Mentira y sortilegio de Elsa Morante

Morante publica Mentira y sortilegio en 1948. A los trece años escribe La extraordinaria aventura de Catalina, una obra para niñas y niños como otras tantas que crea desde entonces. Esta es su primera novela para adultos. Su protagonista es Elisa, con una “i” intercalada en el nombre de la autora, letra tal vez obtenida del nombre de su madre Inma, sustituida a su vez por una “a”, pues Anna es el nombre de la progenitora de Elisa. Con Elisa comparte Elsa el ser hijas ilegítima y al padre biológico de la novelista, Francisco Lo Monaco, lo reparte, Francisco para el padre real de Elisa –a quien le da también la misma profesión, empleado de correos- y Monaco para el padre secreto de Francisco, que vendría a ser el desconocido abuelo paterno de Elisa. Muchas más huellas de su biografía ha de haber en esta historia, pero no pasa de ser anecdótico y tan significativo como en cualquier escritor o escritora que se esparce en su obra. Elsa Morante fue reconocida por Augusto Moravia y creció en contacto con los y las internas del correccional donde este trabajaba. ¿Vendrá en parte de ahí su especial sensibilidad a los conflictos y la indefensión de la infancia?

   Adentrarse en esta ficción requiere abandonarse a su intensidad, a la profusión de fábulas y leyendas, a la magia y, con ello, a la maldad, la mentira, la crueldad de todas las historias y quimeras que desembocan en el aislamiento y la tristeza de su narradora. Al hilo de tan mal hado, la recapitulación se convierte en un desesperado conjuro contra los fantasmas que pueblan una estirpe, aunque sea una estirpe de baja alcurnia o, lo que es lo mismo, del vulgo, de los desclasados, pero estirpe al fin y al cabo. Una Elisa mayor, por segunda vez huérfana, comienza con la introducción a la historia de su familia pero, para ello, nos pone primero en situación. Aunque adulta, joven quijote encerrada en su mundo de lecturas fantásticas, no se resigna únicamente a despertar interés por un pasado construido a base de engaños, mitos y fatalidad que le conducirá a una situación claustrofóbica, abre también una puerta al juego con la adivinanza sobre la identidad de su único compañero, Álvaro, buscando no solo la intriga -de sobra despertada con su tono premonitorio e imperioso- sino convocando la infancia encerrada en toda persona, toda biografía y, ojalá, que en todo lector.

   En esta pródiga saga familiar la narradora cuenta en la primera parte con la voz de los muertos que pueblan el cubículo donde ha elegido vivir al margen de la sociedad que rodea a su madre adoptiva, ellos y ellas le van transmitiendo aquello que la protagonista no pudo vivir, remontándose a sus abuelos. Con maestría y excelente verbo, cambia las voces intercalando sus propios recuerdos, las mentiras que recibió, el morbo de la imaginación que heredó, las certezas que en el momento de la narración intentan predominar sobre el legado que la ocupa. Ella sabe que allí donde buscaba misterio y malicia hay solo emociones enfermizas y decadencia. Bajo unos personajes que se quieren especiales en un entorno que ubica con detalle en una pequeña ciudad del Mediodía italiano, subyace una clase dirigente meapilas y orgullosa junto a una sociedad rural inculta y dependiente. En ambas se alinean hombres y mujeres, formando un entramado cuyas principales víctimas son siempre los y las hijas que a su vez, no recogen el testigo, sino que lo incendian, perpetuando un mundo de desigualdad y engendrando criaturas vulnerables que no encajan en un mundo que brinda pocas alternativas. Madres de adoran a sus hijos e ignoran a sus hijas, padres que malcrían a sus hijas o que las utilizan. Nos dice Elisa: Me creerán si les digo que son tres los mitos de los niños pobres: el Paraíso, el milagro y la riqueza, y estos tres grandes mitos se confunden y se explican uno con otro. Ella recibe este legado de las mujeres de su familia, una imaginación mórbida y caduca ligada a un amor y una admiración incondicional a la distante figura materna que a su vez tampoco recibió afecto alguno de su progenitora. En la segunda parte, los personajes de su pasado cuyos avatares y tristes miserias ha ido engarzando a una luz comprensiva, compasiva, pero no exenta de una ironía que convoca al lector dirigiéndose a él abiertamente en ocasiones, dichos personajes se rebelan y son sus propios recuerdos los que hablan y estos recuerdos comprenden la fugaz aparición de mis padres, que para mí duró lo mismo que mi infancia y cuya naturaleza fue tan perturbadora que luego mi memoria transformó un drama burgués en una leyenda. Leyenda que, como les sucede a los países sin historia, me apasiona (esa historia que corre paralela a cada existencia y que ella se empeña en marcar en su posterior y polémica La historia, estando aquí como un telón de fondo entre tanta fábula de supervivencia).  Figuras familiares y otras próximas desfilan en un texto de una exuberancia abrumadora. El mundo femenino limitado y constreñido no encuentra más vías de escape entre la plebe que la imaginación o ese mal llamado oficio más antiguo del mundo, y el fanatismo religioso entre la clase dirigente -las dos descripciones sobre lo que hacer el amor es para una familia opulenta y católica, y para una joven prostituta de provincias llena de contradicciones, pero también de amor, son impagables-, los obstáculos que han de afrontar aquellos que no cuentan con un buen caudal de dinero les reducen a vivir el día a día sin perspectivas de mejorar en el futuro. Mujeres que viven por despecho, orgullosas, supersticiosas, lánguidas, antipáticas, incomprendidas, incapaces de hacerse entender, hombres disolutos y autocomplacientes, apocados, dignos, manipuladores… la galería es amplia y nunca sencilla, cada cual destella luces, oculta sombras y estas sombras vienen de antes, de cuando eran seres pequeños, frágiles, dependientes. Por las líneas de Morante transita tanta literatura, como por la imaginación de Elisa mitos. Poe, Homero, Proust, Goethe, las Bronte, Wilde, Dostoievski…

