Silas Marner de George Eliot

 

Comienza George Eliot a escribir novela tarde, con casi cuarenta años, puesto que la consideraba algo menor respecto a la poesía, la filosofía y tantos otros saberes sobre los que se versó esta mujer, de nombre de pila Mary Ann Evans, quien se enfrentó a los prejuicios de la sociedad de su tiempo y de sus hermanos, viviendo primero con un hombre casado y casándose, tras la muerte de este, con otro bastante más joven que ella. Como Silas Marner, el hilandero solitario que da nombre a su tercera novela, conoció una forma de aislamiento social que, no obstante, no le impidió recibir y conocer a principales figuras intelectuales de su tiempo que supieron valorarla -además del público-.

     La obra, publicada en 1861, alude a un pasado remoto -finales del XVIII- en un tono entre legendario y reflexivo, salpicado de una suave ironía, no siempre alejada del escepticismo, a la que, de una manera u otra se verán sometidos todos los participantes de esta particular fábula sin moraleja, pero con conclusión. La autora maneja tres tiempos y, sin ser en absoluto novela de intriga, consigue alentar el interés con su hábil y sutil forma de manejar la información, retrotrayéndose primero hacia atrás para situarnos, a continuación, en la vía de lo que sabemos será un día decisivo y, una vez alcanzado el acontecimiento, anticipándonos un pequeño detalle relativo al futuro. Que Silas sea un tejedor en tiempos en los que la industria textil británica comenzaba a despuntar, no creo que sea una elección banal, como tampoco lo es que su llegada al rural inglés se deba a una huida motivada por un concepto puritano de la religión, tema muy presente tanto en la novela, como en la vida de George Eliot y qué decir del Reino Unido. En su arranque nos describe el miedo del campesino a lo diferente, al intruso que pasa o que llega –para su mentalidad estacionaria, el vagar era un concepto tan inexplicable como la vida invernal de las golondrinas que vuelven con la primavera- y después nos introduce a la nobleza del lugar a la que Eliot presenta como una clase caduca e inútil, centrándose, principalmente, en los hermanos Cass, los hijos del principal hacendado del lugar, Raveloe, a uno de los cuales, a Godfrey, el menos malvado, el más escurridizo, las impresiones que había recogido acerca del sentir de la clase obrera le inclinaban a creer que el cariño es incompatible con las manos toscas y la falta de medios. Ellos, con Silas, conforman un triángulo unido por una cadena de hechos y sus diferentes reacciones ante la adversidad, todas ellas equivocadas en su momento, y es en este devenir tras la propia decisión donde giran prosa y pensamiento de esta novela. La historia sirve de escenario de fondo a la aceptación del propio destino desde una perspectiva religiosa o, por lo menos, moral. Las conversaciones de Silas con Dolly, ilustre mujer piadosa, buena y aparentemente simple, son francamente regocijantes en su deseo de profundidad, mezclado con ignorancia y una forma de expresarse sumamente peculiar. Los personajes femeninos afrontan los hechos dentro de sus posibilidades que son, en buena lógica, muy limitadas, y no se saben víctimas de nada, sin embargo voces de reconocimiento de las limitaciones en la realidad de la mujer afloran en Priscilla. la soltera oficial, hermana de la guapa. Porque limpiando muebles, una vez que puedes mirarte la cara en una mesa, ya no puedes hacer nada más. Y las reflexiones de la voz omnisciente que dirige la historia nos informan, respecto a la rígida moral de Nancy -la hermana paradigmática en belleza y saber estar-, de que su autocrítica excesiva es inevitable en personas de mucha sensibilidad moral, cuya vida no se desarrolla en un ambiente de actividad ni se entrega a los goces de los afectos naturales.

     Una obra falsamente sencilla, repleta de humor, con mucha punta para sacar. Siempre es una alegría que exista la novela del XIX cuando satura tanto siglo XXI con sus cuarenta caracteres -o los que sean-. Y da un gusto enorme saber que queda más George Eliot por leer o por releer. No dejen pasar a esta autora ni olviden ponerla en su contexto.

El año del pensamiento mágico de Joan Didion

 

Fueron, sin duda, la belleza de la edición, turbadora y sensiblemente ilustrada por Paula Bonet, el hecho de tener pendiente de leer algo de Joan Didion y la cercana irrupción de la muerte, los motivos que me decidieron a comprar este libro en cuestión de segundos, en cuanto cayó en mis manos pululando por los pasillos de una librería.

