Entre actos de Virginia Woolf

En 1938, tras acabar Tres guineas, Virginia Woolf comienza a darle forma a toda la información reunida para llevar adelante la biografía de su amigo Roger Fry, pero, entre medias, se le cruza el germen de esta novela que plasmó en su diario: … permitidme que apunte una idea: ¿por qué no Pointz Hall: algo deshilvanado y caprichoso, pero unificado en cierto modo -una vieja mansión de aspecto teatral y una terraza por la que pasean las niñeras? Y gente que pasa… y una perpetua variedad, pasando de la intensidad a la prosa; y hechos… y notas; y…, pero basta. Debo leer a Roger… Esto lo anotaba el 26 de abril y a finales de diciembre ya tenía 120 páginas escritas. El 1 de abril del 40 envía a la imprenta Roger Fry y en noviembre de ese mismo año da por terminada, felizmente, la obra que nos ocupa, con el título de The Pageant (El espectáculo); a principios del año siguiente introduce algunos cambios y, de nuevo, el 26 de febrero del 41, treinta días antes de adentrarse en las aguas del río Ouse con los bolsillos llenos de piedras, considera que ha llegado a la versión definitiva, ahora Between the acts. Mientras, Londres, su amada Londres, estaba siendo sistemáticamente bombardeada desde el mes de junio -incluida su antigua casa cuyas ruinas tienen que visitar para recoger restos, entre ellos sus diarios- y ella y Leonard viven en el campo padeciendo estrecheces, pendientes de las incursiones de los aviones alemanes y de los vecinos. No hay eco en Rodmell -solo aire estéril. No hay vida; en consecuencia [los habitantes del pueblo] se aferran a nosotros. De hecho Virginia colabora ayudando en la creación y en los ensayos de una obra teatral para el Instituto de Mujeres, siendo, incluso, la tesorera. Así pues el título no podría ser más oportuno ya que la escribe en espacios de tiempo robados a Roger Fry -y a la que sería, posteriormente, La Torre inclinada, conferencia que iba a dar en la Asociación para la Educación de los Trabajadores, de Brighton-, entre sirena y sirena -suelen sonar puntualmente a las seis y media del anochecer-, entre visitas, viajes a la capital, quehaceres -se vieron obligados a despedir a Mabel, su criada fija- y compromisos sociales. Muchas de estas vivencias se esparcen por Entre actos.

     Una hermosa casa de tamaño medio en una hondonada, Pointz Hall, -… en el corazón de la casa había un jarrón de alabastro, suave y liso, frío, conteniendo la quieta y destilada esencia del vacío, del silencio-, una buena familia sin tanto abolengo como otras del lugar -… todas emparentadas unas con otras por matrimonio, y que en la muerte yacían entrelazadas, como las raíces de la hiedra, tras el muro del cementerio-, un atardecer de verano, visitas esperadas o inesperadas: es el preámbulo de la representación anual para la que los Oliver -el anciano Sr. Oliver, funcionario jubilado, el joven, corredor de Bolsa- prestan su jardín y su granero por si la lluvia. Apenas doscientas minuciosas páginas y tanto que considerar. Algunos apuntes. La trama, –¿Tenía importancia la trama? […] La trama solo servía para engendrar emociones. […] Amor. Odio. Paz. Tres emociones formaban la urdidumbre de la vida humana.-, la trama es un día de junio, un encuentro de los vecinos de la zona para ver a la gente del pueblo, reverendo incluido, recrear la ambiciosa obra pergeñada por la solitaria Srta. La Trobe que consta de tres entreactos. La Naturaleza también participa, en ocasiones parece enturbiar, pero, en general, mejora e incluso salva los posibles errores que durante el evento se producen: vacas, golondrinas -o serán vencejos-, burros, aguaceros, el tonto del pueblo… La representación recorre la historia de Inglaterra con algunos saltos en el tiempo, con teatro dentro del teatro, la novela está atravesada por esa fina ironía y perspicacia woolfiana que va recogiendo fragmentos de conversaciones, implicaciones políticas, diálogos mudos, gestos significativos, alianzas intangibles, deseos fugaces... Un pequeño universo atrapado y enjaulado; preso en sus obligaciones sociales y que reacciona con horror al verse reflejado en el espejo … Es una crueldad. Reflejarnos tal como somos, antes de haber tenido tiempo de adoptar… Y, para colmo, solo a trozos… Cuatro mujeres desenredan distintos hilos, qué duda cabe de que en todas ellas, en mayor o menor medida, hay fragmentos de Virginia (y de algunas de sus amigas, de la misma manera que en ellos, incluido el medio hombre, los hay de sus amigos, de su esposo…), pero es quizá en Lucy, la hermana viuda del Sr. Oliver senior, en quien ella avista el futuro y donde los lazos familiares se engarzan, y es a través de Isa, la mujer del agente de Bolsa, que despliega la tristeza, los anhelos, las esperanzas, las decepciones, siempre enredada y musitando: Que me cubran las aguas del pozo de los deseos. Y a Virginia las aguas la cubrieron. Sola bajo la copa del árbol, del árbol agostado que todo el día murmura como el mar y oye galopar al jinete. Bajo uno de los olmos de Monks House enterró Leonard sus cenizas. Este año, el año pasado, el año próximo, nunca. Y fue nunca.

