La frantumaglia. Un viaje por la escritura de Elena Ferrante.

La Hija oscura se sitúa en el centro de la narración de Elena Ferrante, enlazando sus dos primeras obras, El amor molesto y Los días del abandono, con la novela que, de tan larga como resultó, constituyó la tetralogía de Las dos amigas. La muñeca robada por Leda (La hija oscura) enlaza con la muñeca perdida de Lenú (Las dos amigas) y a través de ella se extienden los hilos de los distintos papeles de una mujer en la vida que, si en sus dos primeras obras se centran -entre otras cosas, pues Nápoles o las relaciones con los hombres también están en una y otra, respectivamente-, en la maternidad, en el hecho de ser hija, en ser esposa y madre, ya en La hija oscura se esparcen abriendo paso a la amistad y otras facetas personales y sociales, hasta desplegarse a lo largo de la tetralogía napolitana. No deja de ser interesante el hecho de que justo en mitad de este libro de entrevistas, cartas enviadas o no, correspondencia, artículos, extractos desechados de sus obras, etc., figure en el centro exacto un breve artículo que yo encuentro fundamental tanto en lo que se refiere a la obra de Ferrante, como a la posición de las mujeres escritoras en la literatura. Se titula Hay que ver lo fea que es esta niña, y bajo este título, laten Flaubert -y Bovary- y la herida, no necesariamente femenina -Kafka no fue encontrado ni un Adonis ni interesante por papá Kafka-, pero sí más extendida entre las mujeres. La carta iba dirigida al editor sueco que compró los derechos de Los días del abandono y que, una vez traducida y leída por el susodicho, decidió no publicarla al considerar moralmente reprobable el comportamiento de Olga, la protagonista de la novela, hacia sus hijos. Cuando Elena Ferrante escribió estas obras -10 años separan la primera, El amor molesto, de la segunda, Los días del abandono-, muchos -no creo que muchas- estaban convencidos de que se trataba de un hombre o, en su defecto, de un hombre y una mujer al alimón -incluso tenían una pareja candidata-. Con el tiempo y sus obras -sin hacer mención del periodista que tuvo a bien, en su tozudez, dar con el nombre que había tras el pseudónimo-, fue quedando cada vez más claro que se trataba de una mujer -no hay más que seguir el orden cronológico del variopinto material que se despliega en este libro, para ver claro, quien lo hubiera dudado-. C’est une chose étrange comme cette enfant est laide. Como mujer literariamente educada en obras masculinas -extraordinarias y tantas- reconoce sus distintas etapas como lectora y sus distintas posiciones: … En algunas épocas de mi vida pensé que no podía concebirlo más que un hombre, y además un francés atrabiliario, un oso encerrado en casa afinando gruñidos, un misógino que creía ser padre y madre solo porque tenía una sobrinita. En otras épocas pensé con rabia, con rencor, que los maestros de la escritura varones saben hacer decir a sus personajes femeninos eso que las mujeres piensan y dicen y viven realmente, pero no se atreven a escribir… Y a lo largo de todo este florilegio de auténtica comunicación con el lector que es este libro nos explica cómo, por qué escribe, qué busca transmitir, dónde lo busca, desde dónde, hacia dónde.

     La Frantumaglia, nos cuenta Ferrante, … es un término de su dialecto (el de su madre) que usaba para decir cómo se sentía cuando era arrastrada en direcciones opuestas por impresiones contradictorias que la herían. … Una multitud de cosas heterogéneas en la cabeza, detritos en el agua limosa del cerebro. La primera parte de las tres en que se divide el libro abarca desde 1991 hasta 2003. Más de diez años separan sus dos primeras novelas y durante estos años leemos entrevistas escritas, postergadas o no enviadas que denotan una voluntad de ausencia como personaje público y una búsqueda de la voz adecuada para cada texto escrito, hasta llegar a La Frantumaglia donde responde concienzudamente a la entrevista de dos mujeres para una revista literaria y abre la puerta de sus vivencias personales en relación a las dos protagonistas y a Nápoles. La segunda parte va de de 2003 a 2007, La hija oscura ya ha abierto camino a Las dos amigas y Ferrante, además de entrevistas -una con sus lectores a través de la radio, eso sí, por lectora interpuesta-, incluye algún artículo y demuestra una gran paciencia frente a la insistencia en lo referente a su anonimato, que no reconoce como tal pues que sus libros están firmados. La última va desde 2011 al 2016. Si alguna vez la frantumaglia literaria hizo presa en Elena Ferrante, ese momento ya pasó -seguro que puede volver a pasar, pero ella pisa firme sobre las lineas ya escritas-. Aquí el centro, claro está, son Las dos amigas, pero solo eso, siguen respirando sus obras anteriores, Nápoles, otras y otros autores, la mitología clásica, Dido, el feminismo, etc. Como en todo el libro.