   Ciertamente no es pequeña empresa emprender esta lectura, son mil páginas, ahora bien, vale la pena, ya lo creo y, necesariamente, piden más de Morante. Enhorabuena a la editorial Lumen a la que apenas se le ha pasado por alto alguna errata, y a la traductora -traducirla y corregirla no ha de ser empresa baladí, en parte porque, necesariamente, ha de haber momentos en que olvides la ortografía y te dejes llevar por esa voz de El(i)sa que se cuenta, que te cuenta, te interroga, te toma como testigo y como cómplice- y, cómo no, a la gran Natalia Ginsburg que tuvo la valentía de leerse tamaño libro -Cesare Pavese lo dejó en sus manos- de una casi novel escritora y aventurarse a publicarlo. Y a Elena Ferrante, cuyo nombre tanto eco encierra de Elsa Morante, por hablar de este libro como de un gran descubrimiento. Eso es es también.

La niña perdida de Elena Ferranre

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No cambian los hábitos en la cuarta entrega de la Tetralogía napolitana de Elena Ferrante, se funden y la consolidan. Relación de personajes y circunstancias; como en el primero, La amiga estupenda, dos partes y cada una con un subtítulo: Madurez – La niña perdida y Vejez – Historia de la mala sangrey un broche final, oscuro y brillante, intitulado Epílogo constituido por dos entradas.

    Madurez – La niña perdida. Antes de volver al punto en el que nos habíamos quedado, como en cada etapa, Lenù, de la mano de Ferrante, nos anticipa que en los tiempos venideros, resentida con Lila por haber puesto el dedo en la llaga -la culpa, siempre la culpa, y esta vez la culpa respecto a sus hijas- intentará alejarse de ella. Al mismo tiempo, recuerda cuál es el motivo por el que está escribiendo esta novela y concluye que para no perder de vista a Lila ha de hablar de sí misma en la justa medida a riesgo de perder el rastro de su amiga. Aclarado esto, el relato continúa. Lenù, 32 años, agobiada en el estrecho papel de madre y esposa ha de reinventarse y potenciar su imagen a riesgo de ser absorbida por su gran amor de juventud. Retoma su papel de escritora y se lanza al mundo con sus propias armas: la escritura y sus vivencias, armas que confronta con el público, ayudándose así a entender y componer -hay cosas que no se recomponen y hay que comenzar de cero- un nuevo mundo que habitar en un periodo en el que reina el caos dentro y fuera de ella misma. Es un periodo candente, el fin de una época entrañada en su primer compañero, Franco, una época que en su declive estaba arrasando con todas las categorías que habían servido de brújula. Una época de desastres: Uno, el ocaso del sujeto revolucionario por excelencia, la clase obrera; dos, la dispersión definitiva del patrimonio político de socialistas y comunistas, un tanto desvirtuados ya por disputarse a diario el papel de báculo del capital; tres, el fin de toda hipótesis de cambio. El comienzo de otra, muy bien comprendida por su amante del momento, Nino –le gusta más caer simpático a los que mandan que batirse por una idea, un técnico muy servicial- y el mantenimiento de los de siempre, altivos clasistas que desprecian a la plebe y el feminismo, sempiternos gatopardos que siempre están ahí -aquí los Salina son los Airota, la familia de Pietro, su exmarido-. En el desayuno acostumbran a ingeniárselas para imponer un subsecretario y en la cena, para destituir a un ministro.

