Nuevas maneras de matar a tu madre de Colm Tóibín

650_H421487.jpg

 

Colm Toíbín es un autor y crítico literario de origen irlandés y católico que tiene en la actualidad 60 años. Su último libro Nora Webster aborda la vida de una mujer que se queda viuda y se basa en su madre que perdió a su marido cuando él tenía 12 años. Otra novela anterior, El testamento de María, trata también del dolor de una madre al perder a su hijo, en este caso Jesucristo, y es con la figura de la madre ausente en la novela del siglo XIX como arranca este libro de ensayos literarios acerca de la familia y los rastros -que en algunos casos son heridas, en otros formas de matar, en otros formas de exponer o exponerse…- que la familia deja en los escritores y/o en sus obras.

      Lo introduce con un sugerente y exhaustivo ensayo sobre Jane Austen y el muy presente a lo largo de la obra Henry James -no en vano tiene una novela biográfica acerca de él, The master: retrato del novelista adulto-; en él aborda la novela decimonónica como una representación de la destrucción de la familia y el ascenso de la conciencia moderna o del espíritu individual centrándose en la figura materna, en general muerta o desaparecida, siendo sustituida en muchas ocasiones por las tías, figura que rastrea hasta Joyce: Las tías se marchan en las novelas igual que llegan, para alterar la paz y aligerar el tono. Las madres impiden el crecimiento de la protagonista. Esto lo ilustra especialmente siguiendo a Austen, pero también a James, hasta llegar a finales del XIX cuando es la figura masculina la que potencia la tensión de los personajes.

      Curiosamente cierra el libro con dos artículos acerca de la figura del padre a finales del XX, a través, básicamente, del interesantísimo James Baldwin y el, bastante menos llamativo, Barak Obama. En el medio, 2 bloques, uno centrado en Irlanda y el otro intitulado En otros lugares. Irlanda arranca con dos capítulos dedicados a Yeats; en el primero Nuevas maneras de matar a tu padre, rastrea, también con Henry James de acompañante, como de padres asaz disolutos y con ansias creativas, crecen hijos poderosos a pesar de no haber podido ir a la universidad que tampoco destrozó sus mentes y contempla como forma de venganza de estos hacia sus progenitores el permitirles publicar sus libros, los cuales dejaban bastante que desear. Este impulso lo retoma más adelante con Borges, no en cuanto a su revancha, sino en cuanto a coger el testigo de la creación ante el fracaso de su predecesor. Tras el padre de Yeats, en Willie y George, le toca el turno a su cónyuge, esposa-madre e impulso fraudulento de parte del simbolismo esotérico en su obra. A Yeats le sigue su amigo Synge con su religiosa y adinerada familia, su absorbente y celosa madre de la que se alejaba y sobre la que recaída, desarrollando su vida y obra a la contra, pero apoyándose en ella. A continuación Beckett -gran deudor del teatro de Synge a cuyas obras de teatro, que tanto escandalizaron a los irlandeses, asistía sin falta en el teatro Abbey- y de nuevo la madre, al parecer depresiva y neurótica, que freudianamente condujo al laso Samuel al psicoanalista. Si Synge y, por supuesto, Beckett se alejaron, pero también regresaron, de su otra familia, más profunda, menos evidente, menos -o quizá no- psicoanalizable, que eran la tradicional y pía Irlanda, su enfrentamiento político y el idioma, los siguientes ensayos versan sobre autores que de diferentes maneras se enfrentaron o afrontaron las dos vertientes como un conflicto. Brian Moore que acabó en Estados Unidos, Sebastian Barry en cuyo teatro se superponen el padre de la nación y el dométsico y, por último, Roddy Doyle y Hugo Hamilton que en su rebelión matan al padre a través de la lengua o la lengua a través del padre, el primero con humor, el segundo por necesidad: el conocimiento de la lengua irlandesa se asociaba a la pobreza, por lo que abandonar el idioma es posible que constituyera una forma, aunque extraña e imperceptible, de ascender. Esto me recuerda algo. ¿Será a la igualmente encapotada y verde Galicia durante 40 años?

