Los siete locos. Los lanzallamas. De Roberto Arlt.

 

No se llevaban ni un año Arlt y Borges. A Borges se le sitúa en el grupo de escritores argentinos de Florida,  Arlt era del de Boedo, los de origen más humilde, los de izquierda, mayoritariamente socialistas. Él, en una entrevista, los define por su interés … por el sufrimiento humano, su desprecio por el arte de quincalla, la honradez con que han realizado lo que estaba al alcance de su mano… En su proverbial modestia, comparable a la de su coetáneo, se postula como el mejor escritor vivo y considera su obra en función de sí mismo, con un alto grado de cinismo -aledaño, sino concomitante, con el escepticismo-: Como uno no puede hacer de su vida un laboratorio de ensayos por la falta de tiempo, dinero y cultura, desdoblo de mis deseos personajes imaginarios que trato de novelar.

      Tras El juguete rabioso, de base claramente autobiográfica, Arlt, ya trabajador de un periódico, publica Los siete locos, novela a la que pone punto final, no sin anunciar desde las propias páginas de la obra, que la historia continúa, como así hace en Los lanzallamas. Todos los demonios de Arlt se despliegan en ambas narraciones, también muchos de sus oficios pues, tras una infancia conflictiva marcada por un padre maltratador -reflejada en el atormentado personaje central, Erdosain-, abandonó pronto el hogar y fue pintor de brocha gorda, hojalatero, peón, redactor, inventor…, solo que en vez de intentar inventar una rosa metalizada como su protagonista, él patentó una medias reforzadas con caucho. Una auténtica carcajada arltiana. Los siete locos termina de escribirse en 1929. Los lanzallamas en 1931. Entremedias, un golpe de Estado en Argentina, algo que se respira como inminente, fatalmente necesario, a lo largo de la primera novela.

     No tuvo Arlt una educación al uso, más bien se formó a sí mismo, de manera deslabazada, pero constante, y así es su obra, y de ahí proviene el desprecio que destila hacia aquellos que le recriminan su particular uso de la gramática, su lenguaje, propio e intransferible que no duda en inventar una palabra cuando la necesita -eso sí, el significado se deduce al leerla-. Su visión valleinclanesca, su desgarro dostoievskiano, la constante angustia existencial que acompaña a Erdosain, claro trasunto del autor, y a otros de los locos que transitan por sus líneas, su afán enumerativa propio de Huymans -aunque en las antípodas-, todo ello y más, hacen sin duda de la obra de Roberto Arlt, una obra singular, profusa, irregular a veces, por momentos, genial. Si a esto añadimos su gusto por las personas que pueblan lo que damos en llamar los “bajos fondos”, tenemos el marco en el que se desarrollan ambas novelas que muy bien podrían ser una sola.

      ¿Quiénes van a hacer la revolución social, sino los estafadores, los desdichados, los asesinos, los fraudulentos, toda la canalla que sufre abajo sin esperanza alguna? ¿O te crees que la revolución la van a hacer los cagatintas y los tenderos? Con este pretexto, cambiar el mundo a través de una revolución, transcurren Los siete locos y Los lanzallamas, hacer la revolución por una vida de humillación, por cubrir un robo, por un matrimonio desgraciado, por un invento absurdo; o por autoafirmarse como ser humano; o por curiosidad …Me sube la curiosidad del asesinato, curiosidad que debe ser mi última tristeza, la tristeza de la curiosidad. O por venganza o… porque un cambio radical es necesario. Una galería de personajes extremos, una organización que se financiará con un robo y prostíbulos, muchos prostíbulos -proporcionados por El rufián melancólico-. Cambiar el mundo diseñando un nuevo dios tan mentiroso como los demás, un nuevo lider, una nueva fe. Aquel que encuentre la mentira que necesita el corazón de la multitud, será el Rey del Mundo. El Erdosaín inventor, pergeñará una forma de gasear a la escoria humana -nada extraño: recién la Gran Guerra demostró que era factible-. Una trama que apunta un cambio cambio radical y violento.

     Mención aparte merece el tratamiento de las mujeres, siendo la esposa del protagonista el reflejo de la atormentada relación del autor con su mujer. Aparecen como figuras prosaicas, atentas únicamente a la manutención, la economía, pendientes y dependientes de la figura masculina que ha de facilitarles el futuro. No obstante Hipólita, en su demencial trayectoria -no menos demencial que la del resto-, busca por sí misma, pero, o además -el conector es discutible- se salva, si salvación hubiere, junto al eunuco.  Todo, todos y todas en esta obra -que son dos- es extenso, es prolijo, abrumador casi -en contenido, en significados, en resonancias-. No vale para todo tipo de lector o de lectora. Puede resultar irritante, onerosa o genial, desmesurada. Esperpento, profundo drama tragicómico, panoplia de personajes patológicamente enfermos cuyo pasado conforma su papel, definidos y presentados en irónicas o falsarias perífrasis disparatadamente plausibles –El hombre que vio a la partera, El buscador de oro, Hipólita la Coja-.  Una atisbo de lo que puede ser leer Los siete locos y Los lanzallamas se intuye en la frase de Erdosain que perfectamente puede encajarle a Roberto Arlt: … de mi honradez criminal depende todo.

