunque lo mismo es solo manía mía con las introducciones- Qué lástima de tanta errata ¿no tienen correctores?.

Sartoris de William Faulkner. Banderas sobre el polvo

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Lo primero dejar constancia del rebote que tengo por la ceremonia de la confusión que supone informarse de si Sartoris es Sartoris o Banderas sobre el polvo. Faulkner, durante tres años, buscó editor para Banderas sobre el polvo y, finalmente, aquel que lo aceptó, suprimió 40.000 –English wikipedia dixit– palabras, que no es poco, y la publicó como Sartoris. Posteriormente, en 1973, salió la versión íntegra con su título original, mucho más sugerente e indicativo. Entiendo que si la titutan Sartoris, ha de tratarse de la versión reducida, pero, leídos algunos artículos, en algunos de los cuales afirman, de manera confusa, que la edición de Alfaguara es la completa, no me queda nada claro.

      Es su tercera novela tras La paga de los soldados y Mosquitos. En ella empieza a levantar los cimientos de Yoknopatawpha y a presentar a algunas de sus familias -Sartoris, Snopes, MacCallum, Peabody…-. Ya empieza a saber Faulkner lo que se trae entre manos o, al menos, lo que se quiere traer. Aún no juega con las formas, pero gusta del desconcierto y de poner su voz al servicio de la voz interior del protagonista. La narración, en general, es lineal y el autor es absolutamente omnisciente, no obstante, mientras en un mismo capítulo narra distintas historias, acciones y circunstancias, describe distintos entornos con los saltos en el tiempo que le parecen pertinentes, en otros -especialmente hacia el final, en aquellos en los que seguimos la huida de Bayard nieto con los MacCullum hasta que coge el tren- la acción se centra en una sola historia y la seguimos ordenadamente.

      El personaje hegemónico está muerto. Se trata del coronel Sartoris, basado en su bisabuelo William Clark Falkner quien, como el coronel, llevó a sus tierras el ferrocarril, fue destituido por sus soldados y murió a manos de un socio. El coronel, a lo largo de la novela, aparece como “… fantasma arrogante que domina(ba) la casa y sus ocupantes e incluso el paisaje en su conjunto… ” .   Él, su hermano -difunto en combate de una manera la mar de temeraria y absurda- y su hermana nos son presentados en el primer capítulo y, a lo largo de las tres primeras partes, Faulkner va poblando Yoknopatawpha. Los nuevos vecinos que se extienden como una plaga silenciosa, los Snopes; los negros que aún siguen sirviendo, los que no quieren servir y, con ellos, el conflicto racial no resuelto, al menos no resuelto en favor de los negros, y las nuevas y lastradas formas de convivencia entre blancos y negros; el retorno de los soldados de la Primera Guerra Mundial a una tierra de lento “progreso” y las heridas del conflicto civil enquistado en esa zona; lo viejo, lo nuevo y lo podrido; los caballos, los coches y los chóferes de ambos; el güisqui de tapadillo y las reuniones en las casas de los ricos… Y los Sartoris, que son una casta destinada a la tragedia y el final de una forma de vida

      Volvió Faulkner a los Sartoris varias veces en sus obras. Son muchas las concomitancias con su vida y su familia. Aparte de su bisabuelo, hay rasgos de su hermano en Horace Benbow y, sin ir más lejos, él, como los nietos Sartoris, era aviador y dijo tener dos accidente en el ejército -no fue cierto-. Los personajes -la tía Jenny, John, Narcissa- van ganando profundidad a medida que avanzamos hacia un intenso final en el que, con celeridad, desaparecen los John y los Bayard Sartoris, así como su perezoso y esquivo sirviente Simon, dos estatus definitorios de la sociedad que termina. Son las mujeres de la familia quienes se demuestran como grandes vertebradoras de esta saga y únicas capaces de continuar: la incombustible Jenny y su continuadora, Narcissa, que ha ido cogiendo peso y consistencia sutilmente, partiendo ambas de distintas situaciones de desamparo y desarraigo. Quedaron cosas por saber de los Sartoris. Muchas están en la posterior Los invictos, pero será de antes de estos últimos Sartoris. ¿Otras en Banderas sobre el polvo?

