El proceso de Franz Kafka

Escribía Kafka a Felice: La verdad interna de un relato no se deja determinar nunca, sino que debe ser aceptada o negada una y otra vez, por cada uno de los lectores u oyentes -y dice oyentes porque le gustaba leer en voz alta sus escritos a los demás-. Nada mejor concebido con respecto a sus obras, piezas maestras de la amplitud de significados, manantial de interpretaciones y fuente de inagotable literatura.

Felice Bauer, la que fuera prometida oficial de Kafka contando con el beneplácito del padre del escritor, cinco años antes de morir y cuarenta y ocho después de la muerte de Kafka, vendió las cartas a ella escritas por el autor checo. Se conocieron en 1912 en casa de Max Brod -a quien tanto debemos por salvar la obra a él encomendada para su quema por Kafka- y, dos días después de dirigirle Kafka su primera misiva, escribió de un tirón y en una noche La condena. Esta, junto a La transformación y El fogonero -que, posteriormente pasaría a ser el primer capítulo de la novela El desaparecido, también conocida como América-, Kafka quería que su editor las publicase bajo el significativo y unificador título de Los hijos -sobre estas tres y su progresión también habría otro tanto que comentar, como con toda la obra de Kafka, individualmente, en conjunto o en la relación de unas con otras-. 1912 constituye el primer periodo de gran producción kafkiano. Al año siguiente, a medida que su relación con Felice iba avanzando, su obra se estancaba. El 3 de julio de 1913, fecha en la que cumple 30 años, con vistas a su posible compromiso, le comunica a Felice que, a instancias de sus padres, no satisfechos con haberla investigado a ella, ha autorizado solicitar informes también acerca de su familia. Algo impropio de lo que posteriormente se retracta. A Joseph K, el día de su 30 cumpleaños, lo detienen dos agentes a la vista de subalternos de su trabajo, vecinos que van aumentando de número y que observan desde las ventanas, los interrogatorios se llevan adelante en el cuarto de una señorita, Fraülein Burstner -burstner: follar-, en medio de los artículos personales de esta muchacha y de una camisa blanca colgada de una percha. En la pedida oficial de la mano de Felice se reúnen ambas familias y algunos amigos y amigas -Grete Bloch, ambigua mediadora y confidente de ambos novios-. A la luz de la exhaustiva obra de Elias Canetti El otro proceso a Kafka, he aquí el germen de El proceso. Tanto Kafka en su pedida, por lo que se lee en sus diarios y cartas, como K en su detención no se sienten aludidos y sí ajenos. Kafka y Felice rompen el 12 de julio de 1914, unos días después de cumplir Kafka 31 años, en una ceremonia a la que Kafka denominará desde entonces “el tribunal” -según algunos traductores, según otros, “el juicio”- en la que guarda silencio y acepta la humillación. Joseph K se encamina al final de su proceso el día de su 31 cumpleaños y se siente como un perro al que la vergüenza debiera sobrevivirlo. Sobre que parte del germen de El proceso esté ahí, caben pocas dudas, ahora bien, sobre que El proceso es mucho más, tampoco.