      En cuanto a la edición -crítica-, bien podría decirse que es absolutamente exhaustiva. Incluso en exceso pues, en su afán de fidelidad al estilo de autor, por un lado perpetúa incluso lo que son claras erratas, por otro, durante gran parte de las dos novelas -en algún momento se cansaron-, insiste en indicar en la parte inferior que Vd. corresponde a usted. Sin embargo la cantidad de información, de artículos es muy abundante y los, creo recordar que son tres, textos de Arlt justifican su elección -bueno, justificaron: está agotada-.

Frankenstein en Bagdad de Ahmed Saawadi

Ahmed Saadawi es un novelista y poeta iraquí nacido en 1973 que permanece en Bagdad y allí escribe. Esto de por sí ya supone un mérito importante en una ciudad cuyos habitantes son víctimas palmarias de intereses espurios que no vamos a considerar ahora. Esta novela fue publicada en 2013 y ha sido estupendamente traducida este año para Libros del Asteroide en una impecable edición -indudablemente corregida, algo que parece que está pasado de moda-. La componen 19 capítulos, divido cada uno de ellos en 5 partes. Fragmentos mayores o menores, como fragmentos son los que componen a Frankenstein. Los cinco primeros nos presentan a los protagonistas, La loca, El mentiroso, el Alma errante, El periodista y El cadáver y al tiempo va naciendo la trama, la descabellada y simbólica trama que Saadawi no cierra, como no se cierran los conflictos en Iraq y aledaños.

Una heterodoxa alegoría en la que la violencia del contexto no supone la bonanza de nadie. La metáfora se cuela en cada página, se transforma, evoluciona, cambia o regresa y no solo se forma entorno a la criatura de Mary Shelley. Frankenstein como una creación capaz de ejercer la justicia. Alguien que tuvo un nombre y que, al evolucionar, se convierte en aquello que cada cual quiere ver. Daniel, el como se llame, el que no tiene nombre, el sinnombre. Poeta, salvador, líder. santón… creado para resarcir a las víctimas, el juez en la sombra. O una bestia terrorífica programada por el imperio estadounidense. O el hijo perdido de una anciana devota de San Jorge. O el homenaje al amigo desmembrado y muerto. O nuestra propia sombra. La oscuridad interior es la más negra oscuridad. Todos somos ese malvado monstruo que nos amenaza. La guerra dentro de la guerra, dentro de la guerra y así ad infinitum. Es una novela rica, profusa, amargamente divertida, necesariamente abierta y antidoctrinal, excéptica, brutal o lírica por momentos, rabiosamente actual y, no obstante, atemporal, con una amplia panoplia de personajes más o menos inocentes o más o menos culpables. Porque en un escenario con tantos figurantes involuntarios, pero necesarios, en el que lo que reina es el caos, No hay inocentes ni asesinos puros.

Una magnífica lectura de una realidad que más que satírica está deviniendo sádica.

Memoria para el olvido de Mahmud Darwish

 

Mahmud Darwish (1941-2008) es el gran poeta palestino y lo es, no solo por su inevitable apoyo a una causa que no termina, sino por su empeño en la poesía, por su perseverancia en la evolución de un mundo propio e innovador aparentemente incompatible con una vida de destierro y conflicto. Exiliado a los cinco años de su aldea natal, desaparecida del mapa por obra y gracia del ejército israelí en 1948, tras distintas moradas provisionales que incluyeron estancias legales e ilegales en su tierra, vivió diez años en Beirut, hasta que el gobierno libanés, a instancias de Israel -instancias que supusieron coches bombas, bombardeos regulares durante siete días por mar, por aire, etc.- los expulsó de su territorio en 1982 y no de vuelta a la Tierra Prometida -como tal ve Palestina Darwish en su obra-. Es en este contexto donde se sitúa Memoria para el olvido, mezcla de memoria, reflexión y poesía necesaria.