     Este conjuro contra el pensamiento mágico -el que habita en una realidad paralela, propia, casi secreta e irracional, donde comienzan a instalarse objetos, imágenes, frases, voluntades…,  íntimos fetiches tangibles o intangibles, que pasan a formar parte de una nueva vida interior-, este anuario de salvífica voluntad lo comienza a escribir Joan Didion nueve meses y cinco días después de que su marido muriera, probablemente, frente a ella. Muchas preguntas la abordan sin remedio transcurridos los momentos de estupor, preguntas recurrentes, independientes, obsesivas. ¿En qué momento exacto? es una de ellas. Hacía ya casi siete meses que le habían hecho un implante y ya en 1987, dieciséis años antes, le habían intervenido la arteria descendiente anterior izquierda, conocida por la clase médica -y por ellos- como la “hacedora de viudas”, pero ella, Joan Didion no estaba preparada, tal vez no me había fijado lo suficiente -otro de los ritornelos que la acompañaran-. Los supervivientes miran hacia atrás y ven presagios, mensajes que se perdieron. Recuerdan el árbol que se murió y la gaviota que se estrelló contra el capó del coche. Viven por medio de símbolos. Símbolos y puntos de referencia, fechas, marcas en el tiempo, volátil, anclas para tomar tierra cuando navegas sin rumbo, perdida. El reloj parado de la funeraria, la hora exacta de la muerte, los versos compartidos, los que resurgen, los que reaparecen o nacen –más que un solo día más-, los libros como aliados en busca de no se sabe muy bien qué, si conocimientos, reconocimiento, comprensión, razones, la razón…, libros de consulta -que no de autoayuda- de Freud, de Klein, de medicina, incluso un libro de etiqueta de 1922 de la señorita Post que escribía en un mundo en el que el duelo seguía siendo algo reconocido y permitido y no se escondía. La diferencia entre el dolor y el duelo, los asaltos del pasado en cualquier sitio, por los motivos más inesperados, el tiempo, siempre el tiempo, como aliado o como enemigo, el tiempo que pasa y que se puede contar, el tiempo que un año después te recordará que tal día del año anterior, ya estabas sola.

   Joan Didion afrontó la muerte de su esposo como pudo, como mejor supo. La mujer que cantaba lo de atravesar la tormenta daba por sentado que, si no lo hacía, la tormenta acabaría con ella. Lo cierto es que, poco después de acabar este libro, también murió su hija, presente en toda esta obra ya que ella ya estaba muy enferma cuando John, John Gregory Dunne, falleció. No es un libro alegre, sí es un libro hermoso, sincero, de límpida y sentida  profundidad.

Fin de viaje de Virginia Woolf

El día anterior a la publicación de Fin de viaje, en marzo de 1915, Virginia Woolf ingresaba en un sanatorio mientras Leonard, su marido, hacía la mudanza a Hogharth House. Una semana después iba a su nueva hogar con cuatro enfermeras. Dio noticias acerca de la redacción de esta novela en 1908 y le tomó cinco años y al menos, siete versiones. Terminada en 1913 cayó en un largo periodo de jaquecas, insomnio, depresión, etc., un periodo de dos años llenos de incertidumbre y temor ante la publicación de su primera obra de creación, de pasos hacia la locura y el suicidio, pero fue finalmente la publicación de la novela, su buena recepción y crítica, uno de los motores de una recuperación de la que, por momentos, las personas más próximas llegaron a dudar.

     Toda la literatura que desarrollará Woolf hasta su suicidio por no ser capaz de enfrentarse a otra crisis mental semejante a las ya vividas, asoma, de una manera u otra, por obsesión o por azar, por necesidad o por tenacidad, en esta su primera ficción publicada. El matrimonio Ambrose abre el periplo: en Al faro, esa relación entre un docto académico y una mujer con encanto y menos convencional de lo que a la época corresponde, los Srs. Ramsay, se erige como uno de los ejes principales al tiempo que exorciza, literariamente hablando, a los padres de Virginia. Rachel, huérfana de madre desde los once años -Virginia la perdió con 13-, con un refugio creado al amparo del arte -en este caso la música- y  temerosa de un mundo que desconoce por una mezcla de sobreprotección y abandono. A este personaje llegan y de este personaje parten muchas de las mujeres de la vida de Virginia Woolf, incluida ella misma, y transitan por el universo de la autora buscando su manera de expresarse, su forma de participar de la vida, su manera de adaptarse a la sociedad. Su peripecia vital bebe, no solo de las dos hermanas Woolf -Virginia y Vanessa-, sino también de su hermanastra, Stella, muerta dos años después que su madre, a poco de casarse con la persona por ella elegida y amada. Los Sres. Dalloway tienen una aparición estelar en algunos de los primeros capítulos y la señora Dalloway merecerá la innovadora novela del mismo título. El hecho de que aquello que se les usurpa a las hijas es en beneficio de los hermanos lo recoge en Fin de viaje así, como de refilón, como hace con tantos asuntos: en esas charlas mundanas que tan bien reflejan la disparidad del momento, el humor, el carácter, la frivolidad, el clasismo, la lejanía…, y se sirve tanto de la figura del insigne e hipócrita Sr. Dalloway, como de la sacrificada escritora de oficio, la Sra. Allan. El personaje de Evelyn -que en determinado momento manifiesta desear ser un hombre: Orlando lo conseguirá- con el de Susan y Rachel conforman tres tipos de mujeres jóvenes de la época, enfrentadas al gran dilema que se presentaba como fundamental para la mujer: el matrimonio. Tema que a Virginia buenos quebraderos de cabeza le había supuesto, tema que acababa de solventar y que, una vez solventado, no parecía haberle sentado muy bien dada la profunda depresión en la que cayó al poco tiempo. Los jóvenes Hirst y Hewett beben directamente de Litton Strachey y amigos, incluidos los hermanos de las Woolf. Incluso las polillas que se queman a la luz de las velas anticipan Las olas, que inicialmente se iba a titular Las falenas.  Sin hablar de las pesadillas en el fondo del mar, pesadillas que, sin duda, emanan de sus periodos de crisis y anticipan otras sueños de inmersión narrados en el futuro y un acto final fatal.

