Siempre hemos vivido en el castillo de Shirley Jackson

Shirley Jackson murió de un ataque al corazón en 1964, a los 49 años, tras publicar esta novela y con otra en marcha, víctima del abuso del alcohol, el tabaco, de los medicamentos prescritos para que adelgazara por un lado, para que se relajara por otro, para que luchara contra su reciente agorafobia, su ansiedad, etc. -anfetaminas, tranquilizantes, barbitúricos…-, para que, en resumen, aceptase su vida de ama de casa al servicio del esposo -profesor y crítico literario-, las tareas de limpieza del hogar, la cocina, la educación de la prole -tuvo 2 niñas y dos niños- etc. con resignación, pero eso sí, produciendo artículos, cuentos, novelas…, ya que el peso económico de la patriarcal familia recaía sobre ella. A su madre no le gustaba su hija y hasta el final de sus días -los de Shirley- mantuvieron una relación difícil. Su desconsolado marido se casó el mismo año de su muerte con una joven alumna. Ella escribió desde muy jovencita y su salto a la fama provino del magnífico cuento La lotería y, no tanto por su calidad, que sí, pues hoy es el día en el que sigue resultando francamente sorprendente y perturbador, como por la reacción de lectores y lectoras, así como por la gran cantidad de cartas de protestas que llegaron a la redacción de la revista donde se publicó.

     En esta novela gótica contemporánea las tinieblas no proceden del castillo, donde aparentemente todo funciona feliz y armoniosamente dentro de unos límites realmente marcados, sino del exterior, del pueblo donde … los hombres se mantenían jóvenes y se dedicaban al chismorreo, mientras que las mujeres envejecían con un maligno cansancio gris…, no hay damas secuestradas por alguien malévolo, sino las últimas supervivientes, muy bien educadas, de una familia de potentados, abrumadas por un sentimiento de rechazo hacia y desde la sociedad que las cerca -asfixiante, clasista, prejuiciosa, claustrofóbica, hipócrita, culpable…; el que se quisiera héroe no va a rescatar, es más un fantasma que busca a expoliar. La atmósfera de misterio está dirigida por una voz fresca e inquietante, poderosa, protectora y agresiva, festoneada por un ácido y perverso sentido del humor -recreado para ausentar a las escasas visitas- y Jackson la dosifica a la perfección, avisando de lo inminente, mientras un trastornado superviviente va desentrañando el siniestro pasado.

     La historia la cuenta Mary Katherine Blackwood, tiene dieciocho años, la conoceremos a lo largo del relato como Merrycat -también tiene un gato, Jonas, y sí, es feliz- y su vida gira entorno a su hermana, Constance. Ambas son la cara y la cruz indisoluble de esta historia y, por qué no, de muchas mujeres: Merrycat, asilvestrada y fantasiosa, afronta el peligro y la animadversión de los resentidos habitantes de una pequeña y fea ciudad de provincias, imagina caminar sobre sus cadáveres cuando la incordian, recorre todos los caminos de su enorme y señorial finca enterrando o colgando objetos familiares para conjurar los posibles males que sobre ellas puedan acechar; Constance, fiel a la tradición de las mujeres de la mansión, dirige la casa, recoge los alimentos de la tierra, los conserva y los cocina, atiende al tío Julian… Constance es bella, Merrycat, no sabemos, para Constance, sí. La joven Merrycat nos va a contar la nueva calamidad que se ha cernido sobre los Blackwood y Julian, víctima de la gran desgracia que aconteció seis años atrás, en su esfuerzo por no olvidar lo que pasó (recurrentemente pregunta ¿Sucedió realmente?) va consignando cuanto recuerda de aquel día trágico. Ellas no lo hablan. Constance envasa: … los tarros de intensos colores con encurtidos y verduras y mermeladas granate, ámbar y verde oscuro estaban unos al lado de los otros y allí se quedarían para siempre, como un poema escrito por las mujeres de la familia Blackwood. Merrycat vigila, protege el castillo, teme por su fiel hermana que empieza a contemplar la posibilidad de… y planea una vida distinta para ella, Constance y Jonas en la Luna, su refugio seguro. Y tal vez también para el tío Julian. Solo tendrán que crear una nueva rutina.

     Una obra llena de detalles inmersos en una cotidianeidad extraña y amoral con la que Jackson bombarbea -sería más acertado decir, envenena- a la familia tradicional y a la sociedad obtusa donde le tocó convivir. Fueron tiempos en los que, acabada la Segunda Guerra Mundial, el discurso vigente y recogido por Betty Friedan en La mística de la feminidad, conminaba a las mujeres -una vez conseguido el voto, el derecho al empleo y a la educación, etc.- a retornar felices al hogar, a potenciar sus cualidades más rancias, a servir y callar, fueron tiempos de ansiedad, depresión, neurosis y Shirley Jackson fue una de sus damnificadas. Murió pronto, pero nos dejó esta rica e inquietante pequeña obra maestra, además de la genial La lotería. Y estamos de enhorabuena porque Minúscula sigue recuperando obra suya. Por el momento, cuentos, confiemos en que lleguen las demás novelas.

