Una locura cotidiana de Elisabeth Bishop

Esta Locura cotidiana de la poeta estadounidense Elisabeth Bishop comienza con un bautismo -frío, porque el frío y el hielo son personajes de algunos de estos ocho relatos, personajes activos, definitivos- y termina con un grito que, de alguna manera, acompañó a su autora a lo largo de toda su vida y que, inaudible, respira tras su prosa y tras su verso. Este grito alude a la locura que en su infancia, tras la muerte de su padre, apartó para siempre de ella a su madre. Inteligentemente este grito de En el pueblo está situado en último lugar, no obstante fue el penúltimo relato escrito por la poeta y, digo poeta, porque tienen mucho de su poesía sus cuentos, con una prosa sensitiva repleta de imágenes y, al mismo tiempo, eficiente, sin lastres, exenta de dramatismo y, al tiempo, cruel, intensa, levemente irónica, argumental y verbalmente rítmica.

     El orden de los cuentos es cronológico a excepción del mencionado anteriormente. Los tres primeros fueron escritos entre 1937 y 38. El mar y su orilla, sui géneris crónica sobre un particular lector y En prisión, carta al lector de un reo -o rea- voluntario, presentan realidades improbables y un simbolismo abierto a lo personal y a lo público, ambos en el límite de lo real y lo demencial. El primero, El bautismo, junto con el cuarto, escrito 10 años más tarde, Los hijos del granjero, podrías subtitularse Díptico del frío en Nueva Escocia, lugar de referencia en la memoria de Bishop, donde mitificó una niñez huérfana al calor de su abuela. Ambos recogen acontecimientos invernales de las pobres gentes. El primero se instaura en la cotidianeidad de tres hermanas que viven solas, mientras que Los hijos del granjero, comienza con el tono de un cuento de los de siempre, sus personajes hacen pensar en personajes de cuento -madrastras, hermanastras, migas…-, los peligros que acechan a los dos hijos del granjero, además del frío, son la oscuridad y presencias de tintes monstruosos y, con suavidad y fantasía, llega al temido y natural final. Excelente. El ama de llaves y Recuerdos del tío Neddy recogen dos personajes singulares, con una tierna ironía el primero y con tristeza entre perpleja y afectuosa el segundo, el tío Neddy, tristeza guiada por la necesidad de desvelar en un retrato a la persona que ella conoció sin llegar a saber  quien era. Gwendolyn, escrito en el mismo año que En el pueblo, ubicadas ambas en el espacio antiguo, en Nueva Escocia, bebe, como el que será su último cuento, el del tío Neddy, de su pasado y recoge con mirada de entonces el contacto con la muerte de una amiga querida y la forma de canalizarlo a través de una muñeca. En el pueblo reproduce el descurso del tiempo, recoge su sonido y apacigua el grito de fondo, es la narración de lo que no escuchamos, pero está.  Al pasar por el puente, me detengo y contemplo el río. Todas las pequeñas truchas que ha sido suficientemente listas para no dejarse atrapar -pero ¿por cuánto tiempo?- están allí, moviéndose rápidamente de costado, en insensatos ataques y retiradas

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Las iniciales de la tierra de Jesús Díaz

Es hacia 1971 cuando termina la trama de la novela que nos ocupa. Fue en 1973 cuando su autor, el cubano Jesús Díaz, la presentó al premio de la Casa de las Américas con el título de Biografía política y, entonces, su estructura respondía al cuestionario que el protagonista, Carlos Pérez Cifredo, como aspirante a “trabajador ejemplar”, debía responder ante una Asamblea del Partido. No considerándola conveniente el jurado, tuvo que retirarla y no vería la luz hasta 15 años después, siendo su título distinto, Las Iniciales de la tierra, y respondiendo su estructura a un orden cronológico, a través de una larga analepsis. Entre una breve introducción en la que Carlos se cuestiona su vida y sus acciones hasta el momento, y un último capítulo, a modo de epílogo, en el que se haya finalmente ante la Asamblea, el autor va desgranando la vida de Carlos, desde un primer periodo consciente de la infancia donde se sientan las bases de un chaval de una gran imaginación alimentada por las películas, los cómics, las novelas juveniles…, un niño que sueña con ser un héroe, salvar -o en su defecto, enseñar- a su amiga analfabeta y que teme e ignora lo que de mágico y ancestral hay en aquellos que no son blancos cubanos. Una de sus primeras enseñanzas es que Los hombres no lloran. Son 21 capítulos que responden todos al mismo mecanismo, partiendo de un punto concreto en el tiempo, el autor vuelve hacia atrás enlazando con las circunstancias o los hechos de uno o varios capítulos anteriores, avanzando hacia el punto de partida del principio del capítulo y trascendiéndolo. Así tenemos una novela de formación en la que cada capítulo gira sobre sí mismo uniéndose a los adyacentes, que arranca poco antes del golpe de Estado de Batista de 1952 y finaliza después del fracaso de la zabra de los 10 millones (1970), recorriendo con ello, preliminares, triunfo y desarrollo de la revolución cubana.