      La historia se desarrolla en dos tiempos, el primero a bordo de un barco -probablemente partió de la experiencia de un viaje hasta Portugal con su hermano- y el segundo en una isla indeterminada de Sud o Centroamérica, La primera parte es breve y supone el desencadenante que conduce a la separación de Rachel de su padre -quien quiere que adquiera buenos hábitos sociales para poder ayudarlo en su ascenso político- y, en la segunda, la vida social inglesa se traslada a un paisaje diferente, una isla exótica, más peligroso, más salvaje, al tiempo que Rachel -y algunas otras- se internan en su camino hacia la madurez y a distintas formas de feminidad que encuentran reflejo e impulso en las otras mujeres. Los hombres forman parte esencial del entramado, en especial los dos jóvenes estudiantes de universidad, interlocutores, adversarios, compañeros, inspiradores… y ciertos esposos. Y la vida avanza en un ambiente de relajación, anhelos, tés, excursiones, pequeñas y grandes, insoslayables adversidades. Para ellas y para ellos.       

      No tiene, siendo limitada en el tiempo, la definición y plenitud de Al faro, ni la delicadeza y concreción de La señora Dalloway, ni siendo juguetona, la versatilidad y osadía de Orlando, ni la vista de pájaro que rodea un círculo temporal de Los años, ni la deriva hacia la concordia o la pérdida de Entre actos, sin embargo hay mucho de todo ello en Fin de viaje, hay de todas ellas rastro y anuncio, de todas ellas y de las demás, sean o no relato (Tres guineas, Una habitación propia). Un gran novela inaugural de la narrativa de Virginia Woolf.

 

Apegos feroces y La mujer singular y la ciudad de Vivian Gornick.

Vivian Gornick acabó Apegos feroces en 1986, hace 32 años. Casi treinta después, en 2016, publicó La mujer singular y la ciudad. Ambas recogen la biografía emocional -y podríamos añadir que razonada- de una escritora, periodista y activista feminista estadounidense nacida en 1935, emigrante de ascendencia judía y militancia socialista, prematuramente huérfana de padre, crecida en Nueva York, ciudad cuya presencia en el segundo de los títulos, resulta fundamental como complemento de la personalidad que Gormick se ha ido labrando con esfuerzo y constancia. Llega tarde Apegos feroces, aunque es de agradecer, pero llega tarde. Tenía, cuando lo escribió, 51 años y el feminismo estadounidense estaba culminando lo que se ha dado en llamar la Segunda ola feminista anglosajona -la primera fue la que se centró en “superar” obstáculos legales: sufragio, propiedad…, en la segunda, comienzan a enfocarse otro tipo de discriminaciones en las que todavía seguimos-. Sin embargo ambas obras, de fondo claramente feminista, no son un escudo ni un ejercicio de militancia, sino una forma de ser o, más aproximadamente, la expresión, el reflejo de la forma de buscar otra forma de ser, otra manera de vivir.