       Y estupenda la traducción.

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Luz de agosto de William Faulkner

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Faulkner, narrador omnisciente en gran parte del relato, empieza y termina el libro siguiendo a Lena Grove, muchacha aparentemente ingenua, fresca, tenaz, que sale de Alabama buscando al padre del hijo que está a punto de parir, Lucas Burch -“ la gente siempre anda tras él, porque siempre está dispuesto a reír, a divertirse, interrumpiendo su trabajo, muy en contra suya…”-. Poco monólogo interior aporta Lena, pero a través del autor, de Armstid (uno de los que auxilió a los Bundren en su periplo hacia Jefferson para enterrar a la madre) y de su mujer, que la recogen y acogen en su camino, comienza ese poliedro en el que se convierten los personajes de Yoknapatawpha en base a las distintas voces que van construyendo trama y caracteres -voces secundarias, protagonistas y autor, que parece actuar más a modo de guía, de encauzador, que de creador-.

     Entre el primer capítulo y el último transcurren tres semanas. De esos 19 capítulos, restantes, catorce narran el viacrucis de Joe Christmas, llamado así por ser dejado en un orfelinato el día de Navidad, no por nacer en esa fecha. Es un vagabundo víctima desde su nacimiento de los prejuicios raciales, religiosos y machistas que vertebran la sociedad de Jefferson. Tiene sangre negra en sus venas o tal vez mejicana, en ningún momento queda claro, ya que las fuentes de información son los distintos personajes que van contando su historia, así como el propio Christmas que vive escindido por su doble de condición de blanco y negro. Siendo él también verdugo en esta tragedia sudista, muere víctima de la intolerancia y la incomprensión, a manos de un claro convencido de la supremacía, no ya blanca, sino blanca, americana (lo de norteamericana se da por sobrentendido) y militar. Al principio sabemos de la llegada a Jefferson de Burch, hombre pusilánime, tramposo y paradigmático judas a muchos niveles, y de la suya: después, seis estupendos capítulos nos hablan de su pasado hasta llegar a casa de la Sra. Burden, la yanqui amiga de los negros que, sin embargo, pertenece a la tercera generación en esa tierra hostil.

     Un tercer personaje de peso en esta obra es Hightower, pastor apartado de su oficio por la Iglesia, misógino y torturado por un pasado del que Faulner nos adelanta algo en el tercer capítulo por boca de Byron, tal vez el más generoso y desprotegido de los componentes de este fructuoso fresco. Es el confidente de Byron y gran parte del relato nos llega por el artificio de la narración de los hechos y de las emociones que Byron y los Sres. Hines le hacen en su casa. No obstante el francamente tragicómico origen de su determinación no sale a la luz hasta el final. A la luz de agosto que impregna de sudor, de olor a humanidad -bastante deshumanizada- todo el relato. También a esa luz es alumbrado el hijo de Lena.

     Es lástima no mencionar a todos, pero no se trata de hacer un estudio de Luz de agosto, aunque reconozco que, a lo hora de acabar el libro, empezar a mirar subrayados, conexiones, asociaciones, etc., asombra su riqueza y, casi, te encuentras leyéndolo de nuevo. El matrimonio Hines, su pasado y su papel en la tragedia, la Sra. Burden, cuyo abuelo y hermanastro fueron asesinados por Sartoris, los Srs. MacEacher, padre adoptivos de Christmas…

     Como siempre en Faulkner, cada línea argumental, cada nombre, cada acontecimiento es rica fuente de significados. No es que la trama sea lo de menos, pero la apariencia de verdad, el colosal mundo que va levantando en cada novela, sólidamente unido a ese condado de Yoknapatawpha, su capacidad para manejar las elipsis, adelantarlas, atrasarlas, la suspensión del tiempo que provoca con el manejo del tiempo, sus reflexiones al hilo de cada situación o sentir…, eso es un disfrute que no se puede transmitir, que hay que gozarlo.

