Apegos feroces y La mujer singular y la ciudad de Vivian Gornick.

 

Vivian Gornick acabó Apegos feroces en 1986, hace 32 años. Casi treinta después, en 2016, publicó La mujer singular y la ciudad. Ambas recogen la biografía emocional -y podríamos añadir que razonada- de una escritora, periodista y activista feminista estadounidense nacida en 1935, emigrante de ascendencia judía y militancia socialista, prematuramente huérfana de padre, crecida en Nueva York, ciudad cuya presencia en el segundo de los títulos, resulta fundamental como complemento de la personalidad que Gormick se ha ido labrando con esfuerzo y constancia. Llega tarde Apegos feroces, aunque es de agradecer, pero llega tarde. Tenía, cuando lo escribió, 51 años y el feminismo estadounidense estaba culminando lo que se ha dado en llamar la Segunda ola feminista anglosajona -la primera fue la que se centró en “superar” obstáculos legales: sufragio, propiedad…, en la segunda, comienzan a enfocarse otro tipo de discriminaciones en las que todavía seguimos-. Sin embargo ambas obras, de fondo claramente feminista, no son un escudo ni un ejercicio de militancia, sino una forma de ser o, más aproximadamente, la expresión, el reflejo de la forma de buscar otra forma de ser, otra manera de vivir.

  Arranca contundentemente y en el Bronx, en un edificio de apartamentos donde la presencia significativa es la de las mujeres … astutas, irascibles, iletradas, parecían sacadas de una novela de Dreiser. Desde el principio la figura de la madre se erige como contrapunto, motor y excusa de Vivian Gornick tanto en el pasado, como en el presente, y a través de una relación conflictiva, feroz -… Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia-. Su vínculo queda enquistado a partir de la viudez de una madre que se alimenta del ayer, para acabar siendo el ayer, paradójicamente, uno de los bálsamos que sosieguen la marejada en la que madre e hija recaen cíclicamente. Lo único que odia es el presente, en cuanto el presente se hace pasado, comienza a amarlo inmediatamente. Cada vez que cuenta la historia, es la misma y también es completamente distinta, porque cada vez que la oigo soy más mayor y se me ocurren preguntas que no la hice nunca. Y frente a su progenitora, en la puerta de al lado de su piso y en el extremo opuesto del paradigma moral materno, Nettie, … viuda, embarazada, pobre y abandonada. Una mujer sin habilidades ni voluntad para ser ama de casa, fantasiosa y sensual. Es a través de ella y de las visitas que recibe en su casa, de quien observa y recibe noticias sobre otra manera de vivir el sexo en la que el atractivo sexual es una forma de poder, la única al alcance. No obstante tanto la madre como Nettie, a su manera, coinciden. en el mensaje: … “Si no consigues un marido eres tonta”. “Si consigues uno y lo pierdes, eres inepta” … una verdad innegociable. El bagaje recibido básicamente de estas dos figuras femeninas, así como su posibilidad de acceder a los estudios universitarios que le permitirán abandonar el Bronx conforman, en un periodo de cambio fundamental para el feminismo, las diferentes presiones que condicionaran su vida y, sobre todo, sus relaciones con los hombres y consigo misma a la hora de asumir una posición diferente de la históricamente asignada al sexo femenino. Una mujer singular, escrita más allá de la madurez rompe -pero no olvida- con ese eterno conflicto entre madre e hija y nos presenta a una Vivian Gormick singular -impar, soltera, peculiar, rara…-,  racionalmente satisfecha, buena amiga, apasionada paseante – una flâneuse– de Nueva York –Al ver cómo la gente se esforzaba de mil maneras distintas por seguir siendo humana […] me sentía menos sola que cuando estaba sola en una calle abarrotada-, fantasiosa exromántica por convicción y con laceraciones –Yo había nacido para encontrar al hombre equivocado. […] … Fue entonces cuando comprendí el cuento de hadas de la princesa y el guisante. Ella no buscaba el príncipe, buscaba el guisante.- Una obra también singular, que en su propia existencia testimonia y apuntala una razón de ser de autora y obra, y se vale de la interpretación de un amigo actor en sus días crepusculares de Textos para nada de Beckett: No hace falta ninguna historia, una historia no es obligatoria, sólo una vida, ese ha sido mi error, uno de mis errores, haber querido una historia para mí, mientras que la vida por sí sola basta.

