Con la misma moneda de Verity Bargate

 

En puridad, el título de la novela debería de traducirse como Toma y daca ya que esta expresión corresponde exactamente al original Tit for tat, yendo en ambas implícito el hecho de que se trata de un intercambio de golpes. Ahora bien, la expresión inglesa, como acertadamente se indica antes de comenzar el libro, juega también con el sentido de tit, vulgarmente, teta. Tanto los golpes como la anatomía femenina desempeñan un papel fundamental en la novela que es una sucesión de reveses -… por tu bien. Porque te quiero…-, un continuo toma y daca que comenzó con la madre de la protagonista y culmina con Sadie (sad: triste; sadist: sádica). Casi una novela de (de)formación.

     Sadie es una mujer que ha crecido sin afecto, ni referentes y sale al mundo con 19 años tras la muerte de su madre casi siempre ausente, Eva, la madre original. Su relato del cuerpo hasta ese momento lo refleja como un lastre -monjas que te hacen vestirte desvistiéndote vestida, una madre distante que considera que ser mujer ya es lo suficientemente repugnante por sí solo, la regla como un castigo por la propia condición femenina…-. Ha de construirse y de reconstruir la visión del amor que arrastra desde la breve y mala convivencia que tuvo con Eva y su padrastro, significativamente llamado Jock, y ha de hacerlo rápido, casi tan rápido como Verity tuvo que escribir y reescribir, por petición del editor, esta corrosiva e incómoda novela, en la que la verdad y la mentira parecen callejones sin salida de la convivencia, donde el equilibrio emocional a través del castigo o la venganza acaba encerrando a las tres protagonistas en una trinidad acorralada, donde el miedo cambia de bando frente a una realidad que en ocasiones está más próxima a la mentira, donde la enfermedad parece la consecuencia lógica, la sororidad el único bálsamo y la falta de comunicación el punto de partida. La carga de profundidad que arrastra en cada página se desarrolla con ligereza, pero es intensa, lacerante.

      Fue su última obra -escribió tres y murió al mes de la publicación de esta-. Es rápida, precisa, descriptiva, por momentos, en sus detalles de convivencia, parece teatro. Se retrotrae lo justo hacia el pasado, como si las cosas importantes se pudieran aprehender sin florituras y así es. Los símbolos recorren estancias y vivencias –vírgenes con niño, las dos sufridas Chris, la amazona-, pero también hay lugar para hospitales, doctores y pacientes, para la Iglesia y su curia, para el sentido del humor -ácido, sin duda, e inteligente- y para el amor, eso sí, como pretexto que no siempre vale.

      Otra estupenda y tremenda novela de Verity Bargate: parece mentira que Verity sea su nombre real, pues no podría ser más apropiado para la autora de esta descarnada obra, tan al límite como su No, mamá, no. Ya solo falta una por traducir. Esperémosla.

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Siempre hemos vivido en el castillo de Shirley Jackson

Shirley Jackson murió de un ataque al corazón en 1964, a los 49 años, tras publicar esta novela y con otra en marcha, víctima del abuso del alcohol, el tabaco, de los medicamentos prescritos para que adelgazara por un lado, para que se relajara por otro, para que luchara contra su reciente agorafobia, su ansiedad, etc. -anfetaminas, tranquilizantes, barbitúricos…-, para que, en resumen, aceptase su vida de ama de casa al servicio del esposo -profesor y crítico literario-, las tareas de limpieza del hogar, la cocina, la educación de la prole -tuvo 2 niñas y dos niños- etc. con resignación, pero eso sí, produciendo artículos, cuentos, novelas…, ya que el peso económico de la patriarcal familia recaía sobre ella. A su madre no le gustaba su hija y hasta el final de sus días -los de Shirley- mantuvieron una relación difícil. Su desconsolado marido se casó el mismo año de su muerte con una joven alumna. Ella escribió desde muy jovencita y su salto a la fama provino del magnífico cuento La lotería y, no tanto por su calidad, que sí, pues hoy es el día en el que sigue resultando francamente sorprendente y perturbador, como por la reacción de lectores y lectoras, así como por la gran cantidad de cartas de protestas que llegaron a la redacción de la revista donde se publicó.

