La muerte de mi hermano Abel de Gregor von Rezzori

El alter ego de von Rezzori en esta novela resulta llamarse Aristides Subicz. Mientras que el primero es de Bucovina, el segundo es de Besarabia, ambos territorios rumanos cuando tanto von Rezzori como Subick nacieron allá por 1914 Gregor, 1919, Aristides, y ambos desaparecidos como estados independientes o rumanos una vez terminada la Segunda Guerra Mundial. Rezzori era de buena familia y, según sus propias palabras, …si no hubiera ocurrido la Primera Guerra Mundial, mi vida habría tomado un bien trazado curso: como mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo, me habría convertido en funcionario de la administración real e imperial de Imperio Austrohúngaro, trepado discretamente…, pero las dos guerras ocurrieron y Von Rezzori se convirtió temporalmente, como su sosias Subicz, en apátrida, como él, el hecho de tener pasaporte rumano y ser bien asesorado, le permitió salvaguardarse sobradamente del frente –cogí mi cuota de bombardeos y todo eso, pero mientras tanto tuve oportunidad de leer y cubrir las increíbles lagunas culturales que tenía-, como él, fue guionista/argumentista de cine, figura de la farándula, escritor… Aristides es el supuesto creador de esta aparentemente caótica obra, es un escritor, como escritor se encuentra dividido y enfrentado -tiene en Nagel, renombrado autor de éxito, examigo, antítesis y modelo recurrente en muchas de sus consideraciones, el ejemplo a no seguir en una suerte de arrastrado duelo de admiración y envidia, resquemores y revanchas. En su propia biografía como persona, se encuentra dividido -cuando no suplantado- y ajeno a su yoes anteriores. Como divididos están los apuntes de la novela definitiva que no termina de escribir. Quizá porque ya está escrita, intentando simultanear, encajar, derivar, asociar los diferentes yoes del autor, yoes mudables, yoes perdidos, jóvenes, inmaduros y sujetos de la Historia que se estanca desde la ocupación de Austria por Hitler hasta los procesos de Nuremberg. Aristides no encaja en el reino de las altas instancias, del cual, a través del Tío Ferdinand -quien, dando un paso más allá de sí mismo hacia la atemporalidad de lo simbólico, en una hilarante descripción, ha pasado de enhiesto gallo a araña, una enorme araña de color gris y amarillento-, a través de él, nos ofrece el salpicado retrato de una plutocracia capaz de adaptarse a los nuevos -y norteamericanos- tiempos, si bien ha dejado morir entre las dos Guerras Mundiales el espíritu de una Europa suicida que ha resultado una copia estandarizada de lo que fue y pudo o creyeron que podía haber sido. Una Europa movida por el dinero.

     Lo mejor es entrarle al libro a saco, sin preámbulos. El primer capítulo, la introducción, digamos, es sencillo, procaz y puede llamar a engaño. Puede ser una declaración de intenciones solapada, la sugerencia de una seducción. Y un pretexto para hallar cuatro carpetas repletas de papeles escritos. Pneuma. A. B. C.

     Procedemos a leer la primera carpeta. Deducimos que un escritor se dirige a su editor, emigrante judío y estadounidense, J.G. Broning, quien, sabremos más adelante, le ha pedido le resuma el argumento de su novela -largamente pagada a través de anticipos- en tres palabras. Se intercalan textos que convocan a su amigo Schwab -primero en ser calificado como su hermano Abel, aunque habrá más-. Schwab, un personaje creado por Subick a partir de su difunto amigo S. y que acaba resultando más real que el modelo. Diálogos pendientes con Christa, su exesposa, u otras de sus mujeres, recreaciones de acontecimientos, ambientes, conversaciones, la Historia recorre cada página, y se circunscribe a distintas vivencias relevantes en la vida de Subick -las distintas etapas de sus distintos yoes: el yo infantil -entre las altas esferas-, el adolescente y el joven -en Viena con su familia adoptiva, profundamente pequeñoburguesa, the fucking middle-class-, y el yo que vivió la Segunda Guerra hasta Nuremberg-, a los que habría que sumar el que se vende por dinero y una vida fácil a los cerdos del cine, el que quiere crear una novela, una que sea … una explosión. Un crecimiento celular híbrido. También el cáncer es, a fin de cuentas, una explosión en cámara lenta. El que se pregunta el porqué y para qué escribir otra novela. El que carga con la culpa, con la propia -el sueño desvela el acto criminal, el asesinato como primera falta: Caín mató a Abel y Raskolnicov a la anciana- y repara en la colectiva –...cuando en la vecina y fraterna Alemania -fraterna en un sentido cainita- se encendieron las antorchas que iluminarían durante doce años el Tercer Reich…- culpa sobre la que se pasa con apremio y voluntad de olvido para intentar clausurarla en un proceso decepcionante. El que ama y odia Francia quien traidoramente finge retrotraerlo por momentos a un pasado perdido de inocencia y autenticidad. El que quiere substrarse a la intoxicación informativa de revistas de papel couché y las alimenta y las recibe…

