La isla de Arturo de Elsa Morante

Decía Elsa Morante en una entrevista emulando a Flaubert: Arture, c’est moi, y es Arturo porque Rimbaud era su poeta del alma cuyo retrato la contemplaba desde una pared de su estudio y porque ella, quizá en otra vida, había sido un chico -la cita de Umberto Saba que abre el libro reza: Yo, si en él me recuerdo, bien me parece. También quiso ser poeta y, como en Mentira y sortilegio, arranca con un poema y éste concluye con el verso fuera del limbo no hay felicidad. En Prócida, isla volcánica al igual que volcánica era Morante, halló la felicidad durante la infancia Arturo, quizá porque la infancia es una isla y es también un limbo, el de la inocencia, un particular limbo del cual no se es consciente como no se es consciente de la felicidad. Si la hubo.

    De su capacidad para fabular, mezclar leyenda, historia y biografía dio Elsa Morante cumplida muestra y explosión en su primera gran novela. Aquí el deseo y la necesidad de una mitología, como en su obra anterior, aparece desde las primeras líneas y no sólo en las reminiscencias del nombre del protagonista, sino en las figuras paterna y materna. No suplió la autora la ausencia de verdaderos caracteres fabulosos femeninos -tan y con razón reivindicados en estos momentos-, sencillamente, cambió su sexo como muchas autoras a lo largo de la historia de la literatura, desde Christine de Pizan a Virginia Woolf, y asumió al navegante aventurero que surca mares, acumula tesoros y subyuga incautas damas -o caballeros…-. Henos aquí en la piel de un muchacho que reconoce su infancia como un periodo feliz a pesar de los pesares y retoma su adolescencia como el periodo crucial que de facto resulta ser. Ella vivió un tiempo en Prócida y se sirve de la naturaleza de la isla con su castillo y penal, así como de su imaginación, para jugar con una serie de metáforas que encajan a la perfección con la tormenta interior que a esas edades se vive, sobre todo, cuando el padre y la madre son figuras bien lejanas y esquivas -como el padre- bien ausentes y reinventadas -como la madre-. Para redundar el ambiente masculino, su nodriza fue un hombre -el amable y gentil Silvestro-, él crece en absoluta libertad sin necesidad de ir a la escuela y formándose con la gran biblioteca que en su depauperada villa hay -en realidad un antiguo convento de monjes-, vive en una casa donde las mujeres están directamente malditas -es la llegada de una joven madrastra lo que parece romper el hechizo- y no encuentra belleza alguna en el sexo opuesto -el paradigma de la belleza lo representa su padre, Wilhem Gerace, con sangre alemana y rasgos opuestos a quienes allí habitan-. El tránsito a la madurez no se presenta fácil y el despertar de la sexualidad será necesariamente confuso, como confusa es la sexualidad de Wilhem -inspirado, plausiblemente, en Visconti, gran amor y amigo de Elsa-.

    El abandono de la infancia, consciente o inconscientemente, en el marco de unos mínimos afectos y atenciones, supone un proceso de ruptura que puede ser o no traumático y al que voluntaria o involuntariamente se le oponen diversas resistencias. Quizá por eso cuando, navegando en mi barca, me alejaba un poco de la costa, enseguida me invadía una amargura nacida de la soledad que me obligaba a volver. Era ella [la isla/infancia], que me llamaba como las sirenas. La ausencia y el deseo de la madre junto a la nefanda visión que recibe Arturo de su padre suponen un escollo difícil de salvar para un joven inexperto, solitario, apasionado, orgulloso y especialmente vulnerable. La joven madrastra supone un contrapunto necesario y, en buena lógica, resulta un personaje condenado a perder, pero de una fortaleza e integridad propia de la gente sencilla y consecuente, aunque también resignada e ignorante. Me parecía increíble que un ser como ella, tan inerme, vulnerable, ignorante y estúpido, pudiera ir por el mundo sin herirse.

    En resumen, una novela magnífica, intensa, con una narración próspera, mítica -como míticas son las concepciones con las que el alma joven se enfrenta- y realista -el realismo de la incertidumbre y el sentimiento que desborda-, de personajes rotundos, extremos, como extrema es la urgencia adolescente, donde la sexualidad ha de explotar y no es necesario definirla, sino vivirla, desplegarla, en contra y favor de los demás y de uno mismo. Como Morante: extraordinaria, total.

