King, una historia de la calle de John Berger

Las obras de Berger no suelen ser obras compactas, cerradas, controladas hasta en los más mínimos detalles, pero están llenas de los más mínimos detalles, abren zonas oscuras, quiebran discursos lineales, derraman hechos, sensaciones, sentimientos, preguntas, imágenes… y cada frase, cada palabra tiene su propio sentido y se relaciona con todo lo demás.

     King es un perro vagabundo, sin embargo está unido a una pareja que vive en un solar abandonado que a pesar de ello tiene un dueño y una particular geografía. Su amigo del alma se hace llamar Vico, como Giambatista Vico y se hace llamar así porque Vico fue el primer pensador que se dio cuenta de que Dios no tenía poder, Vico supo, reconoció y escribió que los perpetradores de la Historia eran los hombres y que, por lo tanto, la Histotia era en sí una ciencia susceptible de ser conocida y estudiada ya que no dependía de ningún ser supremo. Y a través de los ojos de King, vamos a seguir la historia de este otro Vico y su compañera, Vica, y de aquellos que habitan este paisaje ignorado que va a dejar de ser ignorado para entrar en un proceso lucrativo y, en consecuencia, de progreso, civilizador. Lo que nadie veía porque estaba escondido en las proximidades de una gran autopista se ha hecho visible y quienes allí están pasarán a ser una molestia: un error. No existe un error derrotado. Los errores existen o no existen, y si existen, han de ser escondidos. En esta novela sobre las personas excluidas del circulo de consumo en el que la humanidad gira, por respeto y para evitar la compasión, elige Berger la mirada de un perro y los trazos filosóficos de un napolitano que inició otro forma de mirar, alejada del cartesianismo y más próxima al ser humano –¿Cómo puede salir nada real de una abstracción?-. El contraste entre la mirada limpia de King y los acontecimientos que van cercando a los protagonistas –La violencia es por lo general rápida. Cuando es lenta … no hay escapatoria.-; el concepto del tiempo estancado por la falta de perspectivas y el dolor del pasado -… yo ya sé que en la hora siguiente no voy a hacer lo que tengo que hacer. Tengo que poner fin a esa hora.-, el olor del fracaso y de la locura… Es un libro breve, el paseo de un perro en apenas un día, no es desgarrador, sí punzante. Os lo habéis buscado. Esa es la frase que por lo general precede a la tortura, a la violación, al asesinato

     Los pobres, si están cerca, molestan. A los pobres, como a los herejes del XVII -a Bruno, por ejemplo, 68 años antes de nacer Vico-, los queman. Giambattistas Vico decía que la historia se repite, pero en forma de espiral, como un eterno retorno que se va ensanchando. Piensa el perro en esta novela que si hay una fuerza del mal -que sí, a mí me parece que la hay, y es muy potente-, tiene que haber la contraria. Pero King es solo una narración más, formalmente, no ambiciona tanto como G, tampoco se lanza a un recorrido tan exhaustivo, pero sigue comprendiendo -en sus cuatro acepciones: abrazar, contener, entender, justificar- lo esencial.  Es un grandísima novela. Y el final es magnífico.

G de John Berger

Cuando en 1972 John Berger recibió el Premio Booker por esta novela, la mitad del premio se la cedió a los Panteras Negras y con la otra mitad financió lo que sería Un séptimo hombre, estudio sobre las experiencias de los trabajadores migrantes, trabajadores explotados por empresas como Booker McConnell, que le otorgaba el premio y cuyos vínculos con las plantaciones en régimen de esclavitud en los países del Caribe denunció en el momento de recibirlo acompañado por un representante de los antedichos Panteras Negras. Ese mismo año, a la encorsetada visión del arte recogida por Kenneth Clarks en la serie televisiva Civilización, Berger respondió con la inteligente, fresca y diferente Modos de ver que, a quien no la haya visto, le recomiendo no pierda el tiempo y se vaya ya a disfrutarla en Youtube.

