Petersburgo de Andréi Biely

Andrei Biely es el seudónimo de Borís Nikoláyevich Bugáiev, dizque por no perjudicar la reputación de su padre, matemático insigne, aunque no puede ser puro azar que eligiera el apellido Biely, blanco, siendo los simbolistas tan amigos de jugar con los colores y estando el rojo avanzando, como avanza en la propia novela, por las calles y el destino de Rusia. Petersburgo fue rechazada en 1912, posteriormente fue publicada por entregas, vio la luz completa en 1916 y, posteriormente, fue modificada varias veces por su autor, siendo su última versión publicada en Berlín en 1922 y en Rusia en 1928.

     Petersburgo ciudad nació como San Petersburgo en 1703 y en 1914, fecha con la que concluye la novela Petersburgo, pasa a llamarse Petrogrado. Ironías del destino, de la historia o quizá solo un símbolo a los que tan afecto era Biely, a la muerte de Lenin, pasa a llamarse Leningrado en honor a quien trasladó la capitalidad que Peter, como la llaman coloquialmente en Rusia, ostentaba desde su construcción, a Moscú. Esta ciudad nacida del deseo de europeización y de dar una salida al Báltico a Rusia es telón de fondo y protagonista de la novela, si bien no fue Biely quien eligió el nombre, sino que le vino impuesto. Su formación y conformación, el viento que recorre sus avenidas al son de los aires revolucionarios que avanzan desde la frustrada revolución de 1905 hasta la del 17, el paisaje que inunda sus calles donde bombines, chisteras y tricornios conviven o se ven, por momentos, sustituidos por gorros manchúes, las sombras que emergen de las islas desde el verde del mar Bático al rojo de las banderas que ocupan la perspectiva Nevski, el azul de sus cielos cíclicamente invadidos por la niebla, el amarillo del peligro procedente del Este donde Rusia acababa de perder Port Arthur, sus colores y formas significan, aluden, representan, encauzan circunstancias históricas pasadas y por venir -no en vano es el simbolismo la corriente por la que fluye el autor-. Petersburgo es el lugar de encuentro entre las sombras del pasado -Pedro I, El jinete de bronce, a lomos de su caballo sobre la enorme piedra que los sacrificados trabajadores hubieron de trasladar al lugar adecuado-, las sombras del presente -los obreros que sobreviven en las islas donde el Holandés [errante] encendió las infernales lucecitas de unas cuantas tabernas, a las que el pueblo eslavo acudiría en tropel, el putrefacto contagio…- y las sombras del futuro -los japoneses, las huelgas, la revolución…- . No obstante, nada más lejos de este festín literario que ser reivindicativo, si bien Biely anduvo yendo y viniendo de su tierra al extranjero para acabar finalmente sus días en la Unión Soviética: no hay más que echar una ojeada a la opinión de Trotsky en su Literatura y revolución donde, sin lugar a dudas lo incluye, con cierta gracia -no le faltaba a él tampoco el sentido del humor-, entre los individualistas, los místicos y demás epilépticos. Parece que no estaban, en su opinión y, dado el resultado, la de muchos y muchas más, los tiempos para florituras. Afortunadamente, el siempre juguetón Nabokov la revivificó para la literatura no eslava al incluirla entre las cuatro mejores novelas del siglo XX y Vila Matas la recuperó para estos tiempos hace ya unos cuantos años, en un estupendo artículo sobre ella -supongo que cuando se estaba cociendo la edición de Akal que fue la que compré en su momento, casi nerviosa porque no la encontraba por ningún sitio-.

