El rojo y el negro de Stendhal

Henri Beyle, como Voltaire que riza el rizo con otro pseudónimo para su libérrimo Cándido, como su admirado Molière, a cuyo Tartufo tan próximo se encuentra el protagonista, Julien Sorel, sólo publico con su nombre una obra, eligiendo Stendhal como sobrenombre a partir de los 34 años, pero manteniendo el hábito de cambiar de identidad en su correspondencia y en sus obras más personales -dejó unas cuantas inacabadas-. Los motivos quedarán para las diversas disquisiciones, desde su deseo juvenil de ser músico, comediógrafo, seductor de mujeres, italiano, o el desprecio hacia su padre, el desproporcionado amor a su madre, o el simple juego alusivo o no, etcétera, etcétera. Publica El rojo y el negro en 1930 y lo subtitula Crónica del siglo XIX, si bien, tanto la primera parte como la segunda, llevan por título Crónica de 1830 y la novela, a medida que va avanzando, recoge acontecimientos, ahora ya históricos, que necesariamente tenían que estar sucediendo en los días de su creación.

     El rojo y el negro es o podría ser una novela de aprendizaje en la que Stendhal se vale de sí mismo, de quién fue él, a lo que aspiró o pudo aspirar, su timidez junto a su osadía de juventud, su orgullo en ocasiones iracundo, su extravío en medio de la sociedad parisina donde al principio no encajaba. Un homme malhereux en guerre avec la société*. Es también trasunto del caso Antoine Berthet -que no voy a desentrañar porque siempre habrá alguien que no la haya leído y uno de los placeres de leer es ir descubriendo-, cuya línea argumental, entonces conocida, pero no como ahora -en algún momento se pregunta Lucien si podrán los periódicos sustituir al clero a la hora de formar ¡oh, visionario! Si llega a conocer la televisión…- está imbuida de la sin duda feroz lucha de clases en la que nobleza y clero se resistían a la pérdida de sus privilegios. Es una magistral inmersión psicológica en su principal protagonista y, en menor medida, en las mujeres de su vida y en sus distintos empleadores y consejeros, con un precisión y una frescura no entendida por muchos en su tiempo -Hugo la encontraba deleznable, claro está que las formas de narrar están en la antípodas, además Stendhal dictaba sus textos lo que les da una especial ligereza y musicalidad-. Sorel persigue la gloria e, inconscientemente, busca la ternura que Stendhal perdió a los siete años con la muerte de su madre y que su protagonista encuentra en Madame Rênal, su primer amor, su amor de provincias, tan diferente a su amor en la gran ciudad, París, plagado de subterfugios, imposturas, artificios e intereses. Es una recreación de avatares políticos en los que Lucien Sorel se ve enredado con paradigmática naturalidad y que va desentrañando a la par que el lector -para refrescar memoria, quien la vaya perdiendo o no la tenga y poder aprehender toda la amplitud de esta obra, es bueno revisar qué se cocía en ese año de la Restauración-.

     Dos partes, dos períodos en la vida de Julien. El arranque es una breve descripción de un lugar imaginario, Verrières, y al tiempo que lo describe, sabemos de qué viven, quién manda, por qué, los valores que priman, todo con un toque de sobria ironía y en cuatro páginas. La primera parte, su salida de la casa paterna donde padre y hermanos trabajan duramente en el aserradero, oficio para el que no vale pero donde, a pesar del desprecio de que es víctima, consigue formarse cultural y políticamente por un viejo cirujano bonapartista pariente de los Sorel, y religiosamente gracias a un cura jansenista M. Chélan. Esta educación le permite entrar al servicio del alcalde Monsieur Rênal y señora, con el objeto de enseñar a sus hijos. Julien es muy joven y ambicioso, desea llegar lejos y esta es una inmejorable ocasión. Aquí conoce el amor y a manejarse en sociedad, pero en una sociedad provinciana y, tras pasar por el seminario, donde de nuevo está bajo la protección de otro padre jansenita, su instrucción puede darse por terminada. La baza que le posibilita introducirse en este mundo, además de una prodigiosa memoria por la que recita en latín las Escrituras, es su deseo de entrar al servicio de Dios, sinuoso e hipócrita deseo ya que su corazón y su razón son de Napoleón. Quand Bonaparte fit parler de lui, la France avait peur d’être envahie: le mérite militaire était nécessaire et à la mode. Aujourd’hui, on voit des prêtres, de quarante ans, avoir cent mille francs d’appointements, c’est-à-dire trois fois autant que les fameux généraux de Napoléon. Il leur faut des gens qui les secondent. Voilà ce juge de paix, si bonne tête, su honnête homme jusqu’ici, si vieux, qui se déshonore par crainte de déplaire à un jeune vicaire de trente ans. Il faut être prêtre**. He aquí el color negro. Sobre el rojo corre tinta ya que dijo Stendhal a sus amigos que era el color del ejército, pero el ejército napoleónico iba de azul y el propio Julien recuerda las capas blancas que por Verrières lucía un regimiento que despertó sus ansias de ser soldado. Bien puede ser el color de los labios de las mujeres que tanto papel juegan en el destino del protagonista. Elle n’est point jolie. Elle n’a point de rouge *** (Frase de Sainte-Beuve que encabeza la segunda parte). O mismo el de la sangre que con tanto frenesí bombea en los momentos de arrebato. Además era Stendhal muy dado a las imposturas y no sólo con los nombres. Muchas de las citas que introducen cada capítulo no pertenecen al autor citado, empezando por la que encabeza la obra, atribuida a Danton. Se salvan siempre las de su admirado Lord Byron.