     La prosa de von Rezzori es magnífica, un verdadero deleite, rica en matices y alusiones, profusa en formas y fondos, atrevida y versátil -sitúa, reflexiona, increpa, provoca, emociona, analiza, juega, filosofa…-. En ocasiones puede resultar un poco reiterativa -como en una obertura, hay una serie de temas que se repiten, suponen el invisible armazón que unifica el libro, están detrás los unos de los otros, vuelven, retroceden, se mezclan-. El sentido del humor -caústico, seco, inteligente, hábilmente dispuesto- es un regalo. El Zeitgeist, espíritu de la época, por Subick convocado, recorre los pretendidos apuntes y se entreteje con los cuadros de momentos precisos situados especialmente entre los años 1938 y 1948 -el periodo glacial, lo llama Aristides-, con la dualidad de dos frentes -sean el Eje y los Aliados; sean Europa preguerras y Europa -sucursal de Estados Unidos- desde el Plan Marshall; sean Caín y Abel (pueden ser intercambiables y triviales como se vio en los juicios -la banalidad del mal recorre los banquillos de los acusados Su único demonismo es su total falta de imaginación. Su única perversidad es la obediencia ciega a las órdenes y las disposiciones. Ellos no han hecho otra cosa que cumplir con su deber-); sean una novela rentable y ordenada en tiempos de caos y después de Joyce o, puesto que el autor siempre asoma tras el relato, una autobiografía hipotética en la que …sigo viviendo la escritura como un ser vivo que vive mi vida. Debo narrarlo todo como narraría mi vida alguien que no soy yo pero que convive conmigo: viviendo.

     Quedan cosas en el tintero porque es abundante en páginas y contenido. Una vez leído, abrirlo y dejarse caer por cualquier página es un verdadero placer. La relación con las mujeres es temprana, variada, apasionada, práctica, entrañable, utilitaria, despectiva, dependiente, romántica…, pocas veces de tú a tú y cuando es el caso, siempre son mujeres independientes y fuertes. Su lenguaje, lejos de lo políticamente correcto de nuestros tiempos, se explaya sin tapujos, con el registro adecuado y sin ningún remilgo. Con gravedad metafísica o irónica aceptación. Me sentía como el hijo pródigo que ha encontrado el camino de regreso. Comprendí en qué medida somos hijos de este mundo, de este pétreo mundo de termitas: hijos de un desierto artificial de piedra, de la penumbra que anuncia la caída definitiva de la noche… ¡Ah! El angustioso valor de las farolas de la calle. Von Rezzori escribía en alemán, sin embargo es en Alemania donde menos se lee su obra.  Muy recomendable -salvo para quienes busquen tramas al uso-.

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La isla de Arturo de Elsa Morante

Decía Elsa Morante en una entrevista emulando a Flaubert: Arture, c’est moi, y es Arturo porque Rimbaud era su poeta del alma cuyo retrato la contemplaba desde una pared de su estudio y porque ella, quizá en otra vida, había sido un chico -la cita de Umberto Saba que abre el libro reza: Yo, si en él me recuerdo, bien me parece. También quiso ser poeta y, como en Mentira y sortilegio, arranca con un poema y éste concluye con el verso fuera del limbo no hay felicidad. En Prócida, isla volcánica al igual que volcánica era Morante, halló la felicidad durante la infancia Arturo, quizá porque la infancia es una isla y es también un limbo, el de la inocencia, un particular limbo del cual no se es consciente como no se es consciente de la felicidad. Si la hubo.

