Un mal nombre de Elena Ferrante

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Es la segunda novela de la tetralogía napolitana, tras La amiga estupenda. Un mal nombre solo contiene una parte, se titula Juventud y consta de 125 entradas.

     Comienza Lenù hablándonos de una caja metálica con ocho cuadernos que Lila le entrega haciéndole jurar que no los leerá. En su interior está Lila, clara y contundente. Lee todo y después lo tira al río, pero con 66 años, que es cuando emprende esta narración para convocar o para no olvidar, recuerda perfectamente, lo que le permitirá a la narradora profundizar en la vida y los sentimientos de su amiga, incluso entrar en su pensamiento durante un breve fragmento, el 113.

   Retoma el relato exactamente donde lo dejó, en el banquete de bodas. La adolescencia queda atrás para ambas, pero sobre todo para Lila que pasa a formar parte del universo femenino adulto -… qué es esta argolla de oro, este cero brillante dentro del que he metido el dedo-, dándose de bruces con una tela de araña que envuelve todo el barrio, custodiada por una ley del silencio antigua, conocida y respetada por todos y por todas, de la que son artífices los mafiosos del barrio y antiguos compañeros de colegio. En este contexto profundamente machista en el que las mujeres tienen una función clara de sometimiento y obediencia -… unas veces tocan bofetones, otras veces tocan besos…- y un fin fundamental, la procreación, ellas mismas presionan, temen y condenan el rechazo de este papel tradicional. Lenù las observa: … Parecían haber perdido los rasgos femeninos que tanto nos importaban a nosotras, las muchachas (…) Habían sido devoradas por el cuerpo de sus maridos, de sus padres, de sus hermanos, a quienes terminaban por parecerse cada vez más a causa de las fatigas o la llegada de la vejez, la enfermedad. ¿Cuándo empezaba esa transformación?… En el juego de espejos que desarrolla con Lila, en el que tanto se aproximan como se alejan, no deja de admirar su coraje y reconocer su sinuosa rebeldía, y al mismo tiempo esto le sirve para tener algo muy claro: estudiará, se irá de allí. Ni una ni otra son personajes lineales, una se queda en el barrio, pero es la que quiere partir quien reconoce en sí misma maneras que se transmiten de generación en generación: la voz melosa de las mujeres, la máscara de docilidad y sumisión del padre, el temor de amboa… Cada una desea y aborrece al mismo tiempo, alternativamente, lo que la otra tiene.

     En determinado momento Lila acepta su rol y asume voluntariamente el nombre que le corresponde que no es Raffaella Cerullo de Caracci, sino Señora Caracci. Acepta todo, el dinero sucio del esposo, su papel de incubadora, de sparring, de tendera… Pero solo tienen 19 años y la historia progresa. Lenù vive su despertar de otra manera, el estudio la sitúa fuera del barrio, aunque ella siga dentro de él, aunque el barrio siga dentro de ella. Ambas desconfían, se observan de lejos o de cerca, se enfrentan, se ignoran, se tienen en cuenta, se quieren, y en este largo proceso, se retroalimentan. Lenù teme que si Lila vuelve a estudiar la supere, Lila pretende despreciar el discurso intelectual que ya no se siente capaz de alcanzar. Mientras en Nápoles, algunos amigos intentan cambiar y no ven la violación como una forma de relación válida, los mayores envejecen y las riendas cambian de generación aunque no por ello se aflojan, la conciencia de clase va creciendo entre algunos de ellos. Y Lenù consigue alejarse e ir a estudiar a Pisa. Allí se le abre un mundo diferente en el que va, mal que bien, encajando y lo hace, en parte, no tanto a través de su dura dedicación a los estudios en los que es brillante, como a través de algunos hombres que la eligen, cuya posición la ilumina a los ojos de los demás y la impulsa. Sin embargo, cuando vuelve a Nápoles, siempre con el temor de no poder salir de allí, repara en que, mientras que lo que ha aprendido en su ciudad natal, con Lila como referente en muchas ocasiones, a defenderse con uñas y dientes, le ha sido de gran utilidad en Pisa, ahora bien, lo que ha aprendido en Pisa, los buenos modales, la voz y el aspecto cuidados (…) eran muestras de debilidad que me convertían en presa segura, de esas que no se libran. Ah, Nápoles, abigarrado e intenso telón de fondo que respira por dentro y por fuera de las dos amigas.

