Memorias del subsuelo de Fiodor M. Dostoievski

Dostoievski escribe Memorias del subsuelo en Petersburgo, la ciudad más abstracta de todo el globo terráqueo (Biely, recogiendo el testigo, nos la dibujó en todo su geometría siguiendo a Apolón). Al volver de su exilio en Siberia en 1959 pudo, por fin, publicar de nuevo. Entre 1861 y 1862 vio la luz Memorias de la casa muerta y después, durante un duro periodo de su vida en el que murieron su esposa y su hermano y tuvo una relación extraconyugal, escribió Memorias del subsuelo, obra en la que se prefiguran Raskolnikov y Sonia, donde transita la locura quijotesca, se esboza Kafka  y se augura la náusea existencial.

      Dos partes. En la primera intitulada El subsuelo, el autor, en primera persona, dice escribir para sentir alivio porque un recuerdo del pasado le oprime el alma y también porque estoy aburrido y siempre estoy sin hacer nada. Y entre estas dos dispares intensidades va a transcurrir el mundo de este hombre honesto, servil y cobarde que lo observa todo desde su inercia, este hombre sin nombre que desde la primera línea se define como enfermo, rabioso, nada atractivo…, … tan aprensivo y suspicaz como pueda serlo un jorobado o un enano, este funcionario -únicamente como tal se reconoce- que se dirige al lector aunque dice escribir para sí mismo y que considera el exceso de conciencia una enfermedad, él se arrellana en el subsuelo, -en la eterna maldad-, y del subsuelo extrae el jugo: el placer turbio de reconcomerse en sus impotencias, frustraciones, penitencias, ofensas, pero también el de sublimar la belleza, la autosuficiencia… Porque, en su libre albedrío, elige, al margen de lo que marque el propio beneficio y puede elegir no hacer nada o hacer lo que no debe, hacer lo que en el fondo no quiere o lo que en el fondo sí quiere. Un verdadero antihéroe.

      En la segunda parte, A propósito del aguanieve, vuelve hacia el pasado a través de tres episodios de su vida que lo incomodan. Despliega un sarcasmo, en ocasiones reflexivo, hacia su entorno y hacia sí mismo, se somete al más absoluto ridículo cuando no a la humillación, también hay espacio para la confesión dramática, al tiempo que sufre o saborea que la esencia del comportamiento descansa en que el superior aplasta al inferior (y la más inferior resulta ser siempre una mujer, en este caso Liza) y que quien, como él, vive ajeno a la vida, entregado a la ineluctable clarividencia de su conciencia, afronta un doble sufrimiento, una gran culpa, casi, casi, inmerecida. Al cáustico sentido del humor que recorre toda la obra se unen reflexiones acerca de la ciencia y la naturaleza, la razón y el corazón, como elementos siempre enfrentados vistos por este individuo -una mosca para los demás, un ratón en su territorio- que, pasado cierto periodo de tiempo, necesita salir de su cubículo y confirmar que el amor es la dominación moral del objeto amado, que no puede vivir sin tiranizar, que los malos actos son regidos por la cabeza y no por el corazón. 

      Todo Dostooievski formándose, conformándose, enfrentándose, riéndose de sí mismo, ofendiéndose, desafiando, sufriendo… Una maravilla a releer cada cierto tiempo.

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Las madres negras de Patricia Esteban Erlés

Patricia Esteban Erlés es una estupenda cuentista que, entre cuento y cuento, nos engarza una novela. Desfilan por la laberíntica casa de la viuda Corven convertida en orfanato, niñas y mujeres que han perdido la razón, su nombre, su pelo, su dignidad, su voluntad, su razón de ser, bajo la férrea dictadura de una esclava del Señor. Una teocracia regida por una monja, hija del pecado profanada, alienada y criminal. Comienza con una fuga y se retrotrae, desentrañando historias como Sephine, la mujer del hacedor de muñecas, desenreda y lava la trenza verde de la amada de Dios -un dios caprichoso y aburrido a quien nada le gustaba más que descubrir las miserias de sus criaturas. Nos regala historias por devenir, porque Galia y Tábata, Moira y la propia casa, nos piden más líneas, al igual que otras criaturas desamparadas -o no tanto, como el Doctor Rubin-. Sin embargo esta es la novela de Mina y de Pola, de Priscia y de Dios -o el poder patriarcal-. A cada niña que llega se le corta el pelo al cero, se le pone un saco gris y se la nombra por aquello a lo que debe aspirar. La hija de la bruja será Obediencia frente a su independencia, Pola será Modestia para ocultar su perfección y belleza, otra será Verdad, otra Prudencia, Esperanza, Perfección y es la voz que las nombra la de la envidia de las madres negras, la de la ley, la de Priscia -con su glacial soledad y violencia-, la mano de Dios en la tortuosa mansión construida en base a los deseos de una mente desquiciada y aterrada, perseguida por los fantasmas de los soldados muertos. 