     Una despedida espléndida, rica, suave, dulce, de la que, como cada vez que acababa una de sus novelas, no estaba satisfecha en esos momentos y ya no pudo o no quiso cambiar de opinión. De obligada lectura -excepción hecha de quienes quisieren acción trepidante, tan potenciada en estos tiempos-.

 

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Los pasos perdidos de Alejo Carpentier

los pasos perdidos

 

En 1947, durante su estancia en Venezuela que duró catorce años, Alejo Carpentier hizo un viaje al interior de la selva venezolana y de esta experiencia se vale para el transcurrir de esta obra, Los pasos perdidos, publicada en el 53. La novela se abre con una cita del Deutoronomio sobre la condena del hombre por apartarse de la segunda ley de Moisés -nunca son baladíes, cuando las hay, las citas que anteceden los capítulos de las obras de Carpentier- y, en primera persona, nos conduce por la angustia de un protagonista aplastado por la urbe y alienado por sus obligaciones laborales, sociales, maritales…, las políticas, como constataremos en la primera etapa de su periplo, no tienen lectura directa ninguna, pues cuando llega al país sudamericano desde donde partirá en busca de unos instrumentos musicales arcaicos, tal vez primigenios, país convulso en plena rebelión, no sabe nada, no entiende nada, lo cual, por otra parte, revela el caos gubernamental que rige el destino de estos territorios que recuerdan sin esfuerzo a Cuba -aún quedaba lejos la revolución y al lado el golpe de Estado de Batista-, Perú, Uruguay, República Dominicana, Venezuela… El narrador trabaja poniendo música a películas publicitarias, … un cómplice de los afeadores del paisaje, de los empapeladores de murallas, de los pregoneros del Orvietano. Su mujer es actriz de teatro, actriz de éxito por un único papel que está condenada a representar día tras día durante años. Ella se va fuera de representación mientras él se enfrenta a unas vacaciones en soledad. Sísifo se siente perdido sin piedra que empujar. Estamos en la era … del Hombre-Avispa, el Hombre-Ninguno, en que las almas no se venden al Diablo, sino al Contable o al Cómitre. Y sin mucho entusiasmo y con menos voluntad, se deja arrastrar en un viaje que resultará iniciático, en compañía de su amante, Mouche –el nombre, mosca o lunar postizo, es suficientemente significativo-. A partir del segundo capítulo, la novela se transforma en algo así como un diario de abordo que arranca en algún lugar de Latinoamérica, lo que le hace volver a sus orígenes pues en similar paisaje y con la misma lengua creció. Aunque nunca da nombres reales, Nueva York es fácilmente identificable -allí vivió Alejo Carpentier, pero rechazó quedarse- y la selva venezolana es reconocida, incluso con nombres, en la nota final. La Naturaleza es la primera invasora de estas caóticas poblaciones una vez que quienes las atienden, por la revolución que estalla, abandonan unos días su domesticación. A medida que avanza, el narrador va soltando lastre y no solo mental. Los mitos se hacen realidad, Sísifo encuentra a un griego cuyo único libro es La Odisea, y, como Odiseo, Yannos verá a Sísifo empujar la piedra, para volver por ella. El punto central a partir del cual el viaje se convierte definitivamente a “lo real maravilloso” -como Carpentier gusta de llamar e esas realidades insólitas que se superponen a la contemporaneidad tan vacía de sentido, propulsora del desarraigo del hombre occidentalizado- es una taguara -tienda modesta, bar, centro de reunión, burdel…- llamada, Recuerdos del porvenir. No es solo el espacio y con él, el paisaje, lo que cambia, es el tiempo: un regreso a los orígenes, a la génesis, al nacimiento, un viaje al pasado, a diferentes periodos de nuestra evolución, sin abandonar el siglo, y es hermoso, pero también cruel, es más acorde con la esencia y, cuando menos, tan despiadado. El salvaje no es tal, sino un ser humano llegado a maestro en la totalidad de oficios propiciados por el teatro de la existencia. En el devenir del río, mito y realidad dialogan y el autor se abandona, mas es en falso ya que, lo que él ha incorporado -cultura, poesía, música, arte en fin- lo asalta a pesar de haber rastreado las fuentes, y el deseo que es impulso por materializar aquello hacia lo que su mente -su espíritu, su alma- se siente impelida, así como aquello de lo que huye están tan presentes como los tiempos antiguos que allí se suceden, se superponen, mueren, renacen. El miedo, fiel compañero de nuestra humanidad, la destrucción -ese runrún que le acompaña de la Canción a las ruinas de Itálica: Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora / campos de soledad, mustio collado / fueron un tiempo Itálica famosa.-, la espiritualidad -el treno indígena confluyente con la antigua Grecia, los santos intermediarios con la divinidad-, la búsqueda, la socialización, el castigo, todo un entramado de emociones, conocimientos, paralelismos, etc. puestos al servicio de una evolución oculta, silenciada, pero real, maravillosa, encontrada y perdida. Por lo menos, así fue, ahora…