   

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Corazón que ríe, corazón que llora de Maryse Condé

Maryse Conté nació en 1937 en la isla de Guadalupe y el año pasado recibió el Premio Nobel alternativo, cuya relevancia desconozco, pero que algo, sin duda, ha de significar. Este libro, publicado en 1999, no es quizás el más acertado para empezar a leerla -no obstante en el prólogo lo consideran la mar de oportuno-, ya que se trata de sus recuerdos de la infancia y, junto a otros 3 o 4, recorre su biografía, la cual, sin lugar a dudas, una vez echada una ojeada a su periplo vital, ha de ser sumamente substanciosa. De un autor o autora, prefiero empezar por sus obras de creación -tomando el relato de su vida por una recreación, aunque se podría discutir largo y tendido al respecto-, no necesito conocer su historia antes ni, salvo contadas excepciones, después, pero este pequeño volumen, que, sin grandes intensidades, nos sitúa en una zona del mundo poco conocida por nosotros, rostros pálidos europeos, e ignorada también por su continente madre, África, este sencillo libro de memorias retenidas, atesoradas, consigue despertar mi interés en la obra de Conté por unas cuantas razones.

     Mujer, mulata, hija de la primera profesora de color de la isla y de un padre veinte años mayor que su madre fundador del que llegaría a ser el Banco Antillano, nieta y bisnieta de mujeres violadas y abandonadas, Maryse Condé crece de espaldas a lo que significa ser negro fuera de su isla, pero no porque no salga de Guadalupe -salvo durante los años de la Segunda Guerra Mundial la familia va con regularidad a París-, sino porque su … familia iba por ahí como si su mierda no oliera, una familia de negros que se las daba de blancos. La conciencia social tampoco era un aspecto tenido en consideración y, uno de los mayores aciertos en la narración, es la capacidad de Condé para transmitir sus perplejidades infantiles sin interferencias de la Maryse Condé adulta. El clasismo familiar, la negación del pasado y el carácter contradictorio materno se perfilan como algunas de las premisas fundamentales que marcarán la trayectoria de la persona que devendrá nuestra autora una vez se enfrente, sola y muy joven, primero a Francia, posteriormente a África y, por último, a su isla -… regresar al vientre de mi madre y reencontrar así la felicidad que, al nacer, bien lo sabía, había perdido para siempre-. A estas circunstancias, minoritaria dentro de las minorías -mujer dentro de la literatura antillana-, se suman, a la hora de despertar algo más que curiosidad por su obra, unas cualidades que se encuentran ya en la niña antillana: una pluma nada condescendiente, abrumadoramente sincera que, ya en sus primeros escritos, le trae consecuencias desastrosas de cara a su mejor amiga y a su propia madre. Como lectora, la literatura le abrió puertas y ha llegado lejos con su propia voz, muy personal, que, sin dudas, ha cambiado el color de la máscara. Tenía “piel negra, máscara blanca”, como escribió Frantz Fanon pensando en mí. 

Melancolía de la resistencia de László Krasznahorkai

Cuando acabas Melancolía de la resistencia, siguiendo las propias palabras del autor ante la ruptura de la antigua y fraterna alianza entre Cielo y Tierra, quedas, quedaremos … alelados, como corresponde, sin entender nada, y miraremos tiritando como la luz se aleja de nosotros.

