La ciudad de las mujeres de Cristina de Pizán

damas

Cristina de Pizán escribe La ciudad de las mujeres en 1405, 523 años después, en 1928, Virginia Woolf sigue dándole vueltas al mismo tema en las charlas ante las estudiantes de la Universidad de Cambridge que constituirían Una habitación propia. Cristina sí la tenía, pero le costó años de litigios conservar su herencia, muertos su padre y su esposo, así pues, ella sí se retira a su “étude” y con este acto arranca esta alegoría y defensa de las mujeres que, ya en su tiempo, dio amplio lugar a polémicas entre los doctos varones de su tiempo. Recibe la ayuda de tres Damas: Razón, Justicia y Derechura (este término, tan francamente feo, ha sido seleccionado por la traductora, por un lado para recoger el sentido de la palabra Droitture que alude tanto a lo judicial como a lo geométrico y, por otro, para alejar cualquier connotación del rigor religioso que el término “rectitud” suele llevar anejo). Son ellas quienes invitan a Cristina a levantar una Ciudad desde donde las mujeres puedan defenderse de tan perversa y continuada agresión, mezclando con tinta la argamasa que las tres van a proporcionarle. Esta ciudad tomará los materiales de un enfoque y una lectura diferente acerca de los papeles que figuras femeninas, tanto históricas como legendarias y literarias, jugaron desde un tiempo que no figura en los escritos hasta aquel remoto y recién estrenado siglo XV. No deja de ser interesante el hecho de que Virginia Woolf, 5 siglos después, eligiera también apoyarse en tres personajes igualmente ficticios, Mary Benton, Mary Senton y Mary Carmichael, para defenderse de, si no tan contumaces ataques, por lo menos igualmente sectarios e interesados -lo de machistas o patriarcales, casi que sobra decirlo-, y concluir que lo que las mujeres necesitaban era poseer un espacio y una renta, haciéndolo, no desde una ciudad en femenino, pero sí desde una universidad para jóvenes del sexo “débil”.

     Quien se acerque a este libro buscando información fidedigna sobre las acciones de las mujeres en la Antigüedad, encontrará una absoluta falta de rigor, falta de rigor igualmente achacable a aquellos a quienes rebatía. No se trata de una historia de las mujeres, sino de un recopilación de personajes femeninos desde una perspectiva prefeminista, lejos de los estereotipos aceptados y consensuados, y de la refutación de un argumentario francamente ofensivo y denigrante. Para ello la autora, resultándole difícil asumir como propia de su persona y de la de tantas otras la imagen recibida, primero cuestiona la autenticidad de los tópicos transmitidos por el saber masculino que se podrían resumir en filósofos, moralistas, todos parecen hablar con la misma voz para llegar a la conclusión de que la mujer, mala por esencia y naturaleza, siempre se inclina hacia el vicio. Y para empezar, desde esta alegoría, recurso tan en boga en aquellos tiempos, se dirige hacia el Campo de las Letras pertrechada con la azada de la inteligencia y dispuesta a cavar hondo -no era para menos- con la ayuda, en primer lugar de la dama Razón. Y cavar hondo en ocasiones requiere -metafóricamente hablando, claro está- una cierta exhaustividad por lo que esta parte, dedicada en profundidad a desmontar pretendidos razonamientos hoy denominados misóginos, es, sin duda, la más ardua y desarrolla las respuestas a preguntas que Cristina le va haciendo a Razón, preguntas que se originan en Ovidio, Catón, Aristóteles y un largo etcétera y cuya contestación permitirá asentar las primeras piedras en la base de los muros del nuevo baluarte: heroicas damas de la guerra como Semíramis o las Amazonas; de la política, como Nicaula, la reina de Saba, o Fredegunda y otras nobles; de las ciencias y las artes como Safo, Ceres, Minerva, –Te vuelvo a decir, y nadie podrá sostener lo contrario, que si la costumbre fuera mandar a las niñas a la escuela y enseñarles las ciencias con método, como se hace con los niños, aprenderían y entenderían las dificultades y sutilezas de todas las artes y ciencias tan bien como ellos.- y por último damas dotadas de buen juicio, entendiendo por juicio la capacidad de reflexionar sobre lo que se quiere emprender para llevarlo a buen término como Dido o la Gaya Cirila. En la segunda parte, Derechura le proporcionará el material que solidificará el muro y, dado que aún casi estamos en la Edad Media, son sibilas, profetisas, hijas y esposas devotas y entregadas, discretas, prudentes, honestas, etc. que rebaten zafias aseveraciones sobre el talante femenino: que si son cotillas, cónyuges furibundas y amargadas, coquetas, que si les gusta que las violen…, a qué seguir. La lista de menosprecios es larga, mas la cantidad de mujeres con las que refuta tamañas tropelías es profusa y en este caso mucho más amena, a fin de cuentas son las piedras preciosas que trabarán las murallas de palacios y mansiones en la nueva Ciudad. Reformula el enunciado haciéndose portadora del discurso oral y doméstico silenciado a otra luz, la que no pasó a los escritos y que por lo tanto es, era, inexistente. Por último llega el turno de Justicia y, con ella, de la religión y la Reina de los Cielos. Esta es la parte más corta en la que un breve martirologio de santas, beatas y mártires con María a la cabeza consagran la ciudad. El feudalismo está siendo transformado y la Iglesia dicta (siempre que puede, lo hizo, lo hace y lo hará), nadie es ajeno a su poder y la fe se da por sentada, así como los mandamientos y la servidumbre. No obstante muchas de las frases rebatidas no han desaparecido, han pasado más de seiscientos años y su desiderata final no podría ser más asumible: Huid, damas mías, huid del insensato amor con que os apremian. Huid de la enloquecida pasión cuyos juegos placenteros siempre terminan en perjuicio vuestro.  (…) Acordaos de cómo los hombres os tienen por frágiles, frívolas, fácilmente manejables y en la caza amorosa os tienden trampas para cogeros en sus redes como animales salvajes. Huid, queridas amigas, huid de los labios y sonrisas que esconden envenenados dardos que luego os han de doler. Alegraos apurando gustosamente el saber y cultivad vuestros méritos. Así crecerá gozosamente nuestra Ciudad.