     Entre otras cosas, de esta extenuante, casi pringosa, Luz de agosto, queda la imagen de un blanco negro, negro blanco que siempre veía ante sí una calle sin fin, oscura donde “en ninguna parte encontraba la paz. Y la calle continuaba, con sus cambios de carácter, con sus fases, pero siempre vacía.”. Sin embargo Lena sigue camino bien acompañada, parece que más por el placer de viajar, que de buscar. Atrás, Jefferson, la cabaña donde nació su hijo y un delincuente cruelmente muerto y mutilado.

Faulkner leyendo

Mientras agonizo de William Faulkner

Mientras agonizo

El título proviene de una traducción al inglés de la Odisea en la que Agamenón, muerto, refiriéndose a su esposa dice:

mientras agonizo ya en torno al cuchillo, los brazos

intenté levantar, mas en vano. Y aquella impudente

apartose y no quiso, ni viéndome ya partir para el Hades,

con sus manos mis ojos cubrir ni cerrarme los labios.*


     El viaje que emprenden los protagonistas, si bien está lleno de acontecimientos, no podría buscar una Ítaca más distinta ni tener unos motivos más opuestos. No obstante la venganza, de una manera u otra, está presente en ambos. Saber esto no da necesariamente sentido al libro, sino que enriquece y amplía sus muchas lecturas y abre nuevas ironías al magnífico final. Grande Faulkner.

      A través de distintas voces vamos siguiendo la agonía, muerte, traslado al cementerio y entierro de Addie Bundren. Junto al monólogo interior de los cuatro hijos, hija, padre e incluso la difunta madre, el de otros ocho personajes va desgranando el desarrollo de estos hechos. Cada uno de ellos lo adecua a su forma de ser y de ver su vida. La sensata voz del Dr. Peabody, personaje que como otros -el propio Anse, el padre- aparece en muchas obras de Faulkner que transcurren en Yoknapatawpha, define ya esas tierra como “opacas, lentas, violentas, moldean y crean la vida del hombre a su ensimismada e implacable imagen”. Y ensimismados son los monólogos de todos los actores, pero sobre todo los de los miembros de la familia. El grueso de la historia descansa sobre ellos, aunque avanza muchas veces gracias a los vecinos, testigos, partícipes y víctimas de esta tragicomedia expuesta al público desde narraciones interiores.

        Los Bundren han de trasladar el cadáver de la madre, que al comienzo aún está viva, hasta Jefferson por voluntad de esta. De los Bundren, Darl tiene la voz más presente y también la más personal, es el único capaz de actuar movido por algo distinto a sus propios intereses, de pensar (su monólogo interior es el más rico y extenso) y ver más allá (tanto que llega a contar algunos hechos sin estar presente, como si supiese perfectamente cómo se comporta su familia y qué quiere). Jewel es de naturaleza distinta, más salvaje, primario, solo interviene una vez y lo conocemos a través de Darl principalmente: su madre es un caballo, su cara es de madera, su amor, sus emociones se liberan con violencia. Cash, el mayor, y Dewey Dell, la hija, son primarios en sus distintos objetivos y les mueven únicamente sus necesidades y querencias; Vardaman, el pequeño, es especial, su razonamiento no corresponde a ningún tipo de lógica, su voz cuestiona cosas que no es capaz de responder si no por asociaciones (“Mi madre es un pez.”). Anse, el padre, es un parásito moralista. Avanza a toda costa y a costa de todos. Destaca la irrupción de la voz de Addie Bundren que añade nuevos elementos a los ya abundantes: enfoca su vida y su muerte desde el pensamientos de su padre: “la razón para vivir era prepararse para estar muerto”, introduce giros hacia atrás en el tiempo y en la forma de ver a todos los narradores del relato, considera las grandes palabras, amor, pecado…, una forma de “llenar una carencia”. Ella también, como Darl, predijo que él -su hijo favorito, Jewel, (y aquí, con gran habilidad ese él se sobrepone a Él, Dios) “me salvará del agua y del fuego. Incluso después de exhalar mi último suspiro”.