Arranca contundentemente y en el Bronx, en un edificio de apartamentos donde la presencia significativa es la de las mujeres … astutas, irascibles, iletradas, parecían sacadas de una novela de Dreiser. Desde el principio la figura de la madre se erige como contrapunto, motor y excusa de Vivian Gornick tanto en el pasado, como en el presente, y a través de una relación conflictiva, feroz -… Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia-. Su vínculo queda enquistado a partir de la viudez de una madre que se alimenta del ayer, para acabar siendo el ayer, paradójicamente, uno de los bálsamos que sosieguen la marejada en la que madre e hija recaen cíclicamente. Lo único que odia es el presente, en cuanto el presente se hace pasado, comienza a amarlo inmediatamente. Cada vez que cuenta la historia, es la misma y también es completamente distinta, porque cada vez que la oigo soy más mayor y se me ocurren preguntas que no la hice nunca. Y frente a su progenitora, en la puerta de al lado de su piso y en el extremo opuesto del paradigma moral materno, Nettie, … viuda, embarazada, pobre y abandonada. Una mujer sin habilidades ni voluntad para ser ama de casa, fantasiosa y sensual. Es a través de ella y de las visitas que recibe en su casa, de quien observa y recibe noticias sobre otra manera de vivir el sexo en la que el atractivo sexual es una forma de poder, la única al alcance. No obstante tanto la madre como Nettie, a su manera, coinciden. en el mensaje: … «Si no consigues un marido eres tonta”. “Si consigues uno y lo pierdes, eres inepta” … una verdad innegociable. El bagaje recibido básicamente de estas dos figuras femeninas, así como su posibilidad de acceder a los estudios universitarios que le permitirán abandonar el Bronx conforman, en un periodo de cambio fundamental para el feminismo, las diferentes presiones que condicionarán su vida y, sobre todo, sus relaciones con los hombres y consigo misma a la hora de asumir una posición diferente de la históricamente asignada al sexo femenino. Una mujer singular, escrita más allá de la madurez rompe -pero no olvida- con ese eterno conflicto entre madre e hija y nos presenta a una Vivian Gormick singular -impar, soltera, peculiar, rara…-, racionalmente satisfecha, buena amiga, apasionada paseante – una flâneuse– de Nueva York –Al ver cómo la gente se esforzaba de mil maneras distintas por seguir siendo humana […] me sentía menos sola que cuando estaba sola en una calle abarrotada-, fantasiosa exromántica por convicción y con laceraciones –Yo había nacido para encontrar al hombre equivocado. […] … Fue entonces cuando comprendí el cuento de hadas de la princesa y el guisante. Ella no buscaba el príncipe, buscaba el guisante.- Una obra también singular, que en su propia existencia testimonia y apuntala una razón de ser de autora y obra, y se vale de la interpretación de un amigo actor en sus días crepusculares de Textos para nada de Beckett: No hace falta ninguna historia, una historia no es obligatoria, sólo una vida, ese ha sido mi error, uno de mis errores, haber querido una historia para mí, mientras que la vida por sí sola basta.

Corazón que ríe, corazón que llora de Maryse Condé

Maryse Conté nació en 1937 en la isla de Guadalupe y el año pasado recibió el Premio Nobel alternativo, cuya relevancia desconozco, pero que algo, sin duda, ha de significar. Este libro, publicado en 1999, no es quizás el más acertado para empezar a leerla -no obstante en el prólogo lo consideran la mar de oportuno-, ya que se trata de sus recuerdos de la infancia y, junto a otros 3 o 4, recorre su biografía, la cual, sin lugar a dudas, una vez echada una ojeada a su periplo vital, ha de ser sumamente substanciosa. De un autor o autora, prefiero empezar por sus obras de creación -tomando el relato de su vida por una recreación, aunque se podría discutir largo y tendido al respecto-, no necesito conocer su historia antes ni, salvo contadas excepciones, después, pero este pequeño volumen, que, sin grandes intensidades, nos sitúa en una zona del mundo poco conocida por nosotros, rostros pálidos europeos, e ignorada también por su continente madre, África, este sencillo libro de memorias retenidas, atesoradas, consigue despertar mi interés en la obra de Conté por unas cuantas razones.

     Mujer, mulata, hija de la primera profesora de color de la isla y de un padre veinte años mayor que su madre fundador del que llegaría a ser el Banco Antillano, nieta y bisnieta de mujeres violadas y abandonadas, Maryse Condé crece de espaldas a lo que significa ser negro fuera de su isla, pero no porque no salga de Guadalupe -salvo durante los años de la Segunda Guerra Mundial la familia va con regularidad a París-, sino porque su … familia iba por ahí como si su mierda no oliera, una familia de negros que se las daba de blancos. La conciencia social tampoco era un aspecto tenido en consideración y, uno de los mayores aciertos en la narración, es la capacidad de Condé para transmitir sus perplejidades infantiles sin interferencias de la Maryse Condé adulta. El clasismo familiar, la negación del pasado y el carácter contradictorio materno se perfilan como algunas de las premisas fundamentales que marcarán la trayectoria de la persona que devendrá nuestra autora una vez se enfrente, sola y muy joven, primero a Francia, posteriormente a África y, por último, a su isla -… regresar al vientre de mi madre y reencontrar así la felicidad que, al nacer, bien lo sabía, había perdido para siempre-. A estas circunstancias, minoritaria dentro de las minorías -mujer dentro de la literatura antillana-, se suman, a la hora de despertar algo más que curiosidad por su obra, unas cualidades que se encuentran ya en la niña antillana: una pluma nada condescendiente, abrumadoramente sincera que, ya en sus primeros escritos, le trae consecuencias desastrosas de cara a su mejor amiga y a su propia madre. Como lectora, la literatura le abrió puertas y ha llegado lejos con su propia voz, muy personal, que, sin dudas, ha cambiado el color de la máscara. Tenía «piel negra, máscara blanca», como escribió Frantz Fanon pensando en mí. 