    De su capacidad para fabular, mezclar leyenda, historia y biografía dio Elsa Morante cumplida muestra y explosión en su primera gran novela. Aquí el deseo y la necesidad de una mitología, como en su obra anterior, aparece desde las primeras líneas y no sólo en las reminiscencias del nombre del protagonista, sino en las figuras paterna y materna. No suplió la autora la ausencia de verdaderos caracteres fabulosos femeninos -tan y con razón reivindicados en estos momentos-, sencillamente, cambió su sexo como muchas autoras a lo largo de la historia de la literatura, desde Christine de Pizan a Virginia Woolf, y asumió al navegante aventurero que surca mares, acumula tesoros y subyuga incautas damas -o caballeros…-. Henos aquí en la piel de un muchacho que reconoce su infancia como un periodo feliz a pesar de los pesares y retoma su adolescencia como el periodo crucial que de facto resulta ser. Ella vivió un tiempo en Prócida y se sirve de la naturaleza de la isla con su castillo y penal, así como de su imaginación, para jugar con una serie de metáforas que encajan a la perfección con la tormenta interior que a esas edades se vive, sobre todo, cuando el padre y la madre son figuras bien lejanas y esquivas -como el padre- bien ausentes y reinventadas -como la madre-. Para redundar el ambiente masculino, su nodriza fue un hombre -el amable y gentil Silvestro-, él crece en absoluta libertad sin necesidad de ir a la escuela y formándose con la gran biblioteca que en su depauperada villa hay -en realidad un antiguo convento de monjes-, vive en una casa donde las mujeres están directamente malditas -es la llegada de una joven madrastra lo que parece romper el hechizo- y no encuentra belleza alguna en el sexo opuesto -el paradigma de la belleza lo representa su padre, Wilhem Gerace, con sangre alemana y rasgos opuestos a quienes allí habitan-. El tránsito a la madurez no se presenta fácil y el despertar de la sexualidad será necesariamente confuso, como confusa es la sexualidad de Wilhem -inspirado, plausiblemente, en Visconti, gran amor y amigo de Elsa-.

    El abandono de la infancia, consciente o inconscientemente, en el marco de unos mínimos afectos y atenciones, supone un proceso de ruptura que puede ser o no traumático y al que voluntaria o involuntariamente se le oponen diversas resistencias. Quizá por eso cuando, navegando en mi barca, me alejaba un poco de la costa, enseguida me invadía una amargura nacida de la soledad que me obligaba a volver. Era ella [la isla/infancia], que me llamaba como las sirenas. La ausencia y el deseo de la madre junto a la nefanda visión que recibe Arturo de su padre suponen un escollo difícil de salvar para un joven inexperto, solitario, apasionado, orgulloso y especialmente vulnerable. La joven madrastra supone un contrapunto necesario y, en buena lógica, resulta un personaje condenado a perder, pero de una fortaleza e integridad propia de la gente sencilla y consecuente, aunque también resignada e ignorante. Me parecía increíble que un ser como ella, tan inerme, vulnerable, ignorante y estúpido, pudiera ir por el mundo sin herirse.

    En resumen, una novela magnífica, intensa, con una narración próspera, mítica -como míticas son las concepciones con las que el alma joven se enfrenta- y realista -el realismo de la incertidumbre y el sentimiento que desborda-, de personajes rotundos, extremos, como extrema es la urgencia adolescente, donde la sexualidad ha de explotar y no es necesario definirla, sino vivirla, desplegarla, en contra y favor de los demás y de uno mismo. Como Morante: extraordinaria, total.

Érase una vez de Margaret Atwood

Érase una vez

Tradicionalmente los cuentos empiezan Érase una vez, mas cada vez resulta más complicado entrar en el relato respetando todas las cortapisas que va esparciendo la (pretendida) bondad de lo políticamente correcto. También terminan con parejas felizmente casadas comiendo perdices. Pero no es así y Atwood, que pretende no conseguir arrancar en su primera pieza del libro, la que da título al conjunto -6 cuentos y dos breves escritos que abren y cierran la obra-, nos expone seis relaciones de parejas para las que las perdices no resultaron tan sabrosas.

      Seis desencuentros y un colofón que lleva por título A favor de las mujeres tontas y en los seis desencuentros hay mujeres tontas y no tanto –porque sin ellas no habría historias, (…) porque la mujer tonta es lo bastante imbécil para creer que la Esperanza será una especie de alivio, (…) porque ¿de dónde proceden quinientos años de versos de amor…?-. Betty, la que da nombre al primer relato, parece el paradigma y Atwood recuerda su historia además de la imagen que de ella se hizo durante su infancia y adolescencia, y se excusa desde la madurez. En Translúcida, como su nombre indica, la mujer tonta deja pasar la luz siendo sus contornos, su realidad, difusos, así como el propio discurso que la protagonista intenta llevar adelante. Piensa en las plantas que han aprendido solas a parecer piedras. En las otras cuatro narraciones ellas se enfrentan directamente al desencanto y no saben como trascenderlo. En En la tumba del famoso poeta, el desamor es el tercer protagonista que acompaña a la pareja en su peregrinaje al castillo del poeta muerto, como si este fuera su unión desmoronándose: no me fío del castillo, me da la sensación de que se nos va a caer encima en cuanto nos de por reír o dar un paso en falso. Joyería capilar es una incursión en el pasado dentro de un viaje al pasado -la narradora huyó a Salem so pretexto de la obra de Hawthorne- y una recapitulación de los amores enquistados herencia de la afición por la melancolía propia de las jóvenes. Y no tan jóvenes. Odio los recuerdos que no pueden desecharse. En El resplandeciente quetzal, también siguiendo sutilmente una línea en paralelo frente al pozo de sacrificios rituales de un país centroamericano, una mujer racional y hastiada de su relación conjura instintivamente sus demonios en medio de un sofocante e indeseado tour turístico, mientras su marido, única voz masculina en este libro, no sabe como abordar una relación sin sentido que continúa por inercia. Por último en Vidas de poetas, Julia, poeta y conferenciante, funciona por hábito y por necesidad dentro de una dinámica que la agrede, contemporizando con quien ya no la necesita, no la quiere, no la respeta.