     La segunda parte conduce a Julien a París. Aquí la inmediatez de los hechos históricos que Stendhal está viviendo hace irrupción y la manera que el autor tiene de enredar a Julien en los grandes sucesos que en aquellos momentos de efervescencia política acontecen enriquece el relato y añade contenido sin recurrir a narraciones adyacentes. Ya en el primer capítulo, a través de una conversación, Julien y quienes le seguimos somos testigos, mediante una conversación en la diligencia, de los conflictos que se arrastran tras la revolución, conversación sobre la que el propio autor nos informa: La conversation fut infinie, ce texte va occuper la France encore un demi-siècle****. Al entrar Sorel de ayudante del M. de la Mole, ministro del rey, Carlos X, su posición es privilegiada para acceder a asuntos conspiratorios y avatares que están candentes en 1830, por otro lado un nuevo amor, más civilizado -en el peor sentido de la palabra- desvía su norte y cae víctima de sus propios afanes, sus contradicciones, sus hipocresías. Sin embargo, frente al entorno que Stendhal ha descrito, Julien es un damnificado, su farsa no deja de ser fruto de una injusticia consustancial a una sociedad artificiosa, mucho más farisaica y  en la que la educación de los pobres representa un peligro. ...Les hommes de sa société répétaient que le retour de Robespierre était surtout possible à cause de ces jeunes gens des basses classes, trop bien élevés*****.

     Una novela extraordinaria, abundante en vertientes, profusa en perfiles, incomprendida en su tiempo pues, indudablemente, el autor, que fue ingenuo, hipócrita -un Tartufo más moderno, menos teatral, más reivindicativo, más profundo-, seductor, romántico, soldado, viajero, amante de la música que dejó su epitafio escrito en el que rezaba y reza: Errico Beyle, milanais, a vécu, écrit, aimé. Cette âme adorait Cimarosa, Mozart, Shakespeare******, beylista (tenía su propia manera de alcanzar la felicidad), clarividente (supo que su obra sería valorada a finales de siglo), etc., el autor, en resumen, se adelantó a su tiempo y adelantó otras formas de narrar que aún ahora permanecen lozanas y en desarrollo. De obligada lectura y relectura.

* Un hombre desgraciado en guerra con la sociedad.

** Cuando Bonaparte dio que hablar, Francia tenía miedo de ser invadida: el mérito militar era necesario y estaba de moda. Hoy vemos que sacerdotes de cuarenta años tienen un salario de cien mil francos, o sea, tres veces el de los famosos generales de Napoleón. Necesitan gente que los secunde. He ahí ese juez de paz, tan buena gente, tan honesto hasta ahora, tan viejo y que se deshonra por miedo a desagradar a un joven vicario de treinta años. Es necesario hacerse sacerdote.

*** No es nada bonita. No lleva rojo alguno. “Rouge” se utiliza en francés para referirse al lápiz labial.

**** La conversación fue infinita, este texto va a tener ocupada a Francia durante medio siglo.

***** Los hombres de su sociedad repetían que el regreso de Robespierre era posible, sobre todo, a causa de esa gente joven de las clases bajas, demasiado bien educada.

