El mar no baña Nápoles de Anna Maria Ortese

El sol no baña

Ana María Ortese nació en Roma en 1914. Su familia y ella cambiaron numerosas veces de ciudad en busca de trabajo y su formación no respondió a un programa marcado, pudiendo definirla como autodidacta. Vivió en Libia donde estudió y escribió su primera obra, más próxima a un realismo mágico aún, literariamente, por definir que a los relatos del libro que nos ocupa. En 1945 se mudaron a Nápoles y vivió allí tres años colaborando con un grupo de intelectuales de izquierdas en un proyecto que giraba en torno a una revista, Sud. Permaneció apartada de los grupos intelectuales, viviendo primero con una hermana y, tras la muerte de esta, con un hermano (fueron seis). No consiguió estabilidad económica hasta que en 1986 recibió una pensión del Estado.

    La mirada que A. M. Ortese dirige sobre Nápoles en este libro, revisitado y justificado por ella tanto en la introducción como en las últimas líneas que llevan por título Las chaquetas grises de Monte di Dio, es, en primer lugar, una mirada ordenada y global; es, también, la de alguien que observa de frente y no desde arriba; tampoco desde fuera, pero sí, sin ataduras y sin miedos. Va de lo particular a lo general para terminar atendiendo a la razón de ser de este Nápoles feroz con los seres humanos. El libro en sí son cinco relatos que avanzan de manera que los dos primeros se centran en dos momentos aparentemente fugaces, pero sumamente intensos para las protagonistas, los dos siguientes son dos visiones de la gente corriente que ocupa los barrios desfavorecidos y el quinto un reencuentro personal de la autora con Nápoles y los amigos y compañeros que frecuentó en otro tiempo.

    Unas gafas e Interior familiar condensan, respectivamente, la vida de una niña medio ciega y de clase baja, y la de una mujer madura, soltera y de clase media, en dos experiencias que, a un tiempo, aglutinan presente y futuro, y reflejan el entorno familiar y social. En Oro en Forcella fija sus ojos en un zona marginal desde donde el mar no es, siquiera, una ilusión, donde “… los afectos se habían convertido en culto, y justamente por esta razón habían degenerado en vicio y locura”. La ciudad involuntaria recorre el edificio Granili*, monstruoso edificio para el hacinamiento de desheredados de la fortuna, y da testimonio de lo que allí encuentra, con esa prosa suya entre objetiva y compasiva, detallista y realista, pero metafísica y poética. Por último está El silencio de la razón, la narración que más ampollas levantó entre sus contemporáneos napolitanos (o partenopeos, como gusta de llamarlos); aquí revisita su antigua ciudad y a sus antiguos compañeros de Sud desde su profundo desarraigo y con la convicción de que en Nápoles es la Naturaleza la que ha vencido a la Razón, englobando en esta última a todos sus habitantes, conocidos o no.

     Algunos de sus libros están traducidos (El colorín afligido, La iguana, Silencio en Milán) y no me cabe duda de que vale la pena leerlos. Su prosa y su forma de enfocar están a la altura, al menos en este libro, de coetáneos suyos como Natalia Ginzburg y Cesare Pavese, con los que comparte tristeza, lucidez y poesía. Su vagar de una ciudad a otra, su falta de estabilidad económica, su evidente falta de adaptación a los parámetros preestablecidos hacen que presente ciudad y habitantes en sus rasgos básicos desde una forma de escribir particular y lírica, que trasciende comunicando estados y transmitiendo emociones. Una sensibilidad a un tiempo firme y exquisita. Para terminar una frase:  “Mujeres, que de mujer no tenían nada más que una falda y unos cabellos, más parecidos a una capa de polvo que a una cabellera, se acercaban en silencio, con los niños por delante, como si aquella infancia maldita pudiera protegerlas o alentarlas,”

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Hacia un saber sobre el alma de María Zambrano

En este libro, María Zambrano reunió una serie de artículos que alumbran el nacimiento de su razón poética . Para quien no la ha leído es, quizá, el mejor principio, pues siendo publicaciones dispersas, las juntó conforme a una unidad y una progresión interna en la que el único ensayo que se atiene a la cronología es Hacia un saber sobre el alma, que fue escrito el primero, antes de la guerra civil, antes del exilio. El libro se publicó en 1950 y su pensamiento, que no es sino el germen de toda su fenomenología de lo divino, fue refrendado por ella misma en la reedición de 1986 (la que ahora se publica).

