La ciudad de las mujeres de Cristina de Pizán

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Cristina de Pizán escribe La ciudad de las mujeres en 1405, 523 años después, en 1928, Virginia Woolf sigue dándole vueltas al mismo tema en las charlas ante las estudiantes de la Universidad de Cambridge que constituirían Una habitación propia. Cristina sí la tenía, pero le costó años de litigios conservar su herencia, muertos su padre y su esposo, así pues, ella sí se retira a su “étude” y con este acto arranca esta alegoría y defensa de las mujeres que, ya en su tiempo, dio amplio lugar a polémicas entre los doctos varones de su tiempo. Recibe la ayuda de tres Damas: Razón, Justicia y Derechura (este término, tan francamente feo, ha sido seleccionado por la traductora, por un lado para recoger el sentido de la palabra Droitture que alude tanto a lo judicial como a lo geométrico y, por otro, para alejar cualquier connotación del rigor religioso que el término “rectitud” suele llevar anejo). Son ellas quienes invitan a Cristina a levantar una Ciudad desde donde las mujeres puedan defenderse de tan perversa y continuada agresión, mezclando con tinta la argamasa que las tres van a proporcionarle. Esta ciudad tomará los materiales de un enfoque y una lectura diferente acerca de los papeles que figuras femeninas, tanto históricas como legendarias y literarias, jugaron desde un tiempo que no figura en los escritos hasta aquel remoto y recién estrenado siglo XV. No deja de ser interesante el hecho de que Virginia Woolf, 5 siglos después, eligiera también apoyarse en tres personajes igualmente ficticios, Mary Benton, Mary Senton y Mary Carmichael, para defenderse de, si no tan contumaces ataques, por lo menos igualmente sectarios e interesados -lo de machistas o patriarcales, casi que sobra decirlo-, y concluir que lo que las mujeres necesitaban era poseer un espacio y una renta, haciéndolo, no desde una ciudad en femenino, pero sí desde una universidad para jóvenes del sexo “débil”.