     Toda minoría dirigente tiene que acallar y, si es posible, matar, proponiéndoles un presente continuo, el sentido del tiempo de aquellos a quienes explota. Como minoría dirigente dentro de su propia novela, John Berger, paradigma de la coherencia, nos ofrece una novela fraccionada, donde, como en un fresco dialéctico y marxista, todo está relacionado, ahora bien, ciertamente, los y las lectoras no somos explotados, pero sí impelidos a cuestionar, obligados a relacionar, arrastrados a mirar. No es fácil abordar esta obra, si bien para eso ha sido escrita y por eso mismo abre tantos flancos, empezando por el título, G. Siguiendo un principal hilo temporal, conocemos a los progenitores del ilegítimo G: un burgués algo ridículo, pero afortunado y temeroso de las masas, y una norteamericana liberada, pero hija de un general británico y perteneciente a una clase extemporánea y parásita que considera que el honor comienza con un hombre y un caballo. En la narración, el exquisito sentido del humor bergeriano es acompasado por las circunstancias históricas, en general simultáneamente al desarrollo de los hechos, hechos estos que, curiosamente, parecen no afectar personalmente a G, fruto extraño de una sociedad en continua decadencia que dialoga o se contrapone a otra sociedad emergente en la que a su vez también se establece una dialéctica frente a la que G pretende permanecer al margen. G de Garibaldi, o de Don Giovanni -es decir, Don Juan-, o del mismísimo punto G. Porque diríase que este joven al que acompañaremos durante momentos trascendentales de finales del XIX y principios del siglo XX hasta llegar a los comienzos de la Gran Guerra, tiene una habilidad especial con las mujeres, cuya vida cambia al conocerlo. No es ese ángel pasoliniano que unos años antes cambiaba las vidas de una familia burguesísima en Teorema, mas es inevitable recordarlo y avistar una cierta sintonía entre ambos escritores de izquierdas.

     Demasiado prolijo decir cuáles son las líneas fundamentales que desarrolla la novela. Están las guerras y los conflictos de clase, necesariamente conectados. Ya en el primer capítulo se anuncian con la sencilla mención de la inocencia de la nación italiana y Garibaldi –¿Con qué clase de hombre -con su total integridad personal- se podía engañar más satisfactoriamente a la mayoría de la nación italiana?-, continúan con la matanza perpetrada por el general Beccaris en 1898 contra la clase obrera milanesa en manifestación, sigue con la guerra de los Boers y una magnífica síntesis en un párrafo memorable sobre el imperio británico del que no me resisto a recoger el final: Una mitad del Imperio disfruta del verano, mientras la otra mitad está en invierno; a la hazaña realizada por el peruano Chávez de cruzar los Andes, la acompañan, sotto voce, las matanzas belgas perpetradas en el Congo, nada lejanas de otras similares en otras colonias, mientras G cena primero y pasea después con un ingeniero de la Peugeot y un directivo de la Pirelli, clase dirigente que tiene claro cómo relegar a Marx y superar las posibles revueltas obreras: Los dirigentes de las masas trabajadoras no querían el poder. Sólo querían mejoras. […] De vez en cuando sacan a relucir la palabra socialismo. Esa palabra equivale a la ruptura temporal de las negociaciones, pero siempre con la intención de reiniciarlas. Si formamos adecuadamente a la gente, si aprovechamos la ciencia moderna, refrenamos el poder de la monarquía y confiamos en el sistema parlamentario, no hay razón alguna para pensar que el orden social actual vaya a cambiar violentamente. Desemboca en los conflictos nacionales centrados en la ciudad de Trieste poco después de las guerras balcánicas -guerras recidivas- y a punto de unirse Italia a la Primera Guerra Mundial, a una de cuyas más sangrientas batallas asistimos mientras que el austríaco Von Hartmann de las fuerzas de ocupación austrohúngaras reflexiona sobre el poder que ejerce sobre su mujer.

     Esta es parte de la convulsa realidad social que se entrevera en la vida de un diletante cuyo centro de interés parece radicar en las mujeres y es a las mujeres –Para Anya y para sus compañeras del Movimiento Feminista de Liberación Femenina– a quien va dedicado el libro. G, por momentos, ejerce de catalizador, por momentos semeja asumir la voz del autor, a veces se diría un dios iluminador o un mito erótico. G sirve para desvelar la situación de dependencia femenina que, con la maternidad, triplica su papel a interpretar -objeto sexual, marioneta social, agente de los hijos del esposo-, se demuestra ajeno a cualquier conflicto social, pero desempeña un rol frente a las mujeres y es un rol sumamente egocéntrico e hipersexualizado. G no es sino un instrumento que a medida que el tiempo avanza, se siente más insatisfecho y su forma de intervención es, invariablemente, por mediación femenina. Frente a los distintos tipos de mujer que se cruzan en su camino, ejerce un papel de superioridad por su sexo y por su estatus económico, sin embargo, a veces, se da una aparente fusión con el autor que, sin embargo, de vez en cuando, también explicita su posición como tal dentro del relato. En todo caso, la voluntad femenina de desembarazarse de sus roles, consciente o inconscientemente, está ahí y solo le cabe crecer lo cual, para el propio personaje tiene sus consecuencias, como las tiene el paso del tiempo y el aburrimiento. 