     Publicó este libro Krasznahorkai en 1989, tras dos años de manifestaciones y revueltas en una Hungría que, ese mismo año, alcanzaría el pluralismo político en octubre, con una oposición ya organizada en el gobierno y caído en mayo el muro que la separaba de Austria. El gigante ruso agonizaba y desde que escribiera Tango satánico, se habían sucedido cambios convulsos en el país. En estas circunstancias, Krasznahorkai crea una novela que muy bien podría leerse como un retablo en el que a la izquierda –Introducción. Circunstancias extraordinarias– el autor pinta el periplo de dos mujeres antagónicas en un ambiente de inminencia de algún tipo de acontecimiento trágico; en la parte derecha y final del tríptico –Deducción. Sermo super sepulcrum-, las recupera al término de la turbamulta que, como un tsunami, han arrasado la parte central del retablo por el que, con sinuosa, fluida y ardiente prosa, nos ha arrastrado Laszlo Krasznahorkai, Debate. Las armonías de Werckmesteis-. Como en su anterior obra, las interpretaciones de personajes, hechos, frases, líneas argumentales, etc., son intrincadas, que no confusas, y el humor es cáustico, sutil, refinado -las guindas al ron que unen a las dos protagonistas-, grotesco -esa ballena muerta y sus adláteres varados en una villa de provincias-, inteligente -las ratas invasoras del cuarto de la Sra. Eszter-, travieso -el cambio de afinación respecto a la armonía tradicional, la de Werckmestein, con un Bach desagradablemente afinado respecto a un sistema supuestamente más perfecto-, tenebroso -el movimiento celeste al compás de dos borrachos, dos confusos cuerpos celestes-, patético -la unión entre el profesor de música y el joven soñador-, de cesión lenta y también rápido, y digo humor donde también podría decir acidez o lirismo o juego o corriente imparable. La parte central, Las armonías de Werckmesteis, abre, desde su título que engloba el grueso de la novela, un haz de líneas temáticas que se entrecruzan a lo largo del relato, más armónicamente de lo que pueda parecer. Expuestas a través de la neurosis y el pesimismo del músico inicialmente adverso a la vida y obsesionado por un imponderable, deslizándose al compás de un espectáculo descabellado que al tiempo seduce e impulsa una desazón tensa y generalizada, ilustrando la ruptura, la revolución silenciosa que acaba paralizada por la falta de resistencia, concertando a través de un poder omnipresente capaz de aprovechar las circunstancias para aposentarse y encontrar la eufonía necesaria. Como Krasznahorkai, Valuska tiene treinat y cinco años, treinta y cinco años navegando por el mágico silencio del cielo estrellado, […] treinta y cinco años de patológica obnubilación y es el único que camina sin miedo, en medio del caos,  entristecido porque … algunos declararan en tono categórico vivir “en un infierno sin perspectiva, entre un futuro pérfido y un pasado inaccesible a la memoria”, hasta que comprende la realidad de un ejército de sombras. Él y el Sr. Eszter se deslizan por un proceloso y personal sentido y sentimiento filosófico, consustancial a la prosa de Krasznahorkai, que, en estos personajes, voluntariamente compite con el ridículo. El pragmatismo de ambas mujeres, absolutamente divergente frente al dispar absentismo de la realidad de Valuska y el Sr. Eszter, pone en danza cuatro fórmulas de supervivencia con la basura como paisaje regular, omnipresente. La consigna programática como cantinela novedosa, creativa, infantilizante. PATIO LIMPIO. CASA ORDENADA. La alegría de la renuncia frente a la pasión gélida de la crueldad de la que ni los niños están a salvo, tanto a la hora de ejercerla como de recibirla. La arbitrariedad como una constante, la necesidad como una pulsión y es que … en las ruinas está la construcción. Lo patético de la mano de lo elegíaco, en medio de una épica agónica,  El final es, sencillamente, mordaz, rotundo, brillante y he tenido que leerlo tres veces -la primera del tirón -¡Ah, los puntos y aparte! Para Krasznahorkai no existen-, la segunda para entenderlo bien y la tercera para disfrutarlo en profundidad.     

     Ciertamente, no es para todo tipo de lector, ni de lectora. Él mismo, por boca del director del circo en su autodefensa final, aventura que el público se había quedado estancado en la inmadurez, de modo que un triste destino aguardaba a quien se basara en la fuerza motriz de las manifestaciones artísticas excepcionales. Un triste destino… No se puede leer con prisas, porque una vez que te dejas llevar por su prosa torrencial, que se desliza y enreda cuanto encuentra a su paso, tienes que tomarte un rato para quedarte un poco colgada de la parra, dándole vueltas a lo leído y sugerido. Y pasan lo días, y aún te acuerdas. Además del libro, está Bela Tarr, con quien colabora y que ha hecho de Melancolía de la resistencia bajo el título de Armonías de Werckmeister y de Tango satánicoSatantango-, dos películas inclasificables, de escenas verdaderamente magistrales y dignas de ser vista de vez en cuando, con una cierta regularidad. Y por último, otra cita -pondría más-: … el hombre interpreta la anarquía de los hechos como una molesta muestra de incompetencia, a cuya inquietante repetición reacciona entonces con  la fuerza cáustica de la burla…