     Esta novela gótica está atravesada por unos cuantos relatos de infancias desoladas, si no ajenos al contexto de la casa –La casa estaba enferma. Y además era malvada-, sí fuera de la trama que rige la narración, si bien la apuntalan y sirven para disfrutar de la elegante prosa de su autora. Aquí el mal no procede de un ser monstruoso escapado del Averno, sino de un dios egoísta, resentido y eterno, envidioso de los mortales que pueden descansar en la muerte, ávido de sumisión y de placer, un omnipresente dictador que, como todo dictador, realmente no puede ser omnipresente ni vencer siempre. Es un gustazo pasear por las páginas de esta novela donde el uso que Esteban Erlés hace de la elipsis refuerza la atmósfera de misterio, pero también de soledad de cada uno de los personajes, salvedad hecha de Dios, que como buen prócer, sí sabe lo que busca. Las madres negras fue premio Dos Passos a la primera novela de un autor o autora. Patricia Esteban Erlés ya era conocida como buena creadora de relatos breves y su salto ha sido firme. Léanla, no la soltarán hasta llegado el final -por algo está dedicada a Shirley Jackson-.

Con la misma moneda de Verity Bargate

 

En puridad, el título de la novela debería de traducirse como Toma y daca ya que esta expresión corresponde exactamente al original Tit for tat, yendo en ambas implícito el hecho de que se trata de un intercambio de golpes. Ahora bien, la expresión inglesa, como acertadamente se indica antes de comenzar el libro, juega también con el sentido de tit, vulgarmente, teta. Tanto los golpes como la anatomía femenina desempeñan un papel fundamental en la novela que es una sucesión de reveses -… por tu bien. Porque te quiero…-, un continuo toma y daca que comenzó con la madre de la protagonista y culmina con Sadie (sad: triste; sadist: sádica). Casi una novela de (de)formación.

     Sadie es una mujer que ha crecido sin afecto, ni referentes y sale al mundo con 19 años tras la muerte de su madre casi siempre ausente, Eva, la madre original. Su relato del cuerpo hasta ese momento lo refleja como un lastre -monjas que te hacen vestirte desvistiéndote vestida, una madre distante que considera que ser mujer ya es lo suficientemente repugnante por sí solo, la regla como un castigo por la propia condición femenina…-. Ha de construirse y de reconstruir la visión del amor que arrastra desde la breve y mala convivencia que tuvo con Eva y su padrastro, significativamente llamado Jock, y ha de hacerlo rápido, casi tan rápido como Verity tuvo que escribir y reescribir, por petición del editor, esta corrosiva e incómoda novela, en la que la verdad y la mentira parecen callejones sin salida de la convivencia, donde el equilibrio emocional a través del castigo o la venganza acaba encerrando a las tres protagonistas en una trinidad acorralada, donde el miedo cambia de bando frente a una realidad que en ocasiones está más próxima a la mentira, donde la enfermedad parece la consecuencia lógica, la sororidad el único bálsamo y la falta de comunicación el punto de partida. La carga de profundidad que arrastra en cada página se desarrolla con ligereza, pero es intensa, lacerante.

      Fue su última obra -escribió tres y murió al mes de la publicación de esta-. Es rápida, precisa, descriptiva, por momentos, en sus detalles de convivencia, parece teatro. Se retrotrae lo justo hacia el pasado, como si las cosas importantes se pudieran aprehender sin florituras y así es. Los símbolos recorren estancias y vivencias –vírgenes con niño, las dos sufridas Chris, la amazona-, pero también hay lugar para hospitales, doctores y pacientes, para la Iglesia y su curia, para el sentido del humor -ácido, sin duda, e inteligente- y para el amor, eso sí, como pretexto que no siempre vale.