     El flujo de conciencia de cada voz tiene sus propios ritornelos y le añaden un ritmo y una poética obsesiva y personal que está en la esencia de cada personaje. Una misma escena puede ser enfocada desde varios puntos de vista o, por el contrario, solventada rápidamente en un par de alusiones. El tiempo, por momentos, parece suspendido (magistral la trágica y sarcástica inmersión en el río). El final es sumamente irónico y, salvo Darl, todo parece estar intacto. Forma y fondo encajan a la perfección, si es que puede encajar un mosaico tan rico…

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*Traducción de J. M. Pabón. Editorial Gredos. En el original “expirante”, no  “mientras agonizo” (“As I lye dying”).

 

El ruido y la furia de William Faulkner

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Llegas al final de El ruido y la furia sin aliento, como si hubieras atravesado literalmente corriendo millas y millas de una campo del Sur de los Estados Unidos.

     Entramos en el relato a través de las imágenes que por asociación va exponiendo un deficiente mental. Hay que aceptar el reto y aguantar los hilos para irlos juntando cuando convenga. Abandonas o aceptas, retienes la respiración y utilizas la memoria, pero no la memoria del estudioso, sino la memoria plástica, la que va apelotonando sensaciones, ruidos, olores, reiteraciones, asociaciones… para cuando sea menester. A medida que te dejas llevar, el relato tiene una lógica endiablada y sorprendente, y un desorden metódico. Sabemos de acontecimientos que han pasado, que están pasando y que han de pasar, pero hay que armarlos.

     Después la voz que habla nos retrotrae dieciocho años y no puede ser más diferente a la anterior. Tras el inocente, el moralista, atrapado entre la católica ética del Padre y la pasión por la hermana. El relato se va enriqueciendo y ampliando. Quentin desde su presente engarza y prolonga las eslabones de la cadena que Benjy, en el primer capítulo, nos fue lanzando. Si antes las digresiones del protagonista eran únicamente sus percepciones, sus obsesiones, ahora no, ahora apuntan universales desde un profunda subjetividad que parte desde la propia forma del relato. Y el Tiempo marca. Al igual marca la forma de la novela. El reloj sin agujas, pero en marcha. Y las sombras, tanto a Benjy como a Quentin les fascinan las sombras.

     La hermana nunca habla y la única mujer cuyo pensamiento seguimos es ajena (en lo que a la sangre se refiere) a la familia y es a través del autor, de Faulkner, de quien se expresa en el cuarto capítulo. Es la sirvienta negra y fiel, cuya presencia y cuya familia han ido creciendo y apareciendo en todos los tiempos que han barajado todos los protagonistas. Si en el primer catítulo, al poco de empezar, Benjy, siguiendo una rutina necesaria para su equilibrio, va al cementerio a llevar flores en el birlocho, este capítulo termina con esa misma rutina rota y Jason arreglando el entuerto a su manera.

      Cuenta Faulkner en una larga entrevista que escribió el quinto capítulo quince años después “para acabar de contar la historia y sacármela de la cabeza de modo que yo mismo pudiera sentirme en paz”. Así, el final es una crónica de lugares y personas que fija los principios y el final de la esta saga familiar. Una historia inagotable también para el lector que, según termina, puede perfectamente volver a empezar y leerla de nuevo con el mismo interés o más. Si Faulkner creyó que cuantas veces regresara a ella, tantas veces la cambiaría, el lector, leída la primera vez, podrá hacer otro tanto. El simbolismo, que ya está en el título (unos magníficos versos de Machbet), y que fluye a lo largo de cada página, el doble desafío del autor hacia él mismo y hacia quien lo acepte, impregnan cada línea. Y puede dar lugar al proceso en el que me doy cuenta que acabo de entrar: estoy enfaulknerizada, y es fantástico: ahora hay un montón de obras traducidas (no me atrevo con el inglés, de momento. Tal vez algún cuento).

      En cuanto a la trama, que yo muchas veces pienso que es lo de menos, uno de los placeres de la novela es irla construyendo. Si además has de desentrañar la gran cantidad de significantes, el sinfín de significados, lo que es historia, lo que es metáfora, donde ambas confluyen, etc., etc., tienes para unas cuantas lecturas apasionantes. Y con la que está cayendo, es todo un lujo.

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