Amor de Hanne Ørstavik

Vayamos por parte. Esta novela data de 1997 y arranca con una promesa a muy largo plazo, se desarrolla en presente durante una tarde y una noche en la vida de Vibeke y su hijo, Jon, que al día siguiente cumplirá nueve años. La narración, hasta más de la mitad, mantiene la atención gracias al itinerario del niño que vagabundea por un paisaje frío de temperatura, pero no de calor humano, si bien, este calor no es el que el chaval necesita y su trayectoria errática nos mantiene a los lectores a la expectativa, anticipando una futura tensión. En este relato casi cinematográfico, la madre es un personaje hueco, vacío. No hay carne a la que agarrarse – La vida es demasiado corta para no ir guapa […] Es mejor pasar frío-, tanto por su trivialidad que intenta equilibrar con informaciones que resultan redundantes (Así, frente a las memorables reflexiones de la ínclita, se insiste en la gran afición de la protagonista por la lectura, afición que no se siente reflejada en nada), como por su falta de inteligencia frente a acontecimientos, personas, lugares, etc. y en su más que juvenil, casi adolescente, egocentrismo. Ahora bien, si la función de este tarro vacío es la de mantenernos en tensión frente al desamparo progresivo de la criatura, el éxito es arrollador y comienza a intuirse, desgraciadamente, más allá de la mitad del libro, cuando otros personajes, estos sí, misteriosos -nada sabemos de ellos más que lo que madre e hijo observan- comienzan a actuar en el entorno de esta familia monoparental. El interés crece en la parte final, a un ritmo casi de película y el final -frente a los comienzos- no decepciona. Lo mejor es la naturalidad de Jon en su inadvertido abandono que comparte con los perros que deambulan de casa en casa y la convicción de la realidad de sus deseos. Lo peor, esa madre, no por una cuestión moral, sino por su falta de contenido. Una novela irregular, recomendada en su país de origen, lo cual no es de extrañar pues que se lee bien y el tema maternofilial o, si se prefiere, las relaciones familiares resultan siempre agradecidas de analizar. No está mal, su narración es rápida y poco literaria, quizá impelida por una urgencia de la autora que decía en una entrevista de febrero de 2019: En Noruega, cuando tienes dos libros publicados, como era mi caso, tienes derecho a solicitar el ingreso en el Sindicato de Escritores, donde hay un comité que decide si tienes calidad suficiente. El día que volvíamos del hospital con mi bebé recién nacido, nos encontramos con dos cartas en el buzón: una para mí y otra para mi pareja. En la suya le daban la bienvenida y en la mía me pedían disculpas… En ese momento me llené de ira. «¿Mi propia gente, los escritores, me decían que no era digna de entrar en su club?». Me sentí completamente rechazada, indeseable. Ese rechazo, y la fragilidad del posparto, abrieron las compuertas hacia el sentimiento de soledad de mi propia infancia. […] Antes de ir al hospital había guardado mi mesa de trabajo porque creía que solo iba a tener tiempo para la crianza, pero cuando recibí esa carta volví a ponerla en su sitio, al lado de la cuna, y cada vez que se dormía, me ponía a trabajar. Así escribí Amor.