     Memoria para el olvido. Tiempo: Beirut. Lugar: un día de agosto de 1982. Y no me he equivocado. Como tal viene indicado en la primera página. Comienza en el entresueño del despertar a un día más de hostigamiento y finaliza con la duermevela del final de la jornada y el mar. La palabra “mar”, en árabe, significa tanto el “mar” como “metro” poético. El autor se sitúa en un territorio sitiado y bombardeado, pero para él, para ellos, Líbano, Beirut, comenzó mucho antes, con partidas, con regresos, y ha llegado el momento de marchar, mas ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde? La narración como necesidad en un momento impropio para la literatura que … se adorna con su halo de santidad y se apropia de la dicha de los sueños. El deseo de silencio -proyectiles, bombas de vacío, misiles…- para emerger a la vida frente al azul de cielo y mar y no frente al gris del plomo. El mar yace repleto de disparos errados. El mar altera su naturaleza, se metaliza. La búsqueda de un lugar que puede provenir del café, con el café un cigarro y el periódico. El café es geografía. […] El café no debe beberse con prisas. El café es hermano del tiempo. El agua -no el mar-. Sin agua no hay café, no hay nada, ni vida. Qué alegría cuando Israel devuelve el agua -aunque no para todos-. Y después salir, porque es mejor salir. No quiero morir bajo los escombros. Quiero morir en plena calle. La libertad narrativa del Poeta que fue, que era, atempera el cerco real de Mahmud Darwish. Acompañan sus pasos compañeros de lucha, historias míticas y trágicas, la realidad política y la decepción, la parálisis dolorosa, el movimiento cautivo e imponderable, el amor y el desamor -… el amor no es un derecho-. La libertad formal le permite narrar, teatralizar, versificar, reflexionar, parafrasear, citar -y no brevemente-, autocitarse, todo con un aliento lírico brillante y conmovedor -no confundir con lacrimógeno-. Se irán, sí, se fueron, no paran de irse.

 -Nos llevaremos el aroma del café, el polvo que cubre la albahaca, la obsesión de la tinta.     -No quería herirte.                                                                                                                 -Nos llevaremos los recuerdos más leves, los títulos de una epopeya, los principios de las plegarias…                                                                                                                             -No quería herirte.

    Una obra magnífica. Su poesía es un placer hermoso, triste, turbador, rabioso, lúcido… Este breve diario de un día de guerra, también.

Mi tío Napoleón de Iraj Pezeshkzad

Uno de los mayores placeres de la lectura es “librejear”, que no es lo mismo que callejear, pero responde al mismo espíritu, dejarse llevar hacia libros que se te cruzan, por el motivo que sea, en las páginas del que estás leyendo. Así, finalizado Desoriental, me fui a las clarificadoras, rigurosas e informadas páginas de La revolución constante* y, a la mitad, se me cruzó el nombre del eterno Premio Nobel iraní, Iraj Pezeshkzad, y su obra El tío Napoleón, título que ha dado nombre en su tierra, al hábito de echarle siempre las culpas de cuanto ocurre a otro -en el caso que nos ocupa, a los ingleses-.

El 12 de octubre de 1971 el sha Reza Phalevi -que cuanto más envejecía más próximo a la divinidad se sentía- celebraba en Persépolis con la mayor de las pompas -entonces pasó al libro Guinnes como el banquete oficial más largo y costoso de la historia- los 30 años de su reinado y los 2500 de la fundación del Imperio Persa por Ciro el Grande. Dos años después publica Iraj Pezeshkzad, juez y diplomático, Mi tío Napoleón, centrada en el personaje de El Querido tío, policía con el rango de teniente tercero durante la época de la anterior dinastía y jubilado con la llegada del nuevo Sha, Reza Sha, 1926, fundador de una nueva casta, aunque solo fuera de dos soberanos. Como Reza Palevi, El Querido tío, a medida que se aleja de los tiempos gloriosos que recuerda haber vivido, estos crecen, se magnifican y, en su pasión por Napoleón, acaba reproduciendo sus batallas. Patriarca entorno al cual giran vida, espacio y voluntades de hermanos, hermanas, cuñados, primos, primas, etc., el autor desarrolla una irreverente comedia con un Tío Napoleón -es el apodo que circula a sus espaldas- quijotesto, ridículo, nada enternecedor y aún poderoso, siempre acompañado y protegido por un sanchísimo Mash Qasem. Tras la hilaridad que despierta, se reconoce el fin de una clase obsoleta y la emergencia de una nueva burguesía, cínica y maniatada, pero con capacidad de maniobra. Iraj Pezeshkzad fue traductor de Molière y se nota, además -piruetas de la estupidez en la historia y sobre todo en la historia de la religión-, como Molière con su Tartufo, ha visto su novela prohibida a instancias de la autoridad eclesiástica. El tío Napoleón o el “aristócrata” delirante, paranoico y desacreditado que en su estupidez, por huir de una inexistente amenaza inglesa, pretende acudir a los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial -tal Reza Sha-. Todo el vodevil -permítaseme la libertad- se entreteje entorno a una fresca y tierna historia de amor -la cual, el autor reconoce como propia- que sirve para pergeñar situaciones disparatadas y desternillantes, sabiamente potenciadas por un lenguaje que tanto define a un personaje por su reiteración, como hace omnipresente una palabra sin llegar jamás a pronunciarla o sustituyéndola, sistemáticamente, por una disparatada perífrasis, como … ir a San Francisco, que demuestra tener infinidad de flexiones.

Una joya persa y universal. Porque en Irán no hay solo ayatolás y oraciones. La versión española, traducción incluida, resulta impecable y es de alabar la labor de la editorial Ático de los libros por acercarnos esta maravillosa y divetidísima novela. Léanla. En unos años, la releeremos.