    Lenù vuelve a Nápoles en cuerpo y alma. Ha de reencontrarse por fin con la madre, entenderla y asumirla incluso físicamente; con su amiga, compartir de nuevo con ella amistad, complicidades, así como antitéticos y gratos periodos de embarazo. Es por Lila -el aparente contrapoder del barrio- por quien sabe de lo que ocurre en el barrio, lo que en realidad se mueve intramuros, lo que suponen las drogas en un barrio tomado, solo que ahora el sistema, los Solara, la camorra -en esta novela sí que la mencionan, lo hace Nino-, puede percibirlo desde dentro. Ambas se enfrentan unidas, pero a su manera, a este sistema. Se produce en la ciudad -y en sus vidas– un terremoto del que Lenù sale reforzada, mientras que Lila, la fuerte, la manipuladora, se desborda. El simbolismo se acentúa, el que viene de atrás y el que surge en la madurez, con la ciudad, con el volcán que todo lo arrasa, con las hijas concebidas a la par, con las muñecas desaparecidas… Sin aportar temas nuevos, arrastrándolos todos en una contextualización admirable, crecen, se retroalimentan, se actualizan, se enriquecen…

    Vejez – Historia de la mala sangre. Comienza en 1995 con su partida de Nápoles, nos adelanta cuáles serán sus pasos más importantes y cómo siente que el mundo al que pertenecía desaparece y ella con él. Después volverá sobre sus pasos para avanzar en los cambios de la vida de ambas, sus nuevos desencuentros, las nuevas heridas. El barrio degenera con las drogas, pero todo sigue progresando, por el camino quedaron y siguen quedando muchos de los personajes adyacentes, todos ellos con funciones vitales en este fresco coral en el que la ciudad es una parte importante de la historia. Cada cual organiza el recuerdo como le conviene y además se necesita un lenguaje común. Lila ha sido absorbida por el dolor y no consiguen volver a encontrarse. Mientras su italiano era traducido del dialecto, mi dialecto era cada vez más traducido del italiano y las dos hablábamos en una lengua artificial. Distintos espectros para los mismos miedos de la infancia: Chernobyl, el progreso como una pesadilla, quiénes serán los nuevos capos (a los Solara se les perdona, a Pasquale, el revolucionario, no). La explotación del hombre por el hombre y la lógica del máximo beneficio, antes consideradas una abominación, volvían a ser en todas partes las bases de la libertad y de la democracia. La clase política se ve salpicada, pero se recupera. Y Lenù ya no es hija, apenas madre o abuela en la distancia, ya no viven cerca y ella ha escrito y publicado sobre algo tajantemente prohibido por Lila. No vuelven a entablar relación. Nuevos miedos y miedos que regresan, como las muñecas y el brazalete de su madre: ¿estará escribiendo Lila, lo hará mejor que ella, se juntarán todas las Lilas (la escritora infantil, la zapatera, la elegante esposa, la artista, la obrera, la programadora informática, la apasionada de Nápoles…) y la superarán? Entonces mi vida entera quedaría reducida a una batalla mezquina por cambiar de clase social.

    Mención especial merecen muchas, muchas cosas de esta larga novela de cuatro libros de seis partes y un epílogo que vuelve la novela redonda, como ese Jardín de las delicias del Bosco que gana enteros cuando lo ves cerrado, porque lo sabes completo, en su finitud infinito. Mención especial, decía, merecen las entradas finales sobre Nápoles, el testigo que Imma, la hija de Lenù, recibe de Lila: el amor, el reconocimiento, la historia de esta convulsa metrópoli, donde las dos amigas han sido y, mal que le pese a Lila, son. Y donde siempre las recordaremos quienes leamos este extraordinario retablo de la segunda mitad del siglo XX y comienzos de este nuestro siglo XXI en el que el sueño de progreso sin límites es, en realidad, una pesadilla llena de ferocidad y de muerte.