 

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El castillo de Franz Kafka

Kafka comenzó a escribir El castillo en febrero del 1922, algo más de dos años antes de morir, y empezó a redactarlo en primera persona, pero en el capítulo tercero cambió el “yo” por K. Otra vez K. Entra de nuevo en un periodo prolífico de su literatura tras concertar una ruptura de relaciones -sobre todo por correspondencia- con Milena. Su salud va empeorando, en junio del 22 consigue la jubilación anticipada y va alternando estancias en un hospital para tuberculosos, la casa de su querida hermana pequeña, Praga… Coherente con su vida y su literatura -cómplices entre sí-, previendo acabar el libro -cosa que no hizo- con el agotamiento del protagonista, él mismo se agotó primero y murió en 1924, un mes antes de cumplir 41, quedando el final de El castillo en una frase en suspenso…

     K llega de noche a un pueblo, desde un puente mira hacia arriba, hacia donde debería estar el castillo, y observa el aparente vacío de allí en lo alto. Le permiten dormir, sin mucho entusiasmo, en medio de una taberna y, como el anterior K, ve su sueño interrumpido. Samsa se despertaba en un cuerpo que le era ajeno y se preocupaba, sobre todo, de cumplir en su trabajo, al K de El proceso lo despertaban para detenerlo y se inquietaba por el cumplimiento de su trabajo en el banco, K es despertado bruscamente mientras reposa su agotamiento en la primera posada que encuentra, la Posada del Puente, para incorporarse a su nuevo trabajo de agrimensor, persona que se dedica al arte de medir tierras, mas no son tierras las que va a calibrar K. Quizá este nuevo empleo de K responda al deseo expresado por Kafka en su Carta al padre de buscar un suelo firme bajo los pies, y el afán del protagonista, a lo largo de la novela, de integrarse en la comunidad aledaña al castillo, sea -entre otras muchas cosas, Kafka tiene mucha, mucha miga- trasunto de las dificultades que sintió a lo largo de su vida para integrarse en algún círculo, extranjero como siempre se sintió respecto a su familia, el colegio, la comunidad judía, la patria, etc. A él, como a K, le … atraía irresistiblemente buscar nuevas relaciones, pero cada nueva relación intensificaba su cansancio, cansancio que crece a lo largo de la novela y de la vida de Kafka, según su correspondencia.

     Nos introduce dentro de un paisaje antiguo, a pesar de que el castillo, al que desde el principio K no puede acceder, no presenta un aspecto digno de tal nombre, con un exterior agresivo e invadido por la nieve -si bien curiosamente, en lo alto, en la fortaleza, hay mucha menos nieve que en el pueblo-, los interiores de las casas del poblado son angostos, oscuros, caprichosos, sus moradores responden a distintas tipologías, siendo los aldeanos pequeños, de cráneos achatados; los sirvientes igualmente burdos, pero de mejillas redondas y comportamiento hipócrita -digno en el castillo, francamente vulgar en la aldea-; su mensajero y sus ayudantes -las gentes que tienen trato directo con los funcionarios del castillo, pues que este está repleto de funcionarios, secretarios, ayudantes…- esbeltos, ágiles, gentiles; y los funcionarios, versátiles, escurridizos, indefinibles. Entre ellos destaca Klamm, de quien a través de múltiples personajes interpuestos, depende K. Por otro lado están las mujeres. Frieda. En alemán Frieden significa “paz, calma, tranquilidad”. De la misma manera que Felice estaba presente en El proceso, así Milena transita por El castillo y, como Milena, Frieda … era la mujer enamorada. Para ella, el amor era lo único verdaderamente grande. (En contrapartida Klamm, su amante, tiene claras reminiscencias del marido de Milena, Ernst Pollak, desde el nombre -Klamm significa “agarrotado” y Ernst “serio”- hasta el tipo de relación de dependencia de la pareja). Frieda … deja al águila, para unirse a la culebra ciega, siendo la culebra K que capítulo a capítulo va perdiendo terreno y reconfigurando sus expectativas, mientras que Frieda, según Camus –El mito de Sísifo-, acaba prefiriendo lo cotidiano frente a la angustia vital que representa K. Olga y Amalia, ambas pertenecientes a una familia excluida de la comunidad, como los judíos, con un padre cansado que no reacciona y se aferra a sus diplomas, a las apariencias y una madre agotada -inevitable ver aquí ecos de los propios padres de K-. Olga busca la manera de salvarse y salvarlos desde una moral distraída aunque adecuada a las relaciones castillo-aldea, pero Amalia, que rechaza sacrificarse por todos ellos y que transmite un fuerte deseo de soledad -como Kafka, quien también rechazaba someterse a los designios parentales y sociales: el matrimonio- es contemplada con desconfianza por K en su lucha por insertarse entre la plebe para poder alcanzar el castillo. Según Brod, albacea literario de Kafka, el castillo simbolizaba la gracia. A partir de esto, Amalia rechazaría la gracia y Olga actuaría correctamente, sin embargo, es igualmente repudiada. Las esposas de los dueños de las posadas son poderosas y controlan algo más que las tabernas y a sus cónyuges, ejerciendo de intermediarias entre señores y siervos. Y Pepi, la joven camarera con su ridículo vestido lleno de cintas ante quien K … tuvo que taparse los ojos un momento, porque la estaba mirando con concupiscencia, recuerda a Julie Wohryzek, la hija de un sacristanucho de sinagoga, sobre quien el padre de Kafka le dijo, según la Carta al padre: … Seguro que se ha puesto una blusa bien bonita, como hacen todas las judías de Praga y tú, claro, a la primera de cambio has decidido casarte con ella. […] Como si no hubiera otras probabilidades. Si te da miedo te acompaño yo. Kafka, personal y universal.