     La tetralogía continúa. Siguiente: Las deudas del cuerpo. Y sigue siendo excelente. Imprescindible.

Transición de Pablo Fernández Barba

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Transición es la novela gallega que ganó el XVI Premio Vicente Risco. A pesar de ello ha habido problemas con su edición, problemas afortunadamente solventados, pero que no dejan de poner en solfa el modelo editorial que arrastramos y que se resiste a adaptarse a los nuevos tiempos. Mas eso es otro cantar del que la salvó Urco Editora.

     En determinado momento de Transición se pregunta el narrador por el precio del silencio. Sin entrar en poesías inquiere:

El silencio no pesa, así que, ¿cuánto cuesta un quilo de  silencio?

El silencio no ocupa, así que, ¿cuánto cuesta un ferrado* de silencio?

Pero el silencio sí dura, así que, ¿cuánto cuesta un año de silencio?

     Transición, la nuestra, la modélica y exportable santa transición española. ¿Aún la quiere alguien? Ella es el telón de fondo -uno, hay otro que, en buena lógica, viene de antes- y también el motor que impulsará el futuro de nuestro cronista, alguien que por azar y por hablar gallego -esto sí que es inusitado dado lo maltratada que ha sido y sigue siendo esta preciosa e histórica lengua- consigue ascender de los sótanos del renombrado periódico donde trabaja a hacer un reportaje que podría cambiar sus perspectivas de futuro laboral -o sea, casi todo-. ¿Es una novela negra? Negrísima. ¿Una novela gótica? Demonios hay, unos cuantos; niebla, para parar el tráfico hasta en la carretera general; el reportero, un halo de romántico tiene entre Esmeralda y Lorena. ¿Una novela política? El marco histórico es amplio, pero los poderes permanecen difusos. Y actuantes. Quien quiera puede sentirlos. ¿Un falso reportaje que mezcla verdad y ficción? Desgraciadamente muchas veces la realidad supera a la ficción, si bien esta es dura y correosa, llevada con soltura e ironía, sin ningún tipo de complejos ni pelos en la lengua. Se ve que le gusta el cine y se sirve de él para contextualizar momentos precisos de nuestra historia -nada lejana, por cierto- o para establecer símiles, y que se permite licencias a la hora de enjuiciar lo que le apetece, aunque sin excederse. Se nota que el autor, a pesar de lo duro de la trama, ha disfrutado escribiéndola y eso se transmite. Son seis días en una investigación al principio algo morosa, el innominado periodista busca no sabe muy bien qué y se explaya por el camino hasta que llega el meollo del asunto que ha de reportar con celeridad a las altas esferas del gran diario de tirada nacional. No ahorra realismo en los peores estertores -entiéndanse en sentido real y figurado- ni en los crímenes atroces. Y como dueños del relato, los señores de la prensa. Esa que no quiere adaptarnos a los nuevos tiempos y sigue informando de aquello que poderes económicos o fácticos consideran que podemos o debemos saber. Desinformando. ¿A cómo irá el quilo de silencio en los medios de comunicación?

     Vale la pena leerla. Ya lo creo. Muy bienvenido este nuevo autor.

  Y lo que más lamento es no hacer esta reseña en gallego -eterna asignatura pendiente- dadas mis pobres habilidades para expresarme en él. Podería facelo pero aínda o faría peor.

* En Galicia un ferrado es una medida de superficie que varía dependiendo del lugar.

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La amiga estupenda de Elena Ferrante

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Elena Ferrante con sus Crónicas del desamor, tres breves e intensas novelas centradas en tres diferentes episodios -o podríamos decir 3 papeles: hija, esposa, madre- cuestiona y despliega presente y pasado de cada protagonista. El futuro queda, como tal, abierto. La amiga estupenda va más lejos y aborda dos vidas y su estrecha y vinculante relación de amistad con sus dependencias, equívocos, encuentros y desencuentros.