   Seis relatos desoladores, de triste belleza, serena inteligencia y delicada sororidad, enmarcados entre dos textos lúdicos, irónicos, pacífica y audazmente provocadores.

Lady Susan de Jane Austen

Lady Susan fue publicada 77 años después de ser escrita y 54 después de la muerte de su autora, en 1871. Es una novela epistolar compuesta por 41 cartas y una conclusión que cierra los avatares que se desarrollan a lo largo de la correspondencia entre siete personajes que rodean a Lady Susan Vernon, a saber: como contrapunto están su cuñada, la Sra. Vernon, Catherine, que recoge la voz de la moral de su tiempo -y de este, a qué dudarlo-, Sr. de Councy -Reginald, hermano de su cuñada- y Sir Reginald De Councy y esposa, padres de los anteriores. Dividiendo la correspondencia en dos partes de veinte y veinte misivas, está la número XXI de la hija de Lady Susan, Frederica Susan Vernon, quien, a pesar de los continuos menosprecios que sobre ella expresa su madre, algo del tesón y la habilidad para salirse con la suya de su madre ha heredado. Y permitiendo expandirse acerca de los sentimientos e intenciones de la ínclita Susan, la señora Johnson.

La soltura y el gracejo con que Jane Austen da voz a la pizpireta, manipuladora, vivaz e interesada Lady, así como la gravedad y sensatez con que describe y relata su cuñada, dirigen el transcurrir de los hechos en los que es Lady Susan la auténtica actriz que hace y deshace ante la impotencia de su hermana política que adora ser la primera y el centro de conversación, la más ingeniosa y la más sensata –no obstante no puede dejar de reconocer la aparente impecabilidad de la conducta de Lady Susan que subyuga por donde va y especialmente a los hombres. La novela está aderezada con exactamente cinco intervenciones masculinas, una de ellas, de Sir Reginald de Councy a su hijo, con un ánimo bien distinto a las demás. Sin embargo no es solo Lady Susan quien conduce los acontecimientos, también Frederica es capaz de torcer los designios de su madre que, con un cinismo encantador y jocosamente perverso, se explaya con su amiga, la Sra. Johnson, quien no le anda a la zaga en su práctica visión de un mundo en el que, para una mujer, el matrimonio se presenta como la única salvación. Lady Susan puede con todo. O casi, pues su capacidad de adaptación a las circunstanciass corre pareja con el desapego que siente hacia quienes la rodean y no participan de sus necesidades o intereses.

En este delicioso relato que por momentos parece una obra de teatro de enredo, la ya madura Lady Susan, viuda de treinta y tantos años, pisa con fuerza allí donde sabe que puede pisar -no así su amiga, ya sometida a la voz del patrón o anciano esposo. Frente al dudo si no debería castigarle despidiéndole de inmediato después de esta reconciliación o casándome con él y burlándome eternamente de Susan, aún libre para elegir, se queja la Sra. Johnson de que cuando era yo la que tenía ganas de ir a Bath, nada pudo inducirle a tener un solo síntoma de gota. La conclusión, por boca de la autora o por la de la persona que registra los aconteceres, cierra el periplo de Lady Susan, pero deja abierto el de su sacrificada hija que pasa de una celestina a otra, pero no cuento más. Una primera obra que anticipa los temas centrales de la obra de Austen con frescura y un cierto toque díscolo atemperado por el núcleo familiar Vernon, que viene a ser Catherine Vernon.

La edición es un placer. Limpia y traviesamente ilustrada, estupendo papel, primorosas guardas. He de confesar que la compré por impulso en un ataque de consumismo libresco que es el único que me permito de tarde en tarde. Una divertida delicatessen para un día de calor agobiante, de recogimiento en el sofá frente a la chimenea o, en su defecto, con la calefacción funcionando.