      Nuestro aspirante a obrero ejemplar crece, lo hace del lado de la revolución hacia la que poco a poco no le ha quedado más remedio que decantarse profundizando, así, una brecha familiar con su hermano y con su padre, prestamista. Según va avanzando va aprendiendo y no siempre aprende como debe -eso es evidente durante su periodo maoísta-, más bien aprende como puede hacerlo alguien apegado al hogar materno que siempre quiso ser un héroe y que, a la postre, termina siendo … alguien que siempre quiso ser. Sin embargo estuvo presente o, de una manera u otra, participó en muchos de los hitos históricos de este proceso: la explosión del La Coubre, Girón, muerte del Che… y, en otros, de esa otra Cuba, de misteriosos sesgos como la incorporación de un muerto, la furnia, Alegre -el loco electricista-, o el Tren Fantasma cargado de caña podrida… La prosa de Jesús Dïaz es rica, rítmica, vigorosa, atrevida, juguetona. La música está presente -sobre todo y, significativamente- al principio, pero la melodía, la cadencia del verbo cubano llega hasta a la zafra. Precisamente en el capítulo de la primera zafra de Carlos, el autor cambia por única vez al destinatario de sus palabras: ya no es el lector, es Gisela, la mujer de Carlos, lo que por un lado suaviza la pesantez del trabajo y por otro acentúa la soledad y acompasa la marcha de las duras faenas. No le falta el calor a su protagonista, ni le faltan contradicciones, como a la mismita revolución, pero sigue avanzando, como trabajador, como persona y como hombre que consigue o intenta, por lo menos, reconocerle a la mujer los mismos derechos.

      Una novela bien construida a todos los niveles, escrita por un entonces Jesús Díaz revolucionario, que, no sé sí para su alegría o su pesar, cuenta mucho de las dificultades personales, pero también sociales y políticas de bregar a contracorriente.

Memorias del subsuelo de Fiodor M. Dostoievski

Dostoievski escribe Memorias del subsuelo en Petersburgo, la ciudad más abstracta de todo el globo terráqueo (Biely, recogiendo el testigo, nos la dibujó en todo su geometría siguiendo a Apolón). Al volver de su exilio en Siberia en 1959 pudo, por fin, publicar de nuevo. Entre 1861 y 1862 vio la luz Memorias de la casa muerta y después, durante un duro periodo de su vida en el que murieron su esposa y su hermano y tuvo una relación extraconyugal, escribió Memorias del subsuelo, obra en la que se prefiguran Raskolnikov y Sonia, donde transita la locura quijotesca, se esboza Kafka  y se augura la náusea existencial.

      Dos partes. En la primera intitulada El subsuelo, el autor, en primera persona, dice escribir para sentir alivio porque un recuerdo del pasado le oprime el alma y también porque estoy aburrido y siempre estoy sin hacer nada. Y entre estas dos dispares intensidades va a transcurrir el mundo de este hombre honesto, servil y cobarde que lo observa todo desde su inercia, este hombre sin nombre que desde la primera línea se define como enfermo, rabioso, nada atractivo…, … tan aprensivo y suspicaz como pueda serlo un jorobado o un enano, este funcionario -únicamente como tal se reconoce- que se dirige al lector aunque dice escribir para sí mismo y que considera el exceso de conciencia una enfermedad, él se arrellana en el subsuelo, -en la eterna maldad-, y del subsuelo extrae el jugo: el placer turbio de reconcomerse en sus impotencias, frustraciones, penitencias, ofensas, pero también el de sublimar la belleza, la autosuficiencia… Porque, en su libre albedrío, elige, al margen de lo que marque el propio beneficio y puede elegir no hacer nada o hacer lo que no debe, hacer lo que en el fondo no quiere o lo que en el fondo sí quiere. Un verdadero antihéroe.

