Mentira y sortilegio de Elsa Morante

Morante publica Mentira y sortilegio en 1948. A los trece años escribe La extraordinaria aventura de Catalina, una obra para niñas y niños como otras tantas que crea desde entonces. Esta es su primera novela para adultos. Su protagonista es Elisa, con una “i” intercalada en el nombre de la autora, letra tal vez obtenida del nombre de su madre Inma, sustituida a su vez por una “a”, pues Anna es el nombre de la progenitora de Elisa. Con Elisa comparte Elsa el ser hijas ilegítima y al padre biológico de la novelista, Francisco Lo Monaco, lo reparte, Francisco para el padre real de Elisa –a quien le da también la misma profesión, empleado de correos- y Monaco para el padre secreto de Francisco, que vendría a ser el desconocido abuelo paterno de Elisa. Muchas más huellas de su biografía ha de haber en esta historia, pero no pasa de ser anecdótico y tan significativo como en cualquier escritor o escritora que se esparce en su obra. Elsa Morante fue reconocida por Augusto Moravia y creció en contacto con los y las internas del correccional donde este trabajaba. ¿Vendrá en parte de ahí su especial sensibilidad a los conflictos y la indefensión de la infancia?

   Adentrarse en esta ficción requiere abandonarse a su intensidad, a la profusión de fábulas y leyendas, a la magia y, con ello, a la maldad, la mentira, la crueldad de todas las historias y quimeras que desembocan en el aislamiento y la tristeza de su narradora. Al hilo de tan mal hado, la recapitulación se convierte en un desesperado conjuro contra los fantasmas que pueblan una estirpe, aunque sea una estirpe de baja alcurnia o, lo que es lo mismo, del vulgo, de los desclasados, pero estirpe al fin y al cabo. Una Elisa mayor, por segunda vez huérfana, comienza con la introducción a la historia de su familia pero, para ello, nos pone primero en situación. Aunque adulta, joven quijote encerrada en su mundo de lecturas fantásticas, no se resigna únicamente a despertar interés por un pasado construido a base de engaños, mitos y fatalidad que le conducirá a una situación claustrofóbica, abre también una puerta al juego con la adivinanza sobre la identidad de su único compañero, Álvaro, buscando no solo la intriga -de sobra despertada con su tono premonitorio e imperioso- sino convocando la infancia encerrada en toda persona, toda biografía y, ojalá, que en todo lector.

   En esta pródiga saga familiar la narradora cuenta en la primera parte con la voz de los muertos que pueblan el cubículo donde ha elegido vivir al margen de la sociedad que rodea a su madre adoptiva, ellos y ellas le van transmitiendo aquello que la protagonista no pudo vivir, remontándose a sus abuelos. Con maestría y excelente verbo, cambia las voces intercalando sus propios recuerdos, las mentiras que recibió, el morbo de la imaginación que heredó, las certezas que en el momento de la narración intentan predominar sobre el legado que la ocupa. Ella sabe que allí donde buscaba misterio y malicia hay solo emociones enfermizas y decadencia. Bajo unos personajes que se quieren especiales en un entorno que ubica con detalle en una pequeña ciudad del Mediodía italiano, subyace una clase dirigente meapilas y orgullosa junto a una sociedad rural inculta y dependiente. En ambas se alinean hombres y mujeres, formando un entramado cuyas principales víctimas son siempre los y las hijas que a su vez, no recogen el testigo, sino que lo incendian, perpetuando un mundo de desigualdad y engendrando criaturas vulnerables que no encajan en un mundo que brinda pocas alternativas. Madres de adoran a sus hijos e ignoran a sus hijas, padres que malcrían a sus hijas o que las utilizan. Nos dice Elisa: Me creerán si les digo que son tres los mitos de los niños pobres: el Paraíso, el milagro y la riqueza, y estos tres grandes mitos se confunden y se explican uno con otro. Ella recibe este legado de las mujeres de su familia, una imaginación mórbida y caduca ligada a un amor y una admiración incondicional a la distante figura materna que a su vez tampoco recibió afecto alguno de su progenitora. En la segunda parte, los personajes de su pasado cuyos avatares y tristes miserias ha ido engarzando a una luz comprensiva, compasiva, pero no exenta de una ironía que convoca al lector dirigiéndose a él abiertamente en ocasiones, dichos personajes se rebelan y son sus propios recuerdos los que hablan y estos recuerdos comprenden la fugaz aparición de mis padres, que para mí duró lo mismo que mi infancia y cuya naturaleza fue tan perturbadora que luego mi memoria transformó un drama burgués en una leyenda. Leyenda que, como les sucede a los países sin historia, me apasiona (esa historia que corre paralela a cada existencia y que ella se empeña en marcar en su posterior y polémica La historia, estando aquí como un telón de fondo entre tanta fábula de supervivencia).  Figuras familiares y otras próximas desfilan en un texto de una exuberancia abrumadora. El mundo femenino limitado y constreñido no encuentra más vías de escape entre la plebe que la imaginación o ese mal llamado oficio más antiguo del mundo, y el fanatismo religioso entre la clase dirigente -las dos descripciones sobre lo que hacer el amor es para una familia opulenta y católica, y para una joven prostituta de provincias llena de contradicciones, pero también de amor, son impagables-, los obstáculos que han de afrontar aquellos que no cuentan con un buen caudal de dinero les reducen a vivir el día a día sin perspectivas de mejorar en el futuro. Mujeres que viven por despecho, orgullosas, supersticiosas, lánguidas, antipáticas, incomprendidas, incapaces de hacerse entender, hombres disolutos y autocomplacientes, apocados, dignos, manipuladores… la galería es amplia y nunca sencilla, cada cual destella luces, oculta sombras y estas sombras vienen de antes, de cuando eran seres pequeños, frágiles, dependientes. Por las líneas de Morante transita tanta literatura, como por la imaginación de Elisa mitos. Poe, Homero, Proust, Goethe, las Bronte, Wilde, Dostoievski…

