Tres guineas de Virginia Woolf

El 26 de febrero de 1935 a Virginia le abruma el deseo súbito de escribir un panfleto antifascista. Según una de las cartas dirigidas a su hermana Vanessa, se lo planteó como una discusión con su sobrino Julian, tan empeñado en ir a luchar a la guerra (in)civil española que lo consiguió; eso y morir al poco de incorporarse. Apenas mes y medio más tarde, algo ha cambiado. Su amigo Morgan (E. M. Foster) le comenta haber estado discutiendo la posibilidad de admitir señoras en la Biblioteca de Londres y haber defendido la idea diciendo ¿Acaso no han mejorado mucho las señoras? Esto enfureció a Virginia quien, de camino a casa, imagina plausibles situaciones, por la mañana, mientras se baña, pergeña una frase para su nuevo libro pretitulado: On being despised (Ser despreciada), y empuña la pluma sobre el diario, mientras le tiembla la mano de indignación. Tres guineas es un libro que va concibiendo al tiempo que emprende la revisión final de Los años y lo escribe relativamente rápido, sobre todo teniendo en cuenta que parecía una mujer incapaz de tener menos de dos o tres proyectos en mente: la concepción y documentación para la biografía de su amigo Roger Fry le acompañó durante la creación de estas dos obras mencionadas.

El pretexto del que parte para iniciar lo que algún periódico -el TLS- llamó uno de los panfletos más brillantes de Inglaterra es la respuesta a un hombre eminente que le ha dirigido una carta preguntándole a ella, una mujer, en su opinión, ¿cómo podemos evitar la guerra? Si como respuesta a una conferencia sobre mujeres y literatura, nos aportó Una habitación propia, a esta pregunta y tres puntitos más adjuntos al asunto, responde con Tres guineas, obra sobre la que al acabar, escribió en sus diarios: … ahora me siento del todo libre […] Ya está, he aportado mi grano de arena a esa causa, y no pueden ya intimidarme. Ahora, si me atosigan, puedo decir sencillamente: véase Tres guineas. Los tres acciones que se unen a la solicitud de su parecer son: firmar una carta dirigida a los periódicos, ingresar en una sociedad y contribuir con fondos a dicha sociedad. Ante semejante provocación -que diría Buñuel-, a Virginia Woolf no le quedó más remedio que empezar por el principio y para ello se valió de algo tan caro a sus antiguos como buscar en biografías y, tan propio de sus coetáneos como leer los periódicos y las revistas. Al igual que en su cuarto propio comienza tirando de tres Marys, aquí tira de Mary Kingsley. Siguiendo los gastos de educación en ella invertidos por su familia, familia formada por los que Woolf dará en llamar “hombres con educación”, situando pues el debate en una clase media alta y, cuando menos, ilustrada, tirando de los gastos invertidos en las hijas de los “hombres con educación”, gastos que nos desmenuza resultando francamente anecdóticos en una economía hogareña acomodada, llega a lo que desde ese momento en adelante denominará FEA (Fondo de educación de Arthur). En Las horas, por ejemplo, se llamaba Edward, se llamaba Morris, y el fondo no es sino el dinero reservado y dispensado en los hijos varones, mas … su educación no consistía meramente en aprender libros: los amigos enseñaban más que los libros o los juegos. La conversación con ellos ensanchaba horizontes y enriquecía la mente. Durante las vacaciones, se viajaba; se adquiría afición al arte, conocimientos de política exterior; y luego, antes de que se pudiera uno ganar la vida, el padre fijaba una pensión… Es fácil colegir que la formación femenina difiere profundamente de la masculina, quedándole pues como única opción laboral honrosa el matrimonio, hasta 1919 -el año de acceso femenino al voto-, aunque…

SI bien el debate parece corresponder a una élite económica o, por lo menos, cultural, Virginia apunta que las Hijas de los Hombres con Educación están en desventaja, incluso, respecto a las mujeres trabajadoras, pues que estas podrían parar de producir armas dejando así de contribuir a la industria de la guerra, pero ellas… Una de las características de este libro es que las apostillas o llamadas son de la propia Virginia y, partiendo del texto principal, crean otro hilo conductor unido al central, necesario e igualmente interesante. Aquí, como un tema menor, apunta la posibilidad de que dejen de proporcionar hijos, lo cual ya había aconsejado muchos años atrás Lisístrata… Algunas de estas aclaraciones son francamente largas, pero como apostillas no tienen desperdicio, contextualizan y prolongan un hilo argumental dedicado a las conferencias, el poder de la prensa, las mujeres del servicio, la castidad, los manifiestos, el dominio, la virilidad, etcétera, hilo, siempre perspicaz, atando cabos donde pudieran buscarse hebras sueltas.