     Una novela ambiciosa que parte de la premisa de que la narración ya no puede ni debe ser lineal, que la precisión no existe, que tampoco valen las generalizaciones -y en la sexualidad, menos-, que sí que existe el miedo y algo por encima del miedo, que… Vale la pena leerlo. Está maravillosamente escrita, con temas y sensaciones que viven, avanzan, se repiten, lírica, erótica, reveladora, lúcida. Es amplia, es profusa, es rica, es polémica, sigue siendo actual.  Es, era, siempre será, John Berger, más joven, más arriesgado, más temerario.

El cuaderno de Bento de John Berger

 

Bento, Benedict de Spinoza, buscaba, como los presocráticos, una substancia primera (o una causa última), la razón original y, afecto a Euclides y a Descartes de los que se vale para el desarrollo de su Ética, concluye que esa substancia primera que se justifica en sí misma es Dios a quien identifica con la Naturaleza. Hasta qué punto fue creyente o no, se puede discutir o dilucidar, pero lo cierto es que, sufriendo represalias por su forma de pensar, decidió no seguir publicando, ganarse la vida puliendo lentes y desarrollar su filosofía en privado, compartiéndola únicamente con personas de confianza. Decidió con libertad, en el sentido que él mismo dio a esta palabra, viviendo de acuerdo a un corpus de pensamiento que premiaba la reflexión y aceptación de aquello que no puede ser cambiado, con conocimiento de causa, evitando el error.

     John Berger iba para pintor, pero abandonó el pincel, empuñó la pluma, lo hizo desde un punto de vista personal y, también, marxista, impelido por la situación que vivía la sociedad, inmersa en la guerra fría y la injusticia social. Como Platonov, sobre quien recoge apuntes y un dibujo en este cuaderno, que abandonó la escritura para ejercer su profesión de ingeniero agrícola ante la sequía y la hambruna que asolaba a sus compatriotas soviéticos.

     El cuaderno de Bento data de 2011, la publicó pues con 85 años, tras una vida larga y rica en experiencias y en conocimientos, generosa y arriesgada, sabia, profunda, comprometida y solidaria. Según los amigos de Spinoza, este solía dibujar en un cuaderno y Berger juega a imitarlo, a citarlo e, incluso a interpelarlo. Con esa forma de mirar que, con tanta perseverancia, ha intentado transmitir en libros, guiones, películas, documentales, etc. recoge fragmentos de Spinoza -fundamentalmente de su Ética-, y añade sus dibujos, breves historias, homenajes, reflexiones…, que, en apariencia, no guardan una ilación. Pero para Berger, como para Spinoza, las apariencias son algo más y hay que mirar, buscar, preguntar, preguntarse.

     Comienza con un dibujo de Beverly, su esposa, aún viva cuando la obra se ofreció al público, y la narración del acto de dibujar del natural un racimo de ciruelas. A continuación, nos alumbra sobre el porqué del título. En apenas seis páginas, ante tres circunstancias distintas -una ofrenda, el subcomandante Marcos encapuchado y el movimiento de una bailarina- repite … Quienes dibujamos no sólo dibujamos a fin de hacer algo visible para los demás, sino también para acompañar a algo invisible hacia su destino insondable… Mientras, nos hace ver que dibuja, que dibujar es corregir y que es una cuestión de esperanza. Después se oye la voz de Spinoza … nuestra alma, en cuanto que implica la esencia del cuerpo desde la perspectiva de la eternidad, es eterna, y esta existencia suya no puede definirse por el tiempo, o sea, no puede explicarse por la duración. Así transita este cuaderno que simula ser un florilegio de retazos, cuando, en cada reflexión, incluso, a veces, simulada confesión, recibimos una parte de un todo que busca contener algo esencial y, por lo tanto, eterno y, no solo a través de la palabra, sino del trazo al que, en determinado momento del libro, llega a comparar con la conducción de una moto -ambos implican movimiento, una mirada que no se centre en el detalle que desestabiliza- para llegar a comprender -piscina y mujer camboyana de por medio- cuál es el sentimiento de una persona desplazada.

     Para Berger hay dos tipos de narración, para hacernos llegar hasta ellas se detiene en dos bodas y la forma de celebrarlas. Están las que tratan de lo invisible y lo oculto, y están las que exponen y ofrecen lo revelado. […] La introvertida y la extrovertida. Sin lugar a dudas el pecio que se reúne en esta obra pertenece a la preferida por Berger, la introvertida, porque -y copio todo el párrafo porque es imposible ser más preciso respecto de lo tratado en El cuaderno de Bento-: Porque sus historias permanecen inacabadas. Porque entrañan la necesidad de compartir. Porque en su forma de relatar, un cuerpo se refiere tanto a un individuo como a un conjunto de individuos. Porque en estas narraciones el misterio no es algo que se vaya a resolver, sino algo que se lleva con uno. Porque, aunque puedan tratar de una violencia, de una pérdida o de una furia súbitas, no se quedan en lo inmediato, miran a lo lejos. Y sobre todo porque sus protagonistas no son actores, sino supervivientes. Engarzando filosofía, bosquejos, recuerdos, amistades, afectos, deseos, etc., esta impostura, con bergeriana tenacidad, intenta vulnerar la pasividad y reivindicar la esperanza y la necesidad de rebelión, de compromiso. Protestamos porque no hacerlo sería demasiado humillante, demasiado reductor, demasiado terrible. Con una hermosa prosa, emoción poética, con esbozos que indagan, dibujos que se sobreponen, con sentido del humor, con esa pasión por cuestionar que siempre está presente en sus escritos, en sus exposiciones, pasamos de un museo, a un centro comercial, de Chejov a la danza del vientre, de… Porque vivimos en un mundo en el que todo está conectado y no deberíamos aislarnos del orden general del universo, porque no deberíamos ignorar las causas que determinan nuestro estar en el mundo, nuestra libertad.