****** Errico Beyle, milanés, ha vivido, escrito, amado. Esta alma adoraba a Cimarrosa, Mozart, Shakespeare.

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La ciudad de las mujeres de Cristina de Pizán

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Cristina de Pizán escribe La ciudad de las mujeres en 1405, 523 años después, en 1928, Virginia Woolf sigue dándole vueltas al mismo tema en las charlas ante las estudiantes de la Universidad de Cambridge que constituirían Una habitación propia. Cristina sí la tenía, pero le costó años de litigios conservar su herencia, muertos su padre y su esposo, así pues, ella sí se retira a su “étude” y con este acto arranca esta alegoría y defensa de las mujeres que, ya en su tiempo, dio amplio lugar a polémicas entre los doctos varones de su tiempo. Recibe la ayuda de tres Damas: Razón, Justicia y Derechura (este término, tan francamente feo, ha sido seleccionado por la traductora, por un lado para recoger el sentido de la palabra Droitture que alude tanto a lo judicial como a lo geométrico y, por otro, para alejar cualquier connotación del rigor religioso que el término “rectitud” suele llevar anejo). Son ellas quienes invitan a Cristina a levantar una Ciudad desde donde las mujeres puedan defenderse de tan perversa y continuada agresión, mezclando con tinta la argamasa que las tres van a proporcionarle. Esta ciudad tomará los materiales de un enfoque y una lectura diferente acerca de los papeles que figuras femeninas, tanto históricas como legendarias y literarias, jugaron desde un tiempo que no figura en los escritos hasta aquel remoto y recién estrenado siglo XV. No deja de ser interesante el hecho de que Virginia Woolf, 5 siglos después, eligiera también apoyarse en tres personajes igualmente ficticios, Mary Benton, Mary Senton y Mary Carmichael, para defenderse de, si no tan contumaces ataques, por lo menos igualmente sectarios e interesados -lo de machistas o patriarcales, casi que sobra decirlo-, y concluir que lo que las mujeres necesitaban era poseer un espacio y una renta, haciéndolo, no desde una ciudad en femenino, pero sí desde una universidad para jóvenes del sexo “débil”.

     Quien se acerque a este libro buscando información fidedigna sobre las acciones de las mujeres en la Antigüedad, encontrará una absoluta falta de rigor, falta de rigor igualmente achacable a aquellos a quienes rebatía. No se trata de una historia de las mujeres, sino de un recopilación de personajes femeninos desde una perspectiva prefeminista, lejos de los estereotipos aceptados y consensuados, y de la refutación de un argumentario francamente ofensivo y denigrante. Para ello la autora, resultándole difícil asumir como propia de su persona y de la de tantas otras la imagen recibida, primero cuestiona la autenticidad de los tópicos transmitidos por el saber masculino que se podrían resumir en filósofos, moralistas, todos parecen hablar con la misma voz para llegar a la conclusión de que la mujer, mala por esencia y naturaleza, siempre se inclina hacia el vicio. Y para empezar, desde esta alegoría, recurso tan en boga en aquellos tiempos, se dirige hacia el Campo de las Letras pertrechada con la azada de la inteligencia y dispuesta a cavar hondo -no era para menos- con la ayuda, en primer lugar de la dama Razón. Y cavar hondo en ocasiones requiere -metafóricamente hablando, claro está- una cierta exhaustividad por lo que esta parte, dedicada en profundidad a desmontar pretendidos razonamientos hoy denominados misóginos, es, sin duda, la más ardua y desarrolla las respuestas a preguntas que Cristina le va haciendo a Razón, preguntas que se originan en Ovidio, Catón, Aristóteles y un largo etcétera y cuya contestación permitirá asentar las primeras piedras en la base de los muros del nuevo baluarte: heroicas damas de la guerra como Semíramis o las Amazonas; de la política, como Nicaula, la reina de Saba, o Fredegunda y otras nobles; de las ciencias y las artes como Safo, Ceres, Minerva, –Te vuelvo a decir, y nadie podrá sostener lo contrario, que si la costumbre fuera mandar a las niñas a la escuela y enseñarles las ciencias con método, como se hace con los niños, aprenderían y entenderían las dificultades y sutilezas de todas las artes y ciencias tan bien como ellos.- y por último damas dotadas de buen juicio, entendiendo por juicio la capacidad de reflexionar sobre lo que se quiere emprender para llevarlo a buen término como Dido o la Gaya Cirila. En la segunda parte, Derechura le proporcionará el material que solidificará el muro y, dado que aún casi estamos en la Edad Media, son sibilas, profetisas, hijas y esposas devotas y entregadas, discretas, prudentes, honestas, etc. que rebaten zafias aseveraciones sobre el talante femenino: que si son cotillas, cónyuges furibundas y amargadas, coquetas, que si les gusta que las violen…, a qué seguir. La lista de menosprecios es larga, mas la cantidad de mujeres con las que refuta tamañas tropelías es profusa y en este caso mucho más amena, a fin de cuentas son las piedras preciosas que trabarán las murallas de palacios y mansiones en la nueva Ciudad. Reformula el enunciado haciéndose portadora del discurso oral y doméstico silenciado a otra luz, la que no pasó a los escritos y que por lo tanto es, era, inexistente. Por último llega el turno de Justicia y, con ella, de la religión y la Reina de los Cielos. Esta es la parte más corta en la que un breve martirologio de santas, beatas y mártires con María a la cabeza consagran la ciudad. El feudalismo está siendo transformado y la Iglesia dicta (siempre que puede, lo hizo, lo hace y lo hará), nadie es ajeno a su poder y la fe se da por sentada, así como los mandamientos y la servidumbre. No obstante muchas de las frases rebatidas no han desaparecido, han pasado más de seiscientos años y su desiderata final no podría ser más asumible: Huid, damas mías, huid del insensato amor con que os apremian. Huid de la enloquecida pasión cuyos juegos placenteros siempre terminan en perjuicio vuestro.  (…) Acordaos de cómo los hombres os tienen por frágiles, frívolas, fácilmente manejables y en la caza amorosa os tienden trampas para cogeros en sus redes como animales salvajes. Huid, queridas amigas, huid de los labios y sonrisas que esconden envenenados dardos que luego os han de doler. Alegraos apurando gustosamente el saber y cultivad vuestros méritos. Así crecerá gozosamente nuestra Ciudad.

