El último de la estirpe de Fleur Jaeggy

El último de la estirpe

 

Fleur Jaeggy es una escritora suiza que escribe en italiano. Nació en el 1940 y este es el último libro publicado en esta España nuestra.

   Hay autores o autoras que provocan una tristeza dulce, sosegada o incluso una tristeza airada, sarcástica, con o sin arrebatos creativos, con o sin incontinencia verbal o escrita. Fleur Jaeggy provoca una tristeza hueca. Con un ritmo rápido, preciso, elíptico: Conocí a Agnes el día en que cumplió once años. Se había negado a apagar las velas. Desde entonces somos inseparables. Como una enfermedad. Un narrativa envolvente de voz suave, tono ingenuo, inocentemente distante, con ecos de antiguos relatos de atmósfera casi espectral o los colores de un daguerrotipo. Finales rotundos: tras una breve divagación -delectatio morosa (Gato)-, el zarpazo final. A veces cruelmente irónico. Un engranaje perfecto para describir y transmitir el vacío existencial. Seco, conciso. De asociaciones rápidas, sincrético. En cada uno de los relatos, de alguna manera, la vida se va, se fue o se está yendo, incluso la vida de un cuadro. Con el trazo frío de un pincel fiel a una foto algo fantasmagórica, Jaeggy nos conduce de una miniatura a otra. Arranca el trío formado por la propia narradora, el hermano que escribe que escribió y la hermana XX que escribió al hermano escritor, usurpándose los tres la autoría de la historia de insomnes que aparece y desaparece en el ámbito familiar que atraviesa estos cuentos. Tras este primer relato de un escritor, la búsqueda de ninguna parte de Josef Brodsky en el segundo –Negde-. De las frías aguas de Nedge al lago helado de El último de la estirpe, y del presunto asesino del retrato de El último de la estirpe, a la ausencia de retratos de Regula y más en El gentilhombre y el vacío. Signos sutiles unen estas narraciones atravesadas por el cansancio, la ausencia, el deseo de partir, la soledad, la nada. Una imagen compartida con Ingeborg (Bachmann) -amiga de Jaeggy y muerta en un incendio- en Sala aséptica, antecede a La herederaMientras las llamas la envolvían sintió una terrible nostalgia-. Oliver Sacks y un pez atrapado mirando desde su pecera, preceden al gracioso pajarito de La pajarera. Criaturas solas, hijos o hijas no queridos, temidos. Personajes que quieren desaparecer o prefieren el encierro, que no saben adónde ir, que sobreviven, atrapados… ¿A qué seguir?

   No es un libro animoso, pero sí un collage uniforme, de mirada perspicaz y diferente, con tanta homogeneidad y coherencia en su sentido -ciertamente desasosegante o, cuando menos, perturbador-, como diversidad en sus formas de abordarlo y riqueza en sus diferentes perspectivas. Con algunos arranques –Hay quietud en la casa. La quietud parece impuesta por la violencia. Las persianas están cerradas, como si fueran párpados,-, párrafos o finales –Nombres– magníficos. Y con unos cuantos relatos memorables. Soy hermano de XX, Agnes, La pajarera, Adelaide, La elección perfecta…

   Como autoayuda no vale.

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Claus y Lucas: La tercera mentira de Agota Kristof

La tercera mentira

Agota Kristof siempre escribió poesía en húngaro, su idioma natal, mientras que en prosa se expresaba en francés, su lengua de acogida. Lucas, a quien al final de El gran cuaderno dejamos cruzando la frontera de su país de origen, aprendió pronto su nueva lengua para poder escribir cosas inventadas. Historias que no son ciertas, pero que podrían serlo. Claus, el que no se fue, escribía poesía desde joven, permaneciendo en el país, en el idioma y en la triste, oscura y lúgubre historia de su familia y del periodo que le toco vivir.

