King, una historia de la calle de John Berger

Las obras de Berger no suelen ser obras compactas, cerradas, controladas hasta en los más mínimos detalles, pero están llenas de los más mínimos detalles, abren zonas oscuras, quiebran discursos lineales, derraman hechos, sensaciones, sentimientos, preguntas, imágenes… y cada frase, cada palabra tiene su propio sentido y se relaciona con todo lo demás.

     King es un perro vagabundo, sin embargo está unido a una pareja que vive en un solar abandonado que a pesar de ello tiene un dueño y una particular geografía. Su amigo del alma se hace llamar Vico, como Giambatista Vico y se hace llamar así porque Vico fue el primer pensador que se dio cuenta de que Dios no tenía poder, Vico supo, reconoció y escribió que los perpetradores de la Historia eran los hombres y que, por lo tanto, la Histotia era en sí una ciencia susceptible de ser conocida y estudiada ya que no dependía de ningún ser supremo. Y a través de los ojos de King, vamos a seguir la historia de este otro Vico y su compañera, Vica, y de aquellos que habitan este paisaje ignorado que va a dejar de ser ignorado para entrar en un proceso lucrativo y, en consecuencia, de progreso, civilizador. Lo que nadie veía porque estaba escondido en las proximidades de una gran autopista se ha hecho visible y quienes allí están pasarán a ser una molestia: un error. No existe un error derrotado. Los errores existen o no existen, y si existen, han de ser escondidos. En esta novela sobre las personas excluidas del circulo de consumo en el que la humanidad gira, por respeto y para evitar la compasión, elige Berger la mirada de un perro y los trazos filosóficos de un napolitano que inició otro forma de mirar, alejada del cartesianismo y más próxima al ser humano –¿Cómo puede salir nada real de una abstracción?-. El contraste entre la mirada limpia de King y los acontecimientos que van cercando a los protagonistas –La violencia es por lo general rápida. Cuando es lenta … no hay escapatoria.-; el concepto del tiempo estancado por la falta de perspectivas y el dolor del pasado -… yo ya sé que en la hora siguiente no voy a hacer lo que tengo que hacer. Tengo que poner fin a esa hora.-, el olor del fracaso y de la locura… Es un libro breve, el paseo de un perro en apenas un día, no es desgarrador, sí punzante. Os lo habéis buscado. Esa es la frase que por lo general precede a la tortura, a la violación, al asesinato

     Los pobres, si están cerca, molestan. A los pobres, como a los herejes del XVII -a Bruno, por ejemplo, 68 años antes de nacer Vico-, los queman. Giambattistas Vico decía que la historia se repite, pero en forma de espiral, como un eterno retorno que se va ensanchando. Piensa el perro en esta novela que si hay una fuerza del mal -que sí, a mí me parece que la hay, y es muy potente-, tiene que haber la contraria. Pero King es solo una narración más, formalmente, no ambiciona tanto como G, tampoco se lanza a un recorrido tan exhaustivo, pero sigue comprendiendo -en sus cuatro acepciones: abrazar, contener, entender, justificar- lo esencial.  Es un grandísima novela. Y el final es magnífico.

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G de John Berger

Cuando en 1972 John Berger recibió el Premio Booker por esta novela, la mitad del premio se la cedió a los Panteras Negras y con la otra mitad financió lo que sería Un séptimo hombre, estudio sobre las experiencias de los trabajadores migrantes, trabajadores explotados por empresas como Booker McConnell, que le otorgaba el premio y cuyos vínculos con las plantaciones en régimen de esclavitud en los países del Caribe denunció en el momento de recibirlo acompañado por un representante de los antedichos Panteras Negras. Ese mismo año, a la encorsetada visión del arte recogida por Kenneth Clarks en la serie televisiva Civilización, Berger respondió con la inteligente, fresca y diferente Modos de ver que, a quien no la haya visto, le recomiendo no pierda el tiempo y se vaya ya a disfrutarla en Youtube.