     Kafka en este tiempo se había reconocido en el concepto de la angustia Kierkegaard, en agosto de 1914 apenas hace un mes que la Primera Guerra Mundial ha irrumpido en su vida y en la de todos, como consecuencia por fin ha abandonado su habitación en la casa paterna -más por imperativo familiar que por decisión propia-, en su estrenada soledad comienza a describir los sueños de su vida interior y en ese mismo mes de agosto empieza a escribir la novela que nos ocupa. Como en La transformación, todo arranca en su cuarto, en el de Josef K, solo que aquí es la realidad bajo la forma de dos guardias la que invade su habitación de una forma absurda y lo hace para detenerlo, si bien Nuestras autoridades no buscan la culpa entre la población sino que, como dice la ley, es la culpa la que las atrae. Él come una manzana que le resulta deliciosa, probablemente la última comida que disfrute, manzana muy lejana, pero igualmente simbólica, a la que cae sobre Gregorio Samsa. Y como Samsa, él también tiene que ir a trabajar, su trabajo es muy importante, trabaja en la Banca. Hay una breve descripción de su vida cotidiana hasta el momento y el encuentro con dos mujeres de muy diferente signo. Las mujeres en la obra de Kafka: o lo distraen de sus causas y son de moral cuestionable o, como su casera, resultan irritantes y no entienden nada, aunque sean eficientes. A partir de ahí, tiene lugar realmente el proceso. El tribunal, cuyas dimensiones físicas no lo contienen, lo conforman cubículos, ropa tendida, humedad, aire viciado, sombras y ardores que envuelven recurrentemente a K cada vez que lo busca o, sencillamente, lo encuentra. La culpa que lo persigue y crece sin saber cuál es mientras la va asumiendo. Flageladores, ujieres, mujeres provocativamente serviciales, abogados que nunca redactan la primera solicitud, jueces vanidosos, retratistas mayestáticos que pintan a la Justicia y a diosa de la Victoria fundidas –No es una buena combinación, la Justicia tiene que reposar; si no se moverá la balanza…-, acusados serviles o arteros… Un tribunal compuesto por la mayoría que culmina en el capítulo penúltimo En la catedral. Este contiene el relato Ante la ley -publicado y leído aparte por Kafka-. La riqueza de esta obra es incontenible y, aquí, se engrandece porque, como dice el sacerdote -no podía faltar-, La exacta comprensión de una cosa y su mala interpretación no se excluyen. ¿Entiende K el proceso? ¿Cuántas interpretaciones hay? Habla de la Ley, de las costumbres establecidas, de la pena –para el sospechoso el movimiento es mejor que el reposo, porque quien reposa, sin saberlo, puede estar en una balanza y ser pesado con sus pecados-, del engaño, de la necesidad del engaño, de la libertad –con frecuencia es mejor estar encadenado que libre-, de las propias elecciones, de Felice, del Talmud –Ante la ley no deja de ser una parábola y el capítulo, quizá incluso el libro, su exégesis-, de las funciones que se reparten en esta sociedad, de la pulsión de muerte, de la culpa como motor. Habla incluso del lector y lo que está leyendo. Y aquí, en la catedral, tras hablar con el sacerdote, ya no hay penumbra, sino total oscuridad. Aún queda un capítulo. Y otros descartados -a fin de cuentas Kafka la dejó, si no inconclusa, sí sin ordenar y  los fragmentos que restan, los estudiosos y Max Brod, los dejaron de lado, aunque figuren en esta estupenda edición de Galaxia Gutenberg-.

     Quedan muchas cosas en el tintero. Cada capítulo es embrión de numerosas reflexiones. Las consideraciones de su abogado -no hay que olvidar que Kafka estudió Derecho y pensaba que: En esos años me alimentaba intelectualmente de auténtico serrín que, además, miles de mandíbulas habían masticado previamente. Además, trabajaba en seguros -muy a su pesar, ciertamente, mas con el objetivo de ganarse la vida y tener tiempo para escribir, tiempo que un matrimonio le robaría- y era tremendamente concienzudo en su trabajo. Asimismo leía a Freud y más que una interpretación de los sueños, hace una transposición de la realidad a una sinrazón, no tanto trágica, que sí -el final es magnífico- como descabellada, pero substancialmente acertada. Levanta la estructura de una existencia cautiva, sustentada por la culpa y la humillación. Léanla. Y si ya lo hicieron, reléanla. Es una fuente inagotable.

Anuncios

La metamorfosis de Franz Kafka

Vaya por delante que no sé alemán. La metamorfosis o La transformación. Ya el título provoca traducciones dispares, qué no será de la interpretación de la obra. Por un lado hay quienes defienden metamorfosis, entre otras cosas, porque el término elegido por Kafka fue Verwandlung y con tal término se habían traducido Las metamorfosis de Ovidio hasta el siglo XIX, además Goethe lo empleaba en sus textos literarios, mientras que, en los científicos, utilizaba Metamorphosen. Enlazando con Ovidio se apoyan quienes subscriben La transformación, porque -entiendo que a partir del XIX- sus Metamorfosis se tradujeron como Die Metamorphosen y el lenguaje de Kafka, siendo, como era, efectivo, austero, consuetudinario, eligió, no obstante, Die Verwandlung, mucho más próximo al común de los mortales y sobre todo en Praga donde convivían el checo y un idioma alemán alejado de Alemania y por lo tanto, menos actualizado y, a excepción de Kafka, más rimbombante en los autores de esta lengua, por eso de marcar la diferencia y la preeminencia. Además, según comienza la obra, en las primeras líneas, Gregorio Samsa se transforma –verwandelt-, no se metamorfosea.

     Cinco años antes de escribir La metamorfosis, en Preparativos de boda en el campo -obra que escribió antes de empezar a trabajar-, Kafka concibe un sujeto escindido que envía su cuerpo vestido fuera, a hacer vida social o a tropezarse, a caerse, mientras su yo permanece en cama con la forma de un gran escarabajo, simulando un sueño invernal y apretando sus patitas contra su cuerpo abultado… En 1912 este insecto tiene un nombre, Gregorio Samsa, una familia, un trabajo, un jefe, una amante… y queda encerrado en su cuarto: El solitario punto central del círculo solitario, frase de Kleist, autor de referencia para Kafka.