     En esta novela gótica contemporánea las tinieblas no proceden del castillo, donde aparentemente todo funciona feliz y armoniosamente dentro de unos límites realmente marcados, sino del exterior, del pueblo donde … los hombres se mantenían jóvenes y se dedicaban al chismorreo, mientras que las mujeres envejecían con un maligno cansancio gris…, no hay damas secuestradas por alguien malévolo, sino las últimas supervivientes, muy bien educadas, de una familia de potentados, abrumadas por un sentimiento de rechazo hacia y desde la sociedad que las cerca -asfixiante, clasista, prejuiciosa, claustrofóbica, hipócrita, culpable…; el que se quisiera héroe no va a rescatar, es más un fantasma que busca expoliar. La atmósfera de misterio está dirigida por una voz fresca e inquietante, poderosa, protectora y agresiva, festoneada por un ácido y perverso sentido del humor -recreado para ausentar a las escasas visitas- y Jackson la dosifica a la perfección, avisando de lo inminente, mientras a través del trastornado tío Julian  va desentrañando el siniestro pasado.

     La historia la cuenta Mary Katherine Blackwood, tiene dieciocho años, la conoceremos a lo largo del relato como Merrycat -también tiene un gato, Jonas, y sí, es feliz- y su vida gira entorno a su hermana, Constance. Ambas son la cara y la cruz indisoluble de esta historia y, por qué no, de muchas mujeres: Merrycat, asilvestrada y fantasiosa, afronta el peligro y la animadversión de los resentidos habitantes de una pequeña y fea ciudad de provincias, imagina caminar sobre sus cadáveres cuando la incordian, recorre todos los caminos de su enorme y señorial finca enterrando o colgando objetos familiares para conjurar los posibles males que sobre ellas puedan acechar; Constance, fiel a la tradición de las mujeres de la mansión, dirige la casa, recoge los alimentos de la tierra, los conserva y los cocina, atiende al tío Julian… Constance es bella, Merrycat, no sabemos, para Constance, sí. La joven Merrycat nos va a contar la nueva calamidad que se ha cernido sobre los Blackwood y Julian, víctima de la gran desgracia que aconteció seis años atrás, en su esfuerzo por no olvidar lo que pasó (recurrentemente pregunta ¿Sucedió realmente?) va consignando cuanto recuerda de aquel día trágico. Ellas no lo hablan. Constance envasa: … los tarros de intensos colores con encurtidos y verduras y mermeladas granate, ámbar y verde oscuro estaban unos al lado de los otros y allí se quedarían para siempre, como un poema escrito por las mujeres de la familia Blackwood. Merrycat vigila, protege el castillo, teme por su fiel hermana que empieza a contemplar la posibilidad de… y planea una vida distinta para ella, Constance y Jonas en la Luna, su refugio seguro. Y tal vez también para el tío Julian. Solo tendrán que crear una nueva rutina.

     Una obra llena de detalles inmersos en una cotidianeidad extraña y amoral con la que Jackson bombarbea -sería más acertado decir, envenena- a la familia tradicional y a la sociedad obtusa donde le tocó convivir. Fueron tiempos en los que, acabada la Segunda Guerra Mundial, el discurso vigente y recogido por Betty Friedan en La mística de la feminidad, conminaba a las mujeres -una vez conseguido el voto, el derecho al empleo y a la educación, etc.- a retornar felices al hogar, a potenciar sus cualidades más rancias, a servir y callar, fueron tiempos de ansiedad, depresión, neurosis y Shirley Jackson fue una de sus damnificadas. Murió pronto, pero nos dejó esta rica e inquietante pequeña obra maestra, además de la genial La lotería. Y estamos de enhorabuena porque Minúscula sigue recuperando obra suya. Por el momento, cuentos, confiemos en que lleguen las demás novelas.