   Ciertamente no es pequeña empresa emprender esta lectura, son mil páginas, ahora bien, vale la pena, ya lo creo y, necesariamente, piden más de Morante. Enhorabuena a la editorial Lumen a la que apenas se le ha pasado por alto alguna errata, y a la traductora -traducirla y corregirla no ha de ser empresa baladí, en parte porque, necesariamente, ha de haber momentos en que olvides la ortografía y te dejes llevar por esa voz de El(i)sa que se cuenta, que te cuenta, te interroga, te toma como testigo y como cómplice- y, cómo no, a la gran Natalia Ginsburg que tuvo la valentía de leerse tamaño libro -Cesare Pavese lo dejó en sus manos- de una casi novel escritora y aventurarse a publicarlo. Y a Elena Ferrante, cuyo nombre tanto eco encierra de Elsa Morante, por hablar de este libro como de un gran descubrimiento. Eso es es también.

Tuyo es el mañana de Pablo Martín Sánchez

Tuyo es el mañana

 

El día dividido en seis bloques de tiempo: Medianoche, madrugada, mañana, mediodía, tarde, noche. Cada bloque integrado por seis voces, cada voz ocupa un puesto diferente en las distintas partes conforme a una secuencia. Seis personajes narran cuanto les acontece a determinadas horas entre las 00.00 y las 23.15 del día 18 de marzo de 1977. Nada es aquí aleatorio, la arquitectura es un juego de números al que se suma una introducción a los distintos tiempos del día. En ella, una voz diferente se dirige a un niño describiéndole sus origines, su nacimiento y poniéndole en situación sobre dónde está. Es también quien despide el libro, sumando siete intervenciones, cerrando el círculo y alargando su trayectoria, abriendo otro lapso por vivir.

    Clara, una niña sensible e insomne que no quiere ir al colegio por temor a un compañero de clase, una niña con miedo a las reacciones de los mayores, pero pizpireta y audaz con la que es indudable que el autor se divierte hasta que avanza la trama y cumple su cometido en ella. Y que se formula un pregunta que no puedo por menos que consignar aquí: si yo soy la pluma, ¿quién es la azada? (ver respuesta en el libro). Gerardo, un profesor de Política con un duro pasado de tortura y de pérdida que va más allá de su deseo expreso de mantener la memoria como forma de resistencia. Solitario III, un galgo inmigrante irlandés de mucho pedigrí cansado de correr para la gente, animal sensible con atroces pesadillas y cuyo nombre cambiará a lo largo del relato. Carlota, una estudiante de Periodismo liberada, ambiciosa, pero precavida. Un Don José Maria Raich y Ros de Olano -con tanto apellido no podía sino proceder del difuminado régimen franquista- machista, prepotente, mirón, petulante y putero. Y por último Dª Maria Dolores Ros de Olano y Figueroa, madre del ínclito, sacrificada progenitora como dios manda cuya voz, como la del galgo, no es de este mundo, condenada ella, que fue la discreción personificada, la pureza misma, a ser una mirona -menos mal que está la televisión que la informa y entretiene-. La mayoría de los personajes tienen problemas para conciliar el sueño, el miedo es una constante en las vidas de Clara y Solitario, un recuerdo obsesivo en el profesor y en Dª Lola, algo nuevo para Carlota y D. José María. Los hechos se suceden por boca de los protagonistas, otros intervinientes acompasan los hechos, dan pie a las voces para desplegarse y a avanzar la trama que se precipita en la última parte encajando el rompecabezas que hemos ido componiendo con toda la literatura -e información- que, generosamente, nos ha proporcionado el autor.