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Mentira y sortilegio de Elsa Morante

Morante publica Mentira y sortilegio en 1948. A los trece años escribe La extraordinaria aventura de Catalina, una obra para niñas y niños como otras tantas que crea desde entonces. Esta es su primera novela para adultos. Su protagonista es Elisa, con una “i” intercalada en el nombre de la autora, letra tal vez obtenida del nombre de su madre Inma, sustituida a su vez por una “a”, pues Anna es el nombre de la progenitora de Elisa. Con Elisa comparte Elsa el ser hijas ilegítima y al padre biológico de la novelista, Francisco Lo Monaco, lo reparte, Francisco para el padre real de Elisa –a quien le da también la misma profesión, empleado de correos- y Monaco para el padre secreto de Francisco, que vendría a ser el desconocido abuelo paterno de Elisa. Muchas más huellas de su biografía ha de haber en esta historia, pero no pasa de ser anecdótico y tan significativo como en cualquier escritor o escritora que se esparce en su obra. Elsa Morante fue reconocida por Augusto Moravia y creció en contacto con los y las internas del correccional donde este trabajaba. ¿Vendrá en parte de ahí su especial sensibilidad a los conflictos y la indefensión de la infancia?

   Adentrarse en esta ficción requiere abandonarse a su intensidad, a la profusión de fábulas y leyendas, a la magia y, con ello, a la maldad, la mentira, la crueldad de todas las historias y quimeras que desembocan en el aislamiento y la tristeza de su narradora. Al hilo de tan mal hado, la recapitulación se convierte en un desesperado conjuro contra los fantasmas que pueblan una estirpe, aunque sea una estirpe de baja alcurnia o, lo que es lo mismo, del vulgo, de los desclasados, pero estirpe al fin y al cabo. Una Elisa mayor, por segunda vez huérfana, comienza con la introducción a la historia de su familia pero, para ello, nos pone primero en situación. Aunque adulta, joven quijote encerrada en su mundo de lecturas fantásticas, no se resigna únicamente a despertar interés por un pasado construido a base de engaños, mitos y fatalidad que le conducirá a una situación claustrofóbica, abre también una puerta al juego con la adivinanza sobre la identidad de su único compañero, Álvaro, buscando no solo la intriga -de sobra despertada con su tono premonitorio e imperioso- sino convocando la infancia encerrada en toda persona, toda biografía y, ojalá, que en todo lector.

   En esta pródiga saga familiar la narradora cuenta en la primera parte con la voz de los muertos que pueblan el cubículo donde ha elegido vivir al margen de la sociedad que rodea a su madre adoptiva, ellos y ellas le van transmitiendo aquello que la protagonista no pudo vivir, remontándose a sus abuelos. Con maestría y excelente verbo, cambia las voces intercalando sus propios recuerdos, las mentiras que recibió, el morbo de la imaginación que heredó, las certezas que en el momento de la narración intentan predominar sobre el legado que la ocupa. Ella sabe que allí donde buscaba misterio y malicia hay solo emociones enfermizas y decadencia. Bajo unos personajes que se quieren especiales en un entorno que ubica con detalle en una pequeña ciudad del Mediodía italiano, subyace una clase dirigente meapilas y orgullosa junto a una sociedad rural inculta y dependiente. En ambas se alinean hombres y mujeres, formando un entramado cuyas principales víctimas son siempre los y las hijas que a su vez, no recogen el testigo, sino que lo incendian, perpetuando un mundo de desigualdad y engendrando criaturas vulnerables que no encajan en un mundo que brinda pocas alternativas. Madres de adoran a sus hijos e ignoran a sus hijas, padres que malcrían a sus hijas o que las utilizan. Nos dice Elisa: Me creerán si les digo que son tres los mitos de los niños pobres: el Paraíso, el milagro y la riqueza, y estos tres grandes mitos se confunden y se explican uno con otro. Ella recibe este legado de las mujeres de su familia, una imaginación mórbida y caduca ligada a un amor y una admiración incondicional a la distante figura materna que a su vez tampoco recibió afecto alguno de su progenitora. En la segunda parte, los personajes de su pasado cuyos avatares y tristes miserias ha ido engarzando a una luz comprensiva, compasiva, pero no exenta de una ironía que convoca al lector dirigiéndose a él abiertamente en ocasiones, dichos personajes se rebelan y son sus propios recuerdos los que hablan y estos recuerdos comprenden la fugaz aparición de mis padres, que para mí duró lo mismo que mi infancia y cuya naturaleza fue tan perturbadora que luego mi memoria transformó un drama burgués en una leyenda. Leyenda que, como les sucede a los países sin historia, me apasiona (esa historia que corre paralela a cada existencia y que ella se empeña en marcar en su posterior y polémica La historia, estando aquí como un telón de fondo entre tanta fábula de supervivencia).  Figuras familiares y otras próximas desfilan en un texto de una exuberancia abrumadora. El mundo femenino limitado y constreñido no encuentra más vías de escape entre la plebe que la imaginación o ese mal llamado oficio más antiguo del mundo, y el fanatismo religioso entre la clase dirigente -las dos descripciones sobre lo que hacer el amor es para una familia opulenta y católica, y para una joven prostituta de provincias llena de contradicciones, pero también de amor, son impagables-, los obstáculos que han de afrontar aquellos que no cuentan con un buen caudal de dinero les reducen a vivir el día a día sin perspectivas de mejorar en el futuro. Mujeres que viven por despecho, orgullosas, supersticiosas, lánguidas, antipáticas, incomprendidas, incapaces de hacerse entender, hombres disolutos y autocomplacientes, apocados, dignos, manipuladores… la galería es amplia y nunca sencilla, cada cual destella luces, oculta sombras y estas sombras vienen de antes, de cuando eran seres pequeños, frágiles, dependientes. Por las líneas de Morante transita tanta literatura, como por la imaginación de Elisa mitos. Poe, Homero, Proust, Goethe, las Bronte, Wilde, Dostoievski…