     Toda minoría dirigente tiene que acallar y, si es posible, matar, proponiéndoles un presente continuo, el sentido del tiempo de aquellos a quienes explota. Como minoría dirigente dentro de su propia novela, John Berger, paradigma de la coherencia, nos ofrece una novela fraccionada, donde, como en un fresco dialéctico y marxista, todo está relacionado, ahora bien, ciertamente, los y las lectoras no somos explotados, pero sí impelidos a cuestionar, obligados a relacionar, arrastrados a mirar. No es fácil abordar esta obra, si bien para eso ha sido escrita y por eso mismo abre tantos flancos, empezando por el título, G. Siguiendo un principal hilo temporal, conocemos a los progenitores del ilegítimo G: un burgués algo ridículo, pero afortunado y temeroso de las masas, y una norteamericana liberada, pero hija de un general británico y perteneciente a una clase extemporánea y parásita que considera que el honor comienza con un hombre y un caballo. En la narración, el exquisito sentido del humor bergeriano es acompasado por las circunstancias históricas, en general simultáneamente al desarrollo de los hechos, hechos estos que, curiosamente, parecen no afectar personalmente a G, fruto extraño de una sociedad en continua decadencia que dialoga o se contrapone a otra sociedad emergente en la que a su vez también se establece una dialéctica frente a la que G pretende permanecer al margen. G de Garibaldi, o de Don Giovanni -es decir, Don Juan-, o del mismísimo punto G. Porque diríase que este joven al que acompañaremos durante momentos trascendentales de finales del XIX y principios del siglo XX hasta llegar a los comienzos de la Gran Guerra, tiene una habilidad especial con las mujeres, cuya vida cambia al conocerlo. No es ese ángel pasoliniano que unos años antes cambiaba las vidas de una familia burguesísima en Teorema, mas es inevitable recordarlo y avistar una cierta sintonía entre ambos escritores de izquierdas.

     Demasiado prolijo decir cuáles son las líneas fundamentales que desarrolla la novela. Están las guerras y los conflictos de clase, necesariamente conectados. Ya en el primer capítulo se anuncian con la sencilla mención de la inocencia de la nación italiana y Garibaldi –¿Con qué clase de hombre -con su total integridad personal- se podía engañar más satisfactoriamente a la mayoría de la nación italiana?-, continúan con la matanza perpetrada por el general Beccaris en 1898 contra la clase obrera milanesa en manifestación, sigue con la guerra de los Boers y una magnífica síntesis en un párrafo memorable sobre el imperio británico del que no me resisto a recoger el final: Una mitad del Imperio disfruta del verano, mientras la otra mitad está en invierno; a la hazaña realizada por el peruano Chávez de cruzar los Andes, la acompañan, sotto voce, las matanzas belgas perpetradas en el Congo, nada lejanas de otras similares en otras colonias, mientras G cena primero y pasea después con un ingeniero de la Peugeot y un directivo de la Pirelli, clase dirigente que tiene claro cómo relegar a Marx y superar las posibles revueltas obreras: Los dirigentes de las masas trabajadoras no querían el poder. Sólo querían mejoras. […] De vez en cuando sacan a relucir la palabra socialismo. Esa palabra equivale a la ruptura temporal de las negociaciones, pero siempre con la intención de reiniciarlas. Si formamos adecuadamente a la gente, si aprovechamos la ciencia moderna, refrenamos el poder de la monarquía y confiamos en el sistema parlamentario, no hay razón alguna para pensar que el orden social actual vaya a cambiar violentamente. Desemboca en los conflictos nacionales centrados en la ciudad de Trieste poco después de las guerras balcánicas -guerras recidivas- y a punto de unirse Italia a la Primera Guerra Mundial, a una de cuyas más sangrientas batallas asistimos mientras que el austríaco Von Hartmann de las fuerzas de ocupación austrohúngaras reflexiona sobre el poder que ejerce sobre su mujer.