    Estupenda novela ubicada en plena transición, con diversas líneas argumentales abiertas y sin cerrar, como en estos tiempos. Bien podría situarla en 2017, todo estaba y está sin resolver en nuestro figurado cambio de sistema -quizá el terrorismo no, este ha cambiado de piel-. Las mismas líneas argumentales siguen abiertas. Este Oulipo, Pedro Martín Sánchez, las despliega y, para nuestro divertimento, las adereza con variopintas cotidianeidades, algunas lúdicas, otras no tanto, todas significativas en el desarrollo de los portadores de esta urdimbre, algunas curiosas, otras.., otras se ve que le gustan, sencillamente, y hacen de esta obra un lectura enriquecedora y al mismo tiempo que inquietante, retozona. Un placer.

Buena alumna de Paula Porroni

buena-akumna

 

Una mujer que volvió a Argentina a su pesar tras acabar la carrera de Arte, retorna años después a Inglaterra, a la ciudad donde estudió, ciudad cuyo ritmo está marcado por la Universidad y ya no le resulta ya acogedora. A su modo de ver y al modo de ver de su madre, es su última oportunidad para hacer algo, un posgrado tal vez, lo que sea que pueda encontrar para culminar su carrera terminada hace demasiados años y por el momento inútil. Malvive en un cuchitril -más tarde malvive de un sitio a otro- y saca algún dinero en un trabajo provisional, pero básicamente vive de lo que su madre le manda e intenta centrarse en preparar una memoria que le permita acceder a una beca en una Universidad de ínfima categoría. Como tema elige la naturaleza muerta, pero lo hace porque puede tirar del hilo del mejor trabajo que hizo en sus tiempos de facultad. La narradora, cuyo nombre nunca sabremos, forma un triángulo que descansa sobre el adjetivo inglés still, quieto, detenido, sin movimiento. Still-life, naturaleza muerta, stillborn, criatura muerta al nacer, y ella, quieta, parada, sin impulso. Frente a este marasmo, el dolor físico que recurrentemente se autoinflinge la buena alumna, nos es presentado como Agua de un sueño en la que es posible renacer, reminiscencia bautismal que resurge con el agresivo baño final en las gélidas y decadentes aguas del mar Báltico.

    El presente está tan presente que incluso los antecedentes sobre el porqué de su estancia están narrados así. Aun visiones de futuro las consigna en presente. La narrativa resulta inmediata, lineal, con anclajes en el dolor físico, una constante en soledad que se repite como un tic. La autora resulta ajena a su propia vida, convencida de no tener un lugar, idea interesante que ella ilustra bien –El mundo dividido desde siempre en dos clases de personas, los huéspedes y los anfitriones. Esta es una división que se produce de manera natural. Tajante. En la infancia. Enseguida se vuelve inmutable. Sobreviene entonces una extraña orfandad. Niños con padres que salen a la caza de otros padres, nuevas familias. Falsos huérfanos, serviles, capaces de hacer o decir cualquier cosa con tal de obtener una invitación. Un escondite.-. Es fácil de desviar de la línea a seguir, temerosa de la vejez –Pienso en la casera, su cuerpo rancio, y juro que no me importa el trabajo que termine haciendo, nunca más voy a dejar de correr. Nunca jamás voy a dejar de ejercitarme. ¡Ay, el sufrimiento!-, superficial, sin voluntad propia -marcada como está por la de su padre, difunto ya cuando acabó el colegio-. La voz que nos cuenta su historia es un voz sin profundidad en el tiempo y sin futuro.

    En resumen, una novela correosa, con sus puntos de acierto, aunque al final resulta un poco como la protagonista, hueca, anodina. No sé decir si eso es un acierto o el lastre. Al principio me parecía acertado, al final ya no tanto y, teniendo en cuenta que no llega a 120 páginas, pues no sé… Esta misma duda, me hace dudar… La oquedad existe, por momentos no creo que haya nadie que pueda quedar indemne en su vida de esa falta de emoción, pero puede resultar, según se trate, más o menos cautivadora. En este caso consecuente es.

paula-porroni

La habitación de Nona de Cristina Fernández Cubas

la-habitacion-de-nona

 