 

La tía Mame de Patrick Dennis

Edward Everett Tanner II en doce de sus dieciseis novelas firmó con el pseudónimo de Patrick Dennis, en las otras cuatro lo hizo con el de Virginia Rowans (porque le obligó la editorial, en realidad él quería firmar con el nombre de su marca de tabaco favorito: Virginia Rounds). Su padre, avezado deportista y destacado piloto durante la I Guerra Mundial, le llamaba Pat, en honor al boxeador Pat Sweeney, intentando marcar un estilo del que su hijo se situaría muy lejos: a Edward sólo le interesaban la literatura, el teatro y el cine (no obstante sí participó en la II Guerra Mundial, pero mucho más apegado a la tierra, como conductor de ambulancias).

     La tía Mame vio la luz en 1955 tras ser rechazada por casi una veintena de editoriales y, una vez conseguida su publicación gracias a un neófito en Vanguard Press, la falta de confianza en la obra, redundó en la carencia de publicidad, por lo que nuestro ya Patrick Dennis y un amigo se dedicaron a promocionarla librería a librería, alcanzando cifras de venta récord durante dos años, 1955 y 1956. Su secuela no alcanzó tamaña proeza, pero nuestro autor pudo prescindir de su alimenticio trabajo y además se enriqueció. Y es que La tía Mame es un regalo para el humor.

     La hermana de su padre, que murió con 94 años, reivindicaba ser la inspiradora del personaje, pero, recorriendo la vida de nuestro ínclito personaje, es más que plausible que, como tantos autores, cogiera de ella, mas también de sí mismo: su biografía es una mina de ires y venires repletos de subidas y bajadas emocionales, económicas, geográficas, etcétera. Baste decir que, además de arruinarse, años antes de morir, trabajó de mayordomo -a su decir, con regocijo: I’m embarking on what is probably the best career that I will ever have– para el fundador de MacDonald’s.

     Un niño de 10 años, Patrick Dennis, queda huérfano y va a parar a manos de su Tía Mame, de quien su propio padre, no muy apegado a la criatura dice que … era una mujer peculiar y que quedar en sus manos era un destino que no le desearía ni a un perro… A partir de ahí, durante los diez capítulos restantes -el primero nos describe su llegada a la sofisticada leonera de Mame- asistimos a una serie de historias conectadas, que siguen una línea temporal, y corresponden a las distintas aventuras de la estrafalaria, genuina, instruida y libérrima protagonista. Patrick es rico por herencia y su padre, a pesar de dejarle con su hermana, puso a buen recaudo su fortuna y su plan educativo con un dickensiano fideicomisario. La tía, bueno, la tía, en principio también es acaudalada, pero el crack del 29 -tras unos felicísimos años veinte- le pasa factura -a la familia Tanner también se la pasó- y con ello comienzan sus primeras vicisitudes. Aventuras y desventuras de tía y sobrino que finalizan siete años después de la Segunda Guerra Mundial.

     Un humor chispeante, ocurrente y desihibido. Un personaje intenso, apasionado y, también, desesperante, que fue recogido por el cine y el teatro durante largas temporadas -La tía Mame fue representada por Rosalind Russell en el cine y el teatro, donde fue sustituida, sucesivamente por Greer Garson, Beatrice Lillie, Constance Bennett, Sylvia Sidney y Eve Arden- con una coreografía a su servicio, como debe ser para que brille. No se me ocurre mejor libro para desengrasar. Yo quedé tan ligera que me dispongo a revisitar a Kafka. Y no es broma.

Un debut en la vida de Anita Brookner

Anita Brookner, fallecida en 2016 con casi 88 años, fue una historiadora de arte británica, algunos de cuyos libros, The genius of the future y Romanticism and its descontents, siguen disfrutando de un amplio público lector. Comenzó tarde a escribir novela, con 53, y esta fue su primera obra publicada, sobre la que niega que sea biográfica, no obstante existen abundantes concomitancias, por ejemplo, el hecho de que su padre fuera temporalmente también librero -como George, el padre de la protagonista-, que fuera de origen judíopolaco, que su madre fuera, si no actriz, como Helen, la madre en la novela, sí cantante, etc. Además, ella, como estudiosa, no desperdiciaba ningún dato sobre los autores que trataba. Brookner es la variante de Bruckner, apellido de origen, y con él se inscribieron en el Reino Unido para borrar las huellas alemanas ante la creciente animadversión inglesa hacia este país durante la Primera Guerra Mundial.

