Submundo de Don DeLillo

submundo-de-don-delillo

Don DeLillo comienza Submundo con un prólogo, El triunfo de la muerte, que se desarrolla en una fecha precisa, el 3 de octubre de 1951, y con un histórico home run -un tanto del copón en béisbol- que tuvo lugar en esa fecha -es el mismo que retransmiten en la radio del coche de Sonny Corleone (James Caan) cuando lo acribillan en El Padrino I-. Este tanto es descrito con precisión en un presente trepidante que mezcla la descripción del partido, espectadores de renombre aún ahora o en aquel entonces -como el locutor que lo radió y que por ello se hizo famoso- con la significativa historia del joven de color Cotter que se cuela en el estadio y consigue hacerse con la pelota que dio la victoria al equipo en el célebre home run. Ese mismo día Rusia prueba su bomba nuclear y en el estadio está John Edgar Hoover. Mientras, cantidades constantes de basura caen al campo, caen en las gradas, incluso dos hombres caen -las emociones: infartos-, papeles de todos los tipos descritos como una misma música con distinta letra, y entre ellos revistas donde anuncios de electrodomésticos, detergentes, perfumes, etc. se mezclan con el cuadro de Brueguel El triunfo de la muerte. Acaba el relato Todo va depositándose indeleblemente en el pasado, pero el capítulo siguiente, escrito en pasado, transcurre en 1992 y la novela se convierte en un camino de vuelta con una pelota de béisbol como pretexto, como fetiche, como asidero, como símbolo.

     A partir de ahí la narración sigue a Nick Shay -en el 92 mando intermedio en el mundo de la recogida y eliminación de residuos- hasta llegar al origen de quién es y quién fue y, por el camino, su hermano, su fugaz amante, Klara, su madre, profesores, compañeros de trabajo y demás personajes próximos a él, no tan próximos o sencillamente coetáneos -reales o no-. Sin embargo, aunque sin aparecer en el índice, la historia de Cotter, sin él, continúa, siempre inmediata, siempre en presente. Este submundo dentro de la obra no es el único. Underworld se titula la supuesta película desparecida de Eisenstein que a su vez comparte protagonismo en el capítulo El verano de las azoteas con la auténtica Cocksucker sobre los Rolling Stones y el breve y contundente documental involuntario de la muerte de Kennedy rodado por Zapruder. En un marco que va desde la Guerra fría -para volver a ella- hasta mediados de los noventa, la exploración hacia atrás de la vida y el contexto de Nick es de una riqueza abrumadora donde cualquier cosa puede encajar: la búsqueda del artista y los caminos que se abren o se encierran en el arte, el arte como vía para encauzar esa inmundicia omnipresente, voluminosa, agresiva, regular, invasiva que, como un bajo continuo, atraviesa todo Submundo convirtiéndose a su vez en un territorio (nuestro territorio, nuestros desperdicios modelados como espacios habitables, grandes vertederos diseñados por expertos o nacidos involuntariamente del abandono de las instituciones). Las relaciones familiares, padre-hija, madre-hija, entre hermanos, dentro de la pareja; la educación y la infancia, capaz de adaptarse a los nuevos no paisajes construidos sin tenerla en cuenta, materia moldeable en manos de la hermana Edgar (alma gemela de Hoover, atormentada mujer que memoriza El cuervo de Poe para infundir miedo, la profecía, la soledad y la muerte) o el padre Paul en busca de una formación diferente. La ubicuidad de los medios de comunicación a través de la imagen -el video de un asesinato tan azarosamente grabado como el de Kennedy, pero más contumaz, relatada en presente y capaz de fijarse en la voluntad hasta perder su significado y asegurar el entretenimiento-. La Guerra fría, la caída del Muro (y el muro que separa el barrio lumpen, el muro al que mira el creador, el muro en el que se inscriben historias de fracaso), el apartheid, la bomba nuclear, Todas las tecnologías tienen que ver con la bomba, los residuos nucleares, la separación y el tratamiento de los desechos, crema protectora para el sol, Lenny Bruce -sí, el de Bob Fosse- y su ¡Vamos a morir todos!, la gran paranoia (pero ¿quién contagia a quién, el Estado al individuo o el individuo al Estado), la gran fiesta de Truman Capote, prodigio de la vanagloria y Hoover invitado (gran recreación de este tipo), la carne de cañón…