     Hay que leer y escuchar, siempre, a John Berger. Y, por qué no, a Spinoza.

 

 

Los golpes de Jean Meckert

 

Jean Meckert, más conocido como Jean Amila, nació en 1910 y de pequeño, debido al abandono del padre y el desequilibrio de la madre, estuvo en un orfelinato hasta los 13, edad en la que, tras acabar los estudios primarios, empezó a trabajar en un garaje, ejerciendo después diversos empleos -incluidos dos años en el ejército- hasta 1941, fecha de publicación de Los golpes, novela terminada 5 años antes. Si Los golpes fue un gran éxito, no ocurrió igual con sus siguientes obras. Su literatura, dura, crudamente realista y estilísticamente desnuda, construida con un lenguaje cotidiano y, con frecuencia, vulgar, su pluma apuntando siempre al burgués acomodado y al aspirante a burgués desde el punto de vista de un escritor que fue obrero y es anarquista,Je suis un ouvrier qui a mal tourné*, decía en una entrevista con treinta años-, su mirada oscura hacia la sociedad donde el gris vira contundentemente al negro hicieron que sus obras no obtuvieran el reconocimiento merecido. Apoyado por amigos escritores comenzó a publicar con pseudónimo, pero fue escribiendo para la serie negra de Marcel Duhamel -donde Boris Vian publicó como Vernon Sullivan-, con el nombre de John Amila primero y Jean Amila después, como triunfó y consiguió una estabilidad.

     Si para el Roquentin de La náusea (1938) a través de las palabras se desvirtúa el verdadero (sin)sentido de las cosas para evitar caer en el vacío o para el Meursault de El extranjero (1942) la realidad es algo ajeno y absurdo basado en una moral arbitraria, a Félix, de Los golpes (1941), es la palabra lo que le falta, la capacidad de elaborar un discurso que contenga sus ideas o al revés: J’avais bien des idées qui barattaient à l’intérieur, des idées à moi, pas si bêtes, intraduisibles et pas sortables**. A Félix le faltan las palabras y sólo percibe el vacío en los demás. … Être loin de ces miteux qui ne soufflaient que du vide. Vide! Vide partout! Des vertiges complets, on se sentait dissoudre, s’éparpiller, en vrai cerveau détonant, au-dessus de ces plat-ventres***. Sus orígenes son muy similares a los del autor, se van conociendo a lo largo de esta confesión -un relato en primera persona donde Félix pugna por reproducir su intento de incorporación a la normalidad-, el contacto con la naturaleza suaviza su ira, el sol, el calor -francés, no argelino- lo motivan y es en un grato día de calor cuando decide reincorporarse al rebaño de la vida regular, con trabajo, casa y, a ser posible, mujer (si es dura de carnes, como sabremos a lo largo de su historia, mejor). Para este nuevo modo de vida se fija en una compañera de trabajo administrativa, con ella y a través de ella alcanza a conocer la pequeña burguesía pseudointelectual, pseudorica, que se caracteriza por una verborrea apabullante y una total ignorancia de sus posibilidades realesJe me conseillais de laisser tomber tout ça, de ne pas penser au-dessus de ma condition,,,****– y acaba desembocando en una historia de frustración, una sórdida historia que parece no tener fin. … moi, Félix, j’étais bien devenu le manoeuvre qui se saoule et qui bat sa femme*****. No es, como sus coetáneas, una novela que desde dentro mire hacia fuera para encontrar el absurdo, está escrita desde dentro y, por lo tanto, desde el absurdo que en este caso toma la forma de la incapacidad para comunicar y la ira hija de esta frustración unidas a la necesidad de control y de posesión basada en una concepción inmadura y machista del amor que recae sobre el último eslabón de la cadena -ella, la mujer, desclasada y deshumanizada: Je l’avais bien eue au marché d’occasions, ma femme, en seconde main******-. Un absurdo, este último, una violencia, que continúa, los otros, que quizá se contengan en el sartriano el infierno son los otros, se ve o no se ve. Aquí Felix los siente como tal, y se rebela, pero conforme a las pautas aprendidas. ¿Cuándo conseguiremos erradicarlas? ¿Cuándo?

