La habitación de Nona de Cristina Fernández Cubas

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Abre el libro de Cristina Fernández Cubas una cita de Einstein La realidad es simplemente una ilusión, aunque muy persistente. Podríamos cambiar los términos y decir que la ilusión es simplemente una realidad, aunque muy persistente, porque persistentes y tenaces son algunas de las ilusiones de estos relatos, otras son inconsistentes y funestas, mudas e incómodas, recurrentes y familiares, tramposas y esperanzadoras o vitales y antiguas. Si bien igualmente podríamos hablar de las realidades en los mismos términos. O casi. Pero también ambas son necesarias, terribles, inexplicables, íntimas o irreductibles. La habitación de Nona está atravesada por todas ellas en un desdoblamiento brillante que da voz a quien no puede y no suele tenerla, una voz cómplice, inocente, sensata y voluntariosa que solo espera que las aguas vuelvan a su cauce. Hablar con viejos, que con El final de Barbro es la que más tiene de juego perverso, convierte una quimera -que siempre tiene a un o una infeliz ilusa detrás- en la nueva ilusión de un ser de pesadilla. En Interno con figura, cuadro que ilustra la portada, la autora, en primera persona, busca e imagina la historia que podría haber detrás de un cuadro, el cuadro se abre a otros ojos, la voz escucha otro relato, tres realidades, tres ficciones y las tres nos las acerca imperiosamente quien no puede hacer sino eso, la narradora. En El final de Barbro, tres hermanas y una sola voz que miran sin ver, casi cuentan sin querer y aprovechan la oportunidad de una venganza más que poética (ridiculizó a quien más queríamos, invadió nuestro terreno, nos robó los mejores recuerdos, se burló de todo lo que respetábamos y nos resarció con el más absoluto desprecio -no se podía expresar mejor, son motivos más que suficientes-), una venganza que no existe puesto que nadie la ve ni la verá. Una variante del léxico familiar algo más transcendente y cuasitenebrosa. Una nueva vida está engarzada con una dulce ironía que comienza en el título y transcurre acompasada por la afirmación de Einstein de que como físico usted sabrá que para mí no existe pasado ni presente, algo que queda demostrado por el sentido roce de una mejilla, aunque a la postre… Y por último Días entre los Wasi-Wano, la más luminosa -que no alegre-, vindicación de un posible paraíso encontrado y del amor -adolescente- por los héroes, por muy cuestionados que queden por los hechos, las acciones u omisiones.

   Dónde termina lo real y comienza lo otro. O viceversa. Cristina Fernández Cubas difumina estos límites. La ilusión de la huida y diferentes formas de caer en la realidad a través de seis relatos de distintos tonos, de tres edades. Nona y los Wasi-Wano abren y cierran con sus ojos inocentes y sus esenciales realidades paralelas, Interno con figura y La nueva vida tienen un mirada más madura, mas no exenta de temor y consciente del ridículo. Hablar con viejas y Barbro son historias tenuemente maléficas y, especialmente Barbro, estupendamente narradas, con ojos jóvenes y atrevidos. Todos los ojos de todos los cuentos también asustados.  

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El último de la estirpe de Fleur Jaeggy

El último de la estirpe

 

Fleur Jaeggy es una escritora suiza que escribe en italiano. Nació en el 1940 y este es el último libro publicado en esta España nuestra.

   Hay autores o autoras que provocan una tristeza dulce, sosegada o incluso una tristeza airada, sarcástica, con o sin arrebatos creativos, con o sin incontinencia verbal o escrita. Fleur Jaeggy provoca una tristeza hueca. Con un ritmo rápido, preciso, elíptico: Conocí a Agnes el día en que cumplió once años. Se había negado a apagar las velas. Desde entonces somos inseparables. Como una enfermedad. Un narrativa envolvente de voz suave, tono ingenuo, inocentemente distante, con ecos de antiguos relatos de atmósfera casi espectral o los colores de un daguerrotipo. Finales rotundos: tras una breve divagación -delectatio morosa (Gato)-, el zarpazo final. A veces cruelmente irónico. Un engranaje perfecto para describir y transmitir el vacío existencial. Seco, conciso. De asociaciones rápidas, sincrético. En cada uno de los relatos, de alguna manera, la vida se va, se fue o se está yendo, incluso la vida de un cuadro. Con el trazo frío de un pincel fiel a una foto algo fantasmagórica, Jaeggy nos conduce de una miniatura a otra. Arranca el trío formado por la propia narradora, el hermano que escribe que escribió y la hermana XX que escribió al hermano escritor, usurpándose los tres la autoría de la historia de insomnes que aparece y desaparece en el ámbito familiar que atraviesa estos cuentos. Tras este primer relato de un escritor, la búsqueda de ninguna parte de Josef Brodsky en el segundo –Negde-. De las frías aguas de Nedge al lago helado de El último de la estirpe, y del presunto asesino del retrato de El último de la estirpe, a la ausencia de retratos de Regula y más en El gentilhombre y el vacío. Signos sutiles unen estas narraciones atravesadas por el cansancio, la ausencia, el deseo de partir, la soledad, la nada. Una imagen compartida con Ingeborg (Bachmann) -amiga de Jaeggy y muerta en un incendio- en Sala aséptica, antecede a La herederaMientras las llamas la envolvían sintió una terrible nostalgia-. Oliver Sacks y un pez atrapado mirando desde su pecera, preceden al gracioso pajarito de La pajarera. Criaturas solas, hijos o hijas no queridos, temidos. Personajes que quieren desaparecer o prefieren el encierro, que no saben adónde ir, que sobreviven, atrapados… ¿A qué seguir?