Abre el libro de Cristina Fernández Cubas una cita de Einstein La realidad es simplemente una ilusión, aunque muy persistente. Podríamos cambiar los términos y decir que la ilusión es simplemente una realidad, aunque muy persistente, porque persistentes y tenaces son algunas de las ilusiones de estos relatos, otras son inconsistentes y funestas, mudas e incómodas, recurrentes y familiares, tramposas y esperanzadoras o vitales y antiguas. Si bien igualmente podríamos hablar de las realidades en los mismos términos. O casi. Pero también ambas son necesarias, terribles, inexplicables, íntimas o irreductibles. La habitación de Nona está atravesada por todas ellas en un desdoblamiento brillante que da voz a quien no puede y no suele tenerla, una voz cómplice, inocente, sensata y voluntariosa que solo espera que las aguas vuelvan a su cauce. Hablar con viejos, que con El final de Barbro es la que más tiene de juego perverso, convierte una quimera -que siempre tiene a un o una infeliz ilusa detrás- en la nueva ilusión de un ser de pesadilla. En Interno con figura, cuadro que ilustra la portada, la autora, en primera persona, busca e imagina la historia que podría haber detrás de un cuadro, el cuadro se abre a otros ojos, la voz escucha otro relato, tres realidades, tres ficciones y las tres nos las acerca imperiosamente quien no puede hacer sino eso, la narradora. En El final de Barbro, tres hermanas y una sola voz que miran sin ver, casi cuentan sin querer y aprovechan la oportunidad de una venganza más que poética (ridiculizó a quien más queríamos, invadió nuestro terreno, nos robó los mejores recuerdos, se burló de todo lo que respetábamos y nos resarció con el más absoluto desprecio -no se podía expresar mejor, son motivos más que suficientes-), una venganza que no existe puesto que nadie la ve ni la verá. Una variante del léxico familiar algo más transcendente y cuasitenebrosa. Una nueva vida está engarzada con una dulce ironía que comienza en el título y transcurre acompasada por la afirmación de Einstein de que como físico usted sabrá que para mí no existe pasado ni presente, algo que queda demostrado por el sentido roce de una mejilla, aunque a la postre… Y por último Días entre los Wasi-Wano, la más luminosa -que no alegre-, vindicación de un posible paraíso encontrado y del amor -adolescente- por los héroes, por muy cuestionados que queden por los hechos, las acciones u omisiones.

   Dónde termina lo real y comienza lo otro. O viceversa. Cristina Fernández Cubas difumina estos límites. La ilusión de la huida y diferentes formas de caer en la realidad a través de seis relatos de distintos tonos, de tres edades. Nona y los Wasi-Wano abren y cierran con sus ojos inocentes y sus esenciales realidades paralelas, Interno con figura y La nueva vida tienen un mirada más madura, mas no exenta de temor y consciente del ridículo. Hablar con viejas y Barbro son historias tenuemente maléficas y, especialmente Barbro, estupendamente narradas, con ojos jóvenes y atrevidos. Todos los ojos de todos los cuentos también asustados.  

cristina-fernandez-cubas-2

El mapa calcinado de Kobo Abe

el-mapa-calcinado

 

Caí en las redes de Kobo Abe cuando Siruela publicó La mujer de la arena allá por el ocheta y muchos, después pasó al olvido -el autor, no su novela que se sumó a las que me son más caras y de segura relectura si el tiempo con su hábito de pararse no lo impide-. Aguarda en pendientes El rostro ajeno, comprado en un momento inadecuado por lo que desapareció entre la multitud de volúmenes de todo tipo que inundan la casa, y en una virtual cesta de la compra todos cuantos he visto que están traducidos, claro que algunos, como El mapa calcinado, en Argentina, si bien se puede comprar en España y confío en que los otros también, aunque los tiempos han cambiado y los libros vuelan, previa tarjeta de crédito, de un continente a otro. Por la reseña de Guelbenzu, en quien prácticamente siempre confío, supe de esta obra y me precipité en su búsqueda.

    Kobo Abe, 1923-1993, tokiota de nacimiento, pero crecido en Manchuria. Volvió a su ciudad natal para hacer el servicio militar -lo que le convirtió en antimilitarista-, para estudiar medicina, abandonar la carrera y dedicarse a continuación a la poesía, la novela, el teatro, el cine y seguro que más cosas. El mapa calcinado es de 1967. Wikipedia francesa dixit -esto y algo más-.

   Una mujer dirige una carta a la agencia de detectives T. para que localicen a su esposo Hiroshi Nemuro, jefe de promoción y ventas de la comercial de gas Daimon.