     Esta es parte de la convulsa realidad social que se entrevera en la vida de un diletante cuyo centro de interés parece radicar en las mujeres y es a las mujeres –Para Anya y para sus compañeras del Movimiento Feminista de Liberación Femenina– a quien va dedicado el libro. G, por momentos, ejerce de catalizador, por momentos semeja asumir la voz del autor, a veces se diría un dios iluminador o un mito erótico. G sirve para desvelar la situación de dependencia femenina que, con la maternidad, triplica su papel a interpretar -objeto sexual, marioneta social, agente de los hijos del esposo-, se demuestra ajeno a cualquier conflicto social, pero desempeña un rol frente a las mujeres y es un rol sumamente egocéntrico e hipersexualizado. G no es sino un instrumento que a medida que el tiempo avanza, se siente más insatisfecho y su forma de intervención es, invariablemente, por mediación femenina. Frente a los distintos tipos de mujer que se cruzan en su camino, ejerce un papel de superioridad por su sexo y por su estatus económico, sin embargo, a veces, se da una aparente fusión con el autor que, sin embargo, de vez en cuando, también explicita su posición como tal dentro del relato. En todo caso, la voluntad femenina de desembarazarse de sus roles, consciente o inconscientemente, está ahí y solo le cabe crecer lo cual, para el propio personaje tiene sus consecuencias, como las tiene el paso del tiempo y el aburrimiento. 

     Una novela ambiciosa que parte de la premisa de que la narración ya no puede ni debe ser lineal, que la precisión no existe, que tampoco valen las generalizaciones -y en la sexualidad, menos-, que sí que existe el miedo y algo por encima del miedo, que… Vale la pena leerlo. Está maravillosamente escrita, con temas y sensaciones que viven, avanzan, se repiten, lírica, erótica, reveladora, lúcida. Es amplia, es profusa, es rica, es polémica, sigue siendo actual.  Es, era, siempre será, John Berger, más joven, más arriesgado, más temerario.

Amor de Hanne Ørstavik

Vayamos por parte. Esta novela data de 1997 y arranca con una promesa a muy largo plazo, se desarrolla en presente durante una tarde y una noche en la vida de Vibeke y su hijo, Jon, que al día siguiente cumplirá nueve años. La narración, hasta más de la mitad, mantiene la atención gracias al itinerario del niño que vagabundea por un paisaje frío de temperatura, pero no de calor humano, si bien, este calor no es el que el chaval necesita y su trayectoria errática nos mantiene a los lectores a la expectativa, anticipando una futura tensión. En este relato casi cinematográfico, la madre es un personaje hueco, vacío. No hay carne a la que agarrarse – La vida es demasiado corta para no ir guapa […] Es mejor pasar frío-, tanto por su trivialidad que intenta equilibrar con informaciones que resultan redundantes (Así, frente a las memorables reflexiones de la ínclita, se insiste en la gran afición de la protagonista por la lectura, afición que no se siente reflejada en nada), como por su falta de inteligencia frente a acontecimientos, personas, lugares, etc. y en su más que juvenil, casi adolescente, egocentrismo. Ahora bien, si la función de este tarro vacío es la de mantenernos en tensión frente al desamparo progresivo de la criatura, el éxito es arrollador y comienza a intuirse, desgraciadamente, más allá de la mitad del libro, cuando otros personajes, estos sí, misteriosos -nada sabemos de ellos más que lo que madre e hijo observan- comienzan a actuar en el entorno de esta familia monoparental. El interés crece en la parte final, a un ritmo casi de película y el final -frente a los comienzos- no decepciona. Lo mejor es la naturalidad de Jon en su inadvertido abandono que comparte con los perros que deambulan de casa en casa y la convicción de la realidad de sus deseos. Lo peor, esa madre, no por una cuestión moral, sino por su falta de contenido. Una novela irregular, recomendada en su país de origen, lo cual no es de extrañar pues que se lee bien y el tema maternofilial o, si se prefiere, las relaciones familiares resultan siempre agradecidas de analizar. No está mal, su narración es rápida y poco literaria, quizá impelida por una urgencia de la autora que decía en una entrevista de febrero de 2019: En Noruega, cuando tienes dos libros publicados, como era mi caso, tienes derecho a solicitar el ingreso en el Sindicato de Escritores, donde hay un comité que decide si tienes calidad suficiente. El día que volvíamos del hospital con mi bebé recién nacido, nos encontramos con dos cartas en el buzón: una para mí y otra para mi pareja. En la suya le daban la bienvenida y en la mía me pedían disculpas… En ese momento me llené de ira. “¿Mi propia gente, los escritores, me decían que no era digna de entrar en su club?”. Me sentí completamente rechazada, indeseable. Ese rechazo, y la fragilidad del posparto, abrieron las compuertas hacia el sentimiento de soledad de mi propia infancia. […] Antes de ir al hospital había guardado mi mesa de trabajo porque creía que solo iba a tener tiempo para la crianza, pero cuando recibí esa carta volví a ponerla en su sitio, al lado de la cuna, y cada vez que se dormía, me ponía a trabajar. Así escribí Amor.