      K mira hacia lo alto, pero arriba podría estar Yavhé, la gracia, la clase dirigente, el imperio autrohúngaro, el gran inquisidor… o nadie. La cadena de montaje con los funcionarios del primer plano que cierran el acceso a los que están por encima, que a su vez pueden tener otros por encima y así ad infinitum hasta llegar el nominado Conde de quien solo sabemos al comienzo, asistidos todos ellos por secretarios, subsecretarios y mensajeros, la cadena mantiene un engranaje de solicitudes, respuestas, cartas, apremios, sentencias, etc. en un marco singular de espacio y tiempo -citas nocturnas en cubículos de la Posada de los Señores, días a la espera en las primeras estancias de la fortaleza a la que se puede acceder dependiendo del día o de la temporada por una vía u otra-, dentro de una administración que no puede equivocarse, donde cada cual es competente en lo que es competente y no puede ni debe inmiscuirse allí donde el asunto no sea de su incumbencia, aunque considere la posibilidad de que un administrado […] sorprenda en mitad de la noche a un secretario que tenga cierta competencia para el caso de que se trate. […] ¿Cree que no puede ocurrir? Tiene razón, no puede ocurrir. Pero una noche -¿quién puede responder de todo?- ocurre sin embargo. Es verdad que no tengo entre mis conocidos a nadie a quien le haya ocurrido; sin embargo eso no prueba nada… Como el abogado de El proceso, el funcionario Bürgel (Bürger: “ciudadano”, Burg: “castillo”, Bügel: “percha, estribo”) se explaya en la descripción de procedimientos ilógicos -aunque más reales de lo que quisiéramos creer- e insta a K a perseverar en su empeño mientras K, agotado, se adormece, sueña y se equivoca, siempre se equivoca.

     Kafka y su obra son un continuum por partida doble. Probablemente una obra no existiría sin la anterior -no, no creo que todos los escritoras, sean así, algunos, sí, los y las excepcionales-, y, gracias a sus diarios y correspondencia, podemos acceder a su proceso de creación de esa fortaleza en la quería y no quería encerrarse para dedicarse a la literatura. Cada obra da un paso más y recoge lo anterior. Entre La transformación, El proceso y El castillo, hay cuentos excepcionales, igualmente simbólicos y absolutos. La condena –fundamental para llegar a La transformación- , En la colonia penitenciario -escrita entre medias de El proceso, como sí, no pudiendo ejecutar a K como aquí se hace, necesitara desplegar el tecnológico castigo que en plena Guerra Mundial preconiza tanto-, Blumfeld, un soltero de cierta edad… -delicia del humor sarcástico-, etc., etc. Me voy a dar un descanso, aún me faltan El desaparecido y algunos cuentos. Sí aman la literatura, Kafka es imprescindible. No dejen de leerlo.

El proceso de Franz Kafka

Escribía Kafka a Felice: La verdad interna de un relato no se deja determinar nunca, sino que debe ser aceptada o negada una y otra vez, por cada uno de los lectores u oyentes -y dice oyentes porque le gustaba leer en voz alta sus escritos a los demás-. Nada mejor concebido con respecto a sus obras, piezas maestras de la amplitud de significados, manantial de interpretaciones y fuente de inagotable literatura.