     La protagonista, Ruth Weiss, será una estudiosa de Balzac y de Balzac toma Brookner el título Un début dans la vie, obra que también tendrá su momento a lo largo de la novela. Arranca así: A sus cuarenta años, la doctora Weiss comprendió que la literatura le había destrozado la vida. ¿Se puede responder a esta cuestión brevemente? Sí, y con presteza: … su padre y su madre se aliaron para exigirle que considerase la trayectoria de Anna Karenina y Emma Bovary pero emulara la de David Copperfield y la Pequeña Dorrit. Pero también se puede explayar, concisamente, durante doscientas páginas. Así se desarrolla la obra, entre contrarios, propios y ajenos. Y evolucionando literariamente: de Los Grimm y Andersen pasa a Dickens, luego Hugo, de Vigny, Balzac. Dickens … le reveló el universo moral. Porque seguramente triunfaría la verdad, y la paciencia se vería recompensada. ¿Por qué no habría conocido antes a Balzac?

     Una narración precisa y llena de significados. Guardaba de sí misma el recuerdo de una niña pálida y pulcra, con tanto pelo que le dolía la cabeza. Una niña pelirroja y silenciosa que, al morir la abuela -única persona asentada en la prosaica realidad-, se acercó el libro a la mejilla a modo de consuelo, una jovencita que queda en compañía -que no en sus manos- de unos padres egoístas y moliciosos, infelices y dependientes, poco o nada habituados a trabajar. Un vivo ejemplo de lo que Balzac enseña: la suprema eficacia de la mala conducta. Emoción, contención y literatura se van enredando a lo largo de la vida que Ruth hace. A excepción de dos conatos que la alejan por poco tiempo del hogar, -presentado el primero con Le début dans la vie de Balzac y acompasado por la Fedra de Racine, y el segundo por la siempre presente Eugénie Grandet-, la historia de Ruth está condicionada por la de sus progenitores y por el bastión defensivo que ha levantado en las bibliotecas: sus horas allí eran para ella lo más parecido a un sentimiento de pertenencia que había tenido nunca. Un personaje solitario y generoso, quizá por miedo, por necesidad. Una mujer predestinada a la rutina o que hace una elección. No parece una vida intensa, si embargo la novela lo es. Un placer leerla, releerla. Una prosa inteligente, con sentido del humor, llena de alusiones y un incierta poesía del desastre inevitable. O la rutina. Cálida y fría. Culta y asequible. Un regalo. Y el prólogo de Barnes, también.

Dr Anita Brookner, winner of Britain’s Booker McConnell fiction prize for Hotel du Lac.

Tres guineas de Virginia Woolf

El 26 de febrero de 1935 a Virginia le abruma el deseo súbito de escribir un panfleto antifascista. Según una de las cartas dirigidas a su hermana Vanessa, se lo planteó como una discusión con su sobrino Julian, tan empeñado en ir a luchar a la guerra (in)civil española que lo consiguió; eso y morir al poco de incorporarse. Apenas mes y medio más tarde, algo ha cambiado. Su amigo Morgan (E. M. Foster) le comenta haber estado discutiendo la posibilidad de admitir señoras en la Biblioteca de Londres y haber defendido la idea diciendo ¿Acaso no han mejorado mucho las señoras? Esto enfureció a Virginia quien, de camino a casa, imagina plausibles situaciones, por la mañana, mientras se baña, pergeña una frase para su nuevo libro pretitulado: On being despised (Ser despreciada), y empuña la pluma sobre el diario, mientras le tiembla la mano de indignación. Tres guineas es un libro que va concibiendo al tiempo que emprende la revisión final de Los años y lo escribe relativamente rápido, sobre todo teniendo en cuenta que parecía una mujer incapaz de tener menos de dos o tres proyectos en mente: la concepción y documentación para la biografía de su amigo Roger Fry le acompañó durante la creación de estas dos obras mencionadas.