     Leída la carta que firma Haru Nemuro, comienza el relato de los acontecimientos por el detective encargado del asunto, relato que arranca preciso, puntilloso, matemático, sin escamotear detalle del trayecto y el paisaje -blanco, geométrico, turbio-. Él, nunca sabremos su nombre, es meticuloso, concienzudo hasta el extremo, obsesivo, su jefe no requiere tanto de él, a fin de cuentas considera que un detective no es otra cosa que un limpiador de cloacas, que se arrastra en medio de las inmundicias que nunca reciben la luz. Y así será. Un paseo por las zonas oscuras, por lo que hay detrás, por lo que no se ve y nunca se termina de saber, por los huecos que no están en el mapa, el mapa que es necesario trazar para caminar seguros. Él nos conducirá. También podríamos llamarlo el tipo. Hay otros “él” y otros “tipos” a lo largo del relato, dos de ellos, el hermano de Haru y Tashiro, compañero de trabajo del Sr. Nemuro, a veces tienen nombre, pero acaban resultando “él” o “el tipo”. Desaparecen. Nadie sabe de ellos en una sociedad gregaria. Porque hay muchos tipos de desaparecidos en esta ciudad que nos describe nuestro detective, los que están presentes y nadie ve, como Tashiro, los chicos fugados de casa que pasan a engrosar los prostíbulos de las mafias, los taxistas –nubes flotantes– temporales, grupo voraz, los obreros que buscan la ayuda social, los ocultos en un local de pachinko, en un bar, en vasos y vasos de sake… Solo una de sus fuentes de información, el Sr. Toyama, merece que su conversación sea digna de figurar en los informes que el detective presenta, es una presencia firme, con una información fidedigna, tiene un lugar propio donde regresar. Él, a fuerza de minuciosidad, se va explayando, se va dispersando, cada detalle amplía el abanico y el mapa personal del detective se llena de vacíos. Haru, su cliente -una referencia más cercana que su exesposa-, es su principal intriga a pesar de las estrictas normas de la agencia: no han de verlos como seres humanos, sino como el alimento para saciar vuestra hambre. No consigue descifrarla. ¿Qué consolida una identidad fuera del grupo? Ese grupo que no acoge y sí puede matar de diferentes formas activas o pasivas. Esa sociedad que es la base y también la cuerda que estrangula.

    Una pretendida “novela negra” llena de espacios en blanco, la búsqueda de la concreción como punta de lanza del absurdo. ¿Hay una trama en esta investigación en la que el detective encuentra más intrigante y molesta la solicitud de investigación que el paradero del desaparecido? Imágenes poderosas, líricas, en un espacio de cielos blancuzcos, neones estridentes, descampados peligrosos. Desaparición y/o muerte. Godot que no quiere volver, la cucaracha que despierta convertida en una pieza de un engranaje que no encaja. Por más que reflexione, nunca llego a entender por qué me resulta tan terrible el sueño que se repite un par de veces al año, en el cual me persigue la luna radiante. Todo se entrecruza, se entreteje, para volver al definido espacio del comienzo, como una estrofa que se repite cuando ya no hay donde volver.

    Ineludible, como La mujer de la arena, para quien disfrute de Kafka, Beckett, Kristof… Para quien no encuentre siempre las cosas en su sitio, en el que dicen que decían que corresponde. 

kobo-abe2

Gomorra de Roberto Saviano

gomorra2

Termina Saviano Gomorra gritando: ¡Malditos bastardos, todavía estoy vivo! Esto fue en 2006, aún no pesaba sobre él la condena -a fin de cuentas cualquier camorrista sería recompensado por su desaparición- que siguió a esta obra. Ojalá pueda seguir diciéndolo durante años por mucho que haya cambiado su vida.

