Los golpes de Jean Meckert

 

Jean Meckert, más conocido como Jean Amila, nació en 1910 y de pequeño, debido al abandono del padre y el desequilibrio de la madre, estuvo en un orfelinato hasta los 13, edad en la que, tras acabar los estudios primarios, empezó a trabajar en un garaje, ejerciendo después diversos empleos -incluidos dos años en el ejército- hasta 1941, fecha de publicación de Los golpes, novela terminada 5 años antes. Si Los golpes fue un gran éxito, no ocurrió igual con sus siguientes obras. Su literatura, dura, crudamente realista y estilísticamente desnuda, construida con un lenguaje cotidiano y, con frecuencia, vulgar, su pluma apuntando siempre al burgués acomodado y al aspirante a burgués desde el punto de vista de un escritor que fue obrero y es anarquista,Je suis un ouvrier qui a mal tourné*, decía en una entrevista con treinta años-, su mirada oscura hacia la sociedad donde el gris vira contundentemente al negro hicieron que sus obras no obtuvieran el reconocimiento merecido. Apoyado por amigos escritores comenzó a publicar con pseudónimo, pero fue escribiendo para la serie negra de Marcel Duhamel -donde Boris Vian publicó como Vernon Sullivan-, con el nombre de John Amila primero y Jean Amila después, como triunfó y consiguió una estabilidad.

     Si para el Roquentin de La náusea (1938) a través de las palabras se desvirtúa el verdadero (sin)sentido de las cosas para evitar caer en el vacío o para el Meursault de El extranjero (1942) la realidad es algo ajeno y absurdo basado en una moral arbitraria, a Félix, de Los golpes (1941), es la palabra lo que le falta, la capacidad de elaborar un discurso que contenga sus ideas o al revés: J’avais bien des idées qui barattaient à l’intérieur, des idées à moi, pas si bêtes, intraduisibles et pas sortables**. A Félix le faltan las palabras y sólo percibe el vacío en los demás. … Être loin de ces miteux qui ne soufflaient que du vide. Vide! Vide partout! Des vertiges complets, on se sentait dissoudre, s’éparpiller, en vrai cerveau détonant, au-dessus de ces plat-ventres***. Sus orígenes son muy similares a los del autor, se van conociendo a lo largo de esta confesión -un relato en primera persona donde Félix pugna por reproducir su intento de incorporación a la normalidad-, el contacto con la naturaleza suaviza su ira, el sol, el calor -francés, no argelino- le motivan y es en un grato día de calor cuando decide reincorporarse al rebaño de la vida regular, con trabajo, casa y, a ser posible, mujer (si es dura de carnes, como sabremos a lo largo de su historia, mejor). Para este nuevo modo de vida se fija en una compañera de trabajo administrativa, con ella y a través de ella alcanza a conocer la pequeña burguesía pseudointelectual, pseudorica, que se caracteriza por una verborrea apabullante y una total ignorancia de sus posibilidades realesJe me conseillais de laisser tomber tout ça, de ne pas penser au-dessus de ma condition,,,****– y acaba desembocando en una historia de frustración, una sórdida historia que parece no tener fin. … moi, Félix, j’étais bien devenu le manoeuvre qui se saoule et qui bat sa femme*****. No es, como sus coetáneas, una novela que desde dentro mire hacia fuera para encontrar el absurdo, está escrita desde dentro y, por lo tanto, desde el absurdo que en este caso toma la forma de la incapacidad para comunicar y la ira hija de esta frustración unidas a la necesidad de control y de posesión basada en una concepción inmadura y machista del amor que recae sobre el último eslabón de la cadena -ella, la mujer, desclasada y deshumanizada: Je l’avais bien eue au marché d’occasions, ma femme, en seconde main******-. Un absurdo, este último, una violencia, que continúa, los otros, que quizá se contengan en el sartriano el infierno son los otros, se ve o no se ve. Aquí Felix los siente como tal, y se rebela, pero conforme a las pautas aprendidas. ¿Cuándo conseguiremos erradicarlas? ¿Cuándo?