Seguir sus argumentaciones es una delicia y una diversión, atemperada la indignación, escrito y pulido el libro, su sentido del humor y la precisión a la hora de fijar situaciones y conceptos, su agudeza y la necesidad de transmitir, no solo sus principios respecto a la guerra, sino respecto al papel de la mujer en tres fundamentales circunstancias: educación, trabajo -sin trampas: las describe a las mil maravillas- y -¡esto es la revolución total, el delirio de una mujer en 1938, una loca!- que el Estado pagara sueldo a aquellas mujeres cuya profesión es el matrimonio y la maternidad *, todo esto, junto a la riqueza de sus reflexiones -era una mujer exhaustiva a la que le gustaba salir al paso de posibles, probables o improbables interrogantes- hacen esta obra verdaderamente genuina en la que desvela la existencia de lo que Woolf llama La Sociedad de las Extrañas (Outsiders’ Society). Que cada día está más viva.

Y por último está Antígona, se había colado en Los años, traducida por uno de los hermanos -los que acaparaban el FED-. Es interesante que por los mismos años Antígona reviviera en las manos de Espriu, de Brecht, Anouilh, cada cual la lleva a un terreno -que viene siendo siempre el mismo, el contexto de la guerra, fratricida o mundial-. Virginia, en la línea principal del libro, comienza centrando el foco en Creonte con su poder absoluto y el deber frente a la sociedad de Antígona -en la nota, señala Antígonas de su tiempo que han hecho frente a las leyes-. Pero Antígona -bien podríamos considerarla una Hija de Hombre con Educación (y mal sino, ciertamente)- emerge recurrentemente. Hija de Edipo, de la mano de Virginia visita la “fijación infantil” en algunos padres de la Iglesia o no, como el padre de las Brontë, y observamos los inmejorables resultados de la ausencia de fijación. Y permanece porque el deber de las Antígonas, no es quebrantar la ley, sino hallarla. Pero… Antígona carecía del apoyo del capital y de la fuerza**. Y tenía miedo.

Y muchas cosas más. Y todas engarzadas. Oxford, Cambridge, la vanidad y la posición***, la cultura… ¿Hacia dónde irán esas Tres guineas que Virginia Woolf está dispuesta a donar? Cierto que prosa y entorno parecen quedarnos lejos, pero, a poco que vas recogiendo los hilos woolfianos (ella no da puntada sin hilo, casi diría que jamás, pero aún me faltan obras por leer) dan ganas de coger el sombrero que se arrancaron las Sin sombrero, para quitárselo ante esta escritora tan necesaria. A leerla. Es un magnífica y refrescante lectura. Y, mal que nos pese, muy actual.

Por contagio de Tres guineas añado estas apostillas:

*… Si el Estado pagara a la esposa un sueldo suficiente para vivir, en méritos de su trabajo que, pese a ser sagrado, difícilmente puede considerarse más sagrado que el del eclesiástico, por lo que, si el trabajo de éste es pagado sin rechistar, también podría serlo el de la esposa, si este paso, que todavía es más esencial para su libertad de usted, señor, que para la de ella, realmente se diera, la vieja noria alrededor de la que el hombre con una profesión da vueltas y vueltas, a menudo tan fatigosamente, a menudo con tan poco placer o con tan poco provecho para su profesión, quedaría destruida: tendría opción a la libertad; terminaría la más grande de las servidumbres, que es la intelectual…

**… “Y Creonte dice: La llevaré donde la senda sea más solitaria, y la esconderé, viva, en una cueva en la roca”. Y no la encerró en Holloway o en un campo de concentración, sino en una tumba. Y Creonte, leemos, trajo la ruina a su propia casa y espació sobre la tierra los cuerpos de los muertos. Nos parece, señor, al escuchar estas voces del pasado, que volvemos a contemplar la fotografía, la fotografía de los cadáveres y de las casas derruidas que el gobierno español nos manda casi todas las semanas. Parece que los hechos se repiten. Las imágenes y las voces de hoy son las mismas que las de hace dos mil años.

***… Cuántas, cuán espléndidas, cuán adornadas son las ropas que llevan los hombres educados en sus funciones públicas… Ahora, os vestís de violeta; un crucifijo pende sobre vuestro pecho: ahora os cubrís de encaje los hombros; ahora os cubrís con armiño; ahora os colgáis encima muchas cadenas con piedras preciosas engarzadas. Ahora lleváis pelucas; cascadas de rizos descienden gradualmente hasta el cuello. Ahora…

Como sea que el matrimonio, hasta 1919 -no hace aún veinte años- era la única profesión abierta a nosotras, difícilmente cabe exagerar la enorme importancia que el vestido tenía para la mujer. Era, para ella, lo que los patrocinadores o protectores son para ustedes.