    En la primera parte nos conduce hasta Nápoles entrando por el puerto de una forma rotunda, con la caída de un montón de cadáveres amontonados en un contenedor previo pago: son los restos de emigrantes chinos que quieren ser enterrados en su tierra y salen por el puerto europeo en el que el 99 por ciento de la mercancía que se mueve procede de su tierra. Estos cargamentos nacen a medias en el centro de China, se completan en alguna periferia eslava, se perfeccionan en el nordeste de Italia, se elaboran en Apulia o en el norte de Tirana para acabar en quién sabe qué almacén de Europa. La mercancía tiene en sí misma los derechos de circulación que ningún ser humano podrá tener jamás. Muchas veces se vale Saviano de personas que conoció en las andanzas que le permitieron entregarnos este libro. Por ejemplo, Pasquale. En el segundo capítulo él encarna la desprotección, el abuso y la ausencia de alternativas en la segunda geografía por la que nos conduce, Secondigliano, Nápoles, lugar sin esperanzas para una población desprotegida, inmersa en una economía, más que sumergida, flotante, pues flotando se mantienen, sin avanzar nunca, estancados y dependientes, a expensas de unos empresarios que no conocen de derechos y leyes, sometidos a las necesidades de la Camorra y del mercado de la moda, mercado que desmenuza con muy poco glamour y eso que su producto puede acabar en manos tales como las de Angelina Jolie -así se intitula- o en cualquier todo a cien de nuestro barrio. Eso depende. Una vez aquí llegados, procede a hablar del Sistema -así conocen ellos a la Camorra-, de su directorio y a desmenuzar su forma de funcionar, de incrustarse en el entramado social, bancario, político, laboral, etcétera, etcétera. Este Sistema no es sino el reflejo de una sociedad más global cuyos atenazantes tentáculos preferimos ignorar. Conocido este, nos narra la guerra entre dos familias –faida– que allí tuvo lugar desde 2004 -y probablemente siga, más soterrada, diferente, no tan extendida-, con la cocaína como valor de cambio y que fue especialmente sangrienta. Sobre esta guerra nada transcendió a los medios de (des)información a excepción de la nota que le puso punto final, firmada por uno de los boss en liza, el boss de los boss, la cual fue publicada en un diario que se podía comprar en todos los quioscos. El cambio de modelo de negocio resultó caro en vidas, alistó combatientes nuevos -no solo en África hay niños soldado- y, claro está, el negocio pervivió. Muchos cronistas creen encontrar en Secondigliano el gueto de Europa, la miseria absoluta. Si consiguieran no escapar, se darían cuenta de que tienen delante los pilares de la economía, el filón oculto, las tinieblas donde encuentra energía el corazón palpitante del mercado. Y también las mujeres están en este entramado, Saviano no las desatiende, algunas en un lugar de honor entre los victimarios.

    En la segunda parte, dada una visión global y precisa, es donde Saviano apunta más fino. Excelente y significativo el ensayo Kaláshnikov en el que conocemos al progenitor de Roberto Saviano y a través de ambos podemos percibir la importancia que las armas tienen en estas tierras de Campania. Con su experiencia personal, la vehemencia del economista y distribuidor de café, Mariano, la función que esta ametralladora desempeña en la vida cotidiana de Nápoles y en el contexto internacional, consigue el autor uno de los mejores cuadros de Gomorra. De nuestro mundo. … Para evaluar la situación de los derechos humanos, los analistas observan el precio al que se vende la kalàshnikov. Cuanto más barata sea la metralleta, más se violan los derechos humanos, más corrompido se halla el Estado de derecho, y más podrido y arruinado está el armazón de los equilibrios sociales. El Sistema controla el tráfico de armas gracias a sus acuerdos extraoficiales con los países del Este, de la misma manera que los clanes de Secondigliano “democratizaron” el mercado de la cocaína, este subfusil que el disciplinado soldado Kalashnikov creó para el bien de su ejército ha puesto al alcance de cualquiera disparar a lo que sea menester. A continuación sigue escudriñando en el imperio de la construcción con Cemento armado y para ello nos lleva fuera de Nápoles, a Casal di Principe. El camorrista se hace; el casalés nace. Núcleo duro del Sistema, empresariado práctico y eficiente, pionero en comprender que el mayor mercado había de ser el de una droga capaz de no matar en un tiempo breve, capaz de ser más un aperitivo burgués que un veneno de los parias. Emprendedores tan sagaces no podían por menos que manejar el negocio de la construcción, ligando para ello a constructores y bancos y convirtiéndose en una nueva burguesía que maneja el crimen organizado como una adquisición planificada de servicios. Ellos son la auténtica clase dirigente sin escrúpulo ninguno acerca de la plebe y el territorio. Esto quedará más diáfano, si cabe, en el último capítulo, Tierra de los fuegos, en el que, a través de un avaricioso y turbio intermediario, el stakeholderexperto en residuos y en camuflar aquello que no se debe camuflar eludiendo normas y encontrando o creando vías libres para abaratar costes al margen de las consecuencias ecológicas y sanitarias- han hecho de la Campania, del Sur de Italia, de países enormemente inestables -¡qué eufemismo!-, del mar o de lo que sea necesario, es decir, rentable y oculto, verdaderas bombas para la población y a la larga para todo el planeta. Y nosotros, en cuanto tocamos la basura, hacemos que se convierta en oro. Entre medias otros capítulos igualmente ilustrativos. El dedicado al Padre Diana, en el que además de encomiar la labor de este párroco valiente que se enfrentó no sólo desde el púlpito, sino en la práctica, dejando constancia por escrito y persiguiendo la verdad de casa en casa, nos proporciona un retrato de los boss, sabedores de que a larga están condenados a vivir encarcelados, sin disfrutar de su dinero o a morir y que se ven a sí mismos como nuevos mesías obligados a cargar con el dolor y el peso del pecado por el bien del clan, pretendiendo de su entorno que se someta en cuerpo y alma al espíritu de la Camorra. De nuevo los medios, silentes frente a tanta fechoría, sí que han dado eco a la difamación ya que cualquier asesinado por el Sistema ve flotar y expandirse sobre su cadáver la sombra de la duda. A esta parte debemos el título, al texto que no quiso ni pudo leer un amigo del Padre Diana, un texto de tintes evangélicos que increpa e intenta impeler a la acción. Hemos de correr el riesgo de convertirnos en sal, hemos de volvernos a mirar lo que está ocurriendo, lo que se cierne sobre Gomorra, la destrucción total donde la vida se suma y se resta a vuestras operaciones económicas. ¿No veis que esta tierra es Gomorra?, ¿no lo veis? Recordad. Cuando vean que toda su tierra es azufre, sal, aridez y ya no haya simiente, ni fruto, ni crezca hierba… Y en esas están, envenenando su propia tierra. Y la ajena. Hollywood hace un repaso de la gestualidad y las referencias del clan -una casa construida a imagen y semejanza de la de Tony Montana en El precio del poder- al tiempo que nos relata la breve vida de dos jóvenes que no suman treinta años, que viven al límite la ficción de las películas de gánster adaptadas a su ciudad. También merece capítulo aparte el Sistema de Mondragone y su filial -limpia de negocios sucios- de Aberdeen, con una ideología propia y de una crueldad peculiar en la que tienen muy claro que Nada tiene valor si no genera poder.