Imprescindible

Las deudas del cuerpo de Elena Ferrante

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De nuevo Ferrante lo primero que nos presenta es la relación de personajes que va aumentando, a continuación comienza la novela que, a pesar de abarcar un amplio periodo, consta solo de una parte: Tiempo intermedio, y esta de 123 entradas.

    Antes de situarse donde nos dejó, Lenù nos habla del último encuentro con Lila, su contraego. Fue en 2005. Todos han cambiado, se han marchitado o algo peor -como nos demuestra la irrupción de Gigliola-. Han pasado y siguen pasando muchas cosas -la vida, con sus luces e infinidad de sombras-, la visión del mundo y de Nápoles de Lenù ha cambiado, pero su amiga no está receptiva y cuanto consigue de Lila es la prohibición de escribir sobre ella. Como ya sabemos, Lenù se la está saltando y, con ello, desafiándola, obligándola a no desaparecer, a estar a pesar de todo. Su conflicto amor-odio, su dependencia pervive. Es una conjura, pero también una convocatoria.

    Volvemos al espacio y las circunstancias del último capítulo de Un mal nombre. Una se va, la otra se queda. Lenù avanza por un camino nuevo, el de la escritura, en otro ambiente, intelectual y adinerado, con clase, con mucha clase, para ello ha de romper tabúes y enfrentarse a las costumbres familiares a riesgo de ser incomprendida y vilipendiada –el exceso de estudios me había ablandado el cerebro (…) me dejaba tratar como una furcia…-, ha de afrontar sus propias inseguridades, sus miedos, sus prejuicios –¿Y si mi madre sale de mi vientre justamente cuando creo encontrarme a salvo?-, tomar partido, ser consecuente con las ideas que día a día va perfilando y modificando para conseguir ser ella misma y, por tanto, consecuente con lo que cree pensar. Sin embargo lo que parecía una línea recta, resulta más abrupta: nada es sencillo ni para toda la vida. Hay momentos exultantes y días de abandono, de ajenidad. Ser o no ser. Abandonar o mantener los deseos infantiles. No es asunto baladí, convertirse en escritora, emparejarse con Pietro, una roca a la que agarrarse para salir de Nápoles, para alejarse del servilismo del padre y la zafiedad de la madre, del sistema de prebendas y extorsiones que respira su barrio -sistema le llaman los italianos a la Camorra, qué clarividencia- y descubrir ser la patente de corso de la progresía culta -¿qué soy yo para los Airota, la joya de la corona de su amplitud de miras?-, vivir la contradicciones del candente feminismo bullente de aquellos años en que estaba casi todo por hacer -y en esas seguimos, ¡oh, Lilith!- como madre, como hija, como nuera, como amiga, como esposa, como amante, como ama de casa -quizá esta la más paralizante y a la vez la más reactiva función después de tanto prepararse para comerse o, cuando menos, darle unos mordisquitos al mundo-. 

    Lila se queda y debe sobrevivir dentro del silente sistema que todo lo envuelve y que nadie nombra. Ni siquiera Ferrante. Para ello, también ha de buscarse a sí misma y hacerlo en contra de casi todo lo que la rodea. Es joven, mucho, y no se resigna a renunciar al amor, ni a soportar al cabestro de su marido, ni el yugo -además de yugo, lascivo- del patrón que, no obstante, acaba dependiendo o mejor sería decir pendiendo del mismo entramado corrupto que gestiona Nápoles. Si Lenù se aferró a Pietro, Lila encuentra otro asidero dentro del barrio, Enzo, y es también a través del estudio que este busca su salvación. Mientras la que se fue busca en las palabras, en la reflexión, ellos, asalariados, buscan en la técnica, en el trabajo. Fuera, la teoría, el feminismo, la política de aula (y de salón), dentro, la producción, la lucha de clases efectiva y el nacimiento de la informática. Ese es el carro al que se suben Enzo y Lila. Lila que es un revulsivo para ella misma y allí donde para, sea su hogar, un barrio, una tienda, una fábrica… Sin embargo no es quien quiere dinamitar las estructuras.