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Los años de Virginia Woolf

Virginia Woolf comenzó a escribir en 1932 el ensayo Los Pargiter -este iba a ser, en un principio, el título de Los años-y, apenas 20 días después, lo remodelaba para convertirlo en un ensayo-novela que avanzará, con ágiles y poderosos brincos, como una gamuza saltando por encima de un barranco tras otro, de 1800 hasta aquí y ahora, y 4 años después, el 3 de noviembre de 1936, escribía en su diario Esto es tan malo que, afortunadamente, no hay más que hablar. Tengo que llevar las galeradas, como un gato muerto, a L. y decirle que las queme sin leerlas, Así lo hice y me quité una peso de encima. Afortunadamente Leonard no le hizo caso.

Tal vez, mientras fue Los Pargiter -cambió de nombre casi tantas veces como altibajos tuvo su autora: Aquí y ahora, Amanecer, Gente corriente– aludía más a la historia de una gran familia que vivía en una gran casa, con Los años, es el propio devenir del tiempo lo que intentan recorrer estas páginas. En Las olas, donde VW quiere salvaguardar a su gente en algún lugar -fijarla para siempre en su novela- cada capítulo se abre con la descripción del desarrollo de un mismo día, desde el amanecer al ocaso, a través de la naturaleza. Los años arranca en 1980, un día de primavera vacilante y, casi inmediatamente, la autora nos dice cómo quiere que transcurra la narración: Girando lentamente, como los rayos de un faro, los días, las semanas, los años, cruzaban el cielo uno tras otro. Y así va avanzando el relato, a fogonazos, más largos, más cortos, siempre un día del año, a veces entero, otras un poco más -como el primer capítulo-, o menos. Virginia Woolf cuidaba hasta la exhaustividad el detalle, todo se enlaza, da cuerpo a personajes y objetos, da presencia al transcurrir del tiempo a través de la morsa de Martin que aparece y reaparece, del cuadro de la madre con una flor oculta por la suciedad, el sillón rojo que va de casa en casa, el hervidor que sigue ahí y sigue funcionando mal, a través que pequeños acontecimientos, conversaciones silenciosas, de deseos furtivos que resurgen 30, 40 años después, secretos familiares… Cada capítulo, antes que nada, da cuenta de la estación del año. En el primero conocemos a la familia en un momento decisivo que culmina en el propio capítulo. A continuación, un salto de once años, otoño, vuelta de las vacaciones, sopla el viento y siguiéndolo sabemos del futuro de Kitty y de Milly, ambas casadas y con hijos -para eso se iba a las fiestas, para buscar marido-, mientras que Edward pasea buscando un verso por los jardines de Oxford, Morris saca el niño silenciado que lleva dentro y arrastra con los pies las hojas muertas amontonadas, Eleanor… 1907, 1908… En 1913 se vende la casa familiar y quien más lo lamenta es la criada, como contrapartida, su favorito de la familia opina que es un sitio abominable: Tenía un cuarto de baño y un sótano; y en ella habían vivido aquellas personas tan diferentes, apretujadas y encerradas, contando mentiras. De la guerra sabemos en 1917, un anochecer con cena familiar, un nuevo y peculiar personaje, Nicholas, que nunca conseguirá dar un discurso, el rutinario bombardeo, el alivio cuando acaba –Solo matan a otra gente– y un final memorable en esa línea que cruza las obras de Woolf, por la que transitan otras gentes que también estaban ahí, como las que conforman el servicio, las que necesitan “caridad”… Así hasta llegar a 1926, la Primera Guerra Mundial ya queda lejos y se reúnen en una gran fiesta que dura toda la noche. Si la vida pasada ya era fuente de recuerdos en la juventud -y por tanto en el segundo capítulo- el reencuentro da lugar a un fantástico colofón. En algún momento de sus diarios dice Virginia Woolf que con esta novela quería captar la totalidad de la sociedad actual. E indudablemente consigue trazar perfectamente las líneas de comportamiento del entorno en el que creció y al que, en su libro Tres guineas, libro cuyo germen y primera escritura coincidió con la revisión de Los años, definirá como el de los hombres educados, refiriéndose a sí misma como una hija de hombre educado, como lo son Eleanor, Kitty, Peggy, Rose, etc. Las mayores no fueron dueñas de su futuro -aceptaron lo que les venía impuesto, bien fuera matrimonio, bien fuera cuidar de padre y hermanos-, pero con el tiempo han conseguido aquello que reclamaba con claridad en Una habitación propia: 30 guineas -parece que bastante más- y tienen, finalmente, las riendas de sus actos. Pasó el 19 y la mujer tiene voto, Rose lo vivió. Sally y Maggie han salido adelante a su manera. Los vamos viendo uno a uno, algunos diálogos son mudos, como el que mantienen los más jóvenes Peggy, médica, y North, su hermano: los años pasan, pero aquellas tempranas vivencias que compartimos, crean lazos mudos que no se pierden, sí se pierde la capacidad para comunicarse como antaño. Ellos son diferentes, parten desde otro punto, buscan, ambos se acercan a los libros durante la fiesta y caen sobre dos citas significativas, son una nueva generación situada en una posguerra y viviendo aires de preguerra. Dos niños que cantan en la fiesta y un final magnífico. Por el medio, transitando de una escena a otra, Antígona de Sófocles, la que se sacrificó por su hermano (también de buena familia). Y su adorado Londres que luce, se cubre, se oscurece, se acicala, se surte, se apaga, amanece…

Imprescindible.