     Convengamos que Virginia dio un paso más sobre la forma de conseguirlo, aunque ambas estaban lejos de llegar a aquellas que no tenían -ni tienen- acceso a la educación. Ambas presentan más de un paralelismo, escritoras e impresoras que fueron de sus propios libros, iluminados los de Cristina por sus ayudantes y los de Virginia por su hermana, ambas, en algún momento, desearon ser hombres y en alguna de sus obras fabularon con ello. ¡Qué corra más la igualdad y no pasen otras tantas centurias para volver a leer otra defensa de las mujeres o peor, para que alguna -o alguno, que también los hay- tenga de volver a escribirla!

Canción dulce de Leïla Slimani

 

Leïla Slimani nació en 1981, llegó a Francia con 17 años desde Marruecos y en 2016 ganó el premio Goncourt con su segunda novela, Canción dulce, publicada recientemente en castellano por la editorial Cabaret Voltaire.

Luisa no es una institutriz como Jane Eyre, tampoco en una interna, es una mujer francesa contratada legalmente para cuidar de un bebé y una niña pequeña, por una joven pareja de jóvenes y ambiciosos emprendedores con estudios y aficiones: él, dedicado al mundo de la música, de buena familia, madre progresista, padre adinerado; ella, de origen magrebí, alumna aventajada de derecho que no ha querido renunciar ni a la maternidad ni a realizarse profesionalmente. La novela no quiere ser una novela de intriga y comienza desvelando desde el principio el terrible crimen cometido, no es, pues, cuestión de saber cómo terminará todo, sino qué y por qué pasó. Expuesto lo peor, la autora retrocede y, en primer lugar, describe el proceso que condujo a la decisión de buscar una niñera, proceso que surge, naturalmente, de una necesidad materna. En esta exploración desde atrás, Leila Slimani intercala capítulos con nombres propios sobre el pasado más lejano o reciente de Luisa. Quien lee asiste a una reconstrucción en la que, llegados al momento de máximo idilio entre empleadores y empleada con unas vacaciones todos juntos, los vínculos se van corroyendo, la individualidad de Luisa se impone poco a poco, su realidad, interesadamente obviada, aparece, es molesta y crece la tensión mientras la historia de Luisa avanza, siempre a través de terceros personajes. Entre estos testigos no están los padres de Mila y Adam, cuya evolución va envuelta en el devenir ineludible. Una prosa sobria y poética que usa del presente para seguir la relación que se establece entre patronos y niñera, así como la evolución del trío, y que usa del pasado para ir estableciendo marco, escenario, actores y actrices en la vida de Luisa. Sin cargar las tintas, expone con exquisita, en ocasiones lírica, siempre triste sensibilidad las posibles respuestas a preguntas sin formular. Myriam, la madre que desgarra con su grito el primer capítulo, es abogada y de penal, ella busca como defender lo a veces indefendible: Debemos probar que tú también eres una víctima. La niñera no existe para ellos fuera del hogar. No tiene historia, solo tiene la capacidad de suplirlos hasta un cien por cien cuando es necesario. Regularmente. La inmediatez de su vida, sus absorbentes trabajos, su propio egoísmo encuentran la salvación en una persona a quien no conocen y que no les interesa, únicamente les sirve y muy por encima de lo que ellos soñaban conseguir. Luisa es una mujer inmadura -por momentos diríase una niña de imaginación perversa incapaz de afrontar sus problemas- saturada de intimidades ajenas que, quizá de tanto