   Ciertamente no es pequeña empresa emprender esta lectura, son mil páginas, ahora bien, vale la pena, ya lo creo y, necesariamente, piden más de Morante. Enhorabuena a la editorial Lumen a la que apenas se le ha pasado por alto alguna errata, y a la traductora -traducirla y corregirla no ha de ser empresa baladí, en parte porque, necesariamente, ha de haber momentos en que olvides la ortografía y te dejes llevar por esa voz de El(i)sa que se cuenta, que te cuenta, te interroga, te toma como testigo y como cómplice- y, cómo no, a la gran Natalia Ginsburg que tuvo la valentía de leerse tamaño libro -Cesare Pavese lo dejó en sus manos- de una casi novel escritora y aventurarse a publicarlo. Y a Elena Ferrante, cuyo nombre tanto eco encierra de Elsa Morante, por hablar de este libro como de un gran descubrimiento. Eso es es también.

Tuyo es el mañana de Pablo Martín Sánchez

Tuyo es el mañana

 

El día dividido en seis bloques de tiempo: Medianoche, madrugada, mañana, mediodía, tarde, noche. Cada bloque integrado por seis voces, cada voz ocupa un puesto diferente en las distintas partes conforme a una secuencia. Seis personajes narran cuanto les acontece a determinadas horas entre las 00.00 y las 23.15 del día 18 de marzo de 1977. Nada es aquí aleatorio, la arquitectura es un juego de números al que se suma una introducción a los distintos tiempos del día. En ella, una voz diferente se dirige a un niño describiéndole sus origines, su nacimiento y poniéndole en situación sobre dónde está. Es también quien despide el libro, sumando siete intervenciones, cerrando el círculo y alargando su trayectoria, abriendo otro lapso por vivir.

    Clara, una niña sensible e insomne que no quiere ir al colegio por temor a un compañero de clase, una niña con miedo a las reacciones de los mayores, pero pizpireta y audaz con la que es indudable que el autor se divierte hasta que avanza la trama y cumple su cometido en ella. Y que se formula un pregunta que no puedo por menos que consignar aquí: si yo soy la pluma, ¿quién es la azada? (ver respuesta en el libro). Gerardo, un profesor de Política con un duro pasado de tortura y de pérdida que va más allá de su deseo expreso de mantener la memoria como forma de resistencia. Solitario III, un galgo inmigrante irlandés de mucho pedigrí cansado de correr para la gente, animal sensible con atroces pesadillas y cuyo nombre cambiará a lo largo del relato. Carlota, una estudiante de Periodismo liberada, ambiciosa, pero precavida. Un Don José Maria Raich y Ros de Olano -con tanto apellido no podía sino proceder del difuminado régimen franquista- machista, prepotente, mirón, petulante y putero. Y por último Dª Maria Dolores Ros de Olano y Figueroa, madre del ínclito, sacrificada progenitora como dios manda cuya voz, como la del galgo, no es de este mundo, condenada ella, que fue la discreción personificada, la pureza misma, a ser una mirona -menos mal que está la televisión que la informa y entretiene-. La mayoría de los personajes tienen problemas para conciliar el sueño, el miedo es una constante en las vidas de Clara y Solitario, un recuerdo obsesivo en el profesor y en Dª Lola, algo nuevo para Carlota y D. José María. Los hechos se suceden por boca de los protagonistas, otros intervinientes acompasan los hechos, dan pie a las voces para desplegarse y a avanzar la trama que se precipita en la última parte encajando el rompecabezas que hemos ido componiendo con toda la literatura -e información- que, generosamente, nos ha proporcionado el autor.