Entremedias el amor. Romántico y reivindicativo en Lenù. Escéptico y defensivo en Lila. En la fábrica el amor se convertía en una distracción que atenuaba el cansancio y el aburrimiento, daba una impresión de verdadera vida. La familia y la sospecha de como se reproducen los modelos. Los cambios de la gente de toda la vida, salidas de armario, asesinatos políticos y venganzas camorristas, la habilidad de los dueños del barrio para modernizarse los primeros…

Ambas amigas se cruzan, desde sus distintas posiciones sociales, ambos medios se encuentran y se enfrentan o se apoyan. No existen los compartimentos estancos, el presente viene del pasado y camina hacia el futuro. Ambos espacios se necesitan, se retroalimentan, se contaminan, se agreden. No son realidades paralelas. Al comienzo Lenù se lo intenta decir a Lila que no quiere escucharla: … se trataba de una cadena con eslabones cada vez más grandes: el barrio remitía a la ciudad, la ciudad a Italia, Italia a Europa, Europa a todo el planeta. Hoy lo veo así: no es el barrio el que está enfermo, no es Nápoles, sino el planeta, es el universo, o los universos. Esto se lo dice en 2005, aún ha de transcurrir La niña perdida.

Novela de tránsito imprescindible. Con y sin coma.

Un mal nombre de Elena Ferrante

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Es la segunda novela de la tetralogía napolitana, tras La amiga estupenda. Un mal nombre solo contiene una parte, se titula Juventud y consta de 125 entradas.

     Comienza Lenù hablándonos de una caja metálica con ocho cuadernos que Lila le entrega haciéndole jurar que no los leerá. En su interior está Lila, clara y contundente. Lee todo y después lo tira al río, pero con 66 años, que es cuando emprende esta narración para convocar o para no olvidar, recuerda perfectamente, lo que le permitirá a la narradora profundizar en la vida y los sentimientos de su amiga, incluso entrar en su pensamiento durante un breve fragmento, el 113.

   Retoma el relato exactamente donde lo dejó, en el banquete de bodas. La adolescencia queda atrás para ambas, pero sobre todo para Lila que pasa a formar parte del universo femenino adulto -… qué es esta argolla de oro, este cero brillante dentro del que he metido el dedo-, dándose de bruces con una tela de araña que envuelve el barrio entero, custodiada por una ley del silencio antigua, conocida y respetada por todos y por todas, de la que son artífices los mafiosos del barrio, antiguos compañeros de colegio. En este contexto profundamente machista en el que las mujeres tienen una función clara de sometimiento y obediencia -… unas veces tocan bofetones, otras veces tocan besos…- y un fin fundamental, la procreación, ellas mismas presionan, temen y condenan el rechazo de este papel tradicional. Lenù las observa: … Parecían haber perdido los rasgos femeninos que tanto nos importaban a nosotras, las muchachas (…) Habían sido devoradas por el cuerpo de sus maridos, de sus padres, de sus hermanos, a quienes terminaban por parecerse cada vez más a causa de las fatigas o la llegada de la vejez, la enfermedad. ¿Cuándo empezaba esa transformación?… En el juego de espejos que desarrolla con Lila, en el que tanto se aproximan como se alejan, no deja de admirar su coraje y reconocer su sinuosa rebeldía, y al mismo tiempo esto le sirve para tener algo muy claro: estudiará, se irá de allí. Ni una ni otra son personajes lineales, una se queda en el barrio, pero es la que quiere partir quien reconoce en sí misma maneras que se transmiten de generación en generación: la voz melosa de las mujeres, la máscara de docilidad y sumisión del padre, el temor de ambos… Cada una desea y aborrece al mismo tiempo, alternativamente, lo que la otra tiene.