     Quien se acerque a este libro buscando información fidedigna sobre las acciones de las mujeres en la Antigüedad, encontrará una absoluta falta de rigor, falta de rigor igualmente achacable a aquellos a quienes rebatía. No se trata de una historia de las mujeres, sino de un recopilación de personajes femeninos desde una perspectiva prefeminista, lejos de los estereotipos aceptados y consensuados, y de la refutación de un argumentario francamente ofensivo y denigrante. Para ello la autora, resultándole difícil asumir como propia de su persona y de la de tantas otras la imagen recibida, primero cuestiona la autenticidad de los tópicos transmitidos por el saber masculino que se podrían resumir en filósofos, moralistas, todos parecen hablar con la misma voz para llegar a la conclusión de que la mujer, mala por esencia y naturaleza, siempre se inclina hacia el vicio. Y para empezar, desde esta alegoría, recurso tan en boga en aquellos tiempos, se dirige hacia el Campo de las Letras pertrechada con la azada de la inteligencia y dispuesta a cavar hondo -no era para menos- con la ayuda, en primer lugar de la dama Razón. Y cavar hondo en ocasiones requiere -metafóricamente hablando, claro está- una cierta exhaustividad por lo que esta parte, dedicada en profundidad a desmontar pretendidos razonamientos hoy denominados misóginos, es, sin duda, la más ardua y desarrolla las respuestas a preguntas que Cristina le va haciendo a Razón, preguntas que se originan en Ovidio, Catón, Aristóteles y un largo etcétera y cuya contestación permitirá asentar las primeras piedras en la base de los muros del nuevo baluarte: heroicas damas de la guerra como Semíramis o las Amazonas; de la política, como Nicaula, la reina de Saba, o Fredegunda y otras nobles; de las ciencias y las artes como Safo, Ceres, Minerva, –Te vuelvo a decir, y nadie podrá sostener lo contrario, que si la costumbre fuera mandar a las niñas a la escuela y enseñarles las ciencias con método, como se hace con los niños, aprenderían y entenderían las dificultades y sutilezas de todas las artes y ciencias tan bien como ellos.- y por último damas dotadas de buen juicio, entendiendo por juicio la capacidad de reflexionar sobre lo que se quiere emprender para llevarlo a buen término como Dido o la Gaya Cirila. En la segunda parte, Derechura le proporcionará el material que solidificará el muro y, dado que aún casi estamos en la Edad Media, son sibilas, profetisas, hijas y esposas devotas y entregadas, discretas, prudentes, honestas, etc. que rebaten zafias aseveraciones sobre el talante femenino: que si son cotillas, cónyuges furibundas y amargadas, coquetas, que si les gusta que las violen…, a qué seguir. La lista de menosprecios es larga, mas la cantidad de mujeres con las que refuta tamañas tropelías es profusa y en este caso mucho más amena, a fin de cuentas son las piedras preciosas que trabarán las murallas de palacios y mansiones en la nueva Ciudad. Reformula el enunciado haciéndose portadora del discurso oral y doméstico silenciado a otra luz, la que no pasó a los escritos y que por lo tanto es, era, inexistente. Por último llega el turno de Justicia y, con ella, de la religión y la Reina de los Cielos. Esta es la parte más corta en la que un breve martirologio de santas, beatas y mártires con María a la cabeza consagran la ciudad. El feudalismo está siendo transformado y la Iglesia dicta (siempre que puede, lo hizo, lo hace y lo hará), nadie es ajeno a su poder y la fe se da por sentada, así como los mandamientos y la servidumbre. No obstante muchas de las frases rebatidas no han desaparecido, han pasado más de seiscientos años y su desiderata final no podría ser más asumible: Huid, damas mías, huid del insensato amor con que os apremian. Huid de la enloquecida pasión cuyos juegos placenteros siempre terminan en perjuicio vuestro.  (…) Acordaos de cómo los hombres os tienen por frágiles, frívolas, fácilmente manejables y en la caza amorosa os tienden trampas para cogeros en sus redes como animales salvajes. Huid, queridas amigas, huid de los labios y sonrisas que esconden envenenados dardos que luego os han de doler. Alegraos apurando gustosamente el saber y cultivad vuestros méritos. Así crecerá gozosamente nuestra Ciudad.

     Convengamos que Virginia dio un paso más sobre la forma de conseguirlo, aunque ambas estaban lejos de llegar a aquellas que no tenían -ni tienen- acceso a la educación. Ambas presentan más de un paralelismo, escritoras e impresoras que fueron de sus propios libros, iluminados los de Cristina por sus ayudantes y los de Virginia por su hermana, ambas, en algún momento, desearon ser hombres y en alguna de sus obras fabularon con ello. ¡Qué corra más la igualdad y no pasen otras tantas centurias para volver a leer otra defensa de las mujeres o peor, para que alguna -o alguno, que también los hay- tenga de volver a escribirla!

Canción dulce de Leïla Slimani

 

Leïla Slimani nació en 1981, llegó a Francia con 17 años desde Marruecos y en 2016 ganó el premio Goncourt con su segunda novela, Canción dulce, publicada recientemente en castellano por la editorial Cabaret Voltaire.