     El acercarme a esta obra que absorbí con estupor en mi adolescencia no ha sido otro que la diferente opinión sobre su relectura de un par de contertulios adictos a la lectura. Para mí fue la primera novela -devorada a hurtadillas durante las supuestas horas de estudio en el colegio- que me abrió un mundo literario diferente y me condujo a Sartre, Camus y, cómo no, Beckett. Y su segunda lectura ha sido, si cabe -no podría asegurarlo ¿quién recuerda con certeza?- mejor, por lo menos tan absorbente, sin duda menos atolondrada. El ritmo, con su lenguaje preciso, casi desnudo, es -y me ha sorprendido: realmente solo me acordaba de que Gregorio Samsa se había convertido en una cucaracha-, el ritmo es trepidante y el humor, presente y no necesariamente negro (eso sí que no lo recordaba en absoluto ¡ah, la la adolescencia a tientas!).

     Samsa nos dice ser un viajante que trabaja muy a su pesar, pendiente siempre del reloj, sometido a la jerarquía laboral y a unas relaciones fugaces y, sobre todo y en primera instancia, a la familia que es donde comienza la cadena y la condena. El poder nace al mismo tiempo que el individuo y es en el hogar donde primero se siente el engranaje de su superestructura. En el arranque, ya por todos conocido, es la mente de Samsa que, sin cuestionar sus nuevas circunstancias -el hábito de aceptar y adecuarse es el motor cotidiano- intenta hacerse entender por los demás. Kafka nos describe con minuciosidad la casa -al punto de que Nabokov hiciera varios croquis sobre ella-, los objetos, el tiempo atmosférico -siempre oscuro, excepto al final, cuando ya no hay alimaña-. Apenas hace retrocesos en el tiempo, algunas alusiones al comienzo cuando Samsa nos pone al tanto del punto de partida con respecto a sus obligaciones, que eran su vida. Tres partes. I. El descubrimiento del hijo como un bicho raro, asqueroso, y la primera herida. II. La convivencia con el monstruo: una nueva rutina que va evolucionando. La figura finalmente emergente del padre que tanta presión ejerció sobre Samsa. La segunda herida -esta escena es magnífica, con las manzanas al vuelo y un fino, agridulce sentido del humor-. III. El abandono y con él, la sociedad que entra en la casa y el oprobio no se puede mantener. La manzana podrida ¡qué imagen! en la herida mortal. La progresión en los tres capítulos es trepidante, el desarrollo es perfecto, en el aparente absurdo existencial de la familia cada miembro ejerce su papel y, de vez en cuando, una pregunta parece cruzar sus mentes, pero ese animal repugnante, incomprensible e idiota, no encaja en la pequeña colectividad. La soledad de Samsa crece hasta el límite  a medida que su cuerpo se reduce y su espacio vital se llena de escollos.

      Imprescindible -para quienes lean literatura, claro-.

    La edición del 30 aniversario de Alianza es exquisita -no así la traducción, por cierto anónima, y esto se nota más si lees a Kafka en la excelente versión editada, y creo que agotada, de Galaxia Gutemberg-. Se complementa con La carta al padre, que alumbra muchos aspectos de La transformación, de la obra de Kafka y del propio Kafka -hay quienes dicen que solo es literatura, por eso la salvó Max Brod, el amigo encargado de quemar su obra-, continúa felizmente con un irónico relato de Nadine Gordimer Carta del padre y se cierra con un interesantísimo álbum ilustrado que sigue la vida y las obras de Franz Kafka.

La tía Mame de Patrick Dennis

Edward Everett Tanner II en doce de sus dieciseis novelas firmó con el pseudónimo de Patrick Dennis, en las otras cuatro lo hizo con el de Virginia Rowans (porque le obligó la editorial, en realidad él quería firmar con el nombre de su marca de tabaco favorito: Virginia Rounds). Su padre, avezado deportista y destacado piloto durante la I Guerra Mundial, le llamaba Pat, en honor al boxeador Pat Sweeney, intentando marcar un estilo del que su hijo se situaría muy lejos: a Edward sólo le interesaban la literatura, el teatro y el cine (no obstante sí participó en la II Guerra Mundial, pero mucho más apegado a la tierra, como conductor de ambulancias).

     La tía Mame vio la luz en 1955 tras ser rechazada por casi una veintena de editoriales y, una vez conseguida su publicación gracias a un neófito en Vanguard Press, la falta de confianza en la obra, redundó en la carencia de publicidad, por lo que nuestro ya Patrick Dennis y un amigo se dedicaron a promocionarla librería a librería, alcanzando cifras de venta récord durante dos años, 1955 y 1956. Su secuela no alcanzó tamaña proeza, pero nuestro autor pudo prescindir de su alimenticio trabajo y además se enriqueció. Y es que La tía Mame es un regalo para el humor.