     En determinado momento Lila acepta su rol y asume voluntariamente el nombre que le corresponde que no es Raffaella Cerullo de Caracci, sino Señora Caracci. Acepta todo, el dinero sucio del esposo, su papel de incubadora, de sparring, de tendera… Pero solo tienen 19 años y la historia progresa. Lenù vive su despertar de otra manera, el estudio la sitúa fuera del barrio, aunque ella siga dentro de él, aunque el barrio siga dentro de ella. Ambas desconfían, se observan de lejos o de cerca, se enfrentan, se ignoran, se tienen en cuenta, se quieren, y en este largo proceso, se retroalimentan. Lenù teme que si Lila vuelve a estudiar la supere, Lila pretende despreciar el discurso intelectual que ya no se siente capaz de alcanzar. Mientras, en Nápoles, algunos amigos intentan cambiar y no ven la violación como una forma de relación válida, los mayores envejecen y las riendas cambian de generación aunque no por ello se aflojan, la conciencia de clase va creciendo entre algunos de ellos. Y Lenù consigue alejarse e ir a estudiar a Pisa. Allí se le abre un mundo diferente en el que va, mal que bien, encajando y lo hace, en parte, no tanto a través de su dura dedicación a los estudios en los que es brillante, como a través de algunos hombres que la eligen, cuya posición la ilumina a los ojos de los demás y la impulsa. Sin embargo, cuando vuelve a Nápoles, siempre con el temor de no poder salir de allí, repara en que lo que ha aprendido en su ciudad natal, con Lila como referente en muchas ocasiones, a defenderse con uñas y dientes, le ha sido de gran utilidad en Pisa, ahora bien, lo que ha aprendido en Pisa, los buenos modales, la voz y el aspecto cuidados (…) eran muestras de debilidad que me convertían en presa segura, de esas que no se libran. Ah, Nápoles, abigarrado e intenso telón de fondo que respira por dentro y por fuera de las dos amigas.

     La tetralogía continúa. Siguiente: Las deudas del cuerpo. Y sigue siendo excelente. Imprescindible.

La amiga estupenda de Elena Ferrante

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Elena Ferrante con sus Crónicas del desamor, tres breves e intensas novelas centradas en tres diferentes episodios -o podríamos decir 3 papeles: hija, esposa, madre- cuestiona y despliega presente y pasado de cada protagonista. El futuro queda, como tal, abierto. La amiga estupenda va más lejos y aborda dos vidas y su estrecha y vinculante relación de amistad con sus dependencias, equívocos, encuentros y desencuentros.

     Elena Greco, Lenú, tiene 66 años cuando su amiga Lila -Lila para ella, para los demás Lina o Raffaella- desaparece sin dejar el menor rastro de su existencia. Cabreada, comienza la historia de Lila que es también la suya: Veremos quién se sale con la suya. A continuación procede con su infancia y su adolescencia. Las de ambas, ligadas desde el principio por una atracción mutua y por una amistad sellada en la búsqueda de sus dos muñecas perdidas -inevitable recordar la muñeca de La hija oscura y dar vueltas a todos los significados que ese juguete tan sexualmente definido puede tener en la obra de Ferrante y en la vida de las niñas y de algunos niños, cómo no-.

     La Infancia es también la Historia de don Achille, el cacique del barrio. Desde el comienzo ambas tienen un papel, Lila es la mala, la lista, la de piernas ágiles y valentía feroz; Lenú, la rastreadora de sus vidas y sus relaciones, acepta lo que entiende como hechos probados, conformándose con ser la mejor después de su amiga, se presenta a sí misma como una niña que busca agradar, ser aceptada y un tanto despegada de sus actos. Crecen en Nápoles y es esta ciudad la tercera protagonista de la novela. Un barrio obrero con su cacique omnipresente, temido y silenciado en cada casa. Una escuela donde las jerarquías se sienten y se visibilizan, las diferencias van inscritas en cada uno de los niños o de las niñas, pero ellas, las alumnas, cuentan con otro enemigo tan peligroso y es el propio hogar. Cualquier hombre, ya sea padre o hermano, … en una cadena de agravios que genera agravios, descargaba sobre los familiares y las mujeres, las madres en apariencia silenciosas y complacientes, cuando se enfadaban iban hasta el fondo de su rabia sin detenerse nunca. Las hijas pues están al final de la cadena de revanchas y crecen en el miedo. En el miedo a todo. Es época de posguerra … nuestro mundo estaba lleno de palabras que mataban: el crup, el tétanos, el tifus petequial, el gas, la guerra, el torno, los escombros, el trabajo, el bombardeo, la bomba, la tuberculosis, la supuración… Sin embargo Lila no parece temer a nadie. A finales de la primaria ellas, que gustan de leer y de aprender, están convencidas de que el estudio les proporcionará la riqueza.