Luisa no es una institutriz como Jane Eyre, tampoco en una interna, es una mujer francesa contratada legalmente para cuidar de un bebé y una niña pequeña, por una joven pareja de jóvenes y ambiciosos emprendedores con estudios y aficiones: él, dedicado al mundo de la música, de buena familia, madre progresista, padre adinerado; ella, de origen magrebí, alumna aventajada de derecho que no ha querido renunciar ni a la maternidad ni a realizarse profesionalmente. La novela no quiere ser una novela de intriga y comienza desvelando desde el principio el terrible crimen cometido, no es, pues, cuestión de saber cómo terminará todo, sino qué y por qué pasó. Expuesto lo peor, la autora retrocede y, en primer lugar, describe el proceso que condujo a la decisión de buscar una niñera, proceso que surge, naturalmente, de una necesidad materna. En esta exploración desde atrás, Leila Slimani intercala capítulos con nombres propios sobre el pasado más lejano o reciente de Luisa. Quien lee asiste a una reconstrucción en la que, llegados al momento de máximo idilio entre empleadores y empleada con unas vacaciones todos juntos, los vínculos se van corroyendo, la individualidad de Luisa se impone poco a poco, su realidad, interesadamente obviada, aparece, es molesta y crece la tensión mientras la historia de Luisa avanza, siempre a través de terceros personajes. Entre estos testigos no están los padres de Mila y Adam, cuya evolución va envuelta en el devenir ineludible. Una prosa sobria y poética que usa del presente para seguir la relación que se establece entre patronos y niñera, así como la evolución del trío, y que usa del pasado para ir estableciendo marco, escenario, actores y actrices en la vida de Luisa. Sin cargar las tintas, expone con exquisita, en ocasiones lírica, siempre triste sensibilidad las posibles respuestas a preguntas sin formular. Myriam, la madre que desgarra con su grito el primer capítulo, es abogada y de penal, ella busca como defender lo a veces indefendible: Debemos probar que tú también eres una víctima. La niñera no existe para ellos fuera del hogar. No tiene historia, solo tiene la capacidad de suplirlos hasta un cien por cien cuando es necesario. Regularmente. La inmediatez de su vida, sus absorbentes trabajos, su propio egoísmo encuentran la salvación en una persona a quien no conocen y que no les interesa, únicamente les sirve y muy por encima de lo que ellos soñaban conseguir. Luisa es una mujer inmadura -por momentos diríase una niña de imaginación perversa incapaz de afrontar sus problemas- saturada de intimidades ajenas que, quizá de tanto dar, se agostó. Slimani desgrana con gran habilidad, sin ruidos ni estridencias, dos conflictos -y más- que se le presentan a la joven y arrojada burguesía –bobo les llaman en Francia, de burgués y bohemio- que ha crecido con la convicción de que lo puede todo con dinero y voluntad, sin renuncias: quién lleva el control de sus vidas y el/la otra existe y tiene su propia vida, sus propios conflictos. Dependencias y aislamiento. Uno de los testimonios que cruza el texto para forjar a Luisa es el de una vecina, Rosa Grinberg, que piensa que ella podría haber cambiado el rumbo de los acontecimientos si Luisa no le hubiera apretado tanto el puño, si no le hubiera clavado sus ojos negros, como una injuria o una amenaza… Dos citas encabezan el relato, una de Kipling acerca de la indiferencia de la empleadora hacia las circunstancias de su empleada, otra de Crimen y castigo en la que Raskolvikov recuerda la pregunta que le hizo Marmeladov -el borracho infeliz, padre de Sonia-: ¿Comprende usted, Señor, comprende lo que significa no tener adónde ir?  

      Una novela escrita con suma inteligencia, de una prosa cálida, descriptiva, ajustada, de una acidez no exenta de ironía, que establece el marco y se acerca respetuosamente a los protagonistas sin moralismos. En buena lógica la carga cae con más peso sobre los personajes femeninos, inevitablemente lastrados por la dependencia y el deseo de lo que viene impuesto por una sociedad opulenta y veloz. Y como todo lo que toca estos temas, da para discutir, si bien Leïla Slimani es naturalmente considerada en lo que al tema se refiere. Muy recomendable. 

Mentira y sortilegio de Elsa Morante

Morante publica Mentira y sortilegio en 1948. A los trece años escribe La extraordinaria aventura de Catalina, una obra para niñas y niños como otras tantas que crea desde entonces. Esta es su primera novela para adultos. Su protagonista es Elisa, con una “i” intercalada en el nombre de la autora, letra tal vez obtenida del nombre de su madre Inma, sustituida a su vez por una “a”, pues Anna es el nombre de la progenitora de Elisa. Con Elisa comparte Elsa el ser hijas ilegítima y al padre biológico de la novelista, Francisco Lo Monaco, lo reparte, Francisco para el padre real de Elisa –a quien le da también la misma profesión, empleado de correos- y Monaco para el padre secreto de Francisco, que vendría a ser el desconocido abuelo paterno de Elisa. Muchas más huellas de su biografía ha de haber en esta historia, pero no pasa de ser anecdótico y tan significativo como en cualquier escritor o escritora que se esparce en su obra. Elsa Morante fue reconocida por Augusto Moravia y creció en contacto con los y las internas del correccional donde este trabajaba. ¿Vendrá en parte de ahí su especial sensibilidad a los conflictos y la indefensión de la infancia?