     Desgarro, desarraigo de ambos y también de la autora. Los libros van encajando, van influyendo los unos en los otros, se miran, se reflejan, se anteponen y se complementan. Los personajes que por ellos desfilan van encontrando papeles y funciones diferentes, Agota se divide y se separa de sí misma, como también se separó de su hermano hermano mayor con quien compartía historias y del pequeño que las recibía y en ocasiones las sufría. Se marchó sin despedirse, como quien pisa una mina y rompe con todo aquello que es y a lo que pertenece. Su propia vida, como en tantos autores, sirve de punto de partida. Si en El Gran Cuaderno, partiendo de sus ejercicios de teatro en Suiza y de las experiencias vividas en Hungría, en su pueblo natal Köszeg, surgen los dos gemelos, analíticos y disciplinados, crueles y, a su manera, moralistas, ávidos lectores del único libro que los acompaña, la Biblia, y después de aquellos que encuentran y les satisfacen -no les gusta cualquier cosa-, si en La Prueba, su francés más firme y su pulso narrativo más afianzado, los gemelos han crecido separados y resultan uno, en La tercera mentira -tres son las mentiras de Lucas que lo separan de la verdad oficial y, por qué no, de la realidad, tres mentiras necesarias, de supervivencia, que, en esta última obra, suponen el pretexto para el pretendido desconocimiento entre ellos-, como decía, en La tercera mentira Lucas -sin identidad, enfermo tal vez de anonimia-, en la primera parte, desde tres tiempos distintos que se aúnan generalmente en un presente verbal biográfico, acepta o sencillamente desgrana los acontecimientos que desembocan en su desapego; Claus, el poeta secreto, hace lo mismo en la segunda parte, nos conduce por los acontecimientos hasta su ahora y sendas historias se siguen una a otra, se sobreponen sobre las de las dos novelas anteriores y, simultáneamente, constituyen de nuevo un libro escrito por ambos. Tres mentiras y dos memorias, ¿las auténticas?, ¿las verdaderas semblanzas de Claus y Lucas?, ¿las definitivas? Lo cierto es que para mí no. Poco más escribió esta autora, pero yo ya lo he encargado todo. No su teatro -una pasión de la infancia que la ayudó a integrarse en la literatura de lengua gala y a caminar por este idioma hasta esta grandísima trilogía que, según la acabas, te lleva al principio de nuevo-, pero sí las escuetas obras narrativas que están a mi alcance. Obras lacónicas, breves, beckettianas. Imprescindible dentro de la literatura europea del siglo XX. Singular y memorable.

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Claus y Lucas: La prueba de Agota Kristof

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Con 21 años Agota Kristof cruzó la frontera de Hungría a pie con su hija de cuatro meses y marido, su profesor de Historia, quien había participado en las revueltas antisoviéticas de 1956. Por motivos ajenos a su voluntad, acabaron en la zona francófona de Suiza. ¡Tiempos aquellos de acogida y distribución de refugiados!

      Habíamos dejado a Lucas y Claus a punto de separarse para cruzar uno de ellos la frontera a costa del cadáver de su padre. Desde el primer capítulo sabemos que el que se quedó fue Lucas, lo cual, en última instancia, es irrelevante pues no había distinción entre uno y otro en El Gran Cuaderno. La prueba no es un diario, es una novela salpicada de derrotas en una guerra constante interior o exterior. Ocho capítulos en los que la narradora sigue a Lucas que no sabe como continuar viviendo. Tras perder pie, recupera sus hábitos -la casa, la huerta, la armónica…- y va entrando en relación con otros perdedores cuyas historias se recogen con mayor o menor detalle. Interfiere en la vida de otros -los más despojados, los que están al margen, los que tienen en contra al poder establecido, los que lo pueden tener y viven ocultos dentro de él- y se implica en la vida de algunos. Persevera en seguir escribiendo su cuaderno para que Claus lo lea a su regreso, aunque no sabe nada de él. Se compromete a pesar de seguir sin saber lo que significa la palabra amor. No habla él, pero Lucas sigue siendo un personaje ajeno a la expresión de sus afectos o desafectos, sin embargo Matías, un niño tullido fruto del incesto, canaliza su necesidad de sentir; Clara, un víctima inestable de la sinrazón política, su pulsión sexual con tintes también incestuosos; en su soledad, se relaciona con personas solas, abandonadas, ultrajadas, mas él también deja sus muertos y arrastra los esqueletos cuyas vidas parece seguir buscando. Mención especial merece la peripecia de Victor –el librero- cuya obra debería valerle la salvación. Je suis convaincu, Lucas, que tout être humain est né pour écrire un livre, et pour rien d’autre. Un sorprendente halo de bondad -tenue, delicado- guía a Michel, el vecino de enfrente y sus dos historias de amor.

     Los cadáveres se reflejan de un libro a otro, los y las heridas también y al final, con el regreso de Claus, todas las realidades tan objetivamente trazadas en ambos libros quedan en cuestión con un papel oficial.

