84, Charing Cross Road de Helene Hanff

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Cayó este libro en mis manos por azar. Durante unas vacaciones extemporáneas, unos grandes anfitriones cuya biblioteca me dio inmediata confianza me lo prestaron para un par de días de playa y dolce far niente. Una vez leído y preguntado sobre él a algunos amigos y amigas, amantes de los libros en todas las dimensiones -como en todo hay diversas dimensiones y tamaños-, casi me avergoncé de no saber nada sobre él. Sí me sonaba que había una película, pero no más, me sonaba.

       Toda la información acerca de la autora y el libro aparece al final, en un Post Scriptum, como en mi opinión debería de ser en la mayoría, si no todos, de los libros. Claro está que siempre le queda al lector o la lectora, la libertad de saltárse el prólogo olímpicamente y leerlo después si el libro se lo merece. Y en 84 Charing Cross Road, si está al final, es por algo más que mi mayor o menor disgusto, es por necesidad, porque le añade un encanto particular a la historia, si bien no hace entrar a la autora en el Top10 o Top100 de Harold Bloom -por ejemplo-.

         Se lee como una novela de epistolar -en las antípodas de Las amistades peligrosas- con dos redactores básicos y empieza en octubre de 1949 extendiéndose hasta 1969. Comienza con la petición de unos libros agotados y desde la primera carta queda claro, tanto por las formas como por el contenido, que la redactora no es una persona al uso ni dispone de grandes posibles. Es una mujer autodidacta que vive en Nueva York y, poco a poco, vamos conociendo su contexto. Del librero deducimos que es vocacional y, a medida que se amplía la panoplia de receptores y destinatarios londinenses, sabemos más sobre él y sobre la realidad que en su país se está viviendo, sobre la posguerra. Se crea un entramado de relaciones a través de los libros y la solidaridad que bien podría llamarse amistad. Y un nexo especial entre Helen y Frank Doel -tardamos varias cartas en saber su nombre- al que, por distintas vías, se suman otros trabajadores de la librería, su familia e incluso alguna vecina. Y Helen fantasea con ir a Londres tras un golpe de fortuna…

       No vale la pena decir más al respecto, sí vale la pena leerlo. Cualquier tarde -o mañana o noche- que no sabes muy bien dónde parar (si en casa, si en un libro o en otro, si en esta música o aquella…), tenlo a mano y empieza a leerlo como quien no quiere la cosa, pues al final, la cosa tiene mucha miga y es deliciosa.

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