   Adentrarse en esta ficción requiere abandonarse a su intensidad, a la profusión de fábulas y leyendas, a la magia y, con ello, a la maldad, la mentira, la crueldad de todas las historias y quimeras que desembocan en el aislamiento y la tristeza de su narradora. Al hilo de tan mal hado, la recapitulación se convierte en un desesperado conjuro contra los fantasmas que pueblan una estirpe, aunque sea una estirpe de baja alcurnia o, lo que es lo mismo, del vulgo, de los desclasados, pero estirpe al fin y al cabo. Una Elisa mayor, por segunda vez huérfana, comienza con la introducción a la historia de su familia pero, para ello, nos pone primero en situación. Aunque adulta, joven quijote encerrada en su mundo de lecturas fantásticas, no se resigna únicamente a despertar interés por un pasado construido a base de engaños, mitos y fatalidad que le conducirá a una situación claustrofóbica, abre también una puerta al juego con la adivinanza sobre la identidad de su único compañero, Álvaro, buscando no solo la intriga -de sobra despertada con su tono premonitorio e imperioso- sino convocando la infancia encerrada en toda persona, toda biografía y, ojalá, que en todo lector.

   En esta pródiga saga familiar la narradora cuenta en la primera parte con la voz de los muertos que pueblan el cubículo donde ha elegido vivir al margen de la sociedad que rodea a su madre adoptiva, ellos y ellas le van transmitiendo aquello que la protagonista no pudo vivir, remontándose a sus abuelos. Con maestría y excelente verbo, cambia las voces intercalando sus propios recuerdos, las mentiras que recibió, el morbo de la imaginación que heredó, las certezas que en el momento de la narración intentan predominar sobre el legado que la ocupa. Ella sabe que allí donde buscaba misterio y malicia hay solo emociones enfermizas y decadencia. Bajo unos personajes que se quieren especiales en un entorno que ubica con detalle en una pequeña ciudad del Mediodía italiano, subyace una clase dirigente meapilas y orgullosa junto a una sociedad rural inculta y dependiente. En ambas se alinean hombres y mujeres, formando un entramado cuyas principales víctimas son siempre los y las hijas que a su vez, no recogen el testigo, sino que lo incendian, perpetuando un mundo de desigualdad y engendrando criaturas vulnerables que no encajan en un mundo que brinda pocas alternativas. Madres de adoran a sus hijos e ignoran a sus hijas, padres que malcrían a sus hijas o que las utilizan. Nos dice Elisa: Me creerán si les digo que son tres los mitos de los niños pobres: el Paraíso, el milagro y la riqueza, y estos tres grandes mitos se confunden y se explican uno con otro. Ella recibe este legado de las mujeres de su familia, una imaginación mórbida y caduca ligada a un amor y una admiración incondicional a la distante figura materna que a su vez tampoco recibió afecto alguno de su progenitora. En la segunda parte, los personajes de su pasado cuyos avatares y tristes miserias ha ido engarzando a una luz comprensiva, compasiva, pero no exenta de una ironía que convoca al lector dirigiéndose a él abiertamente en ocasiones, dichos personajes se rebelan y son sus propios recuerdos los que hablan y estos recuerdos comprenden la fugaz aparición de mis padres, que para mí duró lo mismo que mi infancia y cuya naturaleza fue tan perturbadora que luego mi memoria transformó un drama burgués en una leyenda. Leyenda que, como les sucede a los países sin historia, me apasiona (esa historia que corre paralela a cada existencia y que ella se empeña en marcar en su posterior y polémica La historia, estando aquí como un telón de fondo entre tanta fábula de supervivencia).  Figuras familiares y otras próximas desfilan en un texto de una exuberancia abrumadora. El mundo femenino limitado y constreñido no encuentra más vías de escape entre la plebe que la imaginación o ese mal llamado oficio más antiguo del mundo, y el fanatismo religioso entre la clase dirigente -las dos descripciones sobre lo que hacer el amor es para una familia opulenta y católica, y para una joven prostituta de provincias llena de contradicciones, pero también de amor, son impagables-, los obstáculos que han de afrontar aquellos que no cuentan con un buen caudal de dinero les reducen a vivir el día a día sin perspectivas de mejorar en el futuro. Mujeres que viven por despecho, orgullosas, supersticiosas, lánguidas, antipáticas, incomprendidas, incapaces de hacerse entender, hombres disolutos y autocomplacientes, apocados, dignos, manipuladores… la galería es amplia y nunca sencilla, cada cual destella luces, oculta sombras y estas sombras vienen de antes, de cuando eran seres pequeños, frágiles, dependientes. Por las líneas de Morante transita tanta literatura, como por la imaginación de Elisa mitos. Poe, Homero, Proust, Goethe, las Bronte, Wilde, Dostoievski…