      Una excelente, inclemente (aunque a veces se respire, un poco…) y necesaria novela a descubrir y a destripar. Hay una traducción reciente de la editorial Las afueras a la que, lamentablemente, no he podido echar una ojeada (los libros duran en las librerías un suspiro y este debería ser un libro de fondo ya), porque la traducción, no me cabe duda de que no ha de haber sido trabajo fácil.

*Soy un obrero que se ha echado a perder. 

**Tenía un montón de ideas bullendo en mi interior, ideas mías, no tan tontas, intraducibles, impresentables.

***Estar lejos de estos miserables que sólo rezumaban vacío. ¡Vacío! ¡Vacío por todas partes! Todos los vértigos, te sentías desvanecer, te desparramabas, un auténtico cerebro explosivo sobre esos arrastrados.

****Me aconsejaba a mí mismo pasar de todo aquello, no pensar por encima de mi condición.

*****Yo, Félix, me había convertido en el obrero que se emborracha y pega a su mujer.

****** A fin de cuentas la había conseguido en los saldos, a mi mujer, de segunda mano.

     

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La consagración de la primavera de Alejo Carpentier

Decía Alejo Carpentier en una entrevista de 1974 que trataría … en su obra inmediata, de reflejar un proceso histórico que me llevó a tomar conciencia de mí mismo y a saber que realizando mi labor no sólo trabajo para mí, sino que trabajo para los demás. Cuatro años más tarde publicaría La consagración de la primavera, en 1978, con 74 años. Alejo Carpentier cierra la novena y última parte que es también el último capítulo con una cita de Goethe: Solo merece la libertad y la vida aquel que cada día sabe conquistarlas. A la octava parte la antecede una de Melville en las antípodas del Preferiría no hacerlo, toda la novela va precedida por la respuesta del gato a Alicia … puede estar usted segura de llegar, con tal de que camine durante un tiempo bastante largo. Esta novela es el plausible camino de dos personas que se encuentran, partiendo desde posiciones opuestas, disonantes, con diferentes modos, líneas melódicas, en un pas de deux, que se encuentran y encuentran una forma de renacer en una nueva primavera. Y esa primavera es la Revolución cubana (que, porfiadamente, sigue, como puede, caminando).

      Los conocimientos de las bellas artes por Carpentier son vastos y profundos y a lo largo de los distintos capítulos son desplegados al compás de su propia biografía, ya que recoge cronológicamente sus diferentes estancias más o menos prolongadas en distintas partes del mundo -muchos años en París, varias y largas temporadas en México, España, NuevaYork… – y con ello, va recogiendo e inmiscuyendo a amigos y conocidos de entonces. Que la música fue una de sus pasiones da fe la recopilación de sus escritos en El músico que llevo dentro, donde Stravinsky cuenta con un lugar de honor en numerosos artículos. Abre la primera parte con la reproducción de la partitura del comienzo de La consagración de la primavera, ballet que revolucionó las mentes acomodaticias y bien pensantes de la época, dando origen a un gran escándalo el día de su estreno –solo con escuchar el solo de fagot seguido de corno inglés que abre la pieza y que es el fragmento recogido por Carpentier, Saint Saëns se levantó y se fue (no le hizo falta ver a Nijinski)-. Y con un solo comienza la novela en la voz de una bailarina que sabremos procedente de Bakú (como la madre del autor). A excepción de un par de capítulos en los que las dos voces narrativas, Vera y Enrique, simultanean sus pensamientos y sus recuerdos, y el final, donde de nuevo sus voces caminan en paralelo, en los demás únicamente una de las dos líneas dirigirá el relato. La historia comienza llegando a España durante la guerra civil y, en una analepsis de varios capítulos, recupera el pasado de Enrique, brigadista en nuestro país, desarrollando el contexto histórico, social y cultural cubano desde la dictadura de Machado de la cual tuvo que huir -como Carpentier-, así como la situación presegunda guerra mundial europea. Tras la expulsión de España de las Brigadas Internacionales y la situación prebélica en Francia, Enrique retorna de su exilio y Vera, en su compañía, procede al siguiente (no será hasta la séptima parte y tras un proceso de crisis profunda -personal, pero también social, en pleno proceso de avance Fidel y sus guerrilleros-, que Vera retroceda hasta la Revolución rusa para entenderse y afrontar un proceso que la llevará a ella, fugitiva de guerras y revueltas, mujer de continuos exilios, a cambiar profundamente su posición frente a la política, frente al mundo). El relato y sus motivos son de una riqueza abrumadora, de apariencia caótica, sin una estructura precisa -como el ballet del ruso- se fragmenta en 42 capítulos repartidos en 9 partes. Su verbo es ágil, profuso, preciso, práctico, nítido, contradictorio, avanzado, antiguo… Música y músicas, danza, pintura, arquitectura –la construcción en La Habana, de México-, poesía… Todo cabe, se entrelaza, evoluciona, dialoga, avanza… Dialéctica a lo largo y ancho de novela, vidas, pensamientos, artes, ciudades, naciones … La confrontación, el análisis y la literatura, la música, las esencias, la pulsión de la naturaleza, las contradicciones, su superación…

