Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin

Manual mujeres de la limpieza

 

Hacia el final del libro, miraba yo, inquieta, cuántos relatos me quedaban por leer. Solo cuatro, solo tres… Cuanto más avanzaba, más tiempo dejaba pasar entre uno y el siguiente. A pocas páginas del fin, decidí leer la introducción, acción religiosamente reservada -de hacerlo- para el final y absurda estrategia de autoengaño. Hay libros que no quieres terminar -más si sabes que ningún otro relato te deparará la caprichosa industria editorial, ni la reducida obra de la autora-.

      Los cuentos de Lucia Berlin se circunscriben a su vida. O no, pero lo parece. Transcurren en los sitios en los que ella vivió, sus protagonistas ejercen un oficio que ella ejerció o son objeto, mejor sería, en estos casos, decir sujetos de su observación, llena de perspicacia, sensibilidad, ironía, humor y, cómo no, amor -incluso cuando el personaje es tan deleznable como el abuelo-. Desde fuera o desde dentro, en primera persona, en tercera, en ambas, con una visión amplia y larga o de cerca, desde el interior, hacia o desde el pasado, desde o hacia el presente, la aguda mirada de esta escritora te atrapa, su capacidad de supervivencia, la implícita aceptación de las cartas que le tocan en el juego de la vida, su vitalidad observadora y reflexiva te arrastran de relato en relato. No sé hasta que punto el orden es cronológico -el antepenúltimo, B.F. y yo, fue el último que escribió-, pero el orden en el que están dispuestos es de lo más acertado. Su familia está presente: aparecen al principio el padre y el abuelo, con muchos tintes de realidad –Las historias y los recuerdos de nuestra familia se han ido modelando, adornando poco a poco, hasta el punto de que no siempre sé con certeza qué ocurrió en realidad, decía su hijo. Su hermana y su madre van surgiendo entre narraciones para ganar presencia, historia y verdad, con un trazo preciso y muy personal en el que el detalle te atrae y amplía la imagen. Mientras, otras vidas reclaman el foco y a veces, en un mismo relato, ridículas, terribles, risibles pequeñas o grandes tragedias urden un telón de fondo ante el que se presentas distintos puntos de vista –Mijito, una turbia anunciación con delicadas miniaturas ilustrando el fondo; A ver esa sonrisa, una visión cálida y compresiva, culpable y fatal, irónica y lúcida, a tres, a cuatro bandas con el lector o la lectora, de una relación inusual y judicialmente perseguida-. Incluso el gran telón de fondo puede ser el protagonista –Apuntes de la sala de urgencias– o puede partir de un ingenuo juego con las palabras que culmina por las subliminales vías de las asociaciones –Mi jockey, Macadán-. Lo cotidiano en su contexto más oscuro, expuesto con frescura, con una particular imaginería que nos conduce con suavidad, incluso entre fragmentos, hasta la última frase. Definitiva, lapidaria, rematando el cuadro. Buenos y malos.  Y el humor, negro y brillante, que alumbra desde sus propios alter ego, como una chispa para burlar la amargura -de nuevo Mijito, una maravilla con una perla negra en la frase final-.

Pararse en cualquiera de sus cuentos es un grato ejercicio de observación. Por ejemplo el que da título al libro,  Manual para mujeres de la limpieza. Ocho paradas de autobús estructuran el relato. La consejera, la autora, su sosias acude a limpiar a distintos hogares, una ligera angustia emocional la envuelve y va avanzando en breves y cada vez más intensos y concretos recuerdos que ella expresa en pocas frases mientras, entre esperas y trayectos viajamos con ella, la parada, los vaivenes de la gente, los saltos de su memoria, las familias a quienes sirve, los consejos a tener en cuenta en un trabajo así… Y la última frase. Tanta angustia de la mano de tanta ironía. Pero como este, casi cualquiera, cada uno desde un sitio diferente. Con una esencia propia, mas sin unas normas fijas. Con un ingenio perverso y dulce. Sin moral ni moralina  –Es lo asqueroso de las drogas. Funcionan.- Lucia Berlin también funciona. De maravilla. De endiablada maravilla. Imprescindible. Lo mejor, leerla, que se releerá.