     La riqueza temática, la inteligencia narrativa, la poesía ocasional, la adaptabilidad rítmica, la profusión temática de Submundo merecen, sin duda, un estudio. Ardua tarea para quien lo emprenda, aunque probablemente apasionante. A medida que el tiempo avanza hacia atrás, el ritmo es más veloz, el penúltimo capítulo es casi trepidante. Rematada la historia de la pelota de Cotter intercalada en el silencio de la numeración de páginas -pero entre dos páginas negras: se abre el telón, se cierra-, en esta marcha atrás, bajo el título de En gris y negro, DeLillo ata algunos cabos. Cabos argumentales. Klara, Nick, su esposa, sus primeros amores, la conexión definitiva, la casi definitiva genealogía del fetiche-pelota del 51, la procedencia y el objetivo del material artístico último de Klara, ¡nos vamos a morir todos!, la pelota de nuevo como un símbolo que ha cambiado de manos durante años y también de significado… Y por último, el epílogo. De nuevo en presente, ahora. Cruel, extraño, casi buñuelesco -le falta la ironía o es demasiado ácida- la realidad se traslada, ¿queda sólo la inmundicia, transitamos sobre ella, falta el milagro, el submundo está fuera o nosotros estamos dentro..?

     Quien no quiera retos, que ni se acerque. Quien se acerque encontrará un libro a releer o a coger en cualquier momento, por cualquier página y dejarse llevar por un universo complejo, interconectado, en su finitud, infinito.

     Y no puedo por menos que mencionar que la empresa que acumula y subsume la basura en el epílogo se llama “Tchaika”, que significa gaviota en ruso y citar que el individuo necesita ajustarse a un entorno en el que los chanchullos y los trapicheos han salido de las sombras del mercado negro especulativo para crear una economía completamente abierta de saqueo y corrupción. En esas andamos.

don-delillo

Anuncios

Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin

Manual mujeres de la limpieza

 

Hacia el final del libro, miraba yo, inquieta, cuántos relatos me quedaban por leer. Solo cuatro, solo tres… Cuanto más avanzaba, más tiempo dejaba pasar entre uno y el siguiente. A pocas páginas del fin, decidí leer la introducción, acción religiosamente reservada -de hacerlo- para el final y absurda estrategia de autoengaño. Hay libros que no quieres terminar -más si sabes que ningún otro relato te deparará la caprichosa industria editorial, ni la reducida obra de la autora-.