      En la segunda parte, A propósito del aguanieve, vuelve hacia el pasado a través de tres episodios de su vida que lo incomodan. Despliega un sarcasmo, en ocasiones reflexivo, hacia su entorno y hacia sí mismo, se somete al más absoluto ridículo cuando no a la humillación, también hay espacio para la confesión dramática, al tiempo que sufre o saborea que la esencia del comportamiento descansa en que el superior aplasta al inferior (y la más inferior resulta ser siempre una mujer, en este caso Liza) y que quien, como él, vive ajeno a la vida, entregado a la ineluctable clarividencia de su conciencia, afronta un doble sufrimiento, una gran culpa, casi, casi, inmerecida. Al cáustico sentido del humor que recorre toda la obra se unen reflexiones acerca de la ciencia y la naturaleza, la razón y el corazón, como elementos siempre enfrentados vistos por este individuo -una mosca para los demás, un ratón en su territorio- que, pasado cierto periodo de tiempo, necesita salir de su cubículo y confirmar que el amor es la dominación moral del objeto amado, que no puede vivir sin tiranizar, que los malos actos son regidos por la cabeza y no por el corazón. 

      Todo Dostooievski formándose, conformándose, enfrentándose, riéndose de sí mismo, ofendiéndose, desafiando, sufriendo… Una maravilla a releer cada cierto tiempo.

Limónov de Emmanuel Carrère

Emmanuel Carrère admiró literaria y vitalmente a Limónov allá por los años 80, cuando comenzaba el ruso a publicar sus primeros libros en Francia y Carrère, ya licenciado, comenzaba su andadura en el mundo de las letras. Las reacciones que hacia Limónov tenían tanto el pueblo llano de su país, como personalidades tan aparentemente opuestas al personaje por él creado y a la imagen recogida en los medios de comunicación occidentales, como Yelena Bónner, activista por los derechos humanos y viuda de Andréi Sajárov, o la periodista Anna Politkovskaya, avivaron de nuevo su interés más de una veintena de años mas tarde. Cuando a Carrére, un amigo periodista le propuso hacer un reportaje para una nueva revista, su respuesta inmediata fue: Limónov. Patrick me miró con los ojos como platos: “Limónov es un malhechor”. “No lo sé, habría que ver.” El proyecto fue hacia delante y, lo que iba a ser un reportaje, se convirtió en esta obra en parte periodística, pero también una biografía con tintes autobiográficos -pues Carrère da noticias de quién era, cómo era, cómo se veía, como se ve desde la distancia, etc.-, en parte fábula -ya sea la que el biografiado transmite o la que Carrère recrea-, que se lee como una novela y, además, como una novela apasionante, al margen de su mayor o menor veracidad -¿dónde está la verdad, es más, dónde está la verdad en lo que a la Unión Soviética se refiere?-, plausible e inteligentemente contextualizada en lo personal y en lo histórico.