    Estupenda novela ubicada en plena transición, con diversas líneas argumentales abiertas y sin cerrar, como en estos tiempos. Bien podría situarla en 2017, todo estaba y está sin resolver en nuestro figurado cambio de sistema -quizá el terrorismo no, este ha cambiado de piel-. Las mismas líneas argumentales siguen abiertas. Este Oulipo, Pedro Martín Sánchez, las despliega y, para nuestro divertimento, las adereza con variopintas cotidianeidades, algunas lúdicas, otras no tanto, todas significativas en el desarrollo de los portadores de esta urdimbre, algunas curiosas, otras.., otras se ve que le gustan, sencillamente, y hacen de esta obra un lectura enriquecedora y al mismo tiempo que inquietante, retozona. Un placer.

Buena alumna de Paula Porroni

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Una mujer que volvió a Argentina a su pesar tras acabar la carrera de Arte, retorna años después a Inglaterra, a la ciudad donde estudió, ciudad cuyo ritmo está marcado por la Universidad y ya no le resulta ya acogedora. A su modo de ver y al modo de ver de su madre, es su última oportunidad para hacer algo, un posgrado tal vez, lo que sea que pueda encontrar para culminar su carrera terminada hace demasiados años y por el momento inútil. Malvive en un cuchitril -más tarde malvive de un sitio a otro- y saca algún dinero en un trabajo provisional, pero básicamente vive de lo que su madre le manda e intenta centrarse en preparar una memoria que le permita acceder a una beca en una Universidad de ínfima categoría. Como tema elige la naturaleza muerta, pero lo hace porque puede tirar del hilo del mejor trabajo que hizo en sus tiempos de facultad. La narradora, cuyo nombre nunca sabremos, forma un triángulo que descansa sobre el adjetivo inglés still, quieto, detenido, sin movimiento. Still-life, naturaleza muerta, stillborn, criatura muerta al nacer, y ella, quieta, parada, sin impulso. Frente a este marasmo, el dolor físico que recurrentemente se autoinflinge la buena alumna, nos es presentado como Agua de un sueño en la que es posible renacer, reminiscencia bautismal que resurge con el agresivo baño final en las gélidas y decadentes aguas del mar Báltico.

    El presente está tan presente que incluso los antecedentes sobre el porqué de su estancia están narrados así. Aun visiones de futuro las consigna en presente. La narrativa resulta inmediata, lineal, con anclajes en el dolor físico, una constante en soledad que se repite como un tic. La autora resulta ajena a su propia vida, convencida de no tener un lugar, idea interesante que ella ilustra bien –El mundo dividido desde siempre en dos clases de personas, los huéspedes y los anfitriones. Esta es una división que se produce de manera natural. Tajante. En la infancia. Enseguida se vuelve inmutable. Sobreviene entonces una extraña orfandad. Niños con padres que salen a la caza de otros padres, nuevas familias. Falsos huérfanos, serviles, capaces de hacer o decir cualquier cosa con tal de obtener una invitación. Un escondite.-. Es fácil de desviar de la línea a seguir, temerosa de la vejez –Pienso en la casera, su cuerpo rancio, y juro que no me importa el trabajo que termine haciendo, nunca más voy a dejar de correr. Nunca jamás voy a dejar de ejercitarme. ¡Ay, el sufrimiento!-, superficial, sin voluntad propia -marcada como está por la de su padre, difunto ya cuando acabó el colegio-. La voz que nos cuenta su historia es un voz sin profundidad en el tiempo y sin futuro.

    En resumen, una novela correosa, con sus puntos de acierto, aunque al final resulta un poco como la protagonista, hueca, anodina. No sé decir si eso es un acierto o el lastre. Al principio me parecía acertado, al final ya no tanto y, teniendo en cuenta que no llega a 120 páginas, pues no sé… Esta misma duda, me hace dudar… La oquedad existe, por momentos no creo que haya nadie que pueda quedar indemne en su vida de esa falta de emoción, pero puede resultar, según se trate, más o menos cautivadora. En este caso consecuente es.