     Con esta obra, de alguna manera memorialista, que traza el círculo desde la guerra civil española para abarcar desde la revolución bolchevique de 1917 hasta la cubana de 1959, Carpentier, dos años antes de dejarnos, da una lección de escritura, coherencia y honestidad. La riqueza del texto es de una generosidad abrumadora, abierta a infinidad de vías y supone un gran placer seguirlas. A dos años de morir Alejo Carpentier era una fuente tenaz de energía literaria, pero también de compromiso, lucidez y vitalidad. A veces los caminos se pierden, los exilios se suceden, pero … Mientras nos quede algo por hacer, nada hemos hecho. Herman Melville.

Una locura cotidiana de Elisabeth Bishop

Esta Locura cotidiana de la poeta estadounidense Elisabeth Bishop comienza con un bautismo -frío, porque el frío y el hielo son personajes de algunos de estos ocho relatos, personajes activos, definitivos- y termina con un grito que, de alguna manera, acompañó a su autora a lo largo de toda su vida y que, inaudible, respira tras su prosa y tras su verso. Este grito alude a la locura que en su infancia, tras la muerte de su padre, apartó para siempre de ella a su madre. Inteligentemente este grito de En el pueblo está situado en último lugar, no obstante fue el penúltimo relato escrito por la poeta y, digo poeta, porque tienen mucho de su poesía sus cuentos, con una prosa sensitiva repleta de imágenes y, al mismo tiempo, eficiente, sin lastres, exenta de dramatismo y, al tiempo, cruel, intensa, levemente irónica, argumental y verbalmente rítmica.

     El orden de los cuentos es cronológico a excepción del mencionado anteriormente. Los tres primeros fueron escritos entre 1937 y 38. El mar y su orilla, sui géneris crónica sobre un particular lector y En prisión, carta al lector de un reo -o rea- voluntario, presentan realidades improbables y un simbolismo abierto a lo personal y a lo público, ambos en el límite de lo real y lo demencial. El primero, El bautismo, junto con el cuarto, escrito 10 años más tarde, Los hijos del granjero, podrías subtitularse Díptico del frío en Nueva Escocia, lugar de referencia en la memoria de Bishop, donde mitificó una niñez huérfana al calor de su abuela. Ambos recogen acontecimientos invernales de las pobres gentes. El primero se instaura en la cotidianeidad de tres hermanas que viven solas, mientras que Los hijos del granjero, comienza con el tono de un cuento de los de siempre, sus personajes hacen pensar en personajes de cuento -madrastras, hermanastras, migas…-, los peligros que acechan a los dos hijos del granjero, además del frío, son la oscuridad y presencias de tintes monstruosos y, con suavidad y fantasía, llega al temido y natural final. Excelente. El ama de llaves y Recuerdos del tío Neddy recogen dos personajes singulares, con una tierna ironía el primero y con tristeza entre perpleja y afectuosa el segundo, el tío Neddy, tristeza guiada por la necesidad de desvelar en un retrato a la persona que ella conoció sin llegar a saber  quien era. Gwendolyn, escrito en el mismo año que En el pueblo, ubicadas ambas en el espacio antiguo, en Nueva Escocia, bebe, como el que será su último cuento, el del tío Neddy, de su pasado y recoge con mirada de entonces el contacto con la muerte de una amiga querida y la forma de canalizarlo a través de una muñeca. En el pueblo reproduce el descurso del tiempo, recoge su sonido y apacigua el grito de fondo, es la narración de lo que no escuchamos, pero está.  Al pasar por el puente, me detengo y contemplo el río. Todas las pequeñas truchas que ha sido suficientemente listas para no dejarse atrapar -pero ¿por cuánto tiempo?- están allí, moviéndose rápidamente de costado, en insensatos ataques y retiradas