* Irán, la revolución constante de Nazanin Armanian y Martha Zein. Ediciones La Flor del Viento. 2012

Desoriental de Négar Djavadi

En Desoriental, una mujer, Kimia -de Alquimia, cuyo significado no es baladí-, reconstruye su historia familiar remontándose a los tiempos de su bisabuelo paterno, hacia finales del XIX, hasta llegar a la actualidad. Al igual que Négar Djavadi, ha nacido en Irán, pero ha tenido que crecer en Francia desde los 10 años a causa del necesario exilio de sus padres. Négar Djavadi publicó esta novela con éxito en 2016. El título ya dice mucho con el juego semántico que el prefijo privativo aporta, ausencia, carencia o renuncia a Oriente, pero si jugamos también con el sufijo, anticipa la desorientación de quien de repente, en medio de un café de París, mira a su alrededor y se dice : Soy la nieta de un mujer nacida en un harem. Y ese “desorienta” ronda también entorno a la orientación sexual. Sin embargo no hay ni rastro de desorientación en el pulso narrativo de esta escritora que, ligando secretos, leyendas, intrigas y dramas familiares, recrea un contexto político y social, claramente coprotagonista y motor de la peripecia vital expuesta, cuestionada y, al tiempo, atesorada. En este collage, aparentemente deshilvanados fragmentos persas de resonancias míticas y vívidas instantáneas occidentales se entrecruzan, dos mundos donde Kimia no se reconoce, aunque se podría concluir, igualmente, lo contrario, que aprehende las esencias y se libra de prejuicios. A una explicación racional se le puede sobreponer, sin necesidad de elección, una interpretación extraordinaria, insólita y coherente.

Esa tendencia a chismorrear sin parar, a lanzar frases al aire como lazos al encuentro del otro, a contar historias que cual matrioskas se abren a otras historias es, sin duda, una manera de acomodarse a un destino que sólo ha conocido invasiones y totalitarismo*. Dentro de esta frase referida a sus antiguos compatriotas, se encuentra parte del sortilegio de Négar Djavadi cuando recoge el testimonio de esta joven de nombre claramente extranjero que aguarda sola en una sala de espera francesa. Desde allí, la memoria retrocede hacia lo que podría ser el principio y para ello toma prestada la voz de su tío número 2 que se remonta a un tiempo de resonancias míticas sabiamente punteadas de ironía, pero esa voz también se desarrolla ligada a la niña que Kimia fue entonces y la mujer que es. No es el relato emprendido por la protagonista charla banal, sino necesidad de hacerse entender. … algunos me pondrían frente al paredón si supiesen, me escupirían a la cara, me tirarían a la calle. Nadie se tomaría la molestia de comprender, de preguntar, de mirarme a mí también como a una incongruente suma de circunstancias, de fatalidad, de herencias, de desgracias y de dramas. Por eso escribo.*** Unas historias abren a otras que se resolverán -o no-, incógnitas que se despiertan en el pasado anterior, en el reciente o en el presente. Entre tantos relatos, la trama se va urdiendo con la tradición representada por el abuelo paterno y recogida, a su manera, por el tío segundo, personaje que se articulará con Kimia no sólo recogiendo el pasado para los demás, sino que representarán la cara y y la cruz de la sexualidad silenciada. Se urde también con el odio del padre a esa tradición y, por lo tanto, a la religión, ciega, cruel, despiadada, basada únicamente en el miedo; igualmente, se hila esta obra con la fuerza de las mujeres que luchan como pueden, que aprenden, reflexionan, avanzan, actúan, que pueden callar pero no claudican. A la Cara A -así titulada la primera parte-, le sigue la Cara B, ambas, significativa y simbólicamente antecedidas por un breve preámbulo titulado L’escalator (Las escaleras mecánicas). La cara A necesita de la B y viceversa. La segunda parte resuelve los principales sucesos que la primera anuncia, mas no únicamente. A Oriente le sigue Occidente pero siempre se cruzan. Traducirse del persa al francés y en la traducción perder. Si en la cara A Kimia solo se vale de sí misma y de la voz de su tío iraní para remontarse a los comienzos, la B comienza con la traducción que Sara hace de su propio libro acerca de la huida de Irán, libro que ninguna de sus hijas quiere traducir y que Kimia ni tan siquiera quiere leer. También recoge una carta escrita por Emma, la abuela materna -armenia huida a Irán para, a su vez, ver exiliarse a su hija de Irán a Francia, mitificado país que no resulta tan acogedor-, la carta de alguien que sabe aunque parta desde otro punto. Y, más actual, un correo electrónico de su hermana Mina -interesante personaje salvador y, con la otra hermana, aglutinador-. El relato de Djavadi se abre o se cierra con un final perfecto tras destrenzar crecimiento y desarraigo, esencia y tradición, maternidad y sexualidad, familia e ideología…

Una estupenda novela con muchos matices maravillosamente engarzados, sin respuestas tajantes, hecha de rupturas y abierta a interpretaciones. Hay una preciosísima edición en castellano de la editorial Malpaso. De la traducción, no sé, pero su francés es esmerado, preciso, con un vago aliento poético festoneado de un fino sentido del humor y, para quienes no sepan o hayan olvidado cuanto en Irán acaeció en el siglo XX, Négar Djavadi, consciente de la gran ignorancia sobre Persia que en Occidente pesa, anota sintéticamente a pie de página cuanto es necesario saber al respecto. Léanla.