dar, se agostó. Slimani desgrana con gran habilidad, sin ruidos ni estridencias, dos conflictos -y más- que se le presentan a la joven y arrojada burguesía –bobo les llaman en Francia, de burgués y bohemio- que ha crecido con la convicción de que lo puede todo con dinero y voluntad, sin renuncias: quién lleva el control de sus vidas y el/la otra existe y tiene su propia vida, sus propios conflictos. Dependencias y aislamiento. Uno de los testimonios que cruza el texto para forjar a Luisa es el de una vecina, Rosa Grinberg, que piensa que ella podría haber cambiado el rumbo de los acontecimientos si Luisa no le hubiera apretado tanto el puño, si no le hubiera clavado sus ojos negros, como una injuria o una amenaza… Dos citas encabezan el relato, una de Kipling acerca de la indiferencia de la empleadora hacia las circunstancias de su empleada, otra de Crimen y castigo en la que Raskolvikov recuerda la pregunta que le hizo Marmeladov -el borracho infeliz, padre de Sonia-: ¿Comprende usted, Señor, comprende lo que significa no tener adónde ir?  

      Una novela escrita con suma inteligencia, de una prosa cálida, descriptiva, ajustada, de una acidez no exenta de ironía, que establece el marco y se acerca respetuosamente a los protagonistas sin moralismos. En buena lógica la carga cae con más peso sobre los personajes femeninos, inevitablemente lastrados por la dependencia y el deseo de lo que viene impuesto por una sociedad opulenta y veloz. Y como todo lo que toca estos temas, da para discutir, si bien Leïla Slimani es naturalmente considerada en lo que al tema se refiere. Muy recomendable. 

Lo bueno de la verdad y La teoría King Kong de Virginie Despentes.

Lo bueno de verdadTeoría KingKong

Virginie Despentes saltó a la fama internacional gracias a la película Baise-moi (Fóllame) que, en Francia, fue polémica, perseguida y finalmente prohibida para los menores de 18 años -el cine porno se puede ver a partir de los 16-. No hay mejor publicidad -aquí casi que me dan ganas de decir marketing-. Lo bueno de la verdad es su tercera novela; la primera, la que le abrió las puertas del mundo editorial, fue Fóllame, publicada siete años antes de filmarla la propia autora. Y, como nos cuenta en La teoría King Kong, es a un crítico del Fóllame escrito a quien debemos el título de la novela que nos ocupa, pues, condescendiente y didáctico, citó a Renoir: Les films devraient être faits par de jolies femmes montrant de jolies choses (“Las películas deberían estar hechas por chicas bonitas mostrando cosas bonitas”). Quiero imaginar que la traducción fue consensuada con la autora, pero no le veo yo ningún aquel con Lo bueno de verdad. Le quita a este cuento perverso, deslenguado y personal, una buena dosis de la picardía que encierra.

      Dos hermanas, Claudine y Pauline, recién llegadas al mundo de la farándula musical parisina. Cada una se adapta a su manera y acaban superponiéndose a pesar de sus opuestos caracteres dentro de una trama de suplantaciones. Posibles desdoblamientos de Virginie Despentes que sin duda guarda más -por ejemplo en Bye, bye, Blondie-. La prostitución, la pornografía, las drogas, la imagen, el sufrimiento por la imagen, el peso de la imagen, la imagen al natural o disfrazada, el uso de la imagen, la dependencia de la imagen… Entorno, una industria, la que ella dice conocer mejor, la musical, y lo que gira o se enreda alrededor de ella.Todo desde un apartamento en un barrio marginal, de mayoría emigrante y frecuentes peleas.