El pretexto del que parte para iniciar lo que algún periódico -el TLS- llamó uno de los panfletos más brillantes de Inglaterra es la respuesta a un hombre eminente que le ha dirigido una carta preguntándole a ella, una mujer, en su opinión, ¿cómo podemos evitar la guerra? Si como respuesta a una conferencia sobre mujeres y literatura, nos aportó Una habitación propia, a esta pregunta y tres puntitos más adjuntos al asunto, responde con Tres guineas, obra sobre la que al acabar, escribió en sus diarios: … ahora me siento del todo libre […] Ya está, he aportado mi grano de arena a esa causa, y no pueden ya intimidarme. Ahora, si me atosigan, puedo decir sencillamente: véase Tres guineas. Los tres acciones que se unen a la solicitud de su parecer son: firmar una carta dirigida a los periódicos, ingresar en una sociedad y contribuir con fondos a dicha sociedad. Ante semejante provocación -que diría Buñuel-, a Virginia Woolf no le quedó más remedio que empezar por el principio y para ello se valió de algo tan caro a sus antiguos como buscar en biografías y, tan propio de sus coetáneos, como leer los periódicos y las revistas. Al igual que en su cuarto propio comienza tirando de tres Marys, aquí tira de Mary Kingsley. Siguiendo los gastos de educación en ella invertidos por su familia, familia formada por los que Woolf dará en llamar “hombres con educación”, situando pues el debate en una clase media alta y, cuando menos, ilustrada, tirando de los gastos invertidos en las hijas de los “hombres con educación”, gastos que nos desmenuza resultando francamente anecdóticos en una economía hogareña acomodada, llega a lo que desde ese momento en adelante denominará FEA (Fondo de educación de Arthur). En Las horas, por ejemplo, se llamaba Edward, se llamaba Morris, y el fondo no es sino el dinero reservado y dispensado en los hijos varones, mas … su educación no consistía meramente en aprender libros: los amigos enseñaban más que los libros o los juegos. La conversación con ellos ensanchaba horizontes y enriquecía la mente. Durante las vacaciones, se viajaba; se adquiría afición al arte, conocimientos de política exterior; y luego, antes de que se pudiera uno ganar la vida, el padre fijaba una pensión… Es fácil colegir que la formación femenina difiere profundamente de la masculina, quedándole pues como única opción laboral honrosa el matrimonio, hasta 1919 -el año de acceso femenino al voto-, aunque…

SI bien el debate parece corresponder a una élite económica o, por lo menos, cultural, Virginia apunta que las Hijas de los Hombres con Educación están en desventaja, incluso, respecto a las mujeres trabajadoras, pues que estas podrían parar de producir armas dejando así de contribuir a la industria de la guerra, pero ellas… Una de las características de este libro es que las apostillas o llamadas son de la propia Virginia y, partiendo del texto principal, crean otro hilo conductor unido al central, necesario e igualmente interesante. Aquí, como un tema menor, apunta la posibilidad de que dejen de proporcionar hijos, lo cual ya había aconsejado muchos años atrás Lisístrata… Algunas de estas aclaraciones son francamente largas, pero como apostillas no tienen desperdicio, contextualizan y prolongan un hilo argumental dedicado a las conferencias, el poder de la prensa, las mujeres del servicio, la castidad, los manifiestos, el dominio, la virilidad, etcétera, hilo, siempre perspicaz, atando cabos donde pudieran buscarse hebras sueltas.

Seguir sus argumentaciones es una delicia y una diversión; atemperada la indignación, escrito y pulido el libro, su sentido del humor y la precisión a la hora de fijar situaciones y conceptos, su agudeza y la necesidad de transmitir, no solo sus principios respecto a la guerra, sino respecto al papel de la mujer en tres fundamentales circunstancias: educación, trabajo -sin trampas: las describe a las mil maravillas- y -¡esto es la revolución total, el delirio de una mujer en 1938, una loca!- que el Estado pague sueldo a aquellas mujeres cuya profesión es el matrimonio y la maternidad *, todo esto, junto a la riqueza de sus reflexiones -era una mujer exhaustiva a la que le gustaba salir al paso de posibles, probables o improbables interrogantes-, hacen esta obra verdaderamente genuina y, además, desvela la existencia de lo que Woolf llama La Sociedad de las Extrañas (Outsiders’ Society). Que cada día está más viva.