Oculto sendero de Elena Fortún.

Encarnación Aragoneses Urquijo adoptó para escribir el nombre de la heroína de la novela que su marido, Eusebio de Gorbea Lemmi, había escrito: Los mil años de Elena Fortún, donde Elena, a la manera de Orlando, cambiaba de sexo a lo largo de diferentes épocas. Encarnación/Elena, siempre escindida, firmó Oculto sendero con el nombre de Rosa María Cañas y en él se trasunta como Maria Luisa Arroyo, pintora tardía, de la misma manera que ella fue escritora tardía. Años después de su muerte, a través de su nuera, se recuperó una maleta que contenía el borrador -y único ejemplar escrito a mano, con lápiz- de Celia en la revolución, esta novela de tintes profundamente autobiográficos y otra, El pensionado de Santa Casilda, ambas con temática homosexual. A una gran amiga le pidió que estas dos últimas fueran destruidas. No fue capaz. Celia en la revolución, escrita en 1943, cubre la laguna existente en la saga de Celia y sigue la vida en la retaguardia de una adolescente cuyo periplo coincide con el seguido por una Encarnación adulta durante la guerra civil. Trae la voz de una jovencita de quince años en el 36 que no entiende las causas del conflicto, perplejidad y desilusión frente crueldad y miseria. En Oculto sendero la perplejidad y la desilusión también acompañan a la narradora, pero el telón de fondo tiene un color más íntimo centrado en la trayectoria emocional de una mujer obligada a crecer en contra de su propio ser.

     Las dos primeras partes, Primavera y Verano, ocupan más de los dos tercios de la novela, abarcan niñez, adolescencia, matrimonio…, llegando hasta el momento en el que Maria Luisa se queda sola. El último tercio, que corresponde al Otoño -sin duda, de la vida-, es un comenzar de nuevo y, tal vez, más de una vez. La niña que de mayor quería vestir(se) de hombre y montar a caballo, crece con la clara percepción de que que hay algo en ella diferente al resto de las niñas y chicas que conoce, no obstante lo que se da en llamar sexto sentido, que en este caso como en tantos otros no es sino la tendencia natural de cada cual, le hace identificar con firmeza el -la- modelo que su naturaleza requiere el cual no se adecua en absoluto al paradigma postulado en aquellos prolongados tiempos. Si bien, parece ser que todo tiene una explicación. Durante su niñez está la de su madre: Como yo estuve tan malita al dar a luz, pasó más de media hora después de nacer sin que pudieran atenderla y todos decían : ¡es un niño! ¡Tales berridos daba…! Y luego eso mismo me he tenido yo que repetir muchísimas veces. En el otoño de su historia, la interpretación del cuadro por un médico es diferente y Maria Luisa, recién llegada a su nueva, pecaminosa, indigna y silenciada identidad, como persona honrada con la suficiente inteligencia para no dejarse manipular por un psiquiatra, pero decidida a pelear contra su instinto, concibe vanas perspectivas …me compraría una blusa de seda, me pondría pendientes… sería ¡una mujer! Pero ¡si estaba contenta de serlo! Tenía mi casa tan ordenada, tan bonita… Todo aquel tinglado de hogar giraba en torno mío… Bastaba una orden mía para que todo en él se modificara… Era un pequeño Estado del que yo era la reina…

      Todo está narrado por la protagonista en primera persona, como narraba Celia, y algo de Celia hay en esta pintora -como algo de Luisa, Elena y Encarnación hay en Celia-, capítulos cortos con momentos representativos, diálogos que transmiten la esencia de lo que se esperaba de una mujer y el enorme control ejercido sobre las niñas, todo desde unos ojos inocentes que, sin embargo, son considerados socialmente culpables. La Primavera termina con varias muertes, a partir de ahí Maria Luisa abandona su adolescencia y acaba asumiendo la necesidad de algo a lo que siempre se resistió: El camino de la mujer es el matrimonio y todo lo que aprenda y estudie debe ser con miras al día de mañana, para hacer feliz al hombre que la escoja por compañera, y ser una buena madre de familia... El Verano recorre el periodo de desaparición de la identidad y la voluntad, el sometimiento a la autoridad masculina firmemente apuntalada por la propia madre y la falta de reconocimiento de su entorno … pero era una mujer como todas, aún más mujer que ninguna, porque los atributos femeninos de resignación, afectación, falsedad, dulzura y mansedumbre superaban en mí a los de otras mujeres… También el verano finaliza con varias muertes. Como hicieron Encarnación y su marido, Luisa y Jorge abandonan Madird y se van a vivir a Canarias. Allí Elena Fortún publica su primer artículo y la protagonista, aun sin saber que lo busca, comienza a caminar por el aún oculto sendero que conducirá al final de la novela. Una novela de aprendizaje escondida que ve la luz muchos años después. Una de tantas voces secretas que, por fortuna, sí ha sido desvelada.