     La hermana de su padre, que murió con 94 años, reivindicaba ser la inspiradora del personaje, pero, recorriendo la vida de nuestro ínclito personaje, es más que plausible que, como tantos autores, cogiera de ella, mas también de sí mismo: su biografía es una mina de ires y venires repletos de subidas y bajadas emocionales, económicas, geográficas, etcétera. Baste decir que, además de arruinarse, años antes de morir, trabajó de mayordomo -a su decir, con regocijo: I’m embarking on what is probably the best career that I will ever have– para el fundador de MacDonald’s.

     Un niño de 10 años, Patrick Dennis, queda huérfano y va a parar a manos de su Tía Mame, de quien su propio padre, no muy apegado a la criatura dice que … era una mujer peculiar y que quedar en sus manos era un destino que no le desearía ni a un perro… A partir de ahí, durante los diez capítulos restantes -el primero nos describe su llegada a la sofisticada leonera de Mame- asistimos a una serie de historias conectadas, que siguen una línea temporal, y corresponden a las distintas aventuras de la estrafalaria, genuina, instruida y libérrima protagonista. Patrick es rico por herencia y su padre, a pesar de dejarle con su hermana, puso a buen recaudo su fortuna y su plan educativo con un dickensiano fideicomisario. La tía, bueno, la tía, en principio también es acaudalada, pero el crack del 29 -tras unos felicísimos años veinte- le pasa factura -a la familia Tanner también se la pasó- y con ello comienzan sus primeras vicisitudes. Aventuras y desventuras de tía y sobrino que finalizan siete años después de la Segunda Guerra Mundial.

     Un humor chispeante, ocurrente y desihibido. Un personaje intenso, apasionado y, también, desesperante, que fue recogido por el cine y el teatro durante largas temporadas -La tía Mame fue representada por Rosalind Russell en el cine y el teatro, donde fue sustituida, sucesivamente por Greer Garson, Beatrice Lillie, Constance Bennett, Sylvia Sidney y Eve Arden- con una coreografía a su servicio, como debe ser para que brille. No se me ocurre mejor libro para desengrasar. Yo quedé tan ligera que me dispongo a revisitar a Kafka. Y no es broma.

Un debut en la vida de Anita Brookner

Anita Brookner, fallecida en 2016 con casi 88 años, fue una historiadora de arte británica, algunos de cuyos libros, The genius of the future y Romanticism and its descontents, siguen disfrutando de un amplio público lector. Comenzó tarde a escribir novela, con 53, y esta fue su primera obra publicada, sobre la que niega que sea biográfica, no obstante existen abundantes concomitancias, por ejemplo, el hecho de que su padre fuera temporalmente también librero -como George, el padre de la protagonista-, que fuera de origen judíopolaco, que su madre fuera, si no actriz, como Helen, la madre en la novela, sí cantante, etc. Además, ella, como estudiosa, no desperdiciaba ningún dato sobre los autores que trataba. Brookner es la variante de Bruckner, apellido de origen, y con él se inscribieron en el Reino Unido para borrar las huellas alemanas ante la creciente animadversión inglesa hacia este país durante la Primera Guerra Mundial.

     La protagonista, Ruth Weiss, será una estudiosa de Balzac y de Balzac toma Brookner el título Un début dans la vie, obra que también tendrá su momento a lo largo de la novela. Arranca así: A sus cuarenta años, la doctora Weiss comprendió que la literatura le había destrozado la vida. ¿Se puede responder a esta cuestión brevemente? Sí, y con presteza: … su padre y su madre se aliaron para exigirle que considerase la trayectoria de Anna Karenina y Emma Bovary pero emulara la de David Copperfield y la Pequeña Dorrit. Pero también se puede explayar, concisamente, durante doscientas páginas. Así se desarrolla la obra, entre contrarios, propios y ajenos. Y evolucionando literariamente: de Los Grimm y Andersen pasa a Dickens, luego Hugo, de Vigny, Balzac. Dickens … le reveló el universo moral. Porque seguramente triunfaría la verdad, y la paciencia se vería recompensada. ¿Por qué no habría conocido antes a Balzac?

     Una narración precisa y llena de significados. Guardaba de sí misma el recuerdo de una niña pálida y pulcra, con tanto pelo que le dolía la cabeza. Una niña pelirroja y silenciosa que, al morir la abuela -única persona asentada en la prosaica realidad-, se acercó el libro a la mejilla a modo de consuelo, una jovencita que queda en compañía -que no en sus manos- de unos padres egoístas y moliciosos, infelices y dependientes, poco o nada habituados a trabajar. Un vivo ejemplo de lo que Balzac enseña: la suprema eficacia de la mala conducta. Emoción, contención y literatura se van enredando a lo largo de la vida que Ruth hace. A excepción de dos conatos que la alejan por poco tiempo del hogar, -presentado el primero con Le début dans la vie de Balzac y acompasado por la Fedra de Racine, y el segundo por la siempre presente Eugénie Grandet-, la historia de Ruth está condicionada por la de sus progenitores y por el bastión defensivo que ha levantado en las bibliotecas: sus horas allí eran para ella lo más parecido a un sentimiento de pertenencia que había tenido nunca. Un personaje solitario y generoso, quizá por miedo, por necesidad. Una mujer predestinada a la rutina o que hace una elección. No parece una vida intensa, si embargo la novela lo es. Un placer leerla, releerla. Una prosa inteligente, con sentido del humor, llena de alusiones y un incierta poesía del desastre inevitable. O la rutina. Cálida y fría. Culta y asequible. Un regalo. Y el prólogo de Barnes, también.