      Otra estupenda y tremenda novela de Verity Bargate: parece mentira que Verity sea su nombre real, pues no podría ser más apropiado para la autora de esta descarnada obra, tan al límite como su No, mamá, no. Ya solo falta una por traducir. Esperémosla.

El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura

El hombre que amaba a los perros es una novela perfectamente planificada y construida. La primera parte abre camino a tres líneas argumentales cuyo final conocemos desde el principio. El primer capítulo arranca en un cementerio y el narrador, Iván, se dirige a nosotros, lectores y lectoras, para contarnos una historia que no es la de su vida, aunque, de alguna manera, sí que lo es, y es, además, una historia que le ha marcado, tanto por lo que implica y plantea, como por el hecho de no haberse atrevido a contarla. En el segundo capítulo Liev Davidovich, Trotski, entra significativamente en escena cuestionándose el derecho de la Revolución a trastocar un orden ancestral como el de las piedras sagradas, para, a continuación, recibir la orden de Stalin de abandonar la Unión Soviética en veinticuatro horas, no satisfecho el Sepulturero, como el propio Trotski lo bautizó, con haberlo enviado a Alma Atá, en las lindes del imperio, mirando a China. En el tercer capítulo, Ramón Mercader, estando en el frente de Guadarrama, recibe la visita de su madre, Caridad del Río, con una propuesta que marcará su vida. Partiendo de tres momentos diferentes en el tiempo, Padura nos conduce hacia los puntos de confluencia, con efectividad, despertando la intriga: los quince primeros capítulos que conforman la primera parte, dejan a los tres protagonistas en suspenso en tres momentos alejados y cruciales de sus biografías. Iván busca información, Trotski emprende camino a México y Ramón Mercader ha abandonado definitivamente su identidad y es un número, el 13, susceptible de asumir cualquier personalidad y dispuesto a cualquier cosa por el triunfo y mantenimiento de la revolución proletaria soviética. En la segunda parte, todo camina hacia el encuentro entre victimario y víctima, mientras que Iván, aparentemente, parece ocupar un segundo plano, que recuperará en uno los dos últimos apartes que conforman el final bajo el elocuente título de Apocalipsis. La novela recorre un periodo histórico convulso y fundamental para el devenir de nuestra realidad -cubana, española, soviética, europea, mundial- y plantea claramente un debate sobre los movimientos de izquierdas desde entonces hasta ahora. Tanto Mercader como Trotski, así como las mujeres que con ellos se relacionan, viven la política y se sacrifican en sus aras, no así Iván y su compañera, contemporáneos y herederos de un devenir histórico de duras consecuencias en la isla caribeña. Los intereses de Stalin triunfaron en las filas del legítimo ejército español y se esparcieron por el Este de Europa, la idea de la revolución permanente así como la de un socialismo internacional de Trotski se difuminaron en el mapa ideológico comunista y las directrices estalinistas posicionaron a la Unión Soviética en una alianza temporal con Hitler difícil de entender para quienes no se subían al carro con anteojeras de la única revolución obrera triunfante. Padura hace un relato exhaustivo del exilio itinerante de Trotski, recapitulando hechos especialmente dolorosos para el ucraniano y judío -las muertes de sus hijas, hijos, amistades, compañeros, los procesos de Moscú, el abandono de los republicanos españoles a su suerte atroz- y le hace hablar largo y tendido, si bien, en ocasiones, más parece Padura que Leon Davidovich, mas así perfila claramente dos posiciones encontradas que pudieron conducir, como de hecho así fue, a borrar su figura del mapa y perfilar el presente -en el caso de Iván, por partida doble-. Sin embargo, como ya se puede deducir del título, estando el conflicto desmenuzado y servido, la mirada sobre ambos busca su humanidad y para ello, no se sirve únicamente de los perros, que dan un carácter sensible a los tres, puesto que los tres aman a los perros, se sirve, especialmente de otros sentimientos más universales y comunes, como son el miedo y la compasión que, por momentos, antes y después del homicidio, aproximan a los tres. Al lado, humanizándolos también, ellas, la edípica madre Caridad -y su joven espejo, África-, la compañera fiel, Natalia Sedova y Ana, otro cadáver silencioso y póstumo de esta historia y de la Historia.