       Muy recomendable. De esas novelas en voz baja, sin estridencias, precisa, de ligeros toques de ironía resignada, con una suave amargura.

La muerte de mi hermano Abel de Gregor von Rezzori

El alter ego de von Rezzori en esta novela resulta llamarse Aristides Subicz. Mientras que el primero es de Bucovina, el segundo es de Besarabia, ambos territorios rumanos cuando tanto von Rezzori como Subick nacieron allá por 1914 Gregor, 1919, Aristides, y ambos desaparecidos como estados independientes o rumanos una vez terminada la Segunda Guerra Mundial. Rezzori era de buena familia y, según sus propias palabras, …si no hubiera ocurrido la Primera Guerra Mundial, mi vida habría tomado un bien trazado curso: como mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo, me habría convertido en funcionario de la administración real e imperial de Imperio Austrohúngaro, trepado discretamente…, pero las dos guerras ocurrieron y Von Rezzori se convirtió temporalmente, como su sosias Subicz, en apátrida, como él, el hecho de tener pasaporte rumano y ser bien asesorado, le permitió salvaguardarse sobradamente del frente –cogí mi cuota de bombardeos y todo eso, pero mientras tanto tuve oportunidad de leer y cubrir las increíbles lagunas culturales que tenía-, como él, fue guionista/argumentista de cine, figura de la farándula, escritor… Aristides es el supuesto creador de esta aparentemente caótica obra, es un escritor, como escritor se encuentra dividido y enfrentado -tiene en Nagel, renombrado autor de éxito, examigo, antítesis y modelo recurrente en muchas de sus consideraciones, el ejemplo a no seguir en una suerte de arrastrado duelo de admiración y envidia, resquemores y revanchas. En su propia biografía como persona, se encuentra dividido -cuando no suplantado- y ajeno a su yoes anteriores. Como divididos están los apuntes de la novela definitiva que no termina de escribir. Quizá porque ya está escrita, intentando simultanear, encajar, derivar, asociar los diferentes yoes del autor, yoes mudables, yoes perdidos, jóvenes, inmaduros y sujetos de la Historia que se estanca desde la ocupación de Austria por Hitler hasta los procesos de Nuremberg. Aristides no encaja en el reino de las altas instancias, del cual, a través del Tío Ferdinand -quien, dando un paso más allá de sí mismo hacia la atemporalidad de lo simbólico, en una hilarante descripción, ha pasado de enhiesto gallo a araña, una enorme araña de color gris y amarillento-, a través de él, nos ofrece el salpicado retrato de una plutocracia capaz de adaptarse a los nuevos -y norteamericanos- tiempos, si bien ha dejado morir entre las dos Guerras Mundiales el espíritu de una Europa suicida que ha resultado una copia estandarizada de lo que fue y pudo o creyeron que podía haber sido. Una Europa movida por el dinero.

     Lo mejor es entrarle al libro a saco, sin preámbulos. El primer capítulo, la introducción, digamos, es sencillo, procaz y puede llamar a engaño. Puede ser una declaración de intenciones solapada, la sugerencia de una seducción. Y un pretexto para hallar cuatro carpetas repletas de papeles escritos. Pneuma. A. B. C.

     Procedemos a leer la primera carpeta. Deducimos que un escritor se dirige a su editor, emigrante judío y estadounidense, J.G. Broning, quien, sabremos más adelante, le ha pedido le resuma el argumento de su novela -largamente pagada a través de anticipos- en tres palabras. Se intercalan textos que convocan a su amigo Schwab -primero en ser calificado como su hermano Abel, aunque habrá más-. Schwab, un personaje creado por Subick a partir de su difunto amigo S. y que acaba resultando más real que el modelo. Diálogos pendientes con Christa, su exesposa, u otras de sus mujeres, recreaciones de acontecimientos, ambientes, conversaciones, la Historia recorre cada página, y se circunscribe a distintas vivencias relevantes en la vida de Subick -las distintas etapas de sus distintos yoes: el yo infantil -entre las altas esferas-, el adolescente y el joven -en Viena con su familia adoptiva, profundamente pequeñoburguesa, the fucking middle-class-, y el yo que vivió la Segunda Guerra hasta Nuremberg-, a los que habría que sumar el que se vende por dinero y una vida fácil a los cerdos del cine, el que quiere crear una novela, una que sea … una explosión. Un crecimiento celular híbrido. También el cáncer es, a fin de cuentas, una explosión en cámara lenta. El que se pregunta el porqué y para qué escribir otra novela. El que carga con la culpa, con la propia -el sueño desvela el acto criminal, el asesinato como primera falta: Caín mató a Abel y Raskolnicov a la anciana- y repara en la colectiva –...cuando en la vecina y fraterna Alemania -fraterna en un sentido cainita- se encendieron las antorchas que iluminarían durante doce años el Tercer Reich…- culpa sobre la que se pasa con apremio y voluntad de olvido para intentar clausurarla en un proceso decepcionante. El que ama y odia Francia quien traidoramente finge retrotraerlo por momentos a un pasado perdido de inocencia y autenticidad. El que quiere substrarse a la intoxicación informativa de revistas de papel couché y las alimenta y las recibe…