Lucia Berlin

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado de Maya Angelou

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado

 

Maya Angelou era una mujer muy polifacética y deja constancia de ello en su autobiografía que transcurre a lo largo de siete volúmenes. Nació en 1928 y murió hace dos años, en 2014, así es que recorre una buena parte del calvario de la gente de color, especialmente de las mujeres, en su lucha por los derechos civiles y tiene contacto directo con descendientes de la esclavitud. El título recoge un verso del poema Sympathy de Paul Laurence Dunbar que más tarde la propia Maya desarrollará también en su libro Shaker. Why don’t you sing. La música jugará un papel muy importante en su vida. Curiosamente realizó una serie de documentales sobre la herencia de la música africana en el blues Blacks, Blues, Black! el mismo año en el que escribió esta obra, 1968, que fue también el año en el que mataron a su amigo Martin Luther King.

        En este primer volumen -no sé en los otros- conviven memoria, literatura, diálogos, poesía, música… y tiene también el aire de una novela de formación -nada alemana- que llega hasta los 17 años, 1945, aunque quizá sería más preciso decir novela de aprendizaje. Su arranque es brillante. Una escena de infancia con una conclusión rotunda que no creo que haya perdido vigencia y que no me resisto a citar: Si bien el proceso de desarrollo de una muchacha sureña negra es doloroso, la sensación de estar fuera de lugar es como el óxido de la navaja que amenaza con cortarte el cuello. Es un insulto innecesario. Tras esta introducción, entra en materia, no necesariamente por orden cronológico -sí en lo fundamental- y nos narra los motivos del pájaro, sea este la niña que fue, sea su hermano, su madre, su padre, sus abuelas, sean los trabajadores del algodón, los espectadores de un combate de boxeo…, y estos motivos se convierten en un relato, sui géneris, que desgrana su vida desde dentro y dentro de un entorno preciso, definido y definitivamente negro. Los blancos están en Blancolandia y su papel, cuando aparecen, no despierta empatía alguna, tampoco acentúa la animadversión.

        No va a hablar la voz sabia de una mujer revisitando e interpretando su infancia, nos va a hablar aquella niña que fue. La adulta dirige, la niña revive. La niña que sueña ser blanca y más adelante quiere ser chico llega con tres años, de la mano de Bailey, su hermano -un año mayor, solos ambos en el tren-, a un pueblecito de Arkansas y nos cuenta del vecindario, los clientes, su abuela paterna, su tío Willie y el KKK, los pelagatos blancos… Tras el regreso de su magnífico y apuesto padre, Maya y Bailey parten con él a California junto a Vivian, la madre, y la familia de esta. Hija de padres separados, Maya venera sobre todo a Bailey y, después, a su madre y es viviendo con ella cuando, víctima de abusos por parte del compañero, entra en un proceso de mudez. La sencillez y la frescura con la que narra los encuentros que desembocan en el atropello por parte del tal Freeman -me pregunto si el nombre real sería este-, la propia violación  así como los sentimientos que la impulsaron a dejar de hablar son de una autenticidad asombrosa, la vivencia de la culpa y el miedo a decepcionar a sus mayores no podrían ser relatados con mayor naturalidad: la mentira y el abuso se solapan, la culpa se instala en ella. La lógica de los niños nunca exige pruebas (todas las conclusiones son absolutas),

        Tras esto regresa a Stamp con la Yaya y comienza el periodo de crecimiento en el que la lectura jugará un papel fundamental y, por último, graduada ya, marcha de nuevo con su madre a San Francisco, ciudad con la que se identifica. En cada capítulo, además de relatar y reproducir sus experiencias, amplía el universo que nos va dibujando, incorpora nuevas emociones y nuevos descubrimientos -como el profundo conflicto racial que por mucho que haya llovido, no parece que haya escampado, casi un siglo después-. Amor filial, fraternal, sexo, educación, trabajo, teatro, amistad, etc. El proceso de búsqueda de sí misma parece resolverse felizmente, pero sin duda no ha de ser más que el primer final de una prolífica vida.

        Muy interesante. Exquisitamente escrito, con un armónico aliento poético, un fino sentido del humor en ocasiones no exento de ironía, con dosis de rabia sabiamente encauzada y de gran inteligencia narrativa.

maya-angelou-young

Lo bueno de la verdad y La teoría King Kong de Virginie Despentes.