No, mamá, no de Verity Bargate

A Verity Bargate, su nacimiento como novelista y el diagnóstico de un cáncer le coincidieron en el mismo año, 1978. Ella siempre pensó que, como su madre, moriría a los cuarenta y no se equivocó, pues murió dos meses y veinte días antes de cumplir los cuarenta y uno. Cuando tenía cuatro años sus padres se divorciaron y su madre se marchó a Australia de donde retornó a los cuatro años, casada de nuevo con un doctor de la RAF y Verity pasó los siguientes años en internados y casas de vacaciones. Fue enfermera, pero no se sentía capacitada para ello, después trabajó para una empresa dedicada al análisis de los medios de comunicación y, finalmente, con su primer marido creó el Soho Teather y tuvo dos hijos varones -uno de ellos llamado Thomas Orlando, como el recién nacido de Jodie, la protagonista de esta breve e intensa novela-. Su matrimonio duró del 70 al 75. A continuación ella tomó las riendas del teatro con un espíritu libre y abierto que dio cabida a gente como Bob Hoskins, Hanif Kureishi o Caryl Churchill y, apoyada por el que sería su nuevo esposo dos meses antes de morir, Keeffe Bargate. comenzó a escribir. Dejó tres novelas, ésta fue la primera. A ver si tenemos suerte y Alba se anima con las otras: Children crossing y Tit for tat.

     Una mujer nos narra en primera persona la sensación de vacío vivida desde el momento en el que cogió en brazos a su segundo hijo. Otro varón. ¿La depresión postparto? Puede que sí, no necesariamente. Además de madre, es esposa, hija, amiga, sin hablar de ama de casa, compradora, etc. pero sobre todo es mujer y nos va a narrar un proceso de huida de la realidad, eso puede pasar en el puerperio, pero también tras una gran decepción, un desamor, el deseo muerto, un legado perdido, un tiempo de inercias… Siempre dentro de los límites de lo racional seguimos a Jodie que encuentra fuerzas en la reaparición de una gran amiga de la infancia, Joy. Hasta ese momento ha estado observando su matrimonio, a sus hijos, intentando mantener el equilibrio y ha recuperado un talismán de juventud guardado junto a otras pertenencias empaquetadas para la que quería su hija y es Orlando ¿cambiará de sexo con este nombre? Con suavidad y fluidez avanza la narradora, sin saberse tan vulnerable y trasmitiendo vulnerabilidad, olvidando la agresividad del entorno, la trampa en la que se ha ido encerrando, fiel a una nueva rutina que la hace sentirse feliz. Sabe ser práctica, muy práctica, aún puede sentirse a gusto con algunas personas. Por el camino transitan la identidad sexual y la moralidad imperante, la ceremonia matrimonial, el pasado como pérdida irrecuperable y dos hijos amados, temidos, cómplices, lastres… Una breve novela de tensión casi gótica en la que el peligro acecha en un apartamento, en el tren, en la estación y se dirige hacia un desenlace fatal. Un miedo al otro tan cercano -miedo que la protagonista percibe también en Joy- y que sabe que llegará a puerto de alguna manera, en algún momento, y que el puerto es ella. Dos mujeres atrapadas y un final de cualquier época. Paradigma de precisión y economía, sin aspavientos ni efectismos. No le sobra nada, ni le falta. Tremenda, estpenda.

El rojo y el negro de Stendhal

Henri Beyle, como Voltaire que riza el rizo con otro pseudónimo para su libérrimo Cándido, como su admirado Molière, a cuyo Tartufo tan próximo se encuentra el protagonista, Julien Sorel, sólo publico con su nombre una obra, eligiendo Stendhal como sobrenombre a partir de los 34 años, pero manteniendo el hábito de cambiar de identidad en su correspondencia y en sus obras más personales -dejó unas cuantas inacabadas-. Los motivos quedarán para las diversas disquisiciones, desde su deseo juvenil de ser músico, comediógrafo, seductor de mujeres, italiano, o el desprecio hacia su padre, el desproporcionado amor a su madre, o el simple juego alusivo o no, etcétera, etcétera. Publica El rojo y el negro en 1930 y lo subtitula Crónica del siglo XIX, si bien, tanto la primera parte como la segunda, llevan por título Crónica de 1830 y la novela, a medida que va avanzando, recoge acontecimientos, ahora ya históricos, que necesariamente tenían que estar sucediendo en los días de su creación.