      Los cuentos de Lucia Berlin se circunscriben a su vida. O no, pero lo parece. Transcurren en los sitios en los que ella vivió, sus protagonistas ejercen un oficio que ella ejerció o son objeto, mejor sería, en estos casos, decir sujetos de su observación, llena de perspicacia, sensibilidad, ironía, humor y, cómo no, amor -incluso cuando el personaje es tan deleznable como el abuelo-. Desde fuera o desde dentro, en primera persona, en tercera, en ambas, con una visión amplia y larga o de cerca, desde el interior, hacia o desde el pasado, desde o hacia el presente, la aguda mirada de esta escritora te atrapa, su capacidad de supervivencia, la implícita aceptación de las cartas que le tocan en el juego de la vida, su vitalidad observadora y reflexiva te arrastran de relato en relato. No sé hasta que punto el orden es cronológico -el antepenúltimo, B.F. y yo, fue el último que escribió-, pero el orden en el que están dispuestos es de lo más acertado. Su familia está presente: aparecen al principio el padre y el abuelo, con muchos tintes de realidad –Las historias y los recuerdos de nuestra familia se han ido modelando, adornando poco a poco, hasta el punto de que no siempre sé con certeza qué ocurrió en realidad, decía su hijo. Su hermana y su madre van surgiendo entre narraciones para ganar presencia, historia y verdad, con un trazo preciso y muy personal en el que el detalle te atrae y amplía la imagen. Mientras, otras vidas reclaman el foco y a veces, en un mismo relato, ridículas, terribles, risibles pequeñas o grandes tragedias urden un telón de fondo ante el que se presentas distintos puntos de vista –Mijito, una turbia anunciación con delicadas miniaturas ilustrando el fondo; A ver esa sonrisa, una visión cálida y compresiva, culpable y fatal, irónica y lúcida, a tres, a cuatro bandas con el lector o la lectora, de una relación inusual y judicialmente perseguida-. Incluso el gran telón de fondo puede ser el protagonista –Apuntes de la sala de urgencias– o puede partir de un ingenuo juego con las palabras que culmina por las subliminales vías de las asociaciones –Mi jockey, Macadán-. Lo cotidiano en su contexto más oscuro, expuesto con frescura, con una particular imaginería que nos conduce con suavidad, incluso entre fragmentos, hasta la última frase. Definitiva, lapidaria, rematando el cuadro. Buenos y malos.  Y el humor, negro y brillante, que alumbra desde sus propios alter ego, como una chispa para burlar la amargura -de nuevo Mijito, una maravilla con una perla negra en la frase final-.

Pararse en cualquiera de sus cuentos es un grato ejercicio de observación. Por ejemplo el que da título al libro,  Manual para mujeres de la limpieza. Ocho paradas de autobús estructuran el relato. La consejera, la autora, su sosias acude a limpiar a distintos hogares, una ligera angustia emocional la envuelve y va avanzando en breves y cada vez más intensos y concretos recuerdos que ella expresa en pocas frases mientras, entre esperas y trayectos viajamos con ella, la parada, los vaivenes de la gente, los saltos de su memoria, las familias a quienes sirve, los consejos a tener en cuenta en un trabajo así… Y la última frase. Tanta angustia de la mano de tanta ironía. Pero como este, casi cualquiera, cada uno desde un sitio diferente. Con una esencia propia, mas sin unas normas fijas. Con un ingenio perverso y dulce. Sin moral ni moralina  –Es lo asqueroso de las drogas. Funcionan.- Lucia Berlin también funciona. De maravilla. De endiablada maravilla. Imprescindible. Lo mejor, leerla, que se releerá.

Lucia Berlin

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado de Maya Angelou

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado

 

Maya Angelou era una mujer muy polifacética y deja constancia de ello en su autobiografía que transcurre a lo largo de siete volúmenes. Nació en 1928 y murió hace dos años, en 2014, así es que recorre una buena parte del calvario de la gente de color, especialmente de las mujeres, en su lucha por los derechos civiles y tiene contacto directo con descendientes de la esclavitud. El título recoge un verso del poema Sympathy de Paul Laurence Dunbar que más tarde la propia Maya desarrollará también en su libro Shaker. Why don’t you sing. La música jugará un papel muy importante en su vida. Curiosamente realizó una serie de documentales sobre la herencia de la música africana en el blues Blacks, Blues, Black! el mismo año en el que escribió esta obra, 1968, que fue también el año en el que mataron a su amigo Martin Luther King.

        En este primer volumen -no sé en los otros- conviven memoria, literatura, diálogos, poesía, música… y tiene también el aire de una novela de formación -nada alemana- que llega hasta los 17 años, 1945, aunque quizá sería más preciso decir novela de aprendizaje. Su arranque es brillante. Una escena de infancia con una conclusión rotunda que no creo que haya perdido vigencia y que no me resisto a citar: Si bien el proceso de desarrollo de una muchacha sureña negra es doloroso, la sensación de estar fuera de lugar es como el óxido de la navaja que amenaza con cortarte el cuello. Es un insulto innecesario. Tras esta introducción, entra en materia, no necesariamente por orden cronológico -sí en lo fundamental- y nos narra los motivos del pájaro, sea este la niña que fue, sea su hermano, su madre, su padre, sus abuelas, sean los trabajadores del algodón, los espectadores de un combate de boxeo…, y estos motivos se convierten en un relato, sui géneris, que desgrana su vida desde dentro y dentro de un entorno preciso, definido y definitivamente negro. Los blancos están en Blancolandia y su papel, cuando aparecen, no despierta empatía alguna, tampoco acentúa la animadversión.