     Una buena novela, para leer y para polemizar.

Siempre hemos vivido en el castillo de Shirley Jackson

Shirley Jackson murió de un ataque al corazón en 1964, a los 49 años, tras publicar esta novela y con otra en marcha, víctima del abuso del alcohol, el tabaco, de los medicamentos prescritos para que adelgazara por un lado, para que se relajara por otro, para que luchara contra su reciente agorafobia, su ansiedad, etc. -anfetaminas, tranquilizantes, barbitúricos…-, para que, en resumen, aceptase su vida de ama de casa al servicio del esposo -profesor y crítico literario-, las tareas de limpieza del hogar, la cocina, la educación de la prole -tuvo 2 niñas y dos niños- etc. con resignación, pero eso sí, produciendo artículos, cuentos, novelas…, ya que el peso económico de la patriarcal familia recaía sobre ella. A su madre no le gustaba su hija y hasta el final de sus días -los de Shirley- mantuvieron una relación difícil. Su desconsolado marido se casó el mismo año de su muerte con una joven alumna. Ella escribió desde muy jovencita y su salto a la fama provino del magnífico cuento La lotería y, no tanto por su calidad, que sí, pues hoy es el día en el que sigue resultando francamente sorprendente y perturbador, como por la reacción de lectores y lectoras, así como por la gran cantidad de cartas de protestas que llegaron a la redacción de la revista donde se publicó.

     En esta novela gótica contemporánea las tinieblas no proceden del castillo, donde aparentemente todo funciona feliz y armoniosamente dentro de unos límites realmente marcados, sino del exterior, del pueblo donde … los hombres se mantenían jóvenes y se dedicaban al chismorreo, mientras que las mujeres envejecían con un maligno cansancio gris…, no hay damas secuestradas por alguien malévolo, sino las últimas supervivientes, muy bien educadas, de una familia de potentados, abrumadas por un sentimiento de rechazo hacia y desde la sociedad que las cerca -asfixiante, clasista, prejuiciosa, claustrofóbica, hipócrita, culpable…; el que se quisiera héroe no va a rescatar, es más un fantasma que busca expoliar. La atmósfera de misterio está dirigida por una voz fresca e inquietante, poderosa, protectora y agresiva, festoneada por un ácido y perverso sentido del humor -recreado para ausentar a las escasas visitas- y Jackson la dosifica a la perfección, avisando de lo inminente, mientras a través del trastornado tío Julian  va desentrañando el siniestro pasado.

     La historia la cuenta Mary Katherine Blackwood, tiene dieciocho años, la conoceremos a lo largo del relato como Merrycat -también tiene un gato, Jonas, y sí, es feliz- y su vida gira entorno a su hermana, Constance. Ambas son la cara y la cruz indisoluble de esta historia y, por qué no, de muchas mujeres: Merrycat, asilvestrada y fantasiosa, afronta el peligro y la animadversión de los resentidos habitantes de una pequeña y fea ciudad de provincias, imagina caminar sobre sus cadáveres cuando la incordian, recorre todos los caminos de su enorme y señorial finca enterrando o colgando objetos familiares para conjurar los posibles males que sobre ellas puedan acechar; Constance, fiel a la tradición de las mujeres de la mansión, dirige la casa, recoge los alimentos de la tierra, los conserva y los cocina, atiende al tío Julian… Constance es bella, Merrycat, no sabemos, para Constance, sí. La joven Merrycat nos va a contar la nueva calamidad que se ha cernido sobre los Blackwood y Julian, víctima de la gran desgracia que aconteció seis años atrás, en su esfuerzo por no olvidar lo que pasó (recurrentemente pregunta ¿Sucedió realmente?) va consignando cuanto recuerda de aquel día trágico. Ellas no lo hablan. Constance envasa: … los tarros de intensos colores con encurtidos y verduras y mermeladas granate, ámbar y verde oscuro estaban unos al lado de los otros y allí se quedarían para siempre, como un poema escrito por las mujeres de la familia Blackwood. Merrycat vigila, protege el castillo, teme por su fiel hermana que empieza a contemplar la posibilidad de… y planea una vida distinta para ella, Constance y Jonas en la Luna, su refugio seguro. Y tal vez también para el tío Julian. Solo tendrán que crear una nueva rutina.