Se pregunta, entre otras cosas, por la Filosofía y su razón de ser para nosotros y, ante este requerimiento, aclara que “justificarse no es otra cosa que mostrar los orígenes, confrontar el ser que se ha llegado a ser, con la necesidad originaria que le hace surgir”. Así procede, tanto en lo que a la filosofía, en general, se refiere, como a la suya propia. Y en un ejercicio de coherencia personal a todos los niveles, María Zambrano arranca con el interrogante de si es posible para el hombre ordenar su interior y nos va desgranado el por qué de esa pregunta, al tiempo que, paralelamente, vemos crecer los elementos que conformarán su corpus filosófico. En los siete primeros ensayos, como si de un largo poema se tratase, va concatenando los conceptos que atañen al alma humana en el afán de perdurar y reconocerse, en la necesidad de encontrar un territorio, un camino que no sea únicamente el de la razón o la naturaleza. María va despejando esa senda. “Quien escribe, acalla sus pasiones y, sobre todo, su vanidad”. Filosofía, Religión y Poesía se cruzan. La Poesía como lenguaje primero que nace unido a lo sagrado. Ambas preceden al pensamiento y abren espacios que recuerdan el origen. Forma, fondo y ritmo están en la base de las tres con profundas conexiones entre ellas, mal que les pese. Y el sistema como aspiración del pensamiento. Sistema que también el alma requiere, que el hombre y la mujer buscan para poder orientarse.

Particularmente hermoso y quizá el núcleo central de las entrañas filosóficas de María Zambrano en esta obra es el ensayo “La metáfora del corazón (Fragmento)”. En él, el corazón en llamas, el corazón herido, el corazón que pesa (su pesadumbre) es el que se da y quiere darse. La Filosofía nació para romper el misterio. La palabra no es sino trozo de un discurso discontinuo del pensamiento y está fuera del tiempo. El corazón siempre está ahí, en su espacio interior, sin otra huida que el amor, la esclavitud. Nuestros místicos pasean por todo estas líneas. Y los Románticos.

Habla de las formas de expresión filosófica, reparando especialmente en la Guía para Perplejos, dándonos una sutil definición de la perplejidad y su inevitabilidad. No olvida los poemas filosóficos, que además no responden al Método tan requerido por el pensamiento. Y todo su libro tiene algo de guía y mucho de poema. Es como una corriente que recorre y une cada ensayo.

Al hilo de la Vida en crisis, donde desarrolla ontológicamente la relación del alma con la realidad y su consiguiente inquietud, en el siguiente ensayo se acerca a Freud. Es un placer seguirla en su animadversión al freudismo (no necesariamente porque la comparta). Nada como sus palabras. “…difundió, con la seducción literaria que le prestaban los mitos trágicos a que acudía, y aún acrecentó, el mal terrible; pero no pudo curarlo”. Más adelante Platón y su ciudad ideal, frente a la ciudad de Dios, “germen de los anhelos revolucionarios”. Plotino con los estoicos favoreciendo el triunfo del cristianismo. Y la potencia creadora y vital de Nietszche, su retorno a la Naturaleza y a la Poesía con su particular Circe: la Moral. No falta una recriminación, que merece todo un pequeño ensayo, a Lou Andreas Salomé por su prólogo al libro que escribió sobre Nietszche. Y alabanzas al método y a la congruencia en Descartes y en Fichte.

Para terminar, un opúsculo, Diotima de Mantinea, quien probablemente no existió y es citada por Platón como la transmisora de los secretos del Amor a Sócrates. Un poema filosófico en prosa. Del tiempo, el corazón, el amor, la esclavitud, la noche…

Imposible resumirlo. Su búsqueda es única y hay que seguirla por sus profundos, bellos y sabios meandros. Todo un ejercicio de reflexión, espiritualidad y sentimiento.

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