Felice Bauer, la que fuera prometida oficial de Kafka contando con el beneplácito del padre del escritor, cinco años antes de morir y cuarenta y ocho después de la muerte de Kafka, vendió las cartas a ella escritas por el autor checo. Se conocieron en 1912 en casa de Max Brod -a quien tanto debemos por salvar la obra a él encomendada para su quema por Kafka- y, dos días después de dirigirle Kafka su primera misiva, escribió de un tirón y en una noche La condena. Esta, junto a La transformación y El fogonero -que, posteriormente pasaría a ser el primer capítulo de la novela El desaparecido, también conocida como América-, Kafka quería que su editor las publicase bajo el significativo y unificador título de Los hijos -sobre estas tres y su progresión también habría otro tanto que comentar, como con toda la obra de Kafka, individualmente, en conjunto o en la relación de unas con otras-. 1912 constituye el primer periodo de gran producción kafkiano. Al año siguiente, a medida que su relación con Felice iba avanzando, su obra se estancaba. El 3 de julio de 1913, fecha en la que cumple 30 años, con vistas a su posible compromiso, le comunica a Felice que, a instancias de sus padres, no satisfechos con haberla investigado a ella, ha autorizado solicitar informes también acerca de su familia. Algo impropio de lo que posteriormente se retracta. A Joseph K, el día de su 30 cumpleaños, lo detienen dos agentes a la vista de subalternos de su trabajo, vecinos que van aumentando de número y que observan desde las ventanas, los interrogatorios se llevan adelante en el cuarto de una señorita, Fraülein Burstner -burstner: follar-, en medio de los artículos personales de esta muchacha y de una camisa blanca colgada de una percha. En la pedida oficial de la mano de Felice se reúnen ambas familias y algunos amigos y amigas -Grete Bloch, ambigua mediadora y confidente de ambos novios-. A la luz de la exhaustiva obra de Elias Canetti El otro proceso a Kafka, he aquí el germen de El proceso. Tanto Kafka en su pedida, por lo que se lee en sus diarios y cartas, como K en su detención no se sienten aludidos y sí ajenos. Kafka y Felice rompen el 12 de julio de 1914, unos días después de cumplir Kafka 31 años, en una ceremonia a la que Kafka denominará desde entonces “el tribunal” -según algunos traductores, según otros, “el juicio”- en la que guarda silencio y acepta la humillación. Joseph K se encamina al final de su proceso el día de su 31 cumpleaños y se siente como un perro al que la vergüenza debiera sobrevivirlo. Sobre que parte del germen de El proceso esté ahí, caben pocas dudas, ahora bien, sobre que El proceso es mucho más, tampoco.

     Kafka en este tiempo se había reconocido en el concepto de la angustia Kierkegaard, en agosto de 1914 apenas hace un mes que la Primera Guerra Mundial ha irrumpido en su vida y en la de todos, como consecuencia por fin ha abandonado su habitación en la casa paterna -más por imperativo familiar que por decisión propia-, en su estrenada soledad comienza a describir los sueños de su vida interior y en ese mismo mes de agosto empieza a escribir la novela que nos ocupa. Como en La transformación, todo arranca en su cuarto, en el de Josef K, solo que aquí es la realidad bajo la forma de dos guardias la que invade su habitación de una forma absurda y lo hace para detenerlo, si bien Nuestras autoridades no buscan la culpa entre la población sino que, como dice la ley, es la culpa la que las atrae. Él come una manzana que le resulta deliciosa, probablemente la última comida que disfrute, manzana muy lejana, pero igualmente simbólica, a la que cae sobre Gregorio Samsa. Y como Samsa, él también tiene que ir a trabajar, su trabajo es muy importante, trabaja en la Banca. Hay una breve descripción de su vida cotidiana hasta el momento y el encuentro con dos mujeres de muy diferente signo. Las mujeres en la obra de Kafka: o lo distraen de sus causas y son de moral cuestionable o, como su casera, resultan irritantes y no entienden nada, aunque sean eficientes. A partir de ahí, tiene lugar realmente el proceso. El tribunal, cuyas dimensiones físicas no lo contienen, lo conforman cubículos, ropa tendida, humedad, aire viciado, sombras y ardores que envuelven recurrentemente a K cada vez que lo busca o, sencillamente, lo encuentra. La culpa que lo persigue y crece sin saber cuál es mientras la va asumiendo. Flageladores, ujieres, mujeres provocativamente serviciales, abogados que nunca redactan la primera solicitud, jueces vanidosos, retratistas mayestáticos que pintan a la Justicia y a diosa de la Victoria fundidas –No es una buena combinación, la Justicia tiene que reposar; si no se moverá la balanza…-, acusados serviles o arteros… Un tribunal compuesto por la mayoría que culmina en el capítulo penúltimo En la catedral. Este contiene el relato Ante la ley -publicado y leído aparte por Kafka-. La riqueza de esta obra es incontenible y, aquí, se engrandece porque, como dice el sacerdote -no podía faltar-, La exacta comprensión de una cosa y su mala interpretación no se excluyen. ¿Entiende K el proceso? ¿Cuántas interpretaciones hay? Habla de la Ley, de las costumbres establecidas, de la pena –para el sospechoso el movimiento es mejor que el reposo, porque quien reposa, sin saberlo, puede estar en una balanza y ser pesado con sus pecados-, del engaño, de la necesidad del engaño, de la libertad –con frecuencia es mejor estar encadenado que libre-, de las propias elecciones, de Felice, del Talmud –Ante la ley no deja de ser una parábola y el capítulo, quizá incluso el libro, su exégesis-, de las funciones que se reparten en esta sociedad, de la pulsión de muerte, de la culpa como motor. Habla incluso del lector y lo que está leyendo. Y aquí, en la catedral, tras hablar con el sacerdote, ya no hay penumbra, sino total oscuridad. Aún queda un capítulo. Y otros descartados -a fin de cuentas Kafka la dejó, si no inconclusa, sí sin ordenar y  los fragmentos que restan, los estudiosos y Max Brod, los dejaron de lado, aunque figuren en esta estupenda edición de Galaxia Gutenberg-.