Los asquerosos de Santiago Lorenzo

Nada sabía de obra y autor. Fue el azar lo que me llevó a leer Los asquerosos tras acabar A contrapelo de Huysmans, el azar y la frase de una muy buena amiga acerca de lo mucho que le había gustado el libro -con el título, quieras que no, te quedas-. El azar, la confianza y la estupenda edición, tan cuidada, tan sencilla, tan sugerente. Cuando compras así, puro impulso y además absolutamente en contra de tus decrépitas finanzas, empiezas el libro casi al momento y, si la lectura resulta ser una maravillosa serendipia que conduce al alma gemela de Des Esseintes pero absolutamente a contrapelo de este, el gozo puede resultar mayúsculo.

     Un infeliz de los que hay a montones en estos tiempos, por una fatalidad en forma de energúmeno y antidisturbios, aterrado ante la posibilidad de habérselo cargado, pero seguro de haberlo herido, decide huir ayudado por su tío, otro infeliz que, en realidad, ya no es su tío pues que se separó de la que sí que sería su tía sanguínea, pero con la cual no tiene trato, de la misma manera que tampoco lo tiene, casi podríamos decir que desde la infancia, con sus padres. Y es este más amigo que tío quien nos cuenta la huida de su sobrino postizo, Manuel, a la España deshabitada, esa de la que, en periodo electoral, se acuerdan todos los candidatos, pero que permanece vacía y vaciándose. Si Des Esseintes era un personaje saturado de sociedad que se retiraba a un bastión diseñado por él hasta en los más ínfimos detalles, Manuel es un pringado -que no tonto- ansioso de integración social y amistad –no se notaba notado– que se ve obligado a refugiarse en una de esas casas abandonadas de un ruinoso pueblo en medio de ninguna parte, en uno de los pocos restos que quedan en pie, nada acorde con un edén rural, con sus metritos de formica, de melanina y de acero inoxidable, con su sintasol y su terrazo en el piso... Y allí ha de aprender Manuel a vivir con lo poco que queda, sus propios recursos y la intendencia que recibe gracias al plan que su tío pergeña para mantener el anonimato de su caro expariente político. Si en A contrapelo todo es exquisito, exhaustivo, deslumbrante y carece de hilo narrativo, en Los asquerosos en ningún momento suelta el autor la línea del relato, valiéndose de un lenguaje por un lado absolutamente práctico, pero rico en sí mismo, sin necesidad de alusiones, citas ni imposturas, con una gracia natural en su construcción que, no por graciosa, es menos agria, probablemente al contrario. Como sin querer, van surgiendo temas que siempre deberían ser actuales y, por lo tanto, dignos de consideración, como cuáles son en realidad las necesidades de cada uno, para qué sirve el trabajo, si es posible vivir al margen, si no será deseable, si tanta abundancia de todo tipo es francamente provechosa, si no valdrá la pena estar al mando de nuestros ratos -de tiempo, claro está-, etc. Y la mirada que dirige hacia muchos de nuestros semejantes, una mirada extrañada es, probablemente, tan incómoda como la del antitético y alejado pariente del XIX, Des Esseintes. Va a ser verdad que los extremos se tocan, aunque sea de culo -con perdón-. Una novela inteligente, divertida, muy divertida, no tanto por lo que acontece -que es narrado por el supuesto familiar con una mezcla de amor, admiración y envidia-, como por su libérrima expresión, mezcla de modernidad, antigüallas, palabras recreadas o inventadas, una de las cuales, “mochufa”, cuyo significado queda perfectamente explicado a lo largo de la segunda parte del relato, pasa a emparentarse con los carnuzos buñuelistas y a engrosar un posible vocabulario, resumiendo un montón de cosas. Y el final de la historia, la hace crecer. Sé que es una obra que provoca, es decir, que se está a favor o en contra, mas ya de su título se podría deducir. Resulta, pues, absolutamente coherente y eso, a mí, me gana. Leeré más de Santiago Lorenzo a medida que el menguado pecunio me alcance y veré su cine anterior. De hecho ya vi Mamá es boba y, la verdad, no tiene maldita la gracia y sí, mucho real y cruel vodevil. ¿O debería decir zarzuela?

