Canción dulce de Leïla Slimani

 

Leïla Slimani nació en 1981, llegó a Francia con 17 años desde Marruecos y en 2016 ganó el premio Goncourt con su segunda novela, Canción dulce, publicada recientemente en castellano por la editorial Cabaret Voltaire.

Luisa no es una institutriz como Jane Eyre, tampoco en una interna, es una mujer francesa contratada legalmente para cuidar de un bebé y una niña pequeña, por una joven pareja de jóvenes y ambiciosos emprendedores con estudios y aficiones: él, dedicado al mundo de la música, de buena familia, madre progresista, padre adinerado; ella, de origen magrebí, alumna aventajada de derecho que no ha querido renunciar ni a la maternidad ni a realizarse profesionalmente. La novela no quiere ser una novela de intriga y comienza desvelando desde el principio el terrible crimen cometido, no es, pues, cuestión de saber cómo terminará todo, sino qué y por qué pasó. Expuesto lo peor, la autora retrocede y, en primer lugar, describe el proceso que condujo a la decisión de buscar una niñera, proceso que surge, naturalmente, de una necesidad materna. En esta exploración desde atrás, Leila Slimani intercala capítulos con nombres propios sobre el pasado más lejano o reciente de Luisa. Quien lee asiste a una reconstrucción en la que, llegados al momento de máximo idilio entre empleadores y empleada con unas vacaciones todos juntos, los vínculos se van corroyendo, la individualidad de Luisa se impone poco a poco, su realidad, interesadamente obviada, aparece, es molesta y crece la tensión mientras la historia de Luisa avanza, siempre a través de terceros personajes. Entre estos testigos no están los padres de Mila y Adam, cuya evolución va envuelta en el devenir ineludible. Una prosa sobria y poética que usa del presente para seguir la relación que se establece entre patronos y niñera, así como la evolución del trío, y que usa del pasado para ir estableciendo marco, escenario, actores y actrices en la vida de Luisa. Sin cargar las tintas, expone con exquisita, en ocasiones lírica, siempre triste sensibilidad las posibles respuestas a preguntas sin formular. Myriam, la madre que desgarra con su grito el primer capítulo, es abogada y de penal, ella busca como defender lo a veces indefendible: Debemos probar que tú también eres una víctima. La niñera no existe para ellos fuera del hogar. No tiene historia, solo tiene la capacidad de suplirlos hasta un cien por cien cuando es necesario. Regularmente. La inmediatez de su vida, sus absorbentes trabajos, su propio egoísmo encuentran la salvación en una persona a quien no conocen y que no les interesa, únicamente les sirve y muy por encima de lo que ellos soñaban conseguir. Luisa es una mujer inmadura -por momentos diríase una niña de imaginación perversa incapaz de afrontar sus problemas- saturada de intimidades ajenas que, quizá de tanto dar, se agostó. Slimani desgrana con gran habilidad, sin ruidos ni estridencias, dos conflictos -y más- que se le presentan a la joven y arrojada burguesía –bobo les llaman en Francia, de burgués y bohemio- que ha crecido con la convicción de que lo puede todo con dinero y voluntad, sin renuncias: quién lleva el control de sus vidas y el/la otra existe y tiene su propia vida, sus propios conflictos. Dependencias y aislamiento. Uno de los testimonios que cruza el texto para forjar a Luisa es el de una vecina, Rosa Grinberg, que piensa que ella podría haber cambiado el rumbo de los acontecimientos si Luisa no le hubiera apretado tanto el puño, si no le hubiera clavado sus ojos negros, como una injuria o una amenaza… Dos citas encabezan el relato, una de Kipling acerca de la indiferencia de la empleadora hacia las circunstancias de su empleada, otra de Crimen y castigo en la que Raskolvikov recuerda la pregunta que le hizo Marmeladov -el borracho infeliz, padre de Sonia-: ¿Comprende usted, Señor, comprende lo que significa no tener adónde ir?  

      Una novela escrita con suma inteligencia, de una prosa cálida, descriptiva, ajustada, de una acidez no exenta de ironía, que establece el marco y se acerca respetuosamente a los protagonistas sin moralismos. En buena lógica la carga cae con más peso sobre los personajes femeninos, inevitablemente lastrados por la dependencia y el deseo de lo que viene impuesto por una sociedad opulenta y veloz. Y como todo lo que toca estos temas, da para discutir, si bien Leïla Slimani es naturalmente considerada en lo que al tema se refiere. Muy recomendable. 

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Hombres desnudos de Alicia Giménez Bartlet

Hombres desnudos

En principio me tiran para atrás los premios Planeta, pero esta vez, por motivos que no vienen al caso, he decidido leer Hombres desnudos. Y, por cierto, me ha gustado mucho la portada, muy acorde con la cáscara amarga que nos va envolviendo día a día, con el agrio interior de unos personajes que se entrecruzan, que se atraviesan en esta obra tan del presente.

      El peso de la narración recae sobre dos voces principales: Irene, una hija de papá -radicalmente pues además de ser hija única también es huérfana de madre-, empresaria de pro y habituada a mandar y ganar, que es abandonada por su marido. Ella es orgullosa, práctica, antisentimental, desconfiada. Javier, un profesor de literatura, buen chaval, acomodaticio, sin grandes aspiraciones en la vida -un hogar tranquilo, algo de dinero y sus libros- que pierde su precario trabajo. Conforme a los cánones más extendidos, diríase que se han intercambiado los papeles. Gracias Alicia Giménez Bartlet. Cada uno de ellos tiene su contrapunto dentro de su propia esfera económica. Irene tiene a Genoveva -mujer adinerada que abandonó a su marido por aburrimiento y también por un joven musculoso- que le sirve para salir del círculo de parejas de alto standing al que ambas pertenecen y Javier tiene a Iván con quien comparte orfandad y unas difuntas abuelas que fueron amigas, y que intenta echarle una mano para que pueda ganarse la vida.

      No es una novela negra, pero es una novela oscura. La trama progresa con un telón de fondo actual perfectamente trazado a través de los diálogos y de los monólogos de los dos principales motores, Irene y Javier, pero también de sus adláteres. El macarra Iván y el “romántico” Javier, el vividor sin prejuicios, de asombrosa inteligencia natural, con una capacidad de adaptación envidiable y un machismo muy sui géneris, y el progre Javier, respetuoso de las formas, formado para un trabajo intelectual poco rentable, un trabajo integrador en una sociedad inexistente y, para su sorpresa, tanto él como su excompañera, cargado de prejuicios burgueses -como esta sociedad actual, ácidamente burguesa, pequeñoburguesa, cada vez más pequeña y menos burguesa-. La vivalavida Genoveva y la reprimida Irene. Ambas sin problemas económicos y, no sé si por lo tanto, pero sí a la postre, sin problemas morales, agresivas, decididas, cada una hipócrita a su manera y a sus muy diferentes maneras, cínicas. Una voluntariamente separada buscando lo que quiere, Irene aprendiendo a buscar, buscando lo que quiere, despertando a un mundo desconocido. Como Javier, pero desde otro lado.

      Alicia Giménez Bartlet juega con los roles, modifica los estándares, mal que nos pese, más comunes y aceptados de lo que quisiéramos sobre todo en el discurso general. Pero hay que llegar hasta el final, donde género y clase chocan, aunque no abiertamente, o ¿si? Una buena novela donde a la autora no se la ve, no se la oye, estando como lógicamente ha de estar, en cada decisión de la trama, en cada pliegue de los actuantes. Vale la pena acercarse a este premio Planeta y además comentarlo. alicia-gimenez-bartlett-premio-planeta-2015_460727