        No va a hablar la voz sabia de una mujer revisitando e interpretando su infancia, nos va a hablar aquella niña que fue. La adulta dirige, la niña revive. La niña que sueña ser blanca y más adelante quiere ser chico llega con tres años, de la mano de Bailey, su hermano -un año mayor, solos ambos en el tren-, a un pueblecito de Arkansas y nos cuenta del vecindario, los clientes, su abuela paterna, su tío Willie y el KKK, los pelagatos blancos… Tras el regreso de su magnífico y apuesto padre, Maya y Bailey parten con él a California junto a Vivian, la madre, y la familia de esta. Hija de padres separados, Maya venera sobre todo a Bailey y, después, a su madre y es viviendo con ella cuando, víctima de abusos por parte del compañero, entra en un proceso de mudez. La sencillez y la frescura con la que narra los encuentros que desembocan en el atropello por parte del tal Freeman -me pregunto si el nombre real sería este-, la propia violación  así como los sentimientos que la impulsaron a dejar de hablar son de una autenticidad asombrosa, la vivencia de la culpa y el miedo a decepcionar a sus mayores no podrían ser relatados con mayor naturalidad: la mentira y el abuso se solapan, la culpa se instala en ella. La lógica de los niños nunca exige pruebas (todas las conclusiones son absolutas),

        Tras esto regresa a Stamp con la Yaya y comienza el periodo de crecimiento en el que la lectura jugará un papel fundamental y, por último, graduada ya, marcha de nuevo con su madre a San Francisco, ciudad con la que se identifica. En cada capítulo, además de relatar y reproducir sus experiencias, amplía el universo que nos va dibujando, incorpora nuevas emociones y nuevos descubrimientos -como el profundo conflicto racial que por mucho que haya llovido, no parece que haya escampado, casi un siglo después-. Amor filial, fraternal, sexo, educación, trabajo, teatro, amistad, etc. El proceso de búsqueda de sí misma parece resolverse felizmente, pero sin duda no ha de ser más que el primer final de una prolífica vida.

        Muy interesante. Exquisitamente escrito, con un armónico aliento poético, un fino sentido del humor en ocasiones no exento de ironía, con dosis de rabia sabiamente encauzada y de gran inteligencia narrativa.

maya-angelou-young

Nuevas maneras de matar a tu madre de Colm Tóibín

650_H421487.jpg

 

Colm Toíbín es un autor y crítico literario de origen irlandés y católico que tiene en la actualidad 60 años. Su último libro Nora Webster aborda la vida de una mujer que se queda viuda y se basa en su madre que perdió a su marido cuando él tenía 12 años. Otra novela anterior, El testamento de María, trata también del dolor de una madre al perder a su hijo, en este caso Jesucristo, y es con la figura de la madre ausente en la novela del siglo XIX como arranca este libro de ensayos literarios acerca de la familia y los rastros -que en algunos casos son heridas, en otros formas de matar, en otros formas de exponer o exponerse…- que la familia deja en los escritores y/o en sus obras.

      Lo introduce con un sugerente y exhaustivo ensayo sobre Jane Austen y el muy presente a lo largo de la obra Henry James -no en vano tiene una novela biográfica acerca de él, The master: retrato del novelista adulto-; en él aborda la novela decimonónica como una representación de la destrucción de la familia y el ascenso de la conciencia moderna o del espíritu individual centrándose en la figura materna, en general muerta o desaparecida, siendo sustituida en muchas ocasiones por las tías, figura que rastrea hasta Joyce: Las tías se marchan en las novelas igual que llegan, para alterar la paz y aligerar el tono. Las madres impiden el crecimiento de la protagonista. Esto lo ilustra especialmente siguiendo a Austen, pero también a James, hasta llegar a finales del XIX cuando es la figura masculina la que potencia la tensión de los personajes.