 

La azotea de Fernanda Trías

 

Fernanda Trías escribió La azotea –su primera novela publicada en 1999, con 23 años. Hay autores que inician su carrera literaria con obras sorprendentes y paradigmáticas. Terminado el libro que se desarrolla en un corto espacio de tiempo –Nunca hubo un principio sino un largo final que nos fue devorando poco a poco– y que se lee de un tirón, vienen -o me vienen- a la cabeza, inevitablemente, Kafka y el desván de las locas que, sin voluntad teórica feminista, asentó Charlotte Bronte, y me vienen, no porque encuentre imitación ni emulación, sino como contrapunto y complemento. La metamorfosis de Kafka es su primera -y última- novela publicada en vida; en ella Gregorio Samsa se despierta bocarriba e intenta incorporarse; aquí, Clara espera bocarriba desde medianoche y no intentará cambiar de posición. Samsa se ha convertido en un insecto monstruoso, Clara se sentirá acorralada por un mundo exterior acaudillado por una extranjera e insidiosa termita, pero, a la larga, no está claro quién es el monstruo. Samsa es atropellado por su padre, mas quiere salvar a su familia para la normalidad; Clara ha conseguido la familia que quiere y ansía salvarla, pero fuera de la normalidad. Tanto a Samsa como a Clara les agreden las miradas ajenas, pero tras la ventana de Samsa pasa la vida, vuelan los pájaros, y tras la de Clara se erige el enemigo y el único pájaro que vemos vive encerrado. Igualmente, Kafka, como Trías entonces, anhelaba viajar, pero acababa permaneciendo. El relato transita del pájaro que devora a los peces como Clara devora a su familia, al recuerdo de su madrastra de la que solo quedó indemne lo peor de su anatomía y a la que, lamentablemente, no sobrevolarán las moscas. Del anhelo de salir del padre, al pavor a salir de Clara, que solo se siente libre confinada (en su azotea). La amenaza está en el interior: uno o una misma, la familia, los frutos del vientre, el pasado -apenas aludido-, la imagen del futuro. La amenaza viene del exterior: la partera Carmen, el administrador, las vecinas, la policía… El desgarro entre quedarse o partir. La luz o la oscuridad. 

   La azotea frente al desván. A Clara no la encierran, Clara sube a la azotea, guarida y espacio de libertad –Desde arriba la gente se veía tan chica que ya no resultaba una amenaza: poder sentir sin miedo-, zona abierta y sin límites aunque limitada -no está cercada-. No se vuelve loca en un cuchitril, es el pájaro quien languidece en su jaula. Y el padre. Y Flor -… un nexo sin sentido, una cuerda que no ata a nadie-. Ellos no esperan, como Vladimir y Estragón, pero Clara sí. Emisarios le han dicho que alguien vendrá -y no será Godot, claro-.