   Ciertamente no es pequeña empresa emprender esta lectura, son mil páginas, ahora bien, vale la pena, ya lo creo y, necesariamente, piden más de Morante. Enhorabuena a la editorial Lumen a la que apenas se le ha pasado por alto alguna errata, y a la traductora -traducirla y corregirla no ha de ser empresa baladí, en parte porque, necesariamente, ha de haber momentos en que olvides la ortografía y te dejes llevar por esa voz de El(i)sa que se cuenta, que te cuenta, te interroga, te toma como testigo y como cómplice- y, cómo no, a la gran Natalia Ginsburg que tuvo la valentía de leerse tamaño libro -Cesare Pavese lo dejó en sus manos- de una casi novel escritora y aventurarse a publicarlo. Y a Elena Ferrante, cuyo nombre tanto eco encierra de Elsa Morante, por hablar de este libro como de un gran descubrimiento. Eso es es también.

Tuyo es el mañana de Pablo Martín Sánchez

Tuyo es el mañana

 

El día dividido en seis bloques de tiempo: Medianoche, madrugada, mañana, mediodía, tarde, noche. Cada bloque integrado por seis voces, cada voz ocupa un puesto diferente en las distintas partes conforme a una secuencia. Seis personajes narran cuanto les acontece a determinadas horas entre las 00.00 y las 23.15 del día 18 de marzo de 1977. Nada es aquí aleatorio, la arquitectura es un juego de números al que se suma una introducción a los distintos tiempos del día. En ella, una voz diferente se dirige a un niño describiéndole sus origines, su nacimiento y poniéndole en situación sobre dónde está. Es también quien despide el libro, sumando siete intervenciones, cerrando el círculo y alargando su trayectoria, abriendo otro lapso por vivir.

    Clara, una niña sensible e insomne que no quiere ir al colegio por temor a un compañero de clase, una niña con miedo a las reacciones de los mayores, pero pizpireta y audaz con la que es indudable que el autor se divierte hasta que avanza la trama y cumple su cometido en ella. Y que se formula un pregunta que no puedo por menos que consignar aquí: si yo soy la pluma, ¿quién es la azada? (ver respuesta en el libro). Gerardo, un profesor de Política con un duro pasado de tortura y de pérdida que va más allá de su deseo expreso de mantener la memoria como forma de resistencia. Solitario III, un galgo inmigrante irlandés de mucho pedigrí cansado de correr para la gente, animal sensible con atroces pesadillas y cuyo nombre cambiará a lo largo del relato. Carlota, una estudiante de Periodismo liberada, ambiciosa, pero precavida. Un Don José Maria Raich y Ros de Olano -con tanto apellido no podía sino proceder del difuminado régimen franquista- machista, prepotente, mirón, petulante y putero. Y por último Dª Maria Dolores Ros de Olano y Figueroa, madre del ínclito, sacrificada progenitora como dios manda cuya voz, como la del galgo, no es de este mundo, condenada ella, que fue la discreción personificada, la pureza misma, a ser una mirona -menos mal que está la televisión que la informa y entretiene-. La mayoría de los personajes tienen problemas para conciliar el sueño, el miedo es una constante en las vidas de Clara y Solitario, un recuerdo obsesivo en el profesor y en Dª Lola, algo nuevo para Carlota y D. José María. Los hechos se suceden por boca de los protagonistas, otros intervinientes acompasan los hechos, dan pie a las voces para desplegarse y a avanzar la trama que se precipita en la última parte encajando el rompecabezas que hemos ido componiendo con toda la literatura -e información- que, generosamente, nos ha proporcionado el autor.