      La segunda parte se abre con dos pesos pesados: Thomas Mann y Borges. Al primero lo acompaña la leyenda de Nuevas maneras de malcriar a los hijos, suave teniendo en cuenta que dos de ellos se suicidaron y que un lema del Mago fue Hay que acostumbrar a los hijos a la injusticia desde el primer momento. Si a cada autor lo acompañan lides varias que van desde el alcoholismo, padre, madre o ambos autoritarios, problemas de opción sexual, etc., la familia Mann es una buena panoplia de bretes que incluyen incestos, drogas, ambigüedad política, etc. Mucho se ha escrito sobre ese enorme escritor que fue Thomas Mann y a su luz o su sombra se han alumbrado o ensombrecido hijos e hijas, amigos, amigas, amigos y amigas de hijos e hijas y demás. Erika y Klaus indudablemente crecieron gracias y a pesar de él, pero siempre con esa pequeña gran figura embrujando sus acciones, sus escritos, su creatividad en fin. En cuanto a Borges, difícilmente rastreables en sus narraciones -que no en las particulares traducciones inscritas en su nombre con la bendición, sino la hechura de su madre- ambos progenitores, tendiente el padre a lo europeo, orgullosa ella de su criollismo de antigua alcurnia, posibilitaron sin duda ese particular universo borgeano y su asistenta Fanny y su recelada Maria Kodama pusieron el resto. Si a eso añadimos las digamos desafortunadas posiciones políticas de Jorge Luis, el rechazo académico argentino que entre otras cosas le achacó desviadas tendencias de la literatura inglesa y jactanciosa erudición recóndita es interesante seguir con Colin Toíbín donde estaban algunas de sus obras y en qué momentos. Tras ellos un atormentado y alcohólico Hart Crane de familia disfuncional, sexualidad culpable, embriaguez recidiva, suicidio transatlántico y gran poesía (ver El puente, por ejemplo). Tenessee Williams, su hermana, Henry James y la suya, ambas de exquisita prosa y débil salud. El teatro de Williams viene a ser el escenario de la frágil personalidad de su querida Rose y la enfermedad tan poco exponible que él mismo creía -también estuvo internado- bordear. A lo que hay que añadir el alcoholismo, tan recurrente en muchos de los autores que aquí nos ocupan. John Cheever, quien además de contar en su haber con una homosexualidad culpable, mas activa, también freudianamente achacada a sus padres, y una dipsomanía reiterativa, quería formar una familia convencional y decía aborrecer a los discípulos de Sodoma, mientras guardaba unos detallados diarios para ser leídos por la posteridad. Y por último Baldwin, gran novelista y lúcido ensayista que quiso, y literalmente lo hizo, matar al padre literario y blanco –Hemingway, Dos Passos, Faulkner…-, al tiempo que consideraba que el problema estadounidense era que los hijos se avergonzaban de los padres. Por otro lado reivindicaba a ¡oh, de nuevo! Henry James y buscaba una síntesis en sus libros entre Miles Davies y Ray Charles. Baldwin quien no quería librarse del chamán africano para confiar en el psiquiatra norteamericano, y quien lúcidamente observa que los europeos llegados a colonizar América pasaron de ser por ejemplo noruegos, a ser blancos frente al negro, pero que, al salir de su país, no le queda otra que reconocerse como norteamericano. Tanto Obama como él, muerto el progenitor, comienzan a ser ellos, como las heroínas de Austen sin sus madres. Las de la introducción de las Nuevas maneras de matar a tu madre

    Ay, la familia, qué gran tema, de fondo y de trasfondo. Muy recomendable para amantes de la literatura y sus vertientes y entresijos, que no sus cotilleos –de buscar únicamente esto último, sin duda, se aburrirán-. 

Foto Toibin

El plantador de tabaco de John Barth

El plantador de tabaco

 

El placer del relato. La narración como una forma de supervivencia. La antítesis de Sherezade articulando una relato de aventuras guiado por el quijotesco afán de un poema épico anterior a la batalla. Si la hija del gran visir para mantener la vida cada día ha de inventar o continuar una historia, nuestro protagonista, poeta laureado Ebenezer Cooke -nombre real de un real poeta que como nuestro antihéroe emprendió viaje a Maryland y versificó una acre parodia intitulada El Plantador de tabaco-, para vivir, ha de sobrevivir a un sinnúmero de desgracias y avatares, frutos algunos de su apatía, su inocencia, su impericia, etc. y rastrear otras tantas. Hay ecos del XVII en su planteamiento formal, pero sin ningún fondo, transfondo ni pretexto pedagógico, está próxima a la novela picaresca -si bien aquí los pícaros son todos a excepción del principal-, pero también a la de aprendizaje; hay armónicos argumentales de Tom Jones –el huérfano y poliédrico profesor Burlingame en busca de sus orígenes y un Ebenezer de una fidelidad francamente tenaz, pero no tanto- y humorísticos en Tristram Shandy -sin páginas en negros y otras audacias formales-; un espigado e hidalgo Ebenezer con su particular escudero Bernard que a punto está de encontrar su peculiar Barataria; una musa cervantina, una hermana gemela, piratas, indios, misioneros…, una trama retorcida, enrevesada, en la que finalmente más o menos todo acaba milagrosamente encajando, aventuras y desventuras que se entretejen aparentemente al albur -aquí llamado John Barth- algunas hilarantes, otras épicas o patéticas, o hilarantes y épicas, o ilustradas, enigmáticas… No faltan adjetivos -claro que hay que decir que son casi 1200 páginas-. Un juego a través del cual se forma y se transforma la identidad -tan cambiante y tan traicionera a lo largo de toda la obra, ¿quién es quién y cuándo? ¿y por qué?-, el comercio es más comercio de drogas y de carne humana -mujeres, indios, esclavos africanos…,  aunque algún temor a la antropofagia pasea también por esta travesía que va desde Londres hasta América-, la traición y el doble juego político, el triple y si cabe, que sí que cabe, el cuádruple. Un festín literario, prolijo y aburrido de exponer y digno de ser disfrutado. Un inteligente pastiche -a fin de cuentas toma de donde y quien le parece oportuno lo que considera menester- que arrampla con todo lo necesario conjugándolo a su antojo y para nuestra diversión -y seguro que la del autor-.

      Dice en algún momento de esta novela su protagonista, el laureado Cooke, que la vida es un dramaturgo desvergonzado y como tal se comporta el autor. Y se mete en lo que Zambrano llamaría las entrañas de la vida, pero con poca lírica no obstante la profesión del principal. Todos cuentan, filosofan, buscan, cambian, mienten, por las aguas estancadas de Maryland, en las móviles fronteras alzadas y caídas a espaldas y a costa del Gran Imperio Británico con sus guerras de sucesión y religión, corre la historia con mayúsculas en sus vaivenes y Barth responde a una pasión por contar historias que siempre ha de abrazarse a la pasión por escucharlas: Enmarañad y enredad hasta que la luz de Sirio se refleje en la bahía; un cuento bien urdido es chismorreo de dioses, a quienes les es dado ver el corazón y la médula de la vida que hay en la Tierra; es la telaraña del mundo; la urdidumbre y trama… ¡Vive Dios, lo que me gustan las historias, señores!

Y la traducción de Eduardo Lago: Chapeau.

El secreto de Christine de Benjamin Black

secreto-christine

 

Reconozco mi debilidad por los escritores bifrontes. Antes fueron muchas mujeres, Bronte, Eliot, Sand y otras, pero no era lo mismo. Después Roman Gary y Émile Ajar que se la jugó a los críticos con su Goncourt y tampoco era lo mismo, aunque lo tuvo que disfrutar de lo lindo, solo que de otra manera. Ahora Banville. Otra vuelta de tuerca.

Benjamin Black nace de la mano de John Banville a sus sesenta años y se presenta al público en 2006, un año después de ganar el preciado Booker con “El mar”. De Black, autor de novela negra, dice Banville que puede irse a comer tras haber escrito un millar de palabras, tal vez dos mil, y disfrutar con ello, mientras que bajo el sombrero de Banville puedo escribir doscientas al día, sobre si esto es menosprecio hacia los escritores de este género, repone, entre otras cosas, que Simenon escribía sus obras en 10 días y eran obras maestras. Black es más rápido, Banville más elaborado.

Esta es la primera y en ella conocemos, desde la tercera persona, a su peculiar -y peculiaridad, rareza, se llama: Quirke- sabueso, cuyo pasado se nos irá desvelando a lo largo de la trama. No es un policía, no es un detective, es patólogo forense, la muerte, la noche y el alcohol son sus elementos. Es alto, muy alto, grande; a decir de Banville, es su antítesis y tiene mucho de Black, si bien no acierta a recordar si es rubio o moreno, por lo que con el tiempo lo ha ido dejado calvo. Todo empieza con un bebé que es trasladado a Boston y el cadáver de Christine Falls en el depósito donde trabaja Quirke. Por razones familiares este cadáver despierta su interés y a partir de ahí se extiende una red de sospechas que van cobrando cuerpo a medida que el forense busca satisfacer su curiosidad en una especie de ajuste de cuentas que él mismo no termina de entender. Al tiempo Black, nos acerca al personaje, huérfano, ahijado del gran juez Griffin, etc. -es mejor saberlo a medida que se lee-. Este personaje con un ritmo de vida diferente a la mayoría, viudo no se sabe si afligido o perplejo, amargo e irónico, actúa, y el autor nos hace partícipe de sus reflexiones, sus miedos. E inevitablemente a veces es portador de una poesía acerada y oscura dibujaban arabescos de fantasía en las paredes, que a él le recordaban vagamente las células de la sangre comprimida entre dos láminas portaobjetos bajo un microscopio. Los demás -no sé si a Borges le parecerían un número suficientemente discrecional de personajes- actúan y el narrador nos guía por actos, sentimientos e intenciones, en un ambiente lúgubre donde las principales víctimas son los niños y las mujeres en manos de una iglesia y unos poderes políticos y económicos irlandeses a nivel transnacional: Dublín y Boston, años cincuenta. Todo transcurre rápidamente. Una prosa ágil, en un ambiente de humo y humedad en Irlanda, artificioso y nevado en Boston, con historias brillantes de tristeza y desamparo como la de Andy y Claire Stafford, con el punto álgido en el capítulo 9, parte III, donde la relación de Andy, chófer, con la gran familia Crawford a través de Phoebe y el reencuentro de la pareja es narrado con una efectividad, un nervio y una plasticidad  sobresalientes. Como toda la novela.

De A para X. Una historia en cartas de John Berger

De A para x

Llegué a John Berger hace muchos años y fue a través del cine, de Alain Tanner y sus Jonás que tendrá veinticinco años en el año 2000 y La salamandra, ambas con guión de ellos dos. Entonces, en sesiones continuas, dobles y maratones de los cines Griffith, veíamos películas de cine europeo, de cine de autor, independiente, antiguo, subtitulado, etc. También entonces, en mis queridísimos y añorados Alphaville -es que estoy lejos, aún siguen allí, aunque ¿cuánto durarán?-, se vendían en su difunta librería guiones cinematográficos (A años luz, Messidor, Rhomer, Wenders…), amén de carteles, fotos, libros… Pasar de los guiones a buscar sus obras respondía a una lógica natural. Además de su estupenda trilogía (Puerca tierra, Una vez en Europa y Lila y Flag), tenía ensayos sobre arte, teatro, poesía y todo ello atravesado por una inmanente mirada política transversal y profunda de la que emanaba, y emana, una sorprendente humanidad contra viento y marea.

       Gratifica saber que sigue ahí, lúcido, generoso, perseverante, sin perder la luz ni la razón.

     De A para X es, entre otras cosas, una historia de amor y constancia. En ella, John Berger, joven incansable, pintor de origen (y tal vez de natural), experimenta con las formas, las cuales adapta a la necesidad del momento, sea la palabra, sea el dibujo, sea el silencio; audaz, no renuncia a ningún lenguaje, ni el de las manos, ni el del tacto, ni el de la ciencia. Todo vale en el arte porque la realidad es poliédrica y nuestras formas de expresión y comprensión son libres. Y este es también un libro sobre la libertad y las celdas. Sobre el amor y el cuerpo.

       Con un artificio tan antiguo en literatura como unas cartas encontradas, se desprende de su autoría y nos expone la relación entre un preso y su amada, que no su esposa pues la autoridades no les permiten el matrimonio. Cada uno pues, en su prisión. X es preso político y mecánico. Recoge apuntes de la realidad política o económica, análisis. A trabaja en una farmacias y sigue viviendo en su antiguo hogar. No se especifica el lugar. Podría ser Palestina, Turquía, Colombia… La principal voz es la de A’ida y su destinatario es Xavier. De su pluma sale este relato que es pintura, y es recopilación, y es la historia de dos que no pueden estar juntos, pero que siguen luchando, y que no están solos porque de los compañeros de la cárcel nos llegan ecos, y de los amigos, vecinos y sus vidas nos llegan noticias. Que ambos están presos de las circunstancias es evidente, que no es necesario dar nombre a sus carceleros, también: podría ser casi cualquier sitio. Poesía y política van de la mano por esta narración. Como matemáticas y pobreza. Como célula y celda. Una pequeña, agridulce y sutil historia, universal y necesaria, con una prosa que usa del verso, de la ilustración, de citas.., que lo aprovecha todo. Como A para X.

2062_berger_john