A contrapelo de J.-K- Huysmans

Huysmans, hijo de padre neerlandés y madre francesa, nace en París en 1848. Forma parte, junto a Guy de Maupassant y otros, del círculo más próximo a Zola, siendo un naturalista convencido hasta que en 1884, tras una crisis nerviosa y después de un retiro en Fontenay-aux-Roses y una estancia en el castillo de Lourps, publica la obra que nos ocupa, obra que originaría su alejamiento del maestro. Y como su título indica, es una obra a la contra. Lo de A contrapelo, opción del traductor para la cual sus razones tendrá, no me parece una expresión ni acertada ni acorde con el lenguaje, la exquisitez y el fino humor que destila Huysmans. A raíz de esta obra, uno de los muchísimos autores en ella mencionados, el católico Barbey d’Aurevilly que aún no lo conocía, escribió:: Aprés un tel livre, il ne reste plus à l’auteur qu’à choisir entre la bouche d’un pistolet ou les pieds de la croix*. Y veinte años después, el propio Huysmans le reconoce el acierto en un interesante prefacio donde, a pesar de su ya profunda religiosidad, subscribe mucho de lo escrito, aunque hay algunos capítulos que, bien por sacrílegos, bien por poco respetuosos con el sexto mandamiento -este, casual e involuntariamente no es otro que el capítulo VI- no suprime, mas sí rechaza. En esta relectura el autor observa, diseminadas, las semillas de sus futuras obras y, cualquier avezado lector, encontrará también un venero de fórmulas y corrientes literarias que fluirán en adelante y que van desde la memoria a través de los sentidos de Proust, a la ruptura y el desgaste del relato por la reiteración de los argumentos que rondará y ronda a novelistas del XX y XXI, el venidero Oulipo y sus exhaustivos y juguetones afanes y listados, el aburrimiento existencial sartriano, etc.