     Convengamos que Virginia dio un paso más sobre la forma de conseguirlo, aunque ambas estaban lejos de llegar a aquellas que no tenían -ni tienen- acceso a la educación. Ambas presentan más de un paralelismo, escritoras e impresoras que fueron de sus propios libros, iluminados los de Cristina por sus ayudantes y los de Virginia por su hermana, ambas, en algún momento, desearon ser hombres y en alguna de sus obras fabularon con ello. ¡Qué corra más la igualdad y no pasen otras tantas centurias para volver a leer otra defensa de las mujeres o peor, para que alguna -o alguno, que también los hay- tenga de volver a escribirla!

Tratado de las pasiones del alma de António Lobo Antunes

Tratado De Las Pasiones Del Alma

 

Las novelas de Lobo Antunes han de leerse de un tirón. No hay otra. Él escribe despacio, un año, a veces dos para una obra, pero tú, el lector, has de leerla en pocos días, con pocos intervalos. Si te atrapa, si caes en sus hilos, intrincados, pero claros; finos, pero profundos; largos, porque se unen unos a otros y forman una red firme; sutiles y sólidos; poéticos, mas prosaicos; elevados y cotidianos; melancólicos a veces, otras cómicos o tristes o nostálgicos… Si te atrapan sus extensos hilos, no admiten olvidos, ni abandonos. Si lo dejas, tendrás que empezar de nuevo desde el principio, lo cual es muy posible que hagas de todas formas, pues es un placer leer a Lobo Antunes y en la segunda vuelta lo saboreas mejor. Un escritor con color, con armonía, con muchas melodías, bachiano, de una novela que no cesa, que se continúa persistentemente o, sencillamente, que ensancha su cauce y aumenta su caudal. Es como si su ser fuera devenir de gran literatura. El autor, como una lupa, va acercándose aquí y allá, sin un lógica consensuada, enfocando espacios, tiempos, sensaciones…, para constituir finalmente una novela exclusivamente de Lobo Antunes. Un gozo.

     Si con Memoria de elefante se estrena públicamente y expone una experiencia extremadamente personal -todas lo son, pero no tanto-, en Tratado de las pasiones del alma el autor se difumina. Un dúo protagonista, el Juez de instrucción, cuyo nombre no sabremos hasta los últimos capítulos, y el Hombre, que se llama Antunes, parecen formar las dos caras de una misma moneda. El escepticismo del juez frente a su trabajo, su necesidad de aceptar las circunstancias, tienen mucho en común con el psiquiatra de su primera obra publicada y con el psiquiatra que Lobo Antunes fue; el Hombre, por sus orígenes familiares, su falta de apego a su propia clase, sus escarceos políticos, también tienen que ver con él. A través de sus diálogos transcurren gran parte de los hechos, ya sea retrotrayéndose al pasado, ya sea enfrentándose entre si o con los distintos personajes que actúan en esta trama compleja, política, familiar, personal… Contar el argumento es absurdo. Gira en torno a un grupo terrorista bastante chapucero -lo cual da origen a escenas casi esperpénticas y muy graciosas-. Pero también gira entorno a la infancia, a la huida hacia la felicidad perdida cuando se acercan las dificultades, la soledad, el poder ciego. Algunos personajes merecen un capítulo aparte, como el policía abandonado por Manuela que toma durante unas páginas la voz cantante y la toma para dirigirse a aquella que lo abandonó; como el padre trastornado cuya vida transcurre tocando un violín medio deshecho; como Berta la mujer madura engañada por el banquero; como Clotilde, la ajena mujer del juez. Los cuatro personajes, desnudos, carentes de afecto y ataduras con el mundo real. Otros, los del grupo terrorista, en el tercer capítulo, dirigen la narración y toman nombre mientras los acontecimientos siguen avanzando, eso sí, al mismo tiempo que cada uno se evade a su Arcadia perdida frente al peligro, incluso los más difíciles de entender, como el Caballero -este no, de este nunca sabremos el nombre-. Y la cigüeña, como la que por miedo no se atrevió a mirar de cerca el juez en su juventud y que ahora -el ahora, el presente suele ser siempre el tiempo del relato, aunque sea anterior- busca tenazmente con Antunes, no importa que sepa que ya es demasiado tarde, quiere verla. Y un montón de personajes que conforman el pasado y que siguen vigentes en el presente (los pudientes abuelos, el guardés borracho, el tío que jugaba al dominó con la zorra…) o que forman parte del presente que también está ligado al pasado (la callista, SuperRatón, el soldado que perdió una pierna en Angola…)

     Tratado de las pasiones del alma forma parte de una trilogía, la de la muerte, no obstante no fue planificado según cuenta en sus Conversaciones con Lobo Antunes, pero sí es cierto que es la proximidad de esta posibilidad lo que propicia las huidas mentales al pasado de la mayoría de los personajes y llena de meandros el presunto tratado. Si te gusta, no me cabe duda de que quedará instalado en la vida de cualquier lector o lectora como una presencia constante, con la seguridad de que cada nueva obra o cada relectura enriquecerá, aumentará, satisfará las ansias de buena literatura. De la mejor literatura.

Lobo antunes