      Una excelente, inclemente (aunque a veces se respire, un poco…) y necesaria novela a descubrir y a destripar. Hay una traducción reciente de la editorial Las afueras a la que, lamentablemente, no he podido echar una ojeada (los libros duran en las librerías un suspiro y este debería ser un libro de fondo ya), porque la traducción, no me cabe duda de que no ha de haber sido trabajo fácil.

*Soy un obrero que se ha echado a perder. 

**Tenía un montón de ideas bullendo en mi interior, ideas mías, no tan tontas, intraducibles, impresentables.

***Estar lejos de estos miserables que sólo rezumaban vacío. ¡Vacío! ¡Vacío por todas partes! Todos los vértigos, te sentías desvanecer, te desparramabas, un auténtico cerebro explosivo sobre esos arrastrados.

****Me aconsejaba a mí mismo pasar de todo aquello, no pensar por encima de mi condición.

*****Yo, Félix, me había convertido en el obrero que se emborracha y pega a su mujer.

****** A fin de cuentas la había conseguido en los saldos, a mi mujer, de segunda mano.

     

Nuevas maneras de matar a tu madre de Colm Tóibín

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Colm Toíbín es un autor y crítico literario de origen irlandés y católico que tiene en la actualidad 60 años. Su último libro Nora Webster aborda la vida de una mujer que se queda viuda y se basa en su madre que perdió a su marido cuando él tenía 12 años. Otra novela anterior, El testamento de María, trata también del dolor de una madre al perder a su hijo, en este caso Jesucristo, y es con la figura de la madre ausente en la novela del siglo XIX como arranca este libro de ensayos literarios acerca de la familia y los rastros -que en algunos casos son heridas, en otros formas de matar, en otros formas de exponer o exponerse…- que la familia deja en los escritores y/o en sus obras.

      Lo introduce con un sugerente y exhaustivo ensayo sobre Jane Austen y el muy presente a lo largo de la obra Henry James -no en vano tiene una novela biográfica acerca de él, The master: retrato del novelista adulto-; en él aborda la novela decimonónica como una representación de la destrucción de la familia y el ascenso de la conciencia moderna o del espíritu individual centrándose en la figura materna, en general muerta o desaparecida, siendo sustituida en muchas ocasiones por las tías, figura que rastrea hasta Joyce: Las tías se marchan en las novelas igual que llegan, para alterar la paz y aligerar el tono. Las madres impiden el crecimiento de la protagonista. Esto lo ilustra especialmente siguiendo a Austen, pero también a James, hasta llegar a finales del XIX cuando es la figura masculina la que potencia la tensión de los personajes.

      Curiosamente cierra el libro con dos artículos acerca de la figura del padre a finales del XX, a través, básicamente, del interesantísimo James Baldwin y el, bastante menos llamativo, Barak Obama. En el medio, 2 bloques, uno centrado en Irlanda y el otro intitulado En otros lugares. Irlanda arranca con dos capítulos dedicados a Yeats; en el primero Nuevas maneras de matar a tu padre, rastrea, también con Henry James de acompañante, como de padres asaz disolutos y con ansias creativas, crecen hijos poderosos a pesar de no haber podido ir a la universidad que tampoco destrozó sus mentes y contempla como forma de venganza de estos hacia sus progenitores el permitirles publicar sus libros, los cuales dejaban bastante que desear. Este impulso lo retoma más adelante con Borges, no en cuanto a su revancha, sino en cuanto a coger el testigo de la creación ante el fracaso de su predecesor. Tras el padre de Yeats, en Willie y George, le toca el turno a su cónyuge, esposa-madre e impulso fraudulento de parte del simbolismo esotérico en su obra. A Yeats le sigue su amigo Synge con su religiosa y adinerada familia, su absorbente y celosa madre de la que se alejaba y sobre la que recaída, desarrollando su vida y obra a la contra, pero apoyándose en ella. A continuación Beckett -gran deudor del teatro de Synge a cuyas obras de teatro, que tanto escandalizaron a los irlandeses, asistía sin falta en el teatro Abbey- y de nuevo la madre, al parecer depresiva y neurótica, que freudianamente condujo al laso Samuel al psicoanalista. Si Synge y, por supuesto, Beckett se alejaron, pero también regresaron, de su otra familia, más profunda, menos evidente, menos -o quizá no- psicoanalizable, que eran la tradicional y pía Irlanda, su enfrentamiento político y el idioma, los siguientes ensayos versan sobre autores que de diferentes maneras se enfrentaron o afrontaron las dos vertientes como un conflicto. Brian Moore que acabó en Estados Unidos, Sebastian Barry en cuyo teatro se superponen el padre de la nación y el dométsico y, por último, Roddy Doyle y Hugo Hamilton que en su rebelión matan al padre a través de la lengua o la lengua a través del padre, el primero con humor, el segundo por necesidad: el conocimiento de la lengua irlandesa se asociaba a la pobreza, por lo que abandonar el idioma es posible que constituyera una forma, aunque extraña e imperceptible, de ascender. Esto me recuerda algo. ¿Será a la igualmente encapotada y verde Galicia durante 40 años?