     Aunque en eso se equivocó, no las tenía todas consigo Carpentier cuando publicó Los pasos perdidos. Su ritmo, sin diálogos en época tan acelerada, la profusión de alusiones y referencias que van de la Biblia a Esquilo, Homero, Shelley, Shakespeare, Beethoven…, la ambición que le caracteriza por conectar en espacio y tiempo lo que nos hace más humanos, nuestras creaciones, el arte, las artes, su afán por encontrar el comienzo de la trama. Porque mi viaje ha barajado, para mí, las nociones de pretérito, presente, futuro. No puede ser presente esto que será ayer antes de que el hombre haya podido vivirlo y contemplarlo; no puede ser presente esta fría geometría sin estilo, donde todo se cansa y envejece a las pocas horas de haber nacido. Esto lo escribió a principios de los 50. Quizás no sea su obra más fácil -que no es, en absoluto difícil-, pero vale la pena dejarse llevar por este río, que él pudo navegar y supo interpretar. Que siguió navegando por diferentes camino y que no sé yo en este vertiginoso, intrincado siglo XXI.

Novela con cocaina de M. Aguéiev

M. Aguéiev es, según se sabe con seguridad desde 1994, el pseudónimo de un profesor de alemán de la Universidad de Yereván (Armenia) llamado Marko Lazárievich Levi que nació en 1898 en Moscú donde estudió hasta los 18 años. Viajó a Alemania, en 1930 se trasladó a Estambul y de allí fue deportado a la Unión Soviética donde moriría en 1973. Además de esta obra, publicó un cuento. Poco más relevante se sabe de él.

     Fue desde Estambul desde donde envió el manuscrito de Novela con cocaína a la redacción de una revista francesa editada por emigrados rusos, Cifras. Tras ser publicados algunos fragmentos, la novela vio la luz como libro en 1936, gozó de una buena acogida, mas efímera, sin duda por las circunstancias históricas de aquellos años, y fue rescatada en los ochenta por un grupo de eslavistas occidentales dando lugar a todo tipo de controversias acerca de la autoría que incluían a Nabokov como posible autor, tesis tajante y “sutilmente” rechazada por Vera Nabókova … y [mi marido] escribe, a diferencia de Aguéiev, en un estilo petersburgués extraordinario, límpido y correcto.