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El cementerio de los reyes menores de Zoran Malkoc

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Hay libros correosos. Los acabas de leer y, si tienes la suerte de que luzca el sol, puedes alejarte de ellos caminando y abstraerte en el azul sin nubes y el verde brillante (es que vivo en Galicia). Pero ya están dentro.

      Zoran Malkoc es un croata de casi cincuenta años, por lo que vivió en su edad adulta los conflictos que acompañaron y ensangrentaron la disolución de Yugoslavia. Cuentan en la solapa del libro que además de narrador es judoka, soldado y anticuario. La escéptica voz que refiere los relatos, algunos de los cuales son en primera persona y giran entorno a sus propias experiencias, es la de un peculiar librero, comercial ocasional, buscavidas de un club cuyos miembros, nos informa en el primera y estupenda narración, poseían un talento especial para morir. Ya desde el principio nos enfrentamos a personajes que creen o fingen creer que tiene el control cuando todo es, en el mejor de los casos, aleatorio, si es que no les viene impuesto por alguien de su misma -o quizá peor, o quizá mejor- calaña. Relatos de poder de baja estofa y de su pérdida, de dominio y descontrol -sobre uno mismo, sobre los otros-: tremendo El hombre perro, brillante y ladinamente sutil Una pocas palabras sobre el amor de Igor. La guerra en la memoria adherida al día a día, la muerte como una presencia más y el prójimo sometido al mismo proceso de despersonalización que un animal –El bestiario de Celentano, de nuevo El hombre perro– o viceversa, la humanización de una animal enjaulado –Arrancamos los ojos-. El absurdo sobre el absurdo encadenados –Discusión ornitológica, Naturaleza muerta, Disección– en el frente o fuera de él. Fauna indeseable, víctimas verdugos y el último refugio en un autoservicio donde la muerte puede ser un eslogan: Aquí te morirás de gusto. Asesinos poetas, autores de teatro delincuentes, drogas y alcohol, hombres y mujeres de negocios (peculiares), mujeres entregadas por o sin placer, en o fuera del campo de batalla, porque a fin de cuentas el campo de batalla no es solo un lugar, es también un tiempo largo, que viene de antes y no parece tener un final. Porque no todas las historias tienen que tener un final.

      Un puñetazo no sé si en el estómago o en el corazón, me inclino más por este último, tal vez porque a mi estómago lector le gustan los platos fuertes. Hay unos cuantos relatos excepcionales, narrados con una encomiable economía de medios y un descreído y casi imperceptible lirismo -de nuevo Arrancamos los ojos, y el propio Cementerio de los reyes menores-. Algunos más. Son 25 y una narración final. O tal vez sea otro cuento.

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Jezabel de Irène Némirovsky

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Que Jezabel, mujer bíblicamente mala, vana, manipuladora, es un ajuste de cuentas de Irène Némirovsky con su madre, parece fuera de toda duda. Pero vayamos primero a esta breve novela. Data de 1936, seis años antes de ser asesinada en un campo de concentración nazi, tenía la autora 33 años y aún muchas cosas por escribir.

         La obra arranca con el proceso a una bella mujer madura acusada de haber asesinado a su jovencísimo amante. Ella calla, responde cabizbaja a las preguntas, asiste silenciosa y humillada a las declaraciones de los testigos y acepta como buena la versión del tribunal ante la expectación y el morbo de los asistentes al juicio: sí, ella lo mató. Los 19 capítulos que siguen -el primero no es sino una introducción o mejor cabría decir una prolepsis, pues centra nuestra atención en unos hechos cuya historia se nos cuenta a continuación- narran la vida de la inculpada, Gladys Eysenach, hasta la muerte del joven Bernard.

