Crónicas del desamor: La hija oscura de Elena Ferrante

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Es la tercera y última crónica del desamor. Del desamor y de la soledad. De nuevo una mujer de mediana edad que, mientras en El amor molesto se enfrentaba al papel de la madre y en Los días del abandono era el rol de esposa el que la cuestionaba, en La hija oscura desde el título sabemos cual es el papel a desplegar, si bien, necesariamente, las tres representaciones asignadas a la mujer, -madre, esposa e hija- se cruzan, se enfrentan, se buscan, se rechazan.

      Leda se despierta en el hospital. A continuación desgrana, a lo largo de los siguientes 24 capítulos, por qué llegó hasta ahí. Por fin es libre. Las hijas, ya criadas y convenientemente educadas, están en Canadá con el padre, su exmarido, un buen hombre. Las primeras vacaciones sin ataduras y con gratificantes tareas pendientes, además se siente bien, rejuvenecida. Un cierto resquemor de camino y ya el primer fin de semana todo parece torcerse: la playa se llena, la prototípica familia napolitana -tan similar a la suya en la infancia- irrumpe en su parcela de arena y es objeto de su curiosidad, de sus filias y de sus fobias. La hermosa estampa de una joven madre con su hija y una muñeca vieja de la que no se separa ha sido el foco de su atención en contraste con el resto del clan, de belleza más ruda y primitiva. Un gesto impulsivo y difícil de explicar, el no saber enmendarlo a tiempo y un, si no morboso, sí obsesivo interés que acaba resultando recíproco entrecruzan breve, pero intensamente, las vidas de la joven madre y de la ahora infértil Leda. Al hilo de esta relación revisa la suya con sus hijas, su sobreesfuerzo en los primeros años, su huida, su incapacidad como modelo a seguir. La muñeca desaparecida como inequívoco símbolo de aquello a lo que las niñas se aferran, espejo invertido de lo que de ellas se espera, y la frustración que puede nacer de una pérdida o de un acto irreflexivo e inexplicable acaban enredando a la propia Leda con el presente y el pasado, con su progenie y el nuevo entorno social, con su propio protagonismo mal asumido y su deseo de reconocimiento.

      Es de nuevo una novela de alta intensidad y, como tal, encierra una herida aguda, interna, profunda. Una herida punzante, como hecha por un alfiler largo, de esos con los que se sujeta un sombrero.

      Son unas crónicas abiertamente interiores, sin cronotopo definido, podrían darse en cualquier lugar o tiempo, aunque se sientan vecinas por el asfixiante y preciso entorno de cada una de ellas. El detonante es siempre una separación, los hechos son breves, transcurren en pocos días, la protagonista ha de encontrarse consigo misma y afrontar los recuerdos y el miedo, la decepción, el desconcierto, la esperanza…, y resolver la situación. Son una inmersión en la vulnerabilidad, en la fragilidad de las certezas y de los sentimientos narrada con una extraña sencillez, precisa y acorde a cada caso. Poliédrica y reconcentrada con la madre; vertiginosa y crispada en la mujer abandonada; contradictoria, misteriosa, irónica, abierta, absurda, perfectamente asumible… La hija oscura.

      De obligada lectura. Así lo dijo José María Guelbenzu en una reseña sobre estas Crónicas que le leí hace tiempo. Le hice caso. Siempre se lo agradeceré.

 

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