Dr Anita Brookner, winner of Britain’s Booker McConnell fiction prize for Hotel du Lac.

Petersburgo de Andréi Biely

Andrei Biely es el seudónimo de Borís Nikoláyevich Bugáiev, dizque por no perjudicar la reputación de su padre, matemático insigne, aunque no puede ser puro azar que eligiera el apellido Biely, blanco, siendo los simbolistas tan amigos de jugar con los colores y estando el rojo avanzando, como avanza en la propia novela, por las calles y el destino de Rusia. Petersburgo fue rechazada en 1912, posteriormente fue publicada por entregas, vio la luz completa en 1916 y, posteriormente, fue modificada varias veces por su autor, siendo su última versión publicada en Berlín en 1922 y en Rusia en 1928.

     Petersburgo ciudad nació como San Petersburgo en 1703 y en 1914, fecha con la que concluye la novela Petersburgo, pasa a llamarse Petrogrado. Ironías del destino, de la historia o quizá solo un símbolo a los que tan afecto era Biely, a la muerte de Lenin, pasa a llamarse Leningrado en honor a quien trasladó la capitalidad que Peter, como la llaman coloquialmente en Rusia, ostentaba desde su construcción, a Moscú. Esta ciudad nacida del deseo de europeización y de dar una salida al Báltico a Rusia es telón de fondo y protagonista de la novela, si bien no fue Biely quien eligió el nombre, sino que le vino impuesto. Su formación y conformación, el viento que recorre sus avenidas al son de los aires revolucionarios que avanzan desde la frustrada revolución de 1905 hasta la del 17, el paisaje que inunda sus calles donde bombines, chisteras y tricornios conviven o se ven, por momentos, sustituidos por gorros manchúes, las sombras que emergen de las islas desde el verde del mar Bático al rojo de las banderas que ocupan la perspectiva Nevski, el azul de sus cielos cíclicamente invadidos por la niebla, el amarillo del peligro procedente del Este donde Rusia acababa de perder Port Arthur, sus colores y formas significan, aluden, representan, encauzan circunstancias históricas pasadas y por venir -no en vano es el simbolismo la corriente por la que fluye el autor-. Petersburgo es el lugar de encuentro entre las sombras del pasado -Pedro I, El jinete de bronce, a lomos de su caballo sobre la enorme piedra que los sacrificados trabajadores hubieron de trasladar al lugar adecuado-, las sombras del presente -los obreros que sobreviven en las islas donde el Holandés [errante] encendió las infernales lucecitas de unas cuantas tabernas, a las que el pueblo eslavo acudiría en tropel, el putrefacto contagio…- y las sombras del futuro -los japoneses, las huelgas, la revolución…- . No obstante, nada más lejos de este festín literario que ser reivindicativo, si bien Biely anduvo yendo y viniendo de su tierra al extranjero para acabar finalmente sus días en la Unión Soviética: no hay más que echar una ojeada a la opinión de Trotsky en su Literatura y revolución donde, sin lugar a dudas lo incluye, con cierta gracia -no le faltaba a él tampoco el sentido del humor-, entre los individualistas, los místicos y demás epilépticos. Parece que no estaban, en su opinión y, dado el resultado, la de muchos y muchas más, los tiempos para florituras. Afortunadamente, el siempre juguetón Nabokov la revivificó para la literatura no eslava al incluirla entre las cuatro mejores novelas del siglo XX y Vila Matas la recuperó para estos tiempos hace ya unos cuantos años, en un estupendo artículo sobre ella -supongo que cuando se estaba cociendo la edición de Akal que fue la que compré en su momento, casi nerviosa porque no la encontraba por ningún sitio-.