Y por último está Antígona, se había colado en Los años, traducida por uno de los hermanos -los que acaparaban el FED-. Por los mismos años Antígona revivía en las manos de Espriu, de Brecht, Anouilh, cada cual llevándola a un terreno -que viene siendo siempre el mismo, el contexto de la guerra, fratricida o mundial-. Virginia, en la línea principal del libro, comienza centrando el foco en Creonte con su poder absoluto y el deber frente a la sociedad de Antígona -en la nota, señala Antígonas de su tiempo que han hecho frente a las leyes-. Pero Antígona -bien podríamos considerarla una Hija de Hombre con Educación (y mal destino, ciertamente)- emerge recurrentemente. Hija de Edipo, de la mano de Virginia visita la “fijación infantil” en algunos padres de la Iglesia o no, como el padre de las Brontë, y observamos los inmejorables resultados de la ausencia de fijación. Y permanece porque el deber de las Antígonas, no es quebrantar la ley, sino hallarla. Pero… Antígona carecía del apoyo del capital y de la fuerza**. Y tenía miedo.

Y muchas cosas más. Y todas engarzadas. Oxford, Cambridge, la vanidad y la posición***, la cultura… ¿Hacia dónde irán esas Tres guineas que Virginia Woolf está dispuesta a donar? Cierto que prosa y entorno parecen quedarnos lejos, pero, a poco que vas recogiendo los hilos woolfianos (no da puntada sin hilo, casi diría que jamás) dan ganas de coger el sombrero que se arrancaron las Sin sombrero, para quitárselo ante esta escritora tan necesaria. Es un magnífica y refrescante lectura. Y, mal que nos pese, sigue siendo actual.

Por contagio de Tres guineas añado estas apostillas:

*… Si el Estado pagara a la esposa un sueldo suficiente para vivir, en méritos de su trabajo que, pese a ser sagrado, difícilmente puede considerarse más sagrado que el del eclesiástico, por lo que, si el trabajo de éste es pagado sin rechistar, también podría serlo el de la esposa, si este paso, que todavía es más esencial para su libertad de usted, señor, que para la de ella, realmente se diera, la vieja noria alrededor de la que el hombre con una profesión da vueltas y vueltas, a menudo tan fatigosamente, a menudo con tan poco placer o con tan poco provecho para su profesión, quedaría destruida: tendría opción a la libertad; terminaría la más grande de las servidumbres, que es la intelectual…

**… “Y Creonte dice: La llevaré donde la senda sea más solitaria, y la esconderé, viva, en una cueva en la roca”. Y no la encerró en Holloway o en un campo de concentración, sino en una tumba. Y Creonte, leemos, trajo la ruina a su propia casa y espació sobre la tierra los cuerpos de los muertos. Nos parece, señor, al escuchar estas voces del pasado, que volvemos a contemplar la fotografía, la fotografía de los cadáveres y de las casas derruidas que el gobierno español nos manda casi todas las semanas. Parece que los hechos se repiten. Las imágenes y las voces de hoy son las mismas que las de hace dos mil años.

***… Cuántas, cuán espléndidas, cuán adornadas son las ropas que llevan los hombres educados en sus funciones públicas… Ahora, os vestís de violeta; un crucifijo pende sobre vuestro pecho: ahora os cubrís de encaje los hombros; ahora os cubrís con armiño; ahora os colgáis encima muchas cadenas con piedras preciosas engarzadas. Ahora lleváis pelucas; cascadas de rizos descienden gradualmente hasta el cuello. Ahora…

Como sea que el matrimonio, hasta 1919 -no hace aún veinte años- era la única profesión abierta a nosotras, difícilmente cabe exagerar la enorme importancia que el vestido tenía para la mujer. Era, para ella, lo que los patrocinadores o protectores son para ustedes.