     Y es que Biely hace lo que le da la gana. Como Nabokov, como Faulkner, como Morante, como tantas y tantos, fue primero poeta y eso se nota en el ritmo vertiginoso que, en ocasiones, imprime a una trama que, en principio, no es nada del otro mundo -lo cual no es raro-, manejando repeticiones que podrían figurar el sonido del agua, el rumor del descontento, la resistencia al cambio, sinécdoques y metonimias que dibujan de un trazo un conjunto, alusiones, metáforas, personificaciones, apóstrofes (muchas de ellas al lector) … Sin ser una novela en absoluto psicológica, parte del conflicto reposa -bueno, aquí nada reposa, la niebla va y viene, las estatuas de piedra corren, las latas de sardinas son resortes fatales…-, reposa sobre la relación padre-hijo, la necesidad de matar al padre y de romper con…, bueno, eso no queda muy claro. Padre e hijo son presentados por su nombre desde el principio, al resto hemos de seguirlos por partes: el hombre del bigotito, el de la verruga, el que no para de sonarse…, hasta que son identificados por un nombre (cuando no tienen varios como el agente doble o triple que maneja hilos entre tinieblas y cuya función, de tenerla, es la de vértice donde revolucionarios y conservadores se encuentran). El aspecto físico es caricaturizado y qué decir del carácter. Uno es la frialdad personificada, adora la línea recta, a continuación es el cuadrado lo que le proporciona sosiego, su posición al sentarse le hace merecedor del calificativo de El egipcio, sus orejas son lo más representativo y trabaja en el Organismo -cualquiera vale-, otro se inclina por lo redondo hasta el punto de verse estallar, oscila entre apolíneo y batracio, muy miope… Frente al hijo, Nikolai, se sitúa su cómplice Alexander, verdugo y víctima desquiciada y febril del partido, para acabar ambos siendo marionetas de un malvado horriblemente feo, pergeñador del infausto destino de ambos. La riqueza y profusión lingüística es evidente e, indudablemente, algo se pierde con la traducción, pero las notas del traductor ayudan a descifrar el sentido de juegos de palabras y otras puntadas finas. Los personajes femeninos son simples, dependientes, pero los masculinos no salen bien parados, resultando, en conjunto, bastante ignominiosos todos. Dobles papadas -no hay papada que se resista a su descripción-, cárdenas e prominentes narices, orejas extensas…, el esperpento ruso, prematuro Joyce, pero también del Oulipo. Hay pasajes hermosos (la voz de la infancia a través de las grullas que vuelan sobre la ciudad, pero nadie escucha), hilarantes, prolepsis, analepsis, repetición de escenas desde distintos puntos de vista (la pareja Sergei-Sophía y sus encuentros y desencuentros), divagaciones antroposóficoliterarioreligiosas o vete tú a saber -quizá, a mi modo de ver, las más engorrosas, aunque suele acabar salvándolas con efectos de lo más salerosos: se estaba tomando demasiado en serio-. En fin una obra que puede resultar aborrecible (no solo Trotsky, también Brodsky la denostaba) o una juerga. Literatura sobre la obra rueda mucho por la web y, por la propia novela, asoma, ostentosamente, Pushkin con su Jinete de bronce y La Dama de picas, pero también Dostoyevski -necesariamente ya que se trata de la ciudad de la que se trata- su Doble y otros atormentados, Gogol -narices y capotes exponiéndose- y seguro que otros -dudo que otras- que me he perdido o ignoro. Y más cosas, muchas más: Apolo, Saturno, Mercurio, Kant… Y alrededor de esta ciudad y de este artificioso constructo, el río Neva, las tenebrosas islas y la Perspectiva Nevski.

     No para todos los paladares lectores, pero un jolgorio para quienes la sepan degustar.

 

Anuncios

Habla, memoria de Vladimir Nabokov

memoria-vladimir-nabokov_1_1260867

Sabemos por el prólogo del propio Nabokov que este libro fue, previamente, una serie de artículos publicados en varias revistas, si bien, el germen de su posible unión fue previsto desde la publicación en 1936 del primero de ellos, el actual capítulo cuarto, titulado “Mademoiselle O”. Finaliza con su emigración a Estados Unidos en 1940. Se pueden leer, pues, independientemente, aunque el orden cronológico es suficientemente respetado.

     Está escrito en primera persona, alternando descripciones, reflexiones y referencias al lector, en una búsqueda del tiempo perdido que, como él dice, puede ser estimulada, aunque, en ocasiones, no coincidan la propia memoria y la ajena. Sin embargo, hacia la mitad del libro aparece un tú claramente dirigido a la omnipresente Vera, su esposa, tú que reaparece de nuevo en el capítulo 14, para ser omnipresente en el último, donde, dirigiéndose a ella, haciéndole partícipe de sus recuerdos, transmite una imagen de la Europa que va desde 1934, fecha del nacimiento de su hijo, hasta 1940, a través de las vicisitudes propias de unos nuevos padres (jardines, coches de niñ@, etc.). “A medida que transcurría el tiempo y que la sombra de la historia, obra de locos, viciaba incluso la exactitud de los relojes de sol, anduvimos inquietamente de un lado a otro de Europa, y nos pareció que no éramos nosotros, sino aquellos jardines, los que estaban viajando,” Un capítulo delicioso cuya primera parte leí tres veces seguidas porque es un placer para cualquier alma lectora.

     Con esa prosa exquisita de la que hace gala Nabokov y mientras reflexiona sobre la percepción del pasado, va adentrándose en distintos aspectos y protagonistas de su infancia. Con nostalgia por lo que en su momento no supo apreciar (tampoco sabía que lo iba a perder así, tan rápida y definitivamente), no tanto, según dice, por los bienes materiales como por los paisajes, los olores, la propia lengua, va sacando a la luz el pasado, indudablemente, en un intento, si no de fijarlo, sí de recuperarlo. “La nostalgia que he estado acariciando durante todos estos años no es el dolor por los billetes de banco perdidos sino una hipertrofiada conciencia de infancia perdida”.