     Abre la novela -retando a Monterroso avant la lettrela frase -que no la cita- Burkievits se ha negado; a continuación desarrolla en cuatro partes y un informe final, una peculiar novela de (de)formación que resultará especular respecto a Burkievits de quien sabremos de forma aparentemente tangencial a lo largo de estas anotaciones de Vadim -así se llama nuestro protagonista y narrador-. En Instituto, asistimos a la ruptura con la adolescencia de un joven egoísta que se forja en función de aquellos susceptibles de ejercer el poder, ya sea económico o social. Un desclasado que niega sus orígenes. A continuación, en Sonia, conoce el amor que, al tiempo que lo dulcifica y rejuvenece, le avergüenza. Esta parte se cierra con una carta de ella, una mujer inteligente y clara que lamenta, entre otras cosas, no dejar a su marido porque … el golpe que habría propinado a su estupidez el conocimiento de mi traición, le hubiera sido muy beneficioso. Y el proceso de peregrinación lo emprende Vadim por la senda de la cocaína en los seis capítulos de Cocaína y Pensamientos, dentro de una lógica aparentemente enfermiza que persigue una felicidad artificial –la causa de la actividad humana […] responde a la necesidad de ejecutar en el mundo exterior un acto que, al reflejarse en la conciencia, despierte una sensación de felicidad-, y mantiene el conflicto entre el bien y el mal subyacente en toda la obra, con una más que interesante y sugerente coherencia interna que plantea más de un debate moral –Mostradnos obras en las que triunfen los malos y perezcan los buenos y comprobaréis que esos espectáculos acabarán llevándonos a la calle y empujándonos a la revuelta, a la insurrección, al motín– y con una envolvente coherencia externa sabiamente expuesta en el informe final –con la carta de Sonia, los únicos apuntes que no corresponden a la pluma narrador, Vadim-, el cual cierra el libro y resitúa la Novela con cocaína en un contexto más amplio, desenlace de la juventud, del paso del tiempo, del paso por la historia de los ganadores.

   Estupendo hallazgo, más que recomendable. No todas las Bildungsroman son ejemplarizantes y esta es un gran ejemplo.

Las almas muertas de Nikolái Gógol

Esta edición de Las almas muertas, no sé otras, contiene, como Primera parte, la novela del mismo título empezada por Gogol en 1835 y publicada en 1842 y, a continuación, como Segunda parte, los capítulos fragmentados y recuperados del fuego al que su autor los sometió en dos ocasiones. Con Pushkin y Lérmontov, Gogol señala el arranque de la novela rusa en el siglo XIX, iniciando la ruptura con una literatura elitista, superficial y autocomplaciente escrita en un idioma pobre plagado de galicismos, germanismos, palabras arcaicas, etc. Respaldado por su admirado y querido amigo Pushkin de quien recibe la idea del argumento de esta obra, Gógol escribe Las Almas muertas lejos de Rusia, patria de la que se ha alejado tras el revuelo resultante del estreno de su obra de teatro El inspector.