      Curiosamente cierra el libro con dos artículos acerca de la figura del padre a finales del XX, a través, básicamente, del interesantísimo James Baldwin y el, bastante menos llamativo, Barak Obama. En el medio, 2 bloques, uno centrado en Irlanda y el otro intitulado En otros lugares. Irlanda arranca con dos capítulos dedicados a Yeats; en el primero Nuevas maneras de matar a tu padre, rastrea, también con Henry James de acompañante, como de padres asaz disolutos y con ansias creativas, crecen hijos poderosos a pesar de no haber podido ir a la universidad que tampoco destrozó sus mentes y contempla como forma de venganza de estos hacia sus progenitores el permitirles publicar sus libros, los cuales dejaban bastante que desear. Este impulso lo retoma más adelante con Borges, no en cuanto a su revancha, sino en cuanto a coger el testigo de la creación ante el fracaso de su predecesor. Tras el padre de Yeats, en Willie y George, le toca el turno a su cónyuge, esposa-madre e impulso fraudulento de parte del simbolismo esotérico en su obra. A Yeats le sigue su amigo Synge con su religiosa y adinerada familia, su absorbente y celosa madre de la que se alejaba y sobre la que recaída, desarrollando su vida y obra a la contra, pero apoyándose en ella. A continuación Beckett -gran deudor del teatro de Synge a cuyas obras de teatro, que tanto escandalizaron a los irlandeses, asistía sin falta en el teatro Abbey- y de nuevo la madre, al parecer depresiva y neurótica, que freudianamente condujo al laso Samuel al psicoanalista. Si Synge y, por supuesto, Beckett se alejaron, pero también regresaron, de su otra familia, más profunda, menos evidente, menos -o quizá no- psicoanalizable, que eran la tradicional y pía Irlanda, su enfrentamiento político y el idioma, los siguientes ensayos versan sobre autores que de diferentes maneras se enfrentaron o afrontaron las dos vertientes como un conflicto. Brian Moore que acabó en Estados Unidos, Sebastian Barry en cuyo teatro se superponen el padre de la nación y el dométsico y, por último, Roddy Doyle y Hugo Hamilton que en su rebelión matan al padre a través de la lengua o la lengua a través del padre, el primero con humor, el segundo por necesidad: el conocimiento de la lengua irlandesa se asociaba a la pobreza, por lo que abandonar el idioma es posible que constituyera una forma, aunque extraña e imperceptible, de ascender. Esto me recuerda algo. ¿Será a la igualmente encapotada y verde Galicia durante 40 años?