Lo bueno de verdadTeoría KingKong

Virginie Despentes saltó a la fama internacional gracias a la película Baise-moi (Fóllame) que, en Francia, fue polémica, perseguida y finalmente prohibida para los menores de 18 años -el cine porno se puede ver a partir de los 16-. No hay mejor publicidad -aquí casi que me dan ganas de decir marketing-. Lo bueno de la verdad es su tercera novela; la primera, la que le abrió las puertas del mundo editorial, fue Fóllame, publicada siete años antes de filmarla la propia autora. Y, como nos cuenta en La teoría King Kong, es a un crítico del Fóllame escrito a quien debemos el título de la novela que nos ocupa, pues, condescendiente y didáctico, citó a Renoir: Les films devraient être faits par de jolies femmes montrant de jolies choses (“Las películas deberían estar hechas por chicas bonitas mostrando cosas bonitas”). Quiero imaginar que la traducción fue consensuada con la autora, pero no le veo yo ningún aquel con Lo bueno de verdad. Le quita a este cuento perverso, deslenguado y personal, una buena dosis de la picardía que encierra.

      Dos hermanas, Claudine y Pauline, recién llegadas al mundo de la farándula musical parisina. Cada una se adapta a su manera y acaban superponiéndose a pesar de sus opuestos caracteres dentro de una trama de suplantaciones. Posibles desdoblamientos de Virginie Despentes que sin duda guarda más -por ejemplo en Bye, bye, Blondie-. La prostitución, la pornografía, las drogas, la imagen, el sufrimiento por la imagen, el peso de la imagen, la imagen al natural o disfrazada, el uso de la imagen, la dependencia de la imagen… Entorno, una industria, la que ella dice conocer mejor, la musical, y lo que gira o se enreda alrededor de ella.Todo desde un apartamento en un barrio marginal, de mayoría emigrante y frecuentes peleas.

      Se desarrolla en un año, Despentes dice haberla escrito en unos pocos días y puesta de coca -algún tiempo dedicaría después a pulirla, digo yo, por vulgar que pueda resultar el vocabulario, está bien trazada y resuelta-. Empieza en primavera, el periodo más largo y buena época para el suicidio. Transcurre en presente con algún salto al pasado común de ambas gemelas, pasado en el que también se enfrentan y se alternan en el papel concedido por el padre. Tres figuras masculinas y dos diferentes estrategias de seducción frente a los rituales de dominación masculina -una alienante, otra controlada-.

      El lenguaje sin perífrasis, directo, claro, ágil, eficiente. Centra los diferentes encuadres, sigue primero a la más procaz, acompaña después en su transformación a Pauline, intercala diálogos. Llama a las cosas por su nombre, no busca empatía ni simpatía y va cuestionando actitudes, juicios, hechos, etc., lanzando dardos críticos desde los ojos de sus álter ego. Vamos que da mucho juego y, como tenía a mano la Teoría King Kong, decidí completar mi lectura de Despentes ya que parece poner mucha carne en el asador y de la propia.

      La Teoría King Kong se publicó en 2006. Define primero desde dónde y como quién escribe y a continuación, en general con su propia biografía de fondo -sino en primer plano-, van desfilando diferentes cuestiones, todas ellas con la palabra tabú adherida a su signo. Partiendo de la lógica del capitalismo, apela a la necesidad de una revolución de géneros porque, no solo están presos los cuerpos de las mujeres, el cuerpo de los hombres pertenece a la producción en tiempos de paz, y al Estado, en tiempos de guerra; escudriña en aquello que rodea el concepto de violación como alguien que la sufrió y que aún vive con ella; repasa los preceptos anejos a la ineludible existencia de la violación como un instrumento de poder –esqueleto del capitalismo– y se acerca a las actitudes de las víctimas desde sus propias reacciones y reflexiones a lo largo del tiempo; como exprostituta nada arrepentida cuenta su experiencia, en absoluto dramática, defiende el oficio considerando que este no representa mayor violencia contra la mujer que el matrimonio; da un buen repaso al porno ligándolo a la antaño pretendida inexistencia del placer femenino y la preeminencia del modelo de placer masculino. En resumen, aborda todos los temas incómodos que planean alrededor de la lucha de sexos, enfocando la explotación del varón desde la lucha de clases en la que, cómo no, también están inmersas las mujeres; no se salva los conceptos de feminidad (Puta hipocresía. El arte de ser servil) y de maternidad… Todos asuntos controvertidos, matizables, espinosos, y, aparentemente, los aborda a pecho descubierto. Carente de doble moral y de pelos en la lengua. Contiene argumentos muy suscribibles y otros, no tanto, pero no son temas resueltos por lo que nunca está de más darles un par de vueltas.