     La prosa de von Rezzori es magnífica, un verdadero deleite, rica en matices y alusiones, profusa en formas y fondos, atrevida y versátil -sitúa, reflexiona, increpa, provoca, emociona, analiza, juega, filosofa…-. En ocasiones puede resultar un poco reiterativa -como en una obertura, hay una serie de temas que se repiten, suponen el invisible armazón que unifica el libro, están detrás los unos de los otros, vuelven, retroceden, se mezclan-. El sentido del humor -caústico, seco, inteligente, hábilmente dispuesto- es un regalo. El Zeitgeist, espíritu de la época, por Subick convocado, recorre los pretendidos apuntes y se entreteje con los cuadros de momentos precisos situados especialmente entre los años 1938 y 1948 -el periodo glacial, lo llama Aristides-, con la dualidad de dos frentes -sean el Eje y los Aliados; sean Europa preguerras y Europa -sucursal de Estados Unidos- desde el Plan Marshall; sean Caín y Abel (pueden ser intercambiables y triviales como se vio en los juicios -la banalidad del mal recorre los banquillos de los acusados Su único demonismo es su total falta de imaginación. Su única perversidad es la obediencia ciega a las órdenes y las disposiciones. Ellos no han hecho otra cosa que cumplir con su deber-); sean una novela rentable y ordenada en tiempos de caos y después de Joyce o, puesto que el autor siempre asoma tras el relato, una autobiografía hipotética en la que …sigo viviendo la escritura como un ser vivo que vive mi vida. Debo narrarlo todo como narraría mi vida alguien que no soy yo pero que convive conmigo: viviendo.

     Quedan cosas en el tintero porque es abundante en páginas y contenido. Una vez leído, abrirlo y dejarse caer por cualquier página es un verdadero placer. La relación con las mujeres es temprana, variada, apasionada, práctica, entrañable, utilitaria, despectiva, dependiente, romántica…, pocas veces de tú a tú y cuando es el caso, siempre son mujeres independientes y fuertes. Su lenguaje, lejos de lo políticamente correcto de nuestros tiempos, se explaya sin tapujos, con el registro adecuado y sin ningún remilgo. Con gravedad metafísica o irónica aceptación. Me sentía como el hijo pródigo que ha encontrado el camino de regreso. Comprendí en qué medida somos hijos de este mundo, de este pétreo mundo de termitas: hijos de un desierto artificial de piedra, de la penumbra que anuncia la caída definitiva de la noche… ¡Ah! El angustioso valor de las farolas de la calle. Von Rezzori escribía en alemán, sin embargo es en Alemania donde menos se lee su obra.  Muy recomendable -salvo para quienes busquen tramas al uso-.

La isla de Arturo de Elsa Morante

Decía Elsa Morante en una entrevista emulando a Flaubert: Arture, c’est moi, y es Arturo porque Rimbaud era su poeta del alma cuyo retrato la contemplaba desde una pared de su estudio y porque ella, quizá en otra vida, había sido un chico -la cita de Umberto Saba que abre el libro reza: Yo, si en él me recuerdo, bien me parece. También quiso ser poeta y, como en Mentira y sortilegio, arranca con un poema y éste concluye con el verso fuera del limbo no hay felicidad. En Prócida, isla volcánica al igual que volcánica era Morante, halló la felicidad durante la infancia Arturo, quizá porque la infancia es una isla y es también un limbo, el de la inocencia, un particular limbo del cual no se es consciente como no se es consciente de la felicidad. Si la hubo.