 

La azotea de Fernanda Trías

 

Fernanda Trías escribió La azotea –su primera novela publicada en 1999, con 23 años. Hay autores que inician su carrera literaria con obras sorprendentes y paradigmáticas. Terminado el libro que se desarrolla en un corto espacio de tiempo –Nunca hubo un principio sino un largo final que nos fue devorando poco a poco– y que se lee de un tirón, vienen -o me vienen- a la cabeza, inevitablemente, Kafka y el desván de las locas que, sin voluntad teórica feminista, asentó Charlotte Bronte, y me vienen, no porque encuentre imitación ni emulación, sino como contrapunto y complemento. La metamorfosis de Kafka es su primera -y última- novela publicada en vida; en ella Gregorio Samsa se despierta bocarriba e intenta incorporarse; aquí, Clara espera bocarriba desde medianoche y no intentará cambiar de posición. Samsa se ha convertido en un insecto monstruoso, Clara se sentirá acorralada por un mundo exterior acaudillado por una extranjera e insidiosa termita, pero, a la larga, no está claro quién es el monstruo. Samsa es atropellado por su padre, mas quiere salvar a su familia para la normalidad; Clara ha conseguido la familia que quiere y ansía salvarla, pero fuera de la normalidad. Tanto a Samsa como a Clara les agreden las miradas ajenas, pero tras la ventana de Samsa pasa la vida, vuelan los pájaros, y tras la de Clara se erige el enemigo y el único pájaro que vemos vive encerrado. Igualmente, Kafka, como Trías entonces, anhelaba viajar, pero acababa permaneciendo. El relato transita del pájaro que devora a los peces como Clara devora a su familia, al recuerdo de su madrastra de la que solo quedó indemne lo peor de su anatomía y a la que, lamentablemente, no sobrevolarán las moscas. Del anhelo de salir del padre, al pavor a salir de Clara, que solo se siente libre confinada (en su azotea). La amenaza está en el interior: uno o una misma, la familia, los frutos del vientre, el pasado -apenas aludido-, la imagen del futuro. La amenaza viene del exterior: la partera Carmen, el administrador, las vecinas, la policía… El desgarro entre quedarse o partir. La luz o la oscuridad. 

   La azotea frente al desván. A Clara no la encierran, Clara sube a la azotea, guarida y espacio de libertad –Desde arriba la gente se veía tan chica que ya no resultaba una amenaza: poder sentir sin miedo-, zona abierta y sin límites aunque limitada -no está cercada-. No se vuelve loca en un cuchitril, es el pájaro quien languidece en su jaula. Y el padre. Y Flor -… un nexo sin sentido, una cuerda que no ata a nadie-. Ellos no esperan, como Vladimir y Estragón, pero Clara sí. Emisarios le han dicho que alguien vendrá -y no será Godot, claro-.

      Siendo una novela aparentemente sencilla, su imaginería es abundante: si se amplia el contexto, crecen las claves. Hay mucho contenido en tan pocas páginas, figuras y palabras que se retroalimentan en este círculo cerrado. Excelente despegue de la uruguaya Fernanda Trías que, aunque años después, nos llega gracias a la nueva editorial Tránsito. Muy bienvenida sea.

Entre actos de Virginia Woolf

En 1938, tras acabar Tres guineas, Virginia Woolf comienza a darle forma a toda la información reunida para llevar adelante la biografía de su amigo Roger Fry, pero, entre medias, se le cruza el germen de esta novela que plasmó en su diario: … permitidme que apunte una idea: ¿por qué no Pointz Hall: algo deshilvanado y caprichoso, pero unificado en cierto modo -una vieja mansión de aspecto teatral y una terraza por la que pasean las niñeras? Y gente que pasa… y una perpetua variedad, pasando de la intensidad a la prosa; y hechos… y notas; y…, pero basta. Debo leer a Roger… Esto lo anotaba el 26 de abril y a finales de diciembre ya tenía 120 páginas escritas. El 1 de abril del 40 envía a la imprenta Roger Fry y en noviembre de ese mismo año da por terminada, felizmente, la obra que nos ocupa, con el título de The Pageant (El espectáculo); a principios del año siguiente introduce algunos cambios y, de nuevo, el 26 de febrero del 41, treinta días antes de adentrarse en las aguas del río Ouse con los bolsillos llenos de piedras, considera que ha llegado a la versión definitiva, ahora Between the acts. Mientras, Londres, su amada Londres, estaba siendo sistemáticamente bombardeada desde el mes de junio -incluida su antigua casa cuyas ruinas tienen que visitar para recoger restos, entre ellos sus diarios- y ella y Leonard viven en el campo padeciendo estrecheces, pendientes de las incursiones de los aviones alemanes y de los vecinos. No hay eco en Rodmell -solo aire estéril. No hay vida; en consecuencia [los habitantes del pueblo] se aferran a nosotros. De hecho Virginia colabora ayudando en la creación y en los ensayos de una obra teatral para el Instituto de Mujeres, siendo, incluso, la tesorera. Así pues el título no podría ser más oportuno ya que la escribe en espacios de tiempo robados a Roger Fry -y a la que sería, posteriormente, La Torre inclinada, conferencia que iba a dar en la Asociación para la Educación de los Trabajadores, de Brighton-, entre sirena y sirena -suelen sonar puntualmente a las seis y media del anochecer-, entre visitas, viajes a la capital, quehaceres -se vieron obligados a despedir a Mabel, su criada fija- y compromisos sociales. Muchas de estas vivencias se esparcen por Entre actos.