     Elena Greco, Lenú, tiene 66 años cuando su amiga Lila -Lila para ella, para los demás Lina o Raffaella- desaparece sin dejar el menor rastro de su existencia. Cabreada, comienza la historia de Lila que es también la suya: Veremos quién se sale con la suya. A continuación procede con su infancia y su adolescencia. Las de ambas, ligadas desde el principio por una atracción mutua y por una amistad sellada en la búsqueda de sus dos muñecas perdidas -inevitable recordar la muñeca de La hija oscura y dar vueltas a todos los significados que ese juguete tan sexualmente definido puede tener en la obra de Ferrante y en la vida de las niñas y de algunos niños, cómo no-.

     La Infancia es también la Historia de don Achille, el cacique del barrio. Desde el comienzo ambas tienen un papel, Lila es la mala, la lista, la de piernas ágiles y valentía feroz; Lenú, la rastreadora de sus vidas y sus relaciones, acepta lo que entiende como hechos probados, conformándose con ser la mejor después de su amiga, se presenta a sí misma como una niña que busca agradar, ser aceptada y un tanto despegada de sus actos. Crecen en Nápoles y es esta ciudad la tercera protagonista de la novela. Un barrio obrero con su cacique omnipresente, temido y silenciado en cada casa. Una escuela donde las jerarquías se sienten y se visibilizan, las diferencias van inscritas en cada uno de los niños o de las niñas, pero ellas, las alumnas, cuentan con otro enemigo tan peligroso y es el propio hogar. Cualquier hombre, ya sea padre o hermano, … en una cadena de agravios que genera agravios, descargaba sobre los familiares y las mujeres, las madres en apariencia silenciosas y complacientes, cuando se enfadaban iban hasta el fondo de su rabia sin detenerse nunca. Las hijas pues están al final de la cadena de revanchas y crecen en el miedo. En el miedo a todo. Es época de posguerra … nuestro mundo estaba lleno de palabras que mataban: el crup, el tétanos, el tifus petequial, el gas, la guerra, el torno, los escombros, el trabajo, el bombardeo, la bomba, la tuberculosis, la supuración… Sin embargo Lila no parece temer a nadie. A finales de la primaria ellas, que gustan de leer y de aprender, están convencidas de que el estudio les proporcionará la riqueza.

     La adolescencia es también la Historia de los zapatos, zapatos que pondrán los pies de Lila sobre la tierra que le corresponde –Los sueños de la cabeza han acabado bajo los pies-, que definen a Nápoles. Nápoles: Sin amor, no solo se seca la vida de las personas, sino también la de las ciudades. Termina cuando ambas tienen dieciséis años y vidas muy diferentes. Dos evoluciones que se separan y una misma clase social. Dos cuerpos y dos intelectos unidos y dispares que se quieren, se siguen, se enfrentan, se separan, se buscan, se miran entre sí. Pero es Lenú quien lo cuenta y para contar necesita -y teme y envidia- a Lila. Conflictos con el cuerpo, con el sexo, otra mirada sobre el entorno y un concepto de riqueza diferente que toma el testigo de Don Achille. Y la confirmación de que la plebe, por la que la profesora Oliviero preguntaba a Lenú … éramos nosotras.

     Me importa muy poco quién es Elena Ferrante. Sabe muy bien sobre lo que escribe, sobre quién escribe y lo hace de forma magistral. No juega con el lector. Tan claro quiere que esté todo que, antes de empezar, nos presenta a los personajes con los triviales datos que ubican a cada cual en su familia, en su casa. La infancia es breve y define a la perfección de donde parten. La adolescencia es turbia, confusa, equívoca y arranca con un episodio que la define a la perfección. Un desbordamiento. Y es Lila quien lo padece, no Lenú, víctima no obstante de granos, miopía… La narrativa no es lineal, pero se desliza como la seda con orden y gran concierto. Le siguen otras tres novelas que conforman la vida de dos amigas y mucho más. Imprescindible.