      La segunda parte se abre con dos pesos pesados: Thomas Mann y Borges. Al primero lo acompaña la leyenda de Nuevas maneras de malcriar a los hijos, suave teniendo en cuenta que dos de ellos se suicidaron y que un lema del Mago fue Hay que acostumbrar a los hijos a la injusticia desde el primer momento. Si a cada autor lo acompañan lides varias que van desde el alcoholismo, padre, madre o ambos autoritarios, problemas de opción sexual, etc., la familia Mann es una buena panoplia de bretes que incluyen incestos, drogas, ambigüedad política, etc. Mucho se ha escrito sobre ese enorme escritor que fue Thomas Mann y a su luz o su sombra se han alumbrado o ensombrecido hijos e hijas, amigos, amigas, amigos y amigas de hijos e hijas y demás. Erika y Klaus indudablemente crecieron gracias y a pesar de él, pero siempre con esa pequeña gran figura embrujando sus acciones, sus escritos, su creatividad en fin. En cuanto a Borges, difícilmente rastreables en sus narraciones -que no en las particulares traducciones inscritas en su nombre con la bendición, sino la hechura de su madre- ambos progenitores, tendiente el padre a lo europeo, orgullosa ella de su criollismo de antigua alcurnia, posibilitaron sin duda ese particular universo borgeano y su asistenta Fanny y su recelada Maria Kodama pusieron el resto. Si a eso añadimos las digamos desafortunadas posiciones políticas de Jorge Luis, el rechazo académico argentino que entre otras cosas le achacó desviadas tendencias de la literatura inglesa y jactanciosa erudición recóndita es interesante seguir con Colin Toíbín donde estaban algunas de sus obras y en qué momentos. Tras ellos un atormentado y alcohólico Hart Crane de familia disfuncional, sexualidad culpable, embriaguez recidiva, suicidio transatlántico y gran poesía (ver El puente, por ejemplo). Tenessee Williams, su hermana, Henry James y la suya, ambas de exquisita prosa y débil salud. El teatro de Williams viene a ser el escenario de la frágil personalidad de su querida Rose y la enfermedad tan poco exponible que él mismo creía -también estuvo internado- bordear. A lo que hay que añadir el alcoholismo, tan recurrente en muchos de los autores que aquí nos ocupan. John Cheever, quien además de contar en su haber con una homosexualidad culpable, mas activa, también freudianamente achacada a sus padres, y una dipsomanía reiterativa, quería formar una familia convencional y decía aborrecer a los discípulos de Sodoma, mientras guardaba unos detallados diarios para ser leídos por la posteridad. Y por último Baldwin, gran novelista y lúcido ensayista que quiso, y literalmente lo hizo, matar al padre literario y blanco –Hemingway, Dos Passos, Faulkner…-, al tiempo que consideraba que el problema estadounidense era que los hijos se avergonzaban de los padres. Por otro lado reivindicaba a ¡oh, de nuevo! Henry James y buscaba una síntesis en sus libros entre Miles Davies y Ray Charles. Baldwin quien no quería librarse del chamán africano para confiar en el psiquiatra norteamericano, y quien lúcidamente observa que los europeos llegados a colonizar América pasaron de ser por ejemplo noruegos, a ser blancos frente al negro, pero que, al salir de su país, no le queda otra que reconocerse como norteamericano. Tanto Obama como él, muerto el progenitor, comienzan a ser ellos, como las heroínas de Austen sin sus madres. Las de la introducción de las Nuevas maneras de matar a tu madre

    Ay, la familia, qué gran tema, de fondo y de trasfondo. Muy recomendable para amantes de la literatura y sus vertientes y entresijos, que no sus cotilleos –de buscar únicamente esto último, sin duda, se aburrirán-. 

Foto Toibin

Lancha rápida de Renata Adler

Lancha rápida

Se presenta Renata Adler con la aureola de escritora defenestrada por, en los momentos álgidos de su carrera, enfrentarse a Pauline Kael, una de las principales críticas de su mismo periódico, el New Yorker, así como al propio New Yorker, unos años después. Tras esto cayó en el ostracismo y no es hasta hace unos años que el público (estadounidense, claro, que es el que más decide), imagino que guiado, como en general, por una pluma sabia y unos medios de comunicación potentes, la recuperó. Como soy adepta al Sexto piso -la editorial-, leí un par de encomiables reseñas y además me gusta leer a algunas de las etiquetadas como chicas malas, lo compré sin dudarlo y le hice un hueco entre tantos libros siempre pendientes. El arranque es brillante, como brillante son muchas de las entradas, sin embargo, siento un libro corto, no veía llegar el final. Hace poco que lo acabé, pero apenas si recuerdo el porqué de mi aburrimiento ni el qué de su contenido, por lo que he de revisitarlo. Cuando una obra no me gusta, no encuentro algún factor positivo, factor que siempre busco por el respeto que me merece casi todo aquel o aquella que escribe y que, en general, siempre encuentro pues hay muchos puntos de vista desde los que abordarla, prefiero hacer un mutis y me limito a comentarlo con mis amigos y amigas lectores. No ha de tener más trascendencia, pero en este caso he decidido hacer una excepción, porque me aburrí mucho, porque no le veo la enjundia y porque me resultó profundamente antipática e incluso huera la lectura y me gustaría iluminarme las razones.