Las iniciales de la tierra de Jesús Díaz

Es hacia 1971 cuando termina la trama de la novela que nos ocupa. Fue en 1973 cuando su autor, el cubano Jesús Díaz, la presentó al premio de la Casa de las Américas con el título de Biografía política y, entonces, su estructura respondía al cuestionario que el protagonista, Carlos Pérez Cifredo, como aspirante a “trabajador ejemplar”, debía responder ante una Asamblea del Partido. No considerándola conveniente el jurado, tuvo que retirarla y no vería la luz hasta 15 años después, siendo su título distinto, Las Iniciales de la tierra, y respondiendo su estructura a un orden cronológico, a través de una larga analepsis. Entre una breve introducción en la que Carlos se cuestiona su vida y sus acciones hasta el momento, y un último capítulo, a modo de epílogo, en el que se haya finalmente ante la Asamblea, el autor va desgranando la vida de Carlos, desde un primer periodo consciente de la infancia donde se sientan las bases de un chaval de una gran imaginación alimentada por las películas, los cómics, las novelas juveniles…, un niño que sueña con ser un héroe, salvar -o en su defecto, enseñar- a su amiga analfabeta y que teme e ignora lo que de mágico y ancestral hay en aquellos que no son blancos cubanos. Una de sus primeras enseñanzas es que Los hombres no lloran. Son 21 capítulos que responden todos al mismo mecanismo, partiendo de un punto concreto en el tiempo, el autor vuelve hacia atrás enlazando con las circunstancias o los hechos de uno o varios capítulos anteriores, avanzando hacia el punto de partida del principio del capítulo y trascendiéndolo. Así tenemos una novela de formación en la que cada capítulo gira sobre sí mismo uniéndose a los adyacentes, que arranca poco antes del golpe de Estado de Batista de 1952 y finaliza después del fracaso de la zabra de los 10 millones (1970), recorriendo con ello, preliminares, triunfo y desarrollo de la revolución cubana.

      Nuestro aspirante a obrero ejemplar crece, lo hace del lado de la revolución hacia la que poco a poco no le ha quedado más remedio que decantarse profundizando, así, una brecha familiar con su hermano y con su padre, prestamista. Según va avanzando va aprendiendo y no siempre aprende como debe -eso es evidente durante su periodo maoísta-, más bien aprende como puede hacerlo alguien apegado al hogar materno que siempre quiso ser un héroe y que, a la postre, termina siendo … alguien que siempre quiso ser. Sin embargo estuvo presente o, de una manera u otra, participó en muchos de los hitos históricos de este proceso: la explosión del La Coubre, Girón, muerte del Che… y, en otros, de esa otra Cuba, de misteriosos sesgos como la incorporación de un muerto, la furnia, Alegre -el loco electricista-, o el Tren Fantasma cargado de caña podrida… La prosa de Jesús Dïaz es rica, rítmica, vigorosa, atrevida, juguetona. La música está presente -sobre todo y, significativamente- al principio, pero la melodía, la cadencia del verbo cubano llega hasta a la zafra. Precisamente en el capítulo de la primera zafra de Carlos, el autor cambia por única vez al destinatario de sus palabras: ya no es el lector, es Gisela, la mujer de Carlos, lo que por un lado suaviza la pesantez del trabajo y por otro acentúa la soledad y acompasa la marcha de las duras faenas. No le falta el calor a su protagonista, ni le faltan contradicciones, como a la mismita revolución, pero sigue avanzando, como trabajador, como persona y como hombre que consigue o intenta, por lo menos, reconocerle a la mujer los mismos derechos.