     El narrador nos hace asistir a la llegada y aposentamiento en la ciudad de N (N representaba a cualquier pequeña ciudad rusa y el más alto grado de vacuidad), de un forastero, Chíchikov; en el primer capítulo nos enumera las visitas por él realizadas a todos los próceres o susceptibles de ser próceres de la pequeña villa: presidente, vicepresidente, jefe de policía, inspector de Sanidad… Describe y comenta de forma aparentemente sencilla, cargada de ironía y de sugerencias, los hechos y los detalles de aquello que puede resultar relevante. En el tono de un autodenominado cronista que tiene a bien, recurrentemente, separarse de los hechos y comentar aquellos aspectos que quiere destacar, desarrolla reflexiones que vienen al caso -o no-, introduce un relato disparatado -y alusivo que, además, fue censurado-, reflexiona sobre sus propias elecciones y los supuestos deseos del lector -… el autor siente un extraordinario apego por los detalles hasta en sus más íntimos aspectos y, en relación con esto, si bien es ruso, quiere ser meticuloso como un alemán.-. Durante seis capítulos el escritor sigue a Chíchikov en su itinerario de terrateniente en terrateniente a la caza y captura de almas muertas para… Bueno esto no lo sabremos hasta el final y durante los nueve capítulos en los que estas almas aumentan los haberes de Chíchikov, nuestra perplejidad irá pareja a la de los vendedores de tales bienes -pues que bienes eran para sus propietarios- a la par que la hilaridad, ya que ésta nos acompañará en el recorrido del catálogo de personajes desplegado por Gógol, a través de sus circunloquios (en el capítulo 9, que bien podría titularse De cómo se crea, esparce y diversifica un rumor, la charla entre la dama agradable en todos los sentidos y la dama sencillamente agradable es absolutamente tronchante), a través de sus pleonasmos, sus reducciones al absurdo de máximas cuando menos cuestionables¡Ay! En este mundo, los gordos saben manejar sus asuntos mejor que los flacos-, esclarecidos por las sarcásticas descripciones de los diferentes tipos, minuciosas, reveladoras, hiperbólicas y, mira tú, consecuentemente realistas (o sería mejor decir “realísticas”). La novela es magnífica en cualquier tiempo. Si tiene mucho de la afamada alma rusa, su sentido transciende lugar y tiempo, aunque, como simples lectores de las, por lo consultado, cada vez más esforzadas e informadas traducciones de esta obra, nunca alcanzaremos a entender quienes no leemos ruso, otra de las riquezas con las que dicen cuenta esta obra, que es la lengua con la que Gógol arranca una literatura en ruso y en prosa que estaba en mantillas y que devendrá universal. Juegos de palabras, nombres propios significativos, calambures… Lástima de Babel.

    Dentro de la obra, en diversas ocasiones, Gógol defiende el derecho del escritor de elegir personajes secundarios, oscuros, incluso innobles (no creo recordar uno que se salve entre estas almas vivas, al punto de preguntarse cuáles son, en verdad, las almas muertas), también defiende la lengua rusa tan denostada por la crème de la crème de su país. La obra, que no deja títere con cabeza, fue recibida con división de opiniones dentro de la división de opiniones, es decir, los eslavófilos (y conservadores) se dividieron entre quienes la consideraban la Ilíada rusa y quienes la consideraban un oprobio para la patria, y los antieslavófilos, tres cuartos de lo mismo. En 1846 Gogol añade un prefacio a modo de justificación y comienza a hablar de esta obra como de la primera parte de lo que sería un gran fresco dividido, a la manera de la Divina comedia, en Infierno -el ya publicado-, Purgatorio y Cielo. Ecos de Cervantes transitan por esta obra, si bien Chíchinov no viaja por Rusia para desfacer entuertos, salvar damas, etc. Gógol, de vida no precisamente muy intensa en sus peripecias –No poseo vida fuera de la literatura- escribió Almas muertas y no supo seguir. Era hijo de un terrateniente amante de la literatura y autor de comedias inspiradas en el pueblo, y de una madre profundamente religiosa. Su fe en la palabra y en la responsabilidad para con los demás que se le suponía a un escritor en su tierra, unida a un yo atormentado y místico, asistido y aleccionado por la fanática participación de un tal Padre Mathieu, dio al traste con su salud. La Segunda parte incluida en esta estupenda edición de Nórdica presenta destellos de esa inteligente y punzante precisión en el retrato de caracteres del mejor Gógol, pero la voluntad moralizadora (y la fragmentación, todo hay que decirlo) desmerecen, por lo que, de haberlo sabido, hubiera hecho parada y aire, en vez de continuar la lectura como si de su continuación se tratase. No es así. Él quemó lo escrito diez días antes de morir. 

     Se le ha considerado a Gógol en distintos momentos como uno de los primeros autores realistas rusos, sin embargo resulta indudable que es Gógol una de las vías que conducen a Kafka, Sartre, Camus, Beckett, Kristof… Imprescindible.