Los años de Virginia Woolf

Virginia Woolf comenzó a escribir en 1932 el ensayo Los Pargiter -este iba a ser, en un principio, el título de Los años-y, apenas 20 días después, lo remodelaba para convertirlo en un ensayo-novela que avanzará, con ágiles y poderosos brincos, como una gamuza saltando por encima de un barranco tras otro, de 1800 hasta aquí y ahora, y 4 años después, el 3 de noviembre de 1936, escribía en su diario Esto es tan malo que, afortunadamente, no hay más que hablar. Tengo que llevar las galeradas, como un gato muerto, a L. y decirle que las queme sin leerlas, Así lo hice y me quité una peso de encima. Afortunadamente Leonard no le hizo caso.

Tal vez, mientras fue Los Pargiter -cambió de nombre casi tantas veces como altibajos tuvo su autora: Aquí y ahora, Amanecer, Gente corriente– aludía más a la historia de una gran familia que vivía en una gran casa, con Los años, es el propio devenir del tiempo lo que intentan recorrer estas páginas. En Las olas, donde VW quiere salvaguardar a su gente en algún lugar -fijarla para siempre en su novela- cada capítulo se abre con la descripción del desarrollo de un mismo día, desde el amanecer al ocaso, a través de la naturaleza. Los años arranca en 1980, un día de primavera vacilante y, casi inmediatamente, la autora nos dice cómo quiere que transcurra la narración: Girando lentamente, como los rayos de un faro, los días, las semanas, los años, cruzaban el cielo uno tras otro. Y así va avanzando el relato, a fogonazos, más largos, más cortos, siempre un día del año, a veces entero, otras un poco más -como el primer capítulo-, o menos. Virginia Woolf cuidaba hasta la exhaustividad el detalle, todo se enlaza, da cuerpo a personajes y objetos, da presencia al transcurrir del tiempo a través de la morsa de Martin que aparece y reaparece, del cuadro de la madre con una flor oculta por la suciedad, el sillón rojo que va de casa en casa, el hervidor que sigue ahí y sigue funcionando mal, a través que pequeños acontecimientos, conversaciones silenciosas, de deseos furtivos que resurgen 30, 40 años después, secretos familiares… Cada capítulo, antes que nada, da cuenta de la estación del año. En el primero conocemos a la familia en un momento decisivo que culmina en el propio capítulo. A continuación, un salto de once años, otoño, vuelta de las vacaciones, sopla el viento y siguiéndolo sabemos del futuro de Kitty y de Milly, ambas casadas y con hijos -para eso se iba a las fiestas, para buscar marido-, mientras que Edward pasea buscando un verso por los jardines de Oxford, Morris saca el niño silenciado que lleva dentro y arrastra con los pies las hojas muertas amontonadas, Eleanor… 1907, 1908… En 1913 se vende la casa familiar y quien más lo lamenta es la criada, como contrapartida, su favorito de la familia opina que es un sitio abominable: Tenía un cuarto de baño y un sótano; y en ella habían vivido aquellas personas tan diferentes, apretujadas y encerradas, contando mentiras. De la guerra sabemos en 1917, un anochecer con cena familiar, un nuevo y peculiar personaje, Nicholas, que nunca conseguirá dar un discurso, el rutinario bombardeo, el alivio cuando acaba –Solo matan a otra gente– y un final memorable en esa línea que cruza las obras de Woolf, por la que transitan otras gentes que también estaban ahí, como las que conforman el servicio, las que necesitan “caridad”… Así hasta llegar a 1926, la Primera Guerra Mundial ya queda lejos y se reúnen en una gran fiesta que dura toda la noche. Si la vida pasada ya era fuente de recuerdos en la juventud -y por tanto en el segundo capítulo- el reencuentro da lugar a un fantástico colofón. En algún momento de sus diarios dice Virginia Woolf que con esta novela quería captar la totalidad de la sociedad actual. E indudablemente consigue trazar perfectamente las líneas de comportamiento del entorno en el que creció y al que, en su libro Tres guineas, libro cuyo germen y primera escritura coincidió con la revisión de Los años, definirá como el de los hombres educados, refiriéndose a sí misma como una hija de hombre educado, como lo son Eleanor, Kitty, Peggy, Rose, etc. Las mayores no fueron dueñas de su futuro -aceptaron lo que les venía impuesto, bien fuera matrimonio, bien fuera cuidar de padre y hermanos-, pero con el tiempo han conseguido aquello que reclamaba con claridad en Una habitación propia: 30 guineas -parece que bastante más- y tienen, finalmente, las riendas de sus actos. Pasó el 19 y la mujer tiene voto, Rose lo vivió. Sally y Maggie han salido adelante a su manera. Los vamos viendo uno a uno, algunos diálogos son mudos, como el que mantienen los más jóvenes Peggy, médica, y North, su hermano: los años pasan, pero aquellas tempranas vivencias que compartimos, crean lazos mudos que no se pierden, sí se pierde la capacidad para comunicarse como antaño. Ellos son diferentes, parten desde otro punto, buscan, ambos se acercan a los libros durante la fiesta y caen sobre dos citas significativas, son una nueva generación situada en una posguerra y viviendo aires de preguerra. Dos niños que cantan en la fiesta y un final magnífico. Por el medio, transitando de una escena a otra, Antígona de Sófocles, la que se sacrificó por su hermano (también de buena familia). Y su adorado Londres que luce, se cubre, se oscurece, se acicala, se surte, se apaga, amanece…