    De su capacidad para fabular, mezclar leyenda, historia y biografía dio Elsa Morante cumplida muestra y explosión en su primera gran novela. Aquí el deseo y la necesidad de una mitología, como en su obra anterior, aparece desde las primeras líneas y no sólo en las reminiscencias del nombre del protagonista, sino en las figuras paterna y materna. No suplió la autora la ausencia de verdaderos caracteres fabulosos femeninos -tan y con razón reivindicados en estos momentos-, sencillamente, cambió su sexo como muchas autoras a lo largo de la historia de la literatura, desde Christine de Pizan a Virginia Woolf, y asumió al navegante aventurero que surca mares, acumula tesoros y subyuga incautas damas -o caballeros…-. Henos aquí en la piel de un muchacho que reconoce su infancia como un periodo feliz a pesar de los pesares y retoma su adolescencia como el periodo crucial que de facto resulta ser. Ella vivió un tiempo en Prócida y se sirve de la naturaleza de la isla con su castillo y penal, así como de su imaginación, para jugar con una serie de metáforas que encajan a la perfección con la tormenta interior que a esas edades se vive, sobre todo, cuando el padre y la madre son figuras bien lejanas y esquivas -como el padre- bien ausentes y reinventadas -como la madre-. Para redundar el ambiente masculino, su nodriza fue un hombre -el amable y gentil Silvestro-, él crece en absoluta libertad sin necesidad de ir a la escuela y formándose con la gran biblioteca que en su depauperada villa hay -en realidad un antiguo convento de monjes-, vive en una casa donde las mujeres están directamente malditas -es la llegada de una joven madrastra lo que parece romper el hechizo- y no encuentra belleza alguna en el sexo opuesto -el paradigma de la belleza lo representa su padre, Wilhem Gerace, con sangre alemana y rasgos opuestos a quienes allí habitan-. El tránsito a la madurez no se presenta fácil y el despertar de la sexualidad será necesariamente confuso, como confusa es la sexualidad de Wilhem -inspirado, plausiblemente, en Visconti, gran amor y amigo de Elsa-.

    El abandono de la infancia, consciente o inconscientemente, en el marco de unos mínimos afectos y atenciones, supone un proceso de ruptura que puede ser o no traumático y al que voluntaria o involuntariamente se le oponen diversas resistencias. Quizá por eso cuando, navegando en mi barca, me alejaba un poco de la costa, enseguida me invadía una amargura nacida de la soledad que me obligaba a volver. Era ella [la isla/infancia], que me llamaba como las sirenas. La ausencia y el deseo de la madre junto a la nefanda visión que recibe Arturo de su padre suponen un escollo difícil de salvar para un joven inexperto, solitario, apasionado, orgulloso y especialmente vulnerable. La joven madrastra supone un contrapunto necesario y, en buena lógica, resulta un personaje condenado a perder, pero de una fortaleza e integridad propia de la gente sencilla y consecuente, aunque también resignada e ignorante. Me parecía increíble que un ser como ella, tan inerme, vulnerable, ignorante y estúpido, pudiera ir por el mundo sin herirse.

    En resumen, una novela magnífica, intensa, con una narración próspera, mítica -como míticas son las concepciones con las que el alma joven se enfrenta- y realista -el realismo de la incertidumbre y el sentimiento que desborda-, de personajes rotundos, extremos, como extrema es la urgencia adolescente, donde la sexualidad ha de explotar y no es necesario definirla, sino vivirla, desplegarla, en contra y favor de los demás y de uno mismo. Como Morante: extraordinaria, total.

Érase una vez de Margaret Atwood

Érase una vez

Tradicionalmente los cuentos empiezan Érase una vez, mas cada vez resulta más complicado entrar en el relato respetando todas las cortapisas que va esparciendo la (pretendida) bondad de lo políticamente correcto. También terminan con parejas felizmente casadas comiendo perdices. Pero no es así y Atwood, que pretende no conseguir arrancar en su primera pieza del libro, la que da título al conjunto -6 cuentos y dos breves escritos que abren y cierran la obra-, nos expone seis relaciones de parejas para las que las perdices no resultaron tan sabrosas.

