Al este del Edén de John Steinbeck

Al este del Edén

Steinbeck firmaba con un dibujo que él denominaba “pigassus”, que no es sino un plástico juego con las palabras “pig” (cerdo) y “pegassus” y refleja como él se veía, alguien anclado a la tierra que quiere volar, alcanzar el cielo, la esencia humana. El naturalismo de sus Uvas de la ira, con una concienzuda contextualización del espacio y el tiempo que ocupan sus personajes, sigue presente en Al este del Edén, pero el alma de la clase trabajadora, de los desasistidos, de los olvidados da paso a un enfoque más íntimo, más personalmente moral de los individuos -y el “individuos” en claro masculino, ya que las mujeres están más estereotipadas y únicamente la Eva alejada del Edén posee una personalidad extensamente tratada, representativa de la ausencia de Bondad, del Mal-.

   Arranca describiendo con precisión el valle de Salinas, donde se desarrollará el relato, y lo hace en tono autobiográfico pues de las 2 familias en torno a las cuales gira esta novela, una es la suya y parte de los tiempos del abuelo, Samuel Hamilton. Sin embargo su función a lo largo de la obra suele ser la de narrador omnisciente, conocedor de las pulsiones, luchas, dudas, etc. de sus protagonistas, excepción hecha de Cathy-Kate-Eva cuyos motivos no entiende o a quien no encuentra motivaciones y cuya presentación, en el capítulo 8, adquiere tonos de novela gótica, amparándose, tal vez, en la visión que el niño, el John que arranca el relato, creó: Estoy convencido de que en el mundo hay monstruos nacidos de padres humanos. Algunos son visibles, seres contrahechos y horribles, con enormes cabezas o cuerpos diminutos; algunos nacen sin brazos o sin piernas, otros con tres brazos o con rabo o con la boca en sitios impensables…. No obstante, al final, atisbamos un algo de humanidad en esa Alicia en el país de las maravillas que acude en su auxilio.

   El paisaje, la meteorología, las condiciones de trabajo de los habitantes de Salinas, las cualidades de las tierras, la convivencia del caballo, el carro y los nuevos coches, el advenimiento de la modernización, la Gran Guerra…, todo está expuesto y maravillosamente precisado. Un “cronotopo” impecable, indisoluble, precioso de desentrañar y perfecto para comprender la obra.

   Con un eje dual, nos presenta a su familia y a la familia Trash. La primera gira entorno al abuelo, hombre culto, en constante diálogo consigo mismo, alguien que hace de la duda la batalla cotidiana, vital, emprendedor, creativo, poco práctico en cuestiones económicos, frente a la abuela, aferrada a la religión y su consecuente moralidad, limitada, testaruda, fuerte. Ambos basan su relación en el respeto mutuo, con sus peculiaridades asumidas, y sus hijos están unidos por un auténtico amor fraternal. Las vidas de los hermanos y hermanas va desfilando por sus páginas, algunas de forma sucinta, otras, las más dramáticas, las más sentidas, recogen la lucha interior que cada cual lleva consigo y se engarzan en la lucha de uno mismo con sus propios demonios.

    Como lazo de unión entre ambas familias está Lee, el criado chino de Adam Trash, confidente y amigo del abuelo Hamilton y, con el tiempo, también de Trash, además de cuidador de los gemelos Trash y portador de ese papel que siempre aparece como depositario de la mayor serenidad y sabiduría en las obras de Steinbeck.

    Si los Hamilton se presentan como una familia de carne y hueso, los Trash arrastran la mayor carga simbólica de la novela. Dos generaciones de hermanos sin madre, dos generaciones de enfrentamiento, Caín y Abel, la culpa y la inocencia, el permanecer y el partir… Y así, sino ad infinitum, al menos largamente. Adam y Charles. Aaron y Caleh. Y claro, Eva. La mujer de Adam Trash, arrastrada a un Edén sin manzanas, pérfida y cruel, desnaturalizada y prostituta. No le ahorra detalle: bella, manipuladora, tarada, ladrona, asesina… Mas cautivadora, hermosa…

Y si por un lado teníamos la dicotomía de los hijos de Adán, por otro están la iglesia y los burdeles. Magnífico el capítulo 19 y no me puedo resistir:

[Refiriéndose a la creación de un país nuevo]… finalmente llega la cultura, que consiste en distracciones, descanso y medios para evadirse del dolor de vivir. Y la cultura puede hallarse, y se halla, en cualquier nivel social.