     Quedan muchas cosas en el tintero. Cada capítulo es embrión de numerosas reflexiones. Las consideraciones de su abogado -no hay que olvidar que Kafka estudió Derecho y pensaba que: En esos años me alimentaba intelectualmente de auténtico serrín que, además, miles de mandíbulas habían masticado previamente. Además, trabajaba en seguros -muy a su pesar, ciertamente, mas con el objetivo de ganarse la vida y tener tiempo para escribir, tiempo que un matrimonio le robaría- y era tremendamente concienzudo en su trabajo. Asimismo leía a Freud y más que una interpretación de los sueños, hace una transposición de la realidad a una sinrazón, no tanto trágica, que sí -el final es magnífico- como descabellada, pero substancialmente acertada. Levanta la estructura de una existencia cautiva, sustentada por la culpa y la humillación. Léanla. Y si ya lo hicieron, reléanla. Es una fuente inagotable.

La metamorfosis de Franz Kafka

Vaya por delante que no sé alemán. La metamorfosis o La transformación. Ya el título provoca traducciones dispares, qué no será de la interpretación de la obra. Por un lado hay quienes defienden metamorfosis, entre otras cosas, porque el término elegido por Kafka fue Verwandlung y con tal término se habían traducido Las metamorfosis de Ovidio hasta el siglo XIX, además Goethe lo empleaba en sus textos literarios, mientras que, en los científicos, utilizaba Metamorphosen. Enlazando con Ovidio se apoyan quienes subscriben La transformación, porque -entiendo que a partir del XIX- sus Metamorfosis se tradujeron como Die Metamorphosen y el lenguaje de Kafka, siendo, como era, efectivo, austero, consuetudinario, eligió, no obstante, Die Verwandlung, mucho más próximo al común de los mortales y sobre todo en Praga donde convivían el checo y un idioma alemán alejado de Alemania y por lo tanto, menos actualizado y, a excepción de Kafka, más rimbombante en los autores de esta lengua, por eso de marcar la diferencia y la preeminencia. Además, según comienza la obra, en las primeras líneas, Gregorio Samsa se transforma –verwandelt-, no se metamorfosea.

     Cinco años antes de escribir La metamorfosis, en Preparativos de boda en el campo -obra que escribió antes de empezar a trabajar-, Kafka concibe un sujeto escindido que envía su cuerpo vestido fuera, a hacer vida social o a tropezarse, a caerse, mientras su yo permanece en cama con la forma de un gran escarabajo, simulando un sueño invernal y apretando sus patitas contra su cuerpo abultado… En 1912 este insecto tiene un nombre, Gregorio Samsa, una familia, un trabajo, un jefe, una amante… y queda encerrado en su cuarto: El solitario punto central del círculo solitario, frase de Kleist, autor de referencia para Kafka.

     El acercarme a esta obra que absorbí con estupor en mi adolescencia no ha sido otro que la diferente opinión sobre su relectura de un par de contertulios adictos a la lectura. Para mí fue la primera novela -devorada a hurtadillas durante las supuestas horas de estudio en el colegio- que me abrió un mundo literario diferente y me condujo a Sartre, Camus y, cómo no, Beckett. Y su segunda lectura ha sido, si cabe -no podría asegurarlo ¿quién recuerda con certeza?- mejor, por lo menos tan absorbente, sin duda menos atolondrada. El ritmo, con su lenguaje preciso, casi desnudo, es -y me ha sorprendido: realmente solo me acordaba de que Gregorio Samsa se había convertido en una cucaracha-, el ritmo es trepidante y el humor, presente y no necesariamente negro (eso sí que no lo recordaba en absoluto ¡ah, la la adolescencia a tientas!).