Los golpes de Jean Meckert

 

Jean Meckert, más conocido como Jean Amila, nació en 1910 y de pequeño, debido al abandono del padre y el desequilibrio de la madre, estuvo en un orfelinato hasta los 13, edad en la que, tras acabar los estudios primarios, empezó a trabajar en un garaje, ejerciendo después diversos empleos -incluidos dos años en el ejército- hasta 1941, fecha de publicación de Los golpes, novela terminada 5 años antes. Si Los golpes fue un gran éxito, no ocurrió igual con sus siguientes obras. Su literatura, dura, crudamente realista y estilísticamente desnuda, construida con un lenguaje cotidiano y, con frecuencia, vulgar, su pluma apuntando siempre al burgués acomodado y al aspirante a burgués desde el punto de vista de un escritor que fue obrero y es anarquista,Je suis un ouvrier qui a mal tourné*, decía en una entrevista con treinta años-, su mirada oscura hacia la sociedad donde el gris vira contundentemente al negro hicieron que sus obras no obtuvieran el reconocimiento merecido. Apoyado por amigos escritores comenzó a publicar con pseudónimo, pero fue escribiendo para la serie negra de Marcel Duhamel -donde Boris Vian publicó como Vernon Sullivan-, con el nombre de John Amila primero y Jean Amila después, como triunfó y consiguió una estabilidad.

     Si para el Roquentin de La náusea (1938) a través de las palabras se desvirtúa el verdadero (sin)sentido de las cosas para evitar caer en el vacío o para el Meursault de El extranjero (1942) la realidad es algo ajeno y absurdo basado en una moral arbitraria, a Félix, de Los golpes (1941), es la palabra lo que le falta, la capacidad de elaborar un discurso que contenga sus ideas o al revés: J’avais bien des idées qui barattaient à l’intérieur, des idées à moi, pas si bêtes, intraduisibles et pas sortables**. A Félix le faltan las palabras y sólo percibe el vacío en los demás. … Être loin de ces miteux qui ne soufflaient que du vide. Vide! Vide partout! Des vertiges complets, on se sentait dissoudre, s’éparpiller, en vrai cerveau détonant, au-dessus de ces plat-ventres***. Sus orígenes son muy similares a los del autor, se van conociendo a lo largo de esta confesión -un relato en primera persona donde Félix pugna por reproducir su intento de incorporación a la normalidad-, el contacto con la naturaleza suaviza su ira, el sol, el calor -francés, no argelino- lo motivan y es en un grato día de calor cuando decide reincorporarse al rebaño de la vida regular, con trabajo, casa y, a ser posible, mujer (si es dura de carnes, como sabremos a lo largo de su historia, mejor). Para este nuevo modo de vida se fija en una compañera de trabajo administrativa, con ella y a través de ella alcanza a conocer la pequeña burguesía pseudointelectual, pseudorica, que se caracteriza por una verborrea apabullante y una total ignorancia de sus posibilidades realesJe me conseillais de laisser tomber tout ça, de ne pas penser au-dessus de ma condition,,,****– y acaba desembocando en una historia de frustración, una sórdida historia que parece no tener fin. … moi, Félix, j’étais bien devenu le manoeuvre qui se saoule et qui bat sa femme*****. No es, como sus coetáneas, una novela que desde dentro mire hacia fuera para encontrar el absurdo, está escrita desde dentro y, por lo tanto, desde el absurdo que en este caso toma la forma de la incapacidad para comunicar y la ira hija de esta frustración unidas a la necesidad de control y de posesión basada en una concepción inmadura y machista del amor que recae sobre el último eslabón de la cadena -ella, la mujer, desclasada y deshumanizada: Je l’avais bien eue au marché d’occasions, ma femme, en seconde main******-. Un absurdo, este último, una violencia, que continúa, los otros, que quizá se contengan en el sartriano el infierno son los otros, se ve o no se ve. Aquí Felix los siente como tal, y se rebela, pero conforme a las pautas aprendidas. ¿Cuándo conseguiremos erradicarlas? ¿Cuándo?

      Una excelente, inclemente (aunque a veces se respire, un poco…) y necesaria novela a descubrir y a destripar. Hay una traducción reciente de la editorial Las afueras a la que, lamentablemente, no he podido echar una ojeada (los libros duran en las librerías un suspiro y este debería ser un libro de fondo ya), porque la traducción, no me cabe duda de que no ha de haber sido trabajo fácil.

*Soy un obrero que se ha echado a perder. 