     Eduard Savienko, Limónov, nació el 2 de febrero de 1943, el día de la rendición oficial de las tropas alemanas que sitiaban la entonces Stalingrado. Era hijo de un simple oficial de la NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos) y de una comunista convencida que, como entonces –y ahora- ocurría en la URSS, no veían en Stalin al demonio rojo sino al héroe que venció a Hitler y culminó el fin de la Segunda Guerra Mundial. A su vez, Limónov admiraba a los militares –siempre caminará como ellos, … con paso reglamentario, regular y enérgico: a seis quilómetros por hora.- y, sintiéndose avergonzado por la falta de categoría de su progenitor, buscó otros modelos que encontró en la delincuencia, estuvo un breve periodo en la cárcel, trabajó como fundidor, intentó suicidarse, paró en un psiquiátrico donde un médico avispado, reparando en que lo que el paciente quería era llamar la atención, lo derivó hacia un trabajo más acorde, dentro de lo posible, con sus aspiraciones: vendedor ambulante de libros -Limónov, alma rusa amante de la poesía, ya escribía versos y no lo hacía mal-. Era un persona sin prejuicios que tanto se entregaba a la literatura, como cosía sus propios modelos de ropa los cuales también vendía, se casó con una mujer bastante mayor que él que le inició en el mundo de la bohemia -… él la estabiliza, ella le refina.-, se trasladó a Moscú y, a partir de ahí, comenzó lo que él siempre ansió, una vida libre y peligrosa: una vida de hombre. Tras Moscú, Nueva York y París – épater le bourgeois era y es algo que se le daba de maravilla y allí dio con las personas adecuadas-. Tras Anna, Elena y Natasha Medviédieva (cantante y poeta rusa de carácter, por lo menos, tan intenso como el suyo). Y por fin, con su odiada Perestroika y de la mano de su editor ruso, volvió a Moscú donde no se estableció hasta 1994 -curiosamente, Limónov partió y volvió a la URSS en los mismos años que su odiado Solzhenitsyn-. A su regreso Limónov descubre que no encaja, que le duelen Rusia y el pueblo ruso y marcha a la guerra de las Balcanes donde ha de elegir un bando, aunque no cree que un bando tenga toda la razón y el otro esté totalmente equivocado, pero tampoco cree en la neutralidad. Un neutral es un gallina y tiene por fin la oportunidad de sentir la emoción de la guerra, culminando sus deseos juveniles. Tras esto y dada la situación en su patria, regresó con la convicción de que había llegado el momento de entrar en política. Conducidos por Carrère que hace recuento y descripción de hechos y acontecimientos, que opina y contacta con el círculo del que se rodeaba Limónov, los militantes de su partido, entramos en la que es la parte más interesante y, probablemente, la más polémica y, no me cabe duda, la más difícil de desentrañar. Entre iluminado y Peter Pan, entre místico y materialista, entre genio literario y prolífico escritor, entre amante entregado y viejo pedófilo, entre preso modélico y agitador constante, la trayectoria de este escritor, sastre, vagabundo, soldado y un largo etcétera que continúa, en manos de Carrère, resulta absorbente, como también lo es la historia de su país sobre el que tanta tinta ha corrido  guiada por intereses espurios, sobre el que tantos velos se han corrido y se corren desde nuestro “clarividente” occidente.

     No dejen de leerla. Lo harán de un tirón y, tal vez, les surjan dudas y preguntas, lo cual es bueno, muy bueno.

Las madres negras de Patricia Esteban Erlés

Patricia Esteban Erlés es una estupenda cuentista que, entre cuento y cuento, nos engarza una novela. Desfilan por la laberíntica casa de la viuda Corven convertida en orfanato, niñas y mujeres que han perdido la razón, su nombre, su pelo, su dignidad, su voluntad, su razón de ser, bajo la férrea dictadura de una esclava del Señor. Una teocracia regida por una monja, hija del pecado profanada, alienada y criminal. Comienza con una fuga y se retrotrae, desentrañando historias como Sephine, la mujer del hacedor de muñecas, desenreda y lava la trenza verde de la amada de Dios -un dios caprichoso y aburrido a quien nada le gustaba más que descubrir las miserias de sus criaturas. Nos regala historias por devenir, porque Galia y Tábata, Moira y la propia casa, nos piden más líneas, al igual que otras criaturas desamparadas -o no tanto, como el Doctor Rubin-. Sin embargo esta es la novela de Mina y de Pola, de Priscia y de Dios -o el poder patriarcal-. A cada niña que llega se le corta el pelo al cero, se le pone un saco gris y se la nombra por aquello a lo que debe aspirar. La hija de la bruja será Obediencia frente a su independencia, Pola será Modestia para ocultar su perfección y belleza, otra será Verdad, otra Prudencia, Esperanza, Perfección y es la voz que las nombra la de la envidia de las madres negras, la de la ley, la de Priscia -con su glacial soledad y violencia-, la mano de Dios en la tortuosa mansión construida en base a los deseos de una mente desquiciada y aterrada, perseguida por los fantasmas de los soldados muertos. 