      Siendo una novela aparentemente sencilla, su imaginería es abundante: si se amplia el contexto, crecen las claves. Hay mucho contenido en tan pocas páginas, figuras y palabras que se retroalimentan en este círculo cerrado. Excelente despegue de la uruguaya Fernanda Trías que, aunque años después, nos llega gracias a la nueva editorial Tránsito. Muy bienvenida sea.

El hombre de la dinamita de Henning Mankell

En 1973 la primera novela de Henning Mankell fue aceptada por una editorial sueca. Tenía 25 años, ya había firmado algunas obras de teatro y había decidido dar un paso firme con esta obra que, según él mismo nos cuenta en el prefacio datado en 1997, escribió en pleno fragor contra la guerra del Vietnam que ya se iba demostrando como perdida por los Estados Unidos. Hacía tiempo que era una persona inquieta, socialmente comprometida y eligió como protagonista para su obra un superviviente en el más amplio sentido de la palabra: un dinamitero, Oskar Johansson, que, tras un accidente en el que la prensa le da por muerto, no merece ni un desmentido posterior que haga saber que sigue con vida.

     La semblanza, que se presenta de forma fragmentaria, es descifrada por un narrador del que no sabemos ni sabremos nada. Conoce a Oskar en sus últimos años, retirado y cercano, durante el buen tiempo, al mar, e intenta saber y ordenar lo que fue su vida. El relato, al igual que el dinamitero, es como un iceberg. Solo se ve una mínima parte. Es evidente que Mankell busca una forma de narrar que se adapte a sus deseos de desvelar una parte de la sociedad que no se siente partícipe de la Historia e intenta adecuar la forma con un fondo que no es explícito, que no es grandioso, que es fácil de obviar y no tan fácil de desentrañar. Para ello, a la información sobre la vida de Oskar, cuya relevancia comienza con la explosión que lo expone a los demás, cuyo pasado va aflorando con distintos saltos temporales hacia al pasado más lejano, el más próximo o el presente, a esta información, se le une la voluntad de fijar conceptos y realidades por parte de la voz que nos guía. Así, establece algunos puntos de referencia en la biografía de Johansson que, con una cadencia casi poética, se retoman hasta el final: una infancia cualquiera, un trabajador como otro que se reincorpora a lo único que le dejan hacer y un cambio en la sociedad que apenas si le afecta. Hijo de un obrero de mierda -en el sentido literal, pues su padre fue toda su vida, además de un hombre cansado, vaciador de letrinas-, nieto de un obrero de las esclusas, con cinco hermanos de los que sobrevivieron tres, habituado a vivir en poco espacio, adquiere conciencia de clase y, también, desconfianza con el paso de los años: recoge la historia de la clase obrera desde antes de 1911 -año de su mutilación- hasta 1969. Hay momentos felices en su vida, forma una familia, con su mujer se entiende bien y ambos saben disfrutar de lo que les van dando –Ellos no van a renunciar a nada voluntariamente. Si lo hacen es que hay algo raro. Si lo hacen, nos están engañando.-, pero no se deja enredar y realiza sus propios actos rebeldes, aunque resulten solo testimoniales. El cartel de la pirámide del capitalismo preside su antiguo hogar.

  No parece que haya cambiado mucho. La socialdemocracia sueca le resulta decepcionante. Los tecnócratas se valen de los partidos o viceversa. Las personas están más solas. Las lacras siguen ahí, siguen aquí, ya sea en Suecia, en Europa, en África… 

     Interesante comienzo de Henning Mankell, cuya visión de nuestro mundo, como la de Oskar, no cambió mucho, aunque al novelista sueco le podamos reconocer como más actor en este escenario. Aunque ¿Y el narrador? Oskar piensa que está tirando de las redes con demasiada lentitud.  La pirámide sigue estable y abajo seguimos, sujetando y sujetando. Hay quien más, hay quien menos. 