     Una hermosa casa de tamaño medio en una hondonada, Pointz Hall, -… en el corazón de la casa había un jarrón de alabastro, suave y liso, frío, conteniendo la quieta y destilada esencia del vacío, del silencio-, una buena familia sin tanto abolengo como otras del lugar -… todas emparentadas unas con otras por matrimonio, y que en la muerte yacían entrelazadas, como las raíces de la hiedra, tras el muro del cementerio-, un atardecer de verano, visitas esperadas o inesperadas: es el preámbulo de la representación anual para la que los Oliver -el anciano Sr. Oliver, funcionario jubilado, el joven, corredor de Bolsa- prestan su jardín y su granero por si la lluvia. Apenas doscientas minuciosas páginas y tanto que considerar. Algunos apuntes. La trama, –¿Tenía importancia la trama? […] La trama solo servía para engendrar emociones. […] Amor. Odio. Paz. Tres emociones formaban la urdidumbre de la vida humana.-, la trama es un día de junio, un encuentro de los vecinos de la zona para ver a la gente del pueblo, reverendo incluido, recrear la ambiciosa obra pergeñada por la solitaria Srta. La Trobe que consta de tres entreactos. La Naturaleza también participa, en ocasiones parece enturbiar, pero, en general, mejora e incluso salva los posibles errores que durante el evento se producen: vacas, golondrinas -o serán vencejos-, burros, aguaceros, el tonto del pueblo… La representación recorre la historia de Inglaterra con algunos saltos en el tiempo, con teatro dentro del teatro, la novela está atravesada por esa fina ironía y perspicacia woolfiana que va recogiendo fragmentos de conversaciones, implicaciones políticas, diálogos mudos, gestos significativos, alianzas intangibles, deseos fugaces... Un pequeño universo atrapado y enjaulado; preso en sus obligaciones sociales y que reacciona con horror al verse reflejado en el espejo … Es una crueldad. Reflejarnos tal como somos, antes de haber tenido tiempo de adoptar… Y, para colmo, solo a trozos… Cuatro mujeres desenredan distintos hilos, qué duda cabe de que en todas ellas, en mayor o menor medida, hay fragmentos de Virginia (y de algunas de sus amigas, de la misma manera que en ellos, incluido el medio hombre, los hay de sus amigos, de su esposo…), pero es quizá en Lucy, la hermana viuda del Sr. Oliver senior, en quien ella avista el futuro y donde los lazos familiares se engarzan, y es a través de Isa, la mujer del agente de Bolsa, que despliega la tristeza, los anhelos, las esperanzas, las decepciones, siempre enredada y musitando: Que me cubran las aguas del pozo de los deseos. Y a Virginia las aguas la cubrieron. Sola bajo la copa del árbol, del árbol agostado que todo el día murmura como el mar y oye galopar al jinete. Bajo uno de los olmos de Monks House enterró Leonard sus cenizas. Este año, el año pasado, el año próximo, nunca. Y fue nunca.

     Una despedida espléndida, rica, suave, dulce, de la que, como cada vez que acababa una de sus novelas, no estaba satisfecha en esos momentos y ya no pudo o no quiso cambiar de opinión. De obligada lectura -excepción hecha de quienes quisieren acción trepidante, tan potenciada en estos tiempos-.

 

Una locura cotidiana de Elisabeth Bishop

Esta Locura cotidiana de la poeta estadounidense Elisabeth Bishop comienza con un bautismo -frío, porque el frío y el hielo son personajes de algunos de estos ocho relatos, personajes activos, definitivos- y termina con un grito que, de alguna manera, acompañó a su autora a lo largo de toda su vida y que, inaudible, respira tras su prosa y tras su verso. Este grito alude a la locura que en su infancia, tras la muerte de su padre, apartó para siempre de ella a su madre. Inteligentemente este grito de En el pueblo está situado en último lugar, no obstante fue el penúltimo relato escrito por la poeta y, digo poeta, porque tienen mucho de su poesía sus cuentos, con una prosa sensitiva repleta de imágenes y, al mismo tiempo, eficiente, sin lastres, exenta de dramatismo y, al tiempo, cruel, intensa, levemente irónica, argumental y verbalmente rítmica.