      Una novela bien construida a todos los niveles, escrita por un entonces Jesús Díaz revolucionario, que, no sé sí para su alegría o su pesar, cuenta mucho de las dificultades personales, pero también sociales y políticas de bregar a contracorriente.

Memorias del subsuelo de Fiodor M. Dostoievski

Dostoievski escribe Memorias del subsuelo en Petersburgo, la ciudad más abstracta de todo el globo terráqueo (Biely, recogiendo el testigo, nos la dibujó en todo su geometría siguiendo a Apolón). Al volver de su exilio en Siberia en 1959 pudo, por fin, publicar de nuevo. Entre 1861 y 1862 vio la luz Memorias de la casa muerta y después, durante un duro periodo de su vida en el que murieron su esposa y su hermano y tuvo una relación extraconyugal, escribió Memorias del subsuelo, obra en la que se prefiguran Raskolnikov y Sonia, donde transita la locura quijotesca, se esboza Kafka  y se augura la náusea existencial.

      Dos partes. En la primera intitulada El subsuelo, el autor, en primera persona, dice escribir para sentir alivio porque un recuerdo del pasado le oprime el alma y también porque estoy aburrido y siempre estoy sin hacer nada. Y entre estas dos dispares intensidades va a transcurrir el mundo de este hombre honesto, servil y cobarde que lo observa todo desde su inercia, este hombre sin nombre que desde la primera línea se define como enfermo, rabioso, nada atractivo…, … tan aprensivo y suspicaz como pueda serlo un jorobado o un enano, este funcionario -únicamente como tal se reconoce- que se dirige al lector aunque dice escribir para sí mismo y que considera el exceso de conciencia una enfermedad, él se arrellana en el subsuelo, -en la eterna maldad-, y del subsuelo extrae el jugo: el placer turbio de reconcomerse en sus impotencias, frustraciones, penitencias, ofensas, pero también el de sublimar la belleza, la autosuficiencia… Porque, en su libre albedrío, elige, al margen de lo que marque el propio beneficio y puede elegir no hacer nada o hacer lo que no debe, hacer lo que en el fondo no quiere o lo que en el fondo sí quiere. Un verdadero antihéroe.

      En la segunda parte, A propósito del aguanieve, vuelve hacia el pasado a través de tres episodios de su vida que lo incomodan. Despliega un sarcasmo, en ocasiones reflexivo, hacia su entorno y hacia sí mismo, se somete al más absoluto ridículo cuando no a la humillación, también hay espacio para la confesión dramática, al tiempo que sufre o saborea que la esencia del comportamiento descansa en que el superior aplasta al inferior (y la más inferior resulta ser siempre una mujer, en este caso Liza) y que quien, como él, vive ajeno a la vida, entregado a la ineluctable clarividencia de su conciencia, afronta un doble sufrimiento, una gran culpa, casi, casi, inmerecida. Al cáustico sentido del humor que recorre toda la obra se unen reflexiones acerca de la ciencia y la naturaleza, la razón y el corazón, como elementos siempre enfrentados vistos por este individuo -una mosca para los demás, un ratón en su territorio- que, pasado cierto periodo de tiempo, necesita salir de su cubículo y confirmar que el amor es la dominación moral del objeto amado, que no puede vivir sin tiranizar, que los malos actos son regidos por la cabeza y no por el corazón. 