El cuaderno de Bento de John Berger

 

Bento, Benedict de Spinoza, buscaba, como los presocráticos, una substancia primera (o una causa última), la razón original y, afecto a Euclides y a Descartes de los que se vale para el desarrollo de su Ética, concluye que esa substancia primera que se justifica en sí misma es Dios a quien identifica con la Naturaleza. Hasta qué punto fue creyente o no, se puede discutir o dilucidar, pero lo cierto es que, sufriendo represalias por su forma de pensar, decidió no seguir publicando, ganarse la vida puliendo lentes y desarrollar su filosofía en privado, compartiéndola únicamente con personas de confianza. Decidió con libertad, en el sentido que él mismo dio a esta palabra, viviendo de acuerdo a un corpus de pensamiento que premiaba la reflexión y aceptación de aquello que no puede ser cambiado, con conocimiento de causa, evitando el error.

     John Berger iba para pintor, pero abandonó el pincel, empuñó la pluma, lo hizo desde un punto de vista personal y, también, marxista, impelido por la situación que vivía la sociedad, inmersa en la guerra fría y la injusticia social. Como Platonov, sobre quien recoge apuntes y un dibujo en este cuaderno, que abandonó la escritura para ejercer su profesión de ingeniero agrícola ante la sequía y la hambruna que asolaba a sus compatriotas soviéticos.

     El cuaderno de Bento data de 2011, la publicó pues con 85 años, tras una vida larga y rica en experiencias y en conocimientos, generosa y arriesgada, sabia, profunda, comprometida y solidaria. Según los amigos de Spinoza, este solía dibujar en un cuaderno y Berger juega a imitarlo, a citarlo e, incluso a interpelarlo. Con esa forma de mirar que, con tanta perseverancia, ha intentado transmitir en libros, guiones, películas, documentales, etc. recoge fragmentos de Spinoza -fundamentalmente de su Ética-, y añade sus dibujos, breves historias, homenajes, reflexiones…, que, en apariencia, no guardan una ilación. Pero para Berger, como para Spinoza, las apariencias son algo más y hay que mirar, buscar, preguntar, preguntarse.

     Comienza con un dibujo de Beverly, su esposa, aún viva cuando la obra se ofreció al público, y la narración del acto de dibujar del natural un racimo de ciruelas. A continuación, nos alumbra sobre el porqué del título. En apenas seis páginas, ante tres circunstancias distintas -una ofrenda, el subcomandante Marcos encapuchado y el movimiento de una bailarina- repite … Quienes dibujamos no sólo dibujamos a fin de hacer algo visible para los demás, sino también para acompañar a algo invisible hacia su destino insondable… Mientras, nos hace ver que dibuja, que dibujar es corregir y que es una cuestión de esperanza. Después se oye la voz de Spinoza … nuestra alma, en cuanto que implica la esencia del cuerpo desde la perspectiva de la eternidad, es eterna, y esta existencia suya no puede definirse por el tiempo, o sea, no puede explicarse por la duración. Así transita este cuaderno que simula ser un florilegio de retazos, cuando, en cada reflexión, incluso, a veces, simulada confesión, recibimos una parte de un todo que busca contener algo esencial y, por lo tanto, eterno y, no solo a través de la palabra, sino del trazo al que, en determinado momento del libro, llega a comparar con la conducción de una moto -ambos implican movimiento, una mirada que no se centre en el detalle que desestabiliza- para llegar a comprender -piscina y mujer camboyana de por medio- cuál es el sentimiento de una persona desplazada.