     Samsa nos dice ser un viajante que trabaja muy a su pesar, pendiente siempre del reloj, sometido a la jerarquía laboral y a unas relaciones fugaces y, sobre todo y en primera instancia, a la familia que es donde comienza la cadena y la condena. El poder nace al mismo tiempo que el individuo y es en el hogar donde primero se siente el engranaje de su superestructura. En el arranque, ya por todos conocido, es la mente de Samsa que, sin cuestionar sus nuevas circunstancias -el hábito de aceptar y adecuarse es el motor cotidiano- intenta hacerse entender por los demás. Kafka nos describe con minuciosidad la casa -al punto de que Nabokov hiciera varios croquis sobre ella-, los objetos, el tiempo atmosférico -siempre oscuro, excepto al final, cuando ya no hay alimaña-. Apenas hace retrocesos en el tiempo, algunas alusiones al comienzo cuando Samsa nos pone al tanto del punto de partida con respecto a sus obligaciones, que eran su vida. Tres partes. I. El descubrimiento del hijo como un bicho raro, asqueroso, y la primera herida. II. La convivencia con el monstruo: una nueva rutina que va evolucionando. La figura finalmente emergente del padre que tanta presión ejerció sobre Samsa. La segunda herida -esta escena es magnífica, con las manzanas al vuelo y un fino, agridulce sentido del humor-. III. El abandono y con él, la sociedad que entra en la casa y el oprobio no se puede mantener. La manzana podrida ¡qué imagen! en la herida mortal. La progresión en los tres capítulos es trepidante, el desarrollo es perfecto, en el aparente absurdo existencial de la familia cada miembro ejerce su papel y, de vez en cuando, una pregunta parece cruzar sus mentes, pero ese animal repugnante, incomprensible e idiota, no encaja en la pequeña colectividad. La soledad de Samsa crece hasta el límite  a medida que su cuerpo se reduce y su espacio vital se llena de escollos.

      Imprescindible -para quienes lean literatura, claro-.

    La edición del 30 aniversario de Alianza es exquisita -no así la traducción, por cierto anónima, y esto se nota más si lees a Kafka en la excelente versión editada, y creo que agotada, de Galaxia Gutemberg-. Se complementa con La carta al padre, que alumbra muchos aspectos de La transformación, de la obra de Kafka y del propio Kafka -hay quienes dicen que solo es literatura, por eso la salvó Max Brod, el amigo encargado de quemar su obra-, continúa felizmente con un irónico relato de Nadine Gordimer Carta del padre y se cierra con un interesantísimo álbum ilustrado que sigue la vida y las obras de Franz Kafka.

La frantumaglia. Un viaje por la escritura de Elena Ferrante.

La Hija oscura se sitúa en el centro de la narración de Elena Ferrante, enlazando sus dos primeras obras, El amor molesto y Los días del abandono, con la novela que, de tan larga como resultó, constituyó la tetralogía de Las dos amigas. La muñeca robada por Leda (La hija oscura) enlaza con la muñeca perdida de Lenú (Las dos amigas) y a través de ella se extienden los hilos de los distintos papeles de una mujer en la vida que, si en sus dos primeras obras se centran -entre otras cosas, pues Nápoles o las relaciones con los hombres también están en una y otra, respectivamente-, en la maternidad, en el hecho de ser hija, en ser esposa y madre, ya en La hija oscura se esparcen abriendo paso a la amistad y otras facetas personales y sociales, hasta desplegarse a lo largo de la tetralogía napolitana. No deja de ser interesante el hecho de que justo en mitad de este libro de entrevistas, cartas enviadas o no, correspondencia, artículos, extractos desechados de sus obras, etc., figure en el centro exacto un breve artículo que yo encuentro fundamental tanto en lo que se refiere a la obra de Ferrante, como a la posición de las mujeres escritoras en la literatura. Se titula Hay que ver lo fea que es esta niña, y bajo este título, laten Flaubert -y Bovary- y la herida, no necesariamente femenina -Kafka no fue encontrado ni un Adonis ni interesante por papá Kafka-, pero sí más extendida entre las mujeres. La carta iba dirigida al editor sueco que compró los derechos de Los días del abandono y que, una vez traducida y leída por el susodicho, decidió no publicarla al considerar moralmente reprobable el comportamiento de Olga, la protagonista de la novela, hacia sus hijos. Cuando Elena Ferrante escribió estas obras -10 años separan la primera, El amor molesto, de la segunda, Los días del abandono-, muchos -no creo que muchas- estaban convencidos de que se trataba de un hombre o, en su defecto, de un hombre y una mujer al alimón -incluso tenían una pareja candidata-. Con el tiempo y sus obras -sin hacer mención del periodista que tuvo a bien, en su tozudez, dar con el nombre que había tras el pseudónimo-, fue quedando cada vez más claro que se trataba de una mujer -no hay más que seguir el orden cronológico del variopinto material que se despliega en este libro, para ver claro, quien lo hubiera dudado-. C’est une chose étrange comme cette enfant est laide. Como mujer literariamente educada en obras masculinas -extraordinarias y tantas- reconoce sus distintas etapas como lectora y sus distintas posiciones: … En algunas épocas de mi vida pensé que no podía concebirlo más que un hombre, y además un francés atrabiliario, un oso encerrado en casa afinando gruñidos, un misógino que creía ser padre y madre solo porque tenía una sobrinita. En otras épocas pensé con rabia, con rencor, que los maestros de la escritura varones saben hacer decir a sus personajes femeninos eso que las mujeres piensan y dicen y viven realmente, pero no se atreven a escribir… Y a lo largo de todo este florilegio de auténtica comunicación con el lector que es este libro nos explica cómo, por qué escribe, qué busca transmitir, dónde lo busca, desde dónde, hacia dónde.