     Nos regala una serie de vivencias, conocimientos y opiniones que difícilmente podríamos recibir de una autor o autora que estuviera siempre en el candelero. La evolución de su obra tiene una lógica interna y su posición frente al mundo y a la literatura también. Este libro es un regalo para sus lectores y responde a su actitud frente a este oficio, que en parte, bien puede quedar reflejada en estas dos citas:                                                                                            La escritura requiere la máxima ambición, la máxima falta de prejuicios y una desobediencia deliberada.                                                                                                                 Yo escribo sobre los puntos de incoherencia.

      Léanlo. Cuenta mucho, sabe más y es muy generosa con lo que sabe. Y gracias a Lumen y a Silvia Querini por sus sabias selecciones.

 

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Crónicas del desamor: Los días del abandono de Elena Ferrante

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La voz de una mujer de treinta y ocho años, tras quince de matrimonio, nos cuenta el proceso interior que atravesó para recomponerse después de que su marido le comunicase que la dejaba. Es su tercera crisis matrimonial y al súbito vacío de sentido que acompañó a cada una de ellas, le sobrevienen rápidamente las consecuencias prácticas del abandono que inevitablemente conducen a Olga -no sabemos como se llama hasta el capítulo 8 y por boca de él, Mario- en un retroceso vertiginoso, hasta los olvidados y temidos miedos infantiles. Porque se trata de un doble abandono: el que la protagonista ha hecho de sí misma, prescindiendo de su esencia para convertirse en un ama de casa cuyas decisiones y demás opciones descansan sobre su cónyuge; el que padece al encontrarse desnuda de iniciativas, deseos, voluntades y demás querencias y verse sola frente a la vida: los niños, el perro, la compra, la comida, la cena, el dinero… No es que él aportara mucho, pero estaba ahí y, erróneamente, eso le daba seguridad, en consecuencia, lo primero que se instala en ella y en su hogar es la incertidumbre (un simple lagarto que se cuele entre sus paredes puede desatar un drama familiar). Con ella, la perplejidad y el dolor, un montón de palabras muertas; la esperanza y el despecho, el desasosiego y el temor de comprender, la atribulada búsqueda de un orden en el que ya no cree y, sobre todo, una disolución pormenorizada y agónica de su identidad, con saltos al pasado -aquella, La Pobrecilla, la que perdió hasta el nombre, a quien no sabían cómo dirigirse los vecinos, ella a quien no saben cómo dirigirse los amigos- y sin visos de futuro. A medida que avanza en su proceso de extinción como esposa, se tambalean todas las facetas de su personalidad, su temor a los sentimientos ruidosos, extrovertidos, se disuelve y da paso sucesivamente a actuaciones compulsivas vertebradas en asuntos cotidianos que la invaden -como las hormigas, que acaba extinguiendo y, con ellas, quién sabe si al perro, mascota, básicamente, de su marido y con el perro, finalmente, a él mismo, a Mario-. A partir del capítulo 15, cuando los ve juntos y con los pendientes que le pertenecieron -y la reconoce, reconoce su edad y el pasado común, con ella, con la otra- se desarrolla la catarsis que Ferrante desmenuza implacablemente. El filo de la locura, la disolución de la coherencia, la cuasi ruptura con los lazos reales, afectivos, maternales, cotidianos, que Olga atisba por momentos. El lenguaje, capítulo a capítulo, se ha ido haciendo más descarnado -también más obsceno-, y los acontecimientos también. Las imágenes del pasado y el presente, los libros que ella fue y que tuvo, los personajes que la toman o la dejan, la disociación frente a su hija y frente a sí misma llegan a su punto culminante y los hechos acompañan, son el reflejo de su caos. A partir de ahí, la sima o la regeneración. Y vuelve el mundo a un orden aparente que hay que mantener en su sitio. Tan cerca la locura.

      Brutal, auténtica, genuina Elena Ferrante. Si en El amor molesto el presente se recomponía con dolorosos fragmentos disueltos en el pasado, en Los días del abandono, a la pendiente, cada vez más vertical y rotunda por la que se desliza la protagonista, no le resta ni un segundo de desconsuelo. Se me han caído a pedazos la razón y la memoria. La ola de rabia y angustia que crece página a página inunda a quien la sigue y respiras al final, aliviada la lectora o el lector de que quede un remanso, sea cual sea. Imprescindible, única, singular.