Submundo de Don DeLillo

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Don DeLillo comienza Submundo con un prólogo, El triunfo de la muerte, que se desarrolla en una fecha precisa, el 3 de octubre de 1951, y con un histórico home run -un tanto del copón en béisbol- que tuvo lugar en esa fecha -es el mismo que retransmiten en la radio del coche de Sonny Corleone (James Caan) cuando lo acribillan en El Padrino I-. Este tanto es descrito con precisión en un presente trepidante que mezcla la descripción del partido, espectadores de renombre aún ahora o en aquel entonces -como el locutor que lo radió y que por ello se hizo famoso- con la significativa historia del joven de color Cotter que se cuela en el estadio y consigue hacerse con la pelota que dio la victoria al equipo en el célebre home run. Ese mismo día Rusia prueba su bomba nuclear y en el estadio está John Edgar Hoover. Mientras, cantidades constantes de basura caen al campo, caen en las gradas, incluso dos hombres caen -las emociones: infartos-, papeles de todos los tipos descritos como una misma música con distinta letra, y entre ellos revistas donde anuncios de electrodomésticos, detergentes, perfumes, etc. se mezclan con el cuadro de Brueguel El triunfo de la muerte. Acaba el relato Todo va depositándose indeleblemente en el pasado, pero el capítulo siguiente, escrito en pasado, transcurre en 1992 y la novela se convierte en un camino de vuelta con una pelota de béisbol como pretexto, como fetiche, como asidero, como símbolo.

     A partir de ahí la narración sigue a Nick Shay -en el 92 mando intermedio en el mundo de la recogida y eliminación de residuos- hasta llegar al origen de quién es y quién fue y, por el camino, su hermano, su fugaz amante, Klara, su madre, profesores, compañeros de trabajo y demás personajes próximos a él, no tan próximos o sencillamente coetáneos -reales o no-. Sin embargo, aunque sin aparecer en el índice, la historia de Cotter, sin él, continúa, siempre inmediata, siempre en presente. Este submundo dentro de la obra no es el único. Underworld se titula la supuesta película desparecida de Eisenstein que a su vez comparte protagonismo en el capítulo El verano de las azoteas con la auténtica Cocksucker sobre los Rolling Stones y el breve y contundente documental involuntario de la muerte de Kennedy rodado por Zapruder. En un marco que va desde la Guerra fría -para volver a ella- hasta mediados de los noventa, la exploración hacia atrás de la vida y el contexto de Nick es de una riqueza abrumadora donde cualquier cosa puede encajar: la búsqueda del artista y los caminos que se abren o se encierran en el arte, el arte como vía para encauzar esa inmundicia omnipresente, voluminosa, agresiva, regular, invasiva que, como un bajo continuo, atraviesa todo Submundo convirtiéndose a su vez en un territorio (nuestro territorio, nuestros desperdicios modelados como espacios habitables, grandes vertederos diseñados por expertos o nacidos involuntariamente del abandono de las instituciones). Las relaciones familiares, padre-hija, madre-hija, entre hermanos, dentro de la pareja; la educación y la infancia, capaz de adaptarse a los nuevos no paisajes construidos sin tenerla en cuenta, materia moldeable en manos de la hermana Edgar (alma gemela de Hoover, atormentada mujer que memoriza El cuervo de Poe para infundir miedo, la profecía, la soledad y la muerte) o el padre Paul en busca de una formación diferente. La ubicuidad de los medios de comunicación a través de la imagen -el video de un asesinato tan azarosamente grabado como el de Kennedy, pero más contumaz, relatada en presente y capaz de fijarse en la voluntad hasta perder su significado y asegurar el entretenimiento-. La Guerra fría, la caída del Muro (y el muro que separa el barrio lumpen, el muro al que mira el creador, el muro en el que se inscriben historias de fracaso), el apartheid, la bomba nuclear, Todas las tecnologías tienen que ver con la bomba, los residuos nucleares, la separación y el tratamiento de los desechos, crema protectora para el sol, Lenny Bruce -sí, el de Bob Fosse- y su ¡Vamos a morir todos!, la gran paranoia (pero ¿quién contagia a quién, el Estado al individuo o el individuo al Estado), la gran fiesta de Truman Capote, prodigio de la vanagloria y Hoover invitado (gran recreación de este tipo), la carne de cañón…

     La riqueza temática, la inteligencia narrativa, la poesía ocasional, la adaptabilidad rítmica, la profusión temática de Submundo merecen, sin duda, un estudio. Ardua tarea para quien lo emprenda, aunque probablemente apasionante. A medida que el tiempo avanza hacia atrás, el ritmo es más veloz, el penúltimo capítulo es casi trepidante. Rematada la historia de la pelota de Cotter intercalada en el silencio de la numeración de páginas -pero entre dos páginas negras: se abre el telón, se cierra-, en esta marcha atrás, bajo el título de En gris y negro, DeLillo ata algunos cabos. Cabos argumentales. Klara, Nick, su esposa, sus primeros amores, la conexión definitiva, la casi definitiva genealogía del fetiche-pelota del 51, la procedencia y el objetivo del material artístico último de Klara, ¡nos vamos a morir todos!, la pelota de nuevo como un símbolo que ha cambiado de manos durante años y también de significado… Y por último, el epílogo. De nuevo en presente, ahora. Cruel, extraño, casi buñuelesco -le falta la ironía o es demasiado ácida- la realidad se traslada, ¿queda sólo la inmundicia, transitamos sobre ella, falta el milagro, el submundo está fuera o nosotros estamos dentro..?