    Estupenda novela ubicada en plena transición, con diversas líneas argumentales abiertas y sin cerrar, como en estos tiempos. Bien podría situarla en 2017, todo estaba y está sin resolver en nuestro figurado cambio de sistema -quizá el terrorismo no, este ha cambiado de piel-. Las mismas líneas argumentales siguen abiertas. Este Oulipo, Pedro Martín Sánchez, las despliega y, para nuestro divertimento, las adereza con variopintas cotidianeidades, algunas lúdicas, otras no tanto, todas significativas en el desarrollo de los portadores de esta urdimbre, algunas curiosas, otras.., otras se ve que le gustan, sencillamente, y hacen de esta obra un lectura enriquecedora y al mismo tiempo que inquietante, retozona. Un placer.

Buena alumna de Paula Porroni

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Una mujer que volvió a Argentina a su pesar tras acabar la carrera de Arte, retorna años después a Inglaterra, a la ciudad donde estudió, ciudad cuyo ritmo está marcado por la Universidad y ya no le resulta ya acogedora. A su modo de ver y al modo de ver de su madre, es su última oportunidad para hacer algo, un posgrado tal vez, lo que sea que pueda encontrar para culminar su carrera terminada hace demasiados años y por el momento inútil. Malvive en un cuchitril -más tarde malvive de un sitio a otro- y saca algún dinero en un trabajo provisional, pero básicamente vive de lo que su madre le manda e intenta centrarse en preparar una memoria que le permita acceder a una beca en una Universidad de ínfima categoría. Como tema elige la naturaleza muerta, pero lo hace porque puede tirar del hilo del mejor trabajo que hizo en sus tiempos de facultad. La narradora, cuyo nombre nunca sabremos, forma un triángulo que descansa sobre el adjetivo inglés still, quieto, detenido, sin movimiento. Still-life, naturaleza muerta, stillborn, criatura muerta al nacer, y ella, quieta, parada, sin impulso. Frente a este marasmo, el dolor físico que recurrentemente se autoinflinge la buena alumna, nos es presentado como Agua de un sueño en la que es posible renacer, reminiscencia bautismal que resurge con el agresivo baño final en las gélidas y decadentes aguas del mar Báltico.

    El presente está tan presente que incluso los antecedentes sobre el porqué de su estancia están narrados así. Aun visiones de futuro las consigna en presente. La narrativa resulta inmediata, lineal, con anclajes en el dolor físico, una constante en soledad que se repite como un tic. La autora resulta ajena a su propia vida, convencida de no tener un lugar, idea interesante que ella ilustra bien –El mundo dividido desde siempre en dos clases de personas, los huéspedes y los anfitriones. Esta es una división que se produce de manera natural. Tajante. En la infancia. Enseguida se vuelve inmutable. Sobreviene entonces una extraña orfandad. Niños con padres que salen a la caza de otros padres, nuevas familias. Falsos huérfanos, serviles, capaces de hacer o decir cualquier cosa con tal de obtener una invitación. Un escondite.-. Es fácil de desviar de la línea a seguir, temerosa de la vejez –Pienso en la casera, su cuerpo rancio, y juro que no me importa el trabajo que termine haciendo, nunca más voy a dejar de correr. Nunca jamás voy a dejar de ejercitarme. ¡Ay, el sufrimiento!-, superficial, sin voluntad propia -marcada como está por la de su padre, difunto ya cuando acabó el colegio-. La voz que nos cuenta su historia es un voz sin profundidad en el tiempo y sin futuro.