     Y es que Biely hace lo que le da la gana. Como Nabokov, como Faulkner, como Morante, como tantas y tantos, fue primero poeta y eso se nota en el ritmo vertiginoso que, en ocasiones, imprime a una trama que, en principio, no es nada del otro mundo -lo cual no es raro-, manejando repeticiones que podrían figurar el sonido del agua, el rumor del descontento, la resistencia al cambio, sinécdoques y metonimias que dibujan de un trazo un conjunto, alusiones, metáforas, personificaciones, apóstrofes (muchas de ellas al lector) … Sin ser una novela en absoluto psicológica, parte del conflicto reposa -bueno, aquí nada reposa, la niebla va y viene, las estatuas de piedra corren, las latas de sardinas son resortes fatales…-, reposa sobre la relación padre-hijo, la necesidad de matar al padre y de romper con…, bueno, eso no queda muy claro. Padre e hijo son presentados por su nombre desde el principio, al resto hemos de seguirlos por partes: el hombre del bigotito, el de la verruga, el que no para de sonarse…, hasta que son identificados por un nombre (cuando no tienen varios como el agente doble o triple que maneja hilos entre tinieblas y cuya función, de tenerla, es la de vértice donde revolucionarios y conservadores se encuentran). El aspecto físico es caricaturizado y qué decir del carácter. Uno es la frialdad personificada, adora la línea recta, a continuación es el cuadrado lo que le proporciona sosiego, su posición al sentarse le hace merecedor del calificativo de El egipcio, sus orejas son lo más representativo y trabaja en el Organismo -cualquiera vale-, otro se inclina por lo redondo hasta el punto de verse estallar, oscila entre apolíneo y batracio, muy miope… Frente al hijo, Nikolai, se sitúa su cómplice Alexander, verdugo y víctima desquiciada y febril del partido, para acabar ambos siendo marionetas de un malvado horriblemente feo, pergeñador del infausto destino de ambos. La riqueza y profusión lingüística es evidente e, indudablemente, algo se pierde con la traducción, pero las notas del traductor ayudan a descifrar el sentido de juegos de palabras y otras puntadas finas. Los personajes femeninos son simples, dependientes, pero los masculinos no salen bien parados, resultando, en conjunto, bastante ignominiosos todos. Dobles papadas -no hay papada que se resista a su descripción-, cárdenas e prominentes narices, orejas extensas…, el esperpento ruso, prematuro Joyce, pero también del Oulipo. Hay pasajes hermosos (la voz de la infancia a través de las grullas que vuelan sobre la ciudad, pero nadie escucha), hilarantes, prolepsis, analepsis, repetición de escenas desde distintos puntos de vista (la pareja Sergei-Sophía y sus encuentros y desencuentros), divagaciones antroposóficoliterarioreligiosas o vete tú a saber -quizá, a mi modo de ver, las más engorrosas, aunque suele acabar salvándolas con efectos de lo más salerosos: se estaba tomando demasiado en serio-. En fin una obra que puede resultar aborrecible (no solo Trotsky, también Brodsky la denostaba) o una juerga. Literatura sobre la obra rueda mucho por la web y, por la propia novela, asoma, ostentosamente, Pushkin con su Jinete de bronce y La Dama de picas, pero también Dostoyevski -necesariamente ya que se trata de la ciudad de la que se trata- su Doble y otros atormentados, Gogol -narices y capotes exponiéndose- y seguro que otros -dudo que otras- que me he perdido o ignoro. Y más cosas, muchas más: Apolo, Saturno, Mercurio, Kant… Y alrededor de esta ciudad y de este artificioso constructo, el río Neva, las tenebrosas islas y la Perspectiva Nevski.

     No para todos los paladares lectores, pero un jolgorio para quienes la sepan degustar.

 

La Historia de Elsa Morante

A comienzos de los setenta, a la pregunta de un amigo acerca de lo que estaba escribiendo -algo sobre lo que no le gustaba hablar-, Elsa Morante respondió: Escribo un libro para analfabetos, La Historia lleva como epígrafe una cita de César Vallejo que reza: Por el analfabeto a quien escribo, y, además, consiguió que la primera edición fuese en rústica y, por lo tanto, económica, llegando al mayor número de lectores. Posteriormente, en una tirada limitada, añadió: Ergo, debo advertirles que este libro, antes de una obra poética, debe ser una acusación y una oración.

     Cuando Morante publica esta novela, en 1974, ya tiene tiene 62 años. Doce años antes había muerto su compañero, amigo, amante o lo quiera que fuese, Bill Morrow, mientras ella estaba escribiendo Sin el consuelo de la religión y, con su muerte, cesó temporalmente su actividad literaria. Durante un tiempo se dedicó a ir de un sitio a otro: Viajo sin rumbo, de isla en isla, sin un plan concreto… En la suspendida obra, entre sus apuntes, figuran la existencia de dos hermanos opuestos -como Nino y Useppe, uno rubio y el otro moreno, uno tímido y otro temerario…-, y la religión y la poesía como necesidades básicas de la persona. Todo ello es incorporado, años después, a la narración de esta ambiciosa novela que, capítulo a capítulo, va levantando cadáveres que el continuo peso de la Historia – que no es sino una historia de fascismos más o menos larvados– va enterrando.