     Esta novela gótica está atravesada por unos cuantos relatos de infancias desoladas, si no ajenos al contexto de la casa –La casa estaba enferma. Y además era malvada-, sí fuera de la trama que rige la narración, si bien la apuntalan y sirven para disfrutar de la elegante prosa de su autora. Aquí el mal no procede de un ser monstruoso escapado del Averno, sino de un dios egoísta, resentido y eterno, envidioso de los mortales que pueden descansar en la muerte, ávido de sumisión y de placer, un omnipresente dictador que, como todo dictador, realmente no puede ser omnipresente ni vencer siempre. Es un gustazo pasear por las páginas de esta novela donde el uso que Esteban Erlés hace de la elipsis refuerza la atmósfera de misterio, pero también de soledad de cada uno de los personajes, salvedad hecha de Dios, que como buen prócer, sí sabe lo que busca. Las madres negras fue premio Dos Passos a la primera novela de un autor o autora. Patricia Esteban Erlés ya era conocida como buena creadora de relatos breves y su salto ha sido firme. Léanla, no la soltarán hasta llegado el final -por algo está dedicada a Shirley Jackson-.

Con la misma moneda de Verity Bargate

 

En puridad, el título de la novela debería de traducirse como Toma y daca ya que esta expresión corresponde exactamente al original Tit for tat, yendo en ambas implícito el hecho de que se trata de un intercambio de golpes. Ahora bien, la expresión inglesa, como acertadamente se indica antes de comenzar el libro, juega también con el sentido de tit, vulgarmente, teta. Tanto los golpes como la anatomía femenina desempeñan un papel fundamental en la novela que es una sucesión de reveses -… por tu bien. Porque te quiero…-, un continuo toma y daca que comenzó con la madre de la protagonista y culmina con Sadie (sad: triste; sadist: sádica). Casi una novela de (de)formación.

     Sadie es una mujer que ha crecido sin afecto, ni referentes y sale al mundo con 19 años tras la muerte de su madre casi siempre ausente, Eva, la madre original. Su relato del cuerpo hasta ese momento lo refleja como un lastre -monjas que te hacen vestirte desvistiéndote vestida, una madre distante que considera que ser mujer ya es lo suficientemente repugnante por sí solo, la regla como un castigo por la propia condición femenina…-. Ha de construirse y de reconstruir la visión del amor que arrastra desde la breve y mala convivencia que tuvo con Eva y su padrastro, significativamente llamado Jock, y ha de hacerlo rápido, casi tan rápido como Verity tuvo que escribir y reescribir, por petición del editor, esta corrosiva e incómoda novela, en la que la verdad y la mentira parecen callejones sin salida de la convivencia, donde el equilibrio emocional a través del castigo o la venganza acaba encerrando a las tres protagonistas en una trinidad acorralada, donde el miedo cambia de bando frente a una realidad que en ocasiones está más próxima a la mentira, donde la enfermedad parece la consecuencia lógica, la sororidad el único bálsamo y la falta de comunicación el punto de partida. La carga de profundidad que arrastra en cada página se desarrolla con ligereza, pero es intensa, lacerante.

      Fue su última obra -escribió tres y murió al mes de la publicación de esta-. Es rápida, precisa, descriptiva, por momentos, en sus detalles de convivencia, parece teatro. Se retrotrae lo justo hacia el pasado, como si las cosas importantes se pudieran aprehender sin florituras y así es. Los símbolos recorren estancias y vivencias –vírgenes con niño, las dos sufridas Chris, la amazona-, pero también hay lugar para hospitales, doctores y pacientes, para la Iglesia y su curia, para el sentido del humor -ácido, sin duda, e inteligente- y para el amor, eso sí, como pretexto que no siempre vale.

      Otra estupenda y tremenda novela de Verity Bargate: parece mentira que Verity sea su nombre real, pues no podría ser más apropiado para la autora de esta descarnada obra, tan al límite como su No, mamá, no. Ya solo falta una por traducir. Esperémosla.