      Por último, ¿será criptomnesia el haber llamado Pauline a una de las hermanas, pura casualidad o voluntario? En una de las primeras novelas de Dumas padre, Pauline precisamente, a la protagonista se la toma por muerta…, también son dos hombres los que tiran de ella…

 V Depentes

Crónicas del desamor: La hija oscura de Elena Ferrante

ferrante-desamor

 

Es la tercera y última crónica del desamor. Del desamor y de la soledad. De nuevo una mujer de mediana edad que, mientras en El amor molesto se enfrentaba al papel de la madre y en Los días del abandono era el rol de esposa el que la cuestionaba, en La hija oscura desde el título sabemos cual es el papel a desplegar, si bien, necesariamente, las tres representaciones asignadas a la mujer, -madre, esposa e hija- se cruzan, se enfrentan, se buscan, se rechazan.

      Leda se despierta en el hospital. A continuación desgrana, a lo largo de los siguientes 24 capítulos, por qué llegó hasta ahí. Por fin es libre. Las hijas, ya criadas y convenientemente educadas, están en Canadá con el padre, su exmarido, un buen hombre. Las primeras vacaciones sin ataduras y con gratificantes tareas pendientes, además se siente bien, rejuvenecida. Un cierto resquemor de camino y ya el primer fin de semana todo parece torcerse: la playa se llena, la prototípica familia napolitana -tan similar a la suya en la infancia- irrumpe en su parcela de arena y es objeto de su curiosidad, de sus filias y de sus fobias. La hermosa estampa de una joven madre con su hija y una muñeca vieja de la que no se separa ha sido el foco de su atención en contraste con el resto del clan, de belleza más ruda y primitiva. Un gesto impulsivo y difícil de explicar, el no saber enmendarlo a tiempo y un, si no morboso, sí obsesivo interés que acaba resultando recíproco entrecruzan breve, pero intensamente, las vidas de la joven madre y de la ahora infértil Leda. Al hilo de esta relación revisa la suya con sus hijas, su sobreesfuerzo en los primeros años, su huida, su incapacidad como modelo a seguir. La muñeca desaparecida como inequívoco símbolo de aquello a lo que las niñas se aferran, espejo invertido de lo que de ellas se espera, y la frustración que puede nacer de una pérdida o de un acto irreflexivo e inexplicable acaban enredando a la propia Leda con el presente y el pasado, con su progenie y el nuevo entorno social, con su propio protagonismo mal asumido y su deseo de reconocimiento.

      Es de nuevo una novela de alta intensidad y, como tal, encierra una herida aguda, interna, profunda. Una herida punzante, como hecha por un alfiler largo, de esos con los que se sujeta un sombrero.

      Son unas crónicas abiertamente interiores, sin cronotopo definido, podrían darse en cualquier lugar o tiempo, aunque se sientan vecinas por el asfixiante y preciso entorno de cada una de ellas. El detonante es siempre una separación, los hechos son breves, transcurren en pocos días, la protagonista ha de encontrarse consigo misma y afrontar los recuerdos y el miedo, la decepción, el desconcierto, la esperanza…, y resolver la situación. Son una inmersión en la vulnerabilidad, en la fragilidad de las certezas y de los sentimientos narrada con una extraña sencillez, precisa y acorde a cada caso. Poliédrica y reconcentrada con la madre; vertiginosa y crispada en la mujer abandonada; contradictoria, misteriosa, irónica, abierta, absurda, perfectamente asumible… La hija oscura.

      De obligada lectura. Así lo dijo José María Guelbenzu en una reseña sobre estas Crónicas que le leí hace tiempo. Le hice caso. Siempre se lo agradeceré.

 

Crónicas del desamor: Los días del abandono de Elena Ferrante

ferrante-desamor

 