     La Frantumaglia, nos cuenta Ferrante, … es un término de su dialecto (el de su madre) que usaba para decir cómo se sentía cuando era arrastrada en direcciones opuestas por impresiones contradictorias que la herían. … Una multitud de cosas heterogéneas en la cabeza, detritos en el agua limosa del cerebro. La primera parte de las tres en que se divide el libro abarca desde 1991 hasta 2003. Más de diez años separan sus dos primeras novelas y durante estos años leemos entrevistas escritas, postergadas o no enviadas que denotan una voluntad de ausencia como personaje público y una búsqueda de la voz adecuada para cada texto escrito, hasta llegar a La Frantumaglia donde responde concienzudamente a la entrevista de dos mujeres para una revista literaria y abre la puerta de sus vivencias personales en relación a las dos protagonistas y a Nápoles. La segunda parte va de de 2003 a 2007, La hija oscura ya ha abierto camino a Las dos amigas y Ferrante, además de entrevistas -una con sus lectores a través de la radio, eso sí, por lectora interpuesta-, incluye algún artículo y demuestra una gran paciencia frente a la insistencia en lo referente a su anonimato, que no reconoce como tal pues que sus libros están firmados. La última va desde 2011 al 2016. Si alguna vez la frantumaglia literaria hizo presa en Elena Ferrante, ese momento ya pasó -seguro que puede volver a pasar, pero ella pisa firme sobre las lineas ya escritas-. Aquí el centro, claro está, son Las dos amigas, pero solo eso, siguen respirando sus obras anteriores, Nápoles, otras y otros autores, la mitología clásica, Dido, el feminismo, etc. Como en todo el libro.

     Nos regala una serie de vivencias, conocimientos y opiniones que difícilmente podríamos recibir de una autor o autora que estuviera siempre en el candelero. La evolución de su obra tiene una lógica interna y su posición frente al mundo y a la literatura también. Este libro es un regalo para sus lectores y responde a su actitud frente a este oficio, que en parte, bien puede quedar reflejada en estas dos citas:                                                                                            La escritura requiere la máxima ambición, la máxima falta de prejuicios y una desobediencia deliberada.                                                                                                                 Yo escribo sobre los puntos de incoherencia.

      Léanlo. Cuenta mucho, sabe más y es muy generosa con lo que sabe. Y gracias a Lumen y a Silvia Querini por sus sabias selecciones.

 

La tía Mame de Patrick Dennis

Edward Everett Tanner II en doce de sus dieciseis novelas firmó con el pseudónimo de Patrick Dennis, en las otras cuatro lo hizo con el de Virginia Rowans (porque le obligó la editorial, en realidad él quería firmar con el nombre de su marca de tabaco favorito: Virginia Rounds). Su padre, avezado deportista y destacado piloto durante la I Guerra Mundial, le llamaba Pat, en honor al boxeador Pat Sweeney, intentando marcar un estilo del que su hijo se situaría muy lejos: a Edward sólo le interesaban la literatura, el teatro y el cine (no obstante sí participó en la II Guerra Mundial, pero mucho más apegado a la tierra, como conductor de ambulancias).

     La tía Mame vio la luz en 1955 tras ser rechazada por casi una veintena de editoriales y, una vez conseguida su publicación gracias a un neófito en Vanguard Press, la falta de confianza en la obra, redundó en la carencia de publicidad, por lo que nuestro ya Patrick Dennis y un amigo se dedicaron a promocionarla librería a librería, alcanzando cifras de venta récord durante dos años, 1955 y 1956. Su secuela no alcanzó tamaña proeza, pero nuestro autor pudo prescindir de su alimenticio trabajo y además se enriqueció. Y es que La tía Mame es un regalo para el humor.

     La hermana de su padre, que murió con 94 años, reivindicaba ser la inspiradora del personaje, pero, recorriendo la vida de nuestro ínclito personaje, es más que plausible que, como tantos autores, cogiera de ella, mas también de sí mismo: su biografía es una mina de ires y venires repletos de subidas y bajadas emocionales, económicas, geográficas, etcétera. Baste decir que, además de arruinarse, años antes de morir, trabajó de mayordomo -a su decir, con regocijo: I’m embarking on what is probably the best career that I will ever have– para el fundador de MacDonald’s.