     De su periodo de descanso toma Joris Karl -nombre que adoptó como escritor pues en verdad el suyo era Charles Marie George- el castillo de Lourps para cuna del protagonista, Des Esseintes, último de una estirpe feudal en sus estertores finales, y Fontenay, como el lugar de retiro elegido por el mismo Des Esseintes dado su hastío hacia una sociedad harto y profundamente frecuentada. Tras una breve presentación, el autor procede con la novela que, a excepción de un hilarante viaje a Londres sin salir de París, va a desarrollarse en el nuevo hogar del aristócrata y girará sobre…, sobre sí misma, que viene a ser, sobre la casa, las manías del morador, su concepto de…, sus conceptos en general, tanto decorativos, como sociales, literarios, musicales, teatrales… Y hay, sin duda, quien piense, pues menudo peñazo. Dicho así, como lo he dicho, pues puede parecerlo -sobre todo a quienes busquen películas de acción escritas-, pero nada más lejos. Valiéndose de algunos de los principios naturalistas, la descripción del hogar que pergeña este misántropo es absolutamente pormenorizada, con un lenguaje preciso, radicalmente exhaustivos y, si no técnico, sí muy especializado. Su ética no se ciñe a nada, todo pasa por el carácter elitista y neurótico del protagonista y algunos de sus juicios y acciones son francamente reprobables -y ¿a qué negarlo?, finamente tronchantes-. Toda esta armería subscrita junto a su gran futuro examigo Zola, la vuelve Huysmans contra, sobre todo, la execrable vulgaridad en la que la persona, o mejor dicho el hombre sensible -no la mujer, uno de los motivos de que el efectivo y, a veces, acertado Houellebecq lo tenga en tan altísima estima-, como decía, la abominable ordinariez a la que él, sumamente exquisito, debe enfrentarse. Y en su ardor por los inventarios, comienza por los escritores latinos considerados, en sus tiempos, como decadentes, y, en su reivindicación de todo aquello que va contracorriente, el término decadencia gira sobre sí mismo para convertirse en la panacea. De educación laica, Huysmans, hace a Des Esseintes alumno de los jesuitas y defensor de su inteligencia formadora en tiempos en los que los jesuitas son alejados de la enseñanza en Francia -el propio autor hubo de renunciar a escribir en un revista que los defendía, si quería conservar su trabajo como funcionario-. Pasa también revista a los escritores católicos, a los laicos -¡Ah, Baudelaire y Poe, Verlaine, Mallarmé! Los malditos por excelencia. Rimbaud y Laforgue faltan por no haber publicado todavía-. El culto al artificio y al maquillaje se despliega por cada habitación de la casa, por cada uno de sus sentidos -para la vista, elegir los colores dependiendo de las luces y él prefiere la noche; las flores cuanto más artificiosas parezcan, más bellas; los perfumes de esencias lejanas, etc.- Todo envuelto en un hipocondría creciente, una abominación social, un horror a la promiscuidad sea esta de la carne o del gusto: Goya, Rembrant, se vuelven banales por su aceptación generalizada, los conciertos profanos prohibidos por el contacto con la plebe… Y Schopenhauer que aquí le gana la partida con su pesimismo a la religión, superbe legende, -más adelante la perderá- y su concepto del amor, que Des Esseintes no recoge, pero recrea con el recuerdo de su obsesión por la acróbata Urania. Es una obra relativamente corta, pero, créanme, inagotable. Cada capítulo es una fuente de información y de deformación, en el sentido del título, dándole la vuelta, re-formando, re-componiendo. Un placer que, por su profusión y su hilo apenas hilvanado, permite caerle encima en cualquier momento. Una gozada, con la risa bajita, retrancosa, sorprendida, admirativa. Ese capítulo de la tortuga, ese penúltimo capítulo, ese capítulo VI, ese final del segundo capítulo, ese… Imposible de resumir, si bien su desesperanza se pueda entender en frases como C’était le grand bagne de l’Amerique transporté dans notre continent**. Lo que en algún punto él, Huysmans – Des Esseintes -que también dicen, decían tenía mucho del aristócrata, poeta y simbolista Robert de Montesquiou-, lo que abomina como la aristocracia del dinero.

      Si son buenos o buenas lectoras, no dejen de hincarle el diente. ¡Ah, y si les gusta Buñuel, tampoco! Y si hay autores, cuadros, flores, olores, piedras preciosas, etc. que desconocen, búsquenlos, descúbranlos, disfrútenlos.

*Tras semejante libro, al autor tan sólo le queda elegir entre la boca de una pistola o los pies de la cruz.

**Es la gran mazmorra americana trasladada a nuestro continente.

King, una historia de la calle de John Berger

Las obras de Berger no suelen ser obras compactas, cerradas, controladas hasta en los más mínimos detalles, pero están llenas de los más mínimos detalles, abren zonas oscuras, quiebran discursos lineales, derraman hechos, sensaciones, sentimientos, preguntas, imágenes… y cada frase, cada palabra tiene su propio sentido y se relaciona con todo lo demás.

     King es un perro vagabundo, sin embargo está unido a una pareja que vive en un solar abandonado que a pesar de ello tiene un dueño y una particular geografía. Su amigo del alma se hace llamar Vico, como Giambatista Vico y se hace llamar así porque Vico fue el primer pensador que se dio cuenta de que Dios no tenía poder, Vico supo, reconoció y escribió que los perpetradores de la Historia eran los hombres y que, por lo tanto, la Histotia era en sí una ciencia susceptible de ser conocida y estudiada ya que no dependía de ningún ser supremo. Y a través de los ojos de King, vamos a seguir la historia de este otro Vico y su compañera, Vica, y de aquellos que habitan este paisaje ignorado que va a dejar de ser ignorado para entrar en un proceso lucrativo y, en consecuencia, de progreso, civilizador. Lo que nadie veía porque estaba escondido en las proximidades de una gran autopista se ha hecho visible y quienes allí están pasarán a ser una molestia: un error. No existe un error derrotado. Los errores existen o no existen, y si existen, han de ser escondidos. En esta novela sobre las personas excluidas del circulo de consumo en el que la humanidad gira, por respeto y para evitar la compasión, elige Berger la mirada de un perro y los trazos filosóficos de un napolitano que inició otro forma de mirar, alejada del cartesianismo y más próxima al ser humano –¿Cómo puede salir nada real de una abstracción?-. El contraste entre la mirada limpia de King y los acontecimientos que van cercando a los protagonistas –La violencia es por lo general rápida. Cuando es lenta … no hay escapatoria.-; el concepto del tiempo estancado por la falta de perspectivas y el dolor del pasado -… yo ya sé que en la hora siguiente no voy a hacer lo que tengo que hacer. Tengo que poner fin a esa hora.-, el olor del fracaso y de la locura… Es un libro breve, el paseo de un perro en apenas un día, no es desgarrador, sí punzante. Os lo habéis buscado. Esa es la frase que por lo general precede a la tortura, a la violación, al asesinato