    Morante abre esta novela con una cronología que resume los acontecimientos que tuvieron lugar desde el año 1900 hasta el 1941. La Historia, los hechos que determinaron el futuro de las naciones, establece, desde el primer momento, el macrocontexto en el de se va a desarrollar la novela y, para que nadie olvide cuáles son las circunstancias que arrastrarán a los personajes, a cada uno de los siete capítulos que desgranan el relato, 1941, 1942… 1947, antecede un resumen de las circunstancias nacionales e internacionales que determinaron la vida de las personas durante la Segunda Guerra Mundial y algo más. Como colofón La Historia finaliza con otra cronología que no llega, significativamente, a 1968, pero queda rubricada por una escéptica cita de Gramsci: Todas las semillas han fallado exceptuando una, que no sé qué será, aunque probablemente sea una flor y no una mala hierba. Tal vez haya quien la encuentre esperanzadora.

     La voz del relato, omnisciente, deja entrever su conocimiento directo de algunos de los protagonistas, pero permanece ajena, recogiendo realidades, sueños, deseos, sensaciones… para desembocar en un final que fue el origen de la novela: una noticia de la sección de sucesos del periódico. Como en La isla de Arturo y en Mentira y sortilegio, intercala poemas y canciones aparentemente anónimas, pero tomadas de las cartas de la prisión de Gramsci, sin embargo, aquí, los derroteros de la imaginación no funcionan igual. En La Historia, son los sueños de los protagonistas -cuando no sus pesadillas-, las fugas de lo real, las que asisten a las víctimas, incluyendo entre estas huidas, ataques epilépticos, alucinaciones febriles o impensables realidades como el vagón apartado, henchido de mujeres y hombres judíos al que quiere incorporarse, como sea, una madre de familia que se ha quedado sola. Para Elsa Morante, las desconexiones de la realidad son perfectas vías de comunicación y de entendimiento, tan palpables y auténticas como la prosaica y moldeable existencia objetiva..

     Todo comienza con un soldado alemán perdido por la ciudad de Roma, los orígenes de Ida, de Nino, los de Useppe -fruto de una relación que tanto de tiene de violación como de inmaculada concepción- y los de sus perros. Como siempre los animales tienen papel y entendimiento en las obras de Morante. Van malviviendo y perdiendo lo poco que tienen al tiempo que el barrio judío se vacía y Hitler se hace con las riendas en el Norte de Italia. Los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial condicionan la vida de la gente corriente, tanto si se entera de lo que pasa, como si no. Con estos personajes se cruzan muchos desheredados, entre ellos Carlo Vivaldi, estudiante anarquista huido de los nazis que se convierte en el partisano Piotr y sobre el que, en línea inversa al devenir de la familia de Ida, vamos descubriendo su pasado a medida que la narración progresa, resultando ser otro, Davide. El manejo del tiempo es brillante, en el se inscriben los sueños y alucinaciones tan reales o más que los hechos, sus intencionadas prolepsis resuelven hilos que no se van a seguir o anticipan hechos que serán vividos más adelante, su forma de narrar mezcla de ensueño -Ida y Useppe son la luz y la inocencia, la epilepsia un paso hacia la muerte, pero también hacia el descanso, la paz-, panfleto contra el poder -Davide lo huye, se siente arrebatado por él, los desprecia, lo teme… No nos dejes caer en la tentación significa: ¡ayúdanos a eliminar el fascista que llevamos dentro! -, cuadro neorrealista, duro, de personajes que se pierden en las calles de guerra y de posguerra – Giuseppe Segundo, la señora Di Segni, Mariulina, Sandina y su chulo, Scimo…-, todos tocados por el dolor, la pérdida y algunos, como Nino, en plena adolescencia cuando el conflicto avanza, títeres peligrosos que aprenden en plena selva (lo mismo la selva es menos nociva). Su prosa es rica -menos mal que escribía para analfabetos, probablemente se refería a aquellos que no saben u olvidan o no quieren recordar la Historia-, sabe jugar con el lenguaje y con los dobles sentidos, sigue siendo traviesa en su forma de narrar, pero más sobria, ella -tan amante de la infancia-, sigue contándonos un cuento ...Pero invariablemente el cuento avanzaba y terminaba siempre de la misma manera.

     Fue una obra reconocida y vilipendiada en su tiempo. Parece que Useppe tiene mucho de su amado Bill (la frescura, los ojos, la epilepsia…). Hay quien dice que Davide, que hacia el final padece una catarsis política, religiosa y lírica, es portavoz de las ideas de Elsa Morante. Ella tenía un particular sentimiento hacia la religión, considerándola necesaria como forma de reconocer y comprender al prójimo, pero sublimándola con un sentido poético. Esto la llevó a Simone Weill con cuya cita abandono la reseña de este magnífico libro de inolvidable lectura y profuso contenido: El verdadero objeto de la guerra es el alma misma de los combatientes.