**Tenía un montón de ideas bullendo en mi interior, ideas mías, no tan tontas, intraducibles, impresentables.

***Estar lejos de estos miserables que sólo rezumaban vacío. ¡Vacío! ¡Vacío por todas partes! Todos los vértigos, te sentías desvanecer, te desparramabas, un auténtico cerebro explosivo sobre esos arrastrados.

****Me aconsejaba a mí mismo pasar de todo aquello, no pensar por encima de mi condición.

*****Yo, Félix, me había convertido en el obrero que se emborracha y pega a su mujer.

****** A fin de cuentas la había conseguido en los saldos, a mi mujer, de segunda mano.

     

La consagración de la primavera de Alejo Carpentier

Decía Alejo Carpentier en una entrevista de 1974 que trataría … en su obra inmediata, de reflejar un proceso histórico que me llevó a tomar conciencia de mí mismo y a saber que realizando mi labor no sólo trabajo para mí, sino que trabajo para los demás. Cuatro años más tarde publicaría La consagración de la primavera, en 1978, con 74 años. Alejo Carpentier cierra la novena y última parte que es también el último capítulo con una cita de Goethe: Solo merece la libertad y la vida aquel que cada día sabe conquistarlas. A la octava parte la antecede una de Melville en las antípodas del Preferiría no hacerlo, toda la novela va precedida por la respuesta del gato a Alicia … puede estar usted segura de llegar, con tal de que camine durante un tiempo bastante largo. Esta novela es el plausible camino de dos personas que se encuentran, partiendo desde posiciones opuestas, disonantes, con diferentes modos, líneas melódicas, en un pas de deux, que se encuentran y encuentran una forma de renacer en una nueva primavera. Y esa primavera es la Revolución cubana (que, porfiadamente, sigue, como puede, caminando).

      Los conocimientos de las bellas artes por Carpentier son vastos y profundos y a lo largo de los distintos capítulos son desplegados al compás de su propia biografía, ya que recoge cronológicamente sus diferentes estancias más o menos prolongadas en distintas partes del mundo -muchos años en París, varias y largas temporadas en México, España, NuevaYork… – y con ello, va recogiendo e inmiscuyendo a amigos y conocidos de entonces. Que la música fue una de sus pasiones da fe la recopilación de sus escritos en El músico que llevo dentro, donde Stravinsky cuenta con un lugar de honor en numerosos artículos. Abre la primera parte con la reproducción de la partitura del comienzo de La consagración de la primavera, ballet que revolucionó las mentes acomodaticias y bien pensantes de la época, dando origen a un gran escándalo el día de su estreno –solo con escuchar el solo de fagot seguido de corno inglés que abre la pieza y que es el fragmento recogido por Carpentier, Saint Saëns se levantó y se fue (no le hizo falta ver a Nijinski)-. Y con un solo comienza la novela en la voz de una bailarina que sabremos procedente de Bakú (como la madre del autor). A excepción de un par de capítulos en los que las dos voces narrativas, Vera y Enrique, simultanean sus pensamientos y sus recuerdos, y el final, donde de nuevo sus voces caminan en paralelo, en los demás únicamente una de las dos líneas dirigirá el relato. La historia comienza llegando a España durante la guerra civil y, en una analepsis de varios capítulos, recupera el pasado de Enrique, brigadista en nuestro país, desarrollando el contexto histórico, social y cultural cubano desde la dictadura de Machado de la cual tuvo que huir -como Carpentier-, así como la situación presegunda guerra mundial europea. Tras la expulsión de España de las Brigadas Internacionales y la situación prebélica en Francia, Enrique retorna de su exilio y Vera, en su compañía, procede al siguiente (no será hasta la séptima parte y tras un proceso de crisis profunda -personal, pero también social, en pleno proceso de avance Fidel y sus guerrilleros-, que Vera retroceda hasta la Revolución rusa para entenderse y afrontar un proceso que la llevará a ella, fugitiva de guerras y revueltas, mujer de continuos exilios, a cambiar profundamente su posición frente a la política, frente al mundo). El relato y sus motivos son de una riqueza abrumadora, de apariencia caótica, sin una estructura precisa -como el ballet del ruso- se fragmenta en 42 capítulos repartidos en 9 partes. Su verbo es ágil, profuso, preciso, práctico, nítido, contradictorio, avanzado, antiguo… Música y músicas, danza, pintura, arquitectura –la construcción en La Habana, de México-, poesía… Todo cabe, se entrelaza, evoluciona, dialoga, avanza… Dialéctica a lo largo y ancho de novela, vidas, pensamientos, artes, ciudades, naciones … La confrontación, el análisis y la literatura, la música, las esencias, la pulsión de la naturaleza, las contradicciones, su superación…