     El rojo y el negro es o podría ser una novela de aprendizaje en la que Stendhal se vale de sí mismo, de quién fue él, a lo que aspiró o pudo aspirar, su timidez junto a su osadía de juventud, su orgullo en ocasiones iracundo, su extravío en medio de la sociedad parisina donde al principio no encajaba. Un homme malhereux en guerre avec la société*. Es también trasunto del caso Antoine Berthet -que no voy a desentrañar porque siempre habrá alguien que no la haya leído y uno de los placeres de leer es ir descubriendo-, cuya línea argumental, entonces conocida, pero no como ahora -en algún momento se pregunta Lucien si podrán los periódicos sustituir al clero a la hora de formar ¡oh, visionario! Si llega a conocer la televisión…- está imbuida de la sin duda feroz lucha de clases en la que nobleza y clero se resistían a la pérdida de sus privilegios. Es una magistral inmersión psicológica en su principal protagonista y, en menor medida, en las mujeres de su vida y en sus distintos empleadores y consejeros, con un precisión y una frescura no entendida por muchos en su tiempo -Hugo la encontraba deleznable, claro está que las formas de narrar están en la antípodas, además Stendhal dictaba sus textos lo que les da una especial ligereza y musicalidad-. Sorel persigue la gloria e, inconscientemente, busca la ternura que Stendhal perdió a los siete años con la muerte de su madre y que su protagonista encuentra en Madame Rênal, su primer amor, su amor de provincias, tan diferente a su amor en la gran ciudad, París, plagado de subterfugios, imposturas, artificios e intereses. Es una recreación de avatares políticos en los que Lucien Sorel se ve enredado con paradigmática naturalidad y que va desentrañando a la par que el lector -para refrescar memoria, quien la vaya perdiendo o no la tenga y poder aprehender toda la amplitud de esta obra, es bueno revisar qué se cocía en ese año de la Restauración-.

     Dos partes, dos períodos en la vida de Julien. El arranque es una breve descripción de un lugar imaginario, Verrières, y al tiempo que lo describe, sabemos de qué viven, quién manda, por qué, los valores que priman, todo con un toque de sobria ironía y en cuatro páginas. La primera parte, su salida de la casa paterna donde padre y hermanos trabajan duramente en el aserradero, oficio para el que no vale pero donde, a pesar del desprecio de que es víctima, consigue formarse cultural y políticamente por un viejo cirujano bonapartista pariente de los Sorel, y religiosamente gracias a un cura jansenista M. Chélan. Esta educación le permite entrar al servicio del alcalde Monsieur Rênal y señora, con el objeto de enseñar a sus hijos. Julien es muy joven y ambicioso, desea llegar lejos y esta es una inmejorable ocasión. Aquí conoce el amor y a manejarse en sociedad, pero en una sociedad provinciana y, tras pasar por el seminario, donde de nuevo está bajo la protección de otro padre jansenita, su instrucción puede darse por terminada. La baza que le posibilita introducirse en este mundo, además de una prodigiosa memoria por la que recita en latín las Escrituras, es su deseo de entrar al servicio de Dios, sinuoso e hipócrita deseo ya que su corazón y su razón son de Napoleón. Quand Bonaparte fit parler de lui, la France avait peur d’être envahie: le mérite militaire était nécessaire et à la mode. Aujourd’hui, on voit des prêtres, de quarante ans, avoir cent mille francs d’appointements, c’est-à-dire trois fois autant que les fameux généraux de Napoléon. Il leur faut des gens qui les secondent. Voilà ce juge de paix, si bonne tête, su honnête homme jusqu’ici, si vieux, qui se déshonore par crainte de déplaire à un jeune vicaire de trente ans. Il faut être prêtre**. He aquí el color negro. Sobre el rojo corre tinta ya que dijo Stendhal a sus amigos que era el color del ejército, pero el ejército napoleónico iba de azul y el propio Julien recuerda las capas blancas que por Verrières lucía un regimiento que despertó sus ansias de ser soldado. Bien puede ser el color de los labios de las mujeres que tanto papel juegan en el destino del protagonista. Elle n’est point jolie. Elle n’a point de rouge *** (Frase de Sainte-Beuve que encabeza la segunda parte). O mismo el de la sangre que con tanto frenesí bombea en los momentos de arrebato. Además era Stendhal muy dado a las imposturas y no sólo con los nombres. Muchas de las citas que introducen cada capítulo no pertenecen al autor citado, empezando por la que encabeza la obra, atribuida a Danton. Se salvan siempre las de su admirado Lord Byron.

     La segunda parte conduce a Julien a París. Aquí la inmediatez de los hechos históricos que Stendhal está viviendo hace irrupción y la manera que el autor tiene de enredar a Julien en los grandes sucesos que en aquellos momentos de efervescencia política acontecen enriquece el relato y añade contenido sin recurrir a narraciones adyacentes. Ya en el primer capítulo, a través de una conversación, Julien y quienes le seguimos somos testigos, mediante una conversación en la diligencia, de los conflictos que se arrastran tras la revolución, conversación sobre la que el propio autor nos informa: La conversation fut infinie, ce texte va occuper la France encore un demi-siècle****. Al entrar Sorel de ayudante del M. de la Mole, ministro del rey, Carlos X, su posición es privilegiada para acceder a asuntos conspiratorios y avatares que están candentes en 1830, por otro lado un nuevo amor, más civilizado -en el peor sentido de la palabra- desvía su norte y cae víctima de sus propios afanes, sus contradicciones, sus hipocresías. Sin embargo, frente al entorno que Stendhal ha descrito, Julien es un damnificado, su farsa no deja de ser fruto de una injusticia consustancial a una sociedad artificiosa, mucho más farisaica y  en la que la educación de los pobres representa un peligro. ...Les hommes de sa société répétaient que le retour de Robespierre était surtout possible à cause de ces jeunes gens des basses classes, trop bien élevés*****.