      Se desarrolla en un año, Despentes dice haberla escrito en unos pocos días y puesta de coca -algún tiempo dedicaría después a pulirla, digo yo, por vulgar que pueda resultar el vocabulario, está bien trazada y resuelta-. Empieza en primavera, el periodo más largo y buena época para el suicidio. Transcurre en presente con algún salto al pasado común de ambas gemelas, pasado en el que también se enfrentan y se alternan en el papel concedido por el padre. Tres figuras masculinas y dos diferentes estrategias de seducción frente a los rituales de dominación masculina -una alienante, otra controlada-.

      El lenguaje sin perífrasis, directo, claro, ágil, eficiente. Centra los diferentes encuadres, sigue primero a la más procaz, acompaña después en su transformación a Pauline, intercala diálogos. Llama a las cosas por su nombre, no busca empatía ni simpatía y va cuestionando actitudes, juicios, hechos, etc., lanzando dardos críticos desde los ojos de sus álter ego. Vamos que da mucho juego y, como tenía a mano la Teoría King Kong, decidí completar mi lectura de Despentes ya que parece poner mucha carne en el asador y de la propia.

      La Teoría King Kong se publicó en 2006. Define primero desde dónde y como quién escribe y a continuación, en general con su propia biografía de fondo -sino en primer plano-, van desfilando diferentes cuestiones, todas ellas con la palabra tabú adherida a su signo. Partiendo de la lógica del capitalismo, apela a la necesidad de una revolución de géneros porque, no solo están presos los cuerpos de las mujeres, el cuerpo de los hombres pertenece a la producción en tiempos de paz, y al Estado, en tiempos de guerra; escudriña en aquello que rodea el concepto de violación como alguien que la sufrió y que aún vive con ella; repasa los preceptos anejos a la ineludible existencia de la violación como un instrumento de poder –esqueleto del capitalismo– y se acerca a las actitudes de las víctimas desde sus propias reacciones y reflexiones a lo largo del tiempo; como exprostituta nada arrepentida cuenta su experiencia, en absoluto dramática, defiende el oficio considerando que este no representa mayor violencia contra la mujer que el matrimonio; da un buen repaso al porno ligándolo a la antaño pretendida inexistencia del placer femenino y la preeminencia del modelo de placer masculino. En resumen, aborda todos los temas incómodos que planean alrededor de la lucha de sexos, enfocando la explotación del varón desde la lucha de clases en la que, cómo no, también están inmersas las mujeres; no se salva los conceptos de feminidad (Puta hipocresía. El arte de ser servil) y de maternidad… Todos asuntos controvertidos, matizables, espinosos, y, aparentemente, los aborda a pecho descubierto. Carente de doble moral y de pelos en la lengua. Contiene argumentos muy suscribibles y otros, no tanto, pero no son temas resueltos por lo que nunca está de más darles un par de vueltas.

      Por último, ¿será criptomnesia el haber llamado Pauline a una de las hermanas, pura casualidad o voluntario? En una de las primeras novelas de Dumas padre, Pauline precisamente, a la protagonista se la toma por muerta…, también son dos hombres los que tiran de ella…

 V Depentes

Claus y Lucas: La tercera mentira de Agota Kristof

La tercera mentira

Agota Kristof siempre escribió poesía en húngaro, su idioma natal, mientras que en prosa se expresaba en francés, su lengua de acogida. Lucas, a quien al final de El gran cuaderno dejamos cruzando la frontera de su país de origen, aprendió pronto su nueva lengua para poder escribir cosas inventadas. Historias que no son ciertas, pero que podrían serlo. Claus, el que no se fue, escribía poesía desde joven, permaneciendo en el país, en el idioma y en la triste, oscura y lúgubre historia de su familia y del periodo que le toco vivir.