   No es un libro animoso, pero sí un collage uniforme, de mirada perspicaz y diferente, con tanta homogeneidad y coherencia en su sentido -ciertamente desasosegante o, cuando menos, perturbador-, como diversidad en sus formas de abordarlo y riqueza en sus diferentes perspectivas. Con algunos arranques –Hay quietud en la casa. La quietud parece impuesta por la violencia. Las persianas están cerradas, como si fueran párpados,-, párrafos o finales –Nombres– magníficos. Y con unos cuantos relatos memorables. Soy hermano de XX, Agnes, La pajarera, Adelaide, La elección perfecta…

   Como autoayuda no vale.

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Al este del Edén de John Steinbeck

Al este del Edén

Steinbeck firmaba con un dibujo que él denominaba “pigassus”, que no es sino un plástico juego con las palabras “pig” (cerdo) y “pegassus” y refleja como él se veía, alguien anclado a la tierra que quiere volar, alcanzar el cielo, la esencia humana. El naturalismo de sus Uvas de la ira, con una concienzuda contextualización del espacio y el tiempo que ocupan sus personajes, sigue presente en Al este del Edén, pero el alma de la clase trabajadora, de los desasistidos, de los olvidados da paso a un enfoque más íntimo, más personalmente moral de los individuos -y el “individuos” en claro masculino, ya que las mujeres están más estereotipadas y únicamente la Eva alejada del Edén posee una personalidad extensamente tratada, representativa de la ausencia de Bondad, del Mal-.

   Arranca describiendo con precisión el valle de Salinas, donde se desarrollará el relato, y lo hace en tono autobiográfico pues de las 2 familias en torno a las cuales gira esta novela, una es la suya y parte de los tiempos del abuelo, Samuel Hamilton. Sin embargo su función a lo largo de la obra suele ser la de narrador omnisciente, conocedor de las pulsiones, luchas, dudas, etc. de sus protagonistas, excepción hecha de Cathy-Kate-Eva cuyos motivos no entiende o a quien no encuentra motivaciones y cuya presentación, en el capítulo 8, adquiere tonos de novela gótica, amparándose, tal vez, en la visión que el niño, el John que arranca el relato, creó: Estoy convencido de que en el mundo hay monstruos nacidos de padres humanos. Algunos son visibles, seres contrahechos y horribles, con enormes cabezas o cuerpos diminutos; algunos nacen sin brazos o sin piernas, otros con tres brazos o con rabo o con la boca en sitios impensables…. No obstante, al final, atisbamos un algo de humanidad en esa Alicia en el país de las maravillas que acude en su auxilio.

   El paisaje, la meteorología, las condiciones de trabajo de los habitantes de Salinas, las cualidades de las tierras, la convivencia del caballo, el carro y los nuevos coches, el advenimiento de la modernización, la Gran Guerra…, todo está expuesto y maravillosamente precisado. Un “cronotopo” impecable, indisoluble, precioso de desentrañar y perfecto para comprender la obra.

   Con un eje dual, nos presenta a su familia y a la familia Trash. La primera gira entorno al abuelo, hombre culto, en constante diálogo consigo mismo, alguien que hace de la duda la batalla cotidiana, vital, emprendedor, creativo, poco práctico en cuestiones económicos, frente a la abuela, aferrada a la religión y su consecuente moralidad, limitada, testaruda, fuerte. Ambos basan su relación en el respeto mutuo, con sus peculiaridades asumidas, y sus hijos están unidos por un auténtico amor fraternal. Las vidas de los hermanos y hermanas va desfilando por sus páginas, algunas de forma sucinta, otras, las más dramáticas, las más sentidas, recogen la lucha interior que cada cual lleva consigo y se engarzan en la lucha de uno mismo con sus propios demonios.

    Como lazo de unión entre ambas familias está Lee, el criado chino de Adam Trash, confidente y amigo del abuelo Hamilton y, con el tiempo, también de Trash, además de cuidador de los gemelos Trash y portador de ese papel que siempre aparece como depositario de la mayor serenidad y sabiduría en las obras de Steinbeck.