         Desde luego el género pertenece a lo inclasificable, lo cual, en sí, no es ni positivo ni negativo. Si existe una sutil ilación de un texto a otro, podría tal vez, con voluntad, intuirse, pero a mí la voluntad se me consume cuando empiezo a mirar el libro como el enemigo a batir. Estupendas frases sueltas, si bien no es un libro de aforismos; brillantes percepciones, lacónicos finales vagamente lapidarios en demasiadas ocasiones. No me resisto a esta cita de la parte titulada Silencio al hilo de una fiesta aburrida y programática: Debe de ser así en cada experiencia solitaria y degradante de la que vuelves sin haber aprendido nada. No hay conclusiones que extraer. Pues algo así. Tanta elipsis. Agotador. Y hacia el final, una reflexión de la insulsa protagonista, donde arranca El número de tramas es limitado y por el camino apunta Quizá incluso hay historias como el solitario o la canasta: se baraja, se reparten las cartas y sale o no sale. O la baraja cae al suelo. Pues eso, que creo que cayó al suelo y sin imaginación. Por agudas o prometedoras que resulten algunas de las miniaturas, de los cuadros, acaban perdiéndose entre tanto naipe. No sé, lo mismo es que no la he entendido, pero ya no le dedico más tiempo.

El plantador de tabaco de John Barth

El plantador de tabaco

 

El placer del relato. La narración como una forma de supervivencia. La antítesis de Sherezade articulando una relato de aventuras guiado por el quijotesco afán de un poema épico anterior a la batalla. Si la hija del gran visir para mantener la vida cada día ha de inventar o continuar una historia, nuestro protagonista, poeta laureado Ebenezer Cooke -nombre real de un real poeta que como nuestro antihéroe emprendió viaje a Maryland y versificó una acre parodia intitulada El Plantador de tabaco-, para vivir, ha de sobrevivir a un sinnúmero de desgracias y avatares, frutos algunos de su apatía, su inocencia, su impericia, etc. y rastrear otras tantas. Hay ecos del XVII en su planteamiento formal, pero sin ningún fondo, transfondo ni pretexto pedagógico, está próxima a la novela picaresca -si bien aquí los pícaros son todos a excepción del principal-, pero también a la de aprendizaje; hay armónicos argumentales de Tom Jones –el huérfano y poliédrico profesor Burlingame en busca de sus orígenes y un Ebenezer de una fidelidad francamente tenaz, pero no tanto- y humorísticos en Tristram Shandy -sin páginas en negros y otras audacias formales-; un espigado e hidalgo Ebenezer con su particular escudero Bernard que a punto está de encontrar su peculiar Barataria; una musa cervantina, una hermana gemela, piratas, indios, misioneros…, una trama retorcida, enrevesada, en la que finalmente más o menos todo acaba milagrosamente encajando, aventuras y desventuras que se entretejen aparentemente al albur -aquí llamado John Barth- algunas hilarantes, otras épicas o patéticas, o hilarantes y épicas, o ilustradas, enigmáticas… No faltan adjetivos -claro que hay que decir que son casi 1200 páginas-. Un juego a través del cual se forma y se transforma la identidad -tan cambiante y tan traicionera a lo largo de toda la obra, ¿quién es quién y cuándo? ¿y por qué?-, el comercio es más comercio de drogas y de carne humana -mujeres, indios, esclavos africanos…,  aunque algún temor a la antropofagia pasea también por esta travesía que va desde Londres hasta América-, la traición y el doble juego político, el triple y si cabe, que sí que cabe, el cuádruple. Un festín literario, prolijo y aburrido de exponer y digno de ser disfrutado. Un inteligente pastiche -a fin de cuentas toma de donde y quien le parece oportuno lo que considera menester- que arrampla con todo lo necesario conjugándolo a su antojo y para nuestra diversión -y seguro que la del autor-.