    Lo cierto es que me acerqué a este libro más con la intención de echarle una ojeada que de leerlo y quedé atrapada, porque si hay una cosa que transmite Saviano y, cada vez más, a medida que lo lees, es emoción. Desgrana hechos, económicos y sociales, desmenuza relaciones, entramados de poder e iniquidad, aporta cifras e historias, transmite, transmite siempre, conocimientos y sentimientos, datos y desasosiegos. Donde otros dijeron, Me acuerdo, él, como Pasolini, dice Yo sé, lo dice tras ver una muerte más, lo dice y lo repite, como un ritornelo, porque sabe y nos lo cuenta, porque aún confía -por lo menos confiaba, entiendo que sigue siendo así, pues sigue ahí, de libro en libro, y de un sitio a otro-, confía en la palabra. No sé si la palabra está de su parte, espero que así pueda ser. De nuestra parte

Imprescindible.

roberto-saviano-770x467

La niña perdida de Elena Ferranre

la-nin%cc%83a-perdida

No cambian los hábitos en la cuarta entrega de la Tetralogía napolitana de Elena Ferrante, se funden y la consolidan. Relación de personajes y circunstancias; como en el primero, La amiga estupenda, dos partes y cada una con un subtítulo: Madurez – La niña perdida y Vejez – Historia de la mala sangrey un broche final, oscuro y brillante, intitulado Epílogo constituido por dos entradas.

    Madurez – La niña perdida. Antes de volver al punto en el que nos habíamos quedado, como en cada etapa, Lenù, de la mano de Ferrante, nos anticipa que en los tiempos venideros, resentida con Lila por haber puesto el dedo en la llaga -la culpa, siempre la culpa, y esta vez la culpa respecto a sus hijas- intentará alejarse de ella. Al mismo tiempo, recuerda cuál es el motivo por el que está escribiendo esta novela y concluye que para no perder de vista a Lila ha de hablar de sí misma en la justa medida a riesgo de perder el rastro de su amiga. Aclarado esto, el relato continúa. Lenù, 32 años, agobiada en el estrecho papel de madre y esposa ha de reinventarse y potenciar su imagen a riesgo de ser absorbida por su gran amor de juventud. Retoma su papel de escritora y se lanza al mundo con sus propias armas: la escritura y sus vivencias, armas que confronta con el público, ayudándose así a entender y componer -hay cosas que no se recomponen y hay que comenzar de cero- un nuevo mundo que habitar en un periodo en el que reina el caos dentro y fuera de ella misma. Es un periodo candente, el fin de una época entrañada en su primer compañero, Franco, una época que en su declive estaba arrasando con todas las categorías que habían servido de brújula. Una época de desastres: Uno, el ocaso del sujeto revolucionario por excelencia, la clase obrera; dos, la dispersión definitiva del patrimonio político de socialistas y comunistas, un tanto desvirtuados ya por disputarse a diario el papel de báculo del capital; tres, el fin de toda hipótesis de cambio. El comienzo de otra, muy bien comprendida por su amante del momento, Nino –le gusta más caer simpático a los que mandan que batirse por una idea, un técnico muy servicial- y el mantenimiento de los de siempre, altivos clasistas que desprecian a la plebe y el feminismo, sempiternos gatopardos que siempre están ahí -aquí los Salina son los Airota, la familia de Pietro, su exmarido-. En el desayuno acostumbran a ingeniárselas para imponer un subsecretario y en la cena, para destituir a un ministro.