     Una obra llena de detalles inmersos en una cotidianeidad extraña y amoral con la que Jackson bombarbea -sería más acertado decir, envenena- a la familia tradicional y a la sociedad obtusa donde le tocó convivir. Fueron tiempos en los que, acabada la Segunda Guerra Mundial, el discurso vigente y recogido por Betty Friedan en La mística de la feminidad, conminaba a las mujeres -una vez conseguido el voto, el derecho al empleo y a la educación, etc.- a retornar felices al hogar, a potenciar sus cualidades más rancias, a servir y callar, fueron tiempos de ansiedad, depresión, neurosis y Shirley Jackson fue una de sus damnificadas. Murió pronto, pero nos dejó esta rica e inquietante pequeña obra maestra, además de la genial La lotería. Y estamos de enhorabuena porque Minúscula sigue recuperando obra suya. Por el momento, cuentos, confiemos en que lleguen las demás novelas.

 

El castillo de Franz Kafka

Kafka comenzó a escribir El castillo en febrero del 1922, algo más de dos años antes de morir, y empezó a redactarlo en primera persona, pero en el capítulo tercero cambió el “yo” por K. Otra vez K. Entra de nuevo en un periodo prolífico de su literatura tras concertar una ruptura de relaciones -sobre todo por correspondencia- con Milena. Su salud va empeorando, en junio del 22 consigue la jubilación anticipada y va alternando estancias en un hospital para tuberculosos, la casa de su querida hermana pequeña, Praga… Coherente con su vida y su literatura -cómplices entre sí-, previendo acabar el libro -cosa que no hizo- con el agotamiento del protagonista, él mismo se agotó primero y murió en 1924, un mes antes de cumplir 41, quedando el final de El castillo en una frase en suspenso…

     K llega de noche a un pueblo, desde un puente mira hacia arriba, hacia donde debería estar el castillo, y observa el aparente vacío de allí en lo alto. Le permiten dormir, sin mucho entusiasmo, en medio de una taberna y, como el anterior K, ve su sueño interrumpido. Samsa se despertaba en un cuerpo que le era ajeno y se preocupaba, sobre todo, de cumplir en su trabajo, al K de El proceso lo despertaban para detenerlo y se inquietaba por el cumplimiento de su trabajo en el banco, K es despertado bruscamente mientras reposa su agotamiento en la primera posada que encuentra, la Posada del Puente, para incorporarse a su nuevo trabajo de agrimensor, persona que se dedica al arte de medir tierras, mas no son tierras las que va a calibrar K. Quizá este nuevo empleo de K responda al deseo expresado por Kafka en su Carta al padre de buscar un suelo firme bajo los pies, y el afán del protagonista, a lo largo de la novela, de integrarse en la comunidad aledaña al castillo, sea -entre otras muchas cosas, Kafka tiene mucha, mucha miga- trasunto de las dificultades que sintió a lo largo de su vida para integrarse en algún círculo, extranjero como siempre se sintió respecto a su familia, el colegio, la comunidad judía, la patria, etc. A él, como a K, le … atraía irresistiblemente buscar nuevas relaciones, pero cada nueva relación intensificaba su cansancio, cansancio que crece a lo largo de la novela y de la vida de Kafka, según su correspondencia.