     Recupera a su familia (a la que dedica un exhaustivo tercer capítulo de nombres, títulos y propiedades. Prolijo capítulo, ¡pardiez!, en el que han de quedar fijados para la posteridad los antiguos y linajudos orígenes de los Nabokov, si bien, al final del mismo, nos alivia en parte de tanta alcurnia: “Aquella robusta realidad convierte el presente en un fantasma. El espejo rebosa de luminosidad; un abejorro acaba de penetrar en la habitación y choca contra el techo. Todo es tal como debería ser, nada cambiará jamás, nadie morirá nunca.” ¡Ay, Proust, cuánto bien hiciste a la literatura!). A su padre, ruso blanco asesinado en el exilio, su madre, muy presente en casi todo el libro, hermanos (uno de los cuales le duele especialmente), sus institutrices y preceptores, las mariposas (esto lo disfrutarán más, sin duda, aquellos que de entomología sepan algo, aunque entre tanta nínfula -este Nabokov, le encanta jugar- deja siempre constancia de algunas de sus esencias: “Descubrí así en la naturaleza los placeres no utilitarios que buscaba en el arte. En ambos casos se trataba de una forma de magia, ambos eran un juego de engaños y hechizos complicadísimos”), el ajedrez, sus primeros amores…

     Todo ello acompasado por su inteligencia, sus controvertidas opiniones, sus socarronas pullas (para Freud hay un par), sus irónicos comentarios y sus juegos (al hacer un repaso de los escritores rusos en el exilio, no deja de demostrar un interés especial por un tal Sirin -seres de la mitología rusa, mitad mujer, mitad ave- que no es otro que él con el seudónimo que usó para firmar sus primeras obras). A medida que se acerca al momento más próximo en el tiempo, el discurso de Nabokov va siendo más preciso e incluso más íntimo. Es la voz que se dirige a Vera y le hace partícipe de lo que nos cuenta. No me resisto a la última cita que dice más que yo con tantas vueltas: “Soy feliz testigo del supremo logro de la memoria, que es el de la magistral utilización que hace de las armonías innatas cuando recoge en sus repliegues las tonalidades suspendidas y errantes del pasado”.

No Butterflies

Hadji Murat de Lev Tolstói

Hadji Murat o Jadzhi -Murat fue un guerrero ávaro -de la zona del Caúcaso que limita con el mar Caspio por un lado y con Chechenia por el otro- cuyas hazañas le hicieron valedor del sobrenombre de “demonio rojo”. En los años 1851 y 1852, que es cuando transcurre la acción de la novela,  Tolstói vivía en aquella zona y era soldado. Cuarenta y cuatro años más tarde escribe esta obra que nace de su pluma el 19 de julio de 1896 en una anotación que transcribe a su diario. La contemplación de un cardo tártaro (según la descripción, lo más parecido a un cardo borriquero) le trae a la memoria a Jadzhi-Murat. (Es lo que tienen estos escritores tan prolíficos e integrales, que dejan constancia de una gran parte de lo que piensan, de lo que quieren, de lo que hacen.)
    Entonces, como ahora, Rusia estaba en liza con los habitantes de distintos países caucásicos -Chechenia, Daguestán, Azerbayán…- que querían mantenerse como un imanato y su principal cabecilla en Daguestán era Shamil, el perseguidor de Hadji Murat  Por otro lado, Hadji, en persa, “es el término con que se designa a quienes han peregrinado al menos una vez a La Meca. Constituye una dignidad religiosa y social.” Luego no cabe duda de que se trata de alguien relevante en la sociedad musulmana de la zona. No bien empezamos, reconocemos cuál va a ser el final del héroe. Héroe épico, sin duda. Tolstói arranca con su huida. Nos lo presenta refugiándose en casa amiga, pero en territorio ya enemigo y camino de entregarse a los rusos. En principio, no son unas circunstancias propicias para hacer prevalecer la dignidad, pero el cuadro que pinta con palabras, los silencios que expresa, las miradas de los que habitan la escena, dan sensación de fortaleza. En alguna parte de sus Diarios dice que es con las sombras con lo que quiere presentar la grandeza de Jadzhi-Murat.
    Y son veinticinco capítulos, si no veinticinco sombras, en esta novela tan cortita y tan perfecta. Algunos de dos páginas, otros, muy largos; como el que nos introduce en el palacio de Invierno de Nicolás I, una sombra enorme sobre el destino de los pueblos y de las personas, enorme y profundamente arbitraria. Capítulos poblados de personajes que llevan consigo su forma de ver a este caudillo y, también, sus circunstancias y sus propias inquietudes. Microcosmos que componen un macrocosmos y, polifónicamente, van apuntalando la imagen de Hadji Murat.
    Hasta bien avanzada la obra, no conocemos la historia del protagonista, que ha llegado hasta ahí como alguien emblemático. Él mismo la cuenta para justificar su rendición a los rusos. Y proyecta sus propios fantasmas. La novela avanza en distintos cuadros. Es como si Tolstói, tras un montón de miniaturas en un mismo lienzo, desvelase el mural de un hombre glorioso. Sabemos que va a morir y también sabremos de su muerte. Un montón de voces, medidas y afinadas, componen  el coro de alguien ya legendario. Y recuerda a Tolstói o lo que Tolstói quería representar. No son los adjetivos los que dibujan los personajes, son sus recuerdos, sus deseos, sus carencias, sus luchas. Y, en el caso de Hadji Murat, sus actos y su naturaleza (tal vez con mayúscula), como la del cardo tártaro.

Muy, muy, muy recomendable. Un placer.