Silas Marner de George Eliot

 

Comienza George Eliot a escribir novela tarde, con casi cuarenta años, puesto que la consideraba algo menor respecto a la poesía, la filosofía y tantos otros saberes sobre los que se versó esta mujer, de nombre de pila Mary Ann Evans, quien se enfrentó a los prejuicios de la sociedad de su tiempo y de sus hermanos, viviendo primero con un hombre casado y casándose, tras la muerte de este, con otro bastante más joven que ella. Como Silas Marner, el hilandero solitario que da nombre a su tercera novela, conoció una forma de aislamiento social que, no obstante, no le impidió recibir y conocer a principales figuras intelectuales de su tiempo que supieron valorarla -además del público-.

     La obra, publicada en 1861, alude a un pasado remoto -finales del XVIII- en un tono entre legendario y reflexivo, salpicado de una suave ironía, no siempre alejada del escepticismo, a la que, de una manera u otra se verán sometidos todos los participantes de esta particular fábula sin moraleja, pero con conclusión. La autora maneja tres tiempos y, sin ser en absoluto novela de intriga, consigue alentar el interés con su hábil y sutil forma de manejar la información, retrotrayéndose primero hacia atrás para situarnos, a continuación, en la vía de lo que sabemos será un día decisivo y, una vez alcanzado el acontecimiento, anticipándonos un pequeño detalle relativo al futuro. Que Silas sea un tejedor en tiempos en los que la industria textil británica comenzaba a despuntar, no creo que sea una elección banal, como tampoco lo es que su llegada al rural inglés se deba a una huida motivada por un concepto puritano de la religión, tema muy presente tanto en la novela, como en la vida de George Eliot y qué decir del Reino Unido. En su arranque nos describe el miedo del campesino a lo diferente, al intruso que pasa o que llega –para su mentalidad estacionaria, el vagar era un concepto tan inexplicable como la vida invernal de las golondrinas que vuelven con la primavera- y después nos introduce a la nobleza del lugar a la que Eliot presenta como una clase caduca e inútil, centrándose, principalmente, en los hermanos Cass, los hijos del principal hacendado del lugar, Raveloe, a uno de los cuales, a Godfrey, el menos malvado, el más escurridizo, las impresiones que había recogido acerca del sentir de la clase obrera le inclinaban a creer que el cariño es incompatible con las manos toscas y la falta de medios. Ellos, con Silas, conforman un triángulo unido por una cadena de hechos y sus diferentes reacciones ante la adversidad, todas ellas equivocadas en su momento, y es en este devenir tras la propia decisión donde giran prosa y pensamiento de esta novela. La historia sirve de escenario de fondo a la aceptación del propio destino desde una perspectiva religiosa o, por lo menos, moral. Las conversaciones de Silas con Dolly, ilustre mujer piadosa, buena y aparentemente simple, son francamente regocijantes en su deseo de profundidad, mezclado con ignorancia y una forma de expresarse sumamente peculiar. Los personajes femeninos afrontan los hechos dentro de sus posibilidades que son, en buena lógica, muy limitadas, y no se saben víctimas de nada, sin embargo voces de reconocimiento de las limitaciones en la realidad de la mujer afloran en Priscilla. la soltera oficial, hermana de la guapa. Porque limpiando muebles, una vez que puedes mirarte la cara en una mesa, ya no puedes hacer nada más. Y las reflexiones de la voz omnisciente que dirige la historia nos informan, respecto a la rígida moral de Nancy -la hermana paradigmática en belleza y saber estar-, de que su autocrítica excesiva es inevitable en personas de mucha sensibilidad moral, cuya vida no se desarrolla en un ambiente de actividad ni se entrega a los goces de los afectos naturales.

     Una obra falsamente sencilla, repleta de humor, con mucha punta para sacar. Siempre es una alegría que exista la novela del XIX cuando satura tanto siglo XXI con sus cuarenta caracteres -o los que sean-. Y da un gusto enorme saber que queda más George Eliot por leer o por releer. No dejen pasar a esta autora ni olviden ponerla en su contexto.

El año del pensamiento mágico de Joan Didion

 

Fueron, sin duda, la belleza de la edición, turbadora y sensiblemente ilustrada por Paula Bonet, el hecho de tener pendiente de leer algo de Joan Didion y la cercana irrupción de la muerte, los motivos que me decidieron a comprar este libro en cuestión de segundos, en cuanto cayó en mis manos pululando por los pasillos de una librería.