     Desgarro, desarraigo de ambos y también de la autora. Los libros van encajando, van influyendo los unos en los otros, se miran, se reflejan, se anteponen y se complementan. Los personajes que por ellos desfilan van encontrando papeles y funciones diferentes, Agota se divide y se separa de sí misma, como también se separó de su hermano hermano mayor con quien compartía historias y del pequeño que las recibía y en ocasiones las sufría. Se marchó sin despedirse, como quien pisa una mina y rompe con todo aquello que es y a lo que pertenece. Su propia vida, como en tantos autores, sirve de punto de partida. Si en El Gran Cuaderno, partiendo de sus ejercicios de teatro en Suiza y de las experiencias vividas en Hungría, en su pueblo natal Köszeg, surgen los dos gemelos, analíticos y disciplinados, crueles y, a su manera, moralistas, ávidos lectores del único libro que los acompaña, la Biblia, y después de aquellos que encuentran y les satisfacen -no les gusta cualquier cosa-, si en La Prueba, su francés más firme y su pulso narrativo más afianzado, los gemelos han crecido separados y resultan uno, en La tercera mentira -tres son las mentiras de Lucas que lo separan de la verdad oficial y, por qué no, de la realidad, tres mentiras necesarias, de supervivencia, que, en esta última obra, suponen el pretexto para el pretendido desconocimiento entre ellos-, como decía, en La tercera mentira Lucas -sin identidad, enfermo tal vez de anonimia-, en la primera parte, desde tres tiempos distintos que se aúnan generalmente en un presente verbal biográfico, acepta o sencillamente desgrana los acontecimientos que desembocan en su desapego; Claus, el poeta secreto, hace lo mismo en la segunda parte, nos conduce por los acontecimientos hasta su ahora y sendas historias se siguen una a otra, se sobreponen sobre las de las dos novelas anteriores y, simultáneamente, constituyen de nuevo un libro escrito por ambos. Tres mentiras y dos memorias, ¿las auténticas?, ¿las verdaderas semblanzas de Claus y Lucas?, ¿las definitivas? Lo cierto es que para mí no. Poco más escribió esta autora, pero yo ya lo he encargado todo. No su teatro -una pasión de la infancia que la ayudó a integrarse en la literatura de lengua gala y a caminar por este idioma hasta esta grandísima trilogía que, según la acabas, te lleva al principio de nuevo-, pero sí las escuetas obras narrativas que están a mi alcance. Obras lacónicas, breves, beckettianas. Imprescindible dentro de la literatura europea del siglo XX. Singular y memorable.

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Claus y Lucas: La prueba de Agota Kristof

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Con 21 años Agota Kristof cruzó la frontera de Hungría a pie con su hija de cuatro meses y marido, su profesor de Historia, quien había participado en las revueltas antisoviéticas de 1956. Por motivos ajenos a su voluntad, acabaron en la zona francófona de Suiza. ¡Tiempos aquellos de acogida y distribución de refugiados!

      Habíamos dejado a Lucas y Claus a punto de separarse para cruzar uno de ellos la frontera a costa del cadáver de su padre. Desde el primer capítulo sabemos que el que se quedó fue Lucas, lo cual, en última instancia, es irrelevante pues no había distinción entre uno y otro en El Gran Cuaderno. La prueba no es un diario, es una novela salpicada de derrotas en una guerra constante interior o exterior. Ocho capítulos en los que la narradora sigue a Lucas que no sabe como continuar viviendo. Tras perder pie, recupera sus hábitos -la casa, la huerta, la armónica…- y va entrando en relación con otros perdedores cuyas historias se recogen con mayor o menor detalle. Interfiere en la vida de otros -los más despojados, los que están al margen, los que tienen en contra al poder establecido, los que lo pueden tener y viven ocultos dentro de él- y se implica en la vida de algunos. Persevera en seguir escribiendo su cuaderno para que Claus lo lea a su regreso, aunque no sabe nada de él. Se compromete a pesar de seguir sin saber lo que significa la palabra amor. No habla él, pero Lucas sigue siendo un personaje ajeno a la expresión de sus afectos o desafectos, sin embargo Matías, un niño tullido fruto del incesto, canaliza su necesidad de sentir; Clara, un víctima inestable de la sinrazón política, su pulsión sexual con tintes también incestuosos; en su soledad, se relaciona con personas solas, abandonadas, ultrajadas, mas él también deja sus muertos y arrastra los esqueletos cuyas vidas parece seguir buscando. Mención especial merece la peripecia de Victor –el librero- cuya obra debería valerle la salvación. Je suis convaincu, Lucas, que tout être humain est né pour écrire un livre, et pour rien d’autre. Un sorprendente halo de bondad -tenue, delicado- guía a Michel, el vecino de enfrente y sus dos historias de amor.

     Los cadáveres se reflejan de un libro a otro, los y las heridas también y al final, con el regreso de Claus, todas las realidades tan objetivamente trazadas en ambos libros quedan en cuestión con un papel oficial.