       Todavía queda “La gran mentira”

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Claus y Lucas: El gran cuaderno de Agota Kristof

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Agota Kristof nació en 1935. Su país, Hungría, deseoso de recuperar los territorios perdidos tras la Gran Guerra, se acercaba, desde una derecha fascista, a Hitler, hasta ser invadido por los alemanes sin resistencia alguna. Ella pasa todos estos años en un ambiente rural alejado del centro del conflicto. En el 45 los nazis fueron sustituidos por los soviéticos y ella se traslada con su familia a la ciudad de referencia más próxima, Köszeg, K en la novela. Con 14 años entra a cursar estudios en un internado mientras su padre está preso y su madre se las apaña como puede. La formación es en ruso y Agota empieza a escribir poesía en húngaro -idioma que conservará siempre en sus versos-. En este contexto se desarrolla El gran cuaderno, diario escrito al alimón por los gemelos Klaus y Lucas -mismas letras, distinto orden-.

      Agota Kristof llegó al francés con dificultad principalmente porque ganarse la vida después de expatriarse requiere, sobre todo y en primer lugar, trabajar -afortunados aquellos que reciben asilo, algo que ya no está en uso en esta decrépita, amnésica, brutal europa (sí, con minúscula, no me merece ningún respeto esta europa de mercachifles y usureros)-, como decía, había de trabajar y en el trabajo, en una fábrica -de relojes, muy propio de Suiza donde vivió hasta su muerte- no se habla mucho, no está creada para aprender, sino para producir, producir y producir. Kirstof, como Becket, con quien tiene en común, además de emplear el idioma materno como vehículo de su poesía, la desnudez de su lenguaje y su amor a escribir para el teatro -ambas cosas ligadas entre sí- abandona su lengua -los motivos de ambos son diferentes-, pero el desarraigo deja huella en su obra y es su escritura austera, sin florituras, ajustada, precisa, su espíritu duro, seco, objetivo -así es como quieren Claus y Lucas su Gran Cuaderno-.

      El Gran Cuaderno se desarrolla en breves cuadros donde dos gemelos, dejados a cargo de su abuela mientras dura el conflicto -la Segunda Guerra Mundial- consignan, básicamente, hechos. Ella no los quiere y ellos tienen que trabajar duramente para ganarse el sustento. Tan unidos que parecen uno, encaran el cada día a su manera, lejos de cualquier tipo de emotividad, aferrados a la palabra objetiva –Les mots qui définissent les sentiments sont très vagues; il vaut mieux éviter leur emploi et s’en tenir à la description des objets, des êtres humains et de soi-même, c’est-à-dire à la description fidèle des faits.*con una moral práctica –Nous voulons comprendre. Nous n’oublions jamais rien**, esta última frase es como un ritornelo a lo largo del diario- y un sentido de la justicia desprovisto de piedad, pero no de lógica. A lo largo de su inventario desfilan seres de todas las calañas que los someten a abusos, los temen, los admiran, los intentan seducir o humillar y ellos rara vez son complacientes, aunque sí que pueden resultar ecuánimes a veces e incluso empáticos. Y también tremendamente fríos y calculadores. Recogen tenazmente su proceso de formación en medio de un espacio emocional, social y políticamente árido, con una sexualidad fría y agresiva, en un país siempre sometido por unos u otros y lo hacen con el claro deseo de dejar constancia para no olvidar.

      La obra se publicó en 1986 y en el 2000 fue denunciado un profesor de Abbeville por unos padres indignados ante la crudeza de un texto leído por alumnos de 14 años. ¿A quién podríamos denunciar ahora por ese gran cementerio en que se están convirtiendo nuestras lindes a la vista de toda la infancia y adolescencia? Un escenario de guerra sin batallas, un panorama de abandono y dos chavales que se buscan la vida según sus propios criterios. No obstante no todo es lo que parece. Después vienen La prueba y otra vuelta de tuerca La tercera mentira.

      Apasionante. Absténganse de leer las próximas reseñas aquellos a quienes no les guste que se les adelanten acontecimientos o quienes no pueden olvidar a voluntad lo que leen.

*Las palabras que definen los sentimientos son muy imprecisas; es mejor evitar su uso y limitarse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la fiel descripción de los hechos.

**Queremos entender. Nunca olvidamos nada.

Agota Kristof