    Lenù vuelve a Nápoles en cuerpo y alma. Ha de reencontrarse por fin con la madre, entenderla y asumirla incluso físicamente; con su amiga, compartir de nuevo con ella amistad, complicidades, así como antitéticos y gratos periodos de embarazo. Es por Lila -el aparente contrapoder del barrio- por quien sabe de lo que ocurre en el barrio, lo que en realidad se mueve intramuros, lo que suponen las drogas en un barrio tomado, solo que ahora el sistema, los Solara, la camorra -en esta novela sí que la mencionan, lo hace Nino-, puede percibirlo desde dentro. Ambas se enfrentan unidas, pero a su manera, a este sistema. Se produce en la ciudad -y en sus vidas– un terremoto del que Lenù sale reforzada, mientras que Lila, la fuerte, la manipuladora, se desborda. El simbolismo se acentúa, el que viene de atrás y el que surge en la madurez, con la ciudad, con el volcán que todo lo arrasa, con las hijas concebidas a la par, con las muñecas desaparecidas… Sin aportar temas nuevos, arrastrándolos todos en una contextualización admirable, crecen, se retroalimentan, se actualizan, se enriquecen…

    Vejez – Historia de la mala sangre. Comienza en 1995 con su partida de Nápoles, nos adelanta cuáles serán sus pasos más importantes y cómo siente que el mundo al que pertenecía desaparece y ella con él. Después volverá sobre sus pasos para avanzar en los cambios de la vida de ambas, sus nuevos desencuentros, las nuevas heridas. El barrio degenera con las drogas, pero todo sigue progresando, por el camino quedaron y siguen quedando muchos de los personajes adyacentes, todos ellos con funciones vitales en este fresco coral en el que la ciudad es una parte importante de la historia. Cada cual organiza el recuerdo como le conviene y además se necesita un lenguaje común. Lila ha sido absorbida por el dolor y no consiguen volver a encontrarse. Mientras su italiano era traducido del dialecto, mi dialecto era cada vez más traducido del italiano y las dos hablábamos en una lengua artificial. Distintos espectros para los mismos miedos de la infancia: Chernobyl, el progreso como una pesadilla, quiénes serán los nuevos capos (a los Solara se les perdona, a Pasquale, el revolucionario, no). La explotación del hombre por el hombre y la lógica del máximo beneficio, antes consideradas una abominación, volvían a ser en todas partes las bases de la libertad y de la democracia. La clase política se ve salpicada, pero se recupera. Y Lenù ya no es hija, apenas madre o abuela en la distancia, ya no viven cerca y ella ha escrito y publicado sobre algo tajantemente prohibido por Lila. No vuelven a entablar relación. Nuevos miedos y miedos que regresan, como las muñecas y el brazalete de su madre: ¿estará escribiendo Lila, lo hará mejor que ella, se juntarán todas las Lilas (la escritora infantil, la zapatera, la elegante esposa, la artista, la obrera, la programadora informática, la apasionada de Nápoles…) y la superarán? Entonces mi vida entera quedaría reducida a una batalla mezquina por cambiar de clase social.

    Mención especial merecen muchas, muchas cosas de esta larga novela de cuatro libros de seis partes y un epílogo que vuelve la novela redonda, como ese Jardín de las delicias del Bosco que gana enteros cuando lo ves cerrado, porque lo sabes completo, en su finitud infinito. Mención especial, decía, merecen las entradas finales sobre Nápoles, el testigo que Imma, la hija de Lenù, recibe de Lila: el amor, el reconocimiento, la historia de esta convulsa metrópoli, donde las dos amigas han sido y, mal que le pese a Lila, son. Y donde siempre las recordaremos quienes leamos este extraordinario retablo de la segunda mitad del siglo XX y comienzos de este nuestro siglo XXI en el que el sueño de progreso sin límites es, en realidad, una pesadilla llena de ferocidad y de muerte.

Imprescindible