     Una novela extraordinaria, abundante en vertientes, profusa en perfiles, incomprendida en su tiempo pues, indudablemente, el autor, que fue ingenuo, hipócrita -un Tartufo más moderno, menos teatral, más reivindicativo, más profundo-, seductor, romántico, soldado, viajero, amante de la música que dejó su epitafio escrito en el que rezaba y reza: Errico Beyle, milanais, a vécu, écrit, aimé. Cette âme adorait Cimarosa, Mozart, Shakespeare******, beylista (tenía su propia manera de alcanzar la felicidad), clarividente (supo que su obra sería valorada a finales de siglo), etc., el autor, en resumen, se adelantó a su tiempo y adelantó otras formas de narrar que aún ahora permanecen lozanas y en desarrollo. De obligada lectura y relectura.

* Un hombre desgraciado en guerra con la sociedad.

** Cuando Bonaparte dio que hablar, Francia tenía miedo de ser invadida: el mérito militar era necesario y estaba de moda. Hoy vemos que sacerdotes de cuarenta años tienen un salario de cien mil francos, o sea, tres veces el de los famosos generales de Napoleón. Necesitan gente que los secunde. He ahí ese juez de paz, tan buena gente, tan honesto hasta ahora, tan viejo y que se deshonra por miedo a desagradar a un joven vicario de treinta años. Es necesario hacerse sacerdote.

*** No es nada bonita. No lleva rojo alguno. “Rouge” se utiliza en francés para referirse al lápiz labial.

**** La conversación fue infinita, este texto va a tener ocupada a Francia durante medio siglo.

***** Los hombres de su sociedad repetían que el regreso de Robespierre era posible, sobre todo, a causa de esa gente joven de las clases bajas, demasiado bien educada.

****** Errico Beyle, milanés, ha vivido, escrito, amado. Esta alma adoraba a Cimarrosa, Mozart, Shakespeare.

La ciudad de las mujeres de Cristina de Pizán

damas

Cristina de Pizán escribe La ciudad de las mujeres en 1405, 523 años después, en 1928, Virginia Woolf sigue dándole vueltas al mismo tema en las charlas ante las estudiantes de la Universidad de Cambridge que constituirían Una habitación propia. Cristina sí la tenía, pero le costó años de litigios conservar su herencia, muertos su padre y su esposo, así pues, ella sí se retira a su “étude” y con este acto arranca esta alegoría y defensa de las mujeres que, ya en su tiempo, dio amplio lugar a polémicas entre los doctos varones de su tiempo. Recibe la ayuda de tres Damas: Razón, Justicia y Derechura (este término, tan francamente feo, ha sido seleccionado por la traductora, por un lado para recoger el sentido de la palabra Droitture que alude tanto a lo judicial como a lo geométrico y, por otro, para alejar cualquier connotación del rigor religioso que el término “rectitud” suele llevar anejo). Son ellas quienes invitan a Cristina a levantar una Ciudad desde donde las mujeres puedan defenderse de tan perversa y continuada agresión, mezclando con tinta la argamasa que las tres van a proporcionarle. Esta ciudad tomará los materiales de un enfoque y una lectura diferente acerca de los papeles que figuras femeninas, tanto históricas como legendarias y literarias, jugaron desde un tiempo que no figura en los escritos hasta aquel remoto y recién estrenado siglo XV. No deja de ser interesante el hecho de que Virginia Woolf, 5 siglos después, eligiera también apoyarse en tres personajes igualmente ficticios, Mary Benton, Mary Senton y Mary Carmichael, para defenderse de, si no tan contumaces ataques, por lo menos igualmente sectarios e interesados -lo de machistas o patriarcales, casi que sobra decirlo-, y concluir que lo que las mujeres necesitaban era poseer un espacio y una renta, haciéndolo, no desde una ciudad en femenino, pero sí desde una universidad para jóvenes del sexo “débil”.