     Un niño de 10 años, Patrick Dennis, queda huérfano y va a parar a manos de su Tía Mame, de quien su propio padre, no muy apegado a la criatura dice que … era una mujer peculiar y que quedar en sus manos era un destino que no le desearía ni a un perro… A partir de ahí, durante los diez capítulos restantes -el primero nos describe su llegada a la sofisticada leonera de Mame- asistimos a una serie de historias conectadas, que siguen una línea temporal, y corresponden a las distintas aventuras de la estrafalaria, genuina, instruida y libérrima protagonista. Patrick es rico por herencia y su padre, a pesar de dejarle con su hermana, puso a buen recaudo su fortuna y su plan educativo con un dickensiano fideicomisario. La tía, bueno, la tía, en principio también es acaudalada, pero el crack del 29 -tras unos felicísimos años veinte- le pasa factura -a la familia Tanner también se la pasó- y con ello comienzan sus primeras vicisitudes. Aventuras y desventuras de tía y sobrino que finalizan siete años después de la Segunda Guerra Mundial.

     Un humor chispeante, ocurrente y desihibido. Un personaje intenso, apasionado y, también, desesperante, que fue recogido por el cine y el teatro durante largas temporadas -La tía Mame fue representada por Rosalind Russell en el cine y el teatro, donde fue sustituida, sucesivamente por Greer Garson, Beatrice Lillie, Constance Bennett, Sylvia Sidney y Eve Arden- con una coreografía a su servicio, como debe ser para que brille. No se me ocurre mejor libro para desengrasar. Yo quedé tan ligera que me dispongo a revisitar a Kafka. Y no es broma.

Un debut en la vida de Anita Brookner

Anita Brookner, fallecida en 2016 con casi 88 años, fue una historiadora de arte británica, algunos de cuyos libros, The genius of the future y Romanticism and its descontents, siguen disfrutando de un amplio público lector. Comenzó tarde a escribir novela, con 53, y esta fue su primera obra publicada, sobre la que niega que sea biográfica, no obstante existen abundantes concomitancias, por ejemplo, el hecho de que su padre fuera temporalmente también librero -como George, el padre de la protagonista-, que fuera de origen judíopolaco, que su madre fuera, si no actriz, como Helen, la madre en la novela, sí cantante, etc. Además, ella, como estudiosa, no desperdiciaba ningún dato sobre los autores que trataba. Brookner es la variante de Bruckner, apellido de origen, y con él se inscribieron en el Reino Unido para borrar las huellas alemanas ante la creciente animadversión inglesa hacia este país durante la Primera Guerra Mundial.

     La protagonista, Ruth Weiss, será una estudiosa de Balzac y de Balzac toma Brookner el título Un début dans la vie, obra que también tendrá su momento a lo largo de la novela. Arranca así: A sus cuarenta años, la doctora Weiss comprendió que la literatura le había destrozado la vida. ¿Se puede responder a esta cuestión brevemente? Sí, y con presteza: … su padre y su madre se aliaron para exigirle que considerase la trayectoria de Anna Karenina y Emma Bovary pero emulara la de David Copperfield y la Pequeña Dorrit. Pero también se puede explayar, concisamente, durante doscientas páginas. Así se desarrolla la obra, entre contrarios, propios y ajenos. Y evolucionando literariamente: de Los Grimm y Andersen pasa a Dickens, luego Hugo, de Vigny, Balzac. Dickens … le reveló el universo moral. Porque seguramente triunfaría la verdad, y la paciencia se vería recompensada. ¿Por qué no habría conocido antes a Balzac?

     Una narración precisa y llena de significados. Guardaba de sí misma el recuerdo de una niña pálida y pulcra, con tanto pelo que le dolía la cabeza. Una niña pelirroja y silenciosa que, al morir la abuela -única persona asentada en la prosaica realidad-, se acercó el libro a la mejilla a modo de consuelo, una jovencita que queda en compañía -que no en sus manos- de unos padres egoístas y moliciosos, infelices y dependientes, poco o nada habituados a trabajar. Un vivo ejemplo de lo que Balzac enseña: la suprema eficacia de la mala conducta. Emoción, contención y literatura se van enredando a lo largo de la vida que Ruth hace. A excepción de dos conatos que la alejan por poco tiempo del hogar, -presentado el primero con Le début dans la vie de Balzac y acompasado por la Fedra de Racine, y el segundo por la siempre presente Eugénie Grandet-, la historia de Ruth está condicionada por la de sus progenitores y por el bastión defensivo que ha levantado en las bibliotecas: sus horas allí eran para ella lo más parecido a un sentimiento de pertenencia que había tenido nunca. Un personaje solitario y generoso, quizá por miedo, por necesidad. Una mujer predestinada a la rutina o que hace una elección. No parece una vida intensa, si embargo la novela lo es. Un placer leerla, releerla. Una prosa inteligente, con sentido del humor, llena de alusiones y un incierta poesía del desastre inevitable. O la rutina. Cálida y fría. Culta y asequible. Un regalo. Y el prólogo de Barnes, también.

Dr Anita Brookner, winner of Britain’s Booker McConnell fiction prize for Hotel du Lac.