El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura

El hombre que amaba a los perros es una novela perfectamente planificada y construida. La primera parte abre camino a tres líneas argumentales cuyo final conocemos desde el principio. El primer capítulo arranca en un cementerio y el narrador, Iván, se dirige a nosotros, lectores y lectoras, para contarnos una historia que no es la de su vida, aunque, de alguna manera, sí que lo es, y es, además, una historia que le ha marcado, tanto por lo que implica y plantea, como por el hecho de no haberse atrevido a contarla. En el segundo capítulo Liev Davidovich, Trotski, entra significativamente en escena cuestionándose el derecho de la Revolución a trastocar un orden ancestral como el de las piedras sagradas, para, a continuación, recibir la orden de Stalin de abandonar la Unión Soviética en veinticuatro horas, no satisfecho el Sepulturero, como el propio Trotski lo bautizó, con haberlo enviado a Alma Atá, en las lindes del imperio, mirando a China. En el tercer capítulo, Ramón Mercader, estando en el frente de Guadarrama, recibe la visita de su madre, Caridad del Río, con una propuesta que marcará su vida. Partiendo de tres momentos diferentes en el tiempo, Padura nos conduce hacia los puntos de confluencia, con efectividad, despertando la intriga: los quince primeros capítulos que conforman la primera parte, dejan a los tres protagonistas en suspenso en tres momentos alejados y cruciales de sus biografías. Iván busca información, Trotski emprende camino a México y Ramón Mercader ha abandonado definitivamente su identidad y es un número, el 13, susceptible de asumir cualquier personalidad y dispuesto a cualquier cosa por el triunfo y mantenimiento de la revolución proletaria soviética. En la segunda parte, todo camina hacia el encuentro entre victimario y víctima, mientras que Iván, aparentemente, parece ocupar un segundo plano, que recuperará en uno los dos últimos apartes que conforman el final bajo el elocuente título de Apocalipsis. La novela recorre un periodo histórico convulso y fundamental para el devenir de nuestra realidad -cubana, española, soviética, europea, mundial- y plantea claramente un debate sobre los movimientos de izquierdas desde entonces hasta ahora. Tanto Mercader como Trotski, así como las mujeres que con ellos se relacionan, viven la política y se sacrifican en sus aras, no así Iván y su compañera, contemporáneos y herederos de un devenir histórico de duras consecuencias en la isla caribeña. Los intereses de Stalin triunfaron en las filas del legítimo ejército español y se esparcieron por el Este de Europa, la idea de la revolución permanente así como la de un socialismo internacional de Trotski se difuminaron en el mapa ideológico comunista y las directrices estalinistas posicionaron a la Unión Soviética en una alianza temporal con Hitler difícil de entender para quienes no se subían al carro con anteojeras de la única revolución obrera triunfante. Padura hace un relato exhaustivo del exilio itinerante de Trotski, recapitulando hechos especialmente dolorosos para el ucraniano y judío -las muertes de sus hijas, hijos, amistades, compañeros, los procesos de Moscú, el abandono de los republicanos españoles a su suerte atroz- y le hace hablar largo y tendido, si bien, en ocasiones, más parece Padura que Leon Davidovich, mas así perfila claramente dos posiciones encontradas que pudieron conducir, como de hecho así fue, a borrar su figura del mapa y perfilar el presente -en el caso de Iván, por partida doble-. Sin embargo, como ya se puede deducir del título, estando el conflicto desmenuzado y servido, la mirada sobre ambos busca su humanidad y para ello, no se sirve únicamente de los perros, que dan un carácter sensible a los tres, puesto que los tres aman a los perros, se sirve, especialmente de otros sentimientos más universales y comunes, como son el miedo y la compasión que, por momentos, antes y después del homicidio, aproximan a los tres. Al lado, humanizándolos también, ellas, la edípica madre Caridad -y su joven espejo, África-, la compañera fiel, Natalia Sedova y Ana, otro cadáver silencioso y póstumo de esta historia y de la Historia.

     Una buena novela, para leer y para polemizar.