     Este conjuro contra el pensamiento mágico -el que habita en una realidad paralela, propia, casi secreta e irracional, donde comienzan a instalarse objetos, imágenes, frases, voluntades…,  íntimos fetiches tangibles o intangibles, que pasan a formar parte de una nueva vida interior-, este anuario de salvífica voluntad lo comienza a escribir Joan Didion nueve meses y cinco días después de que su marido muriera, probablemente, frente a ella. Muchas preguntas la abordan sin remedio transcurridos los momentos de estupor, preguntas recurrentes, independientes, obsesivas. ¿En qué momento exacto? es una de ellas. Hacía ya casi siete meses que le habían hecho un implante y ya en 1987, dieciséis años antes, le habían intervenido la arteria descendiente anterior izquierda, conocida por la clase médica -y por ellos- como la “hacedora de viudas”, pero ella, Joan Didion no estaba preparada, tal vez no me había fijado lo suficiente -otro de los ritornelos que la acompañaran-. Los supervivientes miran hacia atrás y ven presagios, mensajes que se perdieron. Recuerdan el árbol que se murió y la gaviota que se estrelló contra el capó del coche. Viven por medio de símbolos. Símbolos y puntos de referencia, fechas, marcas en el tiempo, volátil, anclas para tomar tierra cuando navegas sin rumbo, perdida. El reloj parado de la funeraria, la hora exacta de la muerte, los versos compartidos, los que resurgen, los que reaparecen o nacen –más que un solo día más-, los libros como aliados en busca de no se sabe muy bien qué, si conocimientos, reconocimiento, comprensión, razones, la razón…, libros de consulta -que no de autoayuda- de Freud, de Klein, de medicina, incluso un libro de etiqueta de 1922 de la señorita Post que escribía en un mundo en el que el duelo seguía siendo algo reconocido y permitido y no se escondía. La diferencia entre el dolor y el duelo, los asaltos del pasado en cualquier sitio, por los motivos más inesperados, el tiempo, siempre el tiempo, como aliado o como enemigo, el tiempo que pasa y que se puede contar, el tiempo que un año después te recordará que tal día del año anterior, ya estabas sola.

   Joan Didion afrontó la muerte de su esposo como pudo, como mejor supo. La mujer que cantaba lo de atravesar la tormenta daba por sentado que, si no lo hacía, la tormenta acabaría con ella. Lo cierto es que, poco después de acabar este libro, también murió su hija, presente en toda esta obra ya que ella ya estaba muy enferma cuando John, John Gregory Dunne, falleció. No es un libro alegre, sí es un libro hermoso, sincero, de límpida y sentida  profundidad.

Fin de viaje de Virginia Woolf

El día anterior a la publicación de Fin de viaje, en marzo de 1915, Virginia Woolf ingresaba en un sanatorio mientras Leonard, su marido, hacía la mudanza a Hogharth House. Una semana después iba a su nueva hogar con cuatro enfermeras. Dio noticias acerca de la redacción de esta novela en 1908 y le tomó cinco años y al menos, siete versiones. Terminada en 1913 cayó en un largo periodo de jaquecas, insomnio, depresión, etc., un periodo de dos años llenos de incertidumbre y temor ante la publicación de su primera obra de creación, de pasos hacia la locura y el suicidio, pero fue finalmente la publicación de la novela, su buena recepción y crítica, uno de los motores de una recuperación de la que, por momentos, las personas más próximas llegaron a dudar.

     Toda la literatura que desarrollará Woolf hasta su suicidio por no ser capaz de enfrentarse a otra crisis mental semejante a las ya vividas, asoma, de una manera u otra, por obsesión o por azar, por necesidad o por tenacidad, en esta su primera ficción publicada. El matrimonio Ambrose abre el periplo: en Al faro, esa relación entre un docto académico y una mujer con encanto y menos convencional de lo que a la época corresponde, los Srs. Ramsay, se erige como uno de los ejes principales al tiempo que exorciza, literariamente hablando, a los padres de Virginia. Rachel, huérfana de madre desde los once años -Virginia la perdió con 13-, con un refugio creado al amparo del arte -en este caso la música- y  temerosa de un mundo que desconoce por una mezcla de sobreprotección y abandono. A este personaje llegan y de este personaje parten muchas de las mujeres de la vida de Virginia Woolf, incluida ella misma, y transitan por el universo de la autora buscando su manera de expresarse, su forma de participar de la vida, su manera de adaptarse a la sociedad. Su peripecia vital bebe, no solo de las dos hermanas Woolf -Virginia y Vanessa-, sino también de su hermanastra, Stella, muerta dos años después que su madre, a poco de casarse con la persona por ella elegida y amada. Los Sres. Dalloway tienen una aparición estelar en algunos de los primeros capítulos y la señora Dalloway merecerá la innovadora novela del mismo título. El hecho de que aquello que se les usurpa a las hijas es en beneficio de los hermanos lo recoge en Fin de viaje así, como de refilón, como hace con tantos asuntos: en esas charlas mundanas que tan bien reflejan la disparidad del momento, el humor, el carácter, la frivolidad, el clasismo, la lejanía…, y se sirve tanto de la figura del insigne e hipócrita Sr. Dalloway, como de la sacrificada escritora de oficio, la Sra. Allan. El personaje de Evelyn -que en determinado momento manifiesta desear ser un hombre: Orlando lo conseguirá- con el de Susan y Rachel conforman tres tipos de mujeres jóvenes de la época, enfrentadas al gran dilema que se presentaba como fundamental para la mujer: el matrimonio. Tema que a Virginia buenos quebraderos de cabeza le había supuesto, tema que acababa de solventar y que, una vez solventado, no parecía haberle sentado muy bien dada la profunda depresión en la que cayó al poco tiempo. Los jóvenes Hirst y Hewett beben directamente de Litton Strachey y amigos, incluidos los hermanos de las Woolf. Incluso las polillas que se queman a la luz de las velas anticipan Las olas, que inicialmente se iba a titular Las falenas.  Sin hablar de las pesadillas en el fondo del mar, pesadillas que, sin duda, emanan de sus periodos de crisis y anticipan otras sueños de inmersión narrados en el futuro y un acto final fatal.