     Nos introduce dentro de un paisaje antiguo, a pesar de que el castillo, al que desde el principio K no puede acceder, no presenta un aspecto digno de tal nombre, con un exterior agresivo e invadido por la nieve -si bien curiosamente, en lo alto, en la fortaleza, hay mucha menos nieve que en el pueblo-, los interiores de las casas del poblado son angostos, oscuros, caprichosos, sus moradores responden a distintas tipologías, siendo los aldeanos pequeños, de cráneos achatados; los sirvientes igualmente burdos, pero de mejillas redondas y comportamiento hipócrita -digno en el castillo, francamente vulgar en la aldea-; su mensajero y sus ayudantes -las gentes que tienen trato directo con los funcionarios del castillo, pues que este está repleto de funcionarios, secretarios, ayudantes…- esbeltos, ágiles, gentiles; y los funcionarios, versátiles, escurridizos, indefinibles. Entre ellos destaca Klamm, de quien a través de múltiples personajes interpuestos, depende K. Por otro lado están las mujeres. Frieda. En alemán Frieden significa “paz, calma, tranquilidad”. De la misma manera que Felice estaba presente en El proceso, así Milena transita por El castillo y, como Milena, Frieda … era la mujer enamorada. Para ella, el amor era lo único verdaderamente grande. (En contrapartida Klamm, su amante, tiene claras reminiscencias del marido de Milena, Ernst Pollak, desde el nombre -Klamm significa “agarrotado” y Ernst “serio”- hasta el tipo de relación de dependencia de la pareja). Frieda … deja al águila, para unirse a la culebra ciega, siendo la culebra K que capítulo a capítulo va perdiendo terreno y reconfigurando sus expectativas, mientras que Frieda, según Camus –El mito de Sísifo-, acaba prefiriendo lo cotidiano frente a la angustia vital que representa K. Olga y Amalia, ambas pertenecientes a una familia excluida de la comunidad, como los judíos, con un padre cansado que no reacciona y se aferra a sus diplomas, a las apariencias y una madre agotada -inevitable ver aquí ecos de los propios padres de K-. Olga busca la manera de salvarse y salvarlos desde una moral distraída aunque adecuada a las relaciones castillo-aldea, pero Amalia, que rechaza sacrificarse por todos ellos y que transmite un fuerte deseo de soledad -como Kafka, quien también rechazaba someterse a los designios parentales y sociales: el matrimonio- es contemplada con desconfianza por K en su lucha por insertarse entre la plebe para poder alcanzar el castillo. Según Brod, albacea literario de Kafka, el castillo simbolizaba la gracia. A partir de esto, Amalia rechazaría la gracia y Olga actuaría correctamente, sin embargo, es igualmente repudiada. Las esposas de los dueños de las posadas son poderosas y controlan algo más que las tabernas y a sus cónyuges, ejerciendo de intermediarias entre señores y siervos. Y Pepi, la joven camarera con su ridículo vestido lleno de cintas ante quien K … tuvo que taparse los ojos un momento, porque la estaba mirando con concupiscencia, recuerda a Julie Wohryzek, la hija de un sacristanucho de sinagoga, sobre quien el padre de Kafka le dijo, según la Carta al padre: … Seguro que se ha puesto una blusa bien bonita, como hacen todas las judías de Praga y tú, claro, a la primera de cambio has decidido casarte con ella. […] Como si no hubiera otras probabilidades. Si te da miedo te acompaño yo. Kafka, personal y universal.

      K mira hacia lo alto, pero arriba podría estar Yavhé, la gracia, la clase dirigente, el imperio autrohúngaro, el gran inquisidor… o nadie. La cadena de montaje con los funcionarios del primer plano que cierran el acceso a los que están por encima, que a su vez pueden tener otros por encima y así ad infinitum hasta llegar el nominado Conde de quien solo sabemos al comienzo, asistidos todos ellos por secretarios, subsecretarios y mensajeros, la cadena mantiene un engranaje de solicitudes, respuestas, cartas, apremios, sentencias, etc. en un marco singular de espacio y tiempo -citas nocturnas en cubículos de la Posada de los Señores, días a la espera en las primeras estancias de la fortaleza a la que se puede acceder dependiendo del día o de la temporada por una vía u otra-, dentro de una administración que no puede equivocarse, donde cada cual es competente en lo que es competente y no puede ni debe inmiscuirse allí donde el asunto no sea de su incumbencia, aunque considere la posibilidad de que un administrado […] sorprenda en mitad de la noche a un secretario que tenga cierta competencia para el caso de que se trate. […] ¿Cree que no puede ocurrir? Tiene razón, no puede ocurrir. Pero una noche -¿quién puede responder de todo?- ocurre sin embargo. Es verdad que no tengo entre mis conocidos a nadie a quien le haya ocurrido; sin embargo eso no prueba nada… Como el abogado de El proceso, el funcionario Bürgel (Bürger: “ciudadano”, Burg: “castillo”, Bügel: “percha, estribo”) se explaya en la descripción de procedimientos ilógicos -aunque más reales de lo que quisiéramos creer- e insta a K a perseverar en su empeño mientras K, agotado, se adormece, sueña y se equivoca, siempre se equivoca.