     Quien no quiera retos, que ni se acerque. Quien se acerque encontrará un libro a releer o a coger en cualquier momento, por cualquier página y dejarse llevar por un universo complejo, interconectado, en su finitud, infinito.

     Y no puedo por menos que mencionar que la empresa que acumula y subsume la basura en el epílogo se llama “Tchaika”, que significa gaviota en ruso y citar que el individuo necesita ajustarse a un entorno en el que los chanchullos y los trapicheos han salido de las sombras del mercado negro especulativo para crear una economía completamente abierta de saqueo y corrupción. En esas andamos.

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El último de la estirpe de Fleur Jaeggy

El último de la estirpe

 

Fleur Jaeggy es una escritora suiza que escribe en italiano. Nació en el 1940 y este es el último libro publicado en esta España nuestra.

   Hay autores o autoras que provocan una tristeza dulce, sosegada o incluso una tristeza airada, sarcástica, con o sin arrebatos creativos, con o sin incontinencia verbal o escrita. Fleur Jaeggy provoca una tristeza hueca. Con un ritmo rápido, preciso, elíptico: Conocí a Agnes el día en que cumplió once años. Se había negado a apagar las velas. Desde entonces somos inseparables. Como una enfermedad. Un narrativa envolvente de voz suave, tono ingenuo, inocentemente distante, con ecos de antiguos relatos de atmósfera casi espectral o los colores de un daguerrotipo. Finales rotundos: tras una breve divagación -delectatio morosa (Gato)-, el zarpazo final. A veces cruelmente irónico. Un engranaje perfecto para describir y transmitir el vacío existencial. Seco, conciso. De asociaciones rápidas, sincrético. En cada uno de los relatos, de alguna manera, la vida se va, se fue o se está yendo, incluso la vida de un cuadro. Con el trazo frío de un pincel fiel a una foto algo fantasmagórica, Jaeggy nos conduce de una miniatura a otra. Arranca el trío formado por la propia narradora, el hermano que escribe que escribió y la hermana XX que escribió al hermano escritor, usurpándose los tres la autoría de la historia de insomnes que aparece y desaparece en el ámbito familiar que atraviesa estos cuentos. Tras este primer relato de un escritor, la búsqueda de ninguna parte de Josef Brodsky en el segundo –Negde-. De las frías aguas de Nedge al lago helado de El último de la estirpe, y del presunto asesino del retrato de El último de la estirpe, a la ausencia de retratos de Regula y más en El gentilhombre y el vacío. Signos sutiles unen estas narraciones atravesadas por el cansancio, la ausencia, el deseo de partir, la soledad, la nada. Una imagen compartida con Ingeborg (Bachmann) -amiga de Jaeggy y muerta en un incendio- en Sala aséptica, antecede a La herederaMientras las llamas la envolvían sintió una terrible nostalgia-. Oliver Sacks y un pez atrapado mirando desde su pecera, preceden al gracioso pajarito de La pajarera. Criaturas solas, hijos o hijas no queridos, temidos. Personajes que quieren desaparecer o prefieren el encierro, que no saben adónde ir, que sobreviven, atrapados… ¿A qué seguir?

   No es un libro animoso, pero sí un collage uniforme, de mirada perspicaz y diferente, con tanta homogeneidad y coherencia en su sentido -ciertamente desasosegante o, cuando menos, perturbador-, como diversidad en sus formas de abordarlo y riqueza en sus diferentes perspectivas. Con algunos arranques –Hay quietud en la casa. La quietud parece impuesta por la violencia. Las persianas están cerradas, como si fueran párpados,-, párrafos o finales –Nombres– magníficos. Y con unos cuantos relatos memorables. Soy hermano de XX, Agnes, La pajarera, Adelaide, La elección perfecta…

   Como autoayuda no vale.