El orden de los cuentos es cronológico a excepción del mencionado anteriormente. Los tres primeros fueron escritos entre 1937 y 38. El mar y su orilla, sui géneris crónica sobre un particular lector y En prisión, carta al lector de un reo -o rea- voluntario, presentan realidades improbables y un simbolismo abierto a lo personal y a lo público, ambos en el límite de lo real y lo demencial. El primero, El bautismo, junto con el cuarto, escrito 10 años más tarde, Los hijos del granjero, podrías subtitularse Díptico del frío en Nueva Escocia, lugar de referencia en la memoria de Bishop, donde mitificó una niñez huérfana al calor de su abuela. Ambos recogen acontecimientos invernales de las pobres gentes. El primero se instaura en la cotidianeidad de tres hermanas que viven solas, mientras que Los hijos del granjero, comienza con el tono de un cuento de los de siempre, sus personajes hacen pensar en personajes de cuento -madrastras, hermanastras, migas…-, los peligros que acechan a los dos hijos del granjero, además del frío, son la oscuridad y presencias de tintes monstruosos y, con suavidad y fantasía, llega al temido y natural final. Excelente. El ama de llaves y Recuerdos del tío Neddy recogen dos personajes singulares, con una tierna ironía el primero y con tristeza entre perpleja y afectuosa el segundo, el tío Neddy, tristeza guiada por la necesidad de desvelar en un retrato a la persona que ella conoció sin llegar a saber quien era. Gwendolyn, escrito en el mismo año que En el pueblo, ubicadas ambas en el espacio antiguo, en Nueva Escocia, bebe, como el que será su último cuento, el del tío Neddy, de su pasado y recoge con mirada de entonces el contacto con la muerte de una amiga querida y la forma de canalizarlo a través de una muñeca. En el pueblo reproduce el decurso del tiempo, recoge su sonido y apacigua el grito de fondo, es la narración de lo que no escuchamos, pero está. Al pasar por el puente, me detengo y contemplo el río. Todas las pequeñas truchas que ha sido suficientemente listas para no dejarse atrapar -pero ¿por cuánto tiempo?- están allí, moviéndose rápidamente de costado, en insensatos ataques y retiradas

Las madres negras de Patricia Esteban Erlés

Patricia Esteban Erlés es una estupenda cuentista que, entre cuento y cuento, nos engarza una novela. Desfilan por la laberíntica casa de la viuda Corven convertida en orfanato, niñas y mujeres que han perdido la razón, su nombre, su pelo, su dignidad, su voluntad, su razón de ser, bajo la férrea dictadura de una esclava del Señor. Una teocracia regida por una monja, hija del pecado profanada, alienada y criminal. Comienza con una fuga y se retrotrae, desentrañando historias como Sephine, la mujer del hacedor de muñecas, desenreda y lava la trenza verde de la amada de Dios -un dios caprichoso y aburrido a quien nada le gustaba más que descubrir las miserias de sus criaturas. Nos regala historias por devenir, porque Galia y Tábata, Moira y la propia casa, nos piden más líneas, al igual que otras criaturas desamparadas -o no tanto, como el Doctor Rubin-. Sin embargo esta es la novela de Mina y de Pola, de Priscia y de Dios -o el poder patriarcal-. A cada niña que llega se le corta el pelo al cero, se le pone un saco gris y se la nombra por aquello a lo que debe aspirar. La hija de la bruja será Obediencia frente a su independencia, Pola será Modestia para ocultar su perfección y belleza, otra será Verdad, otra Prudencia, Esperanza, Perfección y es la voz que las nombra la de la envidia de las madres negras, la de la ley, la de Priscia -con su glacial soledad y violencia-, la mano de Dios en la tortuosa mansión construida en base a los deseos de una mente desquiciada y aterrada, perseguida por los fantasmas de los soldados muertos. 

     Esta novela gótica está atravesada por unos cuantos relatos de infancias desoladas, si no ajenos al contexto de la casa –La casa estaba enferma. Y además era malvada-, sí fuera de la trama que rige la narración, si bien la apuntalan y sirven para disfrutar de la elegante prosa de su autora. Aquí el mal no procede de un ser monstruoso escapado del Averno, sino de un dios egoísta, resentido y eterno, envidioso de los mortales que pueden descansar en la muerte, ávido de sumisión y de placer, un omnipresente dictador que, como todo dictador, realmente no puede ser omnipresente ni vencer siempre. Es un gustazo pasear por las páginas de esta novela donde el uso que Esteban Erlés hace de la elipsis refuerza la atmósfera de misterio, pero también de soledad de cada uno de los personajes, salvedad hecha de Dios, que como buen prócer, sí sabe lo que busca. Las madres negras fue premio Dos Passos a la primera novela de un autor o autora. Patricia Esteban Erlés ya era conocida como buena creadora de relatos breves y su salto ha sido firme. Léanla, no la soltarán hasta llegado el final -por algo está dedicada a Shirley Jackson-.