      Seis desencuentros y un colofón que lleva por título A favor de las mujeres tontas y en los seis desencuentros hay mujeres tontas y no tanto –porque sin ellas no habría historias, (…) porque la mujer tonta es lo bastante imbécil para creer que la Esperanza será una especie de alivio, (…) porque ¿de dónde proceden quinientos años de versos de amor…?-. Betty, la que da nombre al primer relato, parece el paradigma y Atwood recuerda su historia además de la imagen que de ella se hizo durante su infancia y adolescencia, y se excusa desde la madurez. En Translúcida, como su nombre indica, la mujer tonta deja pasar la luz siendo sus contornos, su realidad, difusos, así como el propio discurso que la protagonista intenta llevar adelante. Piensa en las plantas que han aprendido solas a parecer piedras. En las otras cuatro narraciones ellas se enfrentan directamente al desencanto y no saben como trascenderlo. En En la tumba del famoso poeta, el desamor es el tercer protagonista que acompaña a la pareja en su peregrinaje al castillo del poeta muerto, como si este fuera su unión desmoronándose: no me fío del castillo, me da la sensación de que se nos va a caer encima en cuanto nos de por reír o dar un paso en falso. Joyería capilar es una incursión en el pasado dentro de un viaje al pasado -la narradora huyó a Salem so pretexto de la obra de Hawthorne- y una recapitulación de los amores enquistados herencia de la afición por la melancolía propia de las jóvenes. Y no tan jóvenes. Odio los recuerdos que no pueden desecharse. En El resplandeciente quetzal, también siguiendo sutilmente una línea en paralelo frente al pozo de sacrificios rituales de un país centroamericano, una mujer racional y hastiada de su relación conjura instintivamente sus demonios en medio de un sofocante e indeseado tour turístico, mientras su marido, única voz masculina en este libro, no sabe como abordar una relación sin sentido que continúa por inercia. Por último en Vidas de poetas, Julia, poeta y conferenciante, funciona por hábito y por necesidad dentro de una dinámica que la agrede, contemporizando con quien ya no la necesita, no la quiere, no la respeta.

   Seis relatos desoladores, de triste belleza, serena inteligencia y delicada sororidad, enmarcados entre dos textos lúdicos, irónicos, pacífica y audazmente provocadores.

Lady Susan de Jane Austen

Lady Susan fue publicada 77 años después de ser escrita y 54 después de la muerte de su autora, en 1871. Es una novela epistolar compuesta por 41 cartas y una conclusión que cierra los avatares que se desarrollan a lo largo de la correspondencia entre siete personajes que rodean a Lady Susan Vernon, a saber: como contrapunto están su cuñada, la Sra. Vernon, Catherine, que recoge la voz de la moral de su tiempo -y de este, a qué dudarlo-, Sr. de Councy -Reginald, hermano de su cuñada- y Sir Reginald De Councy y esposa, padres de los anteriores. Dividiendo la correspondencia en dos partes de veinte y veinte misivas, está la número XXI de la hija de Lady Susan, Frederica Susan Vernon, quien, a pesar de los continuos menosprecios que sobre ella expresa su madre, algo del tesón y la habilidad para salirse con la suya de su madre ha heredado. Y permitiendo expandirse acerca de los sentimientos e intenciones de la ínclita Susan, la señora Johnson.

La soltura y el gracejo con que Jane Austen da voz a la pizpireta, manipuladora, vivaz e interesada Lady, así como la gravedad y sensatez con que describe y relata su cuñada, dirigen el transcurrir de los hechos en los que es Lady Susan la auténtica actriz que hace y deshace ante la impotencia de su hermana política que adora ser la primera y el centro de conversación, la más ingeniosa y la más sensata –no obstante no puede dejar de reconocer la aparente impecabilidad de la conducta de Lady Susan que subyuga por donde va y especialmente a los hombres. La novela está aderezada con exactamente cinco intervenciones masculinas, una de ellas, de Sir Reginald de Councy a su hijo, con un ánimo bien distinto a las demás. Sin embargo no es solo Lady Susan quien conduce los acontecimientos, también Frederica es capaz de torcer los designios de su madre que, con un cinismo encantador y jocosamente perverso, se explaya con su amiga, la Sra. Johnson, quien no le anda a la zaga en su práctica visión de un mundo en el que, para una mujer, el matrimonio se presenta como la única salvación. Lady Susan puede con todo. O casi, pues su capacidad de adaptación a las circunstanciass corre pareja con el desapego que siente hacia quienes la rodean y no participan de sus necesidades o intereses.

En este delicioso relato que por momentos parece una obra de teatro de enredo, la ya madura Lady Susan, viuda de treinta y tantos años, pisa con fuerza allí donde sabe que puede pisar -no así su amiga, ya sometida a la voz del patrón o anciano esposo. Frente al dudo si no debería castigarle despidiéndole de inmediato después de esta reconciliación o casándome con él y burlándome eternamente de Susan, aún libre para elegir, se queja la Sra. Johnson de que cuando era yo la que tenía ganas de ir a Bath, nada pudo inducirle a tener un solo síntoma de gota. La conclusión, por boca de la autora o por la de la persona que registra los aconteceres, cierra el periplo de Lady Susan, pero deja abierto el de su sacrificada hija que pasa de una celestina a otra, pero no cuento más. Una primera obra que anticipa los temas centrales de la obra de Austen con frescura y un cierto toque díscolo atemperado por el núcleo familiar Vernon, que viene a ser Catherine Vernon.

La edición es un placer. Limpia y traviesamente ilustrada, estupendo papel, primorosas guardas. He de confesar que la compré por impulso en un ataque de consumismo libresco que es el único que me permito de tarde en tarde. Una divertida delicatessen para un día de calor agobiante, de recogimiento en el sofá frente a la chimenea o, en su defecto, con la calefacción funcionando.