      La historia se desarrolla en dos tiempos, el primero a bordo de un barco -probablemente partió de la experiencia de un viaje hasta Portugal con su hermano- y el segundo en una isla indeterminada de Sud o Centroamérica, La primera parte es breve y supone el desencadenante que conduce a la separación de Rachel de su padre -quien quiere que adquiera buenos hábitos sociales para poder ayudarlo en su ascenso político- y, en la segunda, la vida social inglesa se traslada a un paisaje diferente, una isla exótica, más peligroso, más salvaje, al tiempo que Rachel -y algunas otras- se internan en su camino hacia la madurez y a distintas formas de feminidad que encuentran reflejo e impulso en las otras mujeres. Los hombres forman parte esencial del entramado, en especial los dos jóvenes estudiantes de universidad, interlocutores, adversarios, compañeros, inspiradores… y ciertos esposos. Y la vida avanza en un ambiente de relajación, anhelos, tés, excursiones, pequeñas y grandes, insoslayables adversidades. Para ellas y para ellos.       

      No tiene, siendo limitada en el tiempo, la definición y plenitud de Al faro, ni la delicadeza y concreción de La señora Dalloway, ni siendo juguetona, la versatilidad y osadía de Orlando, ni la vista de pájaro que rodea un círculo temporal de Los años, ni la deriva hacia la concordia o la pérdida de Entre actos, sin embargo hay mucho de todo ello en Fin de viaje, hay de todas ellas rastro y anuncio, de todas ellas y de las demás, sean o no relato (Tres guineas, Una habitación propia). Un gran novela inaugural de la narrativa de Virginia Woolf.

 

Apegos feroces y La mujer singular y la ciudad de Vivian Gornick.

Vivian Gornick acabó Apegos feroces en 1986, hace 32 años. Casi treinta después, en 2016, publicó La mujer singular y la ciudad. Ambas recogen la biografía emocional -y podríamos añadir que razonada- de una escritora, periodista y activista feminista estadounidense nacida en 1935, emigrante de ascendencia judía y militancia socialista, prematuramente huérfana de padre, crecida en Nueva York, ciudad cuya presencia en el segundo de los títulos, resulta fundamental como complemento de la personalidad que Gormick se ha ido labrando con esfuerzo y constancia. Llega tarde Apegos feroces, aunque es de agradecer, pero llega tarde. Tenía, cuando lo escribió, 51 años y el feminismo estadounidense estaba culminando lo que se ha dado en llamar la Segunda ola feminista anglosajona -la primera fue la que se centró en “superar” obstáculos legales: sufragio, propiedad…, en la segunda, comienzan a enfocarse otro tipo de discriminaciones en las que todavía seguimos-. Sin embargo ambas obras, de fondo claramente feminista, no son un escudo ni un ejercicio de militancia, sino una forma de ser o, más aproximadamente, la expresión, el reflejo de la forma de buscar otra forma de ser, otra manera de vivir.