Las iglesias y los burdeles llegaron simultáneamente al Lejano Oeste. Y tanto a las unas como a los otros les hubiera horrorizado pensar que no eran sino distintas facetas de lo mismo. Sin embargo, perseguían idéntico fin: los cánticos, la devoción y la poesía de las iglesias libraban al hombre de su desolación durante unos instantes, y eso mismo lograban los burdeles.”

   Una obra larga y profunda en la que a este dualismo, sobre el que se extiende y en el que se desarrolla, lo envuelve la necesidad de elegir, el libre albedrío. Sin desatender en ningún momento, como una tónica suya, lo fundamental, en las relaciones humanas, del amor y la amistad.

   Al Steinbeck más determinista de De ratones y hombres, de Las uvas de la ira, ese Steinbeck de finales rotundos, le sigue un Steinbeck más centrado en el debate interior del ser humano, más espiritual, más religiosa y moralmente filosófico. Y profundamente masculino.

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De ratones y hombres de John Steinbeck

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Muchas son las historias que debió conocer Steinbeck de primera mano mientras iba tirando con los trabajos ocasionales que le permitirían, cada vez más, dedicarse exclusivamente a la literatura o el periodismo. De ratones y hombres fue escrita en 1932 y fue concebida, desde un principio, para el teatro. En la primera entrada, el autor sitúa la acción y, desde la primera línea, acentúa su carácter simbólico, ya explícito en el título: “Unas millas al sur de Soledad…”. La escena transcurre a la vera un río y, como en una tragedia griega, transmite lo indefectible de un final dramático. La indefensión de uno de los protagonistas, Lennie, grande, fuerte, pero corto, muy corto de luces, comparado desde el principio hasta el final, de forma objetiva pues se quiere ilustrativa, con un oso, un caballo, un coyote, un perro…; su relación de amistad, lealtad y dependencia con George, un tipo normal y la cita que establecen para, ante cualquier altercado, encontrarse en ese mismo lugar nos preparan para un desenlace fatal. Eso y el determinismo inmanente a la obra de Steinbeck. El destino de los pobres. En los siguientes capítulos, la trama discurre en interiores poco iluminados, cerrándose en el último de nuevo a orillas del río.

     El título procede de un poeta escocés del siglo XIX, Robert Burns

…Los planes mejor trazados de ratones y hombres / se tuercen a menudo / no dejándonos sino dolor y tristeza / en vez del prometido gozo.

     Y a lo largo de la obra, ratones y hombres, o perros y hombres, o serpientes y hombres…, el paralelismo se desarrolla al compás de los acontecimientos. Los personajes, tipo, son descritos por un narrador que se quiere ajeno, refiriendo unos hechos de los que nosotros y especialmente George y Slim -el prototipo del hombre mesurado, cabal e inteligente-, a modo de hado, prevemos el desenlace. La vulnerabilidad de muchos de los personajes; sus porqués -tanto el pusilánime Curley como la malparada única mujer, eva tentadora, pero inocente, tienen motivos para su forma de actuar-; sus sueños, sobre todo sus sueños, olvidados, renacidos o atisbados, esos sueños que formaban parte del Gran Sueño Americano -hasta Crook, el negro relegado sueña por un momento-; todo ello queda expuesto, concitando nuestra comprensión y, al mismo tiempo, evidenciando las limitaciones de cada uno, su reducido o nulo ámbito de actuación.

     Una pequeña catarsis de carácter social y determinista. Una de las historias que el cronista de Las uvas de la ira pudo cruzar en su camino. Una relato de amistad, donde la solidaridad apenas si se contempla y donde la esperanza es un saco roto.

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Las uvas de la ira de John Steinbeck

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John Steinbeck nació en 1902 en California, el vergel de EE. UU., el paraíso para los millones de granjeros que durante los año 30 se vieron forzados a abandonar sus haciendas exhaustas y estériles por un cultivo excesivo, la sequía pertinaz y las nubes de polvo que cubrían todo, el sol, las casas, los campos antaño fértiles de las grandes praderas. La sobrexplotación, la impiedad y la avaricia de los bancos y/o los nuevos terratenientes, la fatalidad meteorológica, el “progreso” arrojaron a millones de personas a la carretera, a la ruta 66, camino del empíreo, de los valles repletos de naranjos, uvas, melocotones, de los campos de algodón…, del trabajo -a cualquier precio, pero eso lo aprenderán al llegar-. Antes de esta historia, Steinbeck escribió una serie de artículos recogidos en Los vagabundos de la cosecha y conoció in situ la realidad de los desposeídos. [Ver fotos de Dorothea Lange].