      La segunda parte se abre con dos pesos pesados: Thomas Mann y Borges. Al primero lo acompaña la leyenda de Nuevas maneras de malcriar a los hijos, suave teniendo en cuenta que dos de ellos se suicidaron y que un lema del Mago fue Hay que acostumbrar a los hijos a la injusticia desde el primer momento. Si a cada autor lo acompañan lides varias que van desde el alcoholismo, padre, madre o ambos autoritarios, problemas de opción sexual, etc., la familia Mann es una buena panoplia de bretes que incluyen incestos, drogas, ambigüedad política, etc. Mucho se ha escrito sobre ese enorme escritor que fue Thomas Mann y a su luz o su sombra se han alumbrado o ensombrecido hijos e hijas, amigos, amigas, amigos y amigas de hijos e hijas y demás. Erika y Klaus indudablemente crecieron gracias y a pesar de él, pero siempre con esa pequeña gran figura embrujando sus acciones, sus escritos, su creatividad en fin. En cuanto a Borges, difícilmente rastreables en sus narraciones -que no en las particulares traducciones inscritas en su nombre con la bendición, sino la hechura de su madre- ambos progenitores, tendiente el padre a lo europeo, orgullosa ella de su criollismo de antigua alcurnia, posibilitaron sin duda ese particular universo borgeano y su asistenta Fanny y su recelada Maria Kodama pusieron el resto. Si a eso añadimos las digamos desafortunadas posiciones políticas de Jorge Luis, el rechazo académico argentino que entre otras cosas le achacó desviadas tendencias de la literatura inglesa y jactanciosa erudición recóndita es interesante seguir con Colin Toíbín donde estaban algunas de sus obras y en qué momentos. Tras ellos un atormentado y alcohólico Hart Crane de familia disfuncional, sexualidad culpable, embriaguez recidiva, suicidio transatlántico y gran poesía (ver El puente, por ejemplo). Tenessee Williams, su hermana, Henry James y la suya, ambas de exquisita prosa y débil salud. El teatro de Williams viene a ser el escenario de la frágil personalidad de su querida Rose y la enfermedad tan poco exponible que él mismo creía -también estuvo internado- bordear. A lo que hay que añadir el alcoholismo, tan recurrente en muchos de los autores que aquí nos ocupan. John Cheever, quien además de contar en su haber con una homosexualidad culpable, mas activa, también freudianamente achacada a sus padres, y una dipsomanía reiterativa, quería formar una familia convencional y decía aborrecer a los discípulos de Sodoma, mientras guardaba unos detallados diarios para ser leídos por la posteridad. Y por último Baldwin, gran novelista y lúcido ensayista que quiso, y literalmente lo hizo, matar al padre literario y blanco –Hemingway, Dos Passos, Faulkner…-, al tiempo que consideraba que el problema estadounidense era que los hijos se avergonzaban de los padres. Por otro lado reivindicaba a ¡oh, de nuevo! Henry James y buscaba una síntesis en sus libros entre Miles Davies y Ray Charles. Baldwin quien no quería librarse del chamán africano para confiar en el psiquiatra norteamericano, y quien lúcidamente observa que los europeos llegados a colonizar América pasaron de ser por ejemplo noruegos, a ser blancos frente al negro, pero que, al salir de su país, no le queda otra que reconocerse como norteamericano. Tanto Obama como él, muerto el progenitor, comienzan a ser ellos, como las heroínas de Austen sin sus madres. Las de la introducción de las Nuevas maneras de matar a tu madre

    Ay, la familia, qué gran tema, de fondo y de trasfondo. Muy recomendable para amantes de la literatura y sus vertientes y entresijos, que no sus cotilleos –de buscar únicamente esto último, sin duda, se aburrirán-. 