         Fue Jezabel adoradora de Baal, dios de la fertilidad -y de más cosas- para los pueblos del Antiguo Testamento y demonio -Belzebú, Baal zebub- para los cristianos, en cuyo honor se daban fiestas orgiásticas, fue también una mujer manipuladora y cruel solo atenta a sus deseos. Gladys, desde su primera salida a una fiesta, queda subyugada por las luces, el baile, encantada con la atracción que despierta en los hombres, sea cual sea la edad, divertida con la mirada desconfiada de las mujeres. Vive por y para el juego de la seducción, por y para su cuerpo y vanagloria: en ello radica su poder, en ello y, por lo tanto, en el mantenimiento de la juventud o la apariencia de juventud. Con ritmo rápido y fluido, Némirovsky describe un mundo y un personaje que conoció bien: a pesar de su trágico final, era hija de un rico banquero que hubo de huir cuando estalló la revolución rusa, vivió un mundo de lujo, aunque resguardada, únicamente, por la atención y el afecto de su niñera y probablemente por su avidez literaria; hay mucho de su madre es este personaje así como en el trato que dispensaba a su hija -la madre de Nemirovski vivía intensamente, mantenía a Irène apartada, la quería infantilizada y, fiel a su personaje, rechazó acoger a sus nietas cuando se quedaron huérfanas-. Al comienzo de la novela un testigo amigo de Bernard recuerda, ante la vieja acorralada sometida al tribunal una frase del difunto Mi madre Jezabel ante mí se mostró. ¿Leería la mundana progenitora esta obra? No digo más porque, si bien a medida que se avanza se puede ir intuyendo el desarrollo -el final ya lo sabemos y es, por tanto, lo de menos- no me gusta que me destripen lo que voy a leer y la novela es un breve ejercicio de justicia poética al que vale la pena acercarse.

Irère Némirovsky rie

Me acuerdo de Joe Brainard

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Supe de este libro por un artículo. Lo cierto es que no lo conocía a pesar de mi afición a Georges Perec que, seducido por él y lo que de puzzle anárquico y aparentemente inconexo tiene, escribió su Je me souviens. El artículo despertó en mi vivamente las ganas de leerlo. Y así hice.

     Joe Brainard era un artista multidisciplinar, de lo más contemporáneo. Se codeó con las vanguardias literarias y artísticas de su generación y de su país. Desde pequeño fue alumno aventajado en artes -esta sensibilidad le venía de familia- y su dedicación fundamental no fue en absoluto la literatura, sino las artes plásticas en las que hizo de todo -pintura, collages, diseño, escenografía…-, si bien cuenta en su haber con un personaje, una especie de Mafalda bastante más perversa, que no necesariamente más mordaz, llamada Nancy, de la que se sirve a su antojo tanto en tiras de cómic, como en composiciones paródicas, críticas y provocativas

     Por lo que pone en todas las coletillas que publicitan esta obra, Paul Auster quedó muy gratamente sorprendido por la originalidad del libro y seguro que muchos autores (tiene muchos émulos) se tiraron de los pelos por no haber caído en la cuenta de lo sugerente que resulta la idea de desgranar los recuerdos con el nostálgico y personal ritornelo de “Me acuerdo”. Y así es. En un pretendido o no caos, une Brainard desde las marcas que acompañaron su infancia y juventud -son los tiempos de Wharhol y sus latas Campbells, retratos de Marilyn, etc.- hasta sus recuerdos inocentes, íntimos e incluso, algunos, escabrosos, otros culpables; desde los olores, hasta las reflexiones más ingenuas; los cotilleos, o las más precisas y nunca largas evocaciones. Y todo en absoluta libertad -peligro que bordea y supera-. A veces se acuerda de lo que más se acuerda y otras añora sensaciones que ha olvidado. La imagen global, con sus pequeños trazos y recortes esparcidos, es suficientemente homogénea y, aunque a mi, por momentos, sus referencias me resultan ajenas -poco que ver su infancia y juventud en Oklahoma o Nueva York, con esta España nuestra de aquellos años-, al final, casi que te gustarían unos cuantos “me acuerdo” más de Joe Braynard. Un pequeño, pero significativo ejemplo:

     Me acuerdo de algunas experiencias sexuales precoces y de las rodillas desolladas.    Estoy convencido de que el sexo es ahora mucho mejor que antes, pero echo de menos las rodillas desolladas.

     Hay libros que te llevan a otros libros, hay libros que te hacen pensar, otros que te hacen olvidar… Este, inevitablemente, por momentos, te lleva a recordar y hasta te tientan las ganas de hacer tu propio albarán de recuerdos. Es quizá la frescura de un artista que no reconoce fronteras entre las artes y que incorpora la poesía como una forma de pintar su memoria.   Es un buen libro, una hamaca, sol, una buena copa a la diestra (o casi mejor a la siniestra) y un cuadernillo o, sencillamente, una paradita reflexiva, nostálgica o vete tú a saber de qué tipo. O un sofá, una chimenea, lluvia, una buena copa…

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