     Los pobres, si están cerca, molestan. A los pobres, como a los herejes del XVII -a Bruno, por ejemplo, 68 años antes de nacer Vico-, los queman. Giambattistas Vico decía que la historia se repite, pero en forma de espiral, como un eterno retorno que se va ensanchando. Piensa el perro en esta novela que si hay una fuerza del mal -que sí, a mí me parece que la hay, y es muy potente-, tiene que haber la contraria. Pero King es solo una narración más, formalmente, no ambiciona tanto como G, tampoco se lanza a un recorrido tan exhaustivo, pero sigue comprendiendo -en sus cuatro acepciones: abrazar, contener, entender, justificar- lo esencial.  Es un grandísima novela. Y el final es magnífico.

G de John Berger

Cuando en 1972 John Berger recibió el Premio Booker por esta novela, la mitad del premio se la cedió a los Panteras Negras y con la otra mitad financió lo que sería Un séptimo hombre, estudio sobre las experiencias de los trabajadores migrantes, trabajadores explotados por empresas como Booker McConnell, que le otorgaba el premio y cuyos vínculos con las plantaciones en régimen de esclavitud en los países del Caribe denunció en el momento de recibirlo acompañado por un representante de los antedichos Panteras Negras. Ese mismo año, a la encorsetada visión del arte recogida por Kenneth Clarks en la serie televisiva Civilización, Berger respondió con la inteligente, fresca y diferente Modos de ver que, a quien no la haya visto, le recomiendo no pierda el tiempo y se vaya ya a disfrutarla en Youtube.

     Toda minoría dirigente tiene que acallar y, si es posible, matar, proponiéndoles un presente continuo, el sentido del tiempo de aquellos a quienes explota. Como minoría dirigente dentro de su propia novela, John Berger, paradigma de la coherencia, nos ofrece una novela fraccionada, donde, como en un fresco dialéctico y marxista, todo está relacionado, ahora bien, ciertamente, los y las lectoras no somos explotados, pero sí impelidos a cuestionar, obligados a relacionar, arrastrados a mirar. No es fácil abordar esta obra, si bien para eso ha sido escrita y por eso mismo abre tantos flancos, empezando por el título, G. Siguiendo un principal hilo temporal, conocemos a los progenitores del ilegítimo G: un burgués algo ridículo, pero afortunado y temeroso de las masas, y una norteamericana liberada, pero hija de un general británico y perteneciente a una clase extemporánea y parásita que considera que el honor comienza con un hombre y un caballo. En la narración, el exquisito sentido del humor bergeriano es acompasado por las circunstancias históricas, en general simultáneamente al desarrollo de los hechos, hechos estos que, curiosamente, parecen no afectar personalmente a G, fruto extraño de una sociedad en continua decadencia que dialoga o se contrapone a otra sociedad emergente en la que a su vez también se establece una dialéctica frente a la que G pretende permanecer al margen. G de Garibaldi, o de Don Giovanni -es decir, Don Juan-, o del mismísimo punto G. Porque diríase que este joven al que acompañaremos durante momentos trascendentales de finales del XIX y principios del siglo XX hasta llegar a los comienzos de la Gran Guerra, tiene una habilidad especial con las mujeres, cuya vida cambia al conocerlo. No es ese ángel pasoliniano que unos años antes cambiaba las vidas de una familia burguesísima en Teorema, mas es inevitable recordarlo y avistar una cierta sintonía entre ambos escritores de izquierdas.