La voz de una mujer de treinta y ocho años, tras quince de matrimonio, nos cuenta el proceso interior que atravesó para recomponerse después de que su marido le comunicase que la dejaba. Es su tercera crisis matrimonial y al súbito vacío de sentido que acompañó a cada una de ellas, le sobrevienen rápidamente las consecuencias prácticas del abandono que inevitablemente conducen a Olga -no sabemos como se llama hasta el capítulo 8 y por boca de él, Mario- en un retroceso vertiginoso, hasta los olvidados y temidos miedos infantiles. Porque se trata de un doble abandono: el que la protagonista ha hecho de sí misma, prescindiendo de su esencia para convertirse en un ama de casa cuyas decisiones y demás opciones descansan sobre su cónyuge; el que padece al encontrarse desnuda de iniciativas, deseos, voluntades y demás querencias y verse sola frente a la vida: los niños, el perro, la compra, la comida, la cena, el dinero… No es que él aportara mucho, pero estaba ahí y, erróneamente, eso le daba seguridad, en consecuencia, lo primero que se instala en ella y en su hogar es la incertidumbre (un simple lagarto que se cuele entre sus paredes puede desatar un drama familiar). Con ella, la perplejidad y el dolor, un montón de palabras muertas; la esperanza y el despecho, el desasosiego y el temor de comprender, la atribulada búsqueda de un orden en el que ya no cree y, sobre todo, una disolución pormenorizada y agónica de su identidad, con saltos al pasado -aquella, La Pobrecilla, la que perdió hasta el nombre, a quien no sabían cómo dirigirse los vecinos, ella a quien no saben cómo dirigirse los amigos- y sin visos de futuro. A medida que avanza en su proceso de extinción como esposa, se tambalean todas las facetas de su personalidad, su temor a los sentimientos ruidosos, extrovertidos, se disuelve y da paso sucesivamente a actuaciones compulsivas vertebradas en asuntos cotidianos que la invaden -como las hormigas, que acaba extinguiendo y, con ellas, quién sabe si al perro, mascota, básicamente, de su marido y con el perro, finalmente, a él mismo, a Mario-. A partir del capítulo 15, cuando los ve juntos y con los pendientes que le pertenecieron -y la reconoce, reconoce su edad y el pasado común, con ella, con la otra- se desarrolla la catarsis que Ferrante desmenuza implacablemente. El filo de la locura, la disolución de la coherencia, la cuasi ruptura con los lazos reales, afectivos, maternales, cotidianos, que Olga atisba por momentos. El lenguaje, capítulo a capítulo, se ha ido haciendo más descarnado -también más obsceno-, y los acontecimientos también. Las imágenes del pasado y el presente, los libros que ella fue y que tuvo, los personajes que la toman o la dejan, la disociación frente a su hija y frente a sí misma llegan a su punto culminante y los hechos acompañan, son el reflejo de su caos. A partir de ahí, la sima o la regeneración. Y vuelve el mundo a un orden aparente que hay que mantener en su sitio. Tan cerca la locura.

      Brutal, auténtica, genuina Elena Ferrante. Si en El amor molesto el presente se recomponía con dolorosos fragmentos disueltos en el pasado, en Los días del abandono, a la pendiente, cada vez más vertical y rotunda por la que se desliza la protagonista, no le resta ni un segundo de desconsuelo. Se me han caído a pedazos la razón y la memoria. La ola de rabia y angustia que crece página a página inunda a quien la sigue y respiras al final, aliviada la lectora o el lector de que quede un remanso, sea cual sea. Imprescindible, única, singular.

 

Nora Webster de Colm Toíbín

Nora Webster

 

Colm Toíbín tenía 9 años cuando empezó a tartamudear y 12 cuando murió su padre. Ambos hechos son recogidos en este libro que, según sus palabras, tardó 12 años en escribir, sin embargo no corresponden exactamente ya que el tartamudeo no le sobrevino tras la muerte de su padre. Esto da una idea de que lo importante aquí no es la fidelidad de la historia, sino la percepción de un proceso de recomposición personal y femenino tan conciso como expresivo; es también un respetuoso y comprensivo homenaje a su madre y, al mismo tiempo, la aproximación a esos tres años que recoge de su adolescencia.

      Nora Helmer, en Casa de muñecas, lo deja todo, hogar, marido e hijos, para encontrarse a sí misma, para aprender a ser una persona independiente y no un objeto decorativo en la casa de su esposo. Nora Webster ha de aprender a ser ella misma, no alguien a la sombra de Maurice, su marido, que muere tras dos dolorosos meses de agonía y dolor. Para ello, Toíbín adopta un tono preciso, descriptivo, dándole a la protagonista una voz parca, en ocasiones fría, en ocasiones llena de estupor, otras veces arriesgada, pero sin grandes explicaciones, una voz que nunca se regodea o invoca el pasado -aunque a veces, inevitablemente, la interpele-, sino que se asombra del presente que va recomponiendo a medida que pasan los días, sin alharacas, sin grandes pretensiones, saliendo al paso de los acontecimientos que la abordan quiera o no. La novela recorre tres años en los que va aprendiendo a pisar fuerte y a pisar donde quiere en una pequeña ciudad en la que, desde la primera página, sabemos que todo el mundo sabe todo de todo el mundo y se aprovecha la más mínima oportunidad para meter la nariz en los asuntos del vecino o la vecina en este caso.