      Dice en algún momento de esta novela su protagonista, el laureado Cooke, que la vida es un dramaturgo desvergonzado y como tal se comporta el autor. Y se mete en lo que Zambrano llamaría las entrañas de la vida, pero con poca lírica no obstante la profesión del principal. Todos cuentan, filosofan, buscan, cambian, mienten, por las aguas estancadas de Maryland, en las móviles fronteras alzadas y caídas a espaldas y a costa del Gran Imperio Británico con sus guerras de sucesión y religión, corre la historia con mayúsculas en sus vaivenes y Barth responde a una pasión por contar historias que siempre ha de abrazarse a la pasión por escucharlas: Enmarañad y enredad hasta que la luz de Sirio se refleje en la bahía; un cuento bien urdido es chismorreo de dioses, a quienes les es dado ver el corazón y la médula de la vida que hay en la Tierra; es la telaraña del mundo; la urdidumbre y trama… ¡Vive Dios, lo que me gustan las historias, señores!

Y la traducción de Eduardo Lago: Chapeau.

El verano sin hombres de Siri Hustvedt

Maquetaci—n 1

 

 

La autora le da voz a una mujer de cincuenta y cinco años que nos cuenta la crisis que padeció tras saber que su esposo, Boris, después de treinta años de convivencia, necesitaba una pausa ( la Pausa tenía nombre, aunque nunca lo sabremos, y veinte años menos). Después de un breve internamiento por un “Trastorno Psicótico Transitorio”, se traslada a Minnesota, a una casa alquilada en la ciudad donde nació, próxima al apartamento para gente mayor donde vive su madre. Allí también consigue unas clases de poesía para niños, que resultan ser todas niñas. Nos informa de todo esto al principio, a continuación nos habla de su psiquiatra, que la sigue atiendo por teléfono; de su hija que vendrá a verla y está en contacto con Boris; de los cisnes -así es como llama a la madre y sus amigas, octogenarias las más jóvenes-; de la vecina y sus hijos Flora y Simón; de sus alumnas; de alguien con quien establece una correspondencia anónima y que firma como Don Nadie… Intercala sus estados emocionales, algunos recuerdos, .A medida que avanza, sus penas van estando menos presentes y van progresando las historias del entorno. Un mundo de mujeres: unas, adolescentes -brujas-, otras, en sus años finales y en el medio la narradora, su hija, y Lola la vecina con su pequeña Flora. Durante ese verano, pasa la vida, sin acritud, con los pequeños y trágicos acontecimientos que acompañan a edades tan extremas -adolescencia y vejez- de una clase acomodada.  Y así transcurre también la novela. A favor, la intuición de un mundo secreto y creativo tras un vida femenina cualquiera, la tenaz rebelión que bulle dentro de cada una de las mujeres. Y un ágil e interesante cambio de registro en el que, por momentos, apela al lector; hacia el final, se rebela contra algunas premisas establecidas -el tiempo-; otras, reflexiona partiendo de lo particular, su propia vulnerabilidad por ejemplo, y se explaya en disquisiciones, ágiles en general, pero que aumentan la información, diversifican aún más el relato; por un lado lo eximen de profundidad, y por otro le restan la naturalidad y la frescura de la que hace gala en algunas partes. Un tono monocorde a pesar de la diversidad de personajes. Lo cuenta bien, es todo correcto, a veces tiene cierta gracia -de ahí a tacharla de comedia…-, da noticias interesantes, aborda situaciones complejas y lo enfoca con una mirada inteligente (presión del grupo en las adolescentes, los distintos tipos de soledad femeninos, etc.), pero no termina de cuajar -por lo menos a mi no me lo parece-. Aunque se intuye un tono firme en algunas partes, da la sensación de que no es ese el que quiere potenciar la autora y el otro, el otro todavía lo tiene que desarrollar o aquí no llegó a afinarlo.

 S. Hustvedt