      Todo Dostooievski formándose, conformándose, enfrentándose, riéndose de sí mismo, ofendiéndose, desafiando, sufriendo… Una maravilla a releer cada cierto tiempo.

Limónov de Emmanuel Carrère

Emmanuel Carrère admiró literaria y vitalmente a Limónov allá por los años 80, cuando comenzaba el ruso a publicar sus primeros libros en Francia y Carrère, ya licenciado, comenzaba su andadura en el mundo de las letras. Las reacciones que hacia Limónov tenían tanto el pueblo llano de su país, como personalidades tan aparentemente opuestas al personaje por él creado y a la imagen recogida en los medios de comunicación occidentales, como Yelena Bónner, activista por los derechos humanos y viuda de Andréi Sajárov, o la periodista Anna Politkovskaya, avivaron de nuevo su interés más de una veintena de años mas tarde. Cuando a Carrére, un amigo periodista le propuso hacer un reportaje para una nueva revista, su respuesta inmediata fue: Limónov. Patrick me miró con los ojos como platos: “Limónov es un malhechor”. “No lo sé, habría que ver.” El proyecto fue hacia delante y, lo que iba a ser un reportaje, se convirtió en esta obra en parte periodística, pero también una biografía con tintes autobiográficos -pues Carrère da noticias de quién era, cómo era, cómo se veía, como se ve desde la distancia, etc.-, en parte fábula -ya sea la que el biografiado transmite o la que Carrère recrea-, que se lee como una novela y, además, como una novela apasionante, al margen de su mayor o menor veracidad -¿dónde está la verdad, es más, dónde está la verdad en lo que a la Unión Soviética se refiere?-, plausible e inteligentemente contextualizada en lo personal y en lo histórico.

     Eduard Savienko, Limónov, nació el 2 de febrero de 1943, el día de la rendición oficial de las tropas alemanas que sitiaban la entonces Stalingrado. Era hijo de un simple oficial de la NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos) y de una comunista convencida que, como entonces –y ahora- ocurría en la URSS, no veían en Stalin al demonio rojo sino al héroe que venció a Hitler y culminó el fin de la Segunda Guerra Mundial. A su vez, Limónov admiraba a los militares –siempre caminará como ellos, … con paso reglamentario, regular y enérgico: a seis quilómetros por hora.- y, sintiéndose avergonzado por la falta de categoría de su progenitor, buscó otros modelos que encontró en la delincuencia, estuvo un breve periodo en la cárcel, trabajó como fundidor, intentó suicidarse, paró en un psiquiátrico donde un médico avispado, reparando en que lo que el paciente quería era llamar la atención, lo derivó hacia un trabajo más acorde, dentro de lo posible, con sus aspiraciones: vendedor ambulante de libros -Limónov, alma rusa amante de la poesía, ya escribía versos y no lo hacía mal-. Era un persona sin prejuicios que tanto se entregaba a la literatura, como cosía sus propios modelos de ropa los cuales también vendía, se casó con una mujer bastante mayor que él que le inició en el mundo de la bohemia -… él la estabiliza, ella le refina.-, se trasladó a Moscú y, a partir de ahí, comenzó lo que él siempre ansió, una vida libre y peligrosa: una vida de hombre. Tras Moscú, Nueva York y París – épater le bourgeois era y es algo que se le daba de maravilla y allí dio con las personas adecuadas-. Tras Anna, Elena y Natasha Medviédieva (cantante y poeta rusa de carácter, por lo menos, tan intenso como el suyo). Y por fin, con su odiada Perestroika y de la mano de su editor ruso, volvió a Moscú donde no se estableció hasta 1994 -curiosamente, Limónov partió y volvió a la URSS en los mismos años que su odiado Solzhenitsyn-. A su regreso Limónov descubre que no encaja, que le duelen Rusia y el pueblo ruso y marcha a la guerra de las Balcanes donde ha de elegir un bando, aunque no cree que un bando tenga toda la razón y el otro esté totalmente equivocado, pero tampoco cree en la neutralidad. Un neutral es un gallina y tiene por fin la oportunidad de sentir la emoción de la guerra, culminando sus deseos juveniles. Tras esto y dada la situación en su patria, regresó con la convicción de que había llegado el momento de entrar en política. Conducidos por Carrère que hace recuento y descripción de hechos y acontecimientos, que opina y contacta con el círculo del que se rodeaba Limónov, los militantes de su partido, entramos en la que es la parte más interesante y, probablemente, la más polémica y, no me cabe duda, la más difícil de desentrañar. Entre iluminado y Peter Pan, entre místico y materialista, entre genio literario y prolífico escritor, entre amante entregado y viejo pedófilo, entre preso modélico y agitador constante, la trayectoria de este escritor, sastre, vagabundo, soldado y un largo etcétera que continúa, en manos de Carrère, resulta absorbente, como también lo es la historia de su país sobre el que tanta tinta ha corrido  guiada por intereses espurios, sobre el que tantos velos se han corrido y se corren desde nuestro “clarividente” occidente.