     Quien se acerque a este libro buscando información fidedigna sobre las acciones de las mujeres en la Antigüedad, encontrará una absoluta falta de rigor, falta de rigor igualmente achacable a aquellos a quienes rebatía. No se trata de una historia de las mujeres, sino de un recopilación de personajes femeninos desde una perspectiva prefeminista, lejos de los estereotipos aceptados y consensuados, y de la refutación de un argumentario francamente ofensivo y denigrante. Para ello la autora, resultándole difícil asumir como propia de su persona y de la de tantas otras la imagen recibida, primero cuestiona la autenticidad de los tópicos transmitidos por el saber masculino que se podrían resumir en filósofos, moralistas, todos parecen hablar con la misma voz para llegar a la conclusión de que la mujer, mala por esencia y naturaleza, siempre se inclina hacia el vicio. Y para empezar, desde esta alegoría, recurso tan en boga en aquellos tiempos, se dirige hacia el Campo de las Letras pertrechada con la azada de la inteligencia y dispuesta a cavar hondo -no era para menos- con la ayuda, en primer lugar de la dama Razón. Y cavar hondo en ocasiones requiere -metafóricamente hablando, claro está- una cierta exhaustividad por lo que esta parte, dedicada en profundidad a desmontar pretendidos razonamientos hoy denominados misóginos, es, sin duda, la más ardua y desarrolla las respuestas a preguntas que Cristina le va haciendo a Razón, preguntas que se originan en Ovidio, Catón, Aristóteles y un largo etcétera y cuya contestación permitirá asentar las primeras piedras en la base de los muros del nuevo baluarte: heroicas damas de la guerra como Semíramis o las Amazonas; de la política, como Nicaula, la reina de Saba, o Fredegunda y otras nobles; de las ciencias y las artes como Safo, Ceres, Minerva, –Te vuelvo a decir, y nadie podrá sostener lo contrario, que si la costumbre fuera mandar a las niñas a la escuela y enseñarles las ciencias con método, como se hace con los niños, aprenderían y entenderían las dificultades y sutilezas de todas las artes y ciencias tan bien como ellos.- y por último damas dotadas de buen juicio, entendiendo por juicio la capacidad de reflexionar sobre lo que se quiere emprender para llevarlo a buen término como Dido o la Gaya Cirila. En la segunda parte, Derechura le proporcionará el material que solidificará el muro y, dado que aún casi estamos en la Edad Media, son sibilas, profetisas, hijas y esposas devotas y entregadas, discretas, prudentes, honestas, etc. que rebaten zafias aseveraciones sobre el talante femenino: que si son cotillas, cónyuges furibundas y amargadas, coquetas, que si les gusta que las violen…, a qué seguir. La lista de menosprecios es larga, mas la cantidad de mujeres con las que refuta tamañas tropelías es profusa y en este caso mucho más amena, a fin de cuentas son las piedras preciosas que trabarán las murallas de palacios y mansiones en la nueva Ciudad. Reformula el enunciado haciéndose portadora del discurso oral y doméstico silenciado a otra luz, la que no pasó a los escritos y que por lo tanto es, era, inexistente. Por último llega el turno de Justicia y, con ella, de la religión y la Reina de los Cielos. Esta es la parte más corta en la que un breve martirologio de santas, beatas y mártires con María a la cabeza consagran la ciudad. El feudalismo está siendo transformado y la Iglesia dicta (siempre que puede, lo hizo, lo hace y lo hará), nadie es ajeno a su poder y la fe se da por sentada, así como los mandamientos y la servidumbre. No obstante muchas de las frases rebatidas no han desaparecido, han pasado más de seiscientos años y su desiderata final no podría ser más asumible: Huid, damas mías, huid del insensato amor con que os apremian. Huid de la enloquecida pasión cuyos juegos placenteros siempre terminan en perjuicio vuestro.  (…) Acordaos de cómo los hombres os tienen por frágiles, frívolas, fácilmente manejables y en la caza amorosa os tienden trampas para cogeros en sus redes como animales salvajes. Huid, queridas amigas, huid de los labios y sonrisas que esconden envenenados dardos que luego os han de doler. Alegraos apurando gustosamente el saber y cultivad vuestros méritos. Así crecerá gozosamente nuestra Ciudad.

     Convengamos que Virginia dio un paso más sobre la forma de conseguirlo, aunque ambas estaban lejos de llegar a aquellas que no tenían -ni tienen- acceso a la educación. Ambas presentan más de un paralelismo, escritoras e impresoras que fueron de sus propios libros, iluminados los de Cristina por sus ayudantes y los de Virginia por su hermana, ambas, en algún momento, desearon ser hombres y en alguna de sus obras fabularon con ello. ¡Qué corra más la igualdad y no pasen otras tantas centurias para volver a leer otra defensa de las mujeres o peor, para que alguna -o alguno, que también los hay- tenga de volver a escribirla!