Foto Toibin

El plantador de tabaco de John Barth

El plantador de tabaco

 

El placer del relato. La narración como una forma de supervivencia. La antítesis de Sherezade articulando una relato de aventuras guiado por el quijotesco afán de un poema épico anterior a la batalla. Si la hija del gran visir para mantener la vida cada día ha de inventar o continuar una historia, nuestro protagonista, poeta laureado Ebenezer Cooke -nombre real de un real poeta que como nuestro antihéroe emprendió viaje a Maryland y versificó una acre parodia intitulada El Plantador de tabaco-, para vivir, ha de sobrevivir a un sinnúmero de desgracias y avatares, frutos algunos de su apatía, su inocencia, su impericia, etc. y rastrear otras tantas. Hay ecos del XVII en su planteamiento formal, pero sin ningún fondo, transfondo ni pretexto pedagógico, está próxima a la novela picaresca -si bien aquí los pícaros son todos a excepción del principal-, pero también a la de aprendizaje; hay armónicos argumentales de Tom Jones –el huérfano y poliédrico profesor Burlingame en busca de sus orígenes y un Ebenezer de una fidelidad francamente tenaz, pero no tanto- y humorísticos en Tristram Shandy -sin páginas en negros y otras audacias formales-; un espigado e hidalgo Ebenezer con su particular escudero Bernard que a punto está de encontrar su peculiar Barataria; una musa cervantina, una hermana gemela, piratas, indios, misioneros…, una trama retorcida, enrevesada, en la que finalmente más o menos todo acaba milagrosamente encajando, aventuras y desventuras que se entretejen aparentemente al albur -aquí llamado John Barth- algunas hilarantes, otras épicas o patéticas, o hilarantes y épicas, o ilustradas, enigmáticas… No faltan adjetivos -claro que hay que decir que son casi 1200 páginas-. Un juego a través del cual se forma y se transforma la identidad -tan cambiante y tan traicionera a lo largo de toda la obra, ¿quién es quién y cuándo? ¿y por qué?-, el comercio es más comercio de drogas y de carne humana -mujeres, indios, esclavos africanos…,  aunque algún temor a la antropofagia pasea también por esta travesía que va desde Londres hasta América-, la traición y el doble juego político, el triple y si cabe, que sí que cabe, el cuádruple. Un festín literario, prolijo y aburrido de exponer y digno de ser disfrutado. Un inteligente pastiche -a fin de cuentas toma de donde y quien le parece oportuno lo que considera menester- que arrampla con todo lo necesario conjugándolo a su antojo y para nuestra diversión -y seguro que la del autor-.

      Dice en algún momento de esta novela su protagonista, el laureado Cooke, que la vida es un dramaturgo desvergonzado y como tal se comporta el autor. Y se mete en lo que Zambrano llamaría las entrañas de la vida, pero con poca lírica no obstante la profesión del principal. Todos cuentan, filosofan, buscan, cambian, mienten, por las aguas estancadas de Maryland, en las móviles fronteras alzadas y caídas a espaldas y a costa del Gran Imperio Británico con sus guerras de sucesión y religión, corre la historia con mayúsculas en sus vaivenes y Barth responde a una pasión por contar historias que siempre ha de abrazarse a la pasión por escucharlas: Enmarañad y enredad hasta que la luz de Sirio se refleje en la bahía; un cuento bien urdido es chismorreo de dioses, a quienes les es dado ver el corazón y la médula de la vida que hay en la Tierra; es la telaraña del mundo; la urdidumbre y trama… ¡Vive Dios, lo que me gustan las historias, señores!

Y la traducción de Eduardo Lago: Chapeau.

El secreto de Christine de Benjamin Black

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Reconozco mi debilidad por los escritores bifrontes. Antes fueron muchas mujeres, Bronte, Eliot, Sand y otras, pero no era lo mismo. Después Roman Gary y Émile Ajar que se la jugó a los críticos con su Goncourt y tampoco era lo mismo, aunque lo tuvo que disfrutar de lo lindo, solo que de otra manera. Ahora Banville. Otra vuelta de tuerca.

Benjamin Black nace de la mano de John Banville a sus sesenta años y se presenta al público en 2006, un año después de ganar el preciado Booker con “El mar”. De Black, autor de novela negra, dice Banville que puede irse a comer tras haber escrito un millar de palabras, tal vez dos mil, y disfrutar con ello, mientras que bajo el sombrero de Banville puedo escribir doscientas al día, sobre si esto es menosprecio hacia los escritores de este género, repone, entre otras cosas, que Simenon escribía sus obras en 10 días y eran obras maestras. Black es más rápido, Banville más elaborado.