     No dejen de leerla. Lo harán de un tirón y, tal vez, les surjan dudas y preguntas, lo cual es bueno, muy bueno.

Las madres negras de Patricia Esteban Erlés

Patricia Esteban Erlés es una estupenda cuentista que, entre cuento y cuento, nos engarza una novela. Desfilan por la laberíntica casa de la viuda Corven convertida en orfanato, niñas y mujeres que han perdido la razón, su nombre, su pelo, su dignidad, su voluntad, su razón de ser, bajo la férrea dictadura de una esclava del Señor. Una teocracia regida por una monja, hija del pecado profanada, alienada y criminal. Comienza con una fuga y se retrotrae, desentrañando historias como Sephine, la mujer del hacedor de muñecas, desenreda y lava la trenza verde de la amada de Dios -un dios caprichoso y aburrido a quien nada le gustaba más que descubrir las miserias de sus criaturas. Nos regala historias por devenir, porque Galia y Tábata, Moira y la propia casa, nos piden más líneas, al igual que otras criaturas desamparadas -o no tanto, como el Doctor Rubin-. Sin embargo esta es la novela de Mina y de Pola, de Priscia y de Dios -o el poder patriarcal-. A cada niña que llega se le corta el pelo al cero, se le pone un saco gris y se la nombra por aquello a lo que debe aspirar. La hija de la bruja será Obediencia frente a su independencia, Pola será Modestia para ocultar su perfección y belleza, otra será Verdad, otra Prudencia, Esperanza, Perfección y es la voz que las nombra la de la envidia de las madres negras, la de la ley, la de Priscia -con su glacial soledad y violencia-, la mano de Dios en la tortuosa mansión construida en base a los deseos de una mente desquiciada y aterrada, perseguida por los fantasmas de los soldados muertos. 

     Esta novela gótica está atravesada por unos cuantos relatos de infancias desoladas, si no ajenos al contexto de la casa –La casa estaba enferma. Y además era malvada-, sí fuera de la trama que rige la narración, si bien la apuntalan y sirven para disfrutar de la elegante prosa de su autora. Aquí el mal no procede de un ser monstruoso escapado del Averno, sino de un dios egoísta, resentido y eterno, envidioso de los mortales que pueden descansar en la muerte, ávido de sumisión y de placer, un omnipresente dictador que, como todo dictador, realmente no puede ser omnipresente ni vencer siempre. Es un gustazo pasear por las páginas de esta novela donde el uso que Esteban Erlés hace de la elipsis refuerza la atmósfera de misterio, pero también de soledad de cada uno de los personajes, salvedad hecha de Dios, que como buen prócer, sí sabe lo que busca. Las madres negras fue premio Dos Passos a la primera novela de un autor o autora. Patricia Esteban Erlés ya era conocida como buena creadora de relatos breves y su salto ha sido firme. Léanla, no la soltarán hasta llegado el final -por algo está dedicada a Shirley Jackson-.