    En resumen, una novela correosa, con sus puntos de acierto, aunque al final resulta un poco como la protagonista, hueca, anodina. No sé decir si eso es un acierto o el lastre. Al principio me parecía acertado, al final ya no tanto y, teniendo en cuenta que no llega a 120 páginas, pues no sé… Esta misma duda, me hace dudar… La oquedad existe, por momentos no creo que haya nadie que pueda quedar indemne en su vida de esa falta de emoción, pero puede resultar, según se trate, más o menos cautivadora. En este caso consecuente es.

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La habitación de Nona de Cristina Fernández Cubas

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Abre el libro de Cristina Fernández Cubas una cita de Einstein La realidad es simplemente una ilusión, aunque muy persistente. Podríamos cambiar los términos y decir que la ilusión es simplemente una realidad, aunque muy persistente, porque persistentes y tenaces son algunas de las ilusiones de estos relatos, otras son inconsistentes y funestas, mudas e incómodas, recurrentes y familiares, tramposas y esperanzadoras o vitales y antiguas. Si bien igualmente podríamos hablar de las realidades en los mismos términos. O casi. Pero también ambas son necesarias, terribles, inexplicables, íntimas o irreductibles. La habitación de Nona está atravesada por todas ellas en un desdoblamiento brillante que da voz a quien no puede y no suele tenerla, una voz cómplice, inocente, sensata y voluntariosa que solo espera que las aguas vuelvan a su cauce. Hablar con viejos, que con El final de Barbro es la que más tiene de juego perverso, convierte una quimera -que siempre tiene a un o una infeliz ilusa detrás- en la nueva ilusión de un ser de pesadilla. En Interno con figura, cuadro que ilustra la portada, la autora, en primera persona, busca e imagina la historia que podría haber detrás de un cuadro, el cuadro se abre a otros ojos, la voz escucha otro relato, tres realidades, tres ficciones y las tres nos las acerca imperiosamente quien no puede hacer sino eso, la narradora. En El final de Barbro, tres hermanas y una sola voz que miran sin ver, casi cuentan sin querer y aprovechan la oportunidad de una venganza más que poética (ridiculizó a quien más queríamos, invadió nuestro terreno, nos robó los mejores recuerdos, se burló de todo lo que respetábamos y nos resarció con el más absoluto desprecio -no se podía expresar mejor, son motivos más que suficientes-), una venganza que no existe puesto que nadie la ve ni la verá. Una variante del léxico familiar algo más transcendente y cuasitenebrosa. Una nueva vida está engarzada con una dulce ironía que comienza en el título y transcurre acompasada por la afirmación de Einstein de que como físico usted sabrá que para mí no existe pasado ni presente, algo que queda demostrado por el sentido roce de una mejilla, aunque a la postre… Y por último Días entre los Wasi-Wano, la más luminosa -que no alegre-, vindicación de un posible paraíso encontrado y del amor -adolescente- por los héroes, por muy cuestionados que queden por los hechos, las acciones u omisiones.

   Dónde termina lo real y comienza lo otro. O viceversa. Cristina Fernández Cubas difumina estos límites. La ilusión de la huida y diferentes formas de caer en la realidad a través de seis relatos de distintos tonos, de tres edades. Nona y los Wasi-Wano abren y cierran con sus ojos inocentes y sus esenciales realidades paralelas, Interno con figura y La nueva vida tienen un mirada más madura, mas no exenta de temor y consciente del ridículo. Hablar con viejas y Barbro son historias tenuemente maléficas y, especialmente Barbro, estupendamente narradas, con ojos jóvenes y atrevidos. Todos los ojos de todos los cuentos también asustados.  

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El mapa calcinado de Kobo Abe

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Caí en las redes de Kobo Abe cuando Siruela publicó La mujer de la arena allá por el ocheta y muchos, después pasó al olvido -el autor, no su novela que se sumó a las que me son más caras y de segura relectura si el tiempo con su hábito de pararse no lo impide-. Aguarda en pendientes El rostro ajeno, comprado en un momento inadecuado por lo que desapareció entre la multitud de volúmenes de todo tipo que inundan la casa, y en una virtual cesta de la compra todos cuantos he visto que están traducidos, claro que algunos, como El mapa calcinado, en Argentina, si bien se puede comprar en España y confío en que los otros también, aunque los tiempos han cambiado y los libros vuelan, previa tarjeta de crédito, de un continente a otro. Por la reseña de Guelbenzu, en quien prácticamente siempre confío, supe de esta obra y me precipité en su búsqueda.