     La novela arranca con una plástica descripción de la evolución y aspecto de las cosechas, de las nubes que pasan y no caen, del viento que empuja las nubes y levanta el polvo, del polvo que se queda y se filtra por todas partes, y de las miradas de los hombres, de las mujeres y de los niños. Ahí está un principio básico de Las uvas de la ira. A continuación conocemos a Tom Joab, el eje, junto a Madre, de la saga. En el tercer capítulo nos habla de nuevo el Steinbeck cronista -aunque siempre literato- de la v”… y, después, seguimos a una tortuga tenaz, que, pase lo que pase, persevera en la misma dirección y que, además, al caer ella, la espina de avena loca y tres de las semillas con cabeza de arpón [que habían quedado atrapadas en su interior] se hundieron en la tierra, su concha arrastró tierra por encima de las semillas. Así es esta epopeya. Gente que avanza lenta y necesariamente y, sin querer, va sembrando semillas. Así quiere ser.

     De los 30 capítulos que la conforman, dieciséis refieren la intrahistoria de aquellas proles estadounidenses que se vieron impelidas a buscar trabajo fuera de sus hogares y estados. La llegada de los tractores, la pretendida impersonalidad de los bancos y de los dueños de las tierras, la presión del hambre, el origen y mantenimiento de los sueldos de miseria, el miedo al extranjero… Una crónica ilustrada por otros 14 capítulos que narran el Vía Crucis -14 son sus etapas- de una familia unida por el amor, El amor entre ellos y el amor a la tierra y a los frutos que de ella podrían, porque ya lo hicieron, obtener. Una historia de matices bíblicos en un viaje a una tierra prometida hacia el que parten los Joad al completo, 12 en total, como los apóstoles, en compañía de un predicador que tras meditar lejos de todos, en el campo, ya no quiere ser predicador, ha perdido la fe, aunque mantiene el espíritu como aquellos a quienes a decidido unirse.

     En un principio, Tom Joad viaja para regresar al hogar, pero cuando consigue encontrar a sus padres, abuelos, hermanos y cuñado, estos se disponen a partir en un destartalado vehículo para recoger fruta en California desde donde solicitan mano de obra para trabajar. Viven un sinfín de desoladoras vicisitudes insertas en un proceso histórico y económico profundamente injusto. Capítulo sí, capítulo no -salvo una excepción-, Steinbeck nos da los pormenores de este proceso que conduce indefectiblemente a estos exiliados, unidos por firmes lazos, a hacer lo que ya no pueden dejar de hacer: seguir adelante, ya no hay donde volver. Cuando llegan a California muchas cosas han cambiado, pero ellos, necesariamente, han de continuar camino. La movilidad como un factor desmovilizador. ¡Cuánto presente!

     Toda la obra está cargada de un profundo sentido religioso, pero con un giro de 180 grados. La involuntaria palabra del predicador que da el relevo a Tom en las aguas de un río -curioso y paradójico bautismo- y lo gana para una causa nueva. El niño lanzado a las aguas en las antípodas de Moisés. Sin hablar del final, mezcla de Piedad y Virgen con el niño. Y la iglesia está, aunque no parece que sea para bien. La agorera voz de la loca del campamento oficial, la reprobación de las costumbres licenciosas -el baile- que hacen olvidar el día a día. No obstante, no aparece en la crónica de los capítulos impares: la voz anónima que va glosando el éxodo de los Joad y, con ellos, el de millones de expulsados de Oklahoma, Texas, Nuevo México…

     Lo mejor es leerlo (o releerlo). Da para mucho y está repleto de pequeños grandes detalles. Es una narración realista y, también, un informe sobre el desarrollo de la nueva economía -al parecer siempre es nueva, aunque en el fondo siempre se trate de lo mismo-. Una obra rica y vigente que sesenta y cuatro años más tarde sigue transmitiendo verdad y compromiso en unos universales básicos que siguen pareciendo inconquistables. Reconstatar que no ha llovido mucho, que siguen las tormentas de polvo para el común de los mortales, que la ruta 66 puede estar en el Mediterráneo, camino de Lampedusa, de Almería, en el desierto de Sonora, en la frontera entre Pakistán y Afganistán, en tantos y tantos sitios donde las personas siguen buscando un salario que les permita parar y vivir de su trabajo.

John-Steinbeck