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Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin

Manual mujeres de la limpieza

 

Hacia el final del libro, miraba yo, inquieta, cuántos relatos me quedaban por leer. Solo cuatro, solo tres… Cuanto más avanzaba, más tiempo dejaba pasar entre uno y el siguiente. A pocas páginas del fin, decidí leer la introducción, acción religiosamente reservada -de hacerlo- para el final y absurda estrategia de autoengaño. Hay libros que no quieres terminar -más si sabes que ningún otro relato te deparará la caprichosa industria editorial, ni la reducida obra de la autora-.

      Los cuentos de Lucia Berlin se circunscriben a su vida. O no, pero lo parece. Transcurren en los sitios en los que ella vivió, sus protagonistas ejercen un oficio que ella ejerció o son objeto, mejor sería, en estos casos, decir sujetos de su observación, llena de perspicacia, sensibilidad, ironía, humor y, cómo no, amor -incluso cuando el personaje es tan deleznable como el abuelo-. Desde fuera o desde dentro, en primera persona, en tercera, en ambas, con una visión amplia y larga o de cerca, desde el interior, hacia o desde el pasado, desde o hacia el presente, la aguda mirada de esta escritora te atrapa, su capacidad de supervivencia, la implícita aceptación de las cartas que le tocan en el juego de la vida, su vitalidad observadora y reflexiva te arrastran de relato en relato. No sé hasta que punto el orden es cronológico -el antepenúltimo, B.F. y yo, fue el último que escribió-, pero el orden en el que están dispuestos es de lo más acertado. Su familia está presente: aparecen al principio el padre y el abuelo, con muchos tintes de realidad –Las historias y los recuerdos de nuestra familia se han ido modelando, adornando poco a poco, hasta el punto de que no siempre sé con certeza qué ocurrió en realidad, decía su hijo. Su hermana y su madre van surgiendo entre narraciones para ganar presencia, historia y verdad, con un trazo preciso y muy personal en el que el detalle te atrae y amplía la imagen. Mientras, otras vidas reclaman el foco y a veces, en un mismo relato, ridículas, terribles, risibles pequeñas o grandes tragedias urden un telón de fondo ante el que se presentas distintos puntos de vista –Mijito, una turbia anunciación con delicadas miniaturas ilustrando el fondo; A ver esa sonrisa, una visión cálida y compresiva, culpable y fatal, irónica y lúcida, a tres, a cuatro bandas con el lector o la lectora, de una relación inusual y judicialmente perseguida-. Incluso el gran telón de fondo puede ser el protagonista –Apuntes de la sala de urgencias– o puede partir de un ingenuo juego con las palabras que culmina por las subliminales vías de las asociaciones –Mi jockey, Macadán-. Lo cotidiano en su contexto más oscuro, expuesto con frescura, con una particular imaginería que nos conduce con suavidad, incluso entre fragmentos, hasta la última frase. Definitiva, lapidaria, rematando el cuadro. Buenos y malos.  Y el humor, negro y brillante, que alumbra desde sus propios alter ego, como una chispa para burlar la amargura -de nuevo Mijito, una maravilla con una perla negra en la frase final-.

Pararse en cualquiera de sus cuentos es un grato ejercicio de observación. Por ejemplo el que da título al libro,  Manual para mujeres de la limpieza. Ocho paradas de autobús estructuran el relato. La consejera, la autora, su sosias acude a limpiar a distintos hogares, una ligera angustia emocional la envuelve y va avanzando en breves y cada vez más intensos y concretos recuerdos que ella expresa en pocas frases mientras, entre esperas y trayectos viajamos con ella, la parada, los vaivenes de la gente, los saltos de su memoria, las familias a quienes sirve, los consejos a tener en cuenta en un trabajo así… Y la última frase. Tanta angustia de la mano de tanta ironía. Pero como este, casi cualquiera, cada uno desde un sitio diferente. Con una esencia propia, mas sin unas normas fijas. Con un ingenio perverso y dulce. Sin moral ni moralina  –Es lo asqueroso de las drogas. Funcionan.- Lucia Berlin también funciona. De maravilla. De endiablada maravilla. Imprescindible. Lo mejor, leerla, que se releerá.