    Kobo Abe, 1923-1993, tokiota de nacimiento, pero crecido en Manchuria. Volvió a su ciudad natal para hacer el servicio militar -lo que le convirtió en antimilitarista-, para estudiar medicina, abandonar la carrera y dedicarse a continuación a la poesía, la novela, el teatro, el cine y seguro que más cosas. El mapa calcinado es de 1967. Wikipedia francesa dixit -esto y algo más-.

   Una mujer dirige una carta a la agencia de detectives T. para que localicen a su esposo Hiroshi Nemuro, jefe de promoción y ventas de la comercial de gas Daimon.

     Leída la carta que firma Haru Nemuro, comienza el relato de los acontecimientos por el detective encargado del asunto, relato que arranca preciso, puntilloso, matemático, sin escamotear detalle del trayecto y el paisaje -blanco, geométrico, turbio-. Él, nunca sabremos su nombre, es meticuloso, concienzudo hasta el extremo, obsesivo, su jefe no requiere tanto de él, a fin de cuentas considera que un detective no es otra cosa que un limpiador de cloacas, que se arrastra en medio de las inmundicias que nunca reciben la luz. Y así será. Un paseo por las zonas oscuras, por lo que hay detrás, por lo que no se ve y nunca se termina de saber, por los huecos que no están en el mapa, el mapa que es necesario trazar para caminar seguros. Él nos conducirá. También podríamos llamarlo el tipo. Hay otros “él” y otros “tipos” a lo largo del relato, dos de ellos, el hermano de Haru y Tashiro, compañero de trabajo del Sr. Nemuro, a veces tienen nombre, pero acaban resultando “él” o “el tipo”. Desaparecen. Nadie sabe de ellos en una sociedad gregaria. Porque hay muchos tipos de desaparecidos en esta ciudad que nos describe nuestro detective, los que están presentes y nadie ve, como Tashiro, los chicos fugados de casa que pasan a engrosar los prostíbulos de las mafias, los taxistas –nubes flotantes– temporales, grupo voraz, los obreros que buscan la ayuda social, los ocultos en un local de pachinko, en un bar, en vasos y vasos de sake… Solo una de sus fuentes de información, el Sr. Toyama, merece que su conversación sea digna de figurar en los informes que el detective presenta, es una presencia firme, con una información fidedigna, tiene un lugar propio donde regresar. Él, a fuerza de minuciosidad, se va explayando, se va dispersando, cada detalle amplía el abanico y el mapa personal del detective se llena de vacíos. Haru, su cliente -una referencia más cercana que su exesposa-, es su principal intriga a pesar de las estrictas normas de la agencia: no han de verlos como seres humanos, sino como el alimento para saciar vuestra hambre. No consigue descifrarla. ¿Qué consolida una identidad fuera del grupo? Ese grupo que no acoge y sí puede matar de diferentes formas activas o pasivas. Esa sociedad que es la base y también la cuerda que estrangula.

    Una pretendida “novela negra” llena de espacios en blanco, la búsqueda de la concreción como punta de lanza del absurdo. ¿Hay una trama en esta investigación en la que el detective encuentra más intrigante y molesta la solicitud de investigación que el paradero del desaparecido? Imágenes poderosas, líricas, en un espacio de cielos blancuzcos, neones estridentes, descampados peligrosos. Desaparición y/o muerte. Godot que no quiere volver, la cucaracha que despierta convertida en una pieza de un engranaje que no encaja. Por más que reflexione, nunca llego a entender por qué me resulta tan terrible el sueño que se repite un par de veces al año, en el cual me persigue la luna radiante. Todo se entrecruza, se entreteje, para volver al definido espacio del comienzo, como una estrofa que se repite cuando ya no hay donde volver.

    Ineludible, como La mujer de la arena, para quien disfrute de Kafka, Beckett, Kristof… Para quien no encuentre siempre las cosas en su sitio, en el que dicen que decían que corresponde. 

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