     Para Berger hay dos tipos de narración, para hacernos llegar hasta ellas se detiene en dos bodas y la forma de celebrarlas. Están las que tratan de lo invisible y lo oculto, y están las que exponen y ofrecen lo revelado. […] La introvertida y la extrovertida. Sin lugar a dudas el pecio que se reúne en esta obra pertenece a la preferida por Berger, la introvertida, porque -y copio todo el párrafo porque es imposible ser más preciso respecto de lo tratado en El cuaderno de Bento-: Porque sus historias permanecen inacabadas. Porque entrañan la necesidad de compartir. Porque en su forma de relatar, un cuerpo se refiere tanto a un individuo como a un conjunto de individuos. Porque en estas narraciones el misterio no es algo que se vaya a resolver, sino algo que se lleva con uno. Porque, aunque puedan tratar de una violencia, de una pérdida o de una furia súbitas, no se quedan en lo inmediato, miran a lo lejos. Y sobre todo porque sus protagonistas no son actores, sino supervivientes. Engarzando filosofía, bosquejos, recuerdos, amistades, afectos, deseos, etc., esta impostura, con bergeriana tenacidad, intenta vulnerar la pasividad y reivindicar la esperanza y la necesidad de rebelión, de compromiso. Protestamos porque no hacerlo sería demasiado humillante, demasiado reductor, demasiado terrible. Con una hermosa prosa, emoción poética, con esbozos que indagan, dibujos que se sobreponen, con sentido del humor, con esa pasión por cuestionar que siempre está presente en sus escritos, en sus exposiciones, pasamos de un museo, a un centro comercial, de Chejov a la danza del vientre, de… Porque vivimos en un mundo en el que todo está conectado y no deberíamos aislarnos del orden general del universo, porque no deberíamos ignorar las causas que determinan nuestro estar en el mundo, nuestra libertad.

     Hay que leer y escuchar, siempre, a John Berger. Y, por qué no, a Spinoza.

 

 

Tango satánico de László Krasznahorkai

Lázsló Krasznahorkai es húngaro, actualmente tiene 65 años y publicó Tango satánico en 1985, recién estrenada la treintena, en un Bloque del Este que daba evidentes muestras de envejecimiento y donde su secretario general, Janos Kadar, caminaba hacia la que se consideraba necesaria apertura a Europa Occidental y al capitalismo. Durante este periodo y en una abandonada explotación agrícola próxima a la frontera rumana, sitúa Krasznahorkai su obra.

     La novela se divide en dos partes, ambas con seis capítulos, sólo que la segunda tiene la peculiaridad de comenzar por el sexto y terminar en el primero. Dicen que la lectura de esta obra no es fácil, mas no puedo estar de acuerdo -claro está que no se trata de literatura de comer-, lo que sí ocurre es que su contenido es profuso, va más allá de sus líneas, ahora bien, es atendiendo a sus propias líneas como se encuentran las huellas que nos guiarán y que, una vez terminado el libro, nos harán volver sobre lo leído, con asombro, con admiración y, sobre todo, con renovadas ganas. …sólo quedaba esperar; a que la verdad se manifestara de repente, de la noche a la mañana, en todo su esplendor; entonces se harían visibles otros detalles y se podría decidir, retrospectivamente, en qué orden poner los elementos de la historia original. Esta cita pertenece al capítulo IV de la Primera Parte, subtitulado El ocho acostado, signo del infinito y cuatro capítulos más tarde, enlaza por un sutil hilo -de araña, tal vez-, con el capítulo IV de la Segunda Parte, en un ocho acostado que cierra el infinito, un ocho como los que … los incansables moscardones trazaban […] en torno a la lámpara que apenas iluminaba. Esta simetría, este signo que se cierra en un centro que no es sino una separación convencional, se da en cada capítulo con su respectivo. No son obvios, pero una vez terminada la novela, la sensación de que las telas de araña que han estado invadiendo las decrépitas construcciones donde sobreviven y esperan -Godot, siempre Godot, aunque en este caso, Godot se presentará y estará entre un Moisés guiando al pueblo a la tierra prometida y un Lucifer apresando seres desprovistos de voluntad e inteligencia-, estas telas cuyas hilanderas nunca llegan a ser vistas por sus presas, abarcan más que las casas, la fonda, el molino…