     La adolescencia es también la Historia de los zapatos, zapatos que pondrán los pies de Lila sobre la tierra que le corresponde –Los sueños de la cabeza han acabado bajo los pies-, que definen a Nápoles. Nápoles: Sin amor, no solo se seca la vida de las personas, sino también la de las ciudades. Termina cuando ambas tienen dieciséis años y vidas muy diferentes. Dos evoluciones que se separan y una misma clase social. Dos cuerpos y dos intelectos unidos y dispares que se quieren, se siguen, se enfrentan, se separan, se buscan, se miran entre sí. Pero es Lenú quien lo cuenta y para contar necesita -y teme y envidia- a Lila. Conflictos con el cuerpo, con el sexo, otra mirada sobre el entorno y un concepto de riqueza diferente que toma el testigo de Don Achille. Y la confirmación de que la plebe, por la que la profesora Oliviero preguntaba a Lenú … éramos nosotras.

     Me importa muy poco quién es Elena Ferrante. Sabe muy bien sobre lo que escribe, sobre quién escribe y lo hace de forma magistral. No juega con el lector. Tan claro quiere que esté todo que, antes de empezar, nos presenta a los personajes con los triviales datos que ubican a cada cual en su familia, en su casa. La infancia es breve y define a la perfección de donde parten. La adolescencia es turbia, confusa, equívoca y arranca con un episodio que la define a la perfección. Un desbordamiento. Y es Lila quien lo padece, no Lenú, víctima no obstante de granos, miopía… La narrativa no es lineal, pero se desliza como la seda con orden y gran concierto. Le siguen otras tres novelas que conforman la vida de dos amigas y mucho más. Imprescindible.

Crónicas del desamor: La hija oscura de Elena Ferrante

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Es la tercera y última crónica del desamor. Del desamor y de la soledad. De nuevo una mujer de mediana edad que, mientras en El amor molesto se enfrentaba al papel de la madre y en Los días del abandono era el rol de esposa el que la cuestionaba, en La hija oscura desde el título sabemos cual es el papel a desplegar, si bien, necesariamente, las tres representaciones asignadas a la mujer, -madre, esposa e hija- se cruzan, se enfrentan, se buscan, se rechazan.

      Leda se despierta en el hospital. A continuación desgrana, a lo largo de los siguientes 24 capítulos, por qué llegó hasta ahí. Por fin es libre. Las hijas, ya criadas y convenientemente educadas, están en Canadá con el padre, su exmarido, un buen hombre. Las primeras vacaciones sin ataduras y con gratificantes tareas pendientes, además se siente bien, rejuvenecida. Un cierto resquemor de camino y ya el primer fin de semana todo parece torcerse: la playa se llena, la prototípica familia napolitana -tan similar a la suya en la infancia- irrumpe en su parcela de arena y es objeto de su curiosidad, de sus filias y de sus fobias. La hermosa estampa de una joven madre con su hija y una muñeca vieja de la que no se separa ha sido el foco de su atención en contraste con el resto del clan, de belleza más ruda y primitiva. Un gesto impulsivo y difícil de explicar, el no saber enmendarlo a tiempo y un, si no morboso, sí obsesivo interés que acaba resultando recíproco entrecruzan breve, pero intensamente, las vidas de la joven madre y de la ahora infértil Leda. Al hilo de esta relación revisa la suya con sus hijas, su sobreesfuerzo en los primeros años, su huida, su incapacidad como modelo a seguir. La muñeca desaparecida como inequívoco símbolo de aquello a lo que las niñas se aferran, espejo invertido de lo que de ellas se espera, y la frustración que puede nacer de una pérdida o de un acto irreflexivo e inexplicable acaban enredando a la propia Leda con el presente y el pasado, con su progenie y el nuevo entorno social, con su propio protagonismo mal asumido y su deseo de reconocimiento.

      Es de nuevo una novela de alta intensidad y, como tal, encierra una herida aguda, interna, profunda. Una herida punzante, como hecha por un alfiler largo, de esos con los que se sujeta un sombrero.