       Todavía queda “La gran mentira”

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Claus y Lucas: El gran cuaderno de Agota Kristof

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Agota Kristof nació en 1935. Su país, Hungría, deseoso de recuperar los territorios perdidos tras la Gran Guerra, se acercaba, desde una derecha fascista, a Hitler, hasta ser invadido por los alemanes sin resistencia alguna. Ella pasa todos estos años en un ambiente rural alejado del centro del conflicto. En el 45 los nazis fueron sustituidos por los soviéticos y ella se traslada con su familia a la ciudad de referencia más próxima, Köszeg, K en la novela. Con 14 años entra a cursar estudios en un internado mientras su padre está preso y su madre se las apaña como puede. La formación es en ruso y Agota empieza a escribir poesía en húngaro -idioma que conservará siempre en sus versos-. En este contexto se desarrolla El gran cuaderno, diario escrito al alimón por los gemelos Klaus y Lucas -mismas letras, distinto orden-.

      Agota Kristof llegó al francés con dificultad principalmente porque ganarse la vida después de expatriarse requiere, sobre todo y en primer lugar, trabajar -afortunados aquellos que reciben asilo, algo que ya no está en uso en esta decrépita, amnésica, brutal europa (sí, con minúscula, no me merece ningún respeto esta europa de mercachifles y usureros)-, como decía, había de trabajar y en el trabajo, en una fábrica -de relojes, muy propio de Suiza donde vivió hasta su muerte- no se habla mucho, no está creada para aprender, sino para producir, producir y producir. Kirstof, como Becket, con quien tiene en común, además de emplear el idioma materno como vehículo de su poesía, la desnudez de su lenguaje y su amor a escribir para el teatro -ambas cosas ligadas entre sí- abandona su lengua -los motivos de ambos son diferentes-, pero el desarraigo deja huella en su obra y es su escritura austera, sin florituras, ajustada, precisa, su espíritu duro, seco, objetivo -así es como quieren Claus y Lucas su Gran Cuaderno-.

      El Gran Cuaderno se desarrolla en breves cuadros donde dos gemelos, dejados a cargo de su abuela mientras dura el conflicto -la Segunda Guerra Mundial- consignan, básicamente, hechos. Ella no los quiere y ellos tienen que trabajar duramente para ganarse el sustento. Tan unidos que parecen uno, encaran el cada día a su manera, lejos de cualquier tipo de emotividad, aferrados a la palabra objetiva –Les mots qui définissent les sentiments sont très vagues; il vaut mieux éviter leur emploi et s’en tenir à la description des objets, des êtres humains et de soi-même, c’est-à-dire à la description fidèle des faits.*con una moral práctica –Nous voulons comprendre. Nous n’oublions jamais rien**, esta última frase es como un ritornelo a lo largo del diario- y un sentido de la justicia desprovisto de piedad, pero no de lógica. A lo largo de su inventario desfilan seres de todas las calañas que los someten a abusos, los temen, los admiran, los intentan seducir o humillar y ellos rara vez son complacientes, aunque sí que pueden resultar ecuánimes a veces e incluso empáticos. Y también tremendamente fríos y calculadores. Recogen tenazmente su proceso de formación en medio de un espacio emocional, social y políticamente árido, con una sexualidad fría y agresiva, en un país siempre sometido por unos u otros y lo hacen con el claro deseo de dejar constancia para no olvidar.

      La obra se publicó en 1986 y en el 2000 fue denunciado un profesor de Abbeville por unos padres indignados ante la crudeza de un texto leído por alumnos de 14 años. ¿A quién podríamos denunciar ahora por ese gran cementerio en que se están convirtiendo nuestras lindes a la vista de toda la infancia y adolescencia? Un escenario de guerra sin batallas, un panorama de abandono y dos chavales que se buscan la vida según sus propios criterios. No obstante no todo es lo que parece. Después vienen La prueba y otra vuelta de tuerca La tercera mentira.

      Apasionante. Absténganse de leer las próximas reseñas aquellos a quienes no les guste que se les adelanten acontecimientos o quienes no pueden olvidar a voluntad lo que leen.

*Las palabras que definen los sentimientos son muy imprecisas; es mejor evitar su uso y limitarse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la fiel descripción de los hechos.

**Queremos entender. Nunca olvidamos nada.

Agota Kristof