     Cuando algunos de los que malviven en esta explotación sin nada que explotar están decididos a abandonarla con un golpe de mano moralmente reprobable, llega la noticia de que Irimiás, a quien se cree muerto desde hace año y medio, vuelve y con él vuelve la esperanza, a pesar de las sombras pasadas que sobre él planean. Irimiás sabrá que hacer. Esta primera resurrección enlazará con una segunda, la primera proviene de las tinieblas, a la segunda la alientan los ángeles, manteniéndose ambas en una difícil balanza entre el bien y el mal. La inercia, la desidia, el miedo, la avaricia que los mantiene atrapados -… una puerta que quedaba abierta para siempre: una cerradura que nunca se abría-, se ha roto y fantasmales campanas lo anuncian. La trama va avanzando en dos escenarios: el creado alrededor de los atrapados y el que sigue al renacido mesías. En este sentido son significativos los capítulos II y II que sitúan el marco de los hechos lejos de las infelices almas casi muertas, en un contexto más amplio, tanto político como social y tienen, además, un cáustico sentido del humor, resituando a Irimiás en una posición muy diferente. Sólo con las palabras soy capaz de determinar la estructura de los hechos que se producen a mi alrededor, dice el médico, personaje singular, motor y herramienta obsesionado por fijar el momento y por el tiempo perdido. Entre anacoreta y loco, también se deja engañar, pero por sí mismo. Todos se enredan, todos nos enredamos. También Erkine, la niña pequeña juega su papel en un capítulo desgarrador, tremendo. Nada en esta novela es baladí, ni las descripciones orogénicas que lee el doctor. La recorre un fuerte aliento lírico, denso, reiterativo, claustrofóbico, que consigue que la lluvia, el viento, el fango, los charcos, los esqueletos de las acacias, la niebla, el abandono, la oscuridad invadan páginas y actitudes. El capítulo VI Tango satánico (al que sigue el VI) es, a la par, patético e hilarante, depende de la perspectiva. Porque la perspectiva es importante, aunque Irimiás y el ávido fondista -limpiador tenaz de invasivas telarañas …que no había visto nunca ni una sola araña, pese a haber permanecido noches enteras en vela, vigilando desde detrás de la barra– no creen lo que ven sus ojos. Porque las perspectivas existen y están por doquier: por ejemplo, el fondista, a quien únicamente le consuelan los números (y poder fornicar con la Sra. Schmidt), puede llegar a tener momentos de complicidad con alguien aparentemente opuesto (… el encuentro entre la hiena que se encuentra en una jaula y el buitre que revolotea arriba en libertad). Futaki, un cojo iluso, pero a la postre, lúcido. La Sra. Schmidt, una musa inalcanzable, al tiempo que una vulgar buscona y una ingenua enamorada. Y otras y otros aferrados a una inquebrantable solidaridad que salta en pedazos con absurda, alcohólica y lógica regularidad.  Un microcosmos cerrado y finito, como el signo infinito, limitado en el espacio, inagotable en su repetición, agónico en sus tinieblas, humanamente prosaico cuando no esperpéntico, una Historia infernal de la asfixia. Magnífica. Asombrosamente próxima y distante. Una maravilla de la literatura contemporánea de inexcusable lectura.

     Cuando la obra fue publicada, el director Béla Tarr, con quien, regularmente, colaboró Krasznahorkai hasta su última película, El caballo de Turín, quiso filmarla, mas, por motivos políticos, no lo consiguió hasta 1994. Dura siete horas y pico. Sobre ella dijo Susan Sontag que sería feliz viéndola una vez al año hasta el fin de sus días. Tal vez lo hizo.