Imprescindible.

Érase una vez de Margaret Atwood

Érase una vez

Tradicionalmente los cuentos empiezan Érase una vez, mas cada vez resulta más complicado entrar en el relato respetando todas las cortapisas que va esparciendo la (pretendida) bondad de lo políticamente correcto. También terminan con parejas felizmente casadas comiendo perdices. Pero no es así y Atwood, que pretende no conseguir arrancar en su primera pieza del libro, la que da título al conjunto -6 cuentos y dos breves escritos que abren y cierran la obra-, nos expone seis relaciones de parejas para las que las perdices no resultaron tan sabrosas.

      Seis desencuentros y un colofón que lleva por título A favor de las mujeres tontas y en los seis desencuentros hay mujeres tontas y no tanto –porque sin ellas no habría historias, (…) porque la mujer tonta es lo bastante imbécil para creer que la Esperanza será una especie de alivio, (…) porque ¿de dónde proceden quinientos años de versos de amor…?-. Betty, la que da nombre al primer relato, parece el paradigma y Atwood recuerda su historia además de la imagen que de ella se hizo durante su infancia y adolescencia, y se excusa desde la madurez. En Translúcida, como su nombre indica, la mujer tonta deja pasar la luz siendo sus contornos, su realidad, difusos, así como el propio discurso que la protagonista intenta llevar adelante. Piensa en las plantas que han aprendido solas a parecer piedras. En las otras cuatro narraciones ellas se enfrentan directamente al desencanto y no saben como trascenderlo. En En la tumba del famoso poeta, el desamor es el tercer protagonista que acompaña a la pareja en su peregrinaje al castillo del poeta muerto, como si este fuera su unión desmoronándose: no me fío del castillo, me da la sensación de que se nos va a caer encima en cuanto nos de por reír o dar un paso en falso. Joyería capilar es una incursión en el pasado dentro de un viaje al pasado -la narradora huyó a Salem so pretexto de la obra de Hawthorne- y una recapitulación de los amores enquistados herencia de la afición por la melancolía propia de las jóvenes. Y no tan jóvenes. Odio los recuerdos que no pueden desecharse. En El resplandeciente quetzal, también siguiendo sutilmente una línea en paralelo frente al pozo de sacrificios rituales de un país centroamericano, una mujer racional y hastiada de su relación conjura instintivamente sus demonios en medio de un sofocante e indeseado tour turístico, mientras su marido, única voz masculina en este libro, no sabe como abordar una relación sin sentido que continúa por inercia. Por último en Vidas de poetas, Julia, poeta y conferenciante, funciona por hábito y por necesidad dentro de una dinámica que la agrede, contemporizando con quien ya no la necesita, no la quiere, no la respeta.

   Seis relatos desoladores, de triste belleza, serena inteligencia y delicada sororidad, enmarcados entre dos textos lúdicos, irónicos, pacífica y audazmente provocadores.