     Con esta obra, de alguna manera memorialista, que traza el círculo desde la guerra civil española para abarcar desde la revolución bolchevique de 1917 hasta la cubana de 1959, Carpentier, dos años antes de dejarnos, da una lección de escritura, coherencia y honestidad. La riqueza del texto es de una generosidad abrumadora, abierta a infinidad de vías y supone un gran placer seguirlas. A dos años de morir Alejo Carpentier era una fuente tenaz de energía literaria, pero también de compromiso, lucidez y vitalidad. A veces los caminos se pierden, los exilios se suceden, pero … Mientras nos quede algo por hacer, nada hemos hecho. Herman Melville.

Una locura cotidiana de Elisabeth Bishop

Esta Locura cotidiana de la poeta estadounidense Elisabeth Bishop comienza con un bautismo -frío, porque el frío y el hielo son personajes de algunos de estos ocho relatos, personajes activos, definitivos- y termina con un grito que, de alguna manera, acompañó a su autora a lo largo de toda su vida y que, inaudible, respira tras su prosa y tras su verso. Este grito alude a la locura que en su infancia, tras la muerte de su padre, apartó para siempre de ella a su madre. Inteligentemente este grito de En el pueblo está situado en último lugar, no obstante fue el penúltimo relato escrito por la poeta y, digo poeta, porque tienen mucho de su poesía sus cuentos, con una prosa sensitiva repleta de imágenes y, al mismo tiempo, eficiente, sin lastres, exenta de dramatismo y, al tiempo, cruel, intensa, levemente irónica, argumental y verbalmente rítmica.

     El orden de los cuentos es cronológico a excepción del mencionado anteriormente. Los tres primeros fueron escritos entre 1937 y 38. El mar y su orilla, sui géneris crónica sobre un particular lector y En prisión, carta al lector de un reo -o rea- voluntario, presentan realidades improbables y un simbolismo abierto a lo personal y a lo público, ambos en el límite de lo real y lo demencial. El primero, El bautismo, junto con el cuarto, escrito 10 años más tarde, Los hijos del granjero, podrías subtitularse Díptico del frío en Nueva Escocia, lugar de referencia en la memoria de Bishop, donde mitificó una niñez huérfana al calor de su abuela. Ambos recogen acontecimientos invernales de las pobres gentes. El primero se instaura en la cotidianeidad de tres hermanas que viven solas, mientras que Los hijos del granjero, comienza con el tono de un cuento de los de siempre, sus personajes hacen pensar en personajes de cuento -madrastras, hermanastras, migas…-, los peligros que acechan a los dos hijos del granjero, además del frío, son la oscuridad y presencias de tintes monstruosos y, con suavidad y fantasía, llega al temido y natural final. Excelente. El ama de llaves y Recuerdos del tío Neddy recogen dos personajes singulares, con una tierna ironía el primero y con tristeza entre perpleja y afectuosa el segundo, el tío Neddy, tristeza guiada por la necesidad de desvelar en un retrato a la persona que ella conoció sin llegar a saber  quien era. Gwendolyn, escrito en el mismo año que En el pueblo, ubicadas ambas en el espacio antiguo, en Nueva Escocia, bebe, como el que será su último cuento, el del tío Neddy, de su pasado y recoge con mirada de entonces el contacto con la muerte de una amiga querida y la forma de canalizarlo a través de una muñeca. En el pueblo reproduce el descurso del tiempo, recoge su sonido y apacigua el grito de fondo, es la narración de lo que no escuchamos, pero está.  Al pasar por el puente, me detengo y contemplo el río. Todas las pequeñas truchas que ha sido suficientemente listas para no dejarse atrapar -pero ¿por cuánto tiempo?- están allí, moviéndose rápidamente de costado, en insensatos ataques y retiradas