      El silencio y la incomunicación tras una existencia bajo el aura de alguien carismático, preeminente incluso para sus propias hermanas, bajo un manto protector y a la postre paralizante. Era como si viviera dentro del agua y hubiera cejado en su lucha por nadar hacia el aire. Tras veinte años, afrontar sola lo cotidiano y sin embargo nuevo: hijos e hijas, nuevas y viejas amistades, conocidos, el antiguo empleo recuperado, el deterioro de las paredes, de los muebles… Tres años de pocas palabras para rehacer su espacio vital, su forma de relacionarse, su voluntad, sus pequeños placeres o sencillamente sus olvidados y desatendidos bálsamos y para aceptar que lo que había ocurrido podía borrarse. Tres años durante los que reaparece su antiguo yo -y con él, el recuerdo de su madre con quien tan mal se llevaba- y que culminan con un fantasma shakespeariano que le sirve a Nora para culminar su huida hacia adelante y comenzar de nuevo con los armarios limpios y la música olvidada que no había sabido echar en falta.

      Una extraordinaria novela que dice más de lo que cuenta, narrando lo justo, sin escarbar en presuntas psicologías quizá poco respetuosas con una madre. No le hace falta, sólo hay que saber escuchar los espacios en blanco. Indudablemente seguiré con Colm Toíbín. Además de Nuevas maneras de matar a una madre (necesariamente Nora Webster, que necesitó años para madurar, para encontrar su forma, hubo de tener que ver con ese estupendo rastreo de las huellas familiares en diversos autores) y este hay bastantes más. Qué feliz futuro lector me espera. Anímense.

ColmToibin

El cementerio de los reyes menores de Zoran Malkoc

el-cementerio-de-los-reyes-menores_baja

Hay libros correosos. Los acabas de leer y, si tienes la suerte de que luzca el sol, puedes alejarte de ellos caminando y abstraerte en el azul sin nubes y el verde brillante (es que vivo en Galicia). Pero ya están dentro.

      Zoran Malkoc es un croata de casi cincuenta años, por lo que vivió en su edad adulta los conflictos que acompañaron y ensangrentaron la disolución de Yugoslavia. Cuentan en la solapa del libro que además de narrador es judoka, soldado y anticuario. La escéptica voz que refiere los relatos, algunos de los cuales son en primera persona y giran entorno a sus propias experiencias, es la de un peculiar librero, comercial ocasional, buscavidas de un club cuyos miembros, nos informa en el primera y estupenda narración, poseían un talento especial para morir. Ya desde el principio nos enfrentamos a personajes que creen o fingen creer que tiene el control cuando todo es, en el mejor de los casos, aleatorio, si es que no les viene impuesto por alguien de su misma -o quizá peor, o quizá mejor- calaña. Relatos de poder de baja estofa y de su pérdida, de dominio y descontrol -sobre uno mismo, sobre los otros-: tremendo El hombre perro, brillante y ladinamente sutil Una pocas palabras sobre el amor de Igor. La guerra en la memoria adherida al día a día, la muerte como una presencia más y el prójimo sometido al mismo proceso de despersonalización que un animal –El bestiario de Celentano, de nuevo El hombre perro– o viceversa, la humanización de una animal enjaulado –Arrancamos los ojos-. El absurdo sobre el absurdo encadenados –Discusión ornitológica, Naturaleza muerta, Disección– en el frente o fuera de él. Fauna indeseable, víctimas verdugos y el último refugio en un autoservicio donde la muerte puede ser un eslogan: Aquí te morirás de gusto. Asesinos poetas, autores de teatro delincuentes, drogas y alcohol, hombres y mujeres de negocios (peculiares), mujeres entregadas por o sin placer, en o fuera del campo de batalla, porque a fin de cuentas el campo de batalla no es solo un lugar, es también un tiempo largo, que viene de antes y no parece tener un final. Porque no todas las historias tienen que tener un final.

      Un puñetazo no sé si en el estómago o en el corazón, me inclino más por este último, tal vez porque a mi estómago lector le gustan los platos fuertes. Hay unos cuantos relatos excepcionales, narrados con una encomiable economía de medios y un descreído y casi imperceptible lirismo -de nuevo Arrancamos los ojos, y el propio Cementerio de los reyes menores-. Algunos más. Son 25 y una narración final. O tal vez sea otro cuento.

zoran_malkoc_goran-stanzl_pixsell_udl-248x300