Arranca contundentemente y en el Bronx, en un edificio de apartamentos donde la presencia significativa es la de las mujeres … astutas, irascibles, iletradas, parecían sacadas de una novela de Dreiser. Desde el principio la figura de la madre se erige como contrapunto, motor y excusa de Vivian Gornick tanto en el pasado, como en el presente, y a través de una relación conflictiva, feroz -… Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia-. Su vínculo queda enquistado a partir de la viudez de una madre que se alimenta del ayer, para acabar siendo el ayer, paradójicamente, uno de los bálsamos que sosieguen la marejada en la que madre e hija recaen cíclicamente. Lo único que odia es el presente, en cuanto el presente se hace pasado, comienza a amarlo inmediatamente. Cada vez que cuenta la historia, es la misma y también es completamente distinta, porque cada vez que la oigo soy más mayor y se me ocurren preguntas que no la hice nunca. Y frente a su progenitora, en la puerta de al lado de su piso y en el extremo opuesto del paradigma moral materno, Nettie, … viuda, embarazada, pobre y abandonada. Una mujer sin habilidades ni voluntad para ser ama de casa, fantasiosa y sensual. Es a través de ella y de las visitas que recibe en su casa, de quien observa y recibe noticias sobre otra manera de vivir el sexo en la que el atractivo sexual es una forma de poder, la única al alcance. No obstante tanto la madre como Nettie, a su manera, coinciden. en el mensaje: … “Si no consigues un marido eres tonta”. “Si consigues uno y lo pierdes, eres inepta” … una verdad innegociable. El bagaje recibido básicamente de estas dos figuras femeninas, así como su posibilidad de acceder a los estudios universitarios que le permitirán abandonar el Bronx conforman, en un periodo de cambio fundamental para el feminismo, las diferentes presiones que condicionarán su vida y, sobre todo, sus relaciones con los hombres y consigo misma a la hora de asumir una posición diferente de la históricamente asignada al sexo femenino. Una mujer singular, escrita más allá de la madurez rompe -pero no olvida- con ese eterno conflicto entre madre e hija y nos presenta a una Vivian Gormick singular -impar, soltera, peculiar, rara…-, racionalmente satisfecha, buena amiga, apasionada paseante – una flâneuse– de Nueva York –Al ver cómo la gente se esforzaba de mil maneras distintas por seguir siendo humana […] me sentía menos sola que cuando estaba sola en una calle abarrotada-, fantasiosa exromántica por convicción y con laceraciones –Yo había nacido para encontrar al hombre equivocado. […] … Fue entonces cuando comprendí el cuento de hadas de la princesa y el guisante. Ella no buscaba el príncipe, buscaba el guisante.- Una obra también singular, que en su propia existencia testimonia y apuntala una razón de ser de autora y obra, y se vale de la interpretación de un amigo actor en sus días crepusculares de Textos para nada de Beckett: No hace falta ninguna historia, una historia no es obligatoria, sólo una vida, ese ha sido mi error, uno de mis errores, haber querido una historia para mí, mientras que la vida por sí sola basta.

Corazón que ríe, corazón que llora de Maryse Condé

Maryse Conté nació en 1937 en la isla de Guadalupe y el año pasado recibió el Premio Nobel alternativo, cuya relevancia desconozco, pero que algo, sin duda, ha de significar. Este libro, publicado en 1999, no es quizás el más acertado para empezar a leerla -no obstante en el prólogo lo consideran la mar de oportuno-, ya que se trata de sus recuerdos de la infancia y, junto a otros 3 o 4, recorre su biografía, la cual, sin lugar a dudas, una vez echada una ojeada a su periplo vital, ha de ser sumamente substanciosa. De un autor o autora, prefiero empezar por sus obras de creación -tomando el relato de su vida por una recreación, aunque se podría discutir largo y tendido al respecto-, no necesito conocer su historia antes ni, salvo contadas excepciones, después, pero este pequeño volumen, que, sin grandes intensidades, nos sitúa en una zona del mundo poco conocida por nosotros, rostros pálidos europeos, e ignorada también por su continente madre, África, este sencillo libro de memorias retenidas, atesoradas, consigue despertar mi interés en la obra de Conté por unas cuantas razones.

     Mujer, mulata, hija de la primera profesora de color de la isla y de un padre veinte años mayor que su madre fundador del que llegaría a ser el Banco Antillano, nieta y bisnieta de mujeres violadas y abandonadas, Maryse Condé crece de espaldas a lo que significa ser negro fuera de su isla, pero no porque no salga de Guadalupe -salvo durante los años de la Segunda Guerra Mundial la familia va con regularidad a París-, sino porque su … familia iba por ahí como si su mierda no oliera, una familia de negros que se las daba de blancos. La conciencia social tampoco era un aspecto tenido en consideración y, uno de los mayores aciertos en la narración, es la capacidad de Condé para transmitir sus perplejidades infantiles sin interferencias de la Maryse Condé adulta. El clasismo familiar, la negación del pasado y el carácter contradictorio materno se perfilan como algunas de las premisas fundamentales que marcarán la trayectoria de la persona que devendrá nuestra autora una vez se enfrente, sola y muy joven, primero a Francia, posteriormente a África y, por último, a su isla -… regresar al vientre de mi madre y reencontrar así la felicidad que, al nacer, bien lo sabía, había perdido para siempre-. A estas circunstancias, minoritaria dentro de las minorías -mujer dentro de la literatura antillana-, se suman, a la hora de despertar algo más que curiosidad por su obra, unas cualidades que se encuentran ya en la niña antillana: una pluma nada condescendiente, abrumadoramente sincera que, ya en sus primeros escritos, le trae consecuencias desastrosas de cara a su mejor amiga y a su propia madre. Como lectora, la literatura le abrió puertas y ha llegado lejos con su propia voz, muy personal, que, sin dudas, ha cambiado el color de la máscara. Tenía “piel negra, máscara blanca”, como escribió Frantz Fanon pensando en mí.