Lucia Berlin

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado de Maya Angelou

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado

 

Maya Angelou era una mujer muy polifacética y deja constancia de ello en su autobiografía que transcurre a lo largo de siete volúmenes. Nació en 1928 y murió hace dos años, en 2014, así es que recorre una buena parte del calvario de la gente de color, especialmente de las mujeres, en su lucha por los derechos civiles y tiene contacto directo con descendientes de la esclavitud. El título recoge un verso del poema Sympathy de Paul Laurence Dunbar que más tarde la propia Maya desarrollará también en su libro Shaker. Why don’t you sing. La música jugará un papel muy importante en su vida. Curiosamente realizó una serie de documentales sobre la herencia de la música africana en el blues Blacks, Blues, Black! el mismo año en el que escribió esta obra, 1968, que fue también el año en el que mataron a su amigo Martin Luther King.

        En este primer volumen -no sé en los otros- conviven memoria, literatura, diálogos, poesía, música… y tiene también el aire de una novela de formación -nada alemana- que llega hasta los 17 años, 1945, aunque quizá sería más preciso decir novela de aprendizaje. Su arranque es brillante. Una escena de infancia con una conclusión rotunda que no creo que haya perdido vigencia y que no me resisto a citar: Si bien el proceso de desarrollo de una muchacha sureña negra es doloroso, la sensación de estar fuera de lugar es como el óxido de la navaja que amenaza con cortarte el cuello. Es un insulto innecesario. Tras esta introducción, entra en materia, no necesariamente por orden cronológico -sí en lo fundamental- y nos narra los motivos del pájaro, sea este la niña que fue, sea su hermano, su madre, su padre, sus abuelas, sean los trabajadores del algodón, los espectadores de un combate de boxeo…, y estos motivos se convierten en un relato, sui géneris, que desgrana su vida desde dentro y dentro de un entorno preciso, definido y definitivamente negro. Los blancos están en Blancolandia y su papel, cuando aparecen, no despierta empatía alguna, tampoco acentúa la animadversión.

        No va a hablar la voz sabia de una mujer revisitando e interpretando su infancia, nos va a hablar aquella niña que fue. La adulta dirige, la niña revive. La niña que sueña ser blanca y más adelante quiere ser chico llega con tres años, de la mano de Bailey, su hermano -un año mayor, solos ambos en el tren-, a un pueblecito de Arkansas y nos cuenta del vecindario, los clientes, su abuela paterna, su tío Willie y el KKK, los pelagatos blancos… Tras el regreso de su magnífico y apuesto padre, Maya y Bailey parten con él a California junto a Vivian, la madre, y la familia de esta. Hija de padres separados, Maya venera sobre todo a Bailey y, después, a su madre y es viviendo con ella cuando, víctima de abusos por parte del compañero, entra en un proceso de mudez. La sencillez y la frescura con la que narra los encuentros que desembocan en el atropello por parte del tal Freeman -me pregunto si el nombre real sería este-, la propia violación  así como los sentimientos que la impulsaron a dejar de hablar son de una autenticidad asombrosa, la vivencia de la culpa y el miedo a decepcionar a sus mayores no podrían ser relatados con mayor naturalidad: la mentira y el abuso se solapan, la culpa se instala en ella. La lógica de los niños nunca exige pruebas (todas las conclusiones son absolutas),

        Tras esto regresa a Stamp con la Yaya y comienza el periodo de crecimiento en el que la lectura jugará un papel fundamental y, por último, graduada ya, marcha de nuevo con su madre a San Francisco, ciudad con la que se identifica. En cada capítulo, además de relatar y reproducir sus experiencias, amplía el universo que nos va dibujando, incorpora nuevas emociones y nuevos descubrimientos -como el profundo conflicto racial que por mucho que haya llovido, no parece que haya escampado, casi un siglo después-. Amor filial, fraternal, sexo, educación, trabajo, teatro, amistad, etc. El proceso de búsqueda de sí misma parece resolverse felizmente, pero sin duda no ha de ser más que el primer final de una prolífica vida.

        Muy interesante. Exquisitamente escrito, con un armónico aliento poético, un fino sentido del humor en ocasiones no exento de ironía, con dosis de rabia sabiamente encauzada y de gran inteligencia narrativa.

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