     Demasiado prolijo decir cuáles son las líneas fundamentales que desarrolla la novela. Están las guerras y los conflictos de clase, necesariamente conectados. Ya en el primer capítulo se anuncian con la sencilla mención de la inocencia de la nación italiana y Garibaldi –¿Con qué clase de hombre -con su total integridad personal- se podía engañar más satisfactoriamente a la mayoría de la nación italiana?-, continúan con la matanza perpetrada por el general Beccaris en 1898 contra la clase obrera milanesa en manifestación, sigue con la guerra de los Boers y una magnífica síntesis en un párrafo memorable sobre el imperio británico del que no me resisto a recoger el final: Una mitad del Imperio disfruta del verano, mientras la otra mitad está en invierno; a la hazaña realizada por el peruano Chávez de cruzar los Andes, la acompañan, sotto voce, las matanzas belgas perpetradas en el Congo, nada lejanas de otras similares en otras colonias, mientras G cena primero y pasea después con un ingeniero de la Peugeot y un directivo de la Pirelli, clase dirigente que tiene claro cómo relegar a Marx y superar las posibles revueltas obreras: Los dirigentes de las masas trabajadoras no querían el poder. Sólo querían mejoras. […] De vez en cuando sacan a relucir la palabra socialismo. Esa palabra equivale a la ruptura temporal de las negociaciones, pero siempre con la intención de reiniciarlas. Si formamos adecuadamente a la gente, si aprovechamos la ciencia moderna, refrenamos el poder de la monarquía y confiamos en el sistema parlamentario, no hay razón alguna para pensar que el orden social actual vaya a cambiar violentamente. Desemboca en los conflictos nacionales centrados en la ciudad de Trieste poco después de las guerras balcánicas -guerras recidivas- y a punto de unirse Italia a la Primera Guerra Mundial, a una de cuyas más sangrientas batallas asistimos mientras que el austríaco Von Hartmann de las fuerzas de ocupación austrohúngaras reflexiona sobre el poder que ejerce sobre su mujer.

     Esta es parte de la convulsa realidad social que se entrevera en la vida de un diletante cuyo centro de interés parece radicar en las mujeres y es a las mujeres –Para Anya y para sus compañeras del Movimiento Feminista de Liberación Femenina– a quien va dedicado el libro. G, por momentos, ejerce de catalizador, por momentos semeja asumir la voz del autor, a veces se diría un dios iluminador o un mito erótico. G sirve para desvelar la situación de dependencia femenina que, con la maternidad, triplica su papel a interpretar -objeto sexual, marioneta social, agente de los hijos del esposo-, se demuestra ajeno a cualquier conflicto social, pero desempeña un rol frente a las mujeres y es un rol sumamente egocéntrico e hipersexualizado. G no es sino un instrumento que a medida que el tiempo avanza, se siente más insatisfecho y su forma de intervención es, invariablemente, por mediación femenina. Frente a los distintos tipos de mujer que se cruzan en su camino, ejerce un papel de superioridad por su sexo y por su estatus económico, sin embargo, a veces, se da una aparente fusión con el autor que, sin embargo, de vez en cuando, también explicita su posición como tal dentro del relato. En todo caso, la voluntad femenina de desembarazarse de sus roles, consciente o inconscientemente, está ahí y solo le cabe crecer lo cual, para el propio personaje tiene sus consecuencias, como las tiene el paso del tiempo y el aburrimiento. 

     Una novela ambiciosa que parte de la premisa de que la narración ya no puede ni debe ser lineal, que la precisión no existe, que tampoco valen las generalizaciones -y en la sexualidad, menos-, que sí que existe el miedo y algo por encima del miedo, que… Vale la pena leerlo. Está maravillosamente escrita, con temas y sensaciones que viven, avanzan, se repiten, lírica, erótica, reveladora, lúcida. Es amplia, es profusa, es rica, es polémica, sigue siendo actual.  Es, era, siempre será, John Berger, más joven, más arriesgado, más temerario.