Esta es la primera y en ella conocemos, desde la tercera persona, a su peculiar -y peculiaridad, rareza, se llama: Quirke- sabueso, cuyo pasado se nos irá desvelando a lo largo de la trama. No es un policía, no es un detective, es patólogo forense, la muerte, la noche y el alcohol son sus elementos. Es alto, muy alto, grande; a decir de Banville, es su antítesis y tiene mucho de Black, si bien no acierta a recordar si es rubio o moreno, por lo que con el tiempo lo ha ido dejado calvo. Todo empieza con un bebé que es trasladado a Boston y el cadáver de Christine Falls en el depósito donde trabaja Quirke. Por razones familiares este cadáver despierta su interés y a partir de ahí se extiende una red de sospechas que van cobrando cuerpo a medida que el forense busca satisfacer su curiosidad en una especie de ajuste de cuentas que él mismo no termina de entender. Al tiempo Black, nos acerca al personaje, huérfano, ahijado del gran juez Griffin, etc. -es mejor saberlo a medida que se lee-. Este personaje con un ritmo de vida diferente a la mayoría, viudo no se sabe si afligido o perplejo, amargo e irónico, actúa, y el autor nos hace partícipe de sus reflexiones, sus miedos. E inevitablemente a veces es portador de una poesía acerada y oscura dibujaban arabescos de fantasía en las paredes, que a él le recordaban vagamente las células de la sangre comprimida entre dos láminas portaobjetos bajo un microscopio. Los demás -no sé si a Borges le parecerían un número suficientemente discrecional de personajes- actúan y el narrador nos guía por actos, sentimientos e intenciones, en un ambiente lúgubre donde las principales víctimas son los niños y las mujeres en manos de una iglesia y unos poderes políticos y económicos irlandeses a nivel transnacional: Dublín y Boston, años cincuenta. Todo transcurre rápidamente. Una prosa ágil, en un ambiente de humo y humedad en Irlanda, artificioso y nevado en Boston, con historias brillantes de tristeza y desamparo como la de Andy y Claire Stafford, con el punto álgido en el capítulo 9, parte III, donde la relación de Andy, chófer, con la gran familia Crawford a través de Phoebe y el reencuentro de la pareja es narrado con una efectividad, un nervio y una plasticidad  sobresalientes. Como toda la novela.

De A para X. Una historia en cartas de John Berger

De A para x

Llegué a John Berger hace muchos años y fue a través del cine, de Alain Tanner y sus Jonás que tendrá veinticinco años en el año 2000 y La salamandra, ambas con guión de ellos dos. Entonces, en sesiones continuas, dobles y maratones de los cines Griffith, veíamos películas de cine europeo, de cine de autor, independiente, antiguo, subtitulado, etc. También entonces, en mis queridísimos y añorados Alphaville -es que estoy lejos, aún siguen allí, aunque ¿cuánto durarán?-, se vendían en su difunta librería guiones cinematográficos (A años luz, Messidor, Rhomer, Wenders…), amén de carteles, fotos, libros… Pasar de los guiones a buscar sus obras respondía a una lógica natural. Además de su estupenda trilogía (Puerca tierra, Una vez en Europa y Lila y Flag), tenía ensayos sobre arte, teatro, poesía y todo ello atravesado por una inmanente mirada política transversal y profunda de la que emanaba, y emana, una sorprendente humanidad contra viento y marea.

       Gratifica saber que sigue ahí, lúcido, generoso, perseverante, sin perder la luz ni la razón.

     De A para X es, entre otras cosas, una historia de amor y constancia. En ella, John Berger, joven incansable, pintor de origen (y tal vez de natural), experimenta con las formas, las cuales adapta a la necesidad del momento, sea la palabra, sea el dibujo, sea el silencio; audaz, no renuncia a ningún lenguaje, ni el de las manos, ni el del tacto, ni el de la ciencia. Todo vale en el arte porque la realidad es poliédrica y nuestras formas de expresión y comprensión son libres. Y este es también un libro sobre la libertad y las celdas. Sobre el amor y el cuerpo.

       Con un artificio tan antiguo en literatura como unas cartas encontradas, se desprende de su autoría y nos expone la relación entre un preso y su amada, que no su esposa pues la autoridades no les permiten el matrimonio. Cada uno pues, en su prisión. X es preso político y mecánico. Recoge apuntes de la realidad política o económica, análisis. A trabaja en una farmacias y sigue viviendo en su antiguo hogar. No se especifica el lugar. Podría ser Palestina, Turquía, Colombia… La principal voz es la de A’ida y su destinatario es Xavier. De su pluma sale este relato que es pintura, y es recopilación, y es la historia de dos que no pueden estar juntos, pero que siguen luchando, y que no están solos porque de los compañeros de la cárcel nos llegan ecos, y de los amigos, vecinos y sus vidas nos llegan noticias. Que ambos están presos de las circunstancias es evidente, que no es necesario dar nombre a sus carceleros, también: podría ser casi cualquier sitio. Poesía y política van de la mano por esta narración. Como matemáticas y pobreza. Como célula y celda. Una pequeña, agridulce y sutil historia, universal y necesaria, con una prosa que usa del verso, de la ilustración, de citas.., que lo aprovecha todo. Como A para X.

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