    Si los Hamilton se presentan como una familia de carne y hueso, los Trash arrastran la mayor carga simbólica de la novela. Dos generaciones de hermanos sin madre, dos generaciones de enfrentamiento, Caín y Abel, la culpa y la inocencia, el permanecer y el partir… Y así, sino ad infinitum, al menos largamente. Adam y Charles. Aaron y Caleh. Y claro, Eva. La mujer de Adam Trash, arrastrada a un Edén sin manzanas, pérfida y cruel, desnaturalizada y prostituta. No le ahorra detalle: bella, manipuladora, tarada, ladrona, asesina… Mas cautivadora, hermosa…

Y si por un lado teníamos la dicotomía de los hijos de Adán, por otro están la iglesia y los burdeles. Magnífico el capítulo 19 y no me puedo resistir:

[Refiriéndose a la creación de un país nuevo]… finalmente llega la cultura, que consiste en distracciones, descanso y medios para evadirse del dolor de vivir. Y la cultura puede hallarse, y se halla, en cualquier nivel social.

Las iglesias y los burdeles llegaron simultáneamente al Lejano Oeste. Y tanto a las unas como a los otros les hubiera horrorizado pensar que no eran sino distintas facetas de lo mismo. Sin embargo, perseguían idéntico fin: los cánticos, la devoción y la poesía de las iglesias libraban al hombre de su desolación durante unos instantes, y eso mismo lograban los burdeles.”

   Una obra larga y profunda en la que a este dualismo, sobre el que se extiende y en el que se desarrolla, lo envuelve la necesidad de elegir, el libre albedrío. Sin desatender en ningún momento, como una tónica suya, lo fundamental, en las relaciones humanas, del amor y la amistad.

   Al Steinbeck más determinista de De ratones y hombres, de Las uvas de la ira, ese Steinbeck de finales rotundos, le sigue un Steinbeck más centrado en el debate interior del ser humano, más espiritual, más religiosa y moralmente filosófico. Y profundamente masculino.

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El ángel impuro. Henning Mankell

Cuenta Mankell que “a comienzos del siglo XX sucedió un hecho extraño en el continente africano. Apareció una mujer sueca, como salida de la nada, y quedó constancia de ella como dueña del burdel más grande de la capital de la colonia portuguesa de Mozambique. Años después, esa mujer desapareció sin dejar rastro. A partir de lo poco que se sabe de ella he escrito este libro, aportando el contexto histórico. La he descrito tal y como yo la veo, en una época en que no podía cuestionarse el colonialismo ni la superioridad de la raza blanca, y menos aún vencerlos. Una época, asimismo, en que la suerte que corría una mujer durante su vida —sobre todo si era una mujer negra— era un auténtico infierno. En el burdel se enfrentan el poder y la impotencia; allí la pasión es una mercancía. Pero también es un lugar donde las vidas se entrelazan, y que me ha inspirado una historia como ninguna otra de las que he llegado a escribir”.

Partiendo de un diario encontrado en un antiguo y lujoso hotel ocupado por africanos pobres, Mankell nos traslada a la Suecia de finales del XIX, principios del XX. De allí parte Hanna Renström, en un incierto viaje, huyendo del frío y el hambre, y dejando atrás a un padre recién fallecido que diariamente cerraba las grietas de su hogar, una madre que dedicaba el corto verano a juntar leña para el largo invierno y dos hermanos que, diariamente, caldeaban el lecho común. Parte sola y sin mejor perspectiva que servir en la ciudad. El azar la conduce a un barco camino de Australia.

En principio no se trata de una novela negra (¿o sí?). Mankell nos lleva hasta África, donde la protagonista desembarca huyendo del dolor que le supone su segunda pérdida. Vendrán otras. Los paisajes y las reflexiones breves y precisas de Hanna, en boca del narrador, pintan una tierra y una historia que avanzan a la par. Del frío inmovilizador hemos llegado al calor bochornoso. De una mirada sorprendida y nostálgica, pasamos a una voz digna, pero perpleja por lo que ve, siente y vive. Nada más distinto que el despoblado Norte y el caluroso Beira, puerto donde los portugueses y demás blancos, someten y desprecian a sus pobladores originales, negros. El odio y la desconfianza se respiran a través de los ojos de Hanna, que va cambiando su nombre a medida que va cambiando su posición y su punto de vista, según va conociendo y conviviendo con el  tramposo, embaucador y cruel colonizador o con el desconfiado, indefenso y misterioso colonizado.

Sin folclorismos, ni falsas descripciones pseudoantropológicas, la concepción de los pobladores de Mozambique, su extrañeza, su ajenidad y su  mágica visión de la necesidad van calando en Ana, en su corazón, en su piel, quién sabe si por el deseo de redimirse o por el de olvidar una sociedad a la que se supone pertenece, pero de la que ya no puede participar. Es sutil la manera en que lo inverosímil se torna, no solo plausible, sino inevitablemente deseable.