      Son unas crónicas abiertamente interiores, sin cronotopo definido, podrían darse en cualquier lugar o tiempo, aunque se sientan vecinas por el asfixiante y preciso entorno de cada una de ellas. El detonante es siempre una separación, los hechos son breves, transcurren en pocos días, la protagonista ha de encontrarse consigo misma y afrontar los recuerdos y el miedo, la decepción, el desconcierto, la esperanza…, y resolver la situación. Son una inmersión en la vulnerabilidad, en la fragilidad de las certezas y de los sentimientos narrada con una extraña sencillez, precisa y acorde a cada caso. Poliédrica y reconcentrada con la madre; vertiginosa y crispada en la mujer abandonada; contradictoria, misteriosa, irónica, abierta, absurda, perfectamente asumible… La hija oscura.

      De obligada lectura. Así lo dijo José María Guelbenzu en una reseña sobre estas Crónicas que le leí hace tiempo. Le hice caso. Siempre se lo agradeceré.

 

Crónicas del desamor: Los días del abandono de Elena Ferrante

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La voz de una mujer de treinta y ocho años, tras quince de matrimonio, nos cuenta el proceso interior que atravesó para recomponerse después de que su marido le comunicase que la dejaba. Es su tercera crisis matrimonial y al súbito vacío de sentido que acompañó a cada una de ellas, le sobrevienen rápidamente las consecuencias prácticas del abandono que inevitablemente conducen a Olga -no sabemos como se llama hasta el capítulo 8 y por boca de él, Mario- en un retroceso vertiginoso, hasta los olvidados y temidos miedos infantiles. Porque se trata de un doble abandono: el que la protagonista ha hecho de sí misma, prescindiendo de su esencia para convertirse en un ama de casa cuyas decisiones y demás opciones descansan sobre su cónyuge; el que padece al encontrarse desnuda de iniciativas, deseos, voluntades y demás querencias y verse sola frente a la vida: los niños, el perro, la compra, la comida, la cena, el dinero… No es que él aportara mucho, pero estaba ahí y, erróneamente, eso le daba seguridad, en consecuencia, lo primero que se instala en ella y en su hogar es la incertidumbre (un simple lagarto que se cuele entre sus paredes puede desatar un drama familiar). Con ella, la perplejidad y el dolor, un montón de palabras muertas; la esperanza y el despecho, el desasosiego y el temor de comprender, la atribulada búsqueda de un orden en el que ya no cree y, sobre todo, una disolución pormenorizada y agónica de su identidad, con saltos al pasado -aquella, La Pobrecilla, la que perdió hasta el nombre, a quien no sabían cómo dirigirse los vecinos, ella a quien no saben cómo dirigirse los amigos- y sin visos de futuro. A medida que avanza en su proceso de extinción como esposa, se tambalean todas las facetas de su personalidad, su temor a los sentimientos ruidosos, extrovertidos, se disuelve y da paso sucesivamente a actuaciones compulsivas vertebradas en asuntos cotidianos que la invaden -como las hormigas, que acaba extinguiendo y, con ellas, quién sabe si al perro, mascota, básicamente, de su marido y con el perro, finalmente, a él mismo, a Mario-. A partir del capítulo 15, cuando los ve juntos y con los pendientes que le pertenecieron -y la reconoce, reconoce su edad y el pasado común, con ella, con la otra- se desarrolla la catarsis que Ferrante desmenuza implacablemente. El filo de la locura, la disolución de la coherencia, la cuasi ruptura con los lazos reales, afectivos, maternales, cotidianos, que Olga atisba por momentos. El lenguaje, capítulo a capítulo, se ha ido haciendo más descarnado -también más obsceno-, y los acontecimientos también. Las imágenes del pasado y el presente, los libros que ella fue y que tuvo, los personajes que la toman o la dejan, la disociación frente a su hija y frente a sí misma llegan a su punto culminante y los hechos acompañan, son el reflejo de su caos. A partir de ahí, la sima o la regeneración. Y vuelve el mundo a un orden aparente que hay que mantener en su sitio. Tan cerca la locura.

      Brutal, auténtica, genuina Elena Ferrante. Si en El amor molesto el presente se recomponía con dolorosos fragmentos disueltos en el pasado, en Los días del abandono, a la pendiente, cada vez más vertical y rotunda por la que se desliza la protagonista, no le resta ni un segundo de desconsuelo. Se me han caído a pedazos la razón y la memoria. La ola de rabia y angustia que crece página a página inunda a quien la sigue y respiras al final, aliviada la lectora o el lector de que quede un remanso, sea cual sea. Imprescindible, única, singular.