Las horas subterráneas de Delphine de Vigan

les heures souterraines

No hay mejor sitio para leer este libro que el metro en hora punta durante un trayecto largo y a ser posible, sedente. Guiados por la narradora, asistimos, durante la madrugada del día 20 de mayo, al confuso despertar de Matilde, en el que lo racional y lo irracional se confunden y parecen ligados, como en su reciente pasado. A la misma hora, las cuatro de la madrugada, Thibault comprende que no tiene sentido continuar con alguien que no lo ama. Ambos abren los ojos a un día que les va a resultar insoportable, pero de muy distinta forma.

      Desde el principio vemos que la vida privada de Thibault, médico a domicilio, invade su espacio laboral que no es otro que el coche y, salteadamente, durante 13 capítulos, lo seguimos en su recorrer los barrios de la ciudad, de atasco en atasco, buscando aparcamiento, atendiendo pacientes de los que, en general, ha aprendido a distanciarse, si bien, no todos los días son iguales y, este 20 de mayo, todo le afecta de otra manera. Él es el contrapunto de Matilda, siempre moviéndose, tomando decisiones, “autónomo” en su trabajo. Por el contrario, la vida laboral es la que ha ocupado el espacio personal y familiar de Matilda. Ella viaja en metro, un largo camino hasta su puesto de trabajo, un puesto que le permitió recomponerse diez años atrás cuando vio truncado su proyecto de futuro. La seguimos por las vías subterráneas, en esas horas de encierro e incomunicación que día tras día avanzan en las ciudades: Sous terre, on trouve deux catégories de voyageurs. Les premiers suivent leur ligne comme si elle était tendue au-dessus du vide, leur trajectoire obéit à des règles précises auxquelles ils ne dérogent jamais. […] On les reconnaît à la vitesse de leur pas, leur façon d’aborder les tournants, et leur regard que rien ne peut accrocher. Les autres traînent, s’arrêtent, se laissant porter, prennent la tangente sans préavis. L’incohérence de leur trajectoire menace l’ensemble. Ils interrompent le flot, déséquilibrent la masse… Y Matilda está agotada, se cuestiona a sí misma y cada cosa que hace, cada paso que da. A través de este personaje, Delphine de Vigan, va recomponiendo el proceso de acoso y derribo de una empleada -por más que sea una empleada ejecutiva- por parte de su jefe y presunto hacedor. Su creador. Al proceso interior de recomposición de los hechos que han conducido a Matilda hasta este día, se une el transcurso de la jornada y, con ello, la historia avanza en dos direcciones: partiendo del ahora vamos sabiendo más del pasado y arrastrándonos rápidamente hacia el final -esta doble evolución es común en ambos personajes, pero más profunda en Matilde-. Las dos únicas voces solidarias dentro de la empresa son de mujer y ambas parten desde posiciones opuestas: Leticia que distingue entre dos tipos de trabajadores, como en los juegos de sus hijos, buenos y malos –Maintenant, elle [Matilda] se demande si, au fond, Leticia n’a pas raison. Si l’entreprise n’est pas le lieu privilégié d’une mise à l’épreuve de la morale** y Patricia Lethu, directora del siempre eficaz departamento de Recursos Humanos, necesariamente al servicio de la parte contratante por posición y estatus. La caída en el pozo se nos presenta irremisible. Comienza con el silencio y va construyéndose con pequeños detalles -formas de mirar o no mirar, olvidos, ausencias, falta de funciones… – y el tirano, el pater omnipotens, no consiente ni el más mínimo atisbo de disensión y quiere sangre, humillación, privada y pública, il veut sa peau***. Mientras Thibault va de un paciente a otro, de soledad en soledad, de fatalidad en fatalidad. Y se cruzan los tiempos, subterráneos, visibles e invisibles. Una serie de personajes se cruzan o apuntalan el entorno de este relato visceral, nervioso, tenso, donde la razón y la emoción están en continua liza, donde una persona acorralada y acobardada sigue y sigue funcionando, por miedo, por vergüenza, por… Quizás como quien me acaba de dar un codazo, me ha movido el libro y ha recibido mi ceñuda mirada.

Delphine de Vigan

*Bajo tierra encontramos dos tipos de viajeros. Los primeros siguen su línea como si estuviera tendida sobre el vacío, su trayectoria obedece a una reglas precisas que no quebrantan jamás. Se los reconoce en la rapidez de su paso, su forma de tomar las curvas y su mirada, a la que nada puede atraer. Los otros deambulan, se paran, dejándose llevar, toman la tangente sin avisar. La incoherencia de su trayectoria amenaza el conjunto. Interrumpen la corriente, desequilibran la masa.

** Ahora [Matilda] se pregunta si, en el fondo, no tiene razón Leticia, si no es la empresa el lugar privilegiado para poner a prueba la moral.

***Quiere su pellejo.