     Kafka y su obra son un continuum por partida doble. Probablemente una obra no existiría sin la anterior -no, no creo que todos los escritoras, sean así, algunos, sí, los y las excepcionales-, y, gracias a sus diarios y correspondencia, podemos acceder a su proceso de creación de esa fortaleza en la quería y no quería encerrarse para dedicarse a la literatura. Cada obra da un paso más y recoge lo anterior. Entre La transformación, El proceso y El castillo, hay cuentos excepcionales, igualmente simbólicos y absolutos. La condena –fundamental para llegar a La transformación- , En la colonia penitenciario -escrita entre medias de El proceso, como sí, no pudiendo ejecutar a K como aquí se hace, necesitara desplegar el tecnológico castigo que en plena Guerra Mundial preconiza tanto-, Blumfeld, un soltero de cierta edad… -delicia del humor sarcástico-, etc., etc. Me voy a dar un descanso, aún me faltan El desaparecido y algunos cuentos. Sí aman la literatura, Kafka es imprescindible. No dejen de leerlo.

El proceso de Franz Kafka

Escribía Kafka a Felice: La verdad interna de un relato no se deja determinar nunca, sino que debe ser aceptada o negada una y otra vez, por cada uno de los lectores u oyentes -y dice oyentes porque le gustaba leer en voz alta sus escritos a los demás-. Nada mejor concebido con respecto a sus obras, piezas maestras de la amplitud de significados, manantial de interpretaciones y fuente de inagotable literatura.

Felice Bauer, la que fuera prometida oficial de Kafka contando con el beneplácito del padre del escritor, cinco años antes de morir y cuarenta y ocho después de la muerte de Kafka, vendió las cartas a ella escritas por el autor checo. Se conocieron en 1912 en casa de Max Brod -a quien tanto debemos por salvar la obra a él encomendada para su quema por Kafka- y, dos días después de dirigirle Kafka su primera misiva, escribió de un tirón y en una noche La condena. Esta, junto a La transformación y El fogonero -que, posteriormente pasaría a ser el primer capítulo de la novela El desaparecido, también conocida como América-, Kafka quería que su editor las publicase bajo el significativo y unificador título de Los hijos -sobre estas tres y su progresión también habría otro tanto que comentar, como con toda la obra de Kafka, individualmente, en conjunto o en la relación de unas con otras-. 1912 constituye el primer periodo de gran producción kafkiano. Al año siguiente, a medida que su relación con Felice iba avanzando, su obra se estancaba. El 3 de julio de 1913, fecha en la que cumple 30 años, con vistas a su posible compromiso, le comunica a Felice que, a instancias de sus padres, no satisfechos con haberla investigado a ella, ha autorizado solicitar informes también acerca de su familia. Algo impropio de lo que posteriormente se retracta. A Joseph K, el día de su 30 cumpleaños, lo detienen dos agentes a la vista de subalternos de su trabajo, vecinos que van aumentando de número y que observan desde las ventanas, los interrogatorios se llevan adelante en el cuarto de una señorita, Fraülein Burstner -burstner: follar-, en medio de los artículos personales de esta muchacha y de una camisa blanca colgada de una percha. En la pedida oficial de la mano de Felice se reúnen ambas familias y algunos amigos y amigas -Grete Bloch, ambigua mediadora y confidente de ambos novios-. A la luz de la exhaustiva obra de Elias Canetti El otro proceso a Kafka, he aquí el germen de El proceso. Tanto Kafka en su pedida, por lo que se lee en sus diarios y cartas, como K en su detención no se sienten aludidos y sí ajenos. Kafka y Felice rompen el 12 de julio de 1914, unos días después de cumplir Kafka 31 años, en una ceremonia a la que Kafka denominará desde entonces “el tribunal” -según algunos traductores, según otros, “el juicio”- en la que guarda silencio y acepta la humillación. Joseph K se encamina al final de su proceso el día de su 31 cumpleaños y se siente como un perro al que la vergüenza debiera sobrevivirlo. Sobre que parte del germen de El proceso esté ahí, caben pocas dudas, ahora bien, sobre que El proceso es mucho más, tampoco.

     Kafka en este tiempo se había reconocido en el concepto de la angustia Kierkegaard, en agosto de 1914 apenas hace un mes que la Primera Guerra Mundial ha irrumpido en su vida y en la de todos, como consecuencia por fin ha abandonado su habitación en la casa paterna -más por imperativo familiar que por decisión propia-, en su estrenada soledad comienza a describir los sueños de su vida interior y en ese mismo mes de agosto empieza a escribir la novela que nos ocupa. Como en La transformación, todo arranca en su cuarto, en el de Josef K, solo que aquí es la realidad bajo la forma de dos guardias la que invade su habitación de una forma absurda y lo hace para detenerlo, si bien Nuestras autoridades no buscan la culpa entre la población sino que, como dice la ley, es la culpa la que las atrae. Él come una manzana que le resulta deliciosa, probablemente la última comida que disfrute, manzana muy lejana, pero igualmente simbólica, a la que cae sobre Gregorio Samsa. Y como Samsa, él también tiene que ir a trabajar, su trabajo es muy importante, trabaja en la Banca. Hay una breve descripción de su vida cotidiana hasta el momento y el encuentro con dos mujeres de muy diferente signo. Las mujeres en la obra de Kafka: o lo distraen de sus causas y son de moral cuestionable o, como su casera, resultan irritantes y no entienden nada, aunque sean eficientes. A partir de ahí, tiene lugar realmente el proceso. El tribunal, cuyas dimensiones físicas no lo contienen, lo conforman cubículos, ropa tendida, humedad, aire viciado, sombras y ardores que envuelven recurrentemente a K cada vez que lo busca o, sencillamente, lo encuentra. La culpa que lo persigue y crece sin saber cuál es mientras la va asumiendo. Flageladores, ujieres, mujeres provocativamente serviciales, abogados que nunca redactan la primera solicitud, jueces vanidosos, retratistas mayestáticos que pintan a la Justicia y a diosa de la Victoria fundidas –No es una buena combinación, la Justicia tiene que reposar; si no se moverá la balanza…-, acusados serviles o arteros… Un tribunal compuesto por la mayoría que culmina en el capítulo penúltimo En la catedral. Este contiene el relato Ante la ley -publicado y leído aparte por Kafka-. La riqueza de esta obra es incontenible y, aquí, se engrandece porque, como dice el sacerdote -no podía faltar-, La exacta comprensión de una cosa y su mala interpretación no se excluyen. ¿Entiende K el proceso? ¿Cuántas interpretaciones hay? Habla de la Ley, de las costumbres establecidas, de la pena –para el sospechoso el movimiento es mejor que el reposo, porque quien reposa, sin saberlo, puede estar en una balanza y ser pesado con sus pecados-, del engaño, de la necesidad del engaño, de la libertad –con frecuencia es mejor estar encadenado que libre-, de las propias elecciones, de Felice, del Talmud –Ante la ley no deja de ser una parábola y el capítulo, quizá incluso el libro, su exégesis-, de las funciones que se reparten en esta sociedad, de la pulsión de muerte, de la culpa como motor. Habla incluso del lector y lo que está leyendo. Y aquí, en la catedral, tras hablar con el sacerdote, ya no hay penumbra, sino total oscuridad. Aún queda un capítulo. Y otros descartados -a fin de cuentas Kafka la dejó, si no inconclusa, sí sin ordenar y  los fragmentos que restan, los estudiosos y Max Brod, los dejaron de lado, aunque figuren en esta estupenda edición de Galaxia Gutenberg-.

     Quedan muchas cosas en el tintero. Cada capítulo es embrión de numerosas reflexiones. Las consideraciones de su abogado -no hay que olvidar que Kafka estudió Derecho y pensaba que: En esos años me alimentaba intelectualmente de auténtico serrín que, además, miles de mandíbulas habían masticado previamente. Además, trabajaba en seguros -muy a su pesar, ciertamente, mas con el objetivo de ganarse la vida y tener tiempo para escribir, tiempo que un matrimonio le robaría- y era tremendamente concienzudo en su trabajo. Asimismo leía a Freud y más que una interpretación de los sueños, hace una transposición de la realidad a una sinrazón, no tanto trágica, que sí -el final es magnífico- como descabellada, pero substancialmente acertada. Levanta la estructura de una existencia cautiva, sustentada por la culpa y la humillación